Presentación. Universidades jesuitas: cultura, ciencia compromiso y frontera

 

UNIVERSIDADES JESUITAS. CULTURA, CIENCIA, COMPROMISO Y FRONTERA / JESUIT UNIVERSITIES. CULTURE, SCIENCE, COMMITMENT AND BORDER

PRESENTACIÓN. UNIVERSIDADES JESUITAS: CULTURA, CIENCIA, COMPROMISO Y FRONTERA

Borja Vivanco Díaz

Coordinador

 

INTRODUCTION. JESUIT UNIVERSITIES. CULTURE, SCIENCE, COMMITMENT AND BORDER

Copyright: © 2016 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) España 3.0.

 

A la memoria de Peter Hans Kolvenbach SJ (1928–2016), prepósito general de la Compañía de Jesús (1983–2008), por su liderazgo y ejemplo en el apostolado universitario e intelectual.

Bajo el título Universidades jesuitas: cultura, ciencia, compromiso y frontera, este monográfico incluye once artículos focalizados en la identidad, la historia y la misión de las universidades de la Compañía de Jesús. La orden religiosa de Ignacio de Loyola tutela la red de universidades de iniciativa social de mayor envergadura a nivel mundial. En los países del Norte y del Sur, en naciones de tradición católica u otras, los jesuitas regentan más de dos centenares de centros de educación superior.

Los jesuitas inauguraron su primera universidad en 1547, en la ciudad de Gandía, en la costa mediterránea española. La Universidad de Gandía fue creada un año antes que el primer colegio de la Compañía de Jesús, erigido en la ciudad siciliana de Mesina. Poco después, en 1551, el mismo Ignacio de Loyola fundó, en la ciudad del Tíber, el colegio Romano, luego conocido como Universidad Gregoriana.

En un inicio, los primeros jesuitas se mostraron sumamente reacios a dedicarse a los apostolados educativos e intelectual. Perseguían conformarse en un grupo dinámico, con gran capacidad de movilidad, una “caballería ligera” que se desplazara de ciudad en ciudad para catequizar a los niños o atender directamente a los pobres. El involucrarse y comprometerse con instituciones de enseñanza de gran envergadura podría, según muchos insistían, constituir un serio obstáculo para ello; además de alejarles de los colectivos sociales más desfavorecidos.

Sin embargo pronto los jesuitas percibieron, en las encrucijadas históricas y retos que los nuevos descubrimientos geográficos, el Renacimiento o la Contrarreforma representaron, que el anuncio y la defensa de la fe cristiana no podían ser ajenas al cultivo de la cultura, la exploración científica o la educación de la juventud. De este modo, en 1556, Ignacio de Loyola le escribió al rey Felipe II asegurándole que “todo el bien de la Cristiandad y de todo el mundo, depende de la buena educación de la juventud”.

Mención aparte es que la Compañía de Jesús germinó, además, en un centro de estudios superiores: la Universidad de París, la principal institución académica en la Europa del Renacimiento. Allí estudiaron Ignacio de Loyola y otros cinco jóvenes, de diferentes nacionalidades, que iban a configurar el embrión de la Compañía de Jesús.

Antes que los jesuitas, otras órdenes religiosas como los dominicos y los franciscanos se enfrentaron al mismo dilema de si era oportuno o no involucrarse en la labor universitaria. Su discernimiento lo resolvieron de manera similar que los jesuitas.

Por ejemplo, el fundador de la orden de los Predicadores, Domingo de Guzmán, vendió todos sus libros para, con el dinero recaudado, “dar de comer” a los pobres. “¿Cómo podré yo seguir estudiando en pieles muertas (pergaminos), cuando hermanos míos en carne viva se mueren de hambre?”, sentenció. No obstante, la orden enseguida fue asimilando que su ministerio no podía desligarse de aulas y bibliotecas. Tanto es así que no tardó en emerger la inigualable figura de Tomás de Aquino, el “pastor angelicus”, máximo representante del apostolado intelectual en la Edad Media y declarado santo patrón de las universidades católicas.

Ahora bien, es necesario subrayar que, desde sus inicios hasta la actualidad, la misión y las obras apostólicas de los jesuitas han aspirado a guardar un equilibrio, con frecuencia nada fácil de mantener, entre la atención directa a las clases desposeídas, por un lado, y la formación y acompañamiento a los grupos sociales dirigentes en colegios y universidades, por otro,

La formulación, a lo largo de la segunda mitad del siglo XVI, de un “plan de estudios” (“Ratio Studiorum”) moderno, original, detallado y que estandarizara su método pedagógico contribuyó, de manera decisiva, tanto a multiplicar con rapidez la creación de colegios y universidades jesuitas como a lograr su consolidación y a que ganasen en prestigio. Como resultado, la cultura educativa y universitaria de los jesuitas ha inspirado a otros centros de enseñanza, católicos o no, durante cerca de cinco siglos.

La labor misionera de la Compañía de Jesús en Asia, y sobre todo en América, favoreció la edificación de colegios y universidades en donde nunca antes habían existido. Aún se debate si el primer centro de educación superior en las islas Filipinas, y por extensión en el continente asiático, es la Universidad de Santo Tomás, fundada por los dominicos, o la Universidad de San Carlos, inaugurada por los jesuitas.

A finales del siglo XVIII, cuando el Papa Clemente XIV decretó la disolución de la Compañía de Jesús, una vez que había sido expulsada de Portugal y de los reinos borbones (incluidas todas sus colonias), los hijos de Ignacio de Loyola regentaban más universidades en América Latina que en la península ibérica. Ciudades como Santiago de Chile, Córdoba, La Plata, Cuzco, Quito, Bogotá o Mérida del Yucatán contaban con la presencia universitaria de la Compañía de Jesús.

Fue siempre misión de la Compañía de Jesús tener presencia o abordar las fronteras no solo geográficas, sino también culturales y científicas. Es más, los jesuitas contaban con los recursos necesarios para multiplicar sus universidades tanto en Europa como en las tierras colonizadas. Fueron las autoridades civiles y eclesiásticas quienes acotaron o vetaron, en muchas ocasiones, la presencia de centros de educación superior de la Compañía de Jesús.

Con la abrupta desaparición de la Compañía de Jesús, como consecuencia de convertirse en el bando perdedor en su enfrentamiento con el “Despotismo Ilustrado”, se cerraron colegios y universidades que no encontraron relevo, al menos en las décadas inmediatamente posteriores.

La restauración de la Compañía de Jesús, en los primeros años del siglo XIX, permitió que los jesuitas recuperaran algunas de sus universidades, pero muchas de las que habían sido clausuradas desaparecieron para siempre. El número de centros de educación superior jesuitas fue creciendo de manera paulatina, desde entonces hasta nuestros días. Por ejemplo, a lo largo del siglo XIX, la Compañía de Jesús fundó dieciocho de las veintiocho universidades hoy existentes en Estados Unidos.

En América Latina un número relevante de países cuentan hoy con universidades jesuitas. La más antigua es la Universidad Javierana, erigida en Bogotá y que se remonta a 1623. La más joven es la Universidad San Alberto Hurtado, localizada en Santiago de Chile.

En Europa, España e Italia son los países que concentran mayor número de universidades jesuitas. Cabe subrayar, por ejemplo, que la ciudad de Roma concentra diversos centros especializados en humanidades y teología.

Es significativa la presencia universitaria de la Compañía de Jesús en el continente asiático, teniendo en cuenta el reducido número de católicos en casi todos los países. Los jesuitas han fundado centros de educación superior en países como Japón, Corea del Sur, Indonesia, Taiwan o hasta en la República Popular China. En la India, desde la segunda mitad del siglo XIX, la Compañía de Jesús fue tejiendo una amplia red de “colleges”, inspirados en el modelo británico. En Filipinas, país mayoritariamente católico, los jesuitas cuentan hoy con cinco universidades.

Uno de los principales retos del apostolado universitario de la Compañía de Jesús es ganar presencia en el continente africano. La institución universitaria puede jugar un papel fundamental para afianzar la cultura democrática y de los Derechos Humanos, promover el desarrollo económico y sociocultural en África y fortalecer el anuncio de la fe cristiana.

Tampoco puede pasarse por alto que, a lo largo de la historia, muchos de los jesuitas que han destacado en diferentes áreas científicas o en las humanidades no trabajaron en universidades de la Compañía de Jesús. Piénsese, por ejemplo, en el paleontólogo francés Pierre Teilhard de Chardin, cuya vida intrépida y obra vanguardista inspiraron a toda una generación de jesuitas que, a partir de 1960, se dedicaron a los estudios científicos y con frecuencia en universidades civiles.

La opción por el trabajo a favor de la justicia social, impulsada a partir del Concilio Vaticano II (1962 – 1965) y priorizada en la Congregación General XXXII (1975), ha podido trasladar a un segundo plano el ministerio de la Compañía de Jesús en el campo científico.

Así y todo, no es menos cierto que la orden no ha dejado de aumentar el número de universidades en las últimas décadas, a pesar de que en el último medio siglo haya perdido la mitad de sus miembros. En realidad la envergadura de la presencia del carisma de la Compañía de Jesús en sus obras apostólicas no va a depender del número de jesuitas que trabajen en ellas, sino de la posibilidad de disponer de personas capacitadas y comprometidas, jesuitas o no, en su identidad y misión.

Con todo, es necesario tener en cuenta que la identidad y la misión de los centros de educación superior jesuitas, tanto en sus elementos más sustantivos como en los más específicos, deberían ser contempladas en el contexto global que alumbra el rol que el mundo universitario católico ha estado llamado a desempeñar en cada época histórica. Valga recordar que la institución universitaria germinó hace casi 1000 mil años en la Iglesia Católica, “ex corde ecclesiae”, como recordó Juan Pablo II en su exhortación apostólica de 1990 sobre la educación superior.

Aunque han sido numerosas las obras, sobre todo de carácter divulgativo, que se han centrado en el estudio de la trayectoria de universidades concretas, no tenemos constancia que se haya publicado un monográfico que persiguiera investigar el sistema universitario de la Compañía de Jesús en su conjunto. Son abundantes los estudios historiográficos y pedagógicos sobre los centros educativos de la orden, pero no han abordado las universidades jesuitas de manera global, única o específica. Una de las razones ha estribado en que, hasta el siglo XIX, muchas veces resultaba complicado diferenciar los colegios de los centros de educación superior.

Cabe añadir que casi siempre han sido editoriales vinculadas a la Compañía de Jesús las que han publicado trabajos de investigación y divulgativos sobre sus colegios y universidades. Este monográfico es inédito, por lo tanto, no solo por focalizarse en el mundo universitario jesuita, sino también por ser editado en una revista ajena a la Compañía de Jesús y, además, de tan alto prestigio.

Los objetivos y las temáticas abordadas por los once artículos de este monográfico han investigado una parte muy importante de los episodios que han determinado la trayectoria de las universidades jesuitas, los elementos sui generis que distinguen su cultura organizacional o sus nuevos desafíos.

El primer artículo ha sido redactado por el jesuita Josep María Margenat y aborda, desde un punto de vista cultural y pedagógico, el origen y alcance de los primeros colegios y universidades de la Compañía de Jesús, a la vez que el surgimiento de la “Ratio Studiorum”.

A continuación Borja Vivanco, tomando como referencia los discursos de Peter Hans Kolvenbach, reflexiona acerca del lugar que la promoción de la justicia ha de desempeñar en la identidad y misión de las universidades jesuitas y especialmente como alternativa al “utilitarismo”, en boga en muchos centros de estudios superiores.

En otro artículo Aurelio Villa y Carl Antonius Lemke profundizan en las características del “paradigma Ledesma – Kolvenbach”, que guía hoy el modelo universitario de la Compañía de Jesús, sobre la base de cuatro dimensiones: “humanitas”, “iustitia”, “fides” y “utilitas”.

El jesuita Fernando de la Iglesia centra su artículo en las Business Schools de la Compañía de Jesús. Analiza su origen, su evolución y sus retos, explorando en los aspectos más distintivos que han de describir este tipo de centros de estudios superiores, en virtud de los valores que inspiran al sistema universitario jesuita.

En el siguiente artículo Xabier Etxebarria estudia con profundidad el valor, el significado y los contenidos que deben distinguir a la enseñanza de la ética desde las universidades jesuitas, aspecto que tradicionalmente ha configurado uno de los elementos más singulares de su oferta educativa.

El jesuita Agustín Udías, por su parte, hace un recorrido histórico a las aportaciones de los hijos de Ignacio de Loyola y de sus universidades a las diferentes disciplinas científicas durante los dos últimos siglos, en concreto desde la restauración de la Compañía de Jesús.

Por otro lado, José Sols se adentra en la vertiente social del pensamiento universitario del jesuita e intelectual Ignacio Ellacuría, rector de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de El Salvador, asesinado en 1989.

Cristina de la Cruz, mientras tanto, propone en su artículo a la “justicia solidaria” como elemento sui generis de la recepción del paradigma de la Responsabilidad Social en las universidades jesuitas, a luz de su identidad y cultura educativa.

El jesuita José María Guibert, rector de la Universidad de Deusto, indaga en los rasgos específicos y propuestas del “liderazgo ignaciano”, además de presentarlo como paradigma sobre el cual sustentar la gobernanza de las universidades jesuitas y oportunidad para reflexionar sobre su identidad y su servicio apostólico.

Seguidamente, en su artículo, Juan Antonio Senent analiza la misión universitaria jesuita en la promoción de la justicia y la ecología, sobre las bases tanto de las últimas Congregaciones Generales de la Compañía de Jesús como de los retos culturales y sociales que hoy se plantean a la Humanidad.

Finalmente, el historiador Javier Gómez se adentra en las universidades jesuitas de Centroamérica, en la época convulsa de los años 60, 70 y 80 del siglo XX, estudiando su compromiso político a través de su propuesta educativa.

Este monográfico va destinado a personas no solo interesadas e involucradas en la Compañía de Jesús y sus universidades. Es también dirigido al conjunto de profesionales o ciudadanos con inquietudes en la evolución y los horizontes de la educación superior, que profundizan en el diálogo entre la fe, la ciencia y la cultura o que investigan en los paradigmas pedagógicos.

Con este monográfico los autores han querido contribuir al estudio científico del origen, la trayectoria y la realidad actual de las universidades de la Compañía de Jesús. Han participado en su elaboración profesores e investigadores, adscritos tanto a universidades jesuitas como a otras instituciones. Cuatro de los doce autores son jesuitas, uno de ellos rector de una universidad de la Compañía de Jesús. Algunos artículos han sido elaborados a partir de tesis doctorales defendidas en los años más recientes.

Es nuestro deseo que este monográfico de la revista Arbor abra nuevas posibilidades para la investigación y el debate científico tanto sobre las universidades de la Compañía de Jesús como sobre otras, a través de equipos multidisciplinares y asociados a diferentes instituciones.

La trayectoria y el prestigio labrados por la revista Arbor en el terreno académico, y en general por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), nos animaron hace casi tres años a un grupo heterogéneo de doctores a proponer y elaborar este monográfico. Arbor es posiblemente la revista generalista que ha logrado un mayor reconocimiento científico en España.

De manera análoga, deseamos que este monográfico sirva también de punto de partida para intensificar, en el futuro, la relación entre las universidades de la Compañía de Jesús y el CSIC.

Desde su fundación hace más de 70 años, la revista Arbor ha servido de lugar de encuentro para el debate y el estudio libre y científico, en el que han participado algunos de los intelectuales españoles más prestigiosos, no pocos de ellos católicos, como por ejemplo el catedrático Rafael Calvo Serer, uno de sus directores más afamados.

Por último, es oportuno señalar que la publicación del monográfico tiene lugar al poco tiempo de finalizar la Congregación General XXXVI de la Compañía de Jesús, en la que ha resultado elegido, como nuevo sucesor de Ignacio de Loyola, el venezolano Arturo Sosa, reconocido intelectual que ha sido rector de la Universidad Católica del Táchira, en Venezuela.

La edición de este monográfico coincide, a la vez, con el fallecimiento de Peter Hans Kolvenbach, superior general de la Compañía de Jesús desde 1983 hasta 2008. Kolvenbach respaldó de manera significativa -a través de sus discursos universitarios- el apostolado intelectual, reflexionando y renovando su paradigma. El monográfico va dedicado a su memoria, como señal de reconocimiento y agradecimiento.



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