La chienlit c’est lui! De Gaulle ante mayo de 1968

 

EL 68, MITO Y CRÍTICA / MAY ’68, MYTH AND CRITIQUE

LA CHIENLIT C’EST LUI! DE GAULLE ANTE MAYO DE 1968

Pablo Pérez López

Universidad de Navarra

ORCID iD: https://orcid.org/0000-0002-2224-7472

paperezlo@unav.es

 

RESUMEN

Charles de Gaulle se convirtió en el símbolo de la política con que querían acabar los protagonistas de la sonora revuelta parisina de mayo de 1968. El fracaso de su intervención en televisión el día 24 pareció confirmar que había caído, y con él quizá también la Vª República, que era diseño suyo. Su actividad en los días siguientes, hasta el 30, transformó por completo la situación, desbloqueó la aporía política, desactivó la crisis social y fue el comienzo del fin de la protesta universitaria. En las elecciones que convocó para el mes de junio, su partido obtuvo la mayoría más amplia que obtuviera nunca. En medio quedaron algunos misterios que han sido y son motivo de debate entre los historiadores. El más destacado, su viaje relámpago a la base militar francesa en Baden-Baden (Alemania) el día 29. Analizamos las principales interpretaciones que se han aportado para explicar lo sucedido.

LA CHIENLIT C’EST LUI! DE GAULLE FACING MAY 1968

ABSTRACT

For the leaders of the May ‘68 revolt in Paris, Charles de Gaulle became the embodiment of the politics they hoped to overthrow. The complete failure of his televised address to the nation on May 24 seemed to ratify his downfall, and even the potential demise of the Fifth Republic he had brought into existence. His actions in the following days, until May 30, completely turned the situation around: the political deadlock was loosened, the social crisis was defused, and student unrest began to die out. The results of the general election he called the following June gave to his party the greatest margin of majority in its history. During this process, however, some events are still mysterious and a source of debate among historians. Of these, the best-known was his lightning trip to the French military base in Baden-Baden (Germany) on May 29. We analyze the main interpretations provided to explain what happened.

Recibido: 31-01-2017; Aceptado: 13-11-2017.

Cómo citar este artículo/Citation: Pérez López, P. (2018). La chienlit c’est lui! De Gaulle ante mayo de 1968. Arbor, 194 (787): a428. https://doi.org/10.3989/arbor.2018.787n1001

PALABRAS CLAVE: Charles de Gaulle; mayo de 1968; Francia; URSS; comunismo.

KEYWORDS: Charles de Gaulle; May 1968; France; USSR; communism.

Copyright: © 2018 CSIC. Este es un artículo de acceso abierto distribuido bajo los términos de la licencia de uso y distribución Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).

CONTENIDOS

RESUMEN
ABSTRACT
INTRODUCCIÓN
TRES CRISIS
LAS SALIDAS
LAS INTERPRETACIONES
CONCLUSIONES
NOTAS
BIBLIOGRAFÍA

 

INTRODUCCIÓN Top

Un hecho tan frecuentemente citado como el mayo del 68 francés parece que apenas requiere presentación. Sin embargo, es más frecuente acercarse a su estudio desde el punto de vista de la protesta y su propósito que desde el análisis de los acontecimientos políticos. La razón es bien conocida: el mayo del 68 francés ha tenido una importancia simbólica prolongada e intensa, mientras que los hechos en sí podrían parecer intrascendentes. En efecto, cabe resumirlos diciendo que una protesta estudiantil creció hasta convertirse en un grave conflicto social que colapsó por unos días el sistema político. Sin embargo, un mes más tarde las elecciones otorgaron al partido gobernante una mayoría parlamentaria todavía más amplia que la que tenía al comienzo de los acontecimientos. Evidentemente, este resultaría un resumen insuficiente por dejar fuera aspectos de gran calado que subyacen a los hechos puramente políticos. Ahora bien, sin conocer estos, cabe también interpretar deficiente o equivocadamente los sociales o de mentalidad. Todos los componentes de una realidad histórica son inseparables, por más que los historiadores necesitemos deslindar campos para perfilar mejor relatos y explicaciones.

En este artículo nos vamos a ocupar de los hechos políticos básicos de mayo del 68, concretamente en la relación que guardan con el entonces presidente de la República, Charles de Gaulle. La tarea no es sencilla. Si el mayo del 68 tiene una carga simbólica importante, de Gaulle también, y ambas dimensiones parecen entrar en conflicto justamente en torno a estos acontecimientos y la forma de encararlos. De Gaulle era reconocido por muchos franceses como el salvador de Francia en dos ocasiones especialmente difíciles: ante la derrota frente a los alemanes en 1940, y ante el riesgo de guerra civil generado por el problema argelino en 1958. Se había convertido en el diseñador y el piloto de un nuevo sistema político, la Vª República, que pretendía superar los defectos de las precedentes. Su estilo y prestigio hacían de él mucho más que un político, un estadista excepcional. Quienes se le oponían debían hacerlo impugnando su pretensión de identificarse con Francia y no tenían fácil la tarea. Mayo del 68, que comenzó como una algarada universitaria, se convirtió a la altura del día 24 en una inesperada ocasión de terminar con el régimen de la república gaullista. Seis días más tarde se demostró que era todo lo contrario. En medio quedaban una serie de sucesos que han sido objeto de frecuente estudio y que todavía hoy no terminan de estar claros.

 

TRES CRISIS Top

Los estudiantes y sus protestas

La revuelta comenzó entre los estudiantes de Nanterre, donde se había creado recientemente una Facultad de Letras cuya pretensión de ser el comienzo de una universidad modelo había quedado justamente en eso. Los altercados se hicieron allí crónicos, alimentados por la contemplación en los noticiarios cinematográficos de las algaradas estudiantiles en EE.UU. y en Alemania que les sirvieron de modelo (Sorlin, 2005Sorlin, P. (2005). Películas que orientan la historia. En: Montero, J. y Rodríguez, A. (dirs.). El cine cambia la historia. Madrid: Rialp, pp. 31-44., p. 41). Los motivos eran protestas contra la guerra en Vietnam, y la reivindicación de libertades, o mejor, de facilidades sexuales. Este último fue el asunto con que un estudiante entonces desconocido, Daniel Cohn-Bendit, asaltó al ministro de Juventud y Deportes, François Missoffe, cuando este acudió en febrero a Nanterre para inaugurar una piscina. La respuesta del sorprendido ministro fue recomendarle un baño en las nuevas instalaciones (Lacouture, 1986Lacouture, J. (1986). De Gaulle (Tome 3. Le Souverain). París: Seuil., p. 668). Las movilizaciones estudiantiles no cesaron. El 25 de abril el diputado comunista Pierre Juquin fue abucheado y expulsado de Nanterre con gritos de «Juquin Judas» que apenas dejaban lugar a dudas sobre la opinión que el Partido Comunista (PCF) merecía a los revoltosos.

Al gobierno le preocupaba la universidad, que había pasado de 200.000 estudiantes en 1958 a 500.000 en 1968 y precisaba una reforma que acababa de anunciarse. El proyecto contenía la palabra selección, que bastó para inflamar el ambiente de protesta entre los estudiantes. Para los políticos sus reivindicaciones aparecían como frutos de la inmadurez y problemas menores que convenía atender por razones de decoro público. Así lo hizo saber de Gaulle al ministro del Interior, Christian Fouchet, el 1 de mayo: había que terminar con los disturbios de Nanterre, ya que en París iba celebrarse la conferencia que pretendía devolver la paz a Vietnam y que reuniría a norteamericanos y norvietnamitas. Ese mismo 1 de mayo el sindicato comunista CGT (Confédération générale du travail) celebró su primera marcha desde 1954, que terminó con algunos incidentes con la policía (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., p. 21). Pero nada de eso inquietaba especialmente al gobierno, que tenía en su agenda otros asuntos. El primer ministro, George Pompidou, salía en esas fechas para un viaje de diez días por Irán y Afganistán. De Gaulle había comentado a su ayudante de campo François Flohic: «Esto no me gusta mucho; no hay nada difícil ni heroico que hacer» (Flohic, 1979Flohic, F. (1979). Souvenirs d’outre-Gaulle. París: Plon., p. 172).

Todo comenzó a complicarse cuando el decano de Nanterre, ante los continuos incidentes, decidió cerrar la facultad el 2 de mayo. Eso trasladó a los grupúsculos de agitadores a la Sorbona, en el centro de París, provocando una jornada de desórdenes que culminó con la entrada de la policía en la universidad y varias detenciones. Era la explosión de un movimiento que venía caldeándose tiempo atrás (Joffrin, 2008Joffrin, L. (2008). Mai 68. Une histoire du mouvement. París: Seuil., pp. 13 y ss.). Ese mismo día apareció un artículo en el órgano comunista L’Humanité firmado por Georges Marchais, miembro del buró político del partido, en el que se trataba de desenmascarar a los «falsos revolucionarios» que resultaron ser protagonistas de ese día y en buena medida del mes: «Certains groupuscules anarchistes, trostquistes, maoïstes, etc., composés en général de fils de grands bourgeois, et dirigés par l’anarchiste allemand Cohn-Bendit» (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., p. 23). Estaba claro qué opinión merecían al PCF.

El día 5 de Gaulle convocó a Joxe, que hacía las funciones de primer ministro, Fouchet y Peyrefitte, ministro de Educación, y les empujó a reaccionar con contundencia ante lo que consideraba un motín: si lo consentían estarían destruyendo el estado. Los ministros se mostraron partidarios de una respuesta más conciliadora que entendían más proporcionada a una provocación estudiantil, que estimaban sonora, pero de poco calado y por tanto poco peligrosa. Y eso a pesar de la llamada a la huelga total en las universidades que había sido convocada ese mismo día.

A partir de entonces las cosas no hicieron más que empeorar: la violencia se desató de forma inesperada. Tardó tiempo en comprenderse que se trataba de una acción política entendida como tal por los estudiantes. La respuesta represiva de las autoridades tratando de restablecer el orden chocaba con la simpatía hacia la causa estudiantil que ganaba cada vez más a la opinión pública. Poco a poco, la idea de la brutalidad represora de la policía pesaba más que la contraria. De Gaulle seguía pidiendo a sus ministros firmeza, pero al mismo tiempo talento para cambiar las cosas: «Señores, es necesario reformar la universidad… pero no es posible tolerar la violencia en la calle». Los comunistas también matizaron su postura. Georges Séguy, secretario general de la central sindical CGT y miembro del buró político del PCF, aunque seguía denunciando a los «provocadores» de extrema izquierda, hizo notar su «simpatía por los intelectuales que se ponen resueltamente del lado de la clase obrera». Algo nuevo había aparecido en la calle y el partido no quería desligarse por completo de ello. Los comunistas tendieron lazos hacia los «enragés», los indignados, y también la policía: el prefecto de policía de París facilitó al principal sindicato de enseñanza superior (SNE-Sup) una nueva línea directa de teléfono para mantener el contacto. No sirvió de nada. Ni siquiera sus propios promotores controlaban totalmente el movimiento en esos momentos (Joffrin, 2008Joffrin, L. (2008). Mai 68. Une histoire du mouvement. París: Seuil., pp. 104-108).

El 8 de mayo de Gaulle pidió más contundencia en la respuesta. Reunido con los responsables implicados más de cerca les leyó un mensaje remitido por cinco premios Nobel pidiendo un gesto de apaciguamiento, lo cual, según él, no era sino pura demagogia. El general opinaba lo contrario: debía detenerse el desorden incluso disparando si hiciera falta (Peyrefitte, 2002Peyrefitte, A. (2002). C’était de Gaulle. París: Gallimard., pp. 1690-1693). Los ministros se salieron con la suya y anunciaron la reapertura de la Sorbona. Los líderes estudiantiles reaccionaron llamando de nuevo a la radicalización (Cohn-Bendit, 1975Cohn-Bendit, D. (1975). Le Grand Bazar. París: Belfond., pp. 36 y ss.). Al día siguiente de Gaulle reprochó a Peyrefitte su decisión. Tal como él veía las cosas, el enfrentamiento entre los izquierdistas radicales y los comunistas marcaba una importante divisoria, la meta de Cohn-Bendit y los suyos es destruir la sociedad burguesa de la que los comunistas eran garantes como oposición. Si se salían con la suya, todo el sistema, el sistema de la República tal como él lo concebía, estaría en cuestión (Peyrefitte, 2002Peyrefitte, A. (2002). C’était de Gaulle. París: Gallimard., p. 1699). De Gaulle confiaba en que los comunistas no permitirían que el mundo obrero se uniera a la revuelta, como pretendían los estudiantes, pero la realidad no siguió ese camino.

La reviviscencia de los desórdenes llevó a Peyrefitte a dar la orden de cerrar de nuevo la Sorbona con el consiguiente desprestigio ante los medios de comunicación. El 10 de mayo se vivió una noche de enfrentamientos y barricadas en el barrio Latino. Solo de madrugada actuó la policía. Ese mismo día debía comenzar la conferencia de París sobre la paz en Vietnam que era un teórico y esperado éxito de la diplomacia francesa. La realidad parisina distaba mucho de ser pacífica: el 11 de mayo los combates terminaron a las 5:30 de la mañana con un balance de 721 heridos, 367 de ellos graves. Ningún muerto. Tenemos dos versiones contradictorias sobre las instrucciones que de Gaulle dio sobre una posible intervención del ejército para poner fin al desorden, las dos del ministro de defensa Messmer, que en un primero momento escribió que el presidente le había indicado que había que esperar. En la segunda, de 1998, reiterada en 2007, afirma que le empujó a desplegar una fuerza militar y abrir fuego si era preciso. Parece que la válida es la segunda (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 42-44).

Un efecto importante de la escalada de la violencia fue que el PCF se situó contra la represión, dejó de hablar contra los izquierdistas y se alió con el movimiento. Uno de los grandes sindicatos, la CFDT (Confédération française démocratique du travail, antiguo sindicato católico vinculado al izquierdismo no comunista) se alineó con los estudiantes: comenzaba el movimiento social. La CGT comunista, aunque no se mostraba ya opuesta, mantenía las distancias.

En esa divisoria de decisión política se produjo el regreso de Pompidou de su viaje. Llegó con ideas propias y nuevas, de conciliación: era partidario de reabrir la Sorbona, liberar a los detenidos, retirar la policía y recuperar así la iniciativa. De Gaulle, aunque poco convencido de la eficacia de las medidas, le concedió autonomía para ejecutarlas, algo que lamentará más tarde. No tuvo mucho más remedio, la alternativa era la dimisión del jefe del ejecutivo. El dilema era estratégico: Pompidou estaba convencido de que el enfrentamiento entre comunistas e izquierdistas dejaba a salvo el sistema, mientras que de Gaulle pensaba que tal frontera podía borrarse si el estado seguía sin dejar sentir su presencia de modo eficaz.

El deslizamiento por la pendiente de la complicación y la radicalización continuó con la manifestación del día 13 en la que por primera vez se escucharon gritos contra de Gaulle: el «dix ans, ça suffit!», nacido en círculos de la oposición política, llegaba a la calle. Era el síntoma de una rápida conexión entre la política y la revuelta, y en un momento simbólicamente muy inoportuno: en el décimo aniversario del 13 de mayo de 1958 que había marcado el retorno al poder del general. De Gaulle llegó a pensar si todo esto no tenía que ver con su política hacia el este. Tenía previsto un viaje a Rumanía, donde apoyaría la política de Ceaucescu, que aparecía como un ejemplo de criterio autónomo frente a Moscú: ¿debía cerciorarse de si era ese el problema latente? En Checoslovaquia se estaban viviendo momentos difíciles en esos mismos días: la política de apertura de A. Dubceck había sido motivo de serias advertencias por parte de Moscú y de movimiento de tropas del Pacto de Varsovia para unas maniobras militares en la frontera del país. Pompidou, por su parte, se preguntaba si no sería la conferencia sobre Vietnam lo que se intentaba sabotear. Mientras el gobierno se debatía en la duda sobre qué hacer, el desorden seguía ganando la calle. La esperanza de los gobernantes era que esa actitud anárquica terminara por cansar a la opinión, la alarmara, y la empujara a apoyar las posturas gubernamentales. Con esa esperanza, tras dudarlo mucho, el Presidente de la República hizo caso a su gobierno y emprendió el día 14 su viaje a Rumanía.

La crisis social

Pero no llegó un cambio de viento favorable al gobierno, sino lo contrario. La crisis estudiantil se transmitió a través de los sindicatos al tejido social y se declararon huelgas que el día 16 sumaban ya 600.000 participantes. Pompidou seguía convencido de que no era señal de que el PCF estuviera iniciando su asalto al poder, estaban, sencillamente, dejando ver su fuerza frente a la exhibición neoizquierdista en el ámbito universitario. De Gaulle, mientras tanto, hablaba en Rumanía con su ministro de Exteriores, Couve de Mourville, de la crisis de civilización que evidenciaban los hechos: había que emprender reformas de calado, y pronto. Su propuesta era impulsar nuevas formas de participación, social y política, ese sería su nuevo horizonte. Otra paradoja más de estos días fue que mientras de Gaulle era aclamado por los obreros de un país comunista, el gran sindicato comunista, la CGT, confirmaba su viraje en Francia para sumarse al movimiento huelguístico: ese fue, declaró luego Pompidou, el momento en que comenzó a inquietarse seriamente ante los acontecimientos (Alexandre, 1969Alexandre, Ph. (1969). L’Elysée en péril. 2-30 mai 1968. París: Fayard., p. 84). Pesaba en esa inquietud que la postura de la CGT significaba que el gobierno ya no podía contar con la televisión como un instrumento dócil, controlada como estaba, mayoritariamente, por los comunistas. Había también motivos para la confianza: dentro del PCF las consignas eran por el momento mantener un tono reivindicativo, pero no revolucionario. Pero la situación era ya explosiva. Varios ministros insistían en pedir el regreso del Presidente desde Rumanía, que terminaron por conseguir.

El día 18 de Gaulle regresó a París. Volvía convencido de que los comunistas habían cambiado de orientación y que estaba ante una batalla totalmente diferente. Sus ministros recordarán la furia con que les reprochó su actitud: «Basta que de Gaulle se vaya, y se hunde todo», es como si no supieran gobernar. Ese día de Gaulle volvió a utilizar un vocablo en desuso para referirse a lo que él consideraba desorden y caos insufribles y repugnantes: «La reforme oui, la chienlit, non !». La reforma sí, el pandemonio, no[1]. Reprochó a Pompidou su actitud apaciguadora, que solo había empeorado las cosas, se negó a aceptar su dimisión y le habló de su proyecto de plantear un referéndum sobre la participación en las empresas y en la universidad, la primera piedra de su nuevo plan de reformas. Resumió sus instrucciones al ejecutivo con un contundente «¡Se acabó el recreo!» y les anunció que el día 24 se dirigiría al país en un mensaje televisado (Lacouture, 1986Lacouture, J. (1986). De Gaulle (Tome 3. Le Souverain). París: Seuil., pp. 681-682).

Mientras él se enfrascaba en la preparación del mensaje sobre la participación, dio vía libre al gobierno para abrir negociaciones con los sindicatos. Lo hicieron por medio de un joven ministro que había militado en el comunismo y conservaba importantes contactos: Jaques Chirac. El general no creía que fuera una vía de solución, pensaba que conduciría a un «Munich económico» mientras dejaba intacta la cuestión de fondo. El 19 y el 20 de mayo la situación siguió empeorando. De Gaulle leyó los despachos de la agencia oficial de noticias china que exaltaban el movimiento estudiantil y su filiación maoísta: de modo que no había servido de nada haber sido el primero entre los grandes en abrirles la puerta de la diplomacia. No obstante, su gran temor seguía siendo que el PCF estuviera preparando un asalto al poder, algo que las fuentes soviéticas hasta ahora disponibles parecen desmentir. Más bien daba la impresión de que preferían esperar, constatar hasta dónde resistía el gobierno, y prepararse para conformar uno alternativo de amplio espectro que luego pudieran controlar en solitario (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 78-84). La confusión al respecto creció en los días siguientes: el gobierno superó una moción de censura mientras negociaba en secreto con los comunistas, sin tener claro qué pretendían finalmente. La prensa china llenaba de elogios a los «izquierdistas» desmarcados del PCF, maoístas, trotskistas o anarquistas de la Fédération de la gauche, mientras que la soviética seguía la crisis a través de las declaraciones de líderes del PCF y la CGT o de discursos oficiales, pero se mostraba claramente enfrentada a los «izquierdistas», jaleados por los chinos, que les acusaban de «revisionistas» (Smirnov, 2006Smirnov, V. (2006). La crise de 1968 au miroir de la presse soviétique. En: Vaïsse, M. (dir.). De Gaulle et la Russie. París: CNRS, pp. 171-177., pp. 173-175). Pero los signos eran inquietantes. Los grafitis denunciaban ahora a de Gaulle como responsable de los males: «la chienlit c’est lui !», es él quien causa estragos. Era una nueva orientación política del movimiento. Mientras tanto, la URSS concentraba tropas del Pacto de Varsovia en la frontera checoslovaca en un episodio más de esa crisis paralela a la que de Gaulle no dejaba de mirar.

El dilema político

Se llegó así al 24 de mayo con diez millones de huelguistas y la esperanza del gobierno puesta en la alocución televisiva de de Gaulle. Fue un fracaso. No funcionó y, lo que es peor, alimentó la idea de una revuelta política contra él y «su régimen». La crisis estudiantil que se había vuelto social era ahora claramente política. El referéndum se despreció. Ni siquiera los gaullistas entendían qué sentido tenía plantearlo en ese momento; y su amenaza de irse fue recibida con cánticos de los estudiantes diciéndole adiós. Quien tantas veces había conseguido gobernar con la palabra, reconoció que se había equivocado: había sido una salida de pata de banco («J’ai mis à coté de la plaque») y la situación no había por dónde agarrarla («insaisissable»). Pensó en marcharse. Lo detuvo Pompidou en una reunión de madrugada, llamándole a continuar en la tarea y a confiar en los acuerdos que se estaban negociando. Pero para de Gaulle los cuatro días siguientes fueron de caída en picado: entendió claramente que era él quien estaba en cuestión ahora, con todo lo que eso significaba.

La oposición lo entendió así también. Un mitin gigante convocado en Charléty el 26 pareció diseñar un gobierno alternativo con Mendès France y Mitterrand que preconizaría una revolución sin comunistas, algo que estos no podían consentir. Eso repercutió en las negociaciones que en esos mismos días mantenía la CGT en Grenelle con el gobierno. El 27 se alcanzó un acuerdo in extremis. Resultó ser demasiado tarde: no consiguieron que las asambleas obreras, que se habían comprometido ya con la reivindicación política, lo aceptaran. La vía de la negociación de Pompidou fracasaba, pues, también. Enfrente, la prioridad política impulsada por los «izquierdistas» estaba ganando la partida a los comunistas. Eso les obligó a cambiar de táctica, a admitir alinearse con la reivindicación de un «gobierno popular» en el que participarían con otros grupos políticos. Para entonces todo indicaba que, definitivamente, los comunistas querían ponerse a los mandos de un proceso político que parecía imparable (Peyrefitte, 2002Peyrefitte, A. (2002). C’était de Gaulle. París: Gallimard., p. 1760). Dentro del PCF no había acuerdo sobre el procedimiento. Si entendían que no era la hora de la revolución, sí parecía la de la toma del poder, porque este se estaba hundiendo y solo era cosa de recogerlo. Convocaron, pues, una manifestación para el día 29 con el lema «Gouvernement populaire», tratando de adelantarse a que Mitterrand se hiciera con la presidencia de la República como había ofrecido. Entre los gaullistas cundía el desánimo, y dentro del gobierno también: ni siquiera podían garantizar las comunicaciones internas en el ministerio del Interior. Se prepararon incluso operaciones para sacar al gobierno de París, como en 1871 o 1940. Un nuevo desastre parecía cernirse fatalmente sobre Francia.

 

LAS SALIDAS Top

Los sucesos de los últimos días de mayo del 68 tienen como gran protagonista, inesperadamente, a ese Charles de Gaulle que aparecía sobrepasado por los acontecimientos el día 24. No es de extrañar que la interpretación resulte difícil. Primero, por la alta densidad de acontecimientos; segundo, porque contamos con versiones difíciles de compatibilizar, o incompatibles, para reconstruir los hechos, y tercero, porque da la impresión de que su principal protagonista buscó deliberadamente dejar poco claro qué había querido hacer.

Recordemos esquemáticamente lo sucedido. El 28 de mayo daba la impresión de que los comunistas habían decidido tomar el poder: convocaron una manifestación para el 29 que podría terminar con un asalto del Elíseo. A primera hora del 29, de Gaulle suspendió el consejo de ministros previsto para esa mañana, lo pospuso para la tarde del 30 e, inesperadamente, anunció a un perplejo Pompidou que se marchaba a su casa en el campo en Colombey-les-deux-églises. En realidad, sin comunicarlo a nadie, voló hasta Baden-Baden donde se entrevistó con el general Massu, jefe de las tropas francesas estacionadas en Alemania. De allí volvió a Colombey a media tarde. La noticia de su desaparición durante unas horas conmocionó a la cúpula del poder y se difundió brevemente a través de los medios de comunicación. Desde Colombey de Gaulle llamó a Pompidou a las 18:30 y le confirmó la celebración del consejo al día siguiente. Mientras tanto, se desarrollaba la manifestación comunista, enormemente concurrida, que se disolvió sin incidentes esa misma tarde poco después de las 19:30. A primera hora del 30 de mayo de Gaulle volvió a París, presidió el consejo de ministros e hizo saber que hablaría por la radio. En su brevísima alocución anunció que no iba a retirarse, que posponía la celebración del referéndum, que disolvía las cámaras y convocaba elecciones. Responsabilizó del desafío a la República a una amenaza dictatorial del comunismo totalitario, apoyada sobre la ambición y el odio de políticos retirados. Esa misma tarde la manifestación más grande de mayo de 1968 recorrió París en apoyo del jefe del estado. A partir de ahí todo cambió: las huelgas se debilitaron hasta desconvocarse, el movimiento estudiantil perdió fuerza y en junio las elecciones dieron a los gaullistas la mayoría parlamentaria más amplia de su historia.

¿Cómo deben interpretarse los hechos? Hay una evidencia básica en la que coinciden todos los estudios: de Gaulle fue su gran protagonista, se transformó y transformó la situación en 48 horas que resultaron cruciales. Lo difícil es interpretar cómo lo hizo y por qué el que había fracasado tan estrepitosamente por televisión el 24 y parecía perdido en los últimos cuatro días produjo un efecto tan diferente con su discurso radiofónico del 30.

 

LAS INTERPRETACIONES Top

Las interpretaciones de los hechos están mediatizadas por sucesos posteriores, especialmente los resultados electorales de junio, el relevo del primer ministro Pompidou, la celebración del referéndum el 27 de abril de 1969 y su resultado negativo, la retirada de de Gaulle esa misma medianoche y su fallecimiento el 9 de noviembre de 1970. A estos hechos inmediatos deben sumarse las revelaciones sobre lo sucedido en mayo del 68 por parte de los protagonistas que fueron haciéndose públicas en años sucesivos. Las mencionaremos al mismo tiempo que presentamos las interpretaciones a que dieron lugar, que cabe resumir en seis grandes líneas argumentales.

La primera es la hipótesis del desfallecimiento del jefe del estado que, abandonado por los políticos, desorientado y falto de recursos, pensó en huir e incluso en volver a empezar la batalla del control del país desde fuera de París y de la propia Francia, como ya había hecho en 1940. Solo cuando por boca del general Massu constató que el Ejército le apoyaba, decidió regresar. El pueblo francés, cansado de desorden, le escuchó. La mayoría silenciosa despertó en la manifestación monstruo del día 30 y su voz tuvo eco en toda Francia, un eco que resonó pronto en la normalización de la vida del país y a continuación en las urnas.

Esta explicación, que predominó en la década posterior a los hechos en algunos sectores, fue contestada con contundencia por quien entonces era ayudante de campo de de Gaulle, el almirante François Flohic, que acompañó al matrimonio de Gaulle en su viaje a Baden-Baden y Colombey ese 29 de mayo de 1968, y publicó en 1979 Souvenirs d’outre-Gaulle. Ahí testimonia que el general no era en absoluto un hombre desorientado o perdido ese día: dio instrucciones muy precisas con un control de sí mismo evidente en todo momento. Flohic supone que tuvo una tentación de retirarse a la que en el fondo nunca tuvo intención de ceder. Al contrario, ante el peligro de la disolución del poder realizó «la maniobra antisubversiva por excelencia, colocando sutilmente [al país] ante el vacío de su desaparición» (Flohic, 1979Flohic, F. (1979). Souvenirs d’outre-Gaulle. París: Plon., p. 184). El yerno del general de Gaulle, el general Alain de Boissieu, abundó en esta explicación en sus memorias, en las que califica de maniobra táctica magistral el movimiento de ese día (Boissieu, 1990Boissieu, A. (1990). Pour servir le Général (1946-1970). París: Plon., p. 193). Esta hipótesis tiene un grave inconveniente para sostenerse: la noticia de que de Gaulle estaba en paradero desconocido llegó a la opinión pública cuando la radio, a las 17:34, dio la noticia de que no estaba –o no era seguro que estuviera– en Colombey. Menos de una hora más tarde, a las 18:23 anunciaron que había llegado con su mujer a su domicilio en el campo (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 344-348). Por tanto, es difícil pensar que hubo lugar para que la noticia se difundiera mucho, ni que creara una sensación de vacío que sacudiera los ánimos y fuese causa de un cambio tan intenso. En todo caso, la maniobra de desconcierto y de colocación frente al vacío tendría entonces por público destinatario los colaboradores inmediatos del general: el gobierno de Francia. Serían los políticos los que habría querido sacudir con su actitud, y especialmente al primer ministro Pompidou. En cuanto al recurso al ejército, de Boissieu suaviza tal posibilidad hasta hacerla prácticamente irrelevante frente a la explicación del golpe de efecto.

Esta hipótesis heroica y maquiavélica, que cifraba en el poder de escenificación de de Gaulle la resolución del problema no dejaba en buen lugar a su entorno, que debía cargar con todas las culpas de los desgobiernos de mayo. No es casual que en 1982 los herederos de Pompidou, fallecido en 1974, decidieran publicar sus memorias, con el significativo título de Pour rétablir une verité. El autor rompe también con la versión oficial del recurso a las legiones. Promueve otra visión menos favorable a de Gaulle y regresa a la tesis del desfallecimiento, limitado ahora al 29 de mayo. Sería un episodio más en la historia de un hombre ciclotímico, un momento más de los varios que conoció Pompidou en que de Gaulle se sentía tentado por la dimisión (Pompidou, 1982Pompidou, G. (1982). Pour rétablir une verité. París: Flammarion., p. 192). Las confidencias del propio de Gaulle con él en esos días, en efecto, apuntaban en ese sentido: había aparecido ante él como un hombre cansado que ya no sabe qué hacer, que incluso parece actuar falto de orientación y comete la imprudencia de abandonar su puesto al frente del país en un momento de máximo peligro.

La argumentación de Pompidou sobre el hundimiento del día 29 se complementó y reforzó con el informe de Massu, que permaneció secreto durante quince años. No lo publicó hasta que aparecieron las memorias de Pompidou. La primera entrevista concedida por Massu a la prensa sobre el asunto data de 1982 y el contenido de su libro de recuerdos publicado al año siguiente ayuda a entender la interpretación de Pompidou. Massu interpretó que de Gaulle había venido a verle descorazonado y prácticamente decidido a retirarse. Su charla con él le habría ayudado a recapacitar y a volver a su puesto al frente de Francia.

No obstante, lo más débil en esta interpretación de un de Gaulle hundido es la tesis del recurso al ejército como fortaleza en la que cimentar una reacción frente a la debilidad de la política. Además de que entra en contradicción con la ejecutoria política del general y numerosos escritos y declaraciones suyas, consta que de Gaulle ni siquiera preguntó a Massu por este asunto, como este mismo subraya en su libro en respuesta a las tesis de Boissieu. Y hay todavía más: a las 8 de la mañana del día 29, el general había convocado al general André Lalande, su jefe de estado mayor particular y le había encargado una doble tarea: primera, que fuera a ver a Massu y a otros dos generales al frente de regiones militares para preguntarles si intervendrían con sus tropas para mantener el orden; segunda, que de paso se llevara a Baden-Baden en el avión a la familia de su hijo, que no podía viajar por falta de medios de transporte a causa de la huelga. Cuando de Gaulle, repentinamente, dejó Baden-Baden, tras cerca de una hora de conversación con Massu en la que no habló de este tema con él, el general Lalande, que había llegado a la base, se reunió con Massu para tratar del encargo recibido por de Gaulle. Fuera lo que fuera lo que de Gaulle buscaba de Massu, si buscaba algo, no era conocer su disposición a marchar sobre París en caso de que se lo pidiera.

Las revelaciones de esta tercera hipótesis cuestionaban seriamente la versión oficial gaullista establecida por Flohic y de Boissieu. El intento de recomposición de la interpretación del 29 y 30 de mayo llegó con un artículo del jurista François Goguel en la revista Espoir, del Institut Charles de Gaulle, en 1984. Es significativo que ese mismo artículo se haya publicado de nuevo en la misma revista en el monográfico sobre mayo del 68 aparecido en abril de 1998 en el trigésimo aniversario de los hechos con una nota que indica: «La Redacción se ha permitido republicar este texto fundamental de François Goguel aparecido en su número de marzo de 1984» (VV.AA., 1998VV.AA. (1998). Mai 68. Espoir, 115., p. 87). El trabajo está construido sobre nuevos testimonios de protagonistas de los hechos y colaboradores de de Gaulle que ayudan a precisar lo sucedido y su significado. De Gaulle había encargado a su yerno de Boissieu que convocara a Massu en Alsacia, pero de Boissieu fue incapaz de contactar con Massu y ante la falta de noticias, cuando los helicópteros se detuvieron a repostar, de Gaulle optó por seguir camino para visitar a Massu en su propia residencia. La finalidad del presidente habría sido escenificar el apocalipsis ante el militar para hacerle reaccionar, práctica, por otra parte, habitual en de Gaulle. Massu se habría creído la representación sin percibir segundas intenciones, y habría deducido que su contraargumentación había servido para restablecer la confianza del estadista. Pero, apunta Goguel, esto es difícilmente creíble a poco que se sepa del líder de la Francia libre. La explicación que sugiere el autor es la siguiente: lo que realmente habría buscado mediante ese encuentro era impresionar a la opinión. La salida de París era un medio para empujar a que la opinión se rehiciera: que dos hombres tan distintos, que solo tenían en común la devoción por Francia, aparecieran unidos en un momento crítico, sería suficiente para remover los espíritus. La nueva explicación sería que de Gaulle habría buscado la asociación de dos nombres, el suyo y el de Massu, para impresionar a la opinión pública, pero solo para impresionar, no para intervenir militarmente, ni siquiera en hipótesis. Massu habría realizado el papel que de Gaulle esperaba de él, algo por lo que de Gaulle le debía sincero agradecimiento y razón por la cual nunca habría hecho pública la verdadera intención del viaje: no quería hacerle quedar como un puro comparsa, engañado, además. Aquella entrevista habría quedado ligada afectivamente al día en que se rehízo tras cuatro de incertidumbre. En cuanto a la confidencia de de Gaulle a Pompidou de que había tenido un desfallecimiento, Goguel sostiene que el primer ministro le malinterpretó: de Gaulle estaría hablando de los días de dudas, pero no del viaje del 29, cuando ya está ejecutando su plan de salida de la crisis.

La hipótesis añade matices y precisiones interesantes, pero de nuevo le falta solidez en un punto esencial: esa asociación de nombres no se produjo. Nadie habló de ella el día 29. Solo L’Aurore mencionó a Massu el 30 de mayo. Es más, oficialmente el encuentro fue desmentido el 31 de mayo. La noticia del encuentro llegó desde el extranjero, del enviado especial permanente que Le Figaro tenía en Bonn, y puede afirmarse que en realidad solo fue conocida por poca gente el día 30, después de que la manifestación de apoyo a de Gaulle hubiera terminado. Y lo que es más importante, de Gaulle ordenó ocultarla (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 510 y ss.). Así las cosas, es difícil sostener que fuera la maniobra con que pretendió movilizar la opinión.

Una quinta versión de los hechos se desprendería de lo revelado por Philippe de Gaulle, que en 1983 declaró ser el único que tenía las claves para explicar la escapada a Baden-Baden. En su segundo tomo de memorias la explicación que aporta está en la línea con la argumentación de Goguel, aunque añade precisiones interesantes (De Gaulle, 2000Gaulle, Ph. de (2000). Mémoires accesoires 1947-1979. París: Plon., pp. 190-215). Habría sido él mismo quien sugirió el día 26 a su padre que se alejara de París y amenazara con marcharse. Su consejo fue que marchara a Brest donde podría embarcar en un crucero con todos los medios para desplazarse y comunicarse. Su padre le contestó que prefería irse a Colombey, a lo que al hijo protestó que parecería que se iba a descansar como cualquier fin de semana. El general le sugirió entonces que, ya que él debía someterse a un tratamiento termal y tenía problemas con el lugar al que quería acudir, que se fuera a Baden, a casa de Massu, donde podría seguir tratamiento y que llevara con él a su familia: así alejados de París se evitaría una molesta posibilidad de toma de rehenes. El almirante dice haberse percatado en ese momento de que estaba ante una maniobra del estilo de las que su padre recomienda en su obra Le fil de l’épée: el jefe debe cubrir de misterio sus intenciones, con astucia y, si es preciso, bajo un velo de engaño. El general aprovecharía para entrevistarse con Massu en Estrasburgo u otro lugar a mitad de camino entre Colombey y Baden. Por tanto, confirma que no había intención de ir hasta Baden si Boissieu hubiera conseguido concertar un encuentro en otro lugar. Y también que su padre no estaba sin recursos en esos momentos, sino que lamentaba no haber sabido prever la deriva de los acontecimientos y haberse dejado superar por ellos en velocidad. Ese sería el contenido del “desfallecimiento” del que habló a algunos colaboradores. En esos momentos lo que buscaba era únicamente generar una sacudida que despertara a la opinión. De nuevo el problema está en explicar por qué no buscó dar publicidad al hecho sino lo contrario.

Finalmente tenemos la versión de Henri-Christian Giraud, expuesta en su obra L’accord secret de Baden-Baden, publicada en 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher.. Giraud, periodista y escritor, se ha especializado en las relaciones entre de Gaulle y los comunistas, y es ese conocimiento el que le pone sobre la pista de otra posible explicación. Gaullismo y comunismo eran dos soportes necesarios de la Vª República, los dos únicos elementos esenciales de la política francesa, según expresó alguna vez André Malraux. De Gaulle había acudido en busca de apoyo de la URSS muy pronto, en 1941, y lo había obtenido. Estaba convencido de que Rusia era la esencia de la superpotencia, a la que llamaba así y no Unión Soviética, con una pertinacia llamativa. Su afán de mostrar independencia respecto a los Estados Unidos, según el autor, no era más que una máscara de su preferencia por los rusos. Esas convicciones no eran ningún misterio para los soviéticos que valoraban muy positivamente la postura del general francés, y le correspondían con gestos de proximidad. La culminación había sido su viaje a la URSS en 1966. Los contactos entre de Gaulle y los soviéticos estuvieron encauzados frecuentemente a través de Yuri Dubinin, primero traductor y luego miembro del cuerpo diplomático en París, que después sería embajador en Madrid (1978-1986), Washington (1986-1990), París (1990-1991) y viceministro de exteriores de Rusia. Existía un entendimiento táctico entre de Gaulle y Moscú que hacía que el general pudiera contar con la garantía de que los comunistas serían una oposición leal, que no promoverían la ruptura del sistema. A cambio se les dejaba dominar el ámbito cultural francés y tener un partido y un sindicato que eran señores indiscutibles de la izquierda y gobernantes de barriadas enteras. Los sucesos de mayo del 68 inquietaron políticamente a de Gaulle en el momento en que tuvo la impresión de que los comunistas podían haber cambiado de postura. Su miedo procedía de las dudas que tenía sobre cómo aceptaba la URSS su política hacia el este de Europa (hemos mencionado el caso de Rumanía), en la que favorecía los criterios «independientes» de los distintos países del otro lado del telón de acero. Los sucesos de Checoslovaquia, que discurrieron en paralelo a la crisis de mayo francés y terminaron con una intervención militar soviética, fueron un elemento añadido a ese temor. De Gaulle no creía posible que los grupos anarquistas o izquierdistas radicales de estudiantes fueran a poner en peligro el sistema. Ni siquiera temió cuando se aproximaron a la izquierda no comunista. Pero sí lo hizo cuando entendió que los comunistas habían cambiado de postura y estaban dispuestos a romper su pacto no escrito, y eso sería lo sucedido a partir del 24 de mayo. Si había habido un cambio tan trascendente en las intenciones soviéticas, había que diseñar una respuesta totalmente diferente de la contemplada hasta entonces, porque se estaba ante una crisis que afectaba al núcleo del sistema. De todo esto, uno de los secretos mejor guardados de la política del general, ni siquiera estaban al tanto explícitamente algunos de sus ministros: sería un apartado que gestionaba él personalmente sirviéndose de los medios que entendía oportunos.

El viaje a Baden se explicaría como un medio para resolver esta duda, al mismo tiempo que como la preparación de una respuesta abierta al abierto desafío planteado. Eso explicaría muy bien la frase con que comenzó su alocución del 30 de mayo: «Francesas, franceses, siendo yo depositario de la legalidad nacional y republicana, he considerado en las últimas veinticuatro horas todas las posibilidades, sin excepción, que me permitirían mantenerla. He tomado mis decisiones» (Lacouture, 1986Lacouture, J. (1986). De Gaulle (Tome 3. Le Souverain). París: Seuil., p. 719). En efecto, debía estar preparado para un escenario totalmente nuevo, o podía confiar en una solución dentro del que él mismo había levantado. En el primer caso la situación sería muy difícil y exigiría empezar desde cero y quizá desde fuera de un poder arrancado de sus manos como consecuencia de la impericia de sus ministros y de su propia falta de agilidad para adelantarse a los acontecimientos, como él mismo reconocería. Pero para responder a esa pregunta la clave era saber cuál era la postura de Moscú, ya que eso determinaría la del PCF. Una respuesta la tendría cuando terminara la manifestación del día 29: si terminaba en intento insurreccional y de toma del poder, Francia se enfrentaba a un episodio más de violencias revolucionarias de signo político. Eso no ocurriría si Moscú no había dado su placet a una toma del poder. Pero, desde luego, si lo había dado, el problema exigía considerar todas las posibilidades, desde la revolución y el desplazamiento del telón de acero hacia el oeste, hasta una guerra abierta en Europa. Ese era el interrogante al que él necesitaba responder.

Su pregunta, supone Giraud, era suficientemente delicada como para que no pudiera ni formularse ni responderse por la vía diplomática. Las informaciones que le llegaban de la embajada no dejaban ver apoyo a un movimiento insurreccional, ni tampoco el tenor de la prensa soviética. Pero eso no era seguridad suficiente, sobre todo a partir del 24, cuando se vio el cambio de orientación de la CGT que parecía trasladar el del PCF. De Gaulle necesitaba algo más, e intuyó o conoció que la respuesta le podía llegar por otro medio, todavía más comprometido. El 28 de mayo se produjo la visita del comandante de las fuerzas soviéticas en Alemania oriental al puesto de mando de las francesas dirigidas por Massu en Baden-Baden, un hecho excepcional. De Gaulle habría intuido que el mensaje que Moscú quisiera hacerle llegar no podía tener un sello más fiable que el del hombre que estaba al mando de las divisiones que tenían por misión invadir la RFA, y Francia, si fuera el caso. Esa sería la información que buscaba encontrar en Massu, mediante entrevista en Estrasburgo, Baden, o donde fuera, pero directa. Le urgía tener ese dato, pues su decisión dependía de dos grandes factores: la postura de Moscú y la del PCF. La segunda la tendría con el final de la manifestación del 29, pero la primera decidió buscarla directamente a través de Massu. De Gaulle se cuidó mucho de cubrir con un velo de engaño su maniobra, en esto Giraud toma nota de lo que indica Philippe de Gaulle. Diseñó para eso un plan minucioso que ejecutó a partir del día 27.

El testimonio de uno de sus próximos, Alain Peyrefitte, refuerza la tesis del plan minucioso. Peyrefitte, ministro de educación, dimitió el 27 a petición de Pompidou, que quería nombrar un mediador que reparara el conflicto con la Sorbona cuando creía que los acuerdos de Grenelle iban a funcionar. De Gaulle concedió audiencia a Peyrefitte el día 29 a las 4 de la tarde. El 28 Bernard Tricot, secretario general de la presidencia, le comunicó que su audiencia se posponía al fin de semana, y le hizo llegar una carta manuscrita del general en la que este le reiteraba su amistad. Mientras todos los demás piensan que de Gaulle está desorientado y sin recursos, Peyrefitte anota: «miércoles 29, por la tarde, cuando me entero de que el general ha desparecido y que su primer ministro nada sabe de dónde ha ido, no dudo que esté siguiendo un guion establecido en sus menores detalles. Desde el martes por la tarde, había previsto “dar un golpe” que le mantendría ausente un día, quizá dos; retrasar el consejo de ministros; no decir nada a nadie, ni a Pompidou ni a Tricot. Para mí es la señal de que de Gaulle ha tomado los mandos. No tengo ningún mérito en descifrarlo: yo tenía una clave que otros no tenían» (Peyrefitte, 2002Peyrefitte, A. (2002). C’était de Gaulle. París: Gallimard., p. 1766).

Peyreffite conocía bien a de Gaulle, como demuestra su voluminosa y valiosa obra acerca de él, y tenía el dato de su nueva cita para el fin de semana, que indicaba a las claras para él que el general sabía dónde estaría para entonces. En la misma línea, de Boissieu recuerda haber visto el borrador de un discurso que de Gaulle preparaba (el del día 30) el día 29 a primera hora de la mañana, cuando acudió a visitarle por indicación suya para recibir instrucciones y encargos minuciosamente preparados (De Boissieu, 1990Boissieu, A. (1990). Pour servir le Général (1946-1970). París: Plon., p. 192). Nada de incertidumbre ni de pérdida del control, pues, en de Gaulle, aunque se hubiera empeñado en varias entrevistas en dar la impresión de que eso era, justamente, lo que le pasaba.

Podemos estar seguros de que tenía un plan minuciosamente planeado y cuidadosamente ocultado y enmascarado. Giraud concluye que si quería ver a Massu era porque él tenía una información que le interesaba. Una de las confirmaciones más explícitas de que hubo un mensaje de Moscú respecto a la crisis francesa se encuentra en las Memorias del entonces ministro alemán de exteriores, Billy Brandt: «El jefe de la misión soviética hizo saber al general Massu en Baden-Baden que Moscú consideraba con benevolencia la salvaguardia del régimen» (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., p. 233).

Como hemos señalado, el 28 de mayo una delegación soviética del más alto nivel militar, presidida por el mariscal Piotr Kochevoi, visitó a Massu en Baden-Baden. Kochevoi mandaba cinco ejércitos de cuatro divisiones cada uno, frente a las dos divisiones francesas. El soviético, como recoge Massu en sus memorias, conversó a placer con él, en primer lugar, de su desprecio por los alemanes, responsables de la muerte de veintisiete millones de soviéticos, a los que veía cada vez peores, y de su decisión de aplastarlos ante la menor provocación. Llegó a afirmar que «el próximo teatro de guerra será Alemania occidental». Francia no debía equivocarse de aliado en la próxima guerra, advirtió. En la cena cambió de tono iniciándola con un brindis «por la amistad franco-soviética» y por «el gran presidente Charles de Gaulle». Habló de los acontecimientos de París: «Kochevoi se asombra, se indigna del comportamiento de los estudiantes. “¡Hay que aplastarlos, aplastarlos!” dice —en ruso naturalmente— pero acompañando sus palabras de gestos que hacen inútil la traducción» (Massu, 1983Massu, J. (1983). Baden 68: souvenirs d'une fidélité gaulliste. París: Plon., pp. 35-37). Se despachó a gusto acerca de la estupidez juvenil que daba como hecho y tomaba como derecho todo lo que se había conquistado para ellos, y pasó luego a exaltar la amistad franco-soviética y lo excepcional del trato que de Gaulle había recibido en su visita a la URSS. Cuando se empezó a fumar, le dijo a Massu que no tendría nada de raro que París le tomara prestados algunos regimientos. No debía preocuparse: los rusos harían como que no sabían nada del debilitamiento de la guarnición francesa (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., p. 259). Y volvió sobre la cuestión estudiantil: era cosa de los franceses, pero los soviéticos no comprendían que hubieran permitido que se la jugaran una pandilla de anarquistas: «los habríamos aplastado». Era difícil una mayor exhortación a la firmeza del gobierno.

Giraud supone que este mensaje es el que de Gaulle quería oír de Massu. Desde luego, no le preguntó algo así directamente: escenificó ante él un estado de ánimo cargado de preocupación y en extremo abatido, y le dejó hablar. Cuando conoció el contenido que le interesaba y pensó que la representación había sido satisfactoria, se levantó de pronto y anunció que volvía a Francia ante un asombrado y satisfecho Massu.

Aterrizado ya en La Boisserie, esperó la siguiente información. El testigo en este caso fue Flohic. Tras llamar a Pompidou y a Tricot para informarles de su llegada a Colombey, de Gaulle dio un largo paseo campestre con su mujer, tranquilo y apaciguado, hablando de flores y árboles. Contra su costumbre no se puso a trabajar al volver, sino que encendió el televisor para ver las noticias de las 8. Se le notaba impaciente, y tras ver el telediario se produjo un cambio de humor espectacular. Flohic no lo anota, pero Giraud señala que ese telediario dio cuenta de la disolución en la más absoluta tranquilidad de la gran manifestación organizada por la CGT. Era el dato que le faltaba por conocer (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., p. 356). La discusión de cómo las consignas más radicales se suavizaron a las dos horas de comenzar la manifestación y por qué terminó disolviéndose en la más absoluta tranquilidad sin asomo de movimiento insurreccional, ha llevado a varias interpretaciones. Giraud está convencido de que la válida es la que pone en Moscú el origen de la orden de suavizar la protesta y respetar el orden republicano: hacía tiempo que el Kremlin había decidido someter a las autoridades del PCF a los imperativos de la política exterior soviética, en concreto a no perjudicar en nada la política gaullista que beneficiaba la estrategia soviética de distensión este-oeste y de distanciamiento de Europa occidental de los Estados Unidos (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 357-360; Rey, 1991Rey, M-P. (1991). La tentation du rapprochement. París: Publications de la Sorbonne., p. 51; Soutou, 2001Soutou, G-H. (2001). La guerre de Cinquante ans. Le conflit Est-Ouest 1943-1990. París: Fayard., pp. 471-472).

Gran parte de las acciones de de Gaulle en esos días tenderían a ocultar esta finalidad esencial de su viaje a Baden. Ahí habría volcado su genio como líder capaz de llevar a efecto su designio y al mismo tiempo mantenerlo oculto. Para confirmar su hipótesis, Giraud aporta varios argumentos más, entre los que cabe subrayar los siguientes: la conformidad de Moscú y su entendimiento claro pero tácito le permitió cargar contra el comunismo en su discurso del día 30, y eso no impidió que los más conocidos representantes del gaullismo de izquierdas acudieran a la embajada soviética al terminar la manifestación de apoyo a de Gaulle del día 30 para participar en una recepción de despedida de Dubinin (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 391-403). La respuesta del PCF fue en la práctica extremadamente suave, aunque envuelta en retórica de denuncia. En el nuevo gobierno que se formó con Maurice Couve de Mourville el gaullismo de izquierda tomó el relevo, encarando reformas interiores, y marcando una política exterior dirigida en sus menores detalles por de Gaulle y todavía más favorable a las posturas soviéticas y menos a las norteamericanas. Cuando se produjo la intervención militar en Checoslovaquia el 21 de agosto, la reacción del presidente fue acordar con el ministro de exteriores, Michel Debré, que desaprobarían la acción y admitirían que podía significar diferir la distensión, pero no renunciar a ella. De Gaulle, siempre tan sensible a denunciar los atentados contra la libertad, permaneció llamativamente callado, y fue el responsable último de que Debré acabara calificando la intervención soviética en Checoslovaquia de «incident de parcours», un contratiempo. La invasión de Checoslovaquia tuvo mayor efecto en el PCF, que se distanció de Moscú y abrió la puerta a un acuerdo con la izquierda, que en la postura de la República Francesa en relaciones internacionales. Para Giraud no cabe duda del intercambio de favores que se adivina aquí (Giraud, 2008Giraud, H-C. (2008). L’accord secret de Baden-Baden. Comment de Gaulle et les soviétiques ont mis fin à Mai 68. Monaco: Le Rocher., pp. 450-479).

 

CONCLUSIONES Top

El estudio de las actitudes y la actividad de Charles de Gaulle en mayo del 68 ha ocupado muchas páginas y no es abordable con detalle suficiente en las disponibles en un artículo, pero lo que recogemos aquí pensamos que sirve para percatarse de algunos hechos sin cuyo conocimiento no es posible comprender el mayo del 68 francés.

Destaca, en primer término, la profunda visión política del estadista francés. Su diagnóstico de que se trataba de una crisis de civilización que reclamaba reformas profundas ha sido confirmado en los años posteriores. Junto a esto, destaca su prudencia política al insistir en un criterio suyo recurrente: era preciso preservar la autoridad del estado, porque cualquier mal presente o futuro sería menor que los que traería consigo su hundimiento. El primer deber de los políticos era este y apenas si consiguieron cumplir con él en esas semanas. En tercer lugar, llama la atención la importancia de la administración de los tiempos en la decisión política. De Gaulle reconoce que su mayor error fue dejarse adelantar por los acontecimientos, y es justamente eso lo que debe rectificar con una nueva maniobra a partir del 28. Ahí justamente radica otro hecho relevante: la capacidad de rectificación del general, su reconocimiento de los errores y fracasos –el día 24– y su búsqueda de nuevas soluciones –la maniobra del 29 y el discurso del 30. De otra parte, la forma en que de Gaulle cierra la crisis, la crisis política más urgente, manifiesta hasta qué punto los elementos que él ponderaba eran esenciales frente a los más aparentes que parecieron abrirse camino en las primeras semanas de la revuelta, aquellos que dieron su brillo al movimiento estudiantil y lo legitimaron ante la opinión. No es difícil imaginar qué consecuencias hubieran podido derivarse de la ausencia de un hombre como él al frente de Francia en aquellos momentos, y qué es lo esencial en política más allá de la retórica.

Ciertamente hay numerosos aspectos que todavía hoy distan de estar claros. Las tesis de Giraud, en tantos aspectos atractivas por su compatibilidad con los hechos y su capacidad de explicar lo que otras hipótesis no explican, deberán esperar la disponibilidad de nuevas fuentes, especialmente soviéticas, para ser confirmadas o desmentidas. Pero sea cual sea la aportación de esas nuevas fuentes, parece fuera de duda la extraordinaria pericia que demuestra de Gaulle en la gestión y búsqueda de soluciones para una crisis que adquirió una envergadura histórica. En mayo del 68 se entrelazaron factores culturales, de mentalidad, sociales, políticos, de relaciones exteriores, estratégicos y personales, con una intensidad y una densidad llamativas. Ser capaz de ver en ese aparente desorden, y de ver a través de los aciertos y equivocaciones propios y de sus colaboradores, fue uno de los logros de este renombrado estadista. Con todo, los hechos dejan ver también qué significa el final de un tiempo. De Gaulle, que había dominado la conducción de otras crisis de forma magistral, en esta se muestra más dubitativo, y finalmente incapaz de conducir las reformas profundas que demandaba la crisis de civilización que revelaban los hechos. Su tiempo había pasado, y él parecía entenderlo también así.

La consideración de los hechos más estrictamente políticos de aquellas semanas ayuda también a entender que por profundas y radicales que sean muchas causas sociales y culturales en el devenir histórico, resulta precisa una política adecuada para que los deseos de mejora lleguen a puerto. El genio o, al menos, el talento político nunca dejará de ser una necesidad de las comunidades humanas. Si tienen la suerte de contar con él, llegarán más lejos que si les falta. Por eso, siempre necesitaremos hacer una buena historia política para entender nuestro pasado.

 

NOTAS Top

[1]

«Le chienlit» era el nombre de un personaje del carnaval de París que aparecía como si hubiera defecado mientras dormía. De Gaulle emplea el término en femenino con significado genérico.

 

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