Reseña del libro "A Short History of Truth. Consolations for a Post-Truth World"

 

RESEÑAS DE LIBROS/BOOK REVIEWS

 

Julian Baggini. A Short History of Truth. Consolations for a Post-Truth World.
Londres: Quercus, 2017, 115 pp. ISBN: 978-1-78648-888-3

 

 

El libro de Julian Baggini logra algo muy difícil de alcanzar, a saber, el constituirse como un texto lo suficientemente denso desde el punto de vista filosófico como para llamar la atención del mundo académico, pero al mismo tiempo capaz de hacer surgir el interés de aquellos no versados en las humanidades. En efecto, la sencillez del lenguaje utilizado, junto a la vinculación de teorías filosóficas con momentos concretos de la historia contemporánea (el mejor ejemplo, creo, es la conjugación que hace entre el pensamiento de David Hume y lo ocurrido en Iraq durante la administración del expresidente de Estados Unidos George Bush), hace que el texto sea llamativo para todo tipo de público.

El autor comienza su obra con un capítulo dedicado a las verdades eternas, esto es, aquellas de origen trascendente que defienden las distintas religiones. El análisis que Baggini hace en este capítulo se encuentra centrado en la idea de que las verdades que encuentran su origen en las ciencias exactas y aquellas de carácter teológico (si es que existen, enfatiza el autor), pueden coexistir si se tiene en consideración que las primeras se encuentran en el plano de lo ordinario, de aquello que los seres humanos somos capaces de conocer, mientras que las segundas se encuentran en una dimensión extraordinaria, fuera de nuestras capacidades de comprensión como seres mundanos y limitados. En palabras del autor:

Nadie debiese confundir la teología con la ciencia, el mito con la historia. Si las verdades eternas existen, lo que las haría especiales es justamente que estas no son parte de lo ordinario, de lo empíricamente comprobable. Irónicamente, aquellos que las tratan como tales disminuyen el valor de las mismas, en vez de, por ese medio, defender su fe (p. 19).

Es decir, Baggini, sin aseverar la existencia de las mismas, critica al pensamiento cientificista que trata las verdades de origen trascendente como parte del mundo fenoménico, pero al mismo tiempo ataca a quienes, creyendo que así le dan mayor fuerza a la fe, interpretan los textos sagrados de manera literal y desechan los avances logrados por las ciencias exactas. En palabras sencillas, en este capítulo el autor busca el justo medio entre la ciencia y la fe.

El segundo capítulo está dedicado a las verdades que encuentran su origen en las autoridades (authoritative truths). Aquí el autor arguye que, si bien el apoyarse en personas expertas en temas en los que uno es ignorante está bien, no hay que caer en el absurdo de dejar que los otros piensen por uno. Es decir, apoyándose en la famosa frase de Kant en su Crítica de la razón pura, defiende la idea de que hay que atreverse a pensar por uno mismo (cf. p. 31), pero al mismo tiempo reconociendo la incapacidad de los seres humanos para saberlo todo sobre todo (y, por lo tanto, la necesidad de recurrir a otros en ciertos asuntos). La frase que mejor resume lo vertido por Baggini en este capítulo es de hecho la que lo clausura: “no pienses solo, pero piensa por ti mismo, no porque eres más sabio o inteligente que los demás, sino porque eso es lo que has de hacer en última instancia” (p. 31).

En los capítulos 3, 4 y 5, Baggini analiza las verdades esotéricas, racionales y empíricas, respectivamente. Sobre las primeras dice que no hay que desecharlas inmediatamente, toda vez que el pensamiento crítico exige que sean los antecedentes los que desacrediten las verdades y no el mero capricho. Así, señala el autor, si es que se quiere aseverar que una teoría conspirativa es absurda (como, por ejemplo, que el ataque del 11 de septiembre de 2001 a Estados Unidos fue orquestado por la administración de Bush), es necesario justificar las razones que llevan a dicha conclusión (cf. pp. 37-39). Respecto a las verdades racionales, Baggini dice que, si bien es necesaria y ha traído incontables beneficios para la humanidad, la racionalidad por sí misma no basta para explicar la totalidad de la existencia humana. Es decir, argumenta que quienes tienen fe ciega en la razón pecan de egocentrismo, toda vez que toman como premisa la idea de que ella puede penetrar en todos los recovecos de la existencia mediante explicaciones lógicamente articuladas, aun cuando la experiencia nos enseña que la vida concreta muchas veces no responde a la lógica. Es por eso por lo que el autor defiende la idea de que “al igual que el alcohol, cuando es excesivamente pura, la razón se transforma en indigerible y potencialmente tóxica. La razón funciona mejor cuando se mezcla no sólo con lógica, sino que también con experiencia, evidencias, juicio, sutilidad del pensamiento y sensibilidad frente a la ambigüedad” (p. 47).

Acerca de las verdades empíricas Baggini dice algo similar. Arguye que, si bien es innegable que el método científico ha logrado un cierto nivel de certeza en las ciencias, no hay que olvidar que hay otros factores respecto a los cuales la propia ciencia reconoce muchas veces que ha cometido un error (y así se produce el avance en la misma), y que no todos los aspectos de la existencia son explicables empíricamente.

Los capítulos 6, 7 y 8 los dedica el autor a las verdades creativas, relativas y poderosas (powerful). Es aquí donde encontramos la idea central del libro, a saber, que si bien la lógica de las ciencias exactas no basta para explicar la totalidad de la realidad, tampoco se ha de caer en el otro extremo: el nominalismo. Baggini describe esta línea de pensamiento señalando que responde a la idea de que algo se puede hacer realidad por medio de la sola palabra (p. 63). Llevándolo a un ejemplo concreto, el nominalismo (según la descripción de Baggini) señala que basta con decir que una manzana es azul para que esta lo sea, toda vez que el lenguaje es una construcción arbitraria del ser humano para explicar el mundo. Ahora bien, el autor, aun cuando entiende que este pensamiento haya nacido como respuesta a aquellos filósofos que aseveraban que eran poseedores de una única y absoluta verdad, critica el hecho de que el mismo clausura la alteridad. Es decir, deja de reconocer lo otro, el mundo circundante y cotidiano, y se centra solo en el ser humano y en su pensamiento. Hace violencia a la alteridad mediante categorías fabricadas por el ser humano y no escucha que esta también nos dice algo. Se olvida de que los seres humanos no somos dueños del mundo, sino que formamos parte de él. Además, es esta última idea, agrega Baggini, lo que ha llevado a las sociedades contemporáneas al mundo de la post-verdad, aquel donde mi verdad es tan válida como la de otros sin importar si alguna de ellas tiene o no alguna correlación con el mundo.

El camino de salida (the way out) que propone Baggini es el siguiente:

Hay más de una manera de describir el mundo, más de una manera de asignar valor e importancia a las cosas. Eso contradice la perspectiva simplista según la cual hay solo una verdad y, por lo tanto, una manera de describir el mundo. Pero, ¿quién cree tal cosa? Quizás no hay una verdad, pero hay verdades objetivas, realidad respecto a verdades relativas (p. 74).

Dicho de otro modo, si bien hay que reconocer que la realidad es de carácter hermenéutico, y que, por lo tanto, un mismo fenómeno es susceptible de diversas interpretaciones, hay que tomar en consideración al mismo tiempo que, para que estas interpretaciones sean “verdaderas”, es necesario que se compadezcan con el mundo, con la alteridad que buscan describir. Es decir, si bien es factible y legítimo el considerar una manzana como un ente útil para alimentarme o como un ente útil para una obra de arte, resultaría ilegítimo el concebirla como un ente útil para transportar a un ser humano a cien kilómetros por hora. La manzana no presenta la posibilidad de ser comprendida de esa manera, por lo que dicha interpretación haría violencia a la alteridad.

En definitiva, el libro de Baggini, de manera bastante sencilla, elocuente y accesible para todo tipo de público, toma la idea heideggeriana (aun cuando no lo cite) de que la verdad no es la adecuación de nuestra mente con la realidad, sino un desocultamiento de la misma por parte de los seres humanos, y la utiliza como medio para destruir los cimientos sobre los que se construye el mundo de la post-verdad. Es decir, busca reconciliar la relatividad de la verdad con el realismo, dando como resultado una posición hermenéutica bastante cercana a la de autores como Hans-Georg Gadamer (aun cuando este último, por razones obvias, desarrolla este pensamiento de manera mucho más extensa). Si bien el académico extrañará un cierto nivel de profundidad en el texto, la falta de la misma se ve enriquecida por la capacidad del autor para explicar temas sumamente complejos de manera tal que pueden ser comprendidos por toda persona.

 

Diego Pérez Lasserre
Universidad de San Sebastián

 

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