RESEÑAS DE LIBROS/BOOK REVIEWS

 

Reseña del libro "La guerra fría cultural y el exilio republicano español. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1965)"

 

Olga Glondys
La guerra fría cultural y el exilio republicano español. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1965)
Prólogo de José Carlos Moliner, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, Madrid, 2012, 369 pp.

 

Este es un libro importante y necesario. No comparto muchas de las tesis enunciadas respecto al mismo por el profesor Jordi Gracia en su reseña de BABELIA (16 marzo 2013). En mi modesta opinión constituye, por el contrario, un enriquecimiento notable de la bibliografía sobre el exilio español, la cultura antifranquista del interior y las interpretaciones todavía muy frecuentes en cierta literatura en lengua inglesa sobre la guerra civil precedente. Glondys lo ha desarrollado en un marco apropiado: el de la guerra fría.

La calidad de un historiador se mide por dos criterios: sus interpretaciones deben estar fundadas en la evidencia primaria relevante de época suficiente que permite indagar en lo que hubo “detrás de los hechos” y han de basarse en la aplicación de paradigmas congruentes que no la distorsionen o, al menos, no lo hagan sobremanera. 


Medida por ambos criterios Glondys ha hecho una aportación nada desdeñable a las consecuencias culturales de la guerra fría sobre el caso español, si bien cabe destacar que constituye así mismo una pionera aproximación en dicho ámbito de estudios al latinoamericano. Confieso haber abierto el libro con cierta trepidación. No en vano en mis años de estudiante en Alemania e Inglaterra fui asiduo lector de Der Monat y de Encounter, dos de las publicaciones que abogaban entonces a favor de la libertad de expresión y de investigación que habían desaparecido totalmente en la entonces Unión Soviética. A ello se añadió la curiosidad por la autora: filóloga polaca, aunque historiadora en la práctica, formada en Polonia y en España, afincada en nuestro país y casada con un español. Combinación perfecta. Como polaca cabría suponerle que no tendría demasiada simpatía hacia el sistema soviético que había mantenido a Polonia durante tantos años en su puño de hierro. Como cuasi-española cabría presumirle un interés particular por el pasado de su país de adopción. Ni mi trepidación ni mi curiosidad se han visto defraudadas en la lectura de este libro.


En primer lugar está basado en fuentes primarias relevantes. Los archivos de tres protagonistas esenciales del Congreso por la Libertad de la Cultura (CLC) como fueron un socialista caballerista, Luis Araquistaín, un expoumista, Julián Gorkín, y un republicano rabiosamente anti-franquista, Salvador de Madariaga. (Mi asistencia a la entrega que se le hizo en Aquisgrán del Premio Carlomagno me valió una dura reprimenda de mi embajador, por no haber pedido autorización para hacerlo). A tales archivos se añaden el general del CLC y de su sucesora, la Asociación Internacional por la Libertad de la Cultura (AILC), custodiados en la Universidad de Chicago, y los personales de siete protagonistas de la ofensiva cultural norteamericana en tiempos de guerra fría: Burnett Bolloten (a quien conocí personalmente y con quien he cruzado espadas más de una vez), James Burnham, Sidney Hook, Michael Josselson, Jay Lovestone, Joaquín Maurín y Bertram D. Wolfe, consultables en la Hoover Institution de Stanford, California, y en el caso del agente de la CIA y cerebro del CLC Josselsson en la Universidad de Texas.


En segundo lugar el libro de Glondys se ensarta en el relativamente novedoso campo de los cold war studies, hoy en proceso de rápida expansión con la apertura de los archivos de los antiguos países del Este (aunque con excepciones muy importantes en el caso ruso) y la interacción con la dinámica desclasificadora de significativos archivos occidentales, en particular los norteamericanos y los británicos (también con limitaciones nada desdeñables).


En tercer lugar la obra se enmarca en el área, también en crecimiento acelerado, de los estudios sobre la influencia del vector cultural e intelectual de la contraofensiva norteamericana frente al reto que representó la Kominform y las estrategias de acción de los partidos comunistas nacionales en países occidentales. Se desarrollaron bajo eslóganes muy diversos pero que tendían a aupar a estos últimos, en particular en países muy sensibles para la estrategia de contención estadounidense como fueron Francia e Italia. Glondys reconoce abiertamente, desde las primeras páginas, la fundamental aportación divulgadora de uno de los primeros estudios en abordar la dirección y gestión de la CIA en tal vector como fue la obra de Frances Stonor Saunders, La CIA y la guerra fría cultural, publicada en 2001 por Debate y hoy afortunadamente reeditada.


Como ha reconocido Saunders con ocasión de la reedición, entonces apenas si entró en el caso español. No es de extrañar puesto que, en comparación con los enjeux globales norteamericanos (y británicos), este no representaba en puridad sino una nota a pie de página. 


Glondys la ha expandido considerablemente. Ha tenido la paciencia de analizar los artículos y las reseñas de libros emanados de la pluma de los colaboradores españoles del CLC así como una selección de autores extranjeros. En el primer caso llama la atención la frecuencia: 10 artículos de Araquistaín, 9 de Gorkín, 7 de Madariaga, 7 de Enrique Gironella, 5 de Victor Alba, 3 de Ignacio Iglesias y otros tantos de Maurín. Se observa la alta presencia de expoumistas con 27 artículos. Como también ocurre con las reseñas, en las que Ignacio Iglesias se lleva la palma. A ello se añade una bibliografía con 140 obras de análisis y memorias amén de casi 30 capítulos de obras colectivas y casi 40 artículos. 


La obra se estructura en diez capítulos que combinan el orden cronológico y el análisis temático. En el primer capítulo se examina el punto de partida: los orígenes de la ofensiva intelectual e ideológica norteamericana y la peculiar situación del exilio republicano, sin protectores particularmente interesados por él. En el segundo se pasa revista a los orígenes del CLC en los primeros años de la guerra fría con el delicado tema de su financiación. No se hace propaganda, ni política cultural, sin dinero. La CIA asumió, encantada, esta tarea, no en vano había estado en la génesis del movimiento de los intelectuales anticomunistas occidentales. El tercer capítulo aborda la proyección, un tanto limitada, del CLC en América Latina a través del lanzamiento de su revista Cuadernos (el equivalente, por así decir, de Der Monat, Encounter o Preuves). Los capítulos cuarto y quinto son temáticos: uno estudia las denuncias contra la URSS lanzadas desde el exilio español y vehiculadas por el CLC y el otro las posturas en contra del neutralismo en la confrontación sistémica entre los bloques. El capítulo sexto retorna a los temas latinoamericanos, en particular tras el vergonzoso golpe pro-norteamericano (perdón, pro-United Fruit) en Guatemala en 1954 y termina con el análisis de sus repercusiones que para la estrategia del Congreso en América Latina tuvo la revolución cubana, que lo incitaron a dar un pequeño giro hacia la izquierda. El capítulo séptimo cubre la actuación de cara a una España en transformación, a causa del cambio generacional y los comienzos de la paulatina y cautelosa “apertura” externa tras el plan de liberalización y estabilización económicas de 1959. Se proporcionan datos harto relevantes sobre la financiación del famoso “contubernio” de Munich o sobre la actuación del CLC entre las élites intelectuales españolas. Los restantes capítulos destacan los contenidos ideológicos promovidos hacia España por el CLC a la hora de intensificar el diálogo entre los intelectuales exiliados y sus contrapartes del interior.


En el tardofranquismo el capítulo noveno aborda el abandono del anticomunismo radical en la actuación del CLC en España, con la promoción del “fin de las ideologías”, seguido por el análisis, desde el contexto hispanohablante, del escándalo de los fondos de la CIA, estallado en 1967, y el comentario de la marginación del núcleo español de Cuadernos, tanto en el ámbito de la AILC como durante la transición democrática. El capítulo décimo presenta un análisis metodológico y conceptual de las acciones encubiertas y apunta a las principales teorías que clarifican y permiten comprender las complejas y muy dispares relaciones de los intelectuales españoles y latinoamericanos con el CLC. Finalmente las conclusiones contienen una reflexión sobre los escollos epistemológicos a la hora de estudiar las acciones encubiertas desde la actualidad, complementada por consideraciones generales que suscita a la autora el legado del CLC en España: el paso del “fin de las ideologías” al actual ascenso del neoconservadurismo español. Glondys no tiene empacho en reconocer que la puerta sigue abierta para futuras investigaciones. Un sentimiento de humildad muy propio de todo historiador profesional para quien el pasado ni termina de pasar ni está del todo alumbrado. 


Hay dos temas recurrentes: el de la prolongación en el exilio de las querellas intra-republicanas en la guerra civil y la medida en que unos y otros “se dejaron” instrumentalizar en una una causa pro-norteamericana con tal de que fuera suficiente anticomunista. Y en este última se plantea la delicada cuestión de hasta qué punto sabían o no el papel oculto de la CIA. Algo que, por lo demás, la propaganda soviética abordaba más o menos histéricamente. 


El primer tema es el que más interesa a quien esto escribe. Los exiliados, exasperados con la derrota, esparcidos por el ancho mundo y sin recursos, trataron de explicarse y de explicar porqué ocurrió lo que había ocurrido. Sus portavoces intelectuales y políticos más señeros se dedicaron, casi desde el primer momento, a un ejercicio de proyección. La culpa la tuvieron los “otros”, no ellos. Esos otros siempre fueron Negrín, los socialistas negrinistas y los comunistas. Se añadió el “cisma socialista”, acaudillado por Indalecio Prieto tan pronto como, gracias al golpe de mano sobre el Vita, estuvo en condiciones de liderar una corriente preexistente y proporcionarle, al igual que a otros no negrinistas, los necesarios medios de subsistencia. Socialistas caballeristas y besteiristas, expoumistas, republicanos anticomunistas y anarquistas se alinearon en contra de quienes habían querido mantener la resistencia no a ultranza, como se afirmó y afirma todavía hoy por razones ideológicas, sino para posibilitar la evacuación del mayor número posible de cuadros militares, políticos y sindicales y sustraerlos a la venganza de los vencedores. 


Ni Prieto ni Araquistaín tuvieron el menor escrúpulo en mentir y desfigurar el pasado. Se les añadieron personajes de menor alcurnia, pero también relevantes, como Rodolfo Llopis y Carlos Baraibar. El propio Largo Caballero distorsionó los hechos en sus propias memorias. Nada de ello es sorprendente. También lo hizo en su diario el teniente coronel Wolfram von Richthofen, el jefe del Estado Mayor de la Legión Cóndor que procedió al incendio y destrucción sistemáticos de Guernica. Personalmente no puedo ocultar mi desprecio por Baraibar, quien no tuvo el menor empacho en ofrecerse al embajador franquista como informador sobre los exiliados en Chile. Supongo que por dinero. 


Las versiones de tales socialistas, unidas a los de los expoumistas y anarquistas, consolidaron una interpretación de la guerra civil en la cual la URSS, único asidero de la República, habría querido establecer en España una República popular avant la lettre. Es una visión que popularizó Bolloten y que han desarrollado, impertérritos, eminentes historiadores norteamericanos como Ronald Radosh o Stanley G. Payne. Su influencia se encuentra en todos quienes leen la historia hacia atrás o con afanes presentistas. Últimos ejemplos: el destacado historiador británico Antony Beevor o el ilustre modernista francés Bartolomé Bennassar. Por no hablar, claro está, del amplio plantel de historiadores autóctonos, militares o no, franquistas o neofranquistas. 


En esta distorsión a los expoumistas les corresponde un papel esencial. No en vano tenían credenciales que les distinguían de los demás grupos: habían estado en la “izquierda”, conectaban con figuras trotskistas o extrotskistas con proyección mediática en el mundo de habla inglesa (y algunos en el corazón mismo de la contraofensiva encubierta de la CIA) y habían visto, como tantos otros intelectuales anteriormente comunistas los errores del pasado. Ni Gorkín (pieza esencial del mecanismo), ni Maurín, ni Iglesias, ni Gironella, ni Alba tuvieron la proyección e influencia de Koestler, Hook o Wolfe pero su influencia sigue estando de actualidad, lo que se hace patente con las actuales recuperaciones de esa línea ideológica por los neoconservadores españoles. Solo los anarquistas, que también contribuyeron lo suyo, se escapan de la escrutadora mirada de Olga Glondys. Es verdad que su contribución analítica o historiográfica fue mucho menor. Resulta difícil leer las memorias de García Oliver, de Mera, las reconstrucciones históricas de Peirats o de Olaya Morales, las disquisiciones militares de Guillén o las político-económicas de Abad de Santillán y no advertir que se sitúan en un plano menos sofisticado. 


El caso es que aquellas divergencias de los años de conflicto, amplificadas por las disputas del exilio y las arremetidas financiadas por la CIA, contribuyeron a reducir la potencial eficacia política del exilio republicano. Se comprende que esta afirmación no guste a algunos autores actuales. También los antifranquistas necesitan héroes. Al descartar la oposición comunista, quedan como candidatos las no comunistas. Los héroes auténticos estarían entre ellas. Sobre todo en el interior, pero también en el exilio. En tal sentido la mácula de la CIA es, cuando menos, incómoda. No obsta que pueda explicarse racionalmente. El antiamericanismo tiene, por lógica, hondas raíces en España. En la izquierda sobre todo pero también en la derecha. No en vano fueron los Estados Unidos los principales sostenedores de la dictadura. Con la boca pequeña, es cierto, pero por mor de los principios inviolables de la Realpolitik y de la necesidad de conservar, en lo posible a precio de saldo, su alquiler de real estate español en forma de bases, oleoductos, instalaciones militares y facilidades de toda índole. Todo en aras de la pugna contra el enemigo común. El hecho de que el principal adversario del régimen fuese una parte sustancial de su propio pueblo no preocupó demasiado en las alturas políticas y estratégicas de Washington. 


En esta perspectiva, Glondys abre el delicado tema de quién sabía lo que había detrás con una cita de John Hunt, el sucesor de Josselson: “Lo sabían, y sabían tanto como quisiesen saber, y si sabían más, sabían que tendrían que irse; por lo tanto se negaban a saber” (p. 280). Naturalmente, desde el punto de vista intelectual estricto no merece la pena subrayar que Prieto era de los que sabían y denunciaban. Conviene más, por razones de self-image, proteger a los intelectuales que mantuvieron enhiestas las banderas de la pureza republicana. También se olvidan en tal ejercicio los ataques al propio Prieto. Gorkín y Araquistaín sobresalieron en este empeño. Por otro lado, no cabe desconocer que numerosos antifranquistas, en el interior y en el exterior, colaboraron con el CLC para engrosar la lucha contra la dictadura (p. 289). Y, ¿por qué no? Con independencia de lo que pudieran pensar sobre el papel soviético en la guerra civil, en los años sesenta era un hecho que la URSS no constituía un régimen demasiado apetitoso. El libro defiende que razones ideológicas y crematísticas, agendas particulares, antifranquismo y el simple deseo de conseguir una mayor proyección internacional formaron una especie de imán que atrajo a muchos intelectuales españoles y latinoamericanos a las páginas de Cuadernos y a los acogedores brazos del CLC. 


No creo que haya en ello nada particularmente reprensible. De joven estudiante en Berlín viajé extensamente por la entonces República Democrática Alemana y algunos países del Este. Lo que ví no me convenció. Tampoco me hizo furiosamente anticomunista pero a mi vuelta a España no se me ocurrió acercarme al PCE. Compañeros de estudios míos sí lo hicieron, motivados esencialmente por el antifranquismo. Y luego lo dejaron. Todo esto es algo banal, ya ilustrado en algunos casos notables. 


Glondys trata el tema con delicadeza y subraya que el hecho de colaborar con el CLC no significaba estar a sueldo de la CIA (aunque en el caso del Gorkin que escribió su famoso panfleto de España, un ensayo de democracia popular no podría decirse lo mismo). Glondys no defiende en ningún momento, como ha insinuado Gracia, la noción de que el CLC convirtió a sus colaboradores en “instrumentos intelectuales de la propaganda yanqui”. Al contrario, con un riguroso aparato conceptual y metodológico, Glondys exime de tan grave acusación a numerosos intelectuales antifranquistas del exilio y del interior. Véanse los casos, por ejemplo, de Ayala, Caballero Bonald o Castellet entre muchos otros. 


El CLC tendió, esencialmente, a neutralizar la influencia comunista entre los intelectuales españoles. Ello no conlleva el descrédito de los multivarios componentes de la heterogéna oposición antifranquista. Tampoco argumenta Glondys que el CLC, con su promoción del “fin de las ideologías”, tuviera de por sí la capacidad suficiente para neutralizar los efectos del exilio republicano. Lo que sí hace, y en ello quien esto escribe está en total acuerdo, es afirmar que las insalvables divisiones del exilio, sus errores de cálculo político y el inevitable desgaste de sus protagonistas fueron otros tantos factores de primera magnitud que le restaron fortaleza. Ya lo advirtió, en las memorias que he tenido el honor de rescatar, aquel gran diplomático y catedrático de universidad que fue Pablo de Azcárate. El ángulo anticomunista fue solo un aspecto de la variada actividad del exilio. Si algo puede achacarse a Glondys es que no lo subraye lo suficiente, como he hecho yo mismo. Obedecía a la clásica máxima de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”. Para quienes tenían una necesidad existencial de “salvar” sus propias actuaciones en la guerra civil, utilizar el anticomunismo fue una palanca que debía contribuir a acercar al exilio a los decisores occidentales. Se equivocaron. Las democracias de Occidente siempre valoraron más la estabilidad geoestratégica y geopolítica que ofrecía Franco en un rincón sensible del roll-over retórico o del containment anticomunista que las elucubraciones sobre el futuro deseable para España de un grupo variopinto que, por lo demás, constituyeron en el plano político un remedo de la clásica jaula de grillos. 


No extrañará que José Carlos Mainer eligiera una de las afirmaciones de Glondys para resaltarla en su prólogo: “La emigración republicana de 1939 es, probablemente, el exilio político europeo del siglo XX que más retórica autodestructiva empleó”. Esto es cierto. Tiene que ver no solo con las transformaciones del mundo occidental, la pugna de los bloques, el desgaste existencial y generacional del exilio. Pero también tiene que ver con el trabajo encubierto de la CIA en los ámbitos político, ideológico e intelectual de la posguerra. Porque de lo que no parece caber duda es que el anticomunismo radical de algunos de los principales exponentes del antifranquismo, enraizado en las querellas de la guerra civil, se vio estimulado y potenciado por el trabajo de organismos como el CLC. El temita del final de las ideologías, entre nosotros tan caro al avezado pensador que fue el diplomático y ministro franquista Gonzalo Fernández de la Mora, da para mucho.


Nada de ello impide que, a la vez, en su actuación entre los intelectuales españoles y latinoamericanos, el CLC, de la misma manera que contribuyó a algunos de sus propios objetivos y de sus valedores, también lo hizo a agendas y prioridades particulares de quienes se sumaron a sus actuaciones y publicaciones.


En definitiva el libro de Glondys plantea cuestiones muy importantes como, por ejemplo, la permeabilidad de la realidad histórica y las epistemologías individuales a los discursos manipulados de forma oculta por los poderes hegemónicos durante medio siglo. Un mundo, en realidad, muy lejano de lo que Jordi Gracia cree percibir en esta obra.


Es deber del historiador reconstruir el pasado en toda su complejidad y en la medida de lo posible. Con aparatos conceptuales y metodologías adecuados. Como hace Glondys. Y sin caer en la tentación de cebarse en acusaciones de anticomunismo primario. A Glondys no podrá acusársele de simpatías comunistas. A quien esto escribe tampoco.


 

Por Ángel Viñas
Catedrático emérito de la UCM
Email: angel.vinas@hotmail.com

 

Cómo citar este artículo / Citation: Viñas, A. (2013). Reseña del libro "La guerra fría cultural y el exilio republicano español. Cuadernos del Congreso por la Libertad de la Cultura (1953-1965)". Arbor, 189 (760): a030. http://arbor.revistas.csic.es/

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