ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura 201 (814)
julio-diciembre 2025, 3146
ISSN-L: 0210-1963, eISSN: 1988-303X

Memorias de cómo me convertí en feminista

Memories of how I became a feminist

Mieke Bal11 Texto inédito cedido por la autora para este monográfico. Ha sido traducido por Marije Hristova, Lidia Mateo Leivas y Verónica Perera.

Universidad de Amsterdam

https://orcid.org/0009-0007-5483-3218

Cómo citar este artículo/Citation: Bal, Mieke (2025). Memorias de cómo me convertí en feminista. Arbor, 201(814): 3146. https://doi.org/10.3989/arbor.2025.814.3146

CONTENIDO

La primera vez que escuché la palabra «feminista» en referencia a mí fue después de publicar mi primer libro. Una crítica -ella misma una destacada escritora feminista- terminó su reseña de mi libro con la observación de que yo debía de ser feminista porque todas las novelas que había analizado estaban escritas por mujeres o tenían una protagonista femenina; y porque la última palabra de mi libro era «muerte». Siempre me ha intrigado que añadiera ese comentario final. ¿Qué tiene que ver la muerte con el feminismo? Nunca tuve la oportunidad de preguntárselo. Ni siquiera recuerdo en qué contexto la utilicé, y no había reparado que era mi última palabra hasta que leí esa reseña. Pero hace poco, al retomar por enésima vez mi novela compañera de toda la vida, Madame Bovary, de Flaubert, esta vez con vistas a una película que quería hacer en respuesta a ella, de repente cobró sentido, de un modo triste y perturbador. El feminismo se convirtió en una posición polémica, antagónica, alimentada por un sentimiento que no me gustaba. Nunca tuve el menor remordimiento de ser mujer. Sólo descontento, rabia, a veces furia por lo que se hacía de ese género, según las experiencias. Algunas de ellas se remontan a mis primeros recuerdos. Ahí empezó mi «devenir». Y esto nunca lo olvidaré.

Recuerdo que cuando tenía cuatro años oí a mi padre decir: «Estoy muy contento de tener muchas hijas; son maravillosas amas de casa». Mis padres tenían siete hijas, así que sí, el calificativo «muchas» era apropiado. Yo tendría cinco años, no lo recuerdo bien, pero no muchos más. Es uno de mis primeros recuerdos, quizá el primero. Además, puede que fuera mi madre quien repitiera lo que le había dicho mi padre. ¿Era entonces un recuerdo de oídas o verdadero? ¿Eran las palabras de mi padre o la inflexión de mi madre, sin duda sarcástica, o perturbadoramente genuinas? Lo único que recuerdo con certeza es mi movimiento mental de negación con la cabeza en respuesta al sentimiento que expresó el buen hombre: ¡de ninguna manera! Aún puedo sentir el movimiento en mi nuca, aunque sólo fuera mental. El movimiento de cabeza fue un firme rechazo. Ese rechazo que sí recuerdo con tanta claridad como si hubiera sido ayer. El momento del recuerdo, el origen de las palabras: importa, pero no mucho. Importaría si intentara escribir la verdadera historia de mis padres, pero no es mi cometido. Tengo el recuerdo, lo aprecio, y pertenece a la caja «recuerdos de mi Padre», aunque haya sido mi madre quien me lo transmitió. ¿Un ama de casa? De ninguna manera. A esa temprana edad ya sabía que ese no era mi objetivo en la vida. Nunca había pensado en el futuro, en lo que quería hacer con mi vida. ¿Pero ama de casa? De ninguna manera. Me bastaba con ver lo que le había hecho a mi madre ser ama de casa. Y siempre lo yuxtapongo con esa otra historia sobre mi padre.

SER VISTA  

Yo era aún más pequeña, probablemente tenía tres años, porque ni siquiera recuerdo la muñeca que se ahogaba, pero sabía que se llamaba como yo, su nombre era «Mieke». Que se llamara como yo no significaba mucho para mí. Pero este incidente sí. Estábamos jugando en el jardín; era pequeño, pero a nosotros nos parecía grande. Había un manzano enorme (para nosotros), con un tronco lo bastante grande como para esconderse detrás. Más tarde, cuando ya sabía leer, los miércoles por la tarde me subía en él con un libro y una almohada, y me pasaba horas leyendo, confiando que nadie me veía. Más abajo, en el fondo del jardín, había un canal o una zanja cuyas aguas estaban cubiertas de lentejas de agua. Había una valla entre nuestro jardín y la acequia, pero no una que nos mantuviera a salvo en caso de necesidad. Trepábamos por ella todo el tiempo, desafiando aquellas aguas peligrosas. También sabíamos que el canal no era muy profundo.

Aquel día estábamos jugando fuera. Mis dos hermanos mayores entraron de repente y gritaron: «¡Mieke se ha caído al agua!». Yo estaba accidentalmente detrás del manzano, así que mi padre no me vio cuando salió corriendo, se quitó la chaqueta y, con zapatos y todo, se zambulló en el agua sucia y poco profunda. Salió y preguntó: ¿dónde? Y mis hermanos señalaron la muñeca, que también se llamaba «Mieke», según me dijeron más tarde. No vi cómo reaccionó, ni recuerdo su cara. Tampoco recuerdo la muñeca; probablemente pertenecía a mi hermana, que le había puesto mi nombre cuando nací. Lo que recuerdo es la zambullida decidida de mi padre.

Este recuerdo me volvió hace unos años cuando me involucré profesionalmente con los cuadros del mayor artista noruego, Edvard Munch, con motivo de una exposición que el director de colecciones y exposiciones del Museo Munch me había invitado a comisariar. Al hojear el impresionante catálogo razonado de cuatro volúmenes de su obra, me topé con un cuadro que me estremeció los ojos. Tardé una fracción de segundo en entender por qué. Antes de ver el título -La niña que se ahoga- miré, absorta, a esa criatura indefensa con un vestido rojo, con un bulto a su lado que debe insinuar una muñeca. Y de los hombres y mujeres que paseaban por el muelle, nadie prestaba atención (Figura 1).

Figura 1. Edvard Munch, La niña que se ahoga, Óleo sobre lienzo (1900-1910), 70 x 92 cm. Oslo, Noruega, Museo Munch

Figura 1. Edvard Munch, La niña que se ahoga, Óleo sobre lienzo (1900-1910), 70 x 92 cm. Oslo, Noruega, Museo Munch

Ese momento sobrecogedor en que el vestido se llena de aire en su interior para que la niña siga flotando, y luego se empapa lentamente y la arrastra hacia abajo, está pintado con una pincelada esquemática, casi infantil. La escala lo dice todo: la criatura es más grande que cualquiera de los adultos. No son más que marionetas ciegas, seres mundanos que malgastan su vida. En cambio, la niña se está ahogando; esto la hace importante, de modo que se la premia con la escala mayor. Y que la superficie de esa parte del cuadro parezca tan plana es una forma de preservar, durante una fracción de segundo, algo de esperanza. Está flotando—todavía.

Un vestido rojo que interrumpe visualmente en un campo monocromático: a mí me recuerda a la niña del abrigo rojo de la película de Steven Spielberg de 1993, La lista de Schindler. Es una película sobre salvar a personas durante el Holocausto; una acción que el protagonista emprende una vez que ve lo que le estaba ocurriendo a los judíos. En las imágenes en blanco y negro, varias veces se destaca a una niña, quien se hace visible como una entre muchos, gracias a su abrigo rojo. Hacia el final de la película, Schindler observa los hornos humeantes, los carros atareados que transportan los cadáveres a las fosas comunes, y vuelve a aparecer el abrigo rojo. La niña no se salvó. Pero al menos, el hombre que intentó salvar a los judíos la vio, la notó. La asociación funciona a través de la visibilidad; en la pintura de Munch funciona a través de la diferencia entre esa forma perfilada de azul y el rojo del vestido, curvado y oblicuo en el plano monocromo horizontal. La imagen afirma: la visibilidad como condición pictórica no es suficiente; salvar requiere una visión activa por parte de testigos dispuestos a actuar. Se trata de una afirmación sobre la importancia sociopolítica de ver, como acto. Un acto que, como todos los actos, tiene o puede tener consecuencias. El salto de mi padre a la cuneta, por inútil que resultara, fue un acto de ese tipo.

Porque aquella vulnerabilidad dibujada con trazo infantil de la niña inadvertida y su muñeca, me recordó la historia de mi padre. En el cuadro, la niña aún puede salvarse, si tan sólo una de esas personas se zambullera, completamente vestida, como había hecho mi padre. Pero no sólo nadie se zambulle, sino que el simple acto de mirar y ver, de darse cuenta y prestar atención, de decidir y actuar, no se le ocurre a nadie. Todos están demasiado ocupados consigo mismos. Una niña puede estar muy sola, y no únicamente en situaciones trágicas como la que se describe en el cuadro de Munch o en la película de Spielberg, sino siempre, cuando nadie le presta atención. A menudo he sentido esa falta de atención. Como tercera hija, tenía la sensación de que mis dos hermanos mayores se llevaban toda la atención que había para dar. Tal vez escapar al manzano era una forma de evitar la falta de atención, el descuido hacia mí, impidiendo la posibilidad misma de cuidado. Si era invisible, era imperceptible por voluntad propia, para que nadie pudiera demostrar su falta de consideración e interés por mí.

Mi hermano mayor era el orgullo de mis padres; inteligente y guapo, y llevaba los nombres de mi padre, los tres. La hermana que le siguió se convirtió en una niña «difícil», lo que era una forma eficaz de llamar la atención, aunque fuera negativa. Yo era la que se portaba razonablemente bien, probablemente un poco tímida. El hermano que me seguía era extremadamente difícil. Como resultado, cuando mi madre heredó un piano Steinway de una tía, los dos mayores recibieron clases de piano, y el hermano que me seguía también. Los mayores porque eran los mayores –ya llegaría mi turno– y el pequeño para que no se fuera a la calle. Supliqué, pero me dijeron que no, sin una explicación que yo pudiera aceptar. Pero al esconderme en el árbol, me hice cómplice de su falta de atención hacia mí.

De alguna manera, de la mezcla de recuerdos de mi primera infancia me surgió una sensación de ambivalencia. «¡De ninguna manera!», se convirtió en mi lema, en mi identidad. Sin embargo, mi padre me quería. Lo hacía, estoy segura. En caso de duda: estropeó su ropa y sus zapatos para salvarme e impedir que me ahogara. Ni siquiera se enfadó, sólo se sintió aliviado cuando se despejó el misterio y salí de detrás del árbol. ¿Y la muñeca? Probablemente la dejó allí, tal vez no. No importaba. La cuestión era que se habían fijado en mí.

DE-NINGUNA-MANERA COMO MODO DE VIDA  

Me quería como a una chica, y le gustaban las chicas. Ahí es donde empezó el incipiente sentimiento de descontento. Como me quería y era un hombre cariñoso aunque discreto, nunca hice un escándalo por aquellas palabras de feliz satisfacción con sus hijas amas de casa. Me guardé para mí el «¡de ninguna manera!», pero lo mantuve vivo, siempre. Más tarde, me vino muy bien. Por ejemplo, cuando mis padres hablaban de nuestro futuro, del alto costo de la educación con tantos hijos -acabamos siendo nueve hermanos- y de qué hacer al respecto. Mi padre trabajaba muy duro, primero como profesor de instituto, luego como director de instituto, e impartía clases nocturnas cuatro días a la semana para ganarse un dinero extra, año tras año, mientras, además, escribía dos tesis doctorales. La primera, apenas la terminó, se volvió inútil porque justo apareció otra disertación sobre exactamente el mismo tema. Eran los tiempos en que sólo contaba una verdad; las diferencias de interpretación no ayudarían a mi pobre padre. Así que empezó de nuevo, sobre un tema algo más abierto a las diferencias interpretativas. No ayudó al matrimonio de mis padres, pero explica su preocupación por el dinero. No hablaban de nimiedades, la idea era clara, de las que no dejan lugar a dudas. Al tener dos niños y siete niñas, decían que sólo podrían enviar a los chicos a la universidad cuando llegara el momento. Las chicas debían casarse bien. Esto lo hablaban abiertamente; yo lo oí.

Todos éramos considerados inteligentes. Una vez el hombre que vino a empapelar el salón le dijo a mi madre: «He oído que a sus hijos les va bien en el colegio; deben de haber heredado el cerebro de su padre». Huelga decir que mi madre, que también había crecido siendo niña, ardía de rabia por dentro, pero no dijo nada. Cuando nos lo repetía a los niños, me dolía profundamente; nos reíamos a carcajadas de tanta estupidez. Pero no era una estupidez. De alguna manera, sentía que era la verdad, en el sentido social. Ya entonces sabía que mi Madre era tan lista como mi Padre. Sólo el sexo equivocado, entonces. No lo pensé con esas palabras, pero sentí algo parecido.

Entonces, ¿cómo conciliar nuestra inteligencia con nuestro destino y la cartera de papá? La solución era bastante sencilla. Nos dijeron que las chicas, que éramos igual de listas, debíamos trabajar bien en la escuela, sobre todo en las clases de lenguas extranjeras. De ese modo, recibiríamos una buena educación y tal vez podríamos pescar un marido que, como médico de prestigio, por ejemplo, recibiría visitas de amigos extranjeros. Ese marido, totalmente imaginario, podría contar con su mujer tanto para conversar con los invitados como para cocinarles cenas sofisticadas, lo que ayudaría a su carrera. Lo mejor sería que nosotras, las chicas, hiciéramos un curso corto de enfermería antes de casarnos. Eso siempre es útil para una madre, se enseñaba en un programa patrocinado por el Estado y ofrecía la mejor oportunidad de encontrar, atraer y casarse con un marido así.

Lo escuché todo, y la sacudida de cabeza mental se convirtió en un rasgo permanente de mi mente. Aunque yo era lo que llamaban «vaga», pues pasaba la mayor parte del tiempo leyendo novelas en lugar de memorizando palabras y reglas gramaticales, me iba bastante bien en la escuela, por lo que, lógicamente, pasé al plan de estudios de latín y griego. Mis padres no tardaron en darse cuenta de que, con semejante sobre calificación, no me prohibirían entrar en la escuela de enfermería. Y para cuando la elección de mi carrera se convirtió en un tema, algunas de mis hermanas ya habían obedecido el deseo tácito y habían cursado el plan de estudios de nivel ligeramente inferior, con lo que también tenían más tiempo para divertirse. Así que el terror sobre los costos se mitigó un poco. Para entonces, además, ya me había ganado con creces el apodo que me pusieron, «Señorita Sabelotodo»: la que siempre contestaba y argumentaba, la que nunca aceptaba los deseos por normas y las normas por ley, y discutía en lugar de obedecer en silencio. Puedo entender en parte que eso irritara sobremanera a mis padres, y cuando estaban hartos de escucharme, simplemente me hacían callar. Entonces continuaba la discusión en silencio, imaginando lo que responderían a mis nuevos argumentos, totalmente convincentes. Pero yo era demasiado cobarde como para hablar y desafiar su actitud de silenciarme.

¡VISTA!  

Mucho más tarde, cuando ya me había ganado los galones por mí misma y había ignorado las burlas, sobre todo por parte de mi madre, de que ser ambiciosa era «trepar» y despreciable tanto moral como socialmente, que yo ignoraba porque no me consideraba ambiciosa, sólo curiosa, tuve otra visión interna de mi padre. Tuvo la amabilidad de corregir mis primeros artículos y mi tesis, lo que le resultó difícil porque yo escribía en francés. Cuando obtuve el doctorado, pareció sentirse moderadamente orgulloso, pero no lo pregonaba. Mi madre estaba furiosa: mi hermano mayor no debía ser eclipsado, así que debería haber esperado a que él se doctorara primero. Pero nunca lo hizo, así que seguí adelante con mi doctorado en el bolsillo. Y cuando me ofrecieron mi primer puesto académico, su respuesta fue: «Tu hermano también recibió una oferta así, pero la rechazó». La expresión de su cara me dijo que pensaba que yo estaba «trepando».

La verdadera conciencia de la actitud de mi Padre hacia mí llegó después de su muerte. Cuando revisamos sus escasas pertenencias, encontramos un libro de recortes. Todo lo que yo había publicado, periodístico o académico, estaba allí. Nunca había expresado su orgullo por mí. Madre se habría enfadado y no sé qué habría pensado mi hermano, pero me temo lo peor. Sin embargo, aquí estaba: su orgullo evidenciado en sus recortes. No es el orgullo lo que me alegra, sino la atención. Después de todo, me había visto. Lo sabía por su zambullida, pero era reconfortante darme cuenta de que había seguido fijándose en mí.

Mucho tiempo después de ser «Señorita-Sabelotodo», y de no aceptar ese título, escuché por primera vez la palabra «feminista». Pero la convicción, de hecho, el sentimiento había estado conmigo toda mi vida, desde aquella sacudida mental de cabeza. Una vez que el sentimiento se hizo expresable, no vi nada especial en él, y me sorprendió ver cuántas mujeres jóvenes no consideraban necesario llamarse feministas. No podía entender ni aceptar el argumento de que no sufrían el tejido social patriarcal. No se trata de las circunstancias fortuitas de cada persona. No te conviertes en feminista sólo porque ocurre algo horrible que cambia tu identidad. Si te ha ido relativamente bien en la vida, considérate afortunada y preocúpate por las menos afortunadas. La solidaridad se convirtió en la primera regla de oro. No es que llegara muy lejos, porque poco se podía hacer; los mundos vitales de cada una de nosotras eran muy pequeños. Pero después de todas mis negativas con la cabeza ¡De ninguna manera! en silencio, hablar de estas cosas con otras personas me hizo mucho bien. Por fin, ya no estaba sola; los días en que me llamaban la «Señorita-Sabelotodo» habían terminado y volví a ser normal, casi. La soledad, como la de la niña del cuadro de Munch, fue sustituida por la capacidad de convertir el silencioso movimiento de negación en un gesto verbalizado.

En este presente, los días en que las mujeres -y algunos hombres- se enorgullecían de llamarse feministas quedaron atrás. Ahora, con frecuencia tengo que explicar por qué este calificativo «sigue siendo relevante». Algunos incluso se atreven a hablar de «posfeminismo», a lo que mi respuesta silenciosa y a veces hablada es: cuando no haya más violaciones, puede que el feminismo no tenga más sentido; ni un día antes. Al odiado sustantivo «violación» se le añaden significados. Se convierte en una alegoría de todas las injusticias, de todos los sufrimientos infligidos, principalmente, pero no de manera excluyente, hacia las mujeres. La palabra es una abreviatura de los horrores del mundo. Ahora sé que no solo mi identidad feminista nunca desaparecerá. También me he vuelto más locuaz a la hora de explicar por qué el feminismo no sólo es y sigue siendo necesario para todos los seres humanos; es la única forma de arañar la superficie de la hipocresía bajo la que debe quedar al descubierto el egoísmo arraigado. Por cierto, utilizo la palabra como calificativo, más que como sustantivo, porque no puedo limitar mi identidad a ella; y ese calificativo indica un proceso en curso, antes que un estado. De ahí el sentido del título de este artículo, devenir feminista. La identidad como noción sugiere erróneamente unidad y continuidad; ambas restringen. Y si hay algo de lo que estoy harta es de la restricción.

MEMORIAS DE MI MADRE  

Por lo que sé, mi madre tuvo una vida bastante desgraciada. Empezando por su (no) relación con su madre. Por lo que yo recuerdo, después de casarse no volvió a ver a su propia madre, aunque vivían muy cerca la una de la otra, en Heemstede, el pueblo cerca de Haarlem donde yo crecí. Nunca conocí a esa abuela, jamás. Todo lo que sé son las historias que nos contaba mi madre; mis recuerdos de sus recuerdos. Nada alegres. Hasta los diez años, la familia vivió en Indonesia, donde el padre de mi madre era profesor. Ella tenía dos hermanos pequeños, uno de los cuales vivió, años más tarde, también en aquella calle larga que llevaba de Heemstede al pueblo costero de Zandvoort. Allí, en lugar de ir de vacaciones, íbamos en bicicleta durante el receso largo de verano para disfrutar el día, cada tanto, cuando el tiempo acompañaba. Todo a poca distancia. A ese tío lo he frecuentado hasta que murió, y nosotros y sus hijas estábamos (y seguimos estando) muy unidos.

Las razones del claro odio que mi madre sentía por su madre y que le impedía cualquier contacto con ella, y también con nosotros, los nietos que nunca conoció, me han ido llegando poco a poco, a lo largo de los años de mi infancia. Cuando el padre de mi madre murió en Indonesia (de gripe), su madre dijo que había estado esperando, felizmente, su último aliento. Y negó a su hija la posibilidad de ver a su padre muerto. Para la niña, que adoraba a su padre, debió de ser un duro golpe. Él era su único lazo afectivo con algún valor para ella. Inmediatamente después del fallecimiento de aquel abuelo desconocido, la familia quedó desarraigada y viajó en barco, primero a Nueva York y luego a Holanda. Meses en el mar con una madre que no duelaba. No me pregunten por qué. Mamá sólo nos contó los hechos: su madre odiaba a su marido. Y cuando mi madre, que era la mayor de los hijos, creció, tuvo la oportunidad de estudiar para ser maestra de primaria. Esto estaba justificado porque facilitaba algo de sustento a la familia. Ella era niña y, por tanto, tenía que cuidar, o «criar», de sus dos hermanos pequeños, a la vez que aportaba algo de dinero. Cuando se casó con mi padre, la despidieron en pleno año escolar, en un período de escasez de profesores y durante la guerra. ¿Por qué? Porque una mujer casada, supongo, era peligrosa para la castidad de los niños.

No tengo recuerdos claros de las historias sobre los detalles de la vida de mi Madre durante su adolescencia, pero parece obvio que su madre la odiaba tanto como ella a su madre. Los celos entre madre e hija eran un rasgo social normal en aquella época. Más tarde, mi madre sentiría el mismo desprecio por su propia hija mayor. La época de la pubertad no pudo haber sido agradable. Ni clases de baile, ni deportes, ni salir, por supuesto. Y mucho menos salir con chicos. El único lugar donde se podía ver a los chicos -a distancia- era la iglesia. Que es, obviamente, donde ella y mi padre se conocieron. Todo lo que hizo durante su adolescencia, además de los deberes para el colegio, fue llevar la pesada carga del hogar sobre sus hombros demasiado jóvenes. No es de extrañar que no tuviera capacidad para la imaginación, de modo que más tarde, nosotros, sus hijos, y yo especialmente, recibimos esa carga volcada sobre nosotros sin cuestionarla. Porque, una vez que se casó y fue castigada por ello con el despido, tuvo un hijo tras otro. Cuando llegamos a ser nueve, estaba totalmente agotada. Con razón.

Mi Padre tenía que trabajar duro, con un trabajo a tiempo completo como profesor de secundaria de clásicas y un trabajo adicional dando clases nocturnas. Como nunca había dinero suficiente para alimentar todas esas bocas, aunque fuera mínimamente, no le quedó más remedio. Así que, incapaz de ayudar en casa -si es que se le había ocurrido, cosa que dudo-, apenas le veíamos. Porque él también estaba constantemente agotado. Además de sus dos trabajos, también estaba escribiendo una tesis doctoral. Como ya he dicho, cuando la terminó, otra persona había escrito una sobre el mismo tema -monedas romanas-, de modo que tuvo que empezar de nuevo. No puedo imaginar cómo fue capaz de hacerlo, pero unos años más tarde se doctoró con una tesis sobre Platón. Mi Madre se quejaba constantemente de que sólo le veía la espalda, ya que dedicaba todo su tiempo libre, por poco que fuera, a trabajar para el doctorado.

El hijo mayor que tuvo mi Madre era un varón. Bien por él; los niños tenían muchas ventajas. Se suponía que debían estudiar y convertirse en profesionales, por lo que se libraban de las tareas domésticas. Excepto los verdaderos trabajos de niños, como lustrar zapatos y pelar patatas. Después de él nació una hermana. Cuando fue lo bastante lista como para darse cuenta de que la explotación de la que éramos objeto en casa no cesaría nunca, encontró una manera -de la que nunca se habló abiertamente, por supuesto- de salvarse un poco fingiendo ser algo retrasada. Lo hizo de la manera más fácil posible. Era lenta en todo lo que hacía. Estúpidamente, yo elegí otro camino, el opuesto. Intenté, como es habitual en un tercer hijo, resolver las tensiones ayudando en todo lo posible. Siempre intentaba aliviar la carga de mi Madre haciendo tareas del hogar, incluso las que no me pedía, sobre todo durante las siestas de la tarde, que mi Madre tanto necesitaba. Así me convertí en una especie de Cenicienta, aunque sin el desenlace del príncipe en el caballo blanco y la zapatilla de cristal. Al contrario. Algo más provocó un cambio, y no para mejor.

Vivíamos cerca de un seminario en el que sacerdotes sin vida erótica enseñaban a jóvenes a convertirse a su vez en sacerdotes. Lo que ocurría entre los sacerdotes profesores y los estudiantes sólo salió a la luz muchas décadas después. Para aquellos muchachos, el seminario era una buena excusa para ponerse a estudiar, independientemente de que su vocación religiosa fuera genuina o no. Lo que empezó a ocurrir es que algunos de aquellos profesores sacerdotes empezaron a venir a nuestra casa. Mi familia formaba parte del círculo católico local, por lo que aquellas visitas eran totalmente apropiadas. Salvo que uno de ellos, el más atractivo, se había comprado una moto y empezó a invitar a mi Madre a dar paseos. Por supuesto, esto supuso un alivio tan grande para ella frente a la constante carga del hogar, así que no puedo culparla por aceptar, arreglarse y dejarnos a nosotros, principalmente a mí, con las tareas de limpieza y cocina. Siempre me pregunté si tenían una aventura, aunque el sexo estaba prohibido tanto para los sacerdotes como para las mujeres casadas. Pero entonces, el sacerdote -a quien llamábamos «tío»- tomó la costumbre de traer una funda de almohada llena de calcetines y ropa interior que necesitaban reparación. Así que, al recoger a mi Madre, tiraba la bolsa con los calcetines con agujeros en los talones y los calzoncillos con los elásticos rotos sobre la mesa, delante de mí, la mayoría de las veces sin decir palabra. Nunca supe si esa ropa era solo suya o de él y de sus compañeros.

No hacía falta ser muy brillante para entender el mensaje. Tenía que reparar todas esas cosas, antes de que regresaran. Yo era bastante manitas, así que lo hacía rápido. Era necesario, porque la cocina esperaba mis improvisadas habilidades culinarias. La comida tenía que estar lista cuando mi Padre llegara a casa. Estas salidas en moto solían ocurrir los miércoles por la tarde, cuando no teníamos colegio. Todos los compañeros tenían la tarde libre y podían quedar, pasear y charlar. Excepto yo. Y del mismo modo, durante las vacaciones, la casa necesitaba una limpieza de primavera o de cualquier época del año. Todo recaía principalmente en mí. Mis recuerdos de estas tareas no son tan amargos como cabría esperar. Mi motivación para ser «una buena chica» y hacer todo lo que mi Madre me pedía, o me ordenaba, era mantenerla contenta (más o menos) y asegurarme de que las «pequeñas», como llamábamos a mis cinco hermanas menores, estuvieran a salvo, entretenidas y alimentadas.

Pero mi madre no era feliz. En mis recuerdos, nunca. Eso se hizo evidente a medida que fui creciendo y pude entender las tensiones y peleas acaloradas entre mis padres. Ahora puedo ver cómo este matrimonio que se estaba convirtiendo en un «mal matrimonio»; con habitaciones separadas y discusiones periódicas, estaba fatalmente predestinado por las miserables vidas que ambos llevaban. Recuerdo una mañana, mucho más tarde, en la que mi Padre conducía hacia el instituto de secundaria del que había llegado a ser director tras doctorarse y comprarse un coche, con mi hermana y yo en el coche, cuando vi de repente a mi Madre detrás de la ventanilla golpeando el cristal con un palo. No se rompió, afortunadamente, pero la cara de frustración total de mi Madre se quedará conmigo como un recuerdo imborrable de su miseria. No recuerdo lo que, en su opinión, mi Padre había hecho mal; probablemente nada en concreto. Simplemente irse a trabajar, dejándola atrás, sola. No es que tuviera otra elección, ¿verdad? Pero ella tampoco. Otro recuerdo, un poco más tarde, es que llenó la bañera y envió a la menor de mis hermanas pequeñas a la tienda de comestibles del barrio a comprar un paquete de cuchillas de afeitar. Sólo en retrospectiva me di cuenta de para qué quería esas cuchillas. Nunca he sabido qué evitó que ocurriera aquel desastre. Probablemente, mi Padre u otra persona con suficiente autoridad llegó a casa a tiempo.

MEMORIAS DE LA MISERIA  

Resulta un poco extraño, casi fuera de lugar, incluir la entrada «miseria» en la sección dedicada a «madre». La combinación de pena y dolor, tristeza y melancolía persistente, con ese otro significado, pobreza, recursos demasiado limitados, comida escasa y mezquina, ropa tan fea que me convertí en el hazmerreír de mis compañeros de clase: todo ello parece anular mi capacidad de recuerdo. Por supuesto, también hubo momentos mejores. Por lo general, esos momentos no se debían tanto al juego como a escuchar historias. Porque mi Madre era una gran narradora, un don que probablemente le venía de su formación y experiencia como maestra de primaria. A veces, pasaba de una historia a la siguiente y yo escuchaba fascinada lo que le había ocurrido a ella y a la familia. Muchas historias, sin embargo, eran muy tristes, por lo que el placer de escucharlas se veía mitigado por su contenido. Mi nacimiento, y por tanto mi infancia, tuvo lugar poco después del final de la Segunda Guerra Mundial. Y, claramente, mis padres habían pasado hambre y frío, así como habían ayudado a judíos y a otras personas en peligro de deportación a esconderse bajo el suelo de la casa.

Todo esto ya es bastante miserable. De lo que no me daba cuenta, o no podía darme cuenta, era de que las pobres comidas, que siempre me dejaban con un poco de hambre, eran la miserable consecuencia de los escasos ingresos. Alimentar y vestir a once personas con el sueldo de un maestro: parece imposible. Mis padres se preocupaban por nuestra salud, así que comíamos pan integral, pero sin nada o casi nada para untar. Las comidas calientes eran siempre las mismas: patatas con verduras. Sólo una vez a la semana un trocito de carne, y excepcionalmente, un poco de pescado los viernes. No sé de dónde me viene mi optimismo innato. Mi afán por cocinar, que aprendí sobre la marcha, era mi intento esperanzado de mejorar el sabor de las comidas. Pero fue en vano; simplemente no había ingredientes. Hice lo que pude, y eso me convirtió en una persona bastante hábil en la cocina cuando la situación mejoró. Pero durante la década posterior a la guerra, no había nada que ganar. La miseria, como la llamo ahora, era la norma. Debió de ser muy duro para mis padres, que siempre estaban agotados. Porque el agotamiento es la peor de las miserias físicas. Y ellos estaban permanentemente en ese estado.

El objetivo de esta reflexión sobre la miseria es integrar los tres elementos en juego: miseria, Madre/maternidad y memoria. El contenido más bien vago de mis recuerdos de infancia debe de deberse a la escasez de acontecimientos. Raras veces había fiestas de cumpleaños ni otras celebraciones. Sí que teníamos amigos y se nos permitía traerlos a casa, aunque con moderación. Pero no podían esperar que les sirviéramos té, dulces o galletas. Nunca había nada de eso disponible. Sin embargo, en las pocas ocasiones en que mi Madre estaba de buen humor, sus historias y canciones compensaban esa carencia. Poco me imaginaba entonces que, más adelante, una vez fuera madre yo misma, iba a ser capaz de combinar la miseria emocional con la abundancia consumista. Durante la infancia de mis dos hijos, o bien era infeliz, por haberme atado a los hombres equivocados, o bien estaba sobrecargada de trabajo, ya que había decidido que el destino de mi madre como profesora despedida no iba a ser el mío. Mi obsesiva dedicación al trabajo, que continúa hasta el día de hoy, puede que tenga algo que ver con ello.

Los recuerdos no son simples fragmentos del pasado que flotan en el aire y que podemos recuperar cuando queramos. Tampoco nos llegan de forma inesperada. A menos que los acontecimientos traumáticos nos asalten de forma indeseada e imprevista, los recuerdos son, en mi opinión, actos que realizamos en el presente. He escrito sobre ello en la introducción del volumen Acts of Memory: Cultural Recall in the Present de 1999. En ese texto, y en otros fragmentos, he teorizado la memoria en términos que se ajustan a mi doble sentido de la miseria: como un acto que realizamos, pero también, como un acontecimiento corporal. En este sentido, la memoria tiene una vertiente política. Para ilustrarlo, una de mis películas favoritas de la historia del cine puede resultar muy esclarecedora.

MEMORIA, MISERIA Y CUERPO  

El momento en que en su obra maestra del cine mudo, Tiempos modernos, de 1936, el personaje de Charlie Chaplin se ve físicamente afectado por el trabajo mecánico acelerado y por el que le pagan (mal) en una fábrica durante la Depresión, está grabado en la memoria cultural occidental. Este monumento a la dura era industrial de la Depresión se lee ahora un poco como una ruina política, con el añadido del riesgo de nostalgia. Nos encanta, y muchos dibujantes de cómics han imitado aspectos del mismo. Pero debemos darnos cuenta de que la intensidad del trabajo es tan alta que, cuando se toma un breve descanso, el personaje del obrero no puede evitar continuar los movimientos entrecortados con las manos y su extensión, un par de alicates, que se dirigen automáticamente hacia cualquier pequeño objeto que tenga la forma de los tornillos que aprieta durante las horas de trabajo. Uno de esos objetos eran los pezones de las mujeres.

La película tiene una fuerte carga política, y el hecho de que el protagonista sea un hombre no le resta importancia. El hombre de la película es percibido como una amenaza para su entorno porque no puede impedir que su cuerpo haga el trabajo; se vuelve completamente loco y lo internan en una institución. Tras unos meses, sale del manicomio, curado, pero con la indicación de mantenerse alejado del estrés, una orden imposible de obedecer en las ajetreadas calles de la ciudad y frente a los rugidos de hambre de los desempleados: su miseria. Todo ello está magníficamente plasmado en imágenes, superpuestas, difuminadas y aterradoras. Siguen más aventuras, todas igual de conmovedoras. Como el episodio en el que estas aventuras se convierten en buenas risas sólo gracias al genio cómico de su autor. Al ver esta película por enésima vez con mi nieto, que entonces tenía siete años, el pequeño hizo un comentario asombrosamente elocuente: «su cuerpo continúa sin él». Nunca lo olvidaré. ¡Cuánto aprendí de este niño! No es de extrañar que ahora, ya adulto, acabe de conseguir su diploma de periodista; el periodista socialmente comprometido que, como ahora sé, ya lo era entonces en su corazón.

Esta escena convierte a Tiempos modernos en una película agudamente política, lo que confirma el debate de Svetlana Boym sobre la nostalgia reflexiva. Mientras el personaje actúa sobre el mundo que le tiene cogido con alicates, por así decirlo, el espectador, en un movimiento paralelo, se ríe de lo que al mismo tiempo es repugnante, y absorbe una imagen inquietantemente bella de una situación social sombría. La miseria siempre acecha. Pero, lo más importante, es que el pequeño hombre es un personaje demasiado fuerte como para permitir la lástima condescendiente o compasiva. En su lugar, no solicita identificación alguna, sino una fuerte solidaridad. El espectador no puede evitar ponerse de su lado, conmovido -por utilizar una frase- a permanecer con él por medio de la risa mezclada con un horror que le afecta profundamente. Invoco esta escena para llamar la atención sobre dos cuestiones relativas a la memoria cultural que para mí inciden en la integración de la memoria y la miseria.

Uno es el carácter corporal de la memoria, engrandecido por la lente de la comedia y su exageración habitual. El otro es la «locura», que simboliza hiperbólicamente la naturaleza irreflexiva, subconsciente y no intelectual de la memoria, el modo en que divide o suspende la subjetividad del individuo. El personaje de Chaplin no es consciente de que está recreando lo que primero se había visto obligado a hacer (aunque el artista Chaplin sí lo sea, por supuesto). Simplemente lo hace – más o menos como un reflejo de Pavlov. Los botones en forma de pernos que ven por todas partes, requieren sus alicates; incluso las narices de sus compañeros de trabajo y jefes son pequeñas protuberancias irresistibles alrededor de las cuales clavar sus herramientas. Por no hablar de los pezones de las mujeres que pasan. Estas protuberancias son, en un sentido complejo que me gustaría precisar, huellas. Pero huellas en el doble sentido de la palabra: restos o ruinas del pasado, pero como ruinas, que tienen lugar –espacial y fenomenológicamente– en el presente, y por lo tanto, en el segundo sentido derrideano de la palabra, remiten a la acción, es decir, están orientadas hacia el futuro. En la ruina, la historia aparece espacializada y el espacio construido temporalizado; y esto puede generalizarse a todo tipo de huellas. Otra forma de ver las huellas es como imágenes basadas en la indexicalidad, que apuntan tanto hacia atrás como hacia delante en el tiempo, y son visibles.

Así, al igual que las ruinas, las huellas responden a esa temporalidad diferente y moderna, con sus asimetrías radicales de pasado, presente y futuro. Las ruinas arquitectónicas son lugares en los que el tiempo y el espacio conspiran para desencadenar recuerdos, en particular nostálgicos, repletos de afecto; en este caso, de añoranza. La subjetividad que conlleva la memoria nos obliga a reflexionar sobre la carga afectiva que «colorea», «matiza» o focaliza los recuerdos. Algunas de las consecuencias de esto -de la naturaleza subjetiva de la memoria y de la «coloración» que le sigue- hacen que los recuerdos de mi Madre y su miseria sean ambivalentes. Esta «coloración» es un factor del estatus de la memoria, tanto en su forma narrativa como en su expresión visual.

Cuando hablamos de memoria en términos de cultura contemporánea, es importante recordar que la memoria no es un fenómeno pasivo que se apodera de las personas, sino una actividad, un acto; algo que hacemos. Tanto responder a las ruinas como establecer un vínculo entre la imagen y la realidad pasada es, en efecto, un acto. Aunque aún está por ver cuál es el medio del relato -y quién es su oyente-, creo que es crucial, por conceptualmente fructífero, considerar esta definición provisional de la memoria como narración. Esto tiene importantes consecuencias para la estructura de la subjetividad en la memoria, especialmente si la memoria se refiere a la necesidad del feminismo.

En primer lugar, está la cuestión que acompaña a cualquier diagnóstico de algo como narrativo, a saber, la del narrador. Aunque la naturaleza específicamente narrativa de la memoria puede ser cuestionable, porque gran parte del contenido de los recuerdos consiste en imágenes, el hecho de que un sujeto las convoque y actúe así como «voz» o «dirección» de lo que son los recuerdos, se absorbe fácilmente en la idea estándar de narrativa, en la que una voz o narrador «enuncia» la historia. En segundo lugar, aunque la narrativa no se sitúa inherentemente en tiempo pasado, con mucha frecuencia adopta esa forma. Las narraciones en tiempo presente que no funcionan como praesens historicus se perciben como experimentales. En tercer lugar, los relatos también contienen un determinado tipo de contenido o tema. Los acontecimientos, encadenados de forma causal, suelen ser el contenido habitual de las narraciones.

En relación con estas tres características básicas de la narrativa, a primera vista los recuerdos no se ajustan del todo a esta definición de narrativa. En primer lugar, el narrador de los recuerdos no está unificado. Esto se ve claramente en la fusión de mis recuerdos de mi madre y sus recuerdos de los suyos. En segundo lugar, el tiempo pasado ocupa un lugar central, pero también se subvierte, convirtiéndose en una suerte de presentificación. Estas dos cuestiones están unidas. Si el sujeto existe principalmente en el presente -si la condición de presente define la subjetividad-, entonces la memoria es un acto de rechazo de ese confinamiento, de una esquizofrenia que incorpora otros yos anteriores -y por qué no, otros- al yo. En tercer lugar, en términos de contenido narrativo, los recuerdos también pueden reorientar nuestra visión estándar de la narrativa y sugerir menos coherencia causal, pero más yuxtaposiciones incongruentes y cambios en la focalización de lo que esperamos. Y –en lo que respecta a mis reflexiones sobre los recuerdos de mi madre y los míos propios – sostengo que esto es así porque los recuerdos suelen estar repletos de imágenes visuales. Pero, en lugar de tomar este incómodo ajuste como prueba de que los recuerdos no son narrativos, también podemos utilizarlo para modificar el propio concepto de narrativa. Las reflexiones feministas pueden ayudarnos a ello.

Permítanme señalar que, no a pesar de estos posibles desafíos que la memoria plantea a la narrativa, sino debido a ellos, la idea de que los recuerdos son narrativos sirve a fines analíticos, el principal de los cuales es distintivo: mostrar cómo ciertas memorias no se ajustan a la definición. Pero esto puede ser así no tanto porque no sean exactamente narrativos, sino, precisamente por eso, tampoco son exactamente recuerdos. Me refiero, por supuesto, al trauma, erróneamente denominado en ocasiones «recuerdos traumáticos». Erróneamente, porque el trauma no puede procesarse como un recuerdo. Como las sacudidas de Chaplin, tienen una presencia persistente tanto en la mente como en el cuerpo del sujeto. Esto es relevante para los debates sobre el trauma en sí. Ha surgido un debate en torno a la cuestión de si el trauma causa represión o disociación. Las diferencias son importantes desde una perspectiva narratológica. Lejos de ser reprimidos -un término que sugiere alguna forma de agencia-, los sucesos traumatogénicos causan disociación -la duplicación de la cadena de sucesos narrados mediante la separación de una línea lateral, creando así lo que en teoría retórica se denomina una paralepsis. Esta característica del trauma lo hace no tanto inadecuado, sino más bien fructífero para una definición narrativa más compleja de la memoria. Para mi madre, oír a su madre decir que había esperado ansiosamente que su marido, el amado padre de mi madre, exhalara su último aliento, debió de ser tan inimaginable que se acercó más al trauma que al recuerdo.

El otro rasgo es la repetición irrefrenable del recuerdo traumático. Esto suspende la supuesta subjetividad de la «voz» narrativa del recuerdo. En términos de géneros literarios, esto convertiría el recuerdo en un teatro, más que en una narración, pero un teatro en el que el sujeto no es el director, aunque se encuentre en el centro del mismo, como un actor involuntario o una marioneta manipulada. La repetitividad de la ocurrencia también hace que ese recuerdo sea atemporal, implacablemente incesante, por lo tanto, durativo sin una duración específica. No estoy sugiriendo que Chaplin presente un caso de trauma; más bien, que esta escena ofrece una representación imaginativa de una característica del trauma -su corporeidad- que es más generalmente inherente a la memoria, aunque ahí no siempre nos demos cuenta de ello. La incapacidad de Chaplin para separar su cuerpo de los movimientos del trabajo parece cernirse imaginariamente sobre el abismo que separa la memoria del trauma.

Así, la escena también propone otra distinción relevante para la memoria. Con un pie Chaplin está en la memoria rutinaria, con el otro en el trauma. La memoria rutinaria es una forma de memoria caracterizada por la falta de reflexión, aunque posible de recuperar retrospectivamente. Es un tipo de memoria distinta de la memoria narrativa. Es omnipresente en la vida cotidiana y sólo se hace perceptible cuando se interrumpe. A menudo me he preguntado si la historia de mi madre sobre el alivio de su madre por la muerte de su padre era un ejemplo de memoria rutinaria «normal» o un caso de trauma. Dada su miserable vida, supongo que se trataba de lo segundo. En la misma línea, las historias clásicas de violación que pueblan la literatura antigua, como la violación y el posterior suicidio de Lucrecia, realzan ese horror. Mi análisis de Lucrecia -en Shakespeare y Rembrandt- figura en el capítulo 2 de mi libro Reading «Rembrandt»: Beyond the Word-Image Opposition, Cambridge, Reino Unido, y Nueva York: Cambridge University Press, 1991. El suicidio como respuesta a haber sido violada: aquí es donde se unen la teoría de la memoria/el trauma y el feminismo. La torpeza de Chaplin es obviamente una cuestión política; y también lo es, aún más obviamente, la secuencia violación-suicidio. El feminismo como visión política no se limita a las mujeres.

Las ideas, los recuerdos, evocados en este artículo se basan en algunos fragmentos de un libro-en-producción. En él, en veintiséis capítulos ordenados alfabéticamente, relaciono sistemáticamente recuerdos de infancia con desarrollos conceptuales profesionales posteriores. Lo que allí pongo en primer plano es la discrepancia temporal entre esos recuerdos tempranos, todavía bastante vagos, y lo que, mucho más tarde, basé en ellos, articulando con la mayor precisión posible cómo esos recuerdos han alimentado mi desarrollo intelectual. Los vínculos entre los recuerdos infantiles, bastante confusos, y los pensamientos feministas posteriores constituyen la base de mis articulaciones intelectuales necesarias en mi profesión docente. Este vínculo es la razón por la que no he adornado este texto con numerosas notas a pie de página y referencias.

DECLARACIÓN DE CONFLICTO DE INTERESES  

La autora de este artículo declara no tener conflictos de intereses financieros, profesionales o que pudieran haber influido de manera inapropiada en este trabajo.

DECLARACIÓN DE CONTRIBUCIÓN DE AUTORÍA  

Mieke Bal: Conceptualización, Análisis formal, Investigación, Redacción – borrador original.

Marije Hristova: Traducción, revisión y edición.

Lidia Mateo Leivas: Traducción, revisión y edición.

Verónica Perera: Traducción, revisión y edición.

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1 Texto inédito cedido por la autora para este monográfico. Ha sido traducido por Marije Hristova, Lidia Mateo Leivas y Verónica Perera.