<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?><!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD Journal Publishing DTD v3.0 20080202//EN" "journalpublishing3.dtd"><article article-type="research-article" dtd-version="3.0" xml:lang="es" xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink">	<front>		<journal-meta>			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>			<journal-title-group>				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>			</journal-title-group>			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>			<publisher>				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>			</publisher>		</journal-meta>		<article-meta>			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.759n1005</article-id>			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.759n1005</article-id>		<article-categories>		<subj-group subj-group-type="heading">		<subject>GREGORIO MARA&#x00D1;&#x00D3;N Y POSADILLO (1887-1960). CINCUENTA A&#x00D1;OS DESPU&#x00C9;S</subject>		</subj-group>		</article-categories>			 <title-group>			  <article-title>LA INFANCIA EN EL ESQUEMA MARA&#x00D1;ONIANO DE LAS EDADES DE LA VIDA DEL HOMBRE</article-title>		<trans-title-group xml:lang="en">		<trans-title>CHILDHOOD IN MARA&#x00D1;ON´S SCHEME OF THE AGES OF LIFE</trans-title>		</trans-title-group>		<alt-title alt-title-type="running-head">LA INFANCIA EN EL ESQUEMA MARA&#x00D1;ONIANO</alt-title>		</title-group>			 <contrib-group>			  <contrib contrib-type="author" corresp="yes">				<name>				 <surname>Ballester</surname>				 <given-names>Rosa</given-names>				</name>				<xref ref-type="aff" rid="U1"/>			  </contrib>			  <aff id="U1">Unidad de Historia de la Ciencia. Facultad de Medicina. Universidad Miguel Hern&#x00E1;ndez</aff>			 </contrib-group>			 <author-notes>		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="rosa.ballester@umh.es">rosa.ballester@umh.es</email>		</corresp>		</author-notes>				<pub-date pub-type="collection">		<year>2013</year>		</pub-date>				<volume>189</volume>		<issue>759</issue>				<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.759n1005</elocation-id>				 <history>		  	<date date-type="received">				<day>3</day>				<month>9</month>				<year>2012</year>			</date>			<date date-type="accepted">				<day>1</day>				<month>10</month>				<year>2012</year>			</date>		 </history>		 		<permissions>		<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>		<copyright-year>2013</copyright-year>		<license license-type="open-access" xlink:href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc/3.0/">		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>		</license>		</permissions>				<abstract xml:lang="es">		<title>RESUMEN</title>		<p>La ingente obra cient&#x00ED;fica de Mara&#x00F1;&#x00F3;n incluye tambi&#x00E9;n una serie de aportaciones sobre el tema de las edades de la vida humana. Desde acercamientos biol&#x00F3;gicos a los de cariz m&#x00E9;dico-social, como la eugenesia, el autor presenta su particular visi&#x00F3;n de la infancia definida de acuerdo a una serie de criterios fundamentados, en gran medida, en su pensamiento endocrinol&#x00F3;gico. El peso de la tradici&#x00F3;n de la Antigüedad cl&#x00E1;sica y de autores renacentistas como el espa&#x00F1;ol Huarte de San Juan, est&#x00E1; presente como marco de referencia hist&#x00F3;rico y como una forma de reflexionar sobre situaciones actuales.</p>		</abstract>		<trans-abstract xml:lang="en">		<title>ABSTRACT</title>		<p>The huge volume of scientific work by Mara&#x00F1;&#x00F3;n includes a series of contributions on the subject of the ages of human life. From biological approaches to medical/social issues, such as eugenics, the author presents his individual vision of children defined according to a set of criteria grounded largely in his endocrinological theories. The weight of tradition from classical and Renaissance authors such as the Spaniard Huarte de San Juan, is present both as a historical reference framework and as a means of reflecting on current situations.</p>		</trans-abstract>		<kwd-group xml:lang="es">			<title>PALABRAS CLAVE</title>			<kwd>Edades de la vida</kwd>			<kwd>eugenesia</kwd>			<kwd>mortalidad infantil</kwd>			<kwd>emociones</kwd>			<kwd>infancia</kwd>		</kwd-group>		<kwd-group xml:lang="en">			<title>KEYWORDS</title>			<kwd>Ages of life</kwd>			<kwd>eugenics</kwd>			<kwd>child mortality</kwd>			<kwd>emotions</kwd>			<kwd>childhood</kwd>		</kwd-group>	</article-meta>	</front>		<body>		<sec id="S1">			<title></title>			<p>“Nos explica tambi&#x00E9;n [Huarte de San Juan], el distinto temperamento que corresponde a cada edad, el ingenio diverso del ser humano en cada etapa de su ciclo vital. El ni&#x00F1;o es blando y tierno y por ello, caritativo, liberal, casto y alegre. En la adolescencia, el temperamento se va templando y el ingenio se hace moldeable como la cera: es la edad eminentemente pasiva y, por lo tanto, de responsabilidad m&#x00E1;xima para los que tenemos la misi&#x00F3;n de educar” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, 1945, 141).</p><p>La concepci&#x00F3;n renacentista de las edades de la vida del hombre, presente en la obra de Huarte de San Juan, con sus propias peculiaridades, le sirve a Mara&#x00F1;&#x00F3;n como <italic>leit motiv</italic> para hacer, como &#x00E9;l mismo indica, “examen actual de un examen antiguo”. Y en dicho examen, est&#x00E1; haciendo tambi&#x00E9;n una lectura en clave de actualidad cuando se refiere, por ejemplo, a los problemas de Huarte con la censura y las ortodoxias estrictas y su reivindicaci&#x00F3;n de un pensamiento libre, no sujeto a ese tipo de ataduras externas, en sinton&#x00ED;a con su conocido pensamiento antidogm&#x00E1;tico.(Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0018">1957</xref>, 15-53) y, en general, guarda estrecha relaci&#x00F3;n con su trayectoria biogr&#x00E1;fica (L&#x00F3;pez Vega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0014">2010a</xref>) y el conjunto de sus aportaciones y publicaciones (L&#x00F3;pez Vega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0015">2010b</xref>). Por otro lado interpreta Mara&#x00F1;&#x00F3;n este <italic>examen de ingenios</italic>, no como orientaci&#x00F3;n profesional —la forma habitual de entenderlo— sino, enlazando con sus ideas sobre la vocaci&#x00F3;n, como el estudio fundamental de la constituci&#x00F3;n de las personas, la raz&#x00F3;n biol&#x00F3;gica m&#x00E1;s &#x00ED;ntima de su <italic>afici&#x00F3;n</italic>, t&#x00E9;rmino que entiende Mara&#x00F1;&#x00F3;n como amor a la cosa elegida y de ah&#x00ED;nco y eficacia en dicho amor.</p><p>El asunto de la temporalidad y de las edades de la vida, est&#x00E1; presente en la obra mara&#x00F1;oniana, bien como marco general, bien como estudio de unos segmentos de edad determinados. Ciertamente, su fundamental estudio de la “edad cr&#x00ED;tica”, el climaterio, es, con diferencia, el periodo de la vida al que dedica un n&#x00FA;mero m&#x00E1;s amplio de trabajos. No sucede lo mismo con la infancia que no aparece sino tangencialmente. Los motivos son f&#x00E1;ciles de entender: su pr&#x00E1;ctica cl&#x00ED;nica no se consagr&#x00F3; precisamente a la pediatr&#x00ED;a, entre otras cosas, porque en aquellos momentos, la especialidad y los especialistas ten&#x00ED;an ya su campo de acci&#x00F3;n propio y, en gran medida, monopolizaban ya esta parcela del saber y de la pr&#x00E1;ctica m&#x00E9;dicas (Ballester, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0004">1979</xref>). Una constante en la obra de Mara&#x00F1;&#x00F3;n es la convicci&#x00F3;n de que la diversidad de la ciencia contempor&#x00E1;nea superar&#x00ED;a de tal modo la capacidad investigadora del entendimiento humano, que no quedar&#x00ED;a espacio suficiente para que una sola persona pueda abarcarlo e informarse suficientemente como para poder realizar cr&#x00ED;ticas a los trabajos cient&#x00ED;ficos de otros colegas (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0016">1922</xref>, 1-2). Por ello, la divisi&#x00F3;n de trabajo y la especializaci&#x00F3;n se transforman en una necesidad inherente al mismo desarrollo cient&#x00ED;fico. Sin embargo, en el tema que nos ocupa, son muchas y muy interesantes las reflexiones que aparecen en la obra mara&#x00F1;oniana sobre las primeras etapas de la vida humana, asunto que nos proponemos analizar, no sin antes, trazar brevemente la trayectoria evolutiva de dicho concepto desde su punto de partida al periodo en el que Mara&#x00F1;&#x00F3;n se ocupa de este particular.</p> 		</sec><sec id="S2">			<title>LAS EDADES DE LA VIDA DEL HOMBRE</title>			<p>La temporalidad es una constante en el pensamiento cient&#x00ED;fico europeo-occidental. Hay dos formas del tiempo que es &#x00FA;til distinguir: el tiempo hist&#x00F3;rico y el tiempo personal, el tiempo biogr&#x00E1;fico. Es evidente que el tiempo es continuo pero tambi&#x00E9;n lo es que la continuidad no excluye la articulaci&#x00F3;n. El tiempo hist&#x00F3;rico est&#x00E1; articulado en dos sentidos. Por un lado, tiene una articulaci&#x00F3;n menor que son las generaciones, y una articulaci&#x00F3;n mayor, una especie de macroestructura que son las &#x00E9;pocas (Mar&#x00ED;as, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0023">1949</xref>). Algo parecido ocurre en la vida: la vida es tambi&#x00E9;n continua desde el nacimiento hasta la muerte pero est&#x00E1; articulada en edades. Ciertamente, desde las culturas m&#x00E1;s antiguas se ha reconocido la pluralidad de las edades y se ha tratado de definirlas. En otro lugar nos hemos acercamos a este tema, intentando reconstruir el proceso mediante el cual se plante&#x00F3;, en t&#x00E9;rminos cient&#x00ED;fico-m&#x00E9;dicos, el t&#x00F3;pico de las edades del hombre en algunas de las fuentes m&#x00E9;dicas espa&#x00F1;olas de los siglos XV a XVIII (Ballester, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0005">2001</xref>). </p><p>¿De d&#x00F3;nde procede dicho t&#x00F3;pico de las edades de la vida del hombre? Sin ning&#x00FA;n g&#x00E9;nero de dudas, su punto de partida hay que buscarlo en la Antigüedad Cl&#x00E1;sica y, como sucede con el resto del conjunto de saberes biol&#x00F3;gicos y m&#x00E9;dicos, en el contexto armonizador que fue la teor&#x00ED;a humoral. A partir de ah&#x00ED;, va a ser vehiculizado en el largo y complejo proceso de transmisi&#x00F3;n de la ciencia cl&#x00E1;sica occidental pasada por el tamiz de la ciencia &#x00E1;rabe y del mundo bizantino para desembocar en la medicina escol&#x00E1;stica. Al exponer la doctrina de las edades de la vida del hombre tras el estudio de las cosas naturales o fisiol&#x00F3;gicas, la Isagoge de <italic>Ioannitius</italic>, el texto escolar m&#x00E1;s importante de la historia del galenismo, se&#x00F1;ala lo siguiente: </p><p>“Cuatro son las edades, a saber, adolescencia, juventud, senectud y decrepitud. La adolescencia es de complexi&#x00F3;n c&#x00E1;lida y h&#x00FA;meda, en ella crece y aumenta el cuerpo hasta llegar a los veinticinco o treinta a&#x00F1;os. A ella le sigue la juventud, que es c&#x00E1;lida y seca y que conserva en su perfecci&#x00F3;n el cuerpo sin disminuci&#x00F3;n de sus fuerzas; &#x00E9;sta acaba a los treinta y cinco o cuarenta a&#x00F1;os. A continuaci&#x00F3;n viene la senectud, fr&#x00ED;a y seca, en la que el cuerpo empieza a disminuir y decrecer algo, sin que falte, no obstante, la fuerza; dura hasta los cincuenta y cinco o sesenta a&#x00F1;os. Le sucede la decrepitud, con su concurrencia de humor flem&#x00E1;tico fr&#x00ED;o y h&#x00FA;medo; en ella se hace presente la carencia de fuerza y ella, con el transcurso de los a&#x00F1;os, pone fin a la vida” (<italic>Cfr.</italic> Gracia y Vidal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0010">1974-75</xref>, 303).</p><p>En el texto se dice que la juventud sigue a la adolescencia, que es c&#x00E1;lida y seca conservando el cuerpo sin disminuci&#x00F3;n de sus fuerzas. La expresi&#x00F3;n, tan escueta, no es f&#x00E1;cil de entender. ¿Cu&#x00E1;l es su significado? Por el contexto, se deduce que hasta los cuarenta a&#x00F1;os, una vez acabada la juventud, empieza la “disminuci&#x00F3;n”, el “decrecimiento” del cuerpo humano, en tanto que en la adolescencia, por el contrario, el cuerpo “aumenta”. Parece que el periodo de la juventud —entre los 25-40 a&#x00F1;os— es “perfecto”, porque en &#x00E9;l ha finalizado ya el proceso de crecimiento y no se ha iniciado todav&#x00ED;a el de disminuci&#x00F3;n o decrecimiento. En t&#x00E9;rminos aristot&#x00E9;licos, la juventud es el periodo de la vida del ser humano que transcurre entre el final del proceso de “generaci&#x00F3;n” y el inicio del de “corrupci&#x00F3;n”. Ahora bien, en la filosof&#x00ED;a aristot&#x00E9;lica y, por extensi&#x00F3;n, en toda la filosof&#x00ED;a antigua, la “naturaleza” de un ser o una cosa s&#x00F3;lo existe perfecta una vez finalizada la generaci&#x00F3;n y a&#x00FA;n no iniciada la corrupci&#x00F3;n. Lo cual plantea un grave problema, el de si el ni&#x00F1;o es un ser natural, es decir, el de qu&#x00E9; sentido tiene la expresi&#x00F3;n “naturaleza” aplicada al ni&#x00F1;o (Gracia, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1985</xref>, 11-23).</p><p>De forma magistral, Pedro La&#x00ED;n ha reflexionado sobre la formaci&#x00F3;n del concepto de naturaleza humana (La&#x00ED;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0013">1989</xref>). Recurriendo a S&#x00F3;crates indica que dicho concepto no es como usualmente se indica: la naturaleza de una cosa ser&#x00ED;a la realidad que &#x00E9;sta tiene al nacer; as&#x00ED;, por ejemplo, la naturaleza del trigo ser&#x00ED;a el tallo que nace de la semilla y la naturaleza del hombre, la realidad de &#x00E9;ste tras el parto. Hay, empero, otra forma de ver las cosas: que la “generaci&#x00F3;n” es un proceso largo y no concluye hasta que todas las potencialidades han quedado actualizadas. No es un azar que el tratado hipocr&#x00E1;tico <italic>De natura pueri</italic> dedique gran parte de sus p&#x00E1;ginas a establecer una muy minuciosa comparaci&#x00F3;n entre las plantas y el desarrollo del ni&#x00F1;o. Como en las plantas, la generaci&#x00F3;n no finaliza hasta el logro de la madurez total (La&#x00ED;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0012">1970</xref>, 164-65). S&#x00F3;crates fue el hombre que aplic&#x00F3; de modo genial estos principios al caso concreto, de la “naturaleza humana”. Efectivamente, la generaci&#x00F3;n del hombre no finaliza en el momento del nacimiento sino mucho despu&#x00E9;s, cuando se alcanza la madurez biol&#x00F3;gica y psicol&#x00F3;gica entre los veinticinco y los treinta a&#x00F1;os. Solo entonces el hombre es un “ser natural”, es decir, en la plenitud de sus potencias y facultades, tanto corp&#x00F3;reas como an&#x00ED;micas; solo entonces el hombre puede alcanzar su “perfecci&#x00F3;n”, la salud y belleza en el cuerpo y la bondad en el alma. Al hombre le pertenecen por “naturaleza” estas propiedades, la bondad, la belleza, la salud. M&#x00E1;s a&#x00FA;n, en la naturaleza humana hay una correlaci&#x00F3;n perfecta entre cuerpo y alma y solo, en un cuerpo sano y bello, puede existir un alma buena.</p><p>Hasta que el hombre alcanza la madurez y su naturaleza logra la perfecci&#x00F3;n, no puede considerarse ni como sano, ni como bello ni como bueno. El ni&#x00F1;o, no es, en primer lugar, sano, ya que su complexi&#x00F3;n carece de temperancia. Como consecuencia, tampoco es bello. El ni&#x00F1;o, en fin, no es bueno. Las cualidades del alma se hallan determinadas, en toda la tradici&#x00F3;n socr&#x00E1;tica, por la complexi&#x00F3;n humoral: no puede haber un alma buena en un cuerpo intemperado. Al ni&#x00F1;o no le pertenece la virtud como nota constitutiva de su naturaleza y, mucho menos, a la ni&#x00F1;a. Poco a poco hay que ayudar al ni&#x00F1;o y al joven a que desarrollen las potencialidades de su naturaleza, de tal modo que vayan dejando atr&#x00E1;s la enfermedad, la fealdad y la maldad de la infancia y acerc&#x00E1;ndose paulatinamente a la salud, la belleza y la bondad, es decir, a la perfecci&#x00F3;n propia de la edad adulta (Gracia, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1985</xref>).</p><p>El tema de las edades es importante en otro tipo de estudios como los arqueol&#x00F3;gicos. Por ejemplo, el estudio de las tumbas infantiles en Europa Occidental durante el periodo medieval muestra c&#x00F3;mo hab&#x00ED;a un lugar espec&#x00ED;fico reservado a ellos, estableci&#x00E9;ndose la hip&#x00F3;tesis de la separaci&#x00F3;n entre los bautizados y los no bautizados. Se inhumaban junto a uno de los muros de las iglesias, o en la periferia del cementerio, dependiendo del estatus social. Estos repartos, por otro lado, est&#x00E1;n hechos con arreglo al criterio de las edades: los reci&#x00E9;n nacidos (hasta el mes de vida), los ni&#x00F1;os de 1 mes a seis o siete a&#x00F1;os, los ni&#x00F1;os mayores de esa edad y los adolescentes. A partir del momento en el que el individuo cumple el primer mes, ya puede integrarse dentro de la sociedad, adquiriendo un estatus social intermedio entre el del reci&#x00E9;n nacido y el adulto. Esta integraci&#x00F3;n se produce tras cumplir los seis a&#x00F1;os, lo que coincide con el momento en el que se le denomina <italic>puer</italic> y ya no <italic>infans</italic>.</p><p>A este respecto, los trabajos de Shulamith Shahar (<xref ref-type="bibr" rid="CIT00129">1992</xref>), constituyen una importante base de reflexi&#x00F3;n. Para esta autora, las edades de la vida que aparecen en las obras m&#x00E9;dicas, literarias y did&#x00E1;cticas antiguas y tradicionales, se corresponden con la formaci&#x00F3;n de la personalidad del ni&#x00F1;o estudiada por Jean Piaget. Los datos arqueol&#x00F3;gicos confirman que la transici&#x00F3;n de <italic>infans</italic> a <italic>puer</italic>, como acabamos de comentar, se produce entre los 6 y los siete a&#x00F1;os. Por ejemplo en textos normativos o penitenciales, aparece esta distinci&#x00F3;n. Los primeros, por ejemplo, ya deben hacer penitencia de sus pecados, adecuada a su edad, y no los segundos (Garnotel y Fabre, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1997</xref>).</p><p>En el periodo moderno, Mart&#x00ED;n Mart&#x00ED;nez, uno de los m&#x00E9;dicos espa&#x00F1;oles m&#x00E1;s prestigiosos, en su <italic>Medicina Esc&#x00E9;ptica</italic> (1748), pone en boca de los personajes ficticios que polemizan en la conversaci&#x00F3;n sexta de la obra, relativa a “que sean las edades y cuantas”, el hipocr&#x00E1;tico, el gal&#x00E9;nico y el qu&#x00ED;mico un interesante resumen de las ideas que sobre este lugar com&#x00FA;n, tienen cada uno de ellos. As&#x00ED; el <italic>hipocr&#x00E1;tico</italic>, desde una perspectiva poco dogm&#x00E1;tica, dice las siguientes palabras:</p><p>“No gast&#x00E9;is tiempo en eso (en ver el nº de edades) pues seg&#x00FA;n los fines que se han propuesto los autores, han dividido tan variadamente las edades, que apenas hay n&#x00FA;mero que no tenga su protecci&#x00F3;n: tal vez, edad se toma por <italic>aetas</italic> y esto es todo el curso de la vida; tal vez por los dos extremos: mozos y viejos; tal vez por los tres estados de Arist&#x00F3;teles; tal por quatro como Hip&#x00F3;crates, tal por cinco como Plat&#x00F3;n; otros dan seis edades, otros ocho partiendo partiendo la vejez en vejez y decrepitud y la menor edad en infancia y puericia y tambi&#x00E9;n es de Hip&#x00F3;crates esta divisi&#x00F3;n. Los astr&#x00F3;logos dan siete por la fingida correspondencia a los planetas, ay quien de siete en siete a&#x00F1;os admite una edad y hasta doce edades no faltan patronos...” (Mart&#x00ED;nez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0024">1748</xref>, 69). </p><p>Por el contrario, el <italic>gal&#x00E9;nico</italic> ofrece el entramado doctrinal de la tradici&#x00F3;n cl&#x00E1;sica y, finalmente, el <italic>ch&#x00ED;mico</italic>, ofrece hasta siete edades distintas (infancia, puericia, pubertad, adolescencia, juventud, virilidad y senectud. Las diferencias entre una y otra se realiza con un criterio procedente de la pura observaci&#x00F3;n de los cambios corporales con escasa interpretaci&#x00F3;n doctrinal.</p><p>La ruptura definitiva con las tesis tradicionales, en el caso del t&#x00F3;pico que nos ocupa, hunde sus ra&#x00ED;ces en las monograf&#x00ED;as sobre enfermedades de los ni&#x00F1;os de finales del siglo XVIII y se consolida dentro del movimiento que, desde los hospitales del Par&#x00ED;s postrevolucionario de inicios del siglo XIX, se extender&#x00E1; r&#x00E1;pidamente a toda Europa y al resto del mundo occidental y que dar&#x00E1; lugar, entre otras cosas, a la aparici&#x00F3;n de la especialidad pedi&#x00E1;trica. El estudio del cuerpo infantil en estado de salud y, sobre todo, de enfermedad, a trav&#x00E9;s de la observaci&#x00F3;n cl&#x00ED;nica sistem&#x00E1;tica, la b&#x00FA;squeda de signos ciertos para el diagn&#x00F3;stico y la informaci&#x00F3;n proporcionada por las autopsias y m&#x00E1;s tarde, por la medicina de laboratorio, cristalizar&#x00E1;n en una nueva visi&#x00F3;n m&#x00E9;dica del organismo en estas etapas iniciales de la vida humana. Los ni&#x00F1;os no son de naturaleza cualitativamente diferente a la de los adultos y las edades se categorizan, desde ese momento, con criterios estrictamente m&#x00E9;dicos, acordes con la anatom&#x00ED;a, la fisiolog&#x00ED;a y los modos peculiares de enfermar caracter&#x00ED;sticos de cada fase: reci&#x00E9;n nacido, lactante, primera y segunda infancia y adolescencia. Una de las claves fundamentales en este proceso, es la correspondencia entre el desarrollo del sistema nervioso que, en todos sus componentes, va adquiriendo una complejidad creciente, y las edades de la vida.</p><p>Para cerrar este recorrido hist&#x00F3;rico y analizar c&#x00F3;mo &#x00E9;ste t&#x00F3;pico de las edades de la vida se expresa en la obra de Mara&#x00F1;&#x00F3;n, parece oportuno partir de los puntos de vista, encuadrados dentro de lo que se denomina orientaci&#x00F3;n biopatol&#x00F3;gica, del coordinador y art&#x00ED;fice del primer gran tratado de Pediatr&#x00ED;a (Pfaundler y Schlossmann, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0026">1906</xref>), el alem&#x00E1;n Meinhard von Pfaundler. Para este autor, es necesario plantearse en estos segmentos de edad, la correlaci&#x00F3;n existente entre las diversas partes del cuerpo, una coordinaci&#x00F3;n que est&#x00E1; determinada por unos sustratos de tipo nervioso y endocrinol&#x00F3;gico perfectamente demostrables por la ciencia contempor&#x00E1;nea. Pues bien, toda esta tradici&#x00F3;n pesar&#x00E1; y ser&#x00E1; uno de los puntos de partida del enfoque que Mara&#x00F1;&#x00F3;n expresa en sus trabajos relativos a este tema.</p></sec><sec id="S3">			<title>LA VARIABILIDAD DE UN CONCEPTO DESDE LA EXPERIENCIA CL&#x00CD;NICA. LA IDENTIDAD DE LA INFANCIA DESDE LA BIOLOG&#x00CD;A</title>			<p>No cabe duda del buen conocimiento, por parte de Mara&#x00F1;&#x00F3;n, de los entresijos conceptuales de la tradici&#x00F3;n occidental del t&#x00F3;pico “edades de la vida del hombre” y de sus principales mentores, pero para nuestro autor, y ese matiz es muy importante, en su visi&#x00F3;n de las edades de la vida, prima el cl&#x00ED;nico observador y experimentado cuando indica que: “al hablar de las distintas edades de la vida, no seguiremos ninguna de las divisiones de &#x00E9;sta en edades, propuestas por los autores. Todas ellas, fundadas sobre c&#x00E1;nones num&#x00E9;ricos, nos parecen artificiosas, como lo es todo intento de ajustar a patrones matem&#x00E1;ticos, la infinita variabilidad de los fen&#x00F3;menos biol&#x00F3;gicos […]. Nosotros, por lo tanto, consideraremos la ni&#x00F1;ez, el periodo puberal, la juventud, la madurez, el climaterio, la vejez y la senectud sin atenernos a fechas (no tan precisas como las de los Padres de la Iglesia que divid&#x00ED;an la vida por m&#x00FA;ltiplos de seis), pero, ni siquiera, aproximada, ya que cada organismo crece, madura y declina, con individual y caracter&#x00ED;sticas cronolog&#x00ED;a” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, 1921, 42-43).</p><p>La versi&#x00F3;n mara&#x00F1;oniana del esquema de las edades est&#x00E1; directamente ligado a lo que fueron, en torno a los a&#x00F1;os 20 y 30 del pasado siglo, las investigaciones sobre las transformaciones biol&#x00F3;gicas que tienen lugar en las etapas subsiguientes de la vida extrauterina, en definitiva, sobre el crecimiento humano. El tema es tan importante que nuestro autor le dedica un trabajo monogr&#x00E1;fico (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0017">1953</xref>) y otros trabajos que, en su conjunto, han sido analizados recientemente (Ariznavarreta y Fern&#x00E1;ndez Tresguerres, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0002">2003</xref>). Dichos estudios sobre la infancia supusieron, en contraste con la tradici&#x00F3;n heredada, un cambio cualitativo en el sentido de que el ni&#x00F1;o dej&#x00F3; de verse como un adulto en miniatura, para pasar a ser contemplado desde su propia identidad, como un organismo vivo cuya peculiaridad resid&#x00ED;a en el conjunto de mecanismos fisiol&#x00F3;gicos que interven&#x00ED;an en aquello que era propio de esas edades, el crecimiento (Tanner, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0030">1981</xref>). La indagaci&#x00F3;n sobre la fisiolog&#x00ED;a del crecimiento proporcion&#x00F3; argumentos s&#x00F3;lidos para marcar el tr&#x00E1;nsito de una a otra de las edades, para valorar el estado de gravedad de un caso cl&#x00ED;nico determinado y como elemento diferenciador entre enfermedades agudas y cr&#x00F3;nicas. El conocimiento en profundidad del cuerpo de los ni&#x00F1;os permit&#x00ED;a las comparaciones entre ellos —y no con los adultos— y planteaba la posibilidad de establecer el arquetipo del ni&#x00F1;o saludable como patr&#x00F3;n de referencia con el que pod&#x00ED;an ser comparados, para ver el grado de adecuaci&#x00F3;n del ni&#x00F1;o o ni&#x00F1;os que se estuvieran estudiando, a este arquetipo ideal (Ballester y Perdiguero, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0006">2003</xref>).</p><p>Con la s&#x00F3;lida base proporcionada por los estudios experimentales realizados sobre larvas de ranas, y que Mara&#x00F1;&#x00F3;n considera pod&#x00ED;an ser aplicados a los organismos superiores, y con la concurrencia de otro tipo de factores ex&#x00F3;genos como el clima o la alimentaci&#x00F3;n, nuestro m&#x00E9;dico elabora sus propias conclusiones. Lo fundamental de las mismas se resume en lo siguiente: el crecimiento y desarrollo infantiles se deben a los cambios metab&#x00F3;licos y fisiol&#x00F3;gicos generales que en el organismo se producen por la acci&#x00F3;n de las hormonas. Las diferentes gl&#x00E1;ndulas de secreci&#x00F3;n interna ejercen un papel decisivo sobre el desarrollo del esqueleto y la morfolog&#x00ED;a general extrauterina. La hip&#x00F3;tesis expuesta permite adem&#x00E1;s explicar hechos bien conocidos con anterioridad al siglo XX y es que cuando el tiroides enferma en las primeras edades de la vida o cuando se extirpa esa gl&#x00E1;ndula a un animal joven, uno de los efectos m&#x00E1;s constante y marcados es la “inhibici&#x00F3;n del crecimiento de los huesos, que quedan estacionados, cortos, sin soldarse los cart&#x00ED;lagos de conjunci&#x00F3;n y con una estructura rara y quebradiza” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0016">1922</xref>, 52).</p><p>Ahora bien, el sistema endocrino no ejercer&#x00ED;a su funci&#x00F3;n de manera regular, dentro de l&#x00ED;mites bien definidos como le suceder&#x00ED;a al sistema circulatorio o al aparato locomotor, una vez que la persona ha traspuesto la primera infancia. Por el contrario, del mismo modo que sucede con el sistema nervioso, aunque en mayor intensidad, la actividad de las gl&#x00E1;ndulas endocrinas se desarrollar&#x00ED;a a trav&#x00E9;s de oscilaciones en cada fase de la evoluci&#x00F3;n del ser y experimentar&#x00ED;a en ciertas &#x00E9;pocas, crisis complicadas. De estas oscilaciones del funcionamiento endocrino, depender&#x00ED;an directamente las oscilaciones del crecimiento del esqueleto y de la totalidad del organismo, las diferentes fases de la actividad sexual y las del metabolismo org&#x00E1;nico (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, 1921, 35-56). </p><p>Las distintas etapas se pueden individualizar y separar por lo que denomina “actividad funcional del sistema endocrino”. En la ni&#x00F1;ez, hasta los nueve a&#x00F1;os, cuando empieza a prepararse el organismo del ni&#x00F1;o para la crisis puberal, la actividad endocrina estar&#x00ED;a casi exclusivamente limitada al tiroides y al timo, que regulan el crecimiento esquel&#x00E9;tico. La gl&#x00E1;ndula genital, la hip&#x00F3;fisis y las suprarrenales tendr&#x00ED;an en esta &#x00E9;poca una funci&#x00F3;n muy escasa todav&#x00ED;a. La llegada de la pubertad coincidir&#x00ED;a con la regresi&#x00F3;n funcional y anat&#x00F3;mica del timo. La gl&#x00E1;ndula hipofisaria entrar&#x00ED;a entonces en juego y de su actividad depender&#x00ED;a el patr&#x00F3;n de crecimiento brusco del ni&#x00F1;o en esos a&#x00F1;os en los que el incremento de la talla adquiere un ritmo acelerado e irregular (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0017">1953</xref>).</p><p>Desde el punto de vista patol&#x00F3;gico, Mara&#x00F1;&#x00F3;n acu&#x00F1;a el concepto de “cronopat&#x00ED;as” como alteraciones de la cronolog&#x00ED;a normal en el proceso de crecimiento. De forma muy detallada separa lo que son las patolog&#x00ED;as reales como algunos tipos de infantilismo causados, por ejemplo, los de origen hipofisario o tiroideo, de las evoluciones disarm&#x00F3;nicas del crecimiento, las cronopat&#x00ED;as propiamente dichas. El tema es tratado en varias entradas diferentes de esta suerte de diccionario m&#x00E9;dico que es su monumental <italic>Manual de diagn&#x00F3;stico etiol&#x00F3;gico</italic> (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0020">1961</xref>, p. 550-552; 580-582), como cronopat&#x00ED;as del desarrollo infantil o cronopat&#x00ED;as de la talla, pero siempre desde el enfoque arriba indicado.</p></sec><sec id="S4">			<title>LA EDAD Y LAS EMOCIONES</title>			<p>Las aportaciones de Mara&#x00F1;&#x00F3;n al tema de la emoci&#x00F3;n, han sido objeto de estudio monogr&#x00E1;fico en diferentes ocasiones, como el ciclo de conferencias que tuvo lugar en el marco de la Semana Mara&#x00F1;&#x00F3;n celebrada en Madrid en 1999 y en estudios consagrados a esta cuesti&#x00F3;n (Fern&#x00E1;ndez de Molina, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0007">2003</xref>). </p><p>Tambi&#x00E9;n en el sistema neuroendocrino, habr&#x00ED;a que ubicar las emociones, por el paralelismo entre la actividad endocrina y la sensibilidad emocional a lo largo de la vida. De hecho, la evoluci&#x00F3;n de las funciones cerebrales en las primeras edades de la vida y el an&#x00E1;lisis del desarrollo de la afectividad y, en general, de las emociones, en cada momento de la vida, ocupa un lugar importante en la obra de nuestro autor. Las oscilaciones y caracter&#x00ED;sticas de la emotividad en la edad infantil depender&#x00ED;an fundamentalmente de la situaci&#x00F3;n funcional del sistema endocrinovegetativo, aunque el medio ambiente externo tambi&#x00E9;n podr&#x00ED;a influir. Critica abiertamente la muy difundida y reeditada obra El <italic>alma del ni&#x00F1;o</italic> publicada en 1882 (Preyer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0027">1882</xref>), ya que, pese a la formaci&#x00F3;n como fisi&#x00F3;logo de su autor, su darwinismo militante y, sobre todo, su papel como uno de los pioneros de la psicolog&#x00ED;a del desarrollo, considera que tiene escasa relaci&#x00F3;n con la experiencia directa y con las bases biol&#x00F3;gicas de la emotividad infantil y que m&#x00E1;s que “el alma del ni&#x00F1;o” le da la impresi&#x00F3;n de que Preyer estudia la historia del alma “de un ni&#x00F1;o”, de un solo ni&#x00F1;o (su propio hijo). Y aqu&#x00ED;, una vez m&#x00E1;s, habla el cl&#x00ED;nico Mara&#x00F1;&#x00F3;n y expresa su escepticismo por un r&#x00ED;gido esquematismo de las edades. Para nuestro autor, bas&#x00E1;ndose seg&#x00FA;n sus propias palabras, en la experiencia propia, las emociones comenzar&#x00ED;an en cada ni&#x00F1;o a una edad variable y tambi&#x00E9;n, por orden variable, siendo artificioso, por consiguiente, todo intento de fijar de forma estricta la cronolog&#x00ED;a de los estados afectivos (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0022">1966</xref>, 45).</p><p>Las emociones instintivas, las ligadas directamente a los instintos primarios como el amor, la c&#x00F3;lera, el dolor, la alegr&#x00ED;a o el miedo, son aquellas que primero aparecen en la evoluci&#x00F3;n y son las que experimentan los ni&#x00F1;os, en armon&#x00ED;a, prosigue Mara&#x00F1;&#x00F3;n, con la simplicidad de su sistema nervioso y la escasa complicaci&#x00F3;n de su aparato endocrino. En la expresi&#x00F3;n corporal de dichas emociones, hay un fuerte componente motor, con movimientos de los miembros o de todo el cuerpo semejantes a los grandes reflejos motores y ello es as&#x00ED; porque el reflejo es, precisamente, el modo de expresarse la reacci&#x00F3;n instintiva; de ese modo, el reci&#x00E9;n nacido en el que solo hay instintos, no es m&#x00E1;s que un puro reflejo (Mara&#x00F1;&#x00F3;n <xref ref-type="bibr" rid="CIT0022">1966</xref>, 47). El ni&#x00F1;o expresa su alegr&#x00ED;a por vivos movimientos de brazos, por saltos y gritos; y la tristeza, por actitudes aparatosas como la de tirarse al suelo; su rostro, en cambio, refleja poco los elementos emocionales, tambi&#x00E9;n como sucede en la escala filogen&#x00E9;tica. En definitiva, emociones escasas, ligadas a los instintos fundamentales, pasajeras y expresadas por grandes actitudes motoras, ser&#x00ED;an, para Mara&#x00F1;&#x00F3;n, las caracter&#x00ED;sticas de la emotividad en los primeros a&#x00F1;os de la vida.</p><p>Las oscilaciones de la vida afectiva, desde la ni&#x00F1;ez a la ancianidad en el esquema mara&#x00F1;oniano, se corresponden con las oscilaciones funcionales del sistema neuroendocrino, &#x00F3;rgano de la emoci&#x00F3;n por antonomasia. Cada edad se diferenciar&#x00ED;a de las otras por una “fisionom&#x00ED;a afectiva” particular, m&#x00E1;s todav&#x00ED;a que por los caracteres anat&#x00F3;micos o por elementos intelectuales. Y el hombre m&#x00E1;s perfecto, ser&#x00ED;a aquel en el que estuvieran m&#x00E1;s marcadas las caracter&#x00ED;sticas de las diferentes etapas porque de la capacidad afectiva, “depende el provecho moral que cada uno recoja de la vida y el rastro &#x00FA;til que deje de su paso por ella” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0022">1966</xref>, 55).</p></sec><sec id="S5">			<title>EL DEBER DE LAS EDADES</title>			<p>Bajo este r&#x00F3;tulo, surge el Mara&#x00F1;&#x00F3;n cercano a la psicolog&#x00ED;a, la sociolog&#x00ED;a y la &#x00E9;tica. Cada edad tiene su deber, y hay unos deberes “naturales” y otros creados por “artificio humano”, o, como &#x00E9;l mismo indica, deberes naturales y deberes sociales, respectivamente. Acompasar los dos niveles —el natural y el cultural— no le parece a nuestro autor tarea f&#x00E1;cil aunque s&#x00ED; ser&#x00ED;a deseable reajustar la civilizaci&#x00F3;n a la naturaleza, como intentaron los mentores de la <italic>Encyclop&#x00E9;die</italic> francesa y el ilustrado Rousseau, entre otros. La corriente eugen&#x00E9;sica contempor&#x00E1;nea ser&#x00ED;a la heredera de este enfoque.</p><p>La edad es una preocupaci&#x00F3;n ligada a dos de los instintos fundamentales de la especie humana: el instinto sexual y el instinto del temor a la muerte y, sobre todo, es uno de los ejes de la personalidad en cada momento de la vida, puesto que los m&#x00FA;sculos, el coraz&#x00F3;n o el sistema nervioso son distintos en cada etapa. Para nuestro autor, tambi&#x00E9;n hay deberes ligados a cada momento evolutivo (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, 1931). A este respecto, los deberes de la ni&#x00F1;ez son meramente pasivos y se reducen a obedecer, porque su condici&#x00F3;n cronol&#x00F3;gica le obliga a ello. De hecho, antes de la pubertad, las rebeld&#x00ED;as de los ni&#x00F1;os, que son explosiones transitorias necesarias para la expansi&#x00F3;n del car&#x00E1;cter futuro, tienen un car&#x00E1;cter meramente epis&#x00F3;dico a veces aparatoso, pero se trata de una fuerza que se encarrilla f&#x00E1;cilmente a su cauce a trav&#x00E9;s de la persuasi&#x00F3;n y la paciencia, nunca de la violencia.</p></sec><sec id="S6">			<title>MORTALIDAD INFANTIL Y EUGENESIA</title>			<p>El tema de la difusi&#x00F3;n de las ideas eugen&#x00E9;sicas en Espa&#x00F1;a ha sido bien estudiado entre nosotros tanto desde una perspectiva general (&#x00C1;lvarez Pel&#x00E1;ez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0001">1995</xref>), como espec&#x00ED;ficamente referido a Mara&#x00F1;&#x00F3;n (Ferr&#x00E1;ndiz y Lafuente, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1999</xref>). En este &#x00FA;ltimo trabajo, puede encontrarse, adem&#x00E1;s, un detallado y acertado an&#x00E1;lisis de todos los escritos del autor referidos a este tema, por lo que solo nos referiremos al mismo de forma sucinta por ser necesaria su inclusi&#x00F3;n en el marco del tema objeto de nuestro estudio.</p><p>Dos son, al menos, los rasgos significativos que confieren una personalidad propia a la medicina occidental de las primeras d&#x00E9;cadas del siglo XX: la preocupaci&#x00F3;n por la mortalidad infantil que desembocar&#x00E1; en las cruzadas o luchas sanitarias en este terreno (Rodr&#x00ED;guez y Molero, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0028">1993</xref>) y, directamente ligado a este problema, la eugenesia. Los m&#x00E9;dicos espa&#x00F1;oles en particular, se sienten legitimados para cumplir un deber patri&#x00F3;tico en la lucha contra la mortalidad infantil y la degeneraci&#x00F3;n de la raza (Mart&#x00ED;nez Vargas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0025">1908</xref>). Dicha perspectiva ocupa un lugar destacado en el tema de la infancia, porque nuestro autor la liga directamente a la lucha contra la mortalidad infantil que habr&#x00ED;a que combatirla en su ra&#x00ED;z: “en la lucha por evitar del n&#x00FA;mero excesivo de hijos”, argumento que apuntala con estad&#x00ED;sticas propias sobre familias proletarias, cuya publicaci&#x00F3;n provoc&#x00F3;, en 1926, seg&#x00FA;n el propio autor, un gran debate social y Mara&#x00F1;&#x00F3;n fue tachado de inmoral y disolvente. Las cifras eran, para Mara&#x00F1;&#x00F3;n, absolutamente concluyentes. “En las clases populares de Espa&#x00F1;a, entre los obreros y las capas m&#x00E1;s bajas de la peque&#x00F1;a burgues&#x00ED;a, la mortalidad infantil pudi&#x00E9;ramos decir que es aceptable  —si la muerte de un ni&#x00F1;o no nos causase siempre una reacci&#x00F3;n de rebeld&#x00ED;a— en tanto que el matrimonio no pasa de los cinco hijos. A partir de ese n&#x00FA;mero, la mortalidad empieza a crecer en proporciones atroces. Ya las familias de nueve hijos dan una mortalidad media que se acerca al sesenta por cien y, por encima de ese n&#x00FA;mero, la muerte se ensa&#x00F1;a de forma progresiva en los hogares, a medida que son m&#x00E1;s numerosos; terminando por llegar al noventa por cien en el tipo medio de esos matrimonios ejemplares y heroicos, a&#x00FA;n frecuentes en nuestras clases bajas, en las que la mujer ha concebido, alumbrado y a veces criado m&#x00E1;s de 17, 18 o 20 criaturas” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0021">1933</xref>, 235). En esta lucha, dice, se siente acompa&#x00F1;ado no solo por las gentes juveniles y progresistas, sino por doctos esp&#x00ED;ritus de la llamada derecha, imbuidos de sentido conservador, algunos cat&#x00F3;licos militantes, incluso sacerdotes.</p><p>La soluci&#x00F3;n a este problema pasa por seguir las normas marcadas por la eugenesia, “la ciencia de nuestro tiempo y la de m&#x00E1;s fecundo porvenir” (Mara&#x00F1;&#x00F3;n, 1928, 132), a la que defiende en nombre del saber y del progreso. Se tratar&#x00ED;a de educar a las personas en la gran responsabilidad que supone traer hijos al mundo y afrontar, desde los poderes p&#x00FA;blicos, dos cuestiones: la primera, la necesidad de evitar la procreaci&#x00F3;n en padres que tengan enfermedades transmisibles (“el enfermo debe curarse antes de ser padre, y si no se puede curar, no debe ser padre nunca”) (p. 238). En segundo lugar, deben evitarse los premios a las familias muy numerosas: “aquellas que vemos en los retratos de los peri&#x00F3;dicos como peque&#x00F1;os batallones prestos a morir por la ambici&#x00F3;n de cualquiera… sino para que se tengan los hijos precisos para poder ser atendidos y no se pierda su esfuerzo en esa herodiada que arrasa cada a&#x00F1;o a los ni&#x00F1;os espa&#x00F1;oles” (p. 238). </p><p>A modo de conclusi&#x00F3;n se&#x00F1;alar&#x00ED;amos que la incardinaci&#x00F3;n del tema de las edades de la vida humana y del conocimiento de la primera de las etapas de la misma, la infancia, en la obra de Mara&#x00F1;&#x00F3;n, hay que entenderla como una aproximaci&#x00F3;n que conjuga diferentes elementos: por un lado, la conciencia de que es necesario conocer el recorrido hist&#x00F3;rico de los conceptos con la intenci&#x00F3;n de recrearlos y darles un sentido, el propio del contexto en el que se desarrollaron. En segundo lugar, ofrecer una visi&#x00F3;n actualizada que, basada en la ciencia contempor&#x00E1;nea y la medicina de laboratorio, pero siempre bajo el principio rector de la experiencia cl&#x00ED;nica, fundamente, desde los esquemas de la doctrina de las secreciones internas, la identidad fisiol&#x00F3;gica y patol&#x00F3;gica del organismo infantil.</p></sec></body><back>		<ref-list>	<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>		<ref id="CIT0001"><element-citation publication-type="book">            <person-group person-group-type="author">            <name>                <surname>&#x00C1;lvarez Pel&#x00E1;ez</surname>                <given-names>R.</given-names>            </name>            </person-group>            <chapter-title>Penetraci&#x00F3;n y difusi&#x00F3;n de la eugenesia en Espa&#x00F1;a</chapter-title>            <person-group person-group-type="ed.">			<name>                <surname>Arquiola</surname>                <given-names>E.</given-names>            </name>            <name>                <surname>Mart&#x00ED;nez P&#x00E9;rez</surname>                <given-names>J.</given-names>            </name>            </person-group>            <source>Ciencia en expansi&#x00F3;n. 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