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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ARBOR</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.759n1008</article-id>
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		<subject>GREGORIO MARA&#x00D1;&#x00D3;N Y POSADILLO (1887-1960). CINCUENTA A&#x00D1;OS DESPU&#x00C9;S</subject>
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			  <article-title>EL OLIVARES DE MARA&#x00D1;ÓN</article-title>
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		<trans-title>MARA&#x00D1;ÓN´S OLIVARES</trans-title>
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		<alt-title alt-title-type="running-head">EL OLIVARES DE MARA&#x00D1;ÓN</alt-title>
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				 <surname>Elliott</surname>
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			  <aff id="U1">Universidad de Oxford</aff>
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		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="john.elliott@history.ox.ac.uk">john.elliott@history.ox.ac.uk</email>
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		<year>2013</year>
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		<volume>189</volume>
		<issue>759</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.759n1008</elocation-id>
		
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		<title>RESUMEN</title>
		<p>Este artículo recoge la intervención de John Elliott “El Olivares de Mara&#x00F1;ón” en la Semana Mara&#x00F1;ón 2007, “Mara&#x00F1;ón y la biografía”, donde el eminente historiador brit&#x00E1;nico explicó la influencia que El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar, de Gregorio Mara&#x00F1;ón ejerció en su inter&#x00E9;s por el personaje. Tambi&#x00E9;n se analiza de manera pormenorizada las luces y las sombras del trabajo de Mara&#x00F1;ón.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>This article reproduces Sir John Elliott’s lecture “The Olivares of Mara&#x00F1;ón”, given at the Mara&#x00F1;ón Week in 2007 “Mara&#x00F1;ón and the biographical genre”. The renowned British historian discusses here Gregorio Mara&#x00F1;ón’s book El Conde Duque de Olivares. La Pasión de Mandar (The Count-Duke of Olivares. A Passion for Leading) influenced his interest in Olivares, and analyses the strengths and weaknesses of Mara&#x00F1;on’s work in detail.</p>
		</trans-abstract>
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			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>Mara&#x00F1;&#x00F3;n</kwd>
			<kwd>Conde-Duque</kwd>
			<kwd>Elliott</kwd>
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			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>Mara&#x00F1;&#x00F3;n</kwd>
			<kwd>Count-Duke</kwd>
			<kwd>Elliott</kwd>
			<kwd>historiography</kwd>
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				<p>La amable invitación de la Fundación Gregorio Mara&#x00F1;ón para participar en este ciclo de conferencias sobre “Mara&#x00F1;ón y la biografía” me brinda la oportunidad de reparar algo de la deuda contraída con un hombre, y un libro, cuyo impacto en mi vida y mi carrera profesional sería difícil exagerar. Como he contado a menudo, mi primer encuentro con el Conde-Duque de Olivares fue cuando se me presentó cara a cara en el gran retrato ecuestre de Vel&#x00E1;zquez en el Museo del Prado durante mi primera visita a Espa&#x00F1;a, como estudiante de Cambridge, en 1950. Qued&#x00E9; lo bastante impresionado para querer saber m&#x00E1;s sobre &#x00E9;l, pero no pude encontrar gran cosa de inter&#x00E9;s en la bibliografía en lengua inglesa que consult&#x00E9; al volver a Gran Breta&#x00F1;a. Pero había despertado mi inter&#x00E9;s por la historia de Espa&#x00F1;a, sobre todo por la &#x00E9;poca del Siglo de Oro. Regres&#x00E9; a la Península dos a&#x00F1;os m&#x00E1;s tarde para empezar a aprender espa&#x00F1;ol en un curso de verano en Santiago de Compostela, y creo que fue durante esta visita cuando adquirí un ejemplar de la versión abreviada de <italic>El Conde-Duque de Olivares</italic> de don Gregorio, publicada por Espasa-Calpe en su colección Austral. Como se suele decir, el resto es historia.</p>

				<p>Qued&#x00E9; fascinado por el retrato verbal de Olivares pintado por don Gregorio, que podría considerarse una obra complementaria al retrato visual pintado por Don Diego. Cada una de ambas representaciones puede considerarse un estudio sobre el poder. Vel&#x00E1;zquez, con su poderosa imagen del hombre a caballo, capta toda la altiva arrogancia de alguien nacido para mandar. Mara&#x00F1;ón en su <italic>Conde-Duque</italic> nos lleva entre bastidores para explorar, a un nivel m&#x00E1;s íntimo, tanto los imperativos como los costes del poder. El resultado me produjo la impresión de ser una exposición muy reveladora de una personalidad compleja, pero al mismo tiempo me pareció que dejaba algo que desear como un estudio sobre el hombre de estado. Despu&#x00E9;s de todo, se trataba de una de las figuras políticas m&#x00E1;s importantes de la Europa del siglo XVII, pero sólo veintitr&#x00E9;s p&#x00E1;ginas en un volumen de cuatrocientas estaban dedicadas a los proyectos y medidas políticas de Olivares: trece a su “política exterior y regional” y diez a “la política interior”.</p>

				<p>Esas p&#x00E1;ginas ya se habían publicado íntegramente, sin cambios, en la <italic>Revista de Occidente</italic> bajo el título de “La obra política del Conde-Duque de Olivares”, en el a&#x00F1;o aciago de 1936, poco antes de la aparición del libro. Aunque contienen valiosas ideas y apreciaciones, su misma brevedad significaba que no podían pasar de ser una guía sucinta y sugerente, que apuntaba algunas de las posibilidades que aguardaban a quien tuviera el tiempo y la disposición para seguirlas. En este sentido, representaban tanto un estímulo como un desafío para futuros historiadores y, como un historiador joven y biso&#x00F1;o, fui tan temerario como para aceptar el reto. Era demasiado inmaduro, cuando me embarqu&#x00E9; en <xref ref-type="bibr" rid="CIT0003">1953</xref> en mis investigaciones sobre la carrera política del Conde-Duque, para apreciar la magnitud, y la dificultad, de la tarea que me había propuesto.</p>

				<p>Sólo tuve un único y breve encuentro con el Dr. Mara&#x00F1;ón. Fue en la d&#x00E9;cada de 1950, a mi regreso de los archivos espa&#x00F1;oles, donde, tras haber buscado sin &#x00E9;xito los papeles del Conde-Duque, había dirigido mi atención al impacto de su política en Catalu&#x00F1;a y a la rebelión catalana de 1640. Don Gregorio había sido invitado a Cambridge por Edward Wilson, el catedr&#x00E1;tico de espa&#x00F1;ol. Ya no me acuerdo del tema de su conferencia, aunque creo que era sobre la leyenda de Don Juan; pero guardo un vívido recuerdo de un breve intercambio de palabras con &#x00E9;l una vez acabado el acto. Me había intrigado durante mis investigaciones catalanas la figura de aquella “eminencia gris” de Olivares, Jerónimo de Villanueva, el Protonotario de la Corona de Aragón. En unas cuantas ocasiones aparece en la biografía de Mara&#x00F1;ón sobre el Conde-Duque, sobre todo en relación con el escandaloso asunto de las monjas de San Pl&#x00E1;cido, acerca del cual Mara&#x00F1;ón publicó un ensayo en su estudio de Don Juan, publicado en 1940. Esperaba que pudiera proporcionarme m&#x00E1;s información sobre la misteriosa figura de Villanueva, pero me dijo, muy a su pesar y al mío, que no tenía otros materiales que aquellos que ya había publicado.</p>

				<p>Aunque nuestro encuentro fue muy breve, me quedó una vívida impresión personal de Mara&#x00F1;ón, cuya gravedad me pareció tocada por un aura de melancolía. Tambi&#x00E9;n me impresionó la lucidez de su exposición y su entrega absoluta a la tarea que le ocupaba. Me di cuenta cabal de este sentido de la dedicación cuando, en 1987, el actual marqu&#x00E9;s de Mara&#x00F1;ón puso generosamente a mi disposición el despacho de su abuelo en El Cigarral, y tuve la oportunidad de hojear algunos de los libros y apuntes del Dr. Mara&#x00F1;ón. Naturalmente había muchas notas y papeles relacionados con el Conde-Duque, entre ellos dos p&#x00E1;ginas de notas sobre una visita que Mara&#x00F1;ón hizo en noviembre de 1934 a la última morada de Olivares, en el convento de dominicanas colindante con su palacio en Loeches. “Despu&#x00E9;s del valle del Henares —anotaba— el camino es un desierto... Loeches, plaza de pueblo castellano... La iglesia: muy hermosa. Faltan los cuadros. El mirador del Conde-Duque: emoción al ver la iglesia a trav&#x00E9;s de la celosía y al apoyar la frente en donde &#x00E9;l la debió apoyar para llorar sin que le vieran. El Panteón: muy cursi. Hicieron mal en quitarle de la cripta que &#x00E9;l se fabricó como sepulcro... .Por la sacristía se pasa al locutorio que parece un fondo de Vel&#x00E1;zquez. Hablo con la monja: no se le ve: una voz parece que viene del otro mundo... Vio el traslado del cad&#x00E1;ver del Conde-Duque desde la cripta al Panteón: estaba entero, robusto, con una banda de general. Al tocarlo, se deshizo en polvo... «Era algo m&#x00E1;s bajo que el se&#x00F1;or doctor», dice la monja... El Palacio... Escalera ancha y revuelta. Cómo debió subir esos escalones al llegar al destierro!”.</p>

				<p>Cito estas palabras por extenso porque me parece que transmiten una imagen luminosa del propio Mara&#x00F1;ón: sobre su curiosidad intelectual, su determinación de mover cielo y tierra para recabar información, y su identificación y empatía con el objeto de estudio, sin las cuales es imposible escribir una biografía lograda. La amplitud de las lecturas de Mara&#x00F1;ón se hacía evidente por doquier al sentarme en su escritorio y mirar los libros y papeles a mi alrededor. Había notas marginales sobre algunos de los documentos en posesión suya, como, por ejemplo, los <italic>Fragmentos de la vida de Don Gaspar de Guzm&#x00E1;n</italic>, por el Conde de la Roca, donde &#x00E9;ste habla sobre la muerte de la hija de Olivares, su única descendencia. “Su «último trabajo» (muerte de la hija) le cambió”, anota Mara&#x00F1;ón. Tambi&#x00E9;n había una carta del 2 de mayo de 1935 escrita por Carmen Jalón, de la Biblioteca Nacional, a quien Mara&#x00F1;ón se había dirigido para obtener información sobre la documentación de Olivares conservada en el Archivo General de Simancas. “Desde luego —escribía— se le presenta a Vd. material para intimidarse, pero el inter&#x00E9;s extraordinario de la figura que estudia le anime al trabajo que Vd. enfocar&#x00E1; tan sabiamente y como nadie en este personaje especial”.</p>

				<p>Ciertamente hay “material para intimidarse” en Simancas, pero no incluye tanta documentación privada y política de Olivares como uno hubiera podido esperar. Mara&#x00F1;ón sabía que una c&#x00E9;dula real de 1625 concedía al valido permiso para guardar en su posesión y a&#x00F1;adir al mayorazgo familiar cualquier libro o papel que le resultara de inter&#x00E9;s (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 434)<xref ref-type="fn" rid="NOTE0001">1</xref>. Pero aunque Mara&#x00F1;ón trazó la trayectoria posterior de la famosa colección de libros del Conde-Duque (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0010">1935</xref>, 677-692), no parece haberse dado cuenta del hecho de que sus documentos privados y estatales habían ido a parar al archivo de los duques de Alba, y habían sido destruidos por el fuego en el Palacio de Buenavista en 1794 y 1795, lo cual me fulminó como un rayo al enterarme despu&#x00E9;s de unos cuantos meses de búsqueda infructuosa (Duque de Alba, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0003">1953</xref>, 19). La p&#x00E9;rdida es irreparable.</p>

				<p>La circunstancia de que el Dr. Mara&#x00F1;ón no indagara en la suerte del enorme archivo del Conde-Duque no debe entenderse como una falta de inter&#x00E9;s por las fuentes originales. Por el contrario, consiguió localizar y leer un número impresionante de documentos del Conde-Duque en persona o relacionados con su vida y &#x00E9;poca, como se puede constatar con sólo echar un vistazo a la extensa “Bibliografía especial” al final de su libro. En realidad, el listado y el estudio anotado de la documentación que sacó a la luz y consultó es una de sus mayores contribuciones. Su bibliografía proporciona el punto de partida esencial para todo el trabajo posterior sobre Olivares, y recurro a ella constantemente en mi propia búsqueda de información sobre el Conde-Duque y sus tiempos. Adem&#x00E1;s, Mara&#x00F1;ón no se limitó a listar los documentos. Los leyó y utilizó con talento para explorar distintos aspectos de la personalidad del Conde-Duque y evocar la &#x00E9;poca en que vivió. Por a&#x00F1;adidura, su reproducción, total o parcial, en los ap&#x00E9;ndices de algunas de las cartas y documentos de estado m&#x00E1;s importantes de Olivares fue otra contribución útil y me proporcionó un aliciente para publicar con Jos&#x00E9; Francisco de la Pe&#x00F1;a nuestros dos tomos de <italic>Memoriales y cartas del Conde-Duque de Olivares</italic>. Todavía espero tener algún día el tiempo y las energías para llevar a cabo una de sus sugerencias relacionadas con la correspondencia del Conde-Duque con el Cardenal Infante. “Estas cartas —escribe— debieran ser publicadas. Su valor para el conocimiento de la historia de aquel reinado y para fijar la verdadera personalidad del Conde-Duque es inapreciable” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 502). Su dictamen sobre la importancia de esa correspondencia es del todo correcta, y su insistencia en la necesidad de su publicación sigue siendo una obligación que la posteridad todavía debe cumplir.</p>

				<p>Y en cuanto a esa cantidad intimidatoria de papeles en el Archivo de Simancas, ¿qu&#x00E9; se puede decir? Aparte del hecho de que los a&#x00F1;os 1935-36 no fueron precisamente tiempos propicios para concentrarse en la investigación de archivos, resulta obvio que Mara&#x00F1;ón, como personaje destacado en la vida pública y con los innumerables compromisos de una brillante carrera m&#x00E9;dica, no estaba en posición de emprender una investigación a la escala que habría sido necesaria. El gran Fernand Braudel, en una rese&#x00F1;a tardía de <italic>El conde-Duque de Olivares</italic>, publicada en <xref ref-type="bibr" rid="CIT0001">1947</xref> en la revista histórica francesa Annales, confesó, despu&#x00E9;s de notar que la biografía era la clase de historia m&#x00E1;s difícil de escribir, que, si hubiera tenido el deseo de estudiar al Conde-Duque, habría retrocedido ante la inmensidad de la tarea. “¿Acaso es posible —proseguía— captar al hombre si no se sigue día a día, durante el transcurso de m&#x00E1;s de veinte a&#x00F1;os, el quehacer de alguien que era el patrón del imperio hisp&#x00E1;nico y no cesaba de escribir, leer y dictar órdenes tratando de frustrar o explotar situaciones a medida que se presentaban? Aun en tal caso, ¿qu&#x00E9; se sabe del hombre?” (Braudel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0001">1947</xref>, 354-358).</p>

				<p>Incluso si sus propias circunstancias hubieran sido distintas, parece improbable que este sea el tipo de trabajo que Mara&#x00F1;ón habría estado dispuesto a emprender, aunque hay que decir en honor a la verdad que, en el ocio forzado de sus a&#x00F1;os de exilio en París, logró producir con su <italic>Antonio P&#x00E9;rez</italic> una biografía con una base documental mucho m&#x00E1;s profunda que su <italic>Olivares</italic>. Pero Mara&#x00F1;ón no era un historiador profesional, y no se consideraba a sí mismo como tal. Era un m&#x00E9;dico hasta los tu&#x00E9;tanos, pero un m&#x00E9;dico ampliamente cultivado y de acendrada sensibilidad literaria, que escribía por placer y cuya intensa curiosidad abarcaba tanto el presente como el pasado. Para un historiador profesional hay en su obra evidentes puntos d&#x00E9;biles, pero hay que contrabalancearlos con la singularidad de la contribución que le permitió hacer su propia y distintiva educación y formación profesional.</p>

				<p>“Yo busco siempre al hombre, aun en el grande hombre”, escribió en una ocasión (Laín, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1969</xref>, 125). El punto de partida adecuado para cualquier valoración de su <italic>Conde-Duque</italic> es que Mara&#x00F1;ón estaba menos interesado en Olivares como político que como hombre. Como &#x00E9;l mismo escribe respecto a la “vida pública” del Conde-Duque, “el comentar esa vida... desde un punto de vista estrictamente político, excede los límites de este estudio, cuyo autor es un mero naturalista” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 305). Hay un grado excesivo de modestia en la descripción que Mara&#x00F1;ón hace de sí mismo como “un mero naturalista”. Aunque le separa, como era su intención, del historiador profesional titulado y equipado con conocimientos t&#x00E9;cnicos, tiende a restarle importancia a su propio inter&#x00E9;s personal y profesional en el pasado. En parte, sin duda, volver la mirada al pasado constituía una forma de evasión para alguien tan profundamente involucrado en las preocupaciones diarias del presente. &#x00E9;l mismo lo confiesa al escribir en el prólogo a la primera edición (1930) de su <italic>Ensayo biológico sobre Enrique IV de Castilla y su tiempo</italic>: “nada es m&#x00E1;s grato que proyectar la atención fatigada por el trajín de la vida presente sobre las perspectivas lejanas de la Historia” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1970</xref>, 90). Sin embargo, como m&#x00E9;dico especialista, una parte esencial de sus deberes profesionales era investigar el historial de sus pacientes para lograr comprender mejor su condición presente. En este sentido, hay una afinidad obvia entre las actividades de m&#x00E9;dicos e historiadores, como &#x00E9;l mismo apuntaba al escribir: “la tarea de leer libros y documentos históricos es muy parecida a la de leer historias clínicas” (Laín, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1969</xref>, 48).</p>

				<p>Con todo, Mara&#x00F1;ón admite sentir algunos escrúpulos al someter a los muertos a un diagnóstico retrospectivo. El m&#x00E9;dico en este caso se encuentra a sí mismo en posición de seleccionar arbitrariamente a un paciente, el cual, adem&#x00E1;s, se halla imposibilitado para depositar su confianza en &#x00E9;l y separado por “el abismo sin orillas de la eternidad”. Los m&#x00E9;dicos, como confesaba, cometen errores demasiado a menudo al diagnosticar a los vivos. ¡Cu&#x00E1;nto m&#x00E1;s difícil es diagnosticar a los muertos! Aun así, creía que, gracias a avances m&#x00E9;dicos recientes, la morfología, basada en un retrato o una descripción literaria detallada, hacía posible llevar a cabo un diagnóstico retrospectivo con un grado razonable de precisión. La empresa era en particular legítima ya que, a su parecer, los individuos que cambian el curso de la historia o bien est&#x00E1;n “francamente enfermos” o bien “atraviesan la vida balance&#x00E1;ndose entre la normalidad y la patología” Sin semejantes individuos al filo de la anormalidad, impulsando a sus pueblos hacia adelante, “estaríamos todavía en los linderos de la civilización cavernaria” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1970</xref>, 101-102).</p>

				<p>Esta visión m&#x00E1;s bien espantosa del liderazgo y del papel de los dirigentes políticos me parece arraigada en su conciencia de la crisis de su propia &#x00E9;poca y del país al que pertenecía. Las masas eran propensas a ser moldeadas en manos de sus líderes, que las manipulaban para sus propios propósitos, algunas veces buenos, pero demasiado a menudo malos o erróneos. Espa&#x00F1;a, y Europa, estaban al borde de la cat&#x00E1;strofe por el tiempo en que &#x00E9;l escribía su Conde-Duque y, en mi opinión, algo de este sentimiento de premonición impregna el libro. La Espa&#x00F1;a de Olivares, como la de la d&#x00E9;cada de 1930, estaba al borde del abismo, y ese abismo era contemplado por un hombre imbuido con un profundo patriotismo. “Mi vida entera —como escribía a su llegada en Am&#x00E9;rica en 1937— es amor a Espa&#x00F1;a, servicio de Espa&#x00F1;a, sacrificio por Espa&#x00F1;a” (Laín, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1969</xref>, 178).</p>

				<p>Por consiguiente, sospecho que la elección de Olivares como objeto de tratamiento biogr&#x00E1;fico reflejaba algo m&#x00E1;s que el inter&#x00E9;s de un doctor profesional por la vida de una figura política cuyos violentos cambios de humor y repentinos movimientos involuntarios de cabeza, manos y piernas sugerían cierto grado de anormalidad que le convertían en un sujeto interesante para el diagnóstico retrospectivo (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0004">1990</xref>, 51-52; Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 122-124). Seguramente tambi&#x00E9;n le inspiraba una conciencia de las afinidades entre la Espa&#x00F1;a de la d&#x00E9;cada de 1620 y la de 1920, y los peligros que en ambos casos afrontaba su querida patria. En la d&#x00E9;cada de 1620, como en la de 1920, había una &#x00E9;lite corrupta, sin ninguna “clase directora” nueva preparada para reemplazarla, y un dirigente que se presentaba como salvador de la patria. Tambi&#x00E9;n estaba el pueblo espa&#x00F1;ol. En el siglo XVII, según lo describía Mara&#x00F1;ón, el pueblo era ignorante, fan&#x00E1;tico, supersticioso y exageradamente nacionalista. Pero este pueblo, aunque traicionado por sus dirigentes, era un “pueblo sano bajo la costra” y, en un pasaje con reminiscencias del espíritu de 1898, hoy en día resabios m&#x00E1;s bien embarazosos, Mara&#x00F1;ón finalizaba su capítulo sobre “El pueblo” con un elogio de la mujer espa&#x00F1;ola, “cuya eficacia de purificación y de conservación de los valores eternos alcanza, en la biología de la hisp&#x00E1;nica humanidad, una categoría casi milagrosa” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 231). El pueblo sobrevivió la crisis del siglo XVII, así como sobreviviría la del XX. En medio de las tinieblas, brillaba tenue y tr&#x00E9;mulamente una luz de esperanza. Cualesquiera que sean los defectos de sus dirigentes, “el pueblo intacto, la raza” perdura.</p>

				<p>La vida de Olivares, como la del propio Mara&#x00F1;ón, se caracterizó por el “amor de Espa&#x00F1;a, servicio de Espa&#x00F1;a, sacrificio por Espa&#x00F1;a”. ¿Cómo sucedió entonces que la del Conde-Duque tuviera como resultado conducir a su pueblo al desastre? En un libro dedicado al estudio m&#x00E1;s de una personalidad que de un político, es inevitable que el peso de la explicación recaiga preponderantemente en el car&#x00E1;cter del principal protagonista y sus defectos. Pero hay que decir que a Mara&#x00F1;ón no le ayudó la historiografía disponible sobre Olivares y su Espa&#x00F1;a. Para el trasfondo histórico se basó en gran parte en la obra del historiador brit&#x00E1;nico amateur Martin Hume <italic>The Court of Philip IV</italic>, publicada en <xref ref-type="bibr" rid="CIT0007">1907</xref>. Hume, aunque concienzudo en la búsqueda de documentos originales, era en el fondo un historiador rom&#x00E1;ntico con una afición fatal por lo anecdótico. Su historia narrativa del reinado de Felipe IV es vívida pero superficial, y se centra en gran medida en la corte, cuya moral y costumbres describe con morbosidad. La corte según Mara&#x00F1;ón es en esencia la corte según Hume, y su Espa&#x00F1;a es la decadente de Hume. No es de extra&#x00F1;ar que su presentación del trasfondo histórico de la carrera de Olivares sea el aspecto m&#x00E1;s flojo del libro. Su retrato de la &#x00E9;poca, como observaba Braudel en su rese&#x00F1;a, no viene a ser m&#x00E1;s que un telón de fondo pintado a brochazos, un <italic>“d&#x00E9;cor de th&#x00E9;atre”</italic>, m&#x00E1;s que la fuente de vida que era en realidad.</p>

				<p>Mara&#x00F1;ón estaba mejor servido a la hora de tratar la carrera política de Olivares, aun cuando se equivocara al afirmar que “la vida pública del Conde-Duque de Olivares, a partir de la fecha de la muerte de Felipe III, hasta veintidós a&#x00F1;os despu&#x00E9;s, cuando en 1643 termina su privanza, es bien conocida”. Utilizaba esta afirmación para justificar la escritura de lo que &#x00E9;l mismo llamaba una “historia humana” m&#x00E1;s que “historia política”, (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 49) pero este argumento no llega a resistir un examen riguroso. Es cierto que, en líneas generales, se conocía razonablemente bien la trayectoria de la carrera de Olivares, pero en comparación con la historiografía que se había acumulado en torno a otras de las principales figuras políticas del siglo XVII, como por ejemplo a su eterno rival el cardenal Richelieu, la atención prestada a Olivares por parte de los historiadores espa&#x00F1;oles era sin duda modesta (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0005">1984</xref>, 12-13). La única contribución realmente seria procedía de la mano de C&#x00E1;novas del Castillo, cuya propia vida política le impidió explorar la de un gobernante anterior de Espa&#x00F1;a con el grado de profundidad que merecía. Pero Mara&#x00F1;ón, con su acostumbrada generosidad en los agradecimientos, reconoció que C&#x00E1;novas había ocupado una posición que ofrecía una perspectiva única sobre la carrera de un colega estadista, y notó la evolución de la actitud de C&#x00E1;novas, desde una hostilidad implacable a una especie de empatía, a medida que se vio pugnando con problemas similares a los que se había enfrentado el Conde-Duque (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 411-412).</p>

				<p>C&#x00E1;novas, por tanto, proporcionó al menos a Mara&#x00F1;ón un esbozo favorable de las intenciones y actividades políticas de Olivares, aunque difícilmente la versión equilibrada que resultaba necesaria si había de llegar a una comprensión plena del hombre mismo. Pero era suficiente para permitirle deslizarse con rapidez sobre los principales hechos de la vida política de Olivares y concentrarse en cambio en el ser humano. Al mismo tiempo, las obras de C&#x00E1;novas y Hume llamaban la atención sobre la cuestión central de la carrera política del Conde-Duque, la cual Mara&#x00F1;ón no intentó, ni quiso, evitar. Se trataba de la cuestión de la unidad de Espa&#x00F1;a, tan relevante en la d&#x00E9;cada de 1930 como en la de 1630, y como lo es otra vez hoy en día. Tanto C&#x00E1;novas como Hume habían transcrito al menos parte del m&#x00E1;s famoso entre todos los documentos de estado de Olivares, su <italic>Instrucción secreta</italic>, o <italic>Gran Memorial</italic>, de 1625, y Mara&#x00F1;ón de manera parecida imprime importantes fragmentos de este escrito como ap&#x00E9;ndice de su libro (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, ap&#x00E9;ndice XVIII).</p>

				<p>En este documento, como es bien conocido, Olivares presentaba un plan de acción que había de dar forma a toda la historia de Espa&#x00F1;a desde su propia &#x00E9;poca hasta la nuestra: “Tenga Vuestra Majestad por el negocio m&#x00E1;s importante de su Monarquía, el hacerse Rey de Espa&#x00F1;a”. El rey debería trabajar en secreto para “reducir estos reinos de que se compone Espa&#x00F1;a, al estilo y leyes de Castilla”. Mara&#x00F1;ón, como C&#x00E1;novas, tenía una alta opinión de este manifiesto o “programa de gobierno, cuyas ideas políticas se podr&#x00E1;n discutir, pero no su noble intención”. Pero es comprensible que, al mismo tiempo, le perturbaran los m&#x00E1;s maquiav&#x00E9;licos de los m&#x00E9;todos propuestos por el Conde-Duque para alcanzar lo que Mara&#x00F1;ón consideraba un fin esencialmente noble: “El acierto de so&#x00F1;ar con la unidad en&#x00E9;rgica se bastardea aquí con el error de pretender imponer a las dem&#x00E1;s regiones el modelo obligado de Castilla, error fundamental en un problema como el de los regionalismos, hecho, m&#x00E1;s que de razones, de susceptibilidades. Hubiera sido m&#x00E1;s cuerdo crear una forma de unidad en la que no se advirtiese sombra de sometimiento de unas regiones a otras” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 306-307).</p>

				<p>Aquí habla Mara&#x00F1;ón como profundo patriota espa&#x00F1;ol, pero la naturaleza de su patriotismo se revela en su tratamiento de la política de Olivares hacia Catalu&#x00F1;a. Era un patriotismo arraigado en la aceptación del pluralismo fundamental de Espa&#x00F1;a. “Lo incomprensible en el Rey y en su Valido, como en tantos políticos posteriores —escribe— fu&#x00E9; el olvidar que las dem&#x00E1;s regiones que formaban el reino tenían otras obligaciones con el Estado, estipuladas y aceptadas en sus leyes regionales”. A Mara&#x00F1;ón le gustaba describirse a sí mismo como “biólogo”, (Laín, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1969</xref>, 92) y era con los ojos de un biólogo que veía tanto al Conde-Duque como a la Espa&#x00F1;a que gobernaba. “En Espa&#x00F1;a —proseguía, compar&#x00E1;ndola con Francia— el problema tenía profundidades biológicas que escapaban y han escapado siempre a las concepciones simplistas de la mayoría de los gobernantes. Los majaderos se ríen cuando se dice que el problema de las regiones es de pura biología; pero es, a pesar de sus risas, tan biológico como su estupidez... La personalidad de las regiones es un hecho tan vivo, que solo la pasión, la malicia, o la necedad lo puede desconocer. Hasta el patriotismo del espa&#x00F1;ol es, ante todo, regional... En la vida pública, lo único que une a un espa&#x00F1;ol medio con los dem&#x00E1;s, por encima de las diferencias políticas, religiosas etc., es la regionalidad” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 314-315).</p>

				<p>En mi opinión el elemento de determinismo biológico en el enfoque aplicado por Mara&#x00F1;ón tanto a las colectividades como a los individuos limitaba su capacidad de pensar en t&#x00E9;rminos históricos. Para &#x00E9;l, como para muchos de su generación y la precedente, la cuestión de la diversidad regional, que consideraba arraigada en distinciones biológicas, era un problema típicamente espa&#x00F1;ol. Pero para un historiador de la Europa moderna constituye un problema universal, que los príncipes y sus ministros intentaban abordar en todas partes al tratar de reforzar el poder de los monarcas estrechando los lazos de unión entre sus distintos territorios. Richelieu se metió en problemas en Languedoc y Normandía al procurar imponer un mayor grado de control real. ¿Era Languedoc, con su idiosincrasia lingüística, tan diferente de Catalu&#x00F1;a? En la opinión de Mara&#x00F1;ón, Portugal era una “nación genuina”, cuya “separación, impuesta por la realidad de lo &#x00E9;tnico... no se hubiera hecho esperar, con Olivares o sin &#x00E9;l” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 315 y 317). Pero la Escocia de Jacobo I no era ni m&#x00E1;s ni menos “nación genuina” que Portugal y, una vez hubo ascendido al trono ingl&#x00E9;s, el rey tuvo que figurar modos de unirla m&#x00E1;s estrechamente a Inglaterra. Carlos I se enfrentaba a rebeliones en Escocia e Irlanda casi en el mismo tiempo que Felipe IV se enfrentaba a rebeliones en Catalu&#x00F1;a y Portugal. Si estas revueltas tuvieron resultados distintos, la explicación parece radicar m&#x00E1;s en las diferentes políticas, personalidades y contingencias de las dos monarquías que en el reino de la biología.</p>

				<p>Pero es, por supuesto, en su tratamiento del protagonista central, Olivares, donde mejor se pueden evaluar las virtudes, y los límites, del enfoque biológico aplicado por Mara&#x00F1;ón a los fenómenos históricos. Hay que recordar que escribía en una &#x00E9;poca en que estaba muy en boga la biografía histórica, en particular la fundamentada en el psicoan&#x00E1;lisis. Mara&#x00F1;ón conocía bien la obra de Freud y reconocía su gran importancia, pero albergaba dudas sobre algunos aspectos de la misma y parece haber pensado que tendía a universalizar rasgos psicológicos que pudieran ser peculiares de la Europa central, no necesariamente presentes en otras &#x00E1;reas culturales (Laín Entralgo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0008">1969</xref>, 97-98). En una interesante nota a pie de p&#x00E1;gina en el capítulo inicial de su Enrique IV, se refiere favorablemente a la investigación publicada en 1927 por el Dr. S&#x00E1;nchez Banús sobre “La enfermedad y muerte del príncipe don Carlos”: “En este certero ensayo justifica el autor la revisión m&#x00E9;dica de los personajes históricos, diciendo que la Historia hace los caracteres, y los personajes son el núcleo del objeto de la Psiquiatría. Exacto. Pero no sólo la Psiquiatría ha de intervenir en esta labor, sino otras ciencias biológicas, y principalmente - cuando ello es posible - las que estudian la morfología y sus interpretaciones patológicas. Ejemplo de esta valoración de lo som&#x00E1;tico y lo psíquico para rehacer el retrato de personajes pret&#x00E9;ritos, es el admirable libro de Kretschmer, <italic>Geniale Menschen</italic>. Berlín, 1929” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1970</xref>, 102, nota 2).</p>

				<p>La psiquiatría, así pues, es sólo una de las herramientas al alcance de aquellos que se aventuran en la “arqueología m&#x00E9;dica”, y la obra de Ernst Kretschmer tendría un papel crucial en la conformación del diagnóstico retrospectivo de Mara&#x00F1;ón sobre el Conde-Duque. Alemania estaba a la vanguardia de los avances en la psiquiatría europea durante las d&#x00E9;cadas iniciales del siglo XX, pero los a&#x00F1;os entre 1914 y 1936 tambi&#x00E9;n serían una &#x00E9;poca dorada para la psiquiatría en Espa&#x00F1;a, donde los principales investigadores asimilaban con rapidez los descubrimientos alemanes m&#x00E1;s recientes<xref ref-type="fn" rid="NOTE0002">2</xref>. Ernst Kretschmer, catedr&#x00E1;tico en la Universidad de Marburgo, formaba parte del movimiento en la Alemania de los a&#x00F1;os 1920 en favor de un enfoque psiqui&#x00E1;trico m&#x00E1;s amplio, que tuviera en cuenta no solo el cerebro y los órganos sexuales como explicación de los rasgos de personalidad, sino tambi&#x00E9;n toda la complexión del cuerpo. Como psiquiatra org&#x00E1;nico combinaba puntos de vista endocrinológicos y psiqui&#x00E1;tricos para construir “biotipos” físicos y mentales, con rasgos físicos y mentales hereditarios. Mara&#x00F1;ón, en realidad el fundador de la endocrinología espa&#x00F1;ola, participaba activamente en el di&#x00E1;logo científico entre Alemania y Espa&#x00F1;a en las d&#x00E9;cadas de 1920 y 1930, y en líneas generales le convencía la teoría de Kretschmer sobre la estrecha relación entre personalidad y constitución corporal, aunque nunca sucumbió al determinismo biológico rudimentario y dejaba margen para la acción de otras influencias sobre el desarrollo de la personalidad humana.</p>

				<p>La obra de Kretschmer, por lo que he podido averiguar, no ha resistido el paso del tiempo. Identificaba dos tipos distintivos de físico y personalidad: el pícnico, con un temperamento cicloide, y el ast&#x00E9;nico, con un temperamento esquizoide. Ya en la traducción inglesa de 1936, un ap&#x00E9;ndice, pese a aceptar las formas clínicas b&#x00E1;sicas de Kretschmer, afirmaba que investigaciones posteriores habían identificado un gran número de tipos mixtos (Miller, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0013">1970</xref>, 272-273). En la d&#x00E9;cada de 1960 un libro sobre la historia de la psicología aseguraba que estudios amplios y rigurosos desde la &#x00E9;poca de Kretschmer no habían logrado probar la existencia de una estrecha correlación entre las características físicas y la personalidad (Thomson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0016">1968</xref>, 331-332).</p>

				<p>Kretschmer, no obstante, estimuló algunas investigaciones útiles, y tambi&#x00E9;n proporcionó una clave que ayudaría a Mara&#x00F1;ón en su tarea de descifrar la compleja personalidad del Conde-Duque. Morfológicamente, Olivares (bajo, fornido y con tendencia a la obesidad) caía de lleno en el grupo pícnico según la clasificación de Kretschmer. Como tipo de personalidad, el pícnico oscila entre la euforia y la depresión, y tiende en caso extremo a ser un maníaco-depresivo. En momentos de exaltación su optimismo le empuja hacia adelante. Se embarca en proyectos grandiosos, su energía no tiene límites, y tampoco su capacidad de trabajo. Luego se hunde en una profunda depresión y experimenta un período de colapso espiritual y psíquico, tan sólo para resurgir con energías renovadas, hasta que el ciclo se vuelve a repetir otra vez. Físicamente, el ast&#x00E9;nico, en contraste, es, en las propias palabras de Mara&#x00F1;ón, “enjuto, aguile&#x00F1;o, delgado”. En t&#x00E9;rminos de personalidad, posee “un espíritu y un temperamento frío e irritable, rígido, reconcentrado, de gran vida interior” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 63). El cardenal Richelieu, el antagonista, finalmente victorioso, de Olivares, parecía ajustarse a este tipo a la perfección.</p>

				<p>¿En qu&#x00E9; medida, cabe preguntarse, esta tipología según las líneas trazadas por Kretschmer favorece nuestra comprensión de la personalidad y las actividades políticas de Olivares, o si se quiere Richelieu? El inter&#x00E9;s de Mara&#x00F1;ón por diferentes tipos de personalidad guiaba su elección de sujetos biogr&#x00E1;ficos. De este modo, encontró una perfecta expresión de timidez en <italic>Amiel</italic> (1932) y de resentimiento en <italic>Tiberio</italic> (1939). Olivares, por su parte, podía tomarse como caso representativo de <italic>la pasión de mandar</italic>, subtítulo de su biografía. Uno de los problemas sobre este tema en particular, como reconocía el mismo Mara&#x00F1;ón en su introducción, es que “la cantidad de hombres dominados de <italic>la pasión de mandar</italic> es inmensa” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 4). Aunque a muchos les consume la pasión por el poder, sólo una proporción relativamente reducida de ellos se encontrar&#x00E1; con los medios y las oportunidades parar satisfacerla de lleno. Mara&#x00F1;ón solo tenía que mirar a su alrededor para ver a algunos de ellos en acción. La Europa de las d&#x00E9;cadas de 1920 y 1930 era la Europa de los dictadores, y seguramente la ascensión de Mussolini y Hitler le proporcionaba una indicación. ¿Cómo se iba a explicar su surgimiento? Hombres con <italic>la pasión de mandar</italic> en su forma m&#x00E1;s extrema llegan a ser dictadores porque se encuentran actuando en un “ambiente social favorable”: “es entonces cuando aparece el caudillo, el dictador, el conductor de muchedumbres” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 5). No es sorprendente, pues, ver tratada en su libro la morfología pícnica de Olivares y la morfología ast&#x00E9;nica de Richelieu bajo el epígrafe “Los dos arquetipos de dictadores” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 63). Los dos estadistas se transforman en dictadores al estilo del siglo XX, cuya sed interior de poder encuentra una conjunción propicia en el “ambiente social favorable”.</p>

				<p>Aunque Mara&#x00F1;ón era bien consciente de que el siglo XVII no era el XX, su identificación de Olivares con el dictador del siglo XX me parece tanto ahistórica como desafortunada. El Conde-Duque no tenía ni los mecanismos de control a disposición del dictador moderno, ni sus medios para movilizar a las masas. Nominalmente era el favorito real, el <italic>valido</italic>, dependiente del favor del monarca para ascender al poder y tambi&#x00E9;n conservarlo. Mara&#x00F1;ón, con razón, otorga gran importancia a la relación personal entre Felipe IV y su valido, la cual es realmente fundamental para comprender la posesión del poder durante veintidós a&#x00F1;os por parte de Olivares, pero es una relación que considera y analiza desde un punto de vista exclusivamente psicológico. Mientras que el Conde-Duque es dominante y autoritario, el Felipe IV de Mara&#x00F1;ón es un tipo psicológico muy distinto, el epítome de “la voluntad paralítica” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 232-234).</p>

				<p>Hay, por supuesto, un importante elemento de verdad en esta descripción. Felipe IV, a pesar de su inteligencia, se sentía muy poco seguro de sí mismo, sobre todo en sus primeros a&#x00F1;os en el trono, aunque tambi&#x00E9;n podía ser excepcionalmente obstinado, si bien pudiera tratarse de la terquedad propia de los carentes de fuerza de voluntad. Con todo, el retrato de un monarca d&#x00E9;bil metido en el pu&#x00F1;o de un favorito dominante no es en ningún sentido una invención de Mara&#x00F1;ón, aunque &#x00E9;ste la dota de matices psicológicos que resultan nuevos. Los embajadores extranjeros en Madrid describían la relación entre el rey y el valido precisamente en tales t&#x00E9;rminos, y a su vez repetían las acusaciones que los enemigos del Conde-Duque continuamente dirigían contra &#x00E9;l cuando se esforzaban en derrocarlo. Tras la caída de Olivares del poder en 1643 esas acusaciones no sólo conformaron la percepción del pasado inmediato, sino que adem&#x00E1;s marcaron las pautas de la historiografía del reinado de Felipe IV para las generaciones venideras. El Conde-Duque de Mara&#x00F1;ón, como antes suyo el de Martin Hume, es el Conde-Duque tirano de los enemigos de Olivares.</p>

				<p>Debido a razones perfectamente comprensibles, entre las cuales no es la menor la escasa solidez de la bibliografía histórica de la que se vio obligado a depender, Mara&#x00F1;ón no muestra conciencia del valimiento como fenómeno histórico, como si fuera meramente personal. La descripción que ofrece de la relación entre el rey y el valido bajo el encabezamiento “Necesidad del valido” proporciona un ejemplo cl&#x00E1;sico de su enfoque. Tras describir la par&#x00E1;lisis de la voluntad real, comenta: “Esta sucinta pintura del alma del Rey, flotando, inerte, como un trozo de madera en los olas, nos explica su conducta en la vida pública y exculpa a su Valido, el Conde-Duque, de la acusación m&#x00E1;s fuerte que sus contempor&#x00E1;neos le hicieron y transmitieron a los comentadores futuros: el de captar la voluntad del Monarca. No la capta, porque no existía. Fue su privanza y dictadura, como todas las que ha conocido la Historia, un fenómeno de biología pura” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 237).</p>

				<p>Se trata de una muestra excelente de su arte de escritor, pero para cualquier historiador actual de la Espa&#x00F1;a del siglo XVII semejante explicación resulta claramente inaceptable. Gracias a la obra de una sucesión de historiadores, con Jos&#x00E9; Antonio Maravall y Francisco Tom&#x00E1;s y Valiente a la cabeza, disponemos hoy de un conocimiento mucho m&#x00E1;s profundo del que se tenía en tiempos de Mara&#x00F1;ón tanto de la teoría de la realeza en la Espa&#x00F1;a moderna como de la formación del valimiento como institución política (Maravall, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0011">1955</xref>; Tom&#x00E1;s y Valiente, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0017">1963</xref>; Feros, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0006">2002</xref>). Sabemos, por ejemplo, que la maquinaria de gobierno había llegado a ser tan compleja y pesada, y las exigencias sobre el gobierno tan amplias, que incluso un monarca con la mejor de las intenciones ya no podía albergar esperanzas de gobernar sin ayuda. Esto originó un espacio para la aparición del valido como primer ministro embrionario, a cargo del despacho de asuntos diarios. Pero la ulterior institucionalización del valimiento chocó con las teorías tradicionales sobre la realeza, cuya expectativa era que el monarca gobernara por sí mismo. El fenómeno se daba a escala europea, y no era exclusivamente hisp&#x00E1;nico (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0005">1984</xref>; Brockliss, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0002">1999</xref>). Olivares era tanto el beneficiario como la víctima del conflicto resultante entre la teoría y la pr&#x00E1;ctica. Asumía el estilo y las funciones de un primer ministro como respuesta a las necesidades institucionales de gobierno, mientras que todavía tenía que buscar y conservar el favor del monarca ejerciendo las malas artes tradicionalmente atribuidas en la mentalidad popular al privado a la antigua usanza. Ello le exponía inevitablemente a las acusaciones de usurpar el poder real.</p>

				<p>Este aspecto institucional del gobierno del Conde-Duque se le escapó completamente inadvertido a Mara&#x00F1;ón. Resulta del todo sorprendente que, cuando describe en la cuarta parte del libro el ambiente donde operaba Olivares y que hizo posible su apropiación y mantenimiento del poder, la administración de una monarquía a escala mundial no aparezca por ninguna parte. En su lugar, el ambiente se limita a “el pueblo”, “la familia real”, “el hogar”, “las mujeres” y, curiosamente, “el hijo bastardo”. Es cierto que escribe sobre la tempestuosa relación del Conde-Duque con la nobleza, sobre todo con los grandes, en la sección precedente del libro, pero ¿dónde est&#x00E1;n los ministros y oficiales que hacían funcionar la maquinaria del gobierno y tenían una parte tan influyente en su vida diaria y en la de la corte? Con excepción de Jerónimo de Villanueva, quien atrajo la atención de Mara&#x00F1;ón por el esc&#x00E1;ndalo de San Pl&#x00E1;cido, no aparecen por ningún lado.</p>

				<p>De modo parecido, se esperaría encontrar en un estudio sobre el poder alguna explicación no sólo de las disposiciones institucionales en torno al ejercicio del poder, sino tambi&#x00E9;n de las estrategias y planes m&#x00E1;s informales para transformar las intenciones en acción. El patronazgo era un arma decisiva en el arsenal del Conde-Duque, y era a trav&#x00E9;s de la manipulación de los vínculos de patronazgo y clientela en una sociedad basada en redes familiares y sistemas de dependencia de gran extensión que operaban los estadistas del siglo XVII. Olivares no era ninguna excepción. Dependía en gran medida de sus parientes de la conexión familiar Guzm&#x00E1;n-Zú&#x00F1;iga en la consecución de apoyo para consolidar su control del poder, mientras que al mismo tiempo formaba un impresionante grupo de <italic>hechuras</italic> (los favoritos del favorito), de quienes podía depender para el cumplimiento de sus órdenes. Para alguien que operaba en una sociedad dividida en facciones, movida por rivalidades familiares, y forzado a trabajar con una pesada burocracia opuesta por naturaleza a cualquier iniciativa que amenazara romper con la tradición, &#x00E9;sta era la única forma de sacar las cosas adelante. Mara&#x00F1;ón realizó una valiosa contribución al resucitar las figuras de algunos de los parientes m&#x00E1;s próximos del Conde-Duque, como el conde de Monterrey, el marqu&#x00E9;s de Legan&#x00E9;s y el duque de Medina de las Torres, pero los considera simplemente como personalidades y no da se&#x00F1;al de apreciar la parte que desempe&#x00F1;aron en el funcionamiento de su sistema de gobierno. Tampoco presta ninguna atención al grupo muy cohesionado de hechuras, sin cuya ayuda habría sido incapaz de poner en pr&#x00E1;ctica su política.</p>

				<p>La falta de contextualización del Conde-Duque dentro de las estructuras institucionales, sociales y políticas en las que se veía obligado a operar implica que obtenemos un retrato vívido pero en exceso personalizado de un hombre obsesionado por la pasión de mandar. Los impulsos son los del dictador; los errores surgen de rasgos de personalidad. Si Mara&#x00F1;ón hubiera tenido la oportunidad de leer detenidamente las consultas de los diversos consejos, sobre todo las del Consejo de Estado, creo que se habría visto obligado a modificar su retrato de un hombre que actuaba según los dictados de su propio temperamento caprichoso en lo que era en gran parte un vacío político. Tomemos, por ejemplo, el tratamiento de Mara&#x00F1;ón de la decisión tomada por Madrid en la primavera de 1621 de no renovar la Tregua de los Doce A&#x00F1;os con la República Holandesa. Mara&#x00F1;ón la describe como el primero de los “yerros” de la “gestión política” de Olivares (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 308). Es cierto que Olivares se oponía firmemente a la continuación de la tregua, pero la decisión final de Madrid se tomó tres semanas despu&#x00E9;s del inicio del nuevo reinado, en una &#x00E9;poca en que ni siquiera era miembro del Consejo de Estado. Tampoco resultaría posible apreciar a partir de la explicación de Mara&#x00F1;ón que esta decisión había sido precedida por dos a&#x00F1;os de debate en los diversos consejos, y que había fuertes argumentos en favor, así como en contra, la reanudación de la guerra con los holandeses, quienes por su parte tambi&#x00E9;n estaban volvi&#x00E9;ndose en contra de la perpetuación de la tregua (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0004">1990</xref>, 82-86).</p>

				<p>El retrato de Olivares por Mara&#x00F1;ón como fundamentalmente un hombre-orquesta significa que aquí, como en otras partes, su explicación de las intenciones y acciones políticas del Conde-Duque sufre de su incapacidad de relacionarlas con la mentalidad y las actitudes de la &#x00E9;lite dirigente de que formaba parte. Lo presenta como un “h&#x00E9;roe de la visión espa&#x00F1;ola de Felipe II”, y como el “ejecutor, en mayor medida que el mismo Monarca, del espíritu de los Austrias”, quienes se dejaban llevar por sus “sue&#x00F1;os de imperialismo y de monopolio de la catolicidad”. “Adem&#x00E1;s —prosigue— sobre esta profesión política, [Olivares estaba] dotado de un car&#x00E1;cter imperativo y horro de matices, cuyas consecuencias no se hicieron esperar” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 306).</p>

				<p>Es realmente cierto que Olivares se veía a sí mismo como una vuelta a la gran tradición de Felipe II despu&#x00E9;s de lo que consideraba habían sido los desastres y humillaciones del reinado de Felipe III, pero no creo que sea correcto describir ni sus postulados ni su conducta en t&#x00E9;rminos tan simplistas. Pertenecía a una &#x00E9;lite dirigente muy consciente de las cargas y obligaciones que implicaba sostener un imperio a escala mundial. En el siglo XVII esa &#x00E9;lite pensaba no en t&#x00E9;rminos de expansión imperial, sino de la conservación de los territorios lejanos de la monarquía contra una multitud de enemigos. Tambi&#x00E9;n pensaba en t&#x00E9;rminos de <italic>reputación</italic>, el prestigio que todo estadista del siglo XVII sabía que era un arma esencial en el arsenal del poder real. <italic>Reputación</italic> es una palabra que aparece una y otra vez en los debates sobre directrices políticas del Consejo de Estado. El pensamiento de Olivares, por tanto, coincidía con el de la &#x00E9;lite dirigente espa&#x00F1;ola en su conjunto, en la medida en que luchaba por conservar la posición de Espa&#x00F1;a y su monarca sin merma de reputación en un mundo hostil. Los desacuerdos en el seno de la &#x00E9;lite eran acerca de las t&#x00E1;cticas m&#x00E1;s que de los objetivos y, lejos de ser “horro de matices”, el Conde-Duque era capaz de tomar iniciativas t&#x00E1;cticas, tales como enviar subsidios a herejes cuando convenía a sus propios propósitos (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0005">1984</xref>, 168-170), las cuales atestiguan la perspicacia política de un hombre dotado para considerar al mundo en t&#x00E9;rminos que distan mucho de ser exclusivamente maniqueos.</p>

				<p>¿Hasta qu&#x00E9; punto, pues, se sostiene todavía el retrato de Mara&#x00F1;ón a la luz de las investigaciones históricas de los últimos setenta a&#x00F1;os? Como he intentado aclarar, me parece que hay serias deficiencias en su tratamiento del Conde-Duque como estadista, aunque creo que sería difícil discrepar de su descripción general de Olivares como político con nobles ambiciones para “una completa renovación del país” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 309), pero cuyas directrices terminaron en desastre. De hecho, esta es la imagen que intent&#x00E9; matizar y desarrollar en mi biografía política del Conde-Duque. Por lo que respecta a su retrato de Olivares como hombre, creo que sigue siendo incomparable, aunque me parece que debe mucho m&#x00E1;s al mismo Mara&#x00F1;ón que a las teorías de Ernst Kretschmer. Su descripción de los principales rasgos de la extravagante personalidad del Conde-Duque me resulta convincente, y los numerosos relatos y caracterizaciones escritas por sus contempor&#x00E1;neos la confirman ampliamente.</p>

				<p>Al mismo tiempo, debo confesar que encuentro la interpretación fundamentalmente biológica de la personalidad del Conde-Duque de Mara&#x00F1;ón en exceso reduccionista. No estoy convencido de que haya mucha correlación entre la complexión del Conde-Duque y los modos en que hacía realidad su “pasión de mandar”, y tampoco creo que Olivares fuera tan prisionero del mecanismo biológico como Mara&#x00F1;ón parece indicar. No es necesario recurrir a interpretaciones biológicas o psicológicas para explicar la alternancia entre la euforia y la depresión experimentada por un hombre que constantemente recibía noticias de todas las partes del mundo, a veces buenas pero en general malas, pues los informes de una victoria gloriosa en una parte del planeta eran desplazados con rapidez por informes de derrota en otra, o quedaban ensombrecidos de repente por las nuevas de la p&#x00E9;rdida de la flota de la plata de las Indias de la que dependía la campa&#x00F1;a del a&#x00F1;o siguiente. Es perfectamente posible que las reacciones de Olivares a la cara cambiante de la fortuna fueran m&#x00E1;s extremas de lo que se podría esperar normalmente, pero merece la pena recordar que el ast&#x00E9;nico Richelieu, al igual que el pícnico Olivares, era propenso a violentos arrebatos de ira, y estaba sometido a tanta tensión que sufría colapsos físicos en momentos de depresión (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0005">1984</xref>, 26-27). Los dos estadistas trabajaban hasta el límite de sus fuerzas, y no es extra&#x00F1;o que en momentos de agotamiento mental y físico no desearan nada m&#x00E1;s que dejar sus tareas y desaparecer de la vista del público.</p>

				<p>Tambi&#x00E9;n es difícil saber la importancia que hay que dar a las expresiones de melancolía m&#x00E1;s morbosas de esas “cartas lúgubres” que Olivares escribía tan a menudo, llenas de giros al estilo de “deseo m&#x00E1;s la muerte que servir un día m&#x00E1;s” (Mara&#x00F1;ón, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, 8-83). La religiosidad del Conde-Duque, su obsesión por la muerte y la salvación, eran características de la espiritualidad barroca, y no est&#x00E1; claro si sus reacciones ante los desastres diferían de modo significativo de las de sus contempor&#x00E1;neos. Pero incluso si aceptamos la posibilidad de una religiosidad extravagante, sobre todo tras la muerte de su hija María, me parece que Mara&#x00F1;ón no captó la medida en que fuerzas compensatorias ponían freno a los impulsos biológicos. En los últimos a&#x00F1;os hemos tenido una mayor conciencia de la influencia de las doctrinas neo-estoicas sobre la generación de Olivares, según eran difundidas por los escritos de Justo Lipsio (Oestreich, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0014">1982</xref>). El mensaje de Lipsio era de fortaleza cristiana ante la adversidad, y hay buenos motivos para creer que el Conde-Duque dio forma a su vida y mantuvo bajo control sus instintos naturales conscientemente mediante la puesta en pr&#x00E1;ctica de la autodisciplina estricta que constituye el meollo de ese mensaje (Elliott, <xref ref-type="bibr" rid="CIT0004">1990</xref>, 286-287).</p>

				<p>Así pues, no creo que sea injusto decir que, aunque Mara&#x00F1;ón describe admirablemente muchos de los rasgos m&#x00E1;s distintivos de la personalidad del Conde-Duque, de manera como no habían sido captados anteriormente, ni lo han sido desde entonces, no logró llegar a darnos un retrato del todo acabado de ese hombre extraordinario. La misma organización del libro, adem&#x00E1;s, tiende a perjudicar la percepción de Olivares en su integridad, y esto es particularmente cierto de la importante tercera parte, dedicada a Olivares como persona. Aquí tenemos una disección del hombre, capítulo a capítulo, cada uno de ellos destinado a ilustrar algún aspecto de Olivares y su car&#x00E1;cter: “La figura”, “El humor”, “La lucha contra los grandes”, “Los impulsos”, “Los defectos”, “El intelectual”, “Las virtudes”, etc&#x00E9;tera. Por separado, muchos de esos capítulos son en extremo esclarecedores, pero el efecto de tal punto de vista clínico, al menos para este lector, es dejar a Olivares desmembrado sobre la mesa de operaciones, como si, una vez finalizada la disección, el m&#x00E9;dico responsable de la operación no estuviera del todo seguro de cómo montarlo de nuevo.</p>

				<p>Sin embargo, a pesar de lo que me parecen defectos importantes en el libro, me encontr&#x00E9; volviendo a &#x00E9;l una y otra vez al escribir mi propio estudio sobre la carrera política de Olivares. No hay que ir muy lejos para encontrar las razones. Por fragmentario que fuera el tratamiento de la vida y carrera del Conde-Duque, los mismos fragmentos est&#x00E1;n llenos de vida e inter&#x00E9;s. Son una prueba de la medida del &#x00E9;xito de Mara&#x00F1;ón a la hora de reunir una gran variedad de fuentes contempor&#x00E1;neas, muchas de los cuales eran desconocidas o ignoradas hasta que logró sacarlas a la luz, y tambi&#x00E9;n atestiguan la aguda inteligencia con la que analizó los testimonios ante &#x00E9;l. Algunos de sus capítulos, en especial los que tratan sobre la vida intelectual del Conde-Duque, su apasionada bibliofilia y su relación personal con poetas, dramaturgos y pintores (Quevedo, Calderón de la Barca, Rubens, Vel&#x00E1;zquez y muchos otros) abrió vías de investigación que todavía no se han explorado por completo. Si el tratamiento de Mara&#x00F1;ón de la actividad política del Conde-Duque fue superficial, nada importante se ha a&#x00F1;adido posteriormente a su dram&#x00E1;tico relato de la caída de Olivares del poder y los tr&#x00E1;gicos últimos a&#x00F1;os de su vida. En conclusión, su logro sigue siendo impresionante, y <italic>el Olivares</italic> de Mara&#x00F1;ón conservar&#x00E1; siempre su lugar en la bibliografía histórica. Aunque, como biografía histórica, el libro es sólo un &#x00E9;xito parcial, no se trata de algo que pueda sorprender o se deba reprochar. Como Braudel escribía en su rese&#x00F1;a, “Olivares es un cortejo de personas y requiere un cortejo de explicaciones”. No se puede esperar de ningún biógrafo, ni siquiera de uno con el talento único del Dr. Mara&#x00F1;ón, que abarque todo ese cortejo de personas y las explique todas.</p>

				<p>(Traducción de Marta Balcells, revisada por el autor)</p>

			
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	<sec id="notas">
     <title>NOTAS</title>
     <fn-group>
      <fn id="NOTE0001"><label>1</label><p>Todas las citas que se reproducen en este artículo est&#x00E1;n tomadas de la versión, revisada y final publicada por Mara&#x00F1;ón en <xref ref-type="bibr" rid="CIT0009">1952</xref>, si bien, la primera edición es de 1936.</p></fn>
      <fn id="NOTE0002"><label>2</label><p>Para esta observación y las siguientes, v&#x00E9;ase Richards, Michael (<xref ref-type="bibr" rid="CIT0015">2004</xref>): “Spanish Psychiatry c.1900-1945: Constitutional Theory, Eugenics, and the Nation”, Bulletin of Spanish Studies, 81, pp. 823-848. Estoy en deuda con el Dr. James Amelang por llamar mi atención sobre este artículo.</p></fn>
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	<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
	  
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        <source>Los validos en la monarquía espa&#x00F1;ola del siglo XVII</source>
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