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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ARBOR</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.760n2001</article-id>
			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.760n2001</article-id>
						
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			  <article-title>El Quijote y la melancol&#x00ED;a</article-title>
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		<trans-title>El Quixote and melancholy</trans-title>
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		<alt-title alt-title-type="running-head">EL QUIJOTE</alt-title>
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				 <surname>de la Higuera Esp&#x00ED;n</surname>
				 <given-names>Javier</given-names>
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			  <aff id="U1">Departamento de Filosof&#x00ED;a II,  Universidad de Granada</aff>
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		<year>2013</year>
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		<volume>189</volume>
		<issue>760</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.760n2001</elocation-id>

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				<day>23</day>
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				<day>30</day>
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		<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
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		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
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		<title>RESUMEN</title>
		<p>En este art&#x00ED;culo se indaga en el car&#x00E1;cter inaugural de la literatura moderna que posee la obra capital de Cervantes. Para ello, se analiza el concepto de melancol&#x00ED;a, central en <italic>El Quijote</italic>, y se sostiene que ese concepto puede entenderse como generador estructural de la obra literaria moderna. El an&#x00E1;lisis se lleva a cabo, en primer lugar, en el contexto hist&#x00F3;rico-ideol&#x00F3;gico de la &#x00E9;poca de Cervantes, “era melanc&#x00F3;lica”, para trasladarse, en segundo lugar, al estudio de la manera en que Cervantes ha interiorizado esa “melancol&#x00ED;a objetiva” en la construcci&#x00F3;n del personaje de D. Quijote y de la propia obra literaria. En tercer lugar, se ubica la originalidad cervantina en una historia ontol&#x00F3;gica m&#x00E1;s general de la melancol&#x00ED;a, que descubre en ella una importante clave de la arqueolog&#x00ED;a de la actualidad.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>This article investigates Cervantes’ masterpiece’s inaugural character in modern literature. To do so, we explore the concept of melancholy, central to the <italic>Quixote</italic>, and argue that this concept can be understood as a structural generator of the modern literary work. The analysis is first performed in the ideological and historical context of the time of Cervantes, the “melancholic age”, then moving on to study the way in which Cervantes has internalised this “objective melancholy” in his construction of the character of Don Quixote and of the literary work itself. Thirdly, Cervantes’ originality is located in a more general ontological history of melancholy, which discovers in it an important key to the archaeology of the present.   </p>
		</trans-abstract>
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			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>obra literaria moderna</kwd>
			<kwd>concepci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica de la melancol&#x00ED;a</kwd>
			<kwd>arqueolog&#x00ED;a de la actualidad</kwd>
			<kwd>literatura y filosof&#x00ED;a</kwd>
		</kwd-group>
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			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>modern literary work</kwd>
			<kwd>ontological conception of melancholy</kwd>
			<kwd>archaeology of the present</kwd>
			<kwd>literature and philosophy</kwd>
		</kwd-group>
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		<sec id="S1">
			<p>Pensar en la actualidad de <italic>El Quijote</italic> es para la filosof&#x00ED;a una cuesti&#x00F3;n delicada. Frecuentemente la filosof&#x00ED;a ha ido a la literatura a buscar confirmaci&#x00F3;n o ejemplificaci&#x00F3;n de lo que ella ya sab&#x00ED;a, como si la obra literaria fuera el envoltorio indiferente de una verdad que s&#x00F3;lo la filosof&#x00ED;a sabe descubrir y formular en su adecuada pureza. No ser&#x00ED;a demasiado justo con Cervantes dejarse llevar por esta especie de optimismo filos&#x00F3;fico. Y m&#x00E1;s que lo que la obra contribuye a confirmar o a ejemplificar, habr&#x00ED;a que buscar el valor de &#x00E9;sta en la potencia de cuestionamiento que encierra y quiz&#x00E1;s, en primer lugar, cuestionamiento de <italic>esa</italic> forma de entender las relaciones entre filosof&#x00ED;a y literatura, que a&#x00FA;n parece ser tan evidente. De manera que la actualidad de <italic>El Quijote</italic> no residir&#x00ED;a tanto en la vigencia de ciertos t&#x00F3;picos filos&#x00F3;ficos que en ella se plantean (el humanismo, el conflicto de lo real y lo ideal, la tesis de la libertad, el <italic>ethos </italic>quijotesco, etc.), sino en lo que esta obra representa <italic>en tanto que</italic> obra literaria, es decir, en su existencia hist&#x00F3;rica y material, en su “radical historicidad” (Rodr&#x00ED;guez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">2003</xref>, 405). No hay que olvidar que <italic>El Quijote</italic> se sit&#x00FA;a en el comienzo de nuestra propia &#x00E9;poca moderna y que en esta obra se contienen elementos muy importantes de nuestra arqueolog&#x00ED;a.</p> 

			<p>Muy frecuentemente se dice que <italic>El Quijote</italic> da nacimiento a la novela o a la literatura moderna, a la literatura como tal, distinguiendo lo que a partir de &#x00E9;l surge de las “artes del lenguaje” existentes hasta entonces. Claro que no se puede interpretar esta tesis como si afirmara una relaci&#x00F3;n de causalidad natural y necesaria entre esta obra y todas las obras literarias posteriores. La interpretaci&#x00F3;n de la obra de Cervantes en este sentido inaugural debe m&#x00E1;s bien entenderse en t&#x00E9;rminos de lo que ella ha hecho posible, en t&#x00E9;rminos, pues, del <italic>a priori</italic> hist&#x00F3;rico que encierra y que abarca hasta nuestra misma contemporaneidad. De ah&#x00ED; la raz&#x00F3;n de su actualidad. Desde ese punto de vista, <italic>El Quijote</italic> no es s&#x00F3;lo una obra particular sino que en ella se establecen las condiciones y las reglas de formaci&#x00F3;n de otros textos, creando un espacio de discursos posibles. Dicho con la expresi&#x00F3;n de Michel Foucault (<xref ref-type="bibr" rid="CIT23">1994</xref>, 804), <italic>El Quijote</italic> “funda discursividad”, es un acontecimiento hist&#x00F3;rico singular pero, a la vez, genera una remanencia, constituy&#x00E9;ndose en origen de historicidad. </p>

			<p>La hip&#x00F3;tesis que quisiera defender es que el generador estructural de esa fundaci&#x00F3;n de discursividad es <italic>el concepto de melancol&#x00ED;a</italic>: la melancol&#x00ED;a como elemento esencial o definidor de esa obra particular que es <italic>El Quijote</italic> pero tambi&#x00E9;n como estructura objetiva de toda obra literaria. Concepto que opera como una especie de conector o <italic>interface</italic> que vincular&#x00ED;a de modo necesario la obra de Cervantes con la propia definici&#x00F3;n y esencia de la literatura. Es, si se quiere, la idea de Ortega (<xref ref-type="bibr" rid="CIT42">2001</xref>, 242) de que <italic>El Quijote</italic> est&#x00E1; contenido, “como una &#x00ED;ntima filigrana”, en toda obra literaria. Evidentemente, esta hip&#x00F3;tesis lleva a construir el concepto del <italic>Quijote</italic> y a hacerlo desde diversos frentes, el primero de los cuales es el hist&#x00F3;rico-ideol&#x00F3;gico.</p> 

			<p>Si la melancol&#x00ED;a es definidora de la obra de Cervantes es, en primer lugar, porque el siglo del <italic>Quijote</italic> es una &#x00E9;poca melanc&#x00F3;lica. Momento en que se generaliza lo que podemos llamar un <italic>esp&#x00ED;ritu melanc&#x00F3;lico </italic>que anida especialmente en Espa&#x00F1;a y del que se toma pronto conciencia. Un testigo de la &#x00E9;poca, Juan Botero, describe a los espa&#x00F1;oles como “gente asaz melanc&#x00F3;lica, graves en los actos, lentos y espaciosos en sus empresas” (Cepeda, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1996</xref>, 29 ss.). ¿Ser&#x00E1; la causa, como ha sostenido M. Bataillon (<xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1964</xref>, 39 ss.), la especial sensibilidad melanc&#x00F3;lica de los jud&#x00ED;os conversos o, como cree Kant (<xref ref-type="bibr" rid="CIT35">1978</xref>, 157 ss.), el propio car&#x00E1;cter espa&#x00F1;ol? Si, como parece, “en el siglo XVI una verdadera ola de ‘conducta melanc&#x00F3;lica’ barri&#x00F3; Europa” (Wittkower, <xref ref-type="bibr" rid="CIT54">1995</xref>, 105), ese sentimiento com&#x00FA;n europeo “fragua” de modo especial en Espa&#x00F1;a, quiz&#x00E1;s como car&#x00E1;cter nacional (Pujante, <xref ref-type="bibr" rid="CIT46">2008</xref>, 407).<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref> En cualquier caso, parece que se trata de una <italic>melancol&#x00ED;a</italic> <italic>objetiva</italic>, una “profunda melancol&#x00ED;a del decurso hist&#x00F3;rico”, como ha afirmado Luk&#x00E1;cs (<xref ref-type="bibr" rid="CIT38">1999</xref>, 120). ¿C&#x00F3;mo entender el significado de ese sentimiento o conciencia melanc&#x00F3;licos? Si recurrimos al an&#x00E1;lisis de Freud en su ensayo <italic>Duelo y melancol&#x00ED;a</italic> (1915), la melancol&#x00ED;a es el sentimiento general de inhibici&#x00F3;n producido por una p&#x00E9;rdida, la de un ser amado o la de una abstracci&#x00F3;n equivalente (Freud pone los ejemplos de la patria, la libertad o el ideal). A diferencia de lo que ocurre en el duelo, en la melancol&#x00ED;a no se sabe bien qu&#x00E9; se ha perdido, de manera que, adem&#x00E1;s, se es incapaz de sustituir el objeto amoroso por otro. De ah&#x00ED; que en los estados melanc&#x00F3;licos se vea perturbado el amor propio y empobrecido el yo hasta incluso el extremo de la autodisoluci&#x00F3;n.<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref> Pues bien, ¿qu&#x00E9; es lo que se ha perdido en este momento hist&#x00F3;rico de finales del s. XVI, o mejor, qu&#x00E9; es lo que determina la historicidad como p&#x00E9;rdida, generando esa tonalidad melanc&#x00F3;lica existencial?</p>

			 <p>Se trata efectivamente de una p&#x00E9;rdida que es dif&#x00ED;cil ubicar, de una falta que es imposible suplir, porque no es ning&#x00FA;n objeto determinado lo que se ha perdido, sino aquello que aporta realidad y sentido al acontecer. En la &#x00E9;poca del <italic>Quijote</italic>, &#x00E9;poca de comienzo de la modernidad, se ven conmovidas las seguridades o certezas vitales que proporcionaba el fundamento teol&#x00F3;gico, extendi&#x00E9;ndose la conciencia de que el mundo se est&#x00E1; vaciando espiritualmente debido a que Dios lo ha abandonado. Esta es, como es sabido, la tesis de G. Luk&#x00E1;cs a prop&#x00F3;sito de la obra de Cervantes en su <italic>Teor&#x00ED;a de la novela</italic> (1916),<xref ref-type="fn" rid="NOTE03">3</xref> as&#x00ED; como la seguida por L. Goldmann en <italic>El hombre y lo absoluto </italic>(1955) a prop&#x00F3;sito del pensamiento tr&#x00E1;gico de Pascal y Racine. Empleando una expresi&#x00F3;n de J. C. Rodr&#x00ED;guez, este horizonte melanc&#x00F3;lico general es “el inconsciente ideol&#x00F3;gico” que, plegado reflejamente sobre s&#x00ED;, da lugar a la <italic>historia melanc&#x00F3;lica</italic> que es <italic>El Quijote</italic>. Situar la obra en ese marco hist&#x00F3;rico evidentemente no agota su explicaci&#x00F3;n ni su interpretaci&#x00F3;n. Es necesario, pues, dar un paso hacia su misma inmanencia para ver en qu&#x00E9; sentido ha plegado Cervantes esa melancol&#x00ED;a objetiva, haciendo de ella la propia <italic>estructura</italic> de la obra. </p>

			<p>¿Qu&#x00E9; se cuenta en ella? <italic>El Quijote</italic> es la historia melanc&#x00F3;lica de un personaje melanc&#x00F3;lico. A pesar del consejo que el imaginario amigo da al autor en el pr&#x00F3;logo de la obra (“Procurad tambi&#x00E9;n que, leyendo vuestra historia, el melanc&#x00F3;lico se mueva a risa…”), que podr&#x00ED;a hacernos creer que <italic>El Quijote</italic> es “un ant&#x00ED;doto de la melancol&#x00ED;a” (Alonso-Fern&#x00E1;ndez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2005</xref>, 31), su clave profunda o estructural no es meramente ese posible car&#x00E1;cter terap&#x00E9;utico. Se trata de una <italic>obra melanc&#x00F3;lica</italic>: “relato de la melancol&#x00ED;a, concebido desde la melancol&#x00ED;a y dirigido a los melanc&#x00F3;licos”, afirma Garc&#x00ED;a Gibert (<xref ref-type="bibr" rid="CIT47">1997</xref>, 100); siendo la melancol&#x00ED;a, como ve Redondo, “…tal vez el elemento m&#x00E1;s significativo de la creaci&#x00F3;n cervantina” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT47">1997</xref>, 132; ver tambi&#x00E9;n 146). La melancol&#x00ED;a puede ser entendida como la propia identidad de Don Quijote, su rasgo esencial y definitorio, as&#x00ED; como el hilo conductor que emplea Cervantes para construir el personaje a lo largo de la novela, de modo que la melancol&#x00ED;a no ser&#x00ED;a s&#x00F3;lo el estado final de su fracaso, sino un rasgo que lo define desde el principio. Es dif&#x00ED;cil imaginar que la melancol&#x00ED;a de Don Quijote sea s&#x00F3;lo fingida, mero artificio o, incluso, “una pose” (Aladro, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">2005</xref>, 586). La melancol&#x00ED;a es la causa concreta desencadenante de la muerte de Alonso Quijano: “Fue el parecer del m&#x00E9;dico que melancol&#x00ED;as y desabrimientos le acababan” (II, LXXIIII),<xref ref-type="fn" rid="NOTE04">4</xref> pero es tambi&#x00E9;n tanto el temperamento natural propio de Don Quijote, como su identidad espiritual o existencial problem&#x00E1;ticamente construida a lo largo de la obra, casi como si se tratara de una inc&#x00F3;gnita sobre qui&#x00E9;n es realmente el protagonista, que la recorriera y articulara toda entera. Como es sabido, la fuente de Cervantes para construir con verosimilitud m&#x00E9;dico-filos&#x00F3;fica a su protagonista es el <italic>Examen de ingenios</italic> para las ciencias (1575), de Juan Huarte de San Juan, quien sigue la teor&#x00ED;a tradicional, procedente de Hip&#x00F3;crates y transmitida por Galeno, de los cuatro humores (sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra) y de los cuatro temperamentos correspondientes, seg&#x00FA;n predomine uno u otro de esos humores (sangu&#x00ED;neo, flem&#x00E1;tico, col&#x00E9;rico y melanc&#x00F3;lico, respectivamente). En principio, los rasgos f&#x00ED;sicos y temperamentales de Don Quijote son los de un col&#x00E9;rico: la delgadez y la sequedad, asociadas a un comportamiento impulsivo y en&#x00E9;rgico. Pero su c&#x00F3;lera lo hace, al mismo tiempo, melanc&#x00F3;lico. C&#x00F3;lera y melancol&#x00ED;a no son rasgos temperamentales contrarios o incompatibles. El calor, seg&#x00FA;n la teor&#x00ED;a de Hip&#x00F3;crates-Galeno que sigue Huarte, necesario para digerir y para las dem&#x00E1;s funciones vitales, es derivado a la cabeza en las personas dedicadas a una excesiva actividad intelectual, “...de manera que el rezar, contemplar y meditar enfr&#x00ED;a y deseca el cuerpo y lo hace melanc&#x00F3;lico” <italic>(Examen de ingenios</italic>…, p. 262).<xref ref-type="fn" rid="NOTE05">5</xref> Seg&#x00FA;n Galeno, la melancol&#x00ED;a puede ser “natural”, si est&#x00E1; causada por la bilis negra que, procedente del bazo, asciende por la sangre hasta el cerebro, impregn&#x00E1;ndolo de esta perjudicial sustancia, o puede ser tambi&#x00E9;n una “melancol&#x00ED;a por adusti&#x00F3;n” (loc. cit., nota 38), es decir, provocada por la combusti&#x00F3;n de la bilis amarilla a causa de un calor excesivo. Huarte recoge en su obra esta doble melancol&#x00ED;a: “...hay dos g&#x00E9;neros de melancol&#x00ED;a. Una natural, que es la hez de la sangre, cuyo temperamento es frialdad y sequedad con muy gruesa sustancia, &#x00E9;sta no vale para nada el ingenio, antes hace a los hombres necios, torpes y risue&#x00F1;os porque carecen de imaginativa. Y la que se llama <italic>atra bilis o c&#x00F3;lera adusta</italic>, de la cual dijo Arist&#x00F3;teles que hace los hombres sapient&#x00ED;simos, cuyo temperamento es vario como el vinagre: unas veces hace efectos de calor, fomentando la tierra, y otras enfr&#x00ED;a; pero siempre es seco y de sustancia muy delicada.” (ibid., p. 372).</p>

			 <p>Los rasgos con que Huarte describe a este tipo de melanc&#x00F3;licos (rasgos tomados de Galeno y presentes en otros tratados de la &#x00E9;poca como el de Santa Cruz) cuadran perfectamente con la descripci&#x00F3;n que Cervantes hace de Don Quijote: “...juntan grande entendimiento con mucha imaginativa”; “Tienen el color del rostro verdinegro o cenizoso; los ojos muy encendidos (por los cuales se dijo: “es hombre que tiene sangre en el ojo”); el cabello negro y calvos; las carnes pocas, &#x00E1;speras y llenas de vello; las venas muy anchas”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE06">6</xref> Don Quijote es, pues, un melanc&#x00F3;lico por adusti&#x00F3;n. A causa de la excesiva lectura y de la falta de sue&#x00F1;o, incrementa el calor de la bilis amarilla, en &#x00E9;l predominante, tanto que llega a convertirla en bilis negra, secando su cerebro y perdiendo consiguientemente el juicio, aunque en Don Quijote eso se traduzca en la hipertrofia de su imaginaci&#x00F3;n y en una especial penetraci&#x00F3;n de su entendimiento. Ese paso de col&#x00E9;rico a melanc&#x00F3;lico se ve confirmado por el propio desarrollo argumental de la obra, que lleva a Don Quijote, en un proceso de <italic>melancolizaci&#x00F3;n</italic> creciente, hasta una muerte causada, como hemos dicho, por la melancol&#x00ED;a. Pero m&#x00E1;s que tratarse de una evoluci&#x00F3;n simple en que la melancol&#x00ED;a representar&#x00ED;a el estado terminal coincidente con la cordura y, por tanto, con la curaci&#x00F3;n de su mal, se tratar&#x00ED;a de una acentuaci&#x00F3;n de la componente melanc&#x00F3;lica en un temperamento “h&#x00ED;brido” (Garc&#x00ED;a Gibert, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1997</xref>, 99) col&#x00E9;rico-melanc&#x00F3;lico, que se define m&#x00E1;s bien por la fluctuaci&#x00F3;n de esos estados o, incluso, por la forma en que el rasgo melanc&#x00F3;lico sobrepuja al impulso col&#x00E9;rico convirti&#x00E9;ndolo en un impulso productivo espiritualmente.<xref ref-type="fn" rid="NOTE07">7</xref></p>

			 <p>Que la cordura final no tiene por qu&#x00E9; ser interpretada como el resultado de una evoluci&#x00F3;n en que la locura col&#x00E9;rica ceder&#x00ED;a el puesto a la melancol&#x00ED;a, es algo que, indirectamente, confirma el caso, aducido por Huarte, de un tal Luis L&#x00F3;pez, loco cortesano que, a causa de una “calentura maligna de tabardete”, vio c&#x00F3;mo su falta de juicio se trocaba en “tanto juicio y discreci&#x00F3;n que espant&#x00F3; a toda la corte; por la cual raz&#x00F3;n le administraron los sacramentos y test&#x00F3; con toda la cordura del mundo; y as&#x00ED; muri&#x00F3; invocando la misericordia de Dios y pidi&#x00E9;ndole perd&#x00F3;n de sus pecados.” (op. cit., p. 305). El caso guarda una analog&#x00ED;a con el propio Don Quijote.<xref ref-type="fn" rid="NOTE08">8</xref> Aducido por Huarte junto a otros, su sentido es mostrar que por efecto del calor o de una mudanza en la temperatura, una persona puede adquirir capacidades que antes no pose&#x00ED;a, incluso cambiar sus cualidades en las contrarias: “Y es que si el hombre cae en alguna enfermedad por la cual el celebro de repente mude su temperatura (como es la man&#x00ED;a, melancol&#x00ED;a y frenes&#x00ED;a) en un momento acontesce perder, si es prudente, cuanto sabe, y dice mil disparates; y si es necio, adquiere m&#x00E1;s ingenio y habilidad que antes ten&#x00ED;a.” (ibid., pp. 304-5). Huarte relata casos en que surgen repentinamente una desconocida elocuencia y dotes po&#x00E9;ticas antes inexistentes, debidas a la acci&#x00F3;n del calor sobre el temperamento: “Esta frenes&#x00ED;a se caus&#x00F3; de mucha c&#x00F3;lera que se empap&#x00F3; en la substancia del celebro; el cual humor es muy apropiado para la poes&#x00ED;a.” (ibid., p. 306.) Estas ideas son comunes tambi&#x00E9;n (quiz&#x00E1;s por influencia de Huarte) en tratadistas de po&#x00E9;tica de la &#x00E9;poca como L&#x00F3;pez Pinciano pero, como se sabe, el tema de c&#x00F3;mo el furor po&#x00E9;tico recae en personas necias o desconocedoras de las reglas del arte, est&#x00E1; en Marsilio Ficino y en el mismo Plat&#x00F3;n.<xref ref-type="fn" rid="NOTE09">9</xref> La cordura final de Alonso Quijano podr&#x00ED;a no significar su curaci&#x00F3;n definitiva a causa del fracaso de su identidad imaginaria, sino ser todav&#x00ED;a efecto del calor que exaltaba su temperamento hasta el extremo m&#x00E1;ximo de la melancol&#x00ED;a, lo que har&#x00ED;a de Alonso Quijano s&#x00F3;lo la identidad ficticia, <italic>hiperquijotesca</italic>, del protagonista, el &#x00FA;nico que es real desde el punto de vista existencial-espiritual. Su entusiasmo mismo le llevar&#x00ED;a a la cordura y a la muerte: Alonso Quijano ser&#x00ED;a s&#x00F3;lo el espectro de Don Quijote, su reaparici&#x00F3;n obstinada m&#x00E1;s all&#x00E1; de s&#x00ED; mismo, en la forma de lo que podemos denominar, con la expresi&#x00F3;n de Ortega y Gasset (<xref ref-type="bibr" rid="CIT41">1969</xref>, 163), el “esfuerzo puro” absoluto. El destino del h&#x00E9;roe no es desmentido ni malogrado por “el aparente fracaso final”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE10">10</xref></p>

			 <p>La causa de la melancol&#x00ED;a de Don Quijote es la <italic>desmesura de su voluntad</italic>. Ortega: “...¿ad&#x00F3;nde puede llevar el esfuerzo puro? A ninguna parte; mejor dicho, s&#x00F3;lo a una: a la melancol&#x00ED;a. Cervantes compuso en su Quijote la cr&#x00ED;tica del esfuerzo puro.” (ibid., 165). No olvidemos que Don Quijote, creador de s&#x00ED; mismo a trav&#x00E9;s de sus haza&#x00F1;as, lleva a cabo su autoposici&#x00F3;n en la forma de una acci&#x00F3;n “soberana” (en el sentido de G. Bataille) que no pretende asegurar o salvar la vida sino exponerla a la herida irresta&#x00F1;able de su finitud. Podr&#x00ED;a decirse que en la obra cervantina se pone en marcha una dial&#x00E9;ctica de la voluntad desmesurada cuya intransitividad la sit&#x00FA;a al margen de su utilidad o de sus logros, incluso de su motivaci&#x00F3;n (hay que recordar la “locura sin causa” de la penitencia en Sierra Morena en I, XXV). Voluntad que se determina s&#x00F3;lo por la intensidad, hasta el punto de poder convertirse en voluntad de muerte. La medida de esa voluntad sin medida no es la realidad de aquellas cosas que constituyen nuestro mundo habitual sino m&#x00E1;s bien la irrealidad de lo posible. Como ha visto Ernst Bloch, raz&#x00F3;n por la que para &#x00E9;l Don Quijote es la figura ut&#x00F3;pica por excelencia, “El donquijotismo es una referencia que no aprende nada, que no es mediada en ning&#x00FA;n punto...”, lo que hace de &#x00E9;l expresi&#x00F3;n de una “esperanza incomparable” (Bloch, 1986, 126).<xref ref-type="fn" rid="NOTE11">11</xref></p> 

			<p>El “ansia de inmortalidad” quijotesca, de la que habla Unamuno, no es realmente s&#x00F3;lo una causa de la melancol&#x00ED;a, sino que es el impulso sublime que la define y que hace de &#x00E9;sta mucho m&#x00E1;s que un estado patol&#x00F3;gico o que un estado de &#x00E1;nimo. Kant vio esa especial sensibilidad para lo sublime, que es propia de la melancol&#x00ED;a. El hombre melanc&#x00F3;lico, afirma, “...no est&#x00E1; tan sujeto a la inconstancia de las cosas exteriores”, su conducta se rige por principios, preocup&#x00E1;ndose poco de la opini&#x00F3;n ajena, posee un acendrado sentido de la justicia y es un luchador por la libertad, hasta el punto que “su firmeza degenera a veces en obstinaci&#x00F3;n”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE12">12</xref> Realmente, la descripci&#x00F3;n que Kant hace del melanc&#x00F3;lico podr&#x00ED;a ser el retrato casi perfecto de Don Quijote. El melanc&#x00F3;lico, afirma, da a todo una importancia desmedida, por lo que “medita profundamente sobre todas las cosas”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE13">13</xref> Pero incluso hasta el punto de <italic>elevarse sublimemente</italic> por encima de los propios intereses vitales. Schopenhauer ha sido quien lo ha planteado radicalmente: “…[cuando] se aleja, y se violenta para desasirse de su voluntad y de las relaciones de &#x00E9;sta, y abandon&#x00E1;ndose a la contemplaci&#x00F3;n, mira con calma, como puro sujeto de conocimiento y fuera de toda volici&#x00F3;n, esos mismos objetos tan temibles; cuando en estas condiciones, concibe &#x00FA;nicamente la Idea, pura y sin mezcla de relaci&#x00F3;n alguna, cuando se adhiere con placer a su contemplaci&#x00F3;n, cuando en consecuencia se eleva por este mismo hecho sobre s&#x00ED; mismo, sobre su personalidad y su querer, entonces le invade el sentimiento de lo sublime”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE14">14</xref> Pero Don Quijote no representa exactamente a este esteta schopenhaueriano, contemplador embargado apenas un instante por el sentimiento de lo sublime, sino al melanc&#x00F3;lico h&#x00E9;roe que, yendo mucho m&#x00E1;s lejos que el primero, es capaz de elevarse por encima del mundo hasta descubrir su secreto, cosa que s&#x00F3;lo es posible, seg&#x00FA;n el fil&#x00F3;sofo alem&#x00E1;n, a trav&#x00E9;s del esfuerzo totalmente desmesurado, m&#x00E1;s all&#x00E1; de la voluntad de vivir (“metamorfosis trascendental” lo llama), que le lleva a estar m&#x00E1;s all&#x00E1; de s&#x00ED; mismo y de toda realidad mundana particular, incluso de su propia vida, abandon&#x00E1;ndose, como Don Quijote, a la irrealidad ultrarreal de la muerte. </p>

			<p>El concepto de melancol&#x00ED;a, como ve&#x00ED;amos al principio, es el conector que liga la inmanencia de la obra, lo que en ella se cuenta, con el espacio exterior de los acontecimientos hist&#x00F3;ricos y, en particular, con la manera en que son <italic>plegados</italic> en ella. Pero tambi&#x00E9;n es lo que vincula esa interioridad de la obra con el espacio de discurso que ella hace hist&#x00F3;ricamente posible, al producir un plegamiento antes inexistente, espacio que llamamos <italic>literatura moderna</italic>. En ese concepto de melancol&#x00ED;a, pues, se re&#x00FA;ne aquello a lo que responde Cervantes y su respuesta original, la exterioridad tal como es transfigurada en el interior de la obra y la proyecci&#x00F3;n efectiva de la inmanencia literaria hacia el exterior hist&#x00F3;rico. Habr&#x00ED;a, entonces, que situar en el devenir hist&#x00F3;rico de ese concepto, en la historia de la melancol&#x00ED;a, el lugar que la melancol&#x00ED;a cervantina ocupa y la operaci&#x00F3;n particular por la que ha sido capaz de generar un espacio discursivo en el que a&#x00FA;n nos encontramos en la actualidad. Sobre todo, esto es relevante si, como ha sostenido R. Bartra (<xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2001</xref>, 151-196), en la eclosi&#x00F3;n del tema de la melancol&#x00ED;a en la Europa del s. XVII, <italic>El Quijote</italic> tiene un papel especialmente importante en el proceso de transvaloraci&#x00F3;n dial&#x00E9;ctica de los valores tradicionales, es decir, en la readaptaci&#x00F3;n del canon antiguo de la melancol&#x00ED;a a nuevas necesidades que introducen por debajo de antiguos conceptos un sentido y una funcionalidad nuevos.</p> 

			<p>El cambio general que en esta historia de la melancol&#x00ED;a se produce en la modernidad es la transformaci&#x00F3;n de su sentido negativo medieval (por ejemplo S. Isidoro busca la etimolog&#x00ED;a de <italic>melancholicus en malus</italic>), en una melancol&#x00ED;a entendida como algo noble y positivo, concepci&#x00F3;n que est&#x00E1; en el origen del concepto moderno de genio, como han mostrado en su obra ya cl&#x00E1;sica, <italic>Saturno y la melancol&#x00ED;a</italic> (1964, ed. esp., 1991), Klibansky, Panofsky y Saxl. La melancol&#x00ED;a es, en general, concebida en la edad media, como producida por la salida del hombre del para&#x00ED;so (por ejemplo, as&#x00ED; la entiende Hildegarda de Bingen, en el s. XII) y es frecuentemente identificada con la acedia, mixto entre enfermedad y pecado, consistente en la tristeza que un excesivo e impaciente anhelo de Dios puede causar en las almas contemplativas hasta el punto de hacerlas desesperar de esa ansiada vuelta al cielo. Es importante detenerse un momento en este concepto medieval de acedia. Los autores eclesi&#x00E1;sticos le dieron una gran importancia al definir el modo de vida, las reglas o t&#x00E9;cnicas de s&#x00ED; que instituyen la vida eclesi&#x00E1;stica. As&#x00ED;, por ejemplo, Casiano (s. V) se refiere al peligro que representa este “demonio meridiano”, que afecta al hombre religioso, provoc&#x00E1;ndole “...un horror del lugar en que se encuentra, un fastidio de la propia celda y un asco de los hermanos que viven con &#x00E9;l, que le parecen ahora negligentes y groseros.” (I<italic>nstitutis cœnobiorum,</italic> 1, X). La acedia le infunde al monje la desconfianza de que pueda sacar alg&#x00FA;n provecho de su esp&#x00ED;ritu y le impide permanecer en paz en su celda, convenci&#x00E9;ndose de que “...si se quedara en ella, encontrar&#x00ED;a all&#x00ED; la muerte”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE15">15</xref> Se trata, entonces, de un rechazo de lo espiritual que posee un componente sensual: el acedioso busca satisfacer su voluntad individual en las cosas espirituales y, al no conseguirlo, huye ellas. La acedia es, entonces, contraria a la renuncia de la voluntad a s&#x00ED; misma, propia de este r&#x00E9;gimen religioso de obediencia al maestro, e impide la direcci&#x00F3;n adecuada de la contemplaci&#x00F3;n hacia el bien supremo, introduciendo la concupiscencia en nuestro esp&#x00ED;ritu. Precisamente el examen de s&#x00ED; mismo que estas t&#x00E9;cnicas de vida cristianas est&#x00E1;n definiendo, tiene como misi&#x00F3;n hacer posible un desciframiento de los pensamientos m&#x00E1;s &#x00ED;ntimos con objeto de distinguir aquellos que nos distraen de la contemplaci&#x00F3;n de Dios y nos alejan de &#x00E9;l, una hermen&#x00E9;utica de s&#x00ED; que la acedia impide.<xref ref-type="fn" rid="NOTE16">16</xref> Tom&#x00E1;s de Aquino hace de la acedia un pecado que, consistente en la “tristeza del bien espiritual” (Suma Teol&#x00F3;gica, II, IIae, q. 35, art. 1), posee una gravedad extraordinaria (hasta el punto de ser considerada un pecado capital) al encerrar en su n&#x00FA;cleo la tristeza por el propio bien divino: “La acedia no es el alejamiento (<italic>recessus</italic>) mental de cualquier bien espiritual, sino del bien divino.” (loc. cit., art. 3).<xref ref-type="fn" rid="NOTE17">17</xref> Supone, pues, una p&#x00E9;rdida de la referencia trascendental o de la relaci&#x00F3;n con lo divino, entendido como lo irreductible al mundo visible, y ser&#x00ED;a, en definitiva, el signo de lo que podr&#x00ED;amos llamar impiedad. </p>

			<p>En el renacimiento, la melancol&#x00ED;a se transforma en algo positivo gracias a un factor fundamental: la reactualizaci&#x00F3;n del concepto aristot&#x00E9;lico de melancol&#x00ED;a, contenido en los <italic>Problemata</italic> XXX, y su identificaci&#x00F3;n con la man&#x00ED;a divina del <italic>Fedro</italic> plat&#x00F3;nico por obra de Marsilio Ficino. Para Arist&#x00F3;teles, la melancol&#x00ED;a es un rasgo temperamental caracter&#x00ED;stico de los hombres excepcionales (<italic>peritoi</italic>), de “...todos los que han sobresalido en la filosof&#x00ED;a, la pol&#x00ED;tica, la poes&#x00ED;a o las artes”. La atribuye a muchos h&#x00E9;roes y “...entre los hombres de tiempos recientes, Emp&#x00E9;docles, Plat&#x00F3;n y S&#x00F3;crates, y muchos otros hombres famosos, as&#x00ED; como la mayor&#x00ED;a de los poetas.” (en Klibansky, Panofsky y Saxl, <xref ref-type="bibr" rid="CIT37">1991</xref>, 42-53). Es, dice Arist&#x00F3;teles, “...como se elevan las sibilas y los adivinos y cuantos est&#x00E1;n inspirados por los dioses.” (loc. cit.) y todas las personas melanc&#x00F3;licas reciben a causa de su condici&#x00F3;n natural “grandes regalos”. Efectivamente, parece que la fuente de Arist&#x00F3;teles es el <italic>Fedro</italic> plat&#x00F3;nico (244a - 245c), lugar donde, como es sabido, Plat&#x00F3;n pone en boca de S&#x00F3;crates la doctrina de la man&#x00ED;a divina, “...don que los dioses otorgan, [y del que] nos llegan grandes bienes.”,<xref ref-type="fn" rid="NOTE18">18</xref> y que est&#x00E1; presente en la sibila, en los augures, los poetas y los enamorados, representando en todos ellos un “aliento divino” (p. 337) capaz de inspirarles las m&#x00E1;s “bellas obras” (p. 339). Claro que Arist&#x00F3;teles hab&#x00ED;a reinterpretado en clave naturalista a Plat&#x00F3;n, de modo que el hombre genial no se explicaba ya por la irrupci&#x00F3;n de fuerzas trascendentes sino por la constituci&#x00F3;n temperamental melanc&#x00F3;lica.</p>

			 <p>La reactualizaci&#x00F3;n del concepto aristot&#x00E9;lico de melancol&#x00ED;a en el renacimiento, realizada por Ficino, se opera en el contexto plat&#x00F3;nico/neoplat&#x00F3;nico en que se mueve la Academia florentina. Si la intenci&#x00F3;n de Ficino es reinterpretar las diferencias entre Plat&#x00F3;n y Arist&#x00F3;teles como diferencias puramente verbales, ese n&#x00FA;cleo que &#x00E9;l considera com&#x00FA;n es fundamentalmente plat&#x00F3;nico. En todo caso, lo que no acepta es la interpretaci&#x00F3;n meramente naturalista de Arist&#x00F3;teles, de modo que la melancol&#x00ED;a de los <italic>Problemata</italic> est&#x00E1; puesta al servicio de la tesis plat&#x00F3;nica del impulso hacia lo divino, en la que se puede resumir lo que, a su juicio, es el centro del platonismo (no olvidemos, adem&#x00E1;s, que Ficino traduce y comenta el <italic>Fedro</italic> en 1475).<xref ref-type="fn" rid="NOTE19">19</xref> La melancol&#x00ED;a, entonces, obliga al pensamiento a penetrar en lo m&#x00E1;s profundo (seg&#x00FA;n la idea humanista de una <italic>vita speculativa</italic>), as&#x00ED; como lo eleva a la comprensi&#x00F3;n de lo m&#x00E1;s alto, a la divina contemplaci&#x00F3;n. Ser&#x00ED;a propia, seg&#x00FA;n Ficino, de mentes que, apartadas de los est&#x00ED;mulos exteriores y del mundo presente, est&#x00E1;n atra&#x00ED;das hacia lo trascendente, hasta el punto de que en ese ascenso contemplativo hacia lo divino el alma “deviene Dios”.<xref ref-type="fn" rid="NOTE20">20</xref> Lo que con esta reactualizaci&#x00F3;n de Arist&#x00F3;teles/Plat&#x00F3;n se hace posible es que la melancol&#x00ED;a deje de ser meramente un temperamento o un estado de &#x00E1;nimo y, por supuesto, una patolog&#x00ED;a, para convertirse en fuerza intelectual y en potencia de creaci&#x00F3;n. En su<italic> De vita triplici </italic>(1482-89), Ficino estudiaba detenidamente “las causas que hacen que los hombres de letras sean melanc&#x00F3;licos”,<xref ref-type="fn" rid="NOTE21">21</xref> proponiendo los “cuidados de salud” necesarios para el r&#x00E9;gimen de vida de estas personas que superan “…a veces en ingenio a todos los dem&#x00E1;s hombres en un grado tal que m&#x00E1;s parecen divinos que humanos.” (p. 27). No obstante, Ficino es sensible a&#x00FA;n a la posibilidad de que la melancol&#x00ED;a llegue a ser en algunos casos una da&#x00F1;ina enfermedad en la que se encerrar&#x00ED;a una “sospecha contra la vida” (<italic>Th&#x00E9;ologie platonicienne</italic>…, p. 286), una duda radical acerca de la naturaleza inmortal del alma, especie de impiedad semejante a la que Tom&#x00E1;s de Aquino tambi&#x00E9;n adivinaba en la acedia. Esta bipolaridad de la melancol&#x00ED;a (impulso religioso de trascendencia, retraimiento imp&#x00ED;o y patol&#x00F3;gico en la inmanencia) estaba ya en la acedia. G. Agamben ha mostrado que realmente la acedia no es el cese del deseo de trascendencia (tal como ha podido pensarse despu&#x00E9;s, en la modernidad, al identificar la acedia con la pereza), sino la conversi&#x00F3;n del objeto de ese deseo en algo inalcanzable o perdido, con la intenci&#x00F3;n parad&#x00F3;jica de apropi&#x00E1;rselo de esa forma. Seg&#x00FA;n el autor italiano, m&#x00E1;s que la transformaci&#x00F3;n de una acedia simplemente negativa en una melancol&#x00ED;a positiva, lo que se produce en el renacimiento es una reactualizaci&#x00F3;n de este complejo ambivalente presente tanto en la acedia como en la melancol&#x00ED;a, de modo que la melancol&#x00ED;a ser&#x00ED;a la “heredera laica de la tristeza claustral” (Agamben, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2001</xref>, 42).</p>

			 <p>Es entre el &#x00FA;ltimo tercio del siglo XVI y el primero del XVII cuando se produce, en palabras de Garc&#x00ED;a Gibert (<xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1997</xref>, 74), “una generalizaci&#x00F3;n y popularizaci&#x00F3;n”, una aut&#x00E9;ntica <italic>puesta en discurso</italic> de la melancol&#x00ED;a (an&#x00E1;loga quiz&#x00E1;s a la que ocurri&#x00F3; en el s. XIX con la sexualidad), lo que muestra c&#x00F3;mo se convirti&#x00F3; en un punto de <italic>problematizaci&#x00F3;n</italic> especialmente sensible y, por ello, en un lugar de producci&#x00F3;n o de renovaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rica privilegiado. Ciertamente, “una moda” de la melancol&#x00ED;a pero bastante m&#x00E1;s que un mero epifen&#x00F3;meno del esp&#x00ED;ritu de la &#x00E9;poca. Proliferan toda una serie de tratados como los de T. Bright (1586), J. Ferrand (1610), R. Burton (1621) y, en Espa&#x00F1;a, de modo m&#x00E1;s sobresaliente que en el resto de Europa, hasta el punto de dar lugar a un verdadero “debate sobre la melancol&#x00ED;a” (Gambin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2008</xref>), los tratados de Pedro Mercado (1558), Alonso de Santa Cruz (publicado p&#x00F3;stumamente en 1622), Juan Huarte de San Juan (1575), Andr&#x00E9;s Vel&#x00E1;zquez (1585) o Freylas (1606). En esos tratados sobre la melancol&#x00ED;a se coincid&#x00ED;a en analizarla desde el marco de la teor&#x00ED;a m&#x00E9;dica humoral pero consider&#x00E1;ndola como fuente de energ&#x00ED;a espiritual o, si se quiere, potencia de car&#x00E1;cter trascendental. <italic>El Examen de ingenios</italic> de Huarte es quiz&#x00E1;s el que, por su novedoso enfoque y por su gran influencia, da lugar a un cambio apreciable en la percepci&#x00F3;n anal&#x00ED;tica de la melancol&#x00ED;a desde el marco m&#x00E9;dico-patol&#x00F3;gico a una comprensi&#x00F3;n de la misma como car&#x00E1;cter y sentimiento.<xref ref-type="fn" rid="NOTE22">22</xref> Curiosamente es tambi&#x00E9;n &#x00E9;poca de proliferaci&#x00F3;n de tratados de po&#x00E9;tica como los de Robortelli, Tasso, Cinthio o, en Espa&#x00F1;a, L&#x00F3;pez Pinciano, y quiz&#x00E1;s se pueda hablar del proceso de <italic>relevo</italic> de la problematizaci&#x00F3;n m&#x00E9;dica de la melancol&#x00ED;a por su exploraci&#x00F3;n en la literatura (Gambin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2008</xref>, 230). Este <italic>devenir literario</italic> de la melancol&#x00ED;a refleja muy probablemente la manera en que la dif&#x00ED;cil y dolorosa adaptaci&#x00F3;n de las modernas individualidades a su mundo social “se resuelve en la gloria de la literatura” (Peset, <xref ref-type="bibr" rid="CIT43">2005</xref>, 187). Se nos escapar&#x00ED;a lo fundamental, sin embargo, si no advirti&#x00E9;semos que lo que hace de la melancol&#x00ED;a un lugar especialmente importante de problematizaci&#x00F3;n es la <italic>experiencia de negatividad radical </italic>que encierra y en la que este comienzo de la modernidad no puede dejar de mirarse para reconocerse en un rostro alienado. En esa experiencia de negatividad es, posiblemente, donde acedia y melancol&#x00ED;a coinciden en su ambivalencia, al representar ambas un retraimiento (<italic>recessus</italic>) que, al mismo tiempo, espolea al deseo fij&#x00E1;ndolo en lo inalcanzable. En su hermen&#x00E9;utica de este complejo acedia/melancol&#x00ED;a, Agamben ha mostrado que en ellas se trata de una estrategia de apropiaci&#x00F3;n de lo inapropiable, una fuga en la que se produce la epifan&#x00ED;a negativa de lo inasible.<xref ref-type="fn" rid="NOTE23">23</xref> Pero si bien la negatividad es propia tanto de la acedia medieval como de la melancol&#x00ED;a moderna, esta &#x00FA;ltima presenta una radicalidad que le permite generar nuevas realidades hist&#x00F3;ricas, tales como la literatura moderna. </p>

			<p>La experiencia de negatividad, inseparable del impulso de trascendencia, tiene que ver con la relaci&#x00F3;n entre la melancol&#x00ED;a y la muerte, con la relaci&#x00F3;n que los hombres de estos siglos manten&#x00ED;an con la presencia en la vida de la muerte, de modo que el cambio en el concepto de melancol&#x00ED;a ha de estar relacionado con el cambio que la concepci&#x00F3;n de la muerte ha sufrido en el comienzo de la modernidad. P. Ariès (<xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1983</xref>) ha mostrado que la melancol&#x00ED;a medieval es el estado de tristeza y abandono en el mundo (<italic>tristitia sæculi)</italic> causado en &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino por la muerte, por su amenaza, que es concebida como un acontecimiento exterior al mundo y a la vida, que irrumpe en ella de modo puntual e impresionante. Ese abandono en el mundo es, por ello, pecaminoso: representa lo que en la segunda mitad de la edad media se llamar&#x00E1; <italic>avaritia</italic>, el amor desmesurado por las cosas de este mundo, resultado de la perversi&#x00F3;n del deseo de trascendencia, que le hace buscar poseer lo que s&#x00F3;lo deber&#x00ED;a ser contemplado y, para ello, lo da por perdido y lo interioriza negativamente en el mundo. Tom&#x00E1;s de Aquino lo hab&#x00ED;a visto: la tristeza “…lleva al hombre a apartarse de lo que le entristece y tambi&#x00E9;n le hace pasar a otras cosas en las que encuentra placer, lo mismo que quienes no pueden gozar de las delicias espirituales, se enfangan en las del cuerpo, como escribe el Fil&#x00F3;sofo en <italic>&#x00E9;tica X</italic>” (<italic>Suma Teol&#x00F3;gica</italic>, II, IIae, q. 35, art. 4). En el renacimiento se inicia un proceso de inmanentizaci&#x00F3;n de la muerte, seg&#x00FA;n ha mostrado Foucault (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1967</xref>, 31 ss., 368), por el que &#x00E9;sta ya no va a ser puntual, externa y final, sino que va a ser entendida como algo constante, interna a la vida y al mundo. De ah&#x00ED; que la melancol&#x00ED;a, en su relaci&#x00F3;n con la negatividad de la muerte, ya no sea signo de una nada exterior al mundo que accidentalmente se introduce en &#x00E9;l, ante la cual el esp&#x00ED;ritu se retrae como v&#x00ED;a para conjurarla. Se trata ahora de una nada que habita positivamente el mundo. El sentimiento de “la presencia constante y difusa de la muerte en el coraz&#x00F3;n de las cosas” (Ariès, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1983</xref>, 276), se convierte en impulso melanc&#x00F3;lico de trascendencia: conciencia de vanidad y anhelo de absoluto.<xref ref-type="fn" rid="NOTE24">24</xref> Esa negatividad radical que se encierra en la experiencia moderna da a la melancol&#x00ED;a una potencialidad nueva: la de generar un espacio real a trav&#x00E9;s de la articulaci&#x00F3;n de la irrealidad misma que atraviesa el mundo. </p>

			<p>En el barroco, momento en que probablemente ya ha pasado de moda el “artista melanc&#x00F3;lico” (Wittkower, <xref ref-type="bibr" rid="CIT54">1995</xref>, 108), se produce sin embargo la generalizaci&#x00F3;n y la concentraci&#x00F3;n reflexiva de la melancol&#x00ED;a en su n&#x00FA;cleo de vac&#x00ED;o, “…la muerte y vida han intercambiado sus papeles” (Ariès, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1983</xref>, 277), de modo que la melancol&#x00ED;a ya no estar&#x00E1; causada por la muerte sino por el mundo que, atravesado de muerte, se ha vuelto sospechoso de estar vac&#x00ED;o. Esta idea, como se recordar&#x00E1;, est&#x00E1; condensada de modo ejemplar en el pensador barroco Baltasar Graci&#x00E1;n, quien en el aforismo 211 de su <italic>Or&#x00E1;culo manual</italic> (1647) afirma: “Este mundo es un zero: a solas vale nada; junt&#x00E1;ndolo con el Cielo, mucho”. El barroco es el intento desesperado de rellenar ese vac&#x00ED;o, de salvar el ideal teol&#x00F3;gico de modo que pueda comunicarse una presencia espiritual (aunque sea por proyecci&#x00F3;n, como lo intenta el otro gran pensador barroco, Leibniz) a un mundo que la est&#x00E1; perdiendo.<xref ref-type="fn" rid="NOTE25">25</xref> Eso explica que en la gran novela aleg&#x00F3;rica de Graci&#x00E1;n, que es <italic>El critic&#x00F3;n</italic> (1657), la melancol&#x00ED;a conduzca a un desenga&#x00F1;o cuya verdad es incompatible con la vida, verdad que s&#x00F3;lo puede ser dicha, en cierto modo, desde fuera del mundo. </p>

			<p>¿Cu&#x00E1;l es el lugar que <italic>El Quijote</italic> ocupa en esta historia de la melancol&#x00ED;a? Y, ¿en qu&#x00E9; consiste lo espec&#x00ED;fico de la <italic>operaci&#x00F3;n</italic> que esta obra realiza y de lo que ella hace posible? En la melancol&#x00ED;a del <italic>Quijote</italic> se a&#x00FA;nan la experiencia de la negatividad interna del mundo y el impulso de trascendencia, elementos definitorios de toda melancol&#x00ED;a. Pero Cervantes no ha traducido esa experiencia y ese impulso (y de ah&#x00ED; que <italic>El Quijote </italic>no se pueda considerar como una obra barroca) en el intento de relleno o de restauraci&#x00F3;n de la presencia. La invenci&#x00F3;n de Cervantes ha sido <italic>transfigurar</italic> esa ausencia en la apertura productiva de un espacio de cuasi-presencia (o de diferimiento de la presencia, de diff&#x00E9;rance), que es la ficci&#x00F3;n literaria: <italic>espacio trascendental sin trascendencia metaf&#x00ED;sica</italic>, horizontal y abierto hasta el infinito. Cervantes ha construido su obra a partir de una melancol&#x00ED;a que, operando sobre esa otra melancol&#x00ED;a, digamos “trascendente”, “inquietud del hombre causada por la proximidad de lo eterno”, de la que habla R. Guardini (<xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2001</xref>, 19), queda convertida en inquietud por la distancia inherente a toda proximidad, convertida en el impulso hacia lo absoluto a trav&#x00E9;s de su huella y de la huella de su huella. Construcci&#x00F3;n, pues, a partir de una transformaci&#x00F3;n singular del concepto de melancol&#x00ED;a. Es este principio constructivo lo que podr&#x00ED;amos denominar <italic>estructura melanc&#x00F3;lica</italic> del <italic>Quijote</italic>. Se trata, pues, de una construcci&#x00F3;n que se levanta sobre una ausencia de realidad fundamental, gracias al impulso melanc&#x00F3;lico trascendental que esa ausencia genera, como si el no-ser fuera transfigurado en la obra en realidad y verdad literarias. La melancol&#x00ED;a del <italic>Quijote</italic>, pues, como factor generador de la literatura moderna.<xref ref-type="fn" rid="NOTE26">26</xref> </p>

			<p>Esa <italic>estructura melanc&#x00F3;lica</italic> define lo que a&#x00FA;n hoy entendemos como literatura. Con <italic>El Quijote</italic> surge una obra literaria plenamente consciente de la verdad propiamente literaria y de su propia realidad como literatura.<xref ref-type="fn" rid="NOTE27">27</xref> Por una parte, la verdad propia de la ficci&#x00F3;n literaria, mixto de historia y poes&#x00ED;a, “ficci&#x00F3;n real” o “narraci&#x00F3;n de la prosa de la vida” (Rodr&#x00ED;guez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">2003</xref>, 142), ya irreductible a simple mentira y tampoco medible con la idealidad de la verdad, se asienta en la “mirada literal” del escritor, el cual se convierte en la autoridad disciplinaria que legitima el discurso literario m&#x00E1;s all&#x00E1; de su car&#x00E1;cter aleg&#x00F3;rico o ejemplar. Por otra parte, la realidad material, efectiva, de la propia literatura, se hace visible por la aparici&#x00F3;n, en la segunda parte de la obra, de lo que podemos llamar siguiendo a&#x00FA;n la propuesta de J. C. Rodr&#x00ED;guez, la “mirada literaria” (op. cit., p. 245). Esta toma de conciencia de la existencia de la literatura se convierte, se podr&#x00ED;a decir, en el <italic>a priori </italic>imprescindible para la generaci&#x00F3;n del propio espacio literario: toda obra es posible si presupone que hay otras obras a las que responde o repite, de ah&#x00ED; que, en alg&#x00FA;n sentido, todos los libros sean verdaderos y exijan una fe (exigen creer en ellos). Pero, a su vez, la conciencia de la existencia material o real de la literatura s&#x00F3;lo es posible sobre la base de una ausencia que, en el movimiento en que se hace visible como tal, genera, en una especie de intencionalidad melanc&#x00F3;lica sin cumplimiento posible, el espacio mismo de la literatura. De modo que la existencia de la literatura es posible s&#x00F3;lo si no hay un &#x00FA;nico libro verdadero, el Libro: todos los libros presuponen su ausencia, ya que s&#x00F3;lo pueden aparecer y tener sitio en el hueco dejado por ella. Todos los libros son verdaderos porque todos ellos est&#x00E1;n animados por ese impulso melanc&#x00F3;lico, imposible de cumplir, imposibilidad de restaurar la presencia originaria, aun sabiendo que esa aspiraci&#x00F3;n s&#x00F3;lo puede conducir a la posposici&#x00F3;n infinita y, gracias a ello, al infinito literario. Hasta este momento hist&#x00F3;rico, las obras de lenguaje (no diremos “literarias”) estaban todas referidas a ese libro previo, a ese lenguaje que ten&#x00ED;an la misi&#x00F3;n de restituir o de traducir con ayuda de la ret&#x00F3;rica. La literatura (moderna) surge cuando la obra ya no significa ese lenguaje absoluto y se limita a dejar o&#x00ED;r “...el infinito del murmullo, el amontonamiento de las hablas ya dichas” (Foucault, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1996</xref>, 79).<xref ref-type="fn" rid="NOTE28">28</xref> </p>

			<p>Los episodios, las aventuras contadas por Cervantes, conforman la f&#x00E1;bula que narra la obra. Junto a ella, Cervantes construye una “trasf&#x00E1;bula” en la que se est&#x00E1; definiendo y haciendo de alguna forma visible el invisible espacio de la literatura que esta obra, en gran medida, inventa. Ciertamente, en la &#x00E9;poca de Cervantes se est&#x00E1; tomando conciencia de que la literatura es una fuerza social poderosa, conciencia de que posee la realidad o la efectividad de un hecho hist&#x00F3;rico, al mismo tiempo que se est&#x00E1; tomando una mayor conciencia cr&#x00ED;tica de propia la pr&#x00E1;ctica literaria. La “objetividad cr&#x00ED;tica” (Riley, <xref ref-type="bibr" rid="CIT48">1989</xref>, 79) que Cervantes pone en juego en la obra y que desplaza hacia el autor mismo la autoridad antes residente en las reglas po&#x00E9;ticas y ret&#x00F3;ricas, es muestra de ello. Pero la presencia constante del nivel metaliterario en la obra, la parodia de los libros de caballer&#x00ED;as (mezcla de cr&#x00ED;tica y respeto cuya misi&#x00F3;n es producir una verdadera simulaci&#x00F3;n del Libro Primero), la introducci&#x00F3;n, en definitiva, de la pregunta<italic> ¿qu&#x00E9; es literatura?</italic> en el centro mismo de la obra, indican que lo que <italic>El Quijote</italic> est&#x00E1; haciendo es narrar la g&#x00E9;nesis del espacio literario moderno como hueco abierto por una ausencia. La melancol&#x00ED;a provocada por esa ausencia pone en marcha a la palabra literaria, palabra animada por la tarea imposible de rellenar ese vac&#x00ED;o y que adquiere un poder cada vez mayor, a medida que su fracaso abre m&#x00E1;s ese vac&#x00ED;o y ampl&#x00ED;a el espacio de su posibilidad imposible. La literatura estar&#x00ED;a marcada por esa conciencia melanc&#x00F3;lica profunda de que “un d&#x00ED;a, los dioses se retiran...” (Nancy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT40">2001</xref>), que no hay un mundo inmediatamente revelado o accesible directamente, sino que s&#x00F3;lo se puede acceder a las cosas por el largo desv&#x00ED;o de las palabras. Palabras que intentan vanamente restaurar la presencia al mismo tiempo y en el mismo gesto en que testimonian la ausencia que les permite decir algo: <italic>condici&#x00F3;n absente&#x00ED;sta o estructura melanc&#x00F3;lica </italic>de la literatura. </p>

			<p>Sint&#x00E9;ticamente, podr&#x00ED;an enumerarse los rasgos definitorios de esa estructura melanc&#x00F3;lica que hace de la obra literaria una <italic>obra quijotesca</italic>:</p>

			 <p>En primer lugar,<italic> la reflexividad o iron&#x00ED;a</italic>: La ausencia sobre la que reposa toda obra literaria act&#x00FA;a dentro de ella como un principio cr&#x00ED;tico que la socava internamente, al mismo tiempo que como centro de irradiaci&#x00F3;n que la hace surgir. De manera que puede sostenerse (as&#x00ED; lo han hecho Maurice Blanchot y Michel Foucault, entre otros) que el tema &#x00FA;nico y fundamental de toda obra literaria es la propia literatura (esto es evidente a prop&#x00F3;sito del <italic>Quijote</italic> y quiz&#x00E1;s un rasgo estructural profundo en otras obras literarias modernas) y que la pregunta “¿qu&#x00E9; es la literatura?”, m&#x00E1;s que una cuesti&#x00F3;n de cr&#x00ED;tica literaria o de teor&#x00ED;a de la literatura, est&#x00E1; encerrada en la obra como su propia estructura generadora.</p> 

			<p>La reflexividad de la obra literaria es, entonces, la introducci&#x00F3;n de la distancia ir&#x00F3;nica en su centro: la iron&#x00ED;a no ser&#x00ED;a s&#x00F3;lo un procedimiento intencional del autor sino, como ha mostrado W. Benjamin en su interpretaci&#x00F3;n de los primeros rom&#x00E1;nticos, “iron&#x00ED;a objetiva” (Benjamin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1988</xref>, 126), consistente en la destrucci&#x00F3;n de la forma de la obra singular en virtud de su referencia interna a lo incondicionado o Idea del arte o de la Literatura. La iron&#x00ED;a es el lenguaje, la objetivaci&#x00F3;n, de la melancol&#x00ED;a, de modo que la literatura, al hacerse obra, se convierte en esencialmente ir&#x00F3;nica.<xref ref-type="fn" rid="NOTE29">29</xref></p>

			 <p>Segundo rasgo, <italic>la trascendentalidad o car&#x00E1;cter ontol&#x00F3;gico</italic>: La reflexividad de la obra literaria la convierte en algo impotente o intrascendente pero, al mismo tiempo, y precisamente por ello, esa obra adquiere un <italic>extra&#x00F1;o poder</italic>. Poder de veridicci&#x00F3;n o de producir verdades, por el que la obra literaria, m&#x00E1;s que iluminar aspectos concretos o dimensiones de un mundo constituido o presente, permitir&#x00ED;a parad&#x00F3;jicamente ver “el secreto del mundo” (Schopenhauer), aquello que como tel&#x00F3;n de fondo invisible es condici&#x00F3;n de las cosas presentes visibles. Poder tambi&#x00E9;n de trascendencia por el que la obra literaria est&#x00E1; en cierto modo <italic>m&#x00E1;s all&#x00E1;</italic> del mundo: no un m&#x00E1;s all&#x00E1; metaf&#x00ED;sico (como si la obra literaria fuera la revelaci&#x00F3;n del Fundamento), sino un m&#x00E1;s all&#x00E1; inmanente al mundo, m&#x00E1;s bien, el espacio de exterioridad o de vac&#x00ED;o que habita lo real y que le permite estar abierto a su propia creaci&#x00F3;n (libertad<italic> del</italic> ser).</p> 

			<p>Tercero, <italic>la libertad o el “esfuerzo puro”</italic>: La obra literaria, dotada de ese extra&#x00F1;o poder, se convierte en la objetivaci&#x00F3;n m&#x00E1;xima del “esfuerzo puro”, de nuevo tomando prestada la expresi&#x00F3;n de Ortega. Objetivaci&#x00F3;n m&#x00E1;xima de la acci&#x00F3;n cuyo valor no est&#x00E1; en el resultado, ya que es una acci&#x00F3;n intransitiva, sino en su dificultad o absolutez, precisamente la que es propia de la acci&#x00F3;n de crear o recrear el mundo. La escritura literaria, ejemplarmente definida en E<italic>l Quijote</italic>, por tanto, toda escritura literaria, es la acci&#x00F3;n heroica, <italic>acci&#x00F3;n quijotesca pura</italic>, movida por un impulso de absoluto que, por ser un impulso melanc&#x00F3;lico, est&#x00E1; m&#x00E1;s all&#x00E1; del absoluto mismo: acci&#x00F3;n revolucionaria por excelencia. </p> 

		</sec>
	</body>

	<back>
	
	<sec id="notas">
	<title>NOTAS</title>
	
		<fn-group>
	
			<fn id="NOTE01"><label>1</label>	 <p>Sobre la conciencia pesimista generada por la crisis social general, ver Maravall (<xref ref-type="bibr" rid="CIT39">1975</xref>, 55 ss., 62, 95, 307-8). Sobre ese “esp&#x00ED;ritu melanc&#x00F3;lico” caracter&#x00ED;stica o caracterialmente espa&#x00F1;ol: Gambin (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2008</xref>, 234), Rodr&#x00ED;guez de la Flor (<xref ref-type="bibr" rid="CIT50">2007</xref>, 108), Aladro (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">2005</xref>, 581); es la tesis que sostiene Unamuno en “De las tristezas espa&#x00F1;olas: la acedia” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT53">1919</xref>). Sobre la melancol&#x00ED;a como tel&#x00F3;n de fondo y elemento definitorio de la obra cervantina, v&#x00E9;ase Garc&#x00ED;a Gibert (<xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1997</xref>).</p> </fn>

			<fn id="NOTE02"><label>2</label>	 <p>Afirma Freud: “...la p&#x00E9;rdida, causa de la melancol&#x00ED;a, es conocida al enfermo, el cual sabe a qui&#x00E9;n ha perdido, pero no lo que con &#x00E9;l ha perdido. De este modo nos ver&#x00ED;amos impulsados a relacionar la melancol&#x00ED;a con una p&#x00E9;rdida de objeto sustra&#x00ED;da a la conciencia, diferenci&#x00E1;ndose as&#x00ED; del duelo, en el cual nada de lo que respecta a la p&#x00E9;rdida es inconsciente. [...] ...la inhibici&#x00F3;n melanc&#x00F3;lica nos produce una impresi&#x00F3;n enigm&#x00E1;tica, pues no podemos averiguar qu&#x00E9; es lo que absorbe por completo al enfermo.” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1973</xref>, 2092-3, trad. de L&#x00F3;pez-Ballesteros)</p>.</fn>

			 <fn id="NOTE03"><label>3</label>	 <p>“Esta primera gran novela de la literatura universal se encuentra, pues, en el comienzo de la &#x00E9;poca en la cual el dios del cristianismo empez&#x00F3; a abandonar el mundo; cuando el hombre se qued&#x00F3; solitario y empez&#x00F3; a no poder hallar sentido y sustancia m&#x00E1;s que en su alma sin morada; cuando el mundo, desasido de su anterior parad&#x00F3;jico arraigo en aquel presente m&#x00E1;s all&#x00E1;, qued&#x00F3; entregado a su inmanente sinsentido; (...). Cervantes vive en la &#x00E9;poca de la &#x00FA;ltima m&#x00ED;stica grande y desesperada, del fan&#x00E1;tico intento de renovar, partiendo de ella misma, la religi&#x00F3;n que se hunde; en el periodo en el que el nuevo conocimiento del mundo nace con m&#x00ED;sticas formas; en el &#x00FA;ltimo per&#x00ED;odo de esfuerzos ocultistas verdaderamente vividos, aunque ya con la meta perdida, s&#x00F3;lo tentativos y tentadores. Es el per&#x00ED;odo de los demonios en libertad, el per&#x00ED;odo de la gran confusi&#x00F3;n de los valores mientras a&#x00FA;n subsiste el sistema de ellos.” (Luck&#x00E1;cs, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">1999</xref>, 119, trad. de M. Sacrist&#x00E1;n).</p> </fn>

			<fn id="NOTE04"><label>4</label>	 <p>P&#x00E1;gina 1216 (se cita El Quijote por la edici&#x00F3;n de F. Rico en el Instituto Cervantes/ Editorial Cr&#x00ED;tica, 1998).</p></fn>

			<fn id="NOTE05"><label>5</label>	 <p>Se cita el Examen de ingenios para las ciencias por la edici&#x00F3;n de G. Ser&#x00E9;s en Editorial C&#x00E1;tedra, 1989.</p> </fn>

			<fn id="NOTE06"><label>6</label>	 <p>Se puede comparar con <italic>Quijote</italic>: I, XLIII; I, XXXV; II, XIV; II, XXI. Ver las p&#x00E1;ginas que dedica a esta cuesti&#x00F3;n Garc&#x00ED;a Gibert (<xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1997</xref>, 94-100).</p></fn> 

			<fn id="NOTE07"><label>7</label>	 <p>Se tratar&#x00ED;a probablemente de un “trastorno bipolar” (Alonso-Fern&#x00E1;ndez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2005</xref>, 133 ss.), con r&#x00E1;fagas depresivas asociadas a frecuentes estados delirantes (“delirio de autometamorfosis”). Trastorno delirante y psic&#x00F3;tico, proponen Corral y Tabar&#x00E9;s (<xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2003</xref>). Los estudios sobre su diagn&#x00F3;stico cl&#x00ED;nico desde el punto de vista de la psiquiatr&#x00ED;a actual son innumerables; se puede ver un repaso por los m&#x00E1;s relevantes en el &#x00FA;ltimo art&#x00ED;culo citado (pp. 29-36).</p> </fn>

			<fn id="NOTE08"><label>8</label>	 <p>Avalle-Arce (<xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1976</xref>, cap. IV) considera que este caso es el origen del personaje cervantino.</p></fn> 

			<fn id="NOTE09"><label>9</label>	 <p>L&#x00F3;pez Pinciano: “El instrumento desta facultad pide calor con sequedad, compa&#x00F1;eros del furor, a cuya causa es un sentido muy conveniente para la po&#x00E9;tica” (citado por G. Ser&#x00E9;s en Huarte de San Juan, op. cit.). De Ficino, v&#x00E9;ase, sobre este asunto Sobre el furor divino y otros textos (trad. de Maluquer y Sainz en Anthropos), p. 55: “...cantan muchos hechos, ciertamente admirables, que poco despu&#x00E9;s, al sosegarse el furor, ellos mismos no comprenden bien, como si nos los hubieran pronunciado, sino que Dios hubiera clamado por medio de ellos como si fueran trompetas”. Ver tambi&#x00E9;n las pp. 23, 43.</p> </fn>

			<fn id="NOTE10"><label>10</label>	 <p>Redondo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT47">1997</xref>, 146): “…el triunfo de la melancol&#x00ED;a es tambi&#x00E9;n el del h&#x00E9;roe en busca de identidad. Gracias a ella y a la locura que ha generado –y pese a la l&#x00ED;nea par&#x00F3;dica seguida– el protagonista logra afirmarse, alcanzar un nuevo ser, un nuevo y exaltador destino que el aparente fracaso final no puede anular”. En este ensayo, titulado “La melancol&#x00ED;a y El Qujote de 1605”, A. Redondo defiende la interpretaci&#x00F3;n que aqu&#x00ED; suscribimos. En la p. 132: “La toma de conciencia final –«el haber vuelto con tanta facilidad de loco a cuerdo» (I, 74)– no es m&#x00E1;s que la se&#x00F1;al externa del profundo trastorno provocado y del desconcierto que acaba con &#x00E9;l”.</p> </fn>

			<fn id="NOTE11"><label>11</label>	 <p>En un sentido en parte opuesto a esta interpretaci&#x00F3;n, la melancol&#x00ED;a de Don Quijote ha sido entendida por Pedro Cerezo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2006</xref>) como la manera cervantina de corregir, en los comienzos mismos de la Modernidad, la hybris del sujeto moderno.</p></fn> 

			<fn id="NOTE12"><label>12</label>	 <p>Observaciones sobre el sentimiento de lo bello y lo sublime (trad. Garc&#x00ED;a Morente en Porr&#x00FA;a), p. 142.</p></fn> 

			<fn id="NOTE13"><label>13</label>	 <p>Antropolog&#x00ED;a (trad. Rodr&#x00ED;guez Aramayo en Tecnos), p. 12.</p></fn> 

			<fn id="NOTE14"><label>14</label>	 <p>El mundo como voluntad y representaci&#x00F3;n, § 39 (trad. Ovejero y Mauri en Orbis), vol. II, pp. 36-7.</p></fn> 

			<fn id="NOTE15"><label>15</label>	 <p>Citado por Agamben (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2001</xref>, 25-6). Encontramos descripciones semejantes e igualmente v&#x00ED;vidas en S. Juan Cl&#x00ED;maco (La escala espiritual, esc. XIII) o en Evagrio P&#x00F3;ntico (De octo vitiosis cogitationibus, caps. XI-XIV). Ver sobre ello H. Bojorge (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">1996</xref>).</p></fn> 

			<fn id="NOTE16"><label>16</label>	 <p>Ver sobre ello los an&#x00E1;lisis de M. Foucault (<xref ref-type="bibr" rid="CIT25">2001</xref>, 403-418). Si la problematizaci&#x00F3;n de la acedia ocurre en este marco institucional a partir de los siglos IV y V, no es extra&#x00F1;o que en un momento como el de la Contrarreforma, en que reaparecen con gran intensidad los ejercicios y t&#x00E9;cnicas de s&#x00ED; cristianos, sea problematizada an&#x00E1;logamente la melancol&#x00ED;a.</p></fn> 

			<fn id="NOTE17"><label>17</label>	 <p>Ver tambi&#x00E9;n sobre la acedia Quaestiones Disputatae De malo, q. 11.</p></fn> 

			<fn id="NOTE18"><label>18</label>	 <p>Trad. de E. Lled&#x00F3; en Gredos, pp. 336-7.</p></fn> 

			<fn id="NOTE19"><label>19</label>	 <p>Ver Tres libros sobre la vida (trad. M. Villanueva en AEN), p. 27: “Baste hasta aqu&#x00ED; con haber se&#x00F1;alado a qu&#x00E9; es debido que los sacerdotes de las Musas o son melanc&#x00F3;licos desde el principio o se tornan as&#x00ED; a consecuencia del estudio, por razones en primer lugar celestes, en segundo lugar naturales y en tercer lugar humanas. As&#x00ED; lo afirma el propio Arist&#x00F3;teles en el libro de los Problemas. Dice, en efecto, que todos los hombres que sobresalen en cualquier materia han sido melanc&#x00F3;licos, corroborando as&#x00ED; la opini&#x00F3;n que expone Plat&#x00F3;n en su libro sobre la ciencia o Teeteto, a saber, que todos los hombres geniales han solido ser bastante excitables y sometidos al poder del furor. (…) …cuando dice en el Fedro que en vano se llama a las puertas de la poes&#x00ED;a si el furor no nos arrebata.” p. 27.</p></fn> 

			 <fn id="NOTE20"><label>20</label>	 <p>Th&#x00E9;ologie platonicienne de l’inmortalit&#x00E9; des âmes (trad. R. Marcel en Les Belles Lettres), p. 246. Dice Ficino: “As&#x00ED;, el humor melanc&#x00F3;lico invita y ayuda al alma a recogerse en s&#x00ED; misma. [...] No insistir&#x00E9; en el hecho de que esa es tambi&#x00E9;n la naturaleza de Mercurio y de Saturno, en virtud de la cual, reuniendo los ‘esp&#x00ED;ritus’ en el centro, desv&#x00ED;an la punta del alma, de alguna forma, de lo que le es extra&#x00F1;o, la acercan a lo que le es propio, la fijan por la contemplaci&#x00F3;n y la disponen a penetrar en el centro de las cosas.” (p. 202). Ver tambi&#x00E9;n p. 286.</p></fn>

			<fn id="NOTE21"><label>21</label>	 <p>Tres libros sobre la vida, p. 26.</p></fn>

			 <fn id="NOTE22"><label>22</label>	 <p>“[en Huarte encontramos]… una hip&#x00F3;tesis completamente nueva y original. (…) Nada de enfermedad que curar con dietas y f&#x00E1;rmacos, ni balneum diaboli del que escapar, ni s&#x00ED;ntoma que recluir en una &#x00FA;nica definici&#x00F3;n, la melancol&#x00ED;a es para Huarte m&#x00E1;s bien un indicio del car&#x00E1;cter, una proyecci&#x00F3;n del ingenio, una afirmaci&#x00F3;n de ciertas dotes, y no otras, al servicio de la comunidad.” (Poggi, <xref ref-type="bibr" rid="CIT45">2008</xref>, 42). Ver, en este sentido: Gambin (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2008</xref>, 131-175) y Fumaroli (<xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2005</xref>, 211).</p></fn> 

			<fn id="NOTE23"><label>23</label>	 <p>“...la ambigua polaridad negativa de la acidia se convierte de este modo en la levadura dial&#x00E9;ctica capaz de invertir la privaci&#x00F3;n en posesi&#x00F3;n. Puesto que su deseo permanece fijo en lo que se ha vuelto inaccesible, la acidia no es s&#x00F3;lo una fuga de..., sino tambi&#x00E9;n una fuga por..., que comunica con su objeto bajo la forma de negaci&#x00F3;n y de carencia.” (op. cit., p. 34).</p></fn> 

			<fn id="NOTE24"><label>24</label>	 <p>R. Guardini ha visto que estos son los componentes esenciales de la melancol&#x00ED;a. V&#x00E9;ase su ensayo de 1949 Acerca del significado de la melancol&#x00ED;a.</p></fn> 

			<fn id="NOTE25"><label>25</label>	 <p>Sobre ello, v&#x00E9;ase Deleuze, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">1989</xref>.</p></fn> 

			<fn id="NOTE26"><label>26</label>	 <p>En este punto parece d&#x00E9;bil la interpretaci&#x00F3;n que Gambin hace del lugar del Quijote en esa historia hispana de la melancol&#x00ED;a que, por otra parte, tan brillantemente reconstruye en Azabache. El debate sobre la melancol&#x00ED;a en la Espa&#x00F1;a de los siglos de oro (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2008</xref>). No parece que el asunto sea c&#x00F3;mo “…Cervantes se dedica m&#x00E1;s a aprovechar narrativamente el tema de la melancol&#x00ED;a” (p. 232); m&#x00E1;s que “aprovechar narrativamente” un tema de moda reciente, se trata de una transfiguraci&#x00F3;n creadora de la obra literaria por la radicalizaci&#x00F3;n de ese tema.</p></fn> 

			<fn id="NOTE27"><label>27</label>	 <p>Entre las numerosos referencias que sobre esto se podr&#x00ED;an citar: Rodr&#x00ED;guez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">2003</xref>; Robert, <xref ref-type="bibr" rid="CIT49">1963</xref>.</p></fn>

			<fn id="NOTE28"><label>28</label>	 <p>Reproduzco el pasaje de la conferencia de 1964, “Lenguaje y literatura”, donde Foucault expone narrativamente lo esencial de su teor&#x00ED;a geneal&#x00F3;gica de la literatura, que aqu&#x00ED; asumimos como trasfondo de nuestra interpretaci&#x00F3;n: “...toda obra exist&#x00ED;a en funci&#x00F3;n de cierto lenguaje mudo y primitivo que ella estar&#x00ED;a encargada de restituir. Ese lenguaje mudo era en cierto modo el fondo inicial, el fondo absoluto del que toda obra en lo sucesivo ven&#x00ED;a a desprenderse, en cuyo interior ven&#x00ED;a a alojarse. Ese lenguaje mudo, lenguaje anterior a los lenguajes, era la palabra de Dios, era la verdad, era el modelo, eran los cl&#x00E1;sicos, era la Biblia (...). Hab&#x00ED;a una especie de libro previo, que era la verdad, que era la naturaleza, que era la palabra de Dios, y que, en cierto modo, ocultaba en &#x00E9;l y pronunciaba al mismo tiempo toda la verdad. Y ese lenguaje soberano y retenido era tal que, por una parte, cualquier otro lenguaje, cualquier lenguaje humano, cuando quer&#x00ED;a ser una obra, deb&#x00ED;a lisa y llanamente volver a traducirlo, volver a transcribirlo, repetirlo, restituirlo (...). De ah&#x00ED; la necesidad de la ret&#x00F3;rica. Despu&#x00E9;s de todo, ¿qu&#x00E9; eran las met&#x00E1;foras, las metonimias, las sin&#x00E9;cdoques, etc., sino el esfuerzo por, con palabras humanas que son oscuras y ocultas en s&#x00ED; mismas, reencontrar, mediante un juego de aberturas y como a trav&#x00E9;s de enredos, ese lenguaje mudo que la obra ten&#x00ED;a como sentido y como tarea restituir y restaurar? Por el contrario, la literatura comienza cuando ha callado para el mundo occidental, o para una parte del mundo occidental, aquel lenguaje que no se hab&#x00ED;a dejado de o&#x00ED;r, de percibirse, de estar supuesto durante milenios. A partir del siglo XIX, se deja de estar a la escucha de ese habla primera y, en su lugar, se deja o&#x00ED;r el infinito del murmullo, el amontonamiento de las hablas ya dichas; en esas condiciones la obra no tiene que tomar cuerpo en las figuras de la ret&#x00F3;rica, que valdr&#x00ED;an como signos de un lenguaje mudo y absoluto, la obra s&#x00F3;lo tiene que hablar como lenguaje que repite lo que ha sido dicho...” (Foucault, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1996</xref>, 78-9; trad. I. Herrera).</p></fn> 

			<fn id="NOTE29"><label>29</label>	 <p>Ver tambi&#x00E9;n sobre la idea de la iron&#x00ED;a como lenguaje de la melancol&#x00ED;a, Gurm&#x00E9;ndez (<xref ref-type="bibr" rid="CIT33">1994</xref>, 67). Sobre la esencia reflexiva como irradiaci&#x00F3;n a partir de la pregunta ¿qu&#x00E9; es literatura?, se puede ver el imprescindible ensayo de 1948, de M. Blanchot, “La literatura y el derecho a la muerte” (Blanchot, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1991</xref>, 37-8).</p></fn>

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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>

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			  <source>Estancias. La palabra y el fantasma en la cultura occidental</source>
			  <year>2001</year>
			  <publisher-loc>Valencia</publisher-loc>
			  <publisher-name>Pre-Textos</publisher-name>
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			  <article-title>La melancol&#x00ED;a de Alonso Quijano “el Bueno”</article-title>
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			  <year>2005</year>
			  <volume>a&#x00F1;o 66</volume>
			  <issue>nº 236</issue>
			  <fpage>577</fpage>
			  <lpage>588</lpage>
			  <comment>(“Leyendo El Quijote”).</comment>
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			<ref id="CIT03">
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