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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ARBOR</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>ARBOR</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.761n3012</article-id>
			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.761n3012</article-id>
			
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				<subject>VARIA / VARIA</subject>
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			  <article-title>Campo y ciudad en la Espa&#x00F1;a de fin de siglo: Una lectura simmeliana de El &#x00E1;rbol de la ciencia (1911), de P&#x00ED;o Baroja<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref><xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref></article-title>
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		<trans-title>The countryside and city in Spain at the end of the century: A simmelian reading of Pio Baroja’s ‘El &#x00E1;rbol de la ciencia’ (1911)</trans-title>
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		<alt-title alt-title-type="running-head">Campo y ciudad en la Espa&#x00F1;a de fin de siglo</alt-title>
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				 <surname>Fuster Garc&#x00ED;a</surname>
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			  <aff id="U1">Departamento de Historia Contempor&#x00E1;nea. Facultad de Geograf&#x00ED;a e Historia</aff>
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		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="Francisco.Fuster-Garcia@uv.es">Francisco.Fuster-Garcia@uv.es</email>
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		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
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		<volume>189</volume>
		<issue>761</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.761n3012</elocation-id>

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		  	<date date-type="received">
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				<year>2012</year>
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			<date date-type="accepted">
				<day>23</day>
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		<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
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		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
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		<abstract xml:lang="es">
		<title>RESUMEN</title>
		<p>El objetivo de este art&#x00ED;culo es reconstruir la relaci&#x00F3;n dial&#x00E9;ctica que exist&#x00ED;a entre el campo y la ciudad —tomando como ejemplo el caso de Madrid— en la Espa&#x00F1;a finisecular a partir de la lectura de la novela de P&#x00ED;o Baroja, <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic> (1911). Para ello, intento c&#x00F3;mo situar al lector en el contexto hist&#x00F3;rico del per&#x00ED;odo para proceder a continuaci&#x00F3;n con el an&#x00E1;lisis del punto de vista barojiano sobre la relaci&#x00F3;n campo/ciudad, tomando como caso paradigm&#x00E1;tico la trayectoria personal de Andr&#x00E9;s Hurtado, el protagonista autobiogr&#x00E1;fico de esta novela.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>The aim of this paper is to reconstruct the dialectical relationship between the countryside and the city —taking the case of Madrid as an example— and in turn Spain at the end of the 19th century from the reading of P&#x00ED;o Baroja’s novel <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic> (1911). To do this, I try to locate the reader in the historical context of the period to then proceed with the analysis of the Barojian view of the relationship between the countryside and the city, taking the personal trajectory of Andr&#x00E9;s Hurtado, the autobiographical main character of this novel, as a paradigmatic case.</p>
		</trans-abstract>
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			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>P&#x00ED;o Baroja</kwd>
			<kwd>El &#x00E1;rbol de la ciencia (1911)</kwd>
			<kwd>Georg Simmel</kwd>
			<kwd>campo/ciudad</kwd>
			<kwd>Espa&#x00F1;a de fin de siglo</kwd>
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			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>P&#x00ED;o Baroja</kwd>
			<kwd>El &#x00E1;rbol de la ciencia (1911)</kwd>
			<kwd>Georg Simmel</kwd>
			<kwd>countryside/city</kwd>
			<kwd>end-of-century Spain</kwd>
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		<sec id="S1">
		<title>LA “VIDA MENTAL” EN EL MADRID DE FIN DE SIGLO </title>
		
		<p>De entre todos los autores que durante los primeros a&#x00F1;os del siglo XX ofrecen su an&#x00E1;lisis del impacto causado por la “revoluci&#x00F3;n urbana” en Europa, el soci&#x00F3;logo alem&#x00E1;n Georg Simmel es quiz&#x00E1; quien mejor supo captar la importancia de esta influencia ejercida por la gran ciudad en el individuo moderno del cambio de siglo. Una preocupaci&#x00F3;n por el fen&#x00F3;meno urbano y por su trascendencia hist&#x00F3;rica que, si bien se halla presente en varias obras de este pensador, se manifiesta de manera especial en su c&#x00E9;lebre ensayo “Las grandes urbes y la vida mental”<italic> </italic>(<italic>Die Großstädte und das Geistesleben</italic>, 1903), texto fundador de la sociolog&#x00ED;a urbana en el que encontramos la formulaci&#x00F3;n m&#x00E1;s completa y exacta de la teor&#x00ED;a simmeliana sobre la vida urbana.  </p>
		
		<p>Lo que acomete dicho autor en el citado ensayo es un an&#x00E1;lisis profundo –y a la vez con esa finura y sutileza caracter&#x00ED;stica de este pensador– de la autoridad que impone la gran urbe sobre cada uno de sus habitantes. Desde mi punto vista, y aunque el an&#x00E1;lisis simmeliano toma como ejemplo el caso del Berl&#x00ED;n de fin de siglo, las conclusiones a las que llega Simmel en su investigaci&#x00F3;n son perfectamente extrapolables a los casos de todas las grandes metr&#x00F3;polis europeas de fin de siglo. Salvando las distancias y los matices, y sin llegar a equipararlo –ni mucho menos– con el Berl&#x00ED;n estudiado por Simmel, considero que el Madrid finisecular no era en absoluto una excepci&#x00F3;n a esta norma. Y para demostrarlo, lo que me propongo en este apartado introductorio de mi texto es repasar una serie de opiniones –referidas ya directamente a la capital de Espa&#x00F1;a– que, a mi juicio, confirman de alguna forma la validez para el caso madrile&#x00F1;o del planteamiento simmeliano y de las consecuencias que de &#x00E9;l se derivan. </p>
		
		<p>Para Simmel, la mentalidad o psicolog&#x00ED;a del individuo moderno que habita las grandes ciudades europeas se caracteriza fundamentalmente por lo que &#x00E9;l llama el “acrecentamiento de la vida nerviosa”, esto es, la constante actividad mental –en contraste con la mayor relajaci&#x00F3;n y tranquilidad del mundo rural– provocada por “el r&#x00E1;pido e ininterrumpido intercambio de impresiones internas y externas” a que se ve sometido inevitablemente el urbanita. Esta multiplicaci&#x00F3;n de est&#x00ED;mulos, unida a la inserci&#x00F3;n del individuo dentro de una red de interrelaciones mucho mayor que la que se pueda formar en el campo o en una ciudad peque&#x00F1;a, hacen que la “vida an&#x00ED;mica” del hombre urbano privilegie su car&#x00E1;cter “intelectualista” por encima de su sensibilidad, puesto que el elemento de racionalidad que caracteriza a la vida econ&#x00F3;mica de la ciudad es mucho m&#x00E1;s exigente que el del &#x00E1;mbito rural, donde el ritmo de la vida fluye a una velocidad menor y m&#x00E1;s regular. Una de las consecuencias inmediatas de este incremento forzoso de la vida nerviosa y de la actividad intelectual del <italic>Homo urbanus</italic> es, seg&#x00FA;n el an&#x00E1;lisis simmeliano, la necesaria aparici&#x00F3;n de la apat&#x00ED;a y la indiferencia: “quiz&#x00E1; no haya ning&#x00FA;n otro fen&#x00F3;meno an&#x00ED;mico que est&#x00E9; reservado tan incondicionadamente a la gran ciudad como la indolencia” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1986a</xref>, 251). En efecto, dice Simmel, las grandes ciudades son “aut&#x00E9;nticos parajes de la indolencia”; de una indolencia que afecta a las relaciones de sus habitantes entre ellos y deriva a la larga en un deterioro generalizado del valor de las relaciones que acaba perjudicando a la propia personalidad de cada uno de los individuos que integran la masa urbana: </p>
		
		<p>En ella [en la ciudad] se encumbra en cierto modo aquella consecuencia de la aglomeraci&#x00F3;n de hombres y cosas que estimula al individuo a su m&#x00E1;s elevada prestaci&#x00F3;n nerviosa; en virtud del mero crecimiento cuantitativo de las mismas condiciones, esta consecuencia cae en su extremo contrario, a saber: en este peculiar fen&#x00F3;meno adaptativo de la indolencia, en el que los nervios descubren su &#x00FA;ltima posibilidad de ajustarse a los contenidos y a la forma de vida de la gran ciudad en el hecho de negarse a reaccionar frente a ella; el automantenimiento de ciertas naturalezas al precio de desvalorizar todo el mundo objetivo, lo que al final desmorona inevitablemente la propia personalidad en un sentimiento de igual desvalorizaci&#x00F3;n (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1986a</xref>, 253). </p>
		
		<p>Para el caso del Madrid de fin siglo, son varios los autores que han dejado descripciones sobre su forma de vida que encajan perfectamente con esta teor&#x00ED;a simmeliana sobre la metr&#x00F3;polis y la vida mental de sus habitantes. Aunque los t&#x00E9;rminos empleados sean distintos a los del vocabulario simmeliano, parece bastante evidente que hay una coincidencia de ideas entre el marco te&#x00F3;rico trazado por este soci&#x00F3;logo alem&#x00E1;n y las opiniones sobre Madrid de aquellos escritores y estudiosos que conocieron de primera mano la vida en la capital.  </p>
		
		<p>En su cl&#x00E1;sico estudio sobre la generaci&#x00F3;n del 98, Pedro La&#x00ED;n dedicaba el cuarto cap&#x00ED;tulo al Madrid finisecular y a su consideraci&#x00F3;n como tema literario. En su an&#x00E1;lisis de la vida capitalina, La&#x00ED;n llegaba a la conclusi&#x00F3;n de que el Madrid de fin de siglo era una especie de mezcla o “mixtura” entre las aportaciones m&#x00E1;s “castizas” o aut&#x00F3;ctonas y aqu&#x00E9;llas que proced&#x00ED;an de ese caudal migratorio al que antes me he referido. Sin embargo, lo que m&#x00E1;s llamaba la atenci&#x00F3;n del m&#x00E9;dico e historiador espa&#x00F1;ol fue “la terrible capacidad disolvente de la vida madrile&#x00F1;a” (La&#x00ED;n Entralgo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1956</xref>, 74), en referencia a ese ritmo fren&#x00E9;tico y antinost&#x00E1;lgico que gobierna en la gran ciudad.  </p>
		
		<p>En un art&#x00ED;culo titulado “Madrid y Par&#x00ED;s” (1901) y publicado en el peri&#x00F3;dico <italic>Las Noticias</italic>, el propio Baroja dec&#x00ED;a de la capital espa&#x00F1;ola que era “el pueblo aniquilador por excelencia” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">1999</xref>, 954)<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref><xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref>. Este mismo a&#x00F1;o, nuestro autor publica su obra <italic>Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox</italic>; en esta novela, que es en parte autobiogr&#x00E1;fica, el protagonista mantiene un di&#x00E1;logo con el personaje de Avelino Diz de la Iglesia en el que ambos hablan en los siguientes t&#x00E9;rminos de la irritaci&#x00F3;n y el agobio inherente a la vida ciudadana, en contraste con la feliz a&#x00F1;oranza de la vida en el campo: </p>
		
		<p>Salieron los dos amigos a la calle de la Luna, y por la de la Corredera desembocaron en la calle del Pez. Iban silenciosos; solo a largos intervalos se cruzaban entre ellos algunas palabras. </p>
		
		<p>- ¡Si viera usted c&#x00F3;mo me pesa Madrid! –murmur&#x00F3; Silvestre, apoy&#x00E1;ndose en la pared de una casa. </p>
		
		<p>- ¡Oh! ¡Y a m&#x00ED;! </p>
		
		<p>- Yo estoy envenenado por este pueblo; necesito salir, marcharme. </p>
		
		<p>- Es un pueblo delet&#x00E9;reo. </p>
		
		<p>- Si ahora estuvi&#x00E9;semos en el campo, ¿eh? Aunque fuera as&#x00ED;, sin un c&#x00E9;ntimo, ¡cu&#x00E1;nto mejor no ser&#x00ED;a! Encontrar&#x00ED;amos alguna casa en donde calentarnos y alg&#x00FA;n pajar en donde dormir. ¡Vaya usted a pedir eso aqu&#x00ED; sin dinero! (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 806) </p>
		
		<p>En otra novela publicada un a&#x00F1;o despu&#x00E9;s como <italic>La voluntad</italic> (1902), Azor&#x00ED;n expresa por boca del personaje de Yuste otra opini&#x00F3;n sobre la forma de vida del Madrid de la &#x00E9;poca que nos vuelve a recordar ese elemento nervioso y “febril” subrayado en el an&#x00E1;lisis simmeliano de la vida mental del hombre urbano: </p>
		
		<p>Azor&#x00ED;n observa: </p>
		
		<p>- Es raro como estos gritos parecen lamentos, s&#x00FA;plicas, melopeas extra&#x00F1;as… </p>
		
		<p>Y Yuste replica: </p>
		
		<p>- Observa esto: los gritos de las grandes ciudades, de Madrid, son r&#x00E1;pidos, secos, sin relumbres de idealidad… Los de provincias a&#x00FA;n son art&#x00ED;sticos, largos, pla&#x00F1;ideros… tiernos, melanc&#x00F3;licos… Y es que en las grandes ciudades no se tiene tiempo, se quiere aprovechar el minuto, se vive febrilmente… (Mart&#x00ED;nez Ruiz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2008</xref>, 185-186). </p>
		
		<p>Varias d&#x00E9;cadas despu&#x00E9;s, en plena Guerra Civil, Antonio Machado escrib&#x00ED;a una emotiva serie de art&#x00ED;culos sobre Madrid que fue publicada en <italic>Ayuda</italic>, un semanario editado en Valencia por el Socorro Rojo de Espa&#x00F1;a (S.R.I.). En uno de ellos dec&#x00ED;a Machado de la capital que era el lugar de Espa&#x00F1;a donde la supervivencia resultaba m&#x00E1;s dif&#x00ED;cil: </p>
		
		<p>Pero la sonrisa madrile&#x00F1;a, levemente c&#x00ED;nica, marcadamente ir&#x00F3;nica, es ya una sonrisa <italic>a pesar de todo</italic>, porque en Madrid es la vida m&#x00E1;s dura que en el resto de Espa&#x00F1;a. Es en Madrid donde adquieren m&#x00E1;s tensi&#x00F3;n los resortes de la lucha social y de la competencia en el trabajo; el lugar de los mayores afanes y los mayores riesgos, donde, a causa de la mucha concurrencia, es m&#x00E1;s grande la soledad del individuo, donde es m&#x00E1;s ardua la empresa de salir adelante con la propia existencia y la de la prole (Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1999</xref>, 287). </p>
		
		<p>Otra consecuencia del influjo urbano sobre el individuo es para Simmel la adopci&#x00F3;n por parte del urbanita de lo que &#x00E9;l llama “actitud de reserva” frente a sus semejantes; as&#x00ED; como el habitante de la aldea o de la peque&#x00F1;a ciudad se puede permitir el contacto y la relaci&#x00F3;n con cada uno de sus convecinos, el individuo de la metr&#x00F3;polis se ve sometido a diario a una multiplicaci&#x00F3;n de est&#x00ED;mulos y contactos personales de tal magnitud que cualquier planteamiento de este estilo le provocar&#x00ED;a una “atomizaci&#x00F3;n interna”, precisamente por esta incapacidad para mantener la propia unidad mental frente a tanta excitaci&#x00F3;n procedente del exterior. El mecanismo de defensa natural del urbanita es la adopci&#x00F3;n frente a la multitud urbana de una reserva preventiva que, en ocasiones, y sumada a esa indiferencia a la que me he referido, se transforma en “una silenciosa aversi&#x00F3;n, una extranjer&#x00ED;a y repulsi&#x00F3;n mutua, que en el mismo instante de un contacto m&#x00E1;s cercano provocado de alg&#x00FA;n modo, redundar&#x00ED;a inmediatamente en odio y lucha” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1986</xref>, 253). En relaci&#x00F3;n a esta segunda consecuencia, Baroja dir&#x00E1; que la manera de vivir madrile&#x00F1;a es “superficial, externa, poco &#x00ED;ntima y poco sincera” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1999</xref>, 123), empleando una serie de adjetivos que se acercan mucho a la idea de lo expresado por Simmel en su ensayo. </p>
		
		<p>Pero en mi opini&#x00F3;n, la mejor descripci&#x00F3;n del contraste sufrido por el espa&#x00F1;ol de fin de siglo que emigraba –o viajaba circunstancialmente– del campo o de una ciudad de dimensi&#x00F3;n menor –Salamanca, en este caso concreto– a la capital del Estado nos la da Miguel de Unamuno en un texto no muy conocido, pese a tener un t&#x00ED;tulo tan descriptivo como el de “Ciudad y campo (de mis impresiones de Madrid)”. Se trata de un breve ensayo escrito en 1902 (un a&#x00F1;o antes que el de Simmel, que es de 1903) en el que el fil&#x00F3;sofo y escritor espa&#x00F1;ol realiza un an&#x00E1;lisis extraordinariamente sutil del impacto psicol&#x00F3;gico que provoca en sus habitantes la din&#x00E1;mica urbana del Madrid finisecular. Este retrato lo traza Unamuno con una precisi&#x00F3;n admirable y unas descripciones en las que encontramos ideas que –expresadas con otro vocabulario– comparten puntos en com&#x00FA;n con la teor&#x00ED;a simmeliana sobre la vida del individuo urbano que he tomado como marco, en una nueva coincidencia que avala la validez del an&#x00E1;lisis simmeliano para el caso de Madrid. La cita es algo larga, pero creo que no tiene desperdicio: </p>		
		
		<p>Suelo experimentar en Madrid un cansancio especial al que llamar&#x00E9; cansancio de la corte. Cuando en esta tranquila ciudad de Salamanca salgo de paseo, carretera de Zamora adelante, se me cansan las piernas, seguramente, pero descansa y se refresca mi sistema nervioso. El camino est&#x00E1; franco y despejado, no encuentro en &#x00E9;l detenci&#x00F3;n alguna, nada me distrae, mi paso es igual, sin que haya de menester variarlo, y mi vista reposa en la contemplaci&#x00F3;n, ya de la lejana y ahora nevada sierra, que parece un esmalte del cielo, ya en la vasta llanura de la Armu&#x00F1;a, en que se tienden algunos pueblecillos, ya, a mi regreso, en la vista de la ciudad, dominada por las altas torres de su Catedral y su Clerec&#x00ED;a. Luego a casa, me siento a trabajar, y a la vez que mis piernas descansan, act&#x00ED;vase mi cerebro refrescado por el paseo. Pero si en Madrid bajo por la calle de Alcal&#x00E1; y paseo de Recoletos “sobre las viejas losas que se han sacado de las canteras para preparar a los pies del hombre una superficie seca y est&#x00E9;ril” (<italic>Obermann</italic>, carta IX) o recorro calles, he de variar constantemente de marcha; una pareja que est&#x00E1; en la acera constantemente charlando y me obliga a ladearla, el transe&#x00FA;nte de delante que va m&#x00E1;s despacio que yo, un coche que se me cruza cuando voy a atravesar una calle, este que me saluda, aqu&#x00E9;l que me llama la atenci&#x00F3;n, el otro que parece mirarme como a una persona conocida, a cada momento rostros nuevos, conocidos y desconocidos, todo ello exige peque&#x00F1;as adaptaciones, que convierte mi marcha en un acto mucho menos autom&#x00E1;tico. Cada una de estas ligeras e insignificantes variaciones parece no tener importancia; pero la serie de ellas es como una descarga continua que acaba por llevarme a cierto estado de fatiga sobreexcitante, casi de irritabilidad.  </p>
		
		<p>[…] Yo no s&#x00E9; si eso que llaman neurastenia ser&#x00E1; una enfermedad especialmente ciudadana, pero si no lo es, merecer&#x00ED;a serlo. Lo que s&#x00ED; creo que pueda afirmarse es que las grandes ciudades produzcan lo que podemos llamar cerebralismo.  </p>
		
		<p>[…] Y en las ciudades me parece que la serie de las excitaciones sensoriales, que las variadas excitantes que por los sentidos nos entran, menudea tanto y es tan compleja, que apenas nos deja lugar a reponernos de ella lo debido. Es lo que se dice cuando se afirma que en las ciudades se vive demasiado deprisa (Unamuno, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007</xref>, 445-446). </p>
		
		<p>Todos estos testimonios nos informan del cambio que supuso para el estilo de vida de las sociedades europeas la aparici&#x00F3;n de las grandes capitales y, en general, el auge de la urbe como espacio de acogida para esos contingentes de poblaci&#x00F3;n que emigran del campo a la ciudad en busca de mayores posibilidades. La consolidaci&#x00F3;n de la ciudad en la Europa de principios del siglo XX ir&#x00E1; acompa&#x00F1;ada de un cambio en la “vida mental” del individuo, que pasa a caracterizarse por ese “cerebralismo” del que habla Unamuno para Madrid y por eso que Simmel llama actitud <italic>blas&#x00E9;</italic>: la indolencia e indiferencia frente a tanto est&#x00ED;mulo externo, frente a una multitud que amenaza con ahogar la personalidad propia. Sin embargo, es evidente que este cambio en la forma de vida de la Espa&#x00F1;a finisecular no se realiza de forma tajante ni radical; al contrario, durante estos primeros a&#x00F1;os del siglo se produce la convivencia entre un pa&#x00ED;s que todav&#x00ED;a es mayoritariamente rural y unos n&#x00FA;cleos urbanos que poco a poco van ganando terreno. Esta coexistencia entre dos mundos, entre dos estilos de vida, provoca irremisiblemente un contraste, un choque en la mentalidad del individuo que transita de uno al otro. Y este es justamente el caso del personaje de Andr&#x00E9;s Hurtado en <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia </italic>(1911), que pasa de vivir en la metr&#x00F3;polis que es el Madrid de fin de siglo a vivir en un pueblo como Alcolea del Campo. De las impresiones del protagonista de la novela durante sus a&#x00F1;os en Madrid y durante los meses que pas&#x00F3; en ese imaginario pueblo de la Mancha inventado por Baroja quiero ocuparme ahora. </p>
		</sec>
		
		<sec id="S2">
		<title>EL MADRID DE ANDR&#x00C9;S HURTADO </title>
		
		<p>La primera reacci&#x00F3;n de Andr&#x00E9;s Hurtado ante el Madrid finisecular de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic> la encontramos en el segundo cap&#x00ED;tulo de la primera parte de la novela, cuando Baroja describe las primeras sensaciones del protagonista como estudiante de medicina y la impresi&#x00F3;n de ciudad ap&#x00E1;tica y estancada que le suscita Madrid: </p>
		
		<p>En esta &#x00E9;poca era todav&#x00ED;a Madrid una de las pocas ciudades que conservaba esp&#x00ED;ritu rom&#x00E1;ntico. </p>
		
		<p>Todos los pueblos tienen, sin duda, una serie de f&#x00F3;rmulas pr&#x00E1;cticas para la vida, consecuencia de la raza, de la historia, del ambiente f&#x00ED;sico y moral. Tales f&#x00F3;rmulas, tal especial manera de ver, constituye un pragmatismo &#x00FA;til, simplificador, sintetizador. El pragmatismo nacional cumple su misi&#x00F3;n cuando deja paso libre a la realidad; pero si se cierra este paso, entonces la normalidad de un pueblo se altera, la atm&#x00F3;sfera se enrarece, las ideas y los hechos toman perspectivas falsas. En un ambiente de ficciones, residuo del pragmatismo viejo y sin renovaci&#x00F3;n, viv&#x00ED;a el Madrid de hace a&#x00F1;os. </p><p>Otras ciudades espa&#x00F1;olas se hab&#x00ED;an dado cuenta de la necesidad de transformarse y de cambiar; Madrid segu&#x00ED;a inm&#x00F3;vil, sin curiosidad y sin deseo de cambio (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1998</xref>, 377). </p>
		
		<p>A trav&#x00E9;s de los distintos personajes de la obra, Baroja nos introduce en los diferentes ambientes de la ciudad: la pobreza de la familia Minglanilla, el personaje de Villas&#x00FA;s como encarnaci&#x00F3;n de la bohemia finisecular m&#x00E1;s degradada o la Venancia como personificaci&#x00F3;n de una aristocracia en declive y venida a menos ante el empuje de la nueva burgues&#x00ED;a; prostitutas, mendigos, prestamistas de poca monta y todo tipo de personajes fracasados y marginales que circulan por esos bajos fondos donde transcurren algunos pasajes de la novela.  </p>
		
		<p>Como no pod&#x00ED;a ser de otra forma, el novelista vasco tambi&#x00E9;n nos deja una impresi&#x00F3;n del protagonista sobre esa vida mental de Madrid, sobre ese nerviosismo del individuo moderno en la gran ciudad estudiado por Simmel. Ese “cerebralismo” que seg&#x00FA;n Unamuno provocaba la vida del Madrid finisecular en sus habitantes tambi&#x00E9;n es sufrido por un Andr&#x00E9;s Hurtado que, en conversaci&#x00F3;n con su amigo Montaner, se queja de lo agobiante y pesada que resulta cualquier cosa en el contexto de la gran ciudad, donde todo es ef&#x00ED;mero y precario: </p>
		
		<p>- Es triste todo eso. Siempre en este Madrid la misma interinidad, la misma angustia hecha cr&#x00F3;nica, la misma vida sin vida, todo igual. </p>
		
		<p>- S&#x00ED;; esto es un pantano –murmur&#x00F3; Montaner. </p>
		
		<p>- M&#x00E1;s que un pantano es un campo de ceniza (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1998</xref>, 528). </p>
		
		<p>Esta “vida sin vida” es la que experimenta el personaje principal de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic> a lo largo de toda la novela, con la excepci&#x00F3;n de un momento concreto. Este episodio sorprendente e inusual, trat&#x00E1;ndose de un individuo acostumbrado a esa interinidad de la vida urbana y a esa anomia y desorientaci&#x00F3;n vital que le caracteriza, sucede cuando el protagonista de la novela empieza disfrutar de la vida en matrimonio con Lul&#x00FA; y de la independencia de vivir en su nuevo hogar, en medio de una inopinada harmon&#x00ED;a. De hecho, es tanta la extra&#x00F1;eza que hallan en este reducto en medio de la ciudad, que Hurtado compara su situaci&#x00F3;n con la de la vida rural, alejada de esa civilizaci&#x00F3;n insufrible: </p>
		
		<p>Andr&#x00E9;s estaba cada vez m&#x00E1;s encantado de su mujer, de su vida y de su casa. Ahora le asombraba c&#x00F3;mo no hab&#x00ED;a notado antes aquellas condiciones de arreglo, de orden y de econom&#x00ED;a de Lul&#x00FA;. </p><p>Cada vez trabajaba m&#x00E1;s a gusto. Aquel cuarto grande le daba la impresi&#x00F3;n de no estar en una casa con vecinos y gente fastidiosa, sino en el campo, en alg&#x00FA;n sitio lejano (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1998</xref>, 557). </p>
		
		<p> Es tal el asombro experimentado por el personaje ante una situaci&#x00F3;n de paz a la que est&#x00E1; tan poco acostumbrado, que incluso duda y recela ante lo que parece un espejismo: no es posible que a un hombre tan desdichado como &#x00E9;l y en un ambiente tan infernal como ese Madrid de la “interinidad”, descubra que la vida no es obligatoriamente esa desgracia ininterrumpida. Tristemente, el curso de los hechos confirmar&#x00E1; los peores presagios de Andr&#x00E9;s Hurtado y esta etapa de tranquilidad ser&#x00E1; solamente eso: un oasis de paz en medio de una vida de sufrimiento constante, dominada por la neurastenia y culminada voluntariamente con ese suicidio tan comprensible.  </p>
		
		<p>Como vemos, el Madrid de Andr&#x00E9;s Hurtado es, en muchos aspectos, muy parecido a esas grandes capitales de la Europa finisecular. Hurtado es ese hombre moderno que vive este nerviosismo de la vida mental urbana, con la diferencia de que, en su caso, a este se unen otros factores que le complican sobremanera la existencia. Y quiz&#x00E1; lo m&#x00E1;s triste es que la situaci&#x00F3;n que encuentra en el campo durante esa breve estancia de unos meses en el pueblo rural de Alcolea del Campo, no es –ni mucho menos– mejor que la que ya hab&#x00ED;a experimentado en Madrid. Como voy a tratar de explicar, el ambiente de Alcolea ser&#x00E1; distinto al de la ciudad, pero igual de asfixiante para &#x00E9;l –si no m&#x00E1;s– que aquel otro que hab&#x00ED;a dejado atr&#x00E1;s. Este contraste entre ambas experiencias es el que nos ilustra la visi&#x00F3;n que Baroja ten&#x00ED;a de esta dial&#x00E9;ctica entre el campo y la ciudad espa&#x00F1;ola de fin de siglo, y de sus respectivos estilos de vida. </p>
		</sec>
		
		<sec id="S3">
		<title>ALCOLEA DEL CAMPO: MICROCOSMOS DE LA ESPA&#x00D1;A RURAL </title>
		
		<p>El auge de una ciudad como Madrid no nos debe hacer perder de vista una realidad insoslayable: a finales del siglo XIX y principios del siglo XX, Espa&#x00F1;a es un pa&#x00ED;s mayoritariamente rural. De hecho, y como se puede leer en un manual de historia de Espa&#x00F1;a muy reciente, algunos historiadores consideran que uno de los fen&#x00F3;menos que m&#x00E1;s llaman la atenci&#x00F3;n de la Espa&#x00F1;a finisecular es que, en comparaci&#x00F3;n con el marco general europeo de entresiglos, el proceso de urbanizaci&#x00F3;n es tard&#x00ED;o y limitado a los n&#x00FA;cleos de Madrid y Barcelona, que apenas superan el medio mill&#x00F3;n de habitantes al acabar la centuria, y a un muy reducido grupo de ciudades que llegaba a los cien mil; el resto de poblaci&#x00F3;n –un 80 por ciento– viv&#x00ED;a en localidades que no superaban los 10.000 habitantes (Casanova; Gil Andr&#x00E9;s, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2009</xref>, 20).  </p>
		
		<p>En las siguientes p&#x00E1;ginas quiero centrarme en la vivencia del protagonista de la novela en Alcolea del Campo, el pueblo creado por Baroja como un microcosmos de ese campo espa&#x00F1;ol de finales del siglo XIX y principios del siglo XX. Alcolea es un pueblo concreto con unas coordenadas espacio-temporales propias y unas caracter&#x00ED;sticas espec&#x00ED;ficas, pero Alcolea es tambi&#x00E9;n una sin&#x00E9;cdoque, una metonimia geogr&#x00E1;fica de la Espa&#x00F1;a rural definida y descrita por Baroja a partir de una creaci&#x00F3;n ficcional en la que, sin embargo, se dan todos aquellos rasgos que sirven al novelista para reconstruir el estilo de vida rural y nos sirven a los lectores para dar un salto en el tiempo y, a partir de un ejemplo concreto y localizado, conocer la Espa&#x00F1;a rural de la mano de Andr&#x00E9;s Hurtado. </p>
		
		<p>Lo primero que hace Baroja al iniciar la quinta parte de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic> es describir escuetamente el pueblo al que acaba de llegar el protagonista de la novela despu&#x00E9;s de obtener una plaza como m&#x00E9;dico: </p>
		
		<p>Era este un pueblo del centro de Espa&#x00F1;a, colocado en esa zona intermedia donde acaba Castilla y comienza Andaluc&#x00ED;a. Era villa de importancia, de ocho a diez mil habitantes; para llegar a ella hab&#x00ED;a que tomar la l&#x00ED;nea de C&#x00F3;rdoba, detenerse en una estaci&#x00F3;n de la Mancha y seguir a Alcolea en coche (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 483). </p>
		
		<p>Aunque pueda parecer una descripci&#x00F3;n as&#x00E9;ptica, se percibe la intencionalidad de Baroja en un par de detalles. Primero, cuando sit&#x00FA;a el pueblo en un lugar concreto y simb&#x00F3;lico: pudi&#x00E9;ndolo localizar en cualquier lugar de la geograf&#x00ED;a espa&#x00F1;ola, el novelista no busca la periferia o lo exc&#x00E9;ntrico; al contrario, al situarlo en el “centro de Espa&#x00F1;a” le otorga voluntariamente una representatividad y ese valor de metonimia al que ya he aludido. Lo llama Alcolea del Campo como lo podr&#x00ED;a llamar de cualquier otra forma; lo importante no es el nombre, sino el hecho de ser un pueblo del centro del pa&#x00ED;s, una especie de encrucijada o lugar de paso donde se concentran todas las caracter&#x00ED;sticas que comparten los pueblos espa&#x00F1;oles de la &#x00E9;poca. En segundo lugar, me parece interesante el dato de afirmar que estamos ante una “villa de importancia”, lo cual no deja de ser una contradicci&#x00F3;n en los t&#x00E9;rminos: la villa no suele ser por definici&#x00F3;n algo importante, y menos en comparaci&#x00F3;n con Madrid. Lo que desde mi punto de vista nos quiere transmitir Baroja con este dato de los miles de habitantes de Alcolea es que no estamos ante una aldea insignificante o un pueblucho de mala muerte; en realidad, se trata de un pueblo grande que no llega a ciudad, pero que no por ello carece de inter&#x00E9;s.  </p>
		
		<p>Unas p&#x00E1;ginas m&#x00E1;s adelante encontramos un par de descripciones del clima y el paisaje del nuevo h&#x00E1;bitat de Andr&#x00E9;s Hurtado, hechas siempre por ese narrador con focalizaci&#x00F3;n interna que emplea Baroja para transmitirnos la percepci&#x00F3;n de protagonista. Ya en el primer d&#x00ED;a de Hurtado en el pueblo, en pleno verano y a media ma&#x00F1;ana, esta es la reflexi&#x00F3;n que le sugiere un ambiente que ya solamente por el clima –sin haber entrado en contacto apenas con la gente del pueblo– empieza a revelarse asfixiante y nada halagüe&#x00F1;o: “Hac&#x00ED;a un calor horrible; todo el campo parec&#x00ED;a quemado, calcinado; el cielo, plomizo, con reflejos de cobre, iluminaba los polvorientos vi&#x00F1;edos, y el sol se pon&#x00ED;a tras de un velo espeso de calina, a trav&#x00E9;s del cual quedaba convertido en un disco blanquecino y sin brillo (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 486)”. </p>
		
		<p>Uno de los primeros aspectos de la vida cotidiana de Alcolea que empiezan a irritar a Hurtado es el de sus h&#x00E1;bitos alimenticios. Lo primero que hace al llegar a la fonda del pueblo en la que se hospeda es cambiar una dieta que, hasta su llegada, consist&#x00ED;a b&#x00E1;sicamente en carne sazonada con especias picantes. Como nos dice el narrador, “con aquel r&#x00E9;gimen de carne y con el calor, Andr&#x00E9;s estaba constantemente excitado” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 491). Poco a poco, los h&#x00E1;bitos y las costumbres de Alcolea le van resultando cada vez m&#x00E1;s insufribles; es tal su incompatibilidad que, al pedir a la patrona de la fonda una serie de cambios en esa rutina a la que no se logra aclimatar, esta concluye de la siguiente forma refiri&#x00E9;ndose a la sensaci&#x00F3;n que le produce el nuevo m&#x00E9;dico del pueblo y hu&#x00E9;sped eventual suyo: “Con estas advertencias, la nueva patrona crey&#x00F3; que su hu&#x00E9;sped, si no estaba loco, no le faltaba mucho” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 492). Esa imagen, la de un loco extravagante, es la que le sugiere al habitante com&#x00FA;n de Alcolea su nuevo vecino; la impresi&#x00F3;n de un extranjero que no se adapta a unos h&#x00E1;bitos preestablecidos y que se atreve a cuestionar la dieta y las costumbres seculares m&#x00E1;s arraigadas. Y es que, efectivamente, Hurtado lo intenta todo, pero la situaci&#x00F3;n le supera y llega a una conclusi&#x00F3;n sobre los usos y las pr&#x00E1;cticas del pueblo que no puede ser m&#x00E1;s lapidaria: “Las costumbres de Alcolea eran espa&#x00F1;olas puras, es decir, de un absurdo completo” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 498). En este caso es el propio Baroja quien, a trav&#x00E9;s del narrador, se encarga de extrapolar la situaci&#x00F3;n particular de Alcolea al marco general del conjunto del pa&#x00ED;s, verificando as&#x00ED; la teor&#x00ED;a que he expuesto sobre la funci&#x00F3;n de este pueblo como metonimia de la Espa&#x00F1;a rural de fin de siglo. </p>
		
		<p>Otro de los aspectos que m&#x00E1;s critica el protagonista de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia </italic>de Alcolea del Campo es algo que tambi&#x00E9;n Baroja se&#x00F1;al&#x00F3; de la Espa&#x00F1;a rural de su tiempo: la absoluta falta del m&#x00E1;s m&#x00ED;nimo sentido social. Ese sentimiento de comunidad que &#x00C9;mile Durkheim consideraba esencial para el buen funcionamiento de cualquier sociedad, no se encuentra por ning&#x00FA;n lugar en Alcolea, la cual cosa tiene como consecuencia la nula capacidad del colectivo para organizarse y reaccionar ante una adversidad coyuntural como fue la crisis de la viticultura que sufri&#x00F3; Espa&#x00F1;a a partir de los a&#x00F1;os noventa, cuando la plaga de la filoxera pas&#x00F3; de afectar Francia a perjudicar a Espa&#x00F1;a: </p>
		
		<p>El pueblo no ten&#x00ED;a el menor sentido social; las familias se met&#x00ED;an en sus casas, como los trogloditas en su cueva. No hab&#x00ED;a solidaridad; nadie sab&#x00ED;a ni pod&#x00ED;a utilizar la fuerza de la asociaci&#x00F3;n. Los hombres iban al trabajo y a veces al casino. Las mujeres no sal&#x00ED;an m&#x00E1;s que los domingos a misa. </p>
		
		<p>Por falta de instinto colectivo, el pueblo se hab&#x00ED;a arruinado. En la &#x00E9;poca del tratado de los vinos con Francia, todo el mundo, sin consultarse los unos a los otros, comenz&#x00F3; a cambiar el cultivo de sus campos, dejando el trigo y los cereales y poniendo vi&#x00F1;edos; pronto el r&#x00ED;o de vino de Alcolea se convirti&#x00F3; en r&#x00ED;o de oro. En ese momento de prosperidad, el pueblo se agrand&#x00F3;, se limpiaron las calles, se pusieron aceras, se instal&#x00F3; la luz el&#x00E9;ctrica…; luego vino la terminaci&#x00F3;n del tratado, y como nadie sent&#x00ED;a la responsabilidad de representar al pueblo, a nadie se le ocurri&#x00F3; decir: “Cambiemos el cultivo; volvamos a nuestra vida antigua; empleemos la riqueza producida por el vino en transformar la tierra para las necesidades de hoy”. Nada. </p>
		
		<p>El pueblo acept&#x00F3; la ruina con resignaci&#x00F3;n (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 498). </p>
		
		<p>A esta falta de “sentido social” se une la terrible presi&#x00F3;n que ejerce sobre el pueblo una moral cat&#x00F3;lica represiva y, todo junto, se traduce en una triste sensaci&#x00F3;n de incultura que, en el plano pol&#x00ED;tico, tiene la perversa consecuencia de alterar el orden racional de lo que deber&#x00ED;a ser un buen gobierno. Una vez m&#x00E1;s, Baroja emplea el caso de Alcolea como microcosmos de ese todo que es la Espa&#x00F1;a rural de fin de siglo; los vicios y la corrupci&#x00F3;n pol&#x00ED;tica de Alcolea son, otra vez, un s&#x00ED;ntoma de lo que acontece a nivel general en el pa&#x00ED;s durante el per&#x00ED;odo de la Restauraci&#x00F3;n:  </p>
		
		<p>[…] cada ciudadano de Alcolea se sent&#x00ED;a tan separado del vecino como de un extranjero. No ten&#x00ED;an una cultura com&#x00FA;n (no la ten&#x00ED;an de ninguna clase); no participaban de admiraciones comunes; solo el h&#x00E1;bito, la rutina, les un&#x00ED;a; en el fondo, todos eran extra&#x00F1;os a todos. </p>
		
		<p>Muchas veces a Hurtado le parec&#x00ED;a Alcolea una ciudad en estado de sitio. El sitiador era la moral, la moral cat&#x00F3;lica. All&#x00ED; no hab&#x00ED;a nada que no estuviera almacenado y recogido: las mujeres en sus casas, el dinero en las carpetas, el vino en las tinajas. </p>
		
		<p>Andr&#x00E9;s se preguntaba: “¿Qu&#x00E9; hacen estas mujeres? ¿En qu&#x00E9; piensan? ¿C&#x00F3;mo pasan las horas de sus d&#x00ED;as?”. Dif&#x00ED;cil era averiguarlo. </p>
		
		<p>Con aquel r&#x00E9;gimen de guardarlo todo, Alcolea gozaba de un orden admirable; solo un cementerio bien cuidado pod&#x00ED;a sobrepasar tal perfecci&#x00F3;n. </p>
		
		<p>Esta perfecci&#x00F3;n se consegu&#x00ED;a haciendo que el m&#x00E1;s inepto fuera el que gobernara. El cedazo iba separando el grano de la paja, pero luego se recog&#x00ED;a la paja y se desperdiciaba el grano. Alg&#x00FA;n burl&#x00F3;n hubiera dicho que este aprovechamiento de la paja entre espa&#x00F1;oles no era raro. Por aquella selecci&#x00F3;n a la inversa, resultaba que los m&#x00E1;s aptos all&#x00ED; eran precisamente los m&#x00E1;s ineptos (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 499). </p>
		
		<p>Cuando su situaci&#x00F3;n en el pueblo se torna insostenible, Hurtado decide dimitir de su puesto de m&#x00E9;dico sustituto y marcharse de Alcolea, no sin antes sincerarse con Dorotea, a quien confesa los motivos de su marcha y con quien termina consumado un amor que, como todo en aquel contexto de miseria y doble moral, yac&#x00ED;a tambi&#x00E9;n reprimido en su interior. As&#x00ED;, de forma algo abrupta, pero totalmente comprensible, acaba la experiencia de Andr&#x00E9;s Hurtado en Alcolea del Campo y finaliza tambi&#x00E9;n esta incursi&#x00F3;n de Baroja en la Espa&#x00F1;a rural de fin de siglo.  </p>
		</sec>		
		
		<sec id="S4">
		<title>EL CAMPO Y LA CIUDAD: LAS DOS ESPA&#x00D1;AS DE ANDR&#x00C9;S HURTADO </title>
		
		<p>El an&#x00E1;lisis de la influencia del ambiente de Madrid y de Alcolea del Campo en el estilo de vida y la personalidad de Andr&#x00E9;s Hurtado me lleva a una primera conclusi&#x00F3;n clara: por unos motivos o por otros, en las dos Espa&#x00F1;as –la rural y la urbana– se muestra inc&#x00F3;modo; ni en el &#x00E1;mbito de una gran capital europea en desarrollo como era el Madrid de 1900, ni en el de un tranquilo pueblo de la Espa&#x00F1;a rural de fin de siglo encuentra su sitio el protagonista de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic>. </p>
		
		<p>En su ensayo “La ampliaci&#x00F3;n de los grupos y la formaci&#x00F3;n de la individualidad” (<italic>Die Erweiterung der Gruppe und die Ausbildung der Individualität</italic>, 1908), Georg Simmel expon&#x00ED;a una interesante teor&#x00ED;a sociol&#x00F3;gica que se ajusta bastante bien a lo que, desde mi punto de vista, le sucede al personaje creado por Baroja. Argumentaba Simmel que en un c&#x00ED;rculo social estrecho, como creo que puede ser el pueblo de Alcolea seg&#x00FA;n lo describe Baroja, la libertad de la que goza el individuo es por lo general menor, de forma que es m&#x00E1;s f&#x00E1;cil distinguirse del resto de miembros que integran ese grupo y que s&#x00ED; que son homog&#x00E9;neos entre ellos; algo parecido a esto es lo que le sucede a Hurtado cuando pasa de vivir en Madrid a hacerlo en Alcolea del Campo. En mi opini&#x00F3;n, Hurtado representa el elemento refinado y heterodoxo que procede del exterior –en este caso de la ciudad– y se introduce en un ambiente cerrado y ortodoxo, rompiendo con ese simple hecho su equilibro natural y, hasta ese momento, incuestionable. Baroja introduce h&#x00E1;bilmente este contraste a trav&#x00E9;s de la reacciones del elemento subversivo que es el protagonista de su novela y del elemento subvertido que es la mentalidad tradicional del pueblo. En un pasaje que ya he citado, el personaje de Dorotea dice de Hurtado que sus ideas “revolucionarias” le parecen “absurdas”. Frente a esta postura, est&#x00E1; la opuesta, la del propio Andr&#x00E9;s Hurtado. Cuando entra en contacto con el otro m&#x00E9;dico del pueblo, este le cuenta su gran afici&#x00F3;n a los toros. Para un esp&#x00ED;ritu sutil y urbanita como el de Hurtado, esta inclinaci&#x00F3;n de su hom&#x00F3;logo por el espect&#x00E1;culo de las corridas ya es suficiente dato para catalogarlo tajantemente: “Esta afici&#x00F3;n bast&#x00F3; a Andr&#x00E9;s para considerarle como un bruto” (Baroja, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1998</xref>, 494). El choque de mentalidades es evidente. </p>
		
		<p>Si esto sucede en un grupo social reducido, cuando se ampl&#x00ED;a el c&#x00ED;rculo –argumenta Simmel– sucede justamente lo contrario: la libertad individual es mayor, pero la peculiaridad que representa el individuo decrece proporcionalmente. Como explica Simmel, un grupo social extenso, como pueda ser el Madrid de fin de siglo en el que vive el protagonista de la novela, permite una mayor libertad de movimientos, justamente por el hecho de que este c&#x00ED;rculo no se “ocupa” tanto de sus elementos y tambi&#x00E9;n exige menos de cada uno de ellos: </p>
		
		<p>[…] el grupo amplio concede mayor espacio a las manifestaciones extremadas y a los abusos del individualismo, al aislamiento del mis&#x00E1;ntropo, a las formas de vida barrocas y arbitrarias, al ego&#x00ED;smo redomado, esto es solo la consecuencia de que el grupo amplio tiene menos exigencias, se ocupa menos del individuo, y por eso pone menos obst&#x00E1;culos al pleno desarrollo de todos los instintos, incluso de los m&#x00E1;s perversos (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1986b</xref>, 759-760). </p>
		
		<p>Aceptando que la naturaleza an&#x00ED;mica y psicol&#x00F3;gica del individuo urbano es diferente a la del que se desenvuelve en el medio rural, podemos convenir con Simmel que, efectivamente, y como vemos que le sucede al protagonista de <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic>, el estilo de vida urbano se caracteriza por esa actitud de reserva y distanciamiento frente al entorno, como la que adopta Andr&#x00E9;s Hurtado en Madrid, exacerbando su individualidad y no estableciendo lazos afectivos fuertes con nadie: ni familiares, ni compa&#x00F1;eros de estudios, ni amigos; la &#x00FA;nica que consigue romper esa barrera es Lul&#x00FA;. Seg&#x00FA;n la teor&#x00ED;a simmeliana, el individuo que vive en la ciudad “se crea un &#x00F3;rgano de defensa frente al desarraigo con el que le amenazan las corrientes y discrepancias de su medio ambiente externo”; este mecanismo de defensa es para este soci&#x00F3;logo alem&#x00E1;n “como un preservativo de la vida subjetiva frente a la violencia de la gran ciudad” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1986a</xref>, 248). Para Simmel, la multitud urbana y la actitud de reserva que adopta el individuo frente a ella hace que sea justamente all&#x00ED; en la gran urbe donde el grado de libertad alcanzado sea mayor que el que se podr&#x00ED;a lograr en el medio rural o en las ciudades m&#x00E1;s peque&#x00F1;as. Sin embargo, esa relaci&#x00F3;n del individuo frente a la multitud amenazadora tambi&#x00E9;n provoca que se corra el peligro de que esta libertad pueda derivar en la soledad y el sentimiento de desarraigo que caracteriza al hombre moderno: </p>
		
		<p>[…] el urbanita es “libre” en contraposici&#x00F3;n con las peque&#x00F1;eces y prejuicios que comprimen al habitante de la peque&#x00F1;a ciudad. Pues la reserva e indiferencias rec&#x00ED;procas, las condiciones vitales espirituales de los c&#x00ED;rculos m&#x00E1;s grandes, no son sentidas en su efecto sobre la independencia del individuo en ning&#x00FA;n caso m&#x00E1;s fuertemente que en la dens&#x00ED;sima muchedumbre de la gran ciudad, puesto que la cercan&#x00ED;a y la estrechez corporal hacen tanto m&#x00E1;s visible la distancia espiritual; evidentemente, el no sentirse en determinadas circunstancias en ninguna otra parte tan solo y abandonado como precisamente entre la muchedumbre urbanita es solo el reverso de aquella libertad. Pues aqu&#x00ED;, como en ning&#x00FA;n otro lugar, no es en modo alguno necesario que la libertad del hombre se refleje en su sentimiento vital de bienestar (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1986a</xref>, 256). </p>
		
		<p>Esta teor&#x00ED;a general de Simmel es justamente la que Baroja nos demuestra de forma m&#x00E1;s emp&#x00ED;rica a trav&#x00E9;s del ejemplo de Andr&#x00E9;s Hurtado y de su existencia en una ciudad en la que, pese a la multitud que le rodea, se siente en muchos momentos solo y desorientado. </p>
		
		<p>El problema del protagonista de esta novela de Baroja es que su malestar no desaparece cuando se traslada al pueblo y cambia su estilo de vida; al contrario, al desarraigo que siente en la ciudad se une la impotencia ante una sociedad que le parece inculta y, en muchos aspectos, irracional, incivilizada. Mientras vive en Alcolea, Hurtado “solo siente malestar y repulsa, y su distanciamiento de la sociedad –donde ir&#x00F3;nicamente trabaja como m&#x00E9;dico– se muestra por el aire que adquiere de «extranjero» y por la animosidad creciente de <italic>los otros</italic> respecto a &#x00E9;l” (Mart&#x00ED;nez Palacio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">1972</xref>, 151). El cambio de la ciudad al campo no le resulta beneficioso en ning&#x00FA;n aspecto y lo que hubiera podido ser una experiencia enriquecedora se convierte en un infierno cotidiano de enfrentamientos e incomprensi&#x00F3;n por parte de sus convecinos. En cierto modo, Hurtado es un ejemplo del individuo que no es del todo feliz en la ciudad pero que, en cambio, relativiza esa disconformidad cuando se aleja de su h&#x00E1;bitat natural y se topa con otros estilos de vida que, al resultarle todav&#x00ED;a m&#x00E1;s extra&#x00F1;os, le hacen “reconciliarse” con ese mal menor que es la vida urbana.  </p>
		
		<p>En <italic>La decadencia de Occidente</italic> (1918 y 1922) hay un cap&#x00ED;tulo titulado “El alma de la ciudad” en el que Oswald Spengler teoriza sobre el cambio que ha supuesto para el individuo moderno este paso de la vida rural a la vida urbana en las grandes ciudades que se forman durante el per&#x00ED;odo del cambio de siglo y primeras d&#x00E9;cadas del siglo XX. Analizando el estilo de vida urbano y sus diferencias con respecto al modo de vida en el campo, Spengler llega a una conclusi&#x00F3;n que se ajusta muy bien a lo que creo que le sucede al protagonista de nuestra novela. Defiende este fil&#x00F3;sofo alem&#x00E1;n que el individuo moderno que vive en la ciudad hace de ella su patria y le entrega, por as&#x00ED; decirlo, su libertad, de forma que cuando este mismo individuo se aleja de ella y se traslada al medio rural, se siente inevitablemente como un extranjero, como un extra&#x00F1;o fuera de lugar: </p>
		
		<p>Quien cae en las redes de la belleza pecadora de este &#x00FA;ltimo prodigio de la historia no recobra nunca m&#x00E1;s su libertad. Los pueblos primitivos pueden desprenderse del suelo y emigrar a remotos pa&#x00ED;ses. El n&#x00F3;mada intelectual no puedo hacerlo ya. La patria para &#x00E9;l es la ciudad. En la aldea m&#x00E1;s pr&#x00F3;xima si&#x00E9;ntese como en el extranjero. Prefiere morir sobre el asfalto de las calles a regresar al campo. Y no lo liberta ni siquiera el asco de esa magnificencia, el hast&#x00ED;o de tanta luz y tanto color, el <italic>taedium vitae</italic> que se apodera al fin de muchos. El hombre de la gran urbe lleva eternamente consigo la ciudad; la lleva cuando sale al mar; la lleva cuando sube a la monta&#x00F1;a. Ha perdido el campo en su interior y ya no puede encontrarlo fuera (Spengler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1966</xref>, 125-126). </p>
		
		<p>La llegada de Andr&#x00E9;s Hurtado a Alcolea es un caso evidente de este sentimiento de extra&#x00F1;eza que siente el hombre que ya ha interiorizado lo urbano, pero es tambi&#x00E9;n un ejemplo del rechazo por parte del mundo rural a un elemento procedente de fuera.  </p>
		
		<p>Seg&#x00FA;n Spengler, la irrupci&#x00F3;n de la gran urbe moderna como forma de vida supone la superaci&#x00F3;n de una fase de la historia dominada por la tradici&#x00F3;n y el pragmatismo del individuo rural, y la inauguraci&#x00F3;n de una etapa que trae consigo una nueva cultura: la cultura cient&#x00ED;fica. Obviamente, argumenta el fil&#x00F3;sofo alem&#x00E1;n, todas estas invenciones, ya sean pol&#x00ED;ticas, econ&#x00F3;micas, intelectuales o art&#x00ED;sticas, son acogidas por el hombre rural “con desconfianza y vacilaci&#x00F3;n”, esto es, con la misma actitud con la que hemos visto que Andr&#x00E9;s Hurtado es recibido en Alcolea.</p>
		
		<p>En la introducci&#x00F3;n a su estudio cl&#x00E1;sico sobre la imagen del campo y de la ciudad en la literatura inglesa, el historiador Raymond Williams afirmaba que “el contraste entre el campo y la ciudad, como dos estilos fundamentalmente distintos de vida, se remonta a la &#x00E9;poca cl&#x00E1;sica” (Williams, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2001</xref>, 25). Lo que aqu&#x00ED; he tratado de argumentar es la concepci&#x00F3;n que Baroja ten&#x00ED;a de esta dicotom&#x00ED;a cl&#x00E1;sica y su expresi&#x00F3;n a trav&#x00E9;s de una novela como <italic>El &#x00E1;rbol de la ciencia</italic>. Al hacerlo, mi objetivo ha sido demostrar que existe una relaci&#x00F3;n dial&#x00E9;ctica entre campo y ciudad que me permite hablar de una identidad urbana y una identidad rural en el contexto de esas dos Espa&#x00F1;as que conviven durante el cambio de siglo.</p>
		</sec>
		
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<sec id="notas">
     <title>NOTAS</title>
     <fn-group>
      
	  <fn id="NOTE01"><label>1</label><p>Una primera versi&#x00F3;n de este trabajo fue discutida el 25 de febrero de 2011 en el Instituto de Filosof&#x00ED;a del CCHS del CSIC, en el marco de una sesi&#x00F3;n del Seminario “Memoria Cultural e Identidades Fronterizas: entre la construcci&#x00F3;n narrativa y el giro ic&#x00F3;nico”, que dirige Jos&#x00E9; Mar&#x00ED;a Gonz&#x00E1;lez Garc&#x00ED;a. Por eso, quisiera dar las gracias tanto al profesor Gonz&#x00E1;lez Garc&#x00ED;a, por la invitaci&#x00F3;n que me hizo para participar en su seminario, como a los miembros de su grupo de investigaci&#x00F3;n (especialmente a Fernando Bay&#x00F3;n e Irene Mart&#x00ED;nez Sahuquillo) y al resto de investigadores del CSIC (especialmente a Juan Pimentel y Leoncio L&#x00F3;pez-Oc&#x00F3;n) que asistieron a la presentaci&#x00F3;n de mi ponencia y al enriquecedor debate que la sigui&#x00F3;.</p></fn>
	  
	  <fn id="NOTE02"><label>2</label><p>A partir de este momento, siempre que cite a P&#x00ED;o Baroja lo har&#x00E9; siguiendo la edici&#x00F3;n de sus <italic>Obras Completas</italic> (OC) dirigida por Jos&#x00E9;-Carlos Mainer y publicada en diecis&#x00E9;is vol&#x00FA;menes por el C&#x00ED;rculo de Lectores y la editorial Galaxia Gutenberg entre 1997 y 1999.</p></fn>
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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
	
	
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			<element-citation publication-type="book">
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				  <surname>Baroja</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>1998 [1902]</year>
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			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Galaxia Gutenberg-C&#x00ED;rculo de Lectores</publisher-name>
			  <comment>OC, Vol. VI</comment>
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			  <comment>OC, Vol. XVI</comment>
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			  <comment>OC, Vol. XIII</comment>
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			  <comment>Pr&#x00F3;logo de Beatriz Sarlo y traducci&#x00F3;n de Alcira Bixio</comment>  
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