<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD Journal Publishing DTD v3.0 20080202//EN" "journalpublishing3.dtd">
<article article-type="research-article" dtd-version="3.0" xml:lang="es" xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink">


	<front>
		<journal-meta>
			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ARBOR</journal-id>
			<journal-title-group>
				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>ARBOR</abbrev-journal-title>
			</journal-title-group>
			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
			<publisher>
				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
			</publisher>
		</journal-meta>
		<article-meta>
			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.762n4003</article-id>
			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.762n4003</article-id>
			 
			<article-categories>
				<subj-group subj-group-type="heading">
				<subject>BIO&#x00C9;TICA Y FRONTERAS DE LA VIDA. I. DESDE LA TEOR&#x00CD;A / <em>BIOETHICS AND BIOLOGIC BOUNDARIES. I. FROM THEORY</em></subject>
				</subj-group>
			</article-categories>
			
		<title-group>
			  <article-title>Juicios morales y fronteras biol&#x00F3;gicas: m&#x00E1;s all&#x00E1; de la frontera raz&#x00F3;n/ emoci&#x00F3;n</article-title>
		<trans-title-group xml:lang="en">
		<trans-title>Moral judgements and biological boundaries: beyond the reason/emotion boundary</trans-title>
		</trans-title-group>
		<alt-title alt-title-type="running-head">Juicios morales y fronteras biol&#x00F3;gicas</alt-title>
		</title-group>
			 <contrib-group>
			  <contrib contrib-type="author" corresp="yes"> 
				<name>
				 <surname>Cabezas</surname>
				 <given-names>Mar</given-names>
				</name>
				<xref ref-type="aff" rid="U1"/>
			  </contrib>
			  <aff id="U1">Facultad de Filosof&#x00ED;a. Universidad de Salamanca</aff>
			 </contrib-group>
			 <author-notes>
		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="marcabezas@usal.es">marcabezas@usal.es</email>
		</corresp>
		</author-notes>
		
		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
		</pub-date>
		
		<volume>189</volume>
		<issue>762</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.762n4003</elocation-id>

		 <history>
		  	<date date-type="received">
				<day>13</day>
				<month>07</month>
				<year>2012</year>
			</date>
			<date date-type="accepted">
				<day>06</day>
				<month>06</month>
				<year>2013</year>
			</date>
		 </history>
		 
		<permissions>
		<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
		<copyright-year>2013</copyright-year>
		<license license-type="open-access" xlink:href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc/3.0/">
		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
		</license>
		</permissions>
		
		<abstract xml:lang="es">
		<title>RESUMEN</title>
		<p>Construimos fronteras con supuesta base biol&#x00F3;gica y derivamos juicios morales de ellas. Asimismo, suponemos que fueron nuestras emociones —el miedo, el asco o la rabia— las que nos llevaron a tal error, especialmente cuando nos damos cuenta de la inconsistencia l&#x00F3;gica de derivar juicios morales de dichas fronteras. En consecuencia, solemos identificar emociones con prejuicios, creencias u opciones falaces de las que m&#x00E1;s nos valdr&#x00ED;a librarnos.
Sin embargo, como se tratar&#x00E1; de argumentar a continuaci&#x00F3;n, las emociones no son la causa del problema. Primero, porque el marco conceptual cl&#x00E1;sico dicot&#x00F3;mico en el que raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n son dos polos opuestos regidos por una tensi&#x00F3;n irreconciliable es a su vez cuestionable. Segundo, porque las emociones, en cuanto alarmas transmisoras de informaci&#x00F3;n relevante, pueden ser un elemento tremendamente &#x00FA;til en la identificaci&#x00F3;n y superaci&#x00F3;n de las discriminaciones surgidas de las fronteras dicot&#x00F3;micas. As&#x00ED;, el objetivo de este trabajo es analizar la relaci&#x00F3;n de estos tres elementos, a saber, fronteras biol&#x00F3;gicas, juicios morales y emociones y, finalmente, argumentar a favor de las conexiones entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n, mostrando los posibles beneficios de remplazar el modelo dualista por uno relacional.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>We build boundaries that are theoretically based on biological grounds and we derive moral judgments from them. Likewise, we take for granted that emotions such as fear, disgust or rage were the element that led us to this mistake, especially when we realise the logical inconsistency of deriving moral judgments in this way. Consequently, we often associate emotions with prejudices, beliefs or fallacies, which we ought to free ourselves from. 
However, emotions are not the cause of the problem. Firstly, because the classical dichotomical framework that defends the reason/emotion polarity is also questionable. Secondly, because emotions, as alarms which transmit important information, may be a key element in the discovery and overcoming of the discriminations that arise at the boundaries of dichotomies. Thus, the aim here is to analyse the relationship between these three elements: biological boundaries, moral judgments and emotions. And then toargue in favour of the links between reason and emotions as a way of surpassing the old dichotomic model, and, to conclude, I will point out some of the benefits of replacing a dualistic framework by an interactive one.</p>
		</trans-abstract>
		<kwd-group xml:lang="es">
			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>fronteras biol&#x00F3;gicas</kwd>
			<kwd>juicios morales</kwd>
			<kwd>raz&#x00F3;n</kwd>
			<kwd>emoci&#x00F3;n</kwd>
			<kwd>dicotom&#x00ED;a</kwd>
			<kwd>moral</kwd>
		</kwd-group>
		<kwd-group xml:lang="en">
			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>biological boundaries</kwd>
			<kwd>moral judgments</kwd>
			<kwd>reason</kwd>
			<kwd>emotion</kwd>
			<kwd>dichotomy</kwd>
			<kwd>morality</kwd>
		</kwd-group>
	</article-meta>
	</front>		
	

	<body>
	
		<sec id="S0">
		<title></title>
		<p><italic>There are more things in heaven and earth than are dreamt of in your philosophy</italic></p>
		<p>Hamlet, Acto I, Escena V</p>
		</sec>
		
		<sec id="S1">
		<title>1. ¿QU&#x00C9; SON LAS FRONTERAS BIOL&#x00D3;GICAS? </title>
		
		<p>La filosof&#x00ED;a moral ha estado dominada en su tratamiento de problemas pr&#x00E1;cticos, tanto en el pasado como en el presente, por clasificaciones morales de base supuestamente ontol&#x00F3;gica/biol&#x00F3;gica, a saber, las fronteras biol&#x00F3;gicas. </p>
		
		<p>Asimismo, es f&#x00E1;cilmente constatable que, a&#x00FA;n hoy, se construyen fronteras basadas en diferencias biol&#x00F3;gicas en multitud de casos. Quiz&#x00E1;s las m&#x00E1;s relevantes o visibles sean las de la especie, el sexo, la etnia e incluso la cultura en los casos en los que es comprendida como un organismo vivo que funciona como una unidad al margen de las dem&#x00E1;s. Del mismo modo, se encuentran fronteras al inicio y al final de la vida, entre lo natural y lo artificial, entre lo humano y lo no humano, etc.  </p>
		
		<p>Igualmente, estas conceptualizaciones de lo real se mueven en una l&#x00F3;gica dual —p. ej. humano/animal, hombre/mujer, cultura/naturaleza, raz&#x00F3;n/emoci&#x00F3;n—, dicot&#x00F3;mica, valorativa, jerarquizante y sobre todo excluyente al subordinar una de las dos caras de la disyunci&#x00F3;n a la otra. En este sentido, como fronteras valorativas, no son sino formas de discriminar. Efectivamente, dado que implican una valoraci&#x00F3;n de lo real respecto del esquema dual previo, influyen en el tratamiento de los problemas morales y legales. </p>
		
		<p>Dicho de otro modo, y siguiendo las tesis de K. J. Warren (<xref ref-type="bibr" rid="CIT33">1990</xref>), la construcci&#x00F3;n de las fronteras biol&#x00F3;gicas asume un marco conceptual dualista y dicot&#x00F3;mico, basado en una tensi&#x00F3;n irreconciliable entre ambas partes de todo, en el que uno de los polos se convierte en el t&#x00E9;rmino privilegiado (A) frente al defectuoso (no-A), y en el que la subordinaci&#x00F3;n se justifica como moralmente inherente a la relaci&#x00F3;n entre A y no-A. </p>
		
		<p>En este sentido, se puede afirmar que las fronteras biol&#x00F3;gicas se asientan en una estructura argumentativa dicot&#x00F3;mica identificada por distintas autoras como la “mentalidad del muro de Berl&#x00ED;n” (Prokhovnik, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1999</xref>, 21), la “l&#x00F3;gica de dominaci&#x00F3;n” (Warren, <xref ref-type="bibr" rid="CIT33">1990</xref>, 127) o la “l&#x00F3;gica de la colonizaci&#x00F3;n” (Plumwood, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1993</xref>, 41). </p>
		
		<p>Al mismo tiempo, las fronteras biol&#x00F3;gicas son, pues, construcciones humanas cuyo fin principal es clasificar y sistematizar la viscosa y escurridiza complejidad de la realidad.  </p>
		
		<p>No obstante, que sean construcciones humanas no implica negar la existencia de diferencias biol&#x00F3;gicas en las que se asientan las mismas, ni siquiera implica entrar en el grado de realidad biol&#x00F3;gica u ontol&#x00F3;gica de tales diferencias.  </p>
		
		<p>Por el contrario, simplemente supone llamar la atenci&#x00F3;n sobre dos ideas a veces entremezcladas, a saber, 1) que del grado de realidad biol&#x00F3;gica de las diferencias no se deriva necesariamente el mismo grado de realidad biol&#x00F3;gica de las fronteras y, 2) que la realidad es un continuo, una amalgama de procesos y relaciones, siendo el ser humano el que analiza, clasifica y pone l&#x00ED;mites. Dicho de un modo m&#x00E1;s simple, vemos las diferencias, pero no las fronteras.  </p>
		
		<p>Incluso si se pensase que no son construidas por el ser humano y que existen de hecho, esto solo demostrar&#x00ED;a que son naturales, pero no “morales,” por lo que, en un sentido estricto, no encerrar&#x00ED;an ning&#x00FA;n juicio de valor en s&#x00ED; y por s&#x00ED; mismas.  </p>
		
		<p>Por tanto, se parta de la cosmovisi&#x00F3;n que se parta, m&#x00E1;s o menos naturalista o constructivista, se podr&#x00ED;a admitir que las fronteras son construcciones, pues encontrar en la realidad una diferencia entre A y no-A no implica encontrar en la realidad una frontera entre ellas. En palabras de S. Pinker, “algunas distinciones (…) pueden tener alg&#x00FA;n grado de realidad biol&#x00F3;gica, aunque no sean unas fronteras exactas entre unas categor&#x00ED;as fijas” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2003</xref>, 219). </p>
		
		<p>Estas clasificaciones se pueden construir de diversas maneras, como de hecho ya ha ocurrido: bien por eliminaci&#x00F3;n, prescindiendo o ignorando aquello que complicar&#x00ED;a la misma, ya sea por conocimiento o por desconocimiento, bien por asimilaci&#x00F3;n, interpretando lo desconocido seg&#x00FA;n los patrones de nuestra clasificaci&#x00F3;n con el fin de que encaje en esta (Charo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1999</xref>, 277-292). </p>
		
		<p>En suma, las fronteras biol&#x00F3;gicas son formas de clasificar, ordenar y simplificar la realidad que afectan a tres dimensiones vitales para el ser humano: la ontol&#x00F3;gica (ser), la epistemol&#x00F3;gica (saber) y la moral (hacer). Canalizan la informaci&#x00F3;n sobre nuestra identidad, sobre el mundo, y sobre nuestros actos. As&#x00ED;, son un modo de acercamiento a la realidad mediante el que construir la propia identidad en relaci&#x00F3;n a “lo otro,” lo que no se es. Son una manera simple de conocer lo que quiz&#x00E1;s sea m&#x00E1;s complejo y son l&#x00ED;mites de lo normal, pues tanto la frontera en s&#x00ED; misma como todo lo que cae dentro de ella se mueve en el eje de lo conocido, convirti&#x00E9;ndose finalmente en criterio de acci&#x00F3;n. Bajo este esquema, habitar a un lado de la frontera implica ser natural, respetable o estimable y normal, esto es, implica estar dentro de la normatividad, siendo lo que est&#x00E1; en el otro polo lo antinatural. </p>
		
		<p>Sin embargo, no se puede dejar de recordar que existen casos fronterizos, casos que no encajan en esta conceptualizaci&#x00F3;n dual de la realidad, que no son ni A ni no-A, bien por compartir caracter&#x00ED;sticas de ambos lados de la frontera, bien por estar m&#x00E1;s all&#x00E1; de estos pares, bien por ser graduales, bien por ser m&#x00E1;s complejos de lo que este esquema permite. Por lo tanto, no ser&#x00E1; descabellado sospechar que algo falla en los cimientos de las fronteras biol&#x00F3;gicas.  </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S2">
		<title>2. ¿POR QU&#x00C9; CREAMOS FRONTERAS BIOL&#x00D3;GICAS? </title>
		
		<p>Ante todo aquello que es creado y que, por tanto, podr&#x00ED;a no haber sido, cabe preguntarse por su raz&#x00F3;n de ser. Una de las muchas explicaciones que se pueden dar al respecto es el hecho de que las fronteras constituyen una fuente de seguridades para el ser humano, seguridades sobre qui&#x00E9;nes somos, sobre c&#x00F3;mo es el mundo y sobre qu&#x00E9; hacer.  </p>
		
		<p>Las fronteras biol&#x00F3;gicas surgen de la necesidad humana de clasificar y sistematizar, af&#x00E1;n bajo el que se encuentra un deseo de simplificar. As&#x00ED;, estas fronteras evitan que la complejidad de lo real haga tambalear nuestras seguridades al mismo tiempo que nos protegen ante lo desconocido, ante todo aquello que hemos decidido —por alguna raz&#x00F3;n— colocar m&#x00E1;s all&#x00E1; de la frontera. En efecto, son l&#x00ED;mites de lo “normal” que nos evitan una vida llena de ansiedades y nos permiten actuar superando un posible estado de incertidumbre o duda constante, el cual llevar&#x00ED;a a la inacci&#x00F3;n plasmada en la imagen del famoso <italic>asno de Burid&#x00E1;n</italic>. ¿Acaso no estar&#x00ED;an nuestras vidas te&#x00F1;idas de cierta angustia o, al menos, inseguridad si no cont&#x00E1;ramos con una frontera, tan clara como circunstancial, entre la vida y la muerte, la salud y la enfermedad, lo normal y lo marginal, el ni&#x00F1;o y el adulto, el animal y el ser humano, entre la nada y la existencia, entre lo respetable y lo indiferente?, ¿c&#x00F3;mo podr&#x00ED;amos actuar sin partir de unos supuestos? Es m&#x00E1;s, ¿acaso actuar&#x00ED;amos o estar&#x00ED;amos m&#x00E1;s bien avocados a la apat&#x00ED;a? ¿Qu&#x00E9; har&#x00ED;amos ante los casos complejos y graduales?, ¿c&#x00F3;mo tratar&#x00ED;amos a los dem&#x00E1;s?... Pi&#x00E9;nsese solo en lo angustioso que ser&#x00ED;a para cualquiera tener que vivir sin alguno de estos supuestos.  </p>
		
		<p>Una posible raz&#x00F3;n que justifica la necesidad de estas fronteras y seguridades no es otra que el miedo a lo desconocido y a lo distinto. Si necesitamos seguridades, implica que existen miedos, incertidumbres, etc.; por lo que las fronteras biol&#x00F3;gicas remiten, al menos, a una emoci&#x00F3;n.  </p>
		
		<p>En efecto, las fronteras biol&#x00F3;gicas y los argumentos de pendiente resbaladiza que se utilizan cuando la frontera parece quebrarse remiten a muy diversos miedos, a saber, al miedo a lo desconocido, a lo distinto, a lo extra&#x00F1;o, a lo antinatural y a llegar a situaciones o contextos que hemos etiquetado de tal modo. Si hemos construido lo que somos respecto de lo que no somos, ver que el l&#x00ED;mite no es tan claro o que se puede traspasar, implica ponernos a nosotros mismos en duda. Sin estas seguridades nos sentimos vulnerables, pues el miedo no es sino una se&#x00F1;al que informa de no estar preparados para afrontar una amenaza, sea esta real o no. </p>
		
		<p>Se trata, por tanto, de un miedo en muchos casos a vernos igualados a todos aquellos individuos o situaciones que hemos rechazado. Se trata del miedo a una p&#x00E9;rdida de la identidad, a perdernos a nosotros mismos al perder aquellos l&#x00ED;mites que nos defin&#x00ED;an, como en el caso de las fronteras &#x00E9;tnicas, sexuales y de especie.  </p>
		
		<p>As&#x00ED;, el miedo a lo nuevo entendido como miedo a lo/s extra&#x00F1;o/s explica que hayamos construido fronteras biol&#x00F3;gicas unidas a juicios morales en las que se deja fuera todo lo distinto. En segundo lugar, el miedo a todo lo que representa una amenaza para la supervivencia explicar&#x00ED;a las fronteras de especie y del final de la vida, pues son peligros evolutivos especiales. Como afirma J. Gray,  </p>
		
		<p>“Cuando una situaci&#x00F3;n determinada es con frecuencia responsable de la muerte de una parte considerable de los miembros de una especie, durante un periodo de tiempo lo suficientemente largo (a escala evolutiva), cabe esperar que los individuos de dicha especie desarrollen un temor innato hacia <italic>alguno</italic> de los est&#x00ED;mulos caracter&#x00ED;sticos de tal situaci&#x00F3;n, con el fin de evitarla” (Gray, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1993</xref>, 32). </p>
		
		<p>Esto explicar&#x00ED;a, en parte, por qu&#x00E9; no es tan f&#x00E1;cil desdibujar las fronteras relativas a la consideraci&#x00F3;n moral de los seres de otras especies, o la frontera entre vivo y muerto en relaci&#x00F3;n con el miedo a los cad&#x00E1;veres. </p>
		
		<p>Del mismo modo, este miedo a que lo nuevo sea un peligro para la supervivencia queda patente en los argumentos a favor de estas fronteras, pues tirar tal barrera ser&#x00ED;a un hecho novedoso, un cambio que nos dejar&#x00ED;a conceptualmente desnudos. Parece claro, entonces, que lo que estos argumentos intenta decir a gritos es que “lo que excede a la capacidad de previsi&#x00F3;n aparece tambi&#x00E9;n como un peligro” (Marina y L&#x00F3;pez Penas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1999</xref>, 245). </p>
		
		<p>Por lo tanto, bajo un supuesto principio de prudencia, se ocultar&#x00ED;a un miedo a lo inesperado, a lo distinto, a lo desconocido, a lo extra&#x00F1;o y al error humano, lo que demuestra: 1) lo peligroso que es hacer depender de las fronteras biol&#x00F3;gicas nuestro trato con los dem&#x00E1;s y nuestros juicios morales, pues nos deja en una minor&#x00ED;a de edad constante, y 2) la creciente desconfianza moral hacia nuestros propias capacidades y decisiones cuando no contamos con el respaldo de una fuente externa, entrelaz&#x00E1;ndose as&#x00ED; un miedo a renunciar a creencias profundamente arraigadas y plasmadas en nuestra cosmovisi&#x00F3;n dualista con un miedo a que una moral aut&#x00F3;noma tenga unas bases poco s&#x00F3;lidas.  </p>
		
		<p>As&#x00ED; las cosas, se podr&#x00ED;a aventurar que necesitamos seguridades para vivir y hoy las buscamos en la ciencia y en las interpretaciones que hacemos de ella. Como afirma Warnock, “cuanto m&#x00E1;s secular se hace una sociedad, m&#x00E1;s necesarias para su seguridad se hacen las regularidades del mundo natural” (Warnock, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2004</xref>, 93). De este modo, si se entienden las fronteras como derivaciones de interpretaciones de la biolog&#x00ED;a, se entiende que la ciencia sea tratada como una nueva fuente de normatividad, “como algo sagrado” (Bloor, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">2003</xref>, 90). </p>
		</sec>
		
		<sec id="S3">
		<title>3. DE LAS FRONTERAS BIOL&#x00D3;GICAS A LOS JUICIOS MORALES  </title>
		
		<p>De lo dicho hasta el momento se puede concluir que, en tanto que las fronteras ofrecen seguridades, son &#x00FA;tiles. As&#x00ED;, se podr&#x00ED;a defender que las fronteras biol&#x00F3;gicas, ficticias o reales, construidas o naturales, se podr&#x00ED;an justificar en tanto que son ventajosas vital, ps&#x00ED;quica y epistemol&#x00F3;gicamente. Esto es, existir&#x00ED;a una justificaci&#x00F3;n funcional de las mismas.  </p>
		
		<p>Sin embargo, nada de esto aporta ninguna pista relevante sobre la in/justificaci&#x00F3;n de derivar juicios morales de ellas. Es decir, afirmar que funcionan porque apaciguan los miedos y aportan seguridades, no es afirmar que sean una fuente leg&#x00ED;tima, por s&#x00ED; mismas, de juicios y prescripciones morales; pues que sean &#x00FA;tiles no implica que sean moralmente relevantes, siendo este salto el verdaderamente peligroso.  </p>
		
		<p>De este modo, se podr&#x00ED;a justificar funcionalmente la existencia de fronteras contingentes, sabiendo que son provisionales y que el avance en los conocimientos las har&#x00E1; m&#x00F3;viles, pero no se podr&#x00E1; justificar moralmente su papel como fuente de normatividad. De hecho, el intento implica ya un salto cuestionable al otorgar autoridad moral a un constructo epist&#x00E9;mico. Al realizar este salto, se est&#x00E1; suponiendo que la existencia y utilidad de algo es suficiente justificaci&#x00F3;n como para convertirlo en coordenada o criterio moral, confundiendo as&#x00ED; la realidad (“A es”) con la funcionalidad (“A es &#x00FA;til”) y con la moralidad (“A es bueno”). </p>
		
		<p>Sin embargo, “A es &#x00FA;til” es una proposici&#x00F3;n f&#x00E1;ctica y, por ende, amoral por s&#x00ED; misma, de igual naturaleza que otras proposiciones f&#x00E1;cticas como “A existe”, “A es natural” o “A es verdad.” Todas pertenecen a la esfera del <italic>ser</italic>, la cual no es identificable con la esfera del <italic>deber ser</italic> ni con las proposiciones prescriptivas, pues los criterios de veracidad y falsedad no son en ning&#x00FA;n caso an&#x00E1;logos al criterio de bondad y maldad ni son, en &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino, fuente de moralidad. Ciertamente, algunas de las fronteras biol&#x00F3;gicas creadas pueden ser una quimera, pero ninguna, veraz o no, es moralmente buena o mala en s&#x00ED; misma. </p>
		
		<p>El problema es, pues, que al marcar una frontera de valor hayamos tenido que crear o buscar una frontera ontol&#x00F3;gica/biol&#x00F3;gica y viceversa, que al crear o encontrar una frontera de hecho hayamos considerado que tambi&#x00E9;n era una frontera de valor.  </p>
		
		<p>Sin embargo, si se separan ambos campos, el epist&#x00E9;mico y el moral, se ve que la interpretaci&#x00F3;n de las fronteras biol&#x00F3;gicas, no solo como l&#x00ED;mites de lo normal, de lo conocido o de lo seguro, sino como l&#x00ED;mites, garantes y generadoras de lo bueno, nos han puesto ante encrucijadas morales. Hemos identificado la frontera con el l&#x00ED;mite del bien y lo conocido con lo bueno, a&#x00FA;n siendo la funcionalidad irrelevante como argumento moral en el caso de la relaci&#x00F3;n entre fronteras biol&#x00F3;gicas y juicioso morales.  </p>
		
		<p>En definitiva, si se otorga relevancia moral a las fronteras biol&#x00F3;gicas se estar&#x00E1; cometiendo el salto del “es” al “deber” que Hume ya denunci&#x00F3;: </p>
		
		<p>“En todo sistema moral de que haya tenido noticia (…) de pronto me encuentro con la sorpresa de que, en vez de las c&#x00F3;pulas habituales de las proposiciones: <italic>es</italic> y <italic>no es</italic>, no veo ninguna proposici&#x00F3;n que no est&#x00E9; conectada con un <italic>debe</italic> y <italic>no debe</italic>. (…) En efecto, en cuanto que este <italic>debe</italic> o <italic>no debe</italic> expresa alguna nueva relaci&#x00F3;n o afirmaci&#x00F3;n, es necesario que esta sea observada y explicada y que al mismo tiempo se d&#x00E9; raz&#x00F3;n de algo que parece absolutamente inconcebible, a saber: c&#x00F3;mo es posible que esta nueva relaci&#x00F3;n se deduzca de otras totalmente diferentes” (Hume, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2005</xref>, 633-634).<italic>  </italic></p>
		
		<p>As&#x00ED;, Hume denunciar&#x00ED;a lo que ha dado en llamarse <italic>falacia naturalista</italic>. Sin embargo, por su relevancia para el asunto de las fronteras biol&#x00F3;gicas y juicios morales, no querr&#x00ED;a quedarme &#x00FA;nicamente con la interpretaci&#x00F3;n cl&#x00E1;sica de la injustificaci&#x00F3;n del paso del “ser” al “deber ser”. Por el contrario, me gustar&#x00ED;a incorporar los matices que pueden aportar dos reinterpretaciones para el caso de las fronteras biol&#x00F3;gicas, a saber: </p><p>1) <italic>La reinterpretaci&#x00F3;n como bicondicional</italic>. La falacia naturalista se ha le&#x00ED;do habitualmente como un condicional —el <italic>ser</italic> implica el <italic>deber ser</italic>— en el que es err&#x00F3;neo derivar la conclusi&#x00F3;n de la premisa. Sin embargo, y si se admite que este salto es falaz, deber&#x00ED;a leerse tambi&#x00E9;n en la otra direcci&#x00F3;n y denunciar que es igualmente err&#x00F3;neo intentar encontrar un origen natural, ontol&#x00F3;gico o biol&#x00F3;gico a todo aquello que se considera bueno, correcto o moralmente prescriptible. Ambos casos se dan en la relaci&#x00F3;n entre fronteras biol&#x00F3;gicas y juicios morales: intentamos que nuestros juicios morales encajen en las fronteras admitidas, (por ejemplo, que ning&#x00FA;n ser humano quede desprotegido aunque no encaje en la definici&#x00F3;n de persona) y derivamos de aqu&#x00E9;llas derechos, prerrogativas, etc. En palabras de Pinker,<italic> </italic>“la falacia naturalista lleva de inmediato a su opuesta, la falacia moralista: si un rasgo es moral, se ha de encontrar en la naturaleza. Es decir, el “es” no solo implica el “deber ser”, sino que el “deber ser” implica el “es”” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2003</xref>, 245). En definitiva, se trata de defender, con E. Guis&#x00E1;n, que,  </p>
		
		<p>“no existe nada menos filos&#x00F3;fico que mantener que la virtud es igual a lo natural y el vicio a lo no natural, ya que si entendemos por natural lo que se opone al mundo de la magia y los milagros, tanto el vicio como la virtud son igualmente naturales; si, por otra parte, entendemos natural como lo opuesto a lo no habitual, posiblemente la virtud sea una de las cosas menos habituales o m&#x00E1;s inusuales, y por &#x00FA;ltimo, si natural se opone a aquello que se crea mediante artificio, tanto la virtud como el vicio son creaciones humanas”(Guis&#x00E1;n, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1986</xref>, 186). </p>
		
		<p>2) <italic>La reinterpretaci&#x00F3;n empirista</italic>. Es necesario, en lo relativo al m&#x00E9;todo y los presupuestos, recoger la interpretaci&#x00F3;n neonaturalista que se puede hacer de Hume, pues esta muestra que lo que se critica es “cierto tipo de naturalismo, en especial el metaf&#x00ED;sico y el teol&#x00F3;gico, pero no toda forma de naturalismo” (Tasset, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">1999</xref>, 103). As&#x00ED;, se podr&#x00ED;a ser empirista en la aplicaci&#x00F3;n del m&#x00E9;todo cient&#x00ED;fico —inductivo— al estudio de la moral, sin restar as&#x00ED; peso a la ciencia en la labor de comprender qu&#x00E9; somos y sin tampoco caer por ello en este tipo de falacia.  </p>
		
		<p>Limitar el valor de las fronteras biol&#x00F3;gicas no implica, o al menos no es la intenci&#x00F3;n de estas p&#x00E1;ginas, negar cualquier tipo de presencia de la ciencia en el estudio de la moral. M&#x00E1;s bien, en la l&#x00ED;nea de Hume, se pretende reinterpretar el naturalismo, no como base de una moral heter&#x00F3;noma, sino afirmando simplemente que la fundamentaci&#x00F3;n de la moral necesita unos cimientos emp&#x00ED;ricos, los cuales no deben confundirse con las fronteras dicot&#x00F3;micas anteriormente criticadas. Como se&#x00F1;ala J. Turner, “somos hom&#x00ED;nidos en nuestro coraz&#x00F3;n (…) [y] no podemos, por tanto, desarrollar teor&#x00ED;as (…) sin tomar en consideraci&#x00F3;n el legado biol&#x00F3;gico de nuestros ancestros en tanto que contin&#x00FA;a influyendo en la acci&#x00F3;n y la interacci&#x00F3;n humana”(Turner, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2000</xref>, 1). En pocas palabras, de la ciencia no se pueden derivar juicios morales, sino conocimiento sobre la moral.  </p>
		
		<p>Por todo lo dicho habr&#x00ED;a que cuestionar la tendencia a identificar lo conocido, lo &#x00FA;til y lo bueno, m&#x00E1;s que las mismas fronteras, pues lo peligroso no son ellas, sino las interpretaciones que se pueden hacer de las mismas. Los problemas morales, las discriminaciones y los abusos relacionados con estas fronteras, no los crean ni los solventas ellas, simplemente los hacen visibles. En este sentido, del mismo modo que no es justificable derivar juicios morales de la simple funcionalidad de algo, tampoco ser&#x00ED;a necesario cerrar los ojos ante la naturaleza ni eliminar todas nuestras clasificaciones, pues “reconocer la falacia naturalista solo implica que los descubrimientos sobre la naturaleza humana, por s&#x00ED; mismos, no dictan nuestras decisiones” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2003</xref>, 248).  </p>
		</sec>
		
		<sec id="S4">
		<title>4. EMOCIONES BAJO LAS FRONTERAS </title>
		
		<p>Derivamos juicios morales de fronteras biol&#x00F3;gicas y construimos dichas fronteras motivados, entre otras cosas, por emociones tales como el miedo. De esto se podr&#x00ED;a inferir que la incorrecci&#x00F3;n de derivar juicios morales de estas fronteras se debe a las emociones, siendo estas el origen de toda esta mara&#x00F1;a, de las valoraciones y de las consiguientes discriminaciones y abusos surgidos de estas clasificaciones biol&#x00F3;gicas. </p>
		
		<p>Sin embargo, algo falla en esta argumentaci&#x00F3;n, pues, ¿c&#x00F3;mo es posible que aquellos juicios, valoraciones y, en muchos casos, discriminaciones que primero se justificaban como correctos l&#x00F3;gica y normativamente, como conclusiones de argumentos racionales sustentados en verdades biol&#x00F3;gicas u ontol&#x00F3;gicas, pasen a ser fruto de nuestras emociones cuando ya no creemos en ellos? ¿C&#x00F3;mo es posible que afirmemos de un mismo juicio que est&#x00E1; sustentado en la raz&#x00F3;n cuando nos convence y pase a estar fundado en las emociones cuando descubrimos que hay algo err&#x00F3;neo en &#x00E9;l?  </p>
		
		<p>Es cierto que tras las fronteras se encuentran emociones pero, ¿son acaso ellas responsables de los juicios morales discriminatorios que hemos derivado de dichas fronteras? </p>
		
		<p>Mi respuesta es negativa. Las emociones no son las responsables —o al menos no &#x00FA;nicamente ellas— de los resultados no queridos derivados de las fronteras biol&#x00F3;gicas, por dos razones, que a continuaci&#x00F3;n desarrollar&#x00E9;: </p>
		
		<p>1- porque estas afirmaciones o acusaciones asumen a su vez la existencia de otra frontera hoy cuestionable, a saber, la establecida entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n; y </p>
		
		<p>2- porque no tienen en cuenta el valor cognitivo de las emociones. </p>
		
		
		<sec id="S4.1">
		<title>4.1. La frontera entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n </title>
		
		
		<p>La idea de que las emociones son juicios errados, prejuicios o turbaciones de la raz&#x00F3;n no es nueva. Tradicionalmente, al menos en occidente, las emociones han sido tratadas como reacciones pasivas, instintos o ideas falsa, contrarias a la raz&#x00F3;n, en un sentido l&#x00F3;gico y normativo. Esto ha tenido varias implicaciones: 1) la conceptualizaci&#x00F3;n de las emociones “a expensas de la raz&#x00F3;n” (Casacubierta, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2000</xref>, 9), 2) la constante confusi&#x00F3;n o identificaci&#x00F3;n de lo emocional con lo supuestamente bajo, desechable, negativo o devaluado, y 3) la idea, en relaci&#x00F3;n con la moral, de que las emociones son la causa de los comportamientos y acciones irracionales, que en este contexto se traduce en moralmente reprobables.  </p>
		
		<p>Ejemplos de lo dicho se encuentran en definiciones de las emociones como “enfermedades del alma” (Lactancio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1996</xref>, 132), “deformaciones de la raz&#x00F3;n y juicios errados de la misma” (Temistio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">1996</xref>,130), “impulsos ciegos y violentos” (S&#x00E9;neca, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1986</xref>, 75) o “pensamientos confusos” (Descartes, 1951, 232), as&#x00ED; como en consejos tales como “seguir las razones que sean contrarias a las que la pasi&#x00F3;n presenta” (Descartes, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1972</xref>, 133). Por tanto, considero que no es nada aventurado afirmar que el menosprecio de las emociones en el campo cognitivo y moral ha sido la t&#x00F3;nica imperante en la filosof&#x00ED;a occidental, al menos en el pasado.  </p>
		
		<p>En efecto, la tradici&#x00F3;n filos&#x00F3;fica occidental ha supuesto y asumido como algo dado, primero, un dualismo excluyente, un antagonismo irreconciliable entre el par raz&#x00F3;n-emoci&#x00F3;n, siendo la emoci&#x00F3;n lo no racional y viceversa, y, segundo, ha identificado la correcci&#x00F3;n l&#x00F3;gica, y con ella la racionalidad, con la correcci&#x00F3;n moral. A su vez, el dualismo excluyente que este modelo cl&#x00E1;sico implica necesariamente escoger uno de los dos polos que conforman el par, lo que, unido a los supuestos asociados a la raz&#x00F3;n, “lleva normalmente a la gente sensata a rechazar la emoci&#x00F3;n y a verla como una categor&#x00ED;a inapropiada” (Barbalet, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2002</xref>, 1).  </p>
		
		<p>Partiendo de esto supuestos es comprensible que las emociones hayan sido vistas como una especie de enemigo interior a combatir, como un intruso que no deja pensar, ver y decidir con claridad, o, en definitiva, como aquel elemento ciego, farragoso o turbulento de la <italic>psiche</italic> humana. Por ello mismo es tambi&#x00E9;n comprensible que en la relaci&#x00F3;n entre fronteras biol&#x00F3;gicas, juicios morales y emociones se haya pensado que estas &#x00FA;ltimas a) son las causantes de nuestros juicios err&#x00F3;neos y b)<italic> </italic>no tienen nada que decir respecto de la moral, pues no son sino un obst&#x00E1;culo que coartar&#x00ED;a la capacidad de decisi&#x00F3;n libre al cegarnos y acabar&#x00ED;an con el requisito de universalidad de los juicios morales. En palabras de Hume, “nada es m&#x00E1;s corriente en la filosof&#x00ED;a, e incluso en la vida cotidiana, que el que, al hablar del combate entre pasi&#x00F3;n y raz&#x00F3;n, se otorgue ventaja a esta &#x00FA;ltima, afirmando que los hombres son virtuosos &#x00FA;nicamente en cuanto que se conforman a los dictados de la raz&#x00F3;n”(Hume, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2006</xref>, 558). </p>
		
		<p>Sin embargo, si vamos m&#x00E1;s all&#x00E1; de la concepci&#x00F3;n cl&#x00E1;sica en la que raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n se relacionan como eternos enemigos, se pueden encontrar conexiones relevantes entre estos elementos, de manera que quiz&#x00E1;s habr&#x00ED;a que reconsiderar nuestra imagen del ser humano como un individuo esquizofr&#x00E9;nico. Siguiendo la idea de Prinz, “preguntar c&#x00F3;mo se relaciona la una con la otra puede llevarnos a descubrimientos que no har&#x00ED;amos si no hubi&#x00E9;semos formulado la pregunta” (Prinz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">2004</xref>, p.41). De hecho, formular esta cuesti&#x00F3;n puede llevarnos, en un primer acercamiento, a ver que los l&#x00ED;mites y las fronteras entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n no son tan n&#x00ED;tidos. De hecho ninguna definici&#x00F3;n dada com&#x00FA;nmente sobre la raz&#x00F3;n agota todo el sentido de este t&#x00E9;rmino en todos los casos: o bien incluyen demasiado, o bien demasiado poco.  </p>
		
		<p>As&#x00ED;, si se entiende raz&#x00F3;n, en relaci&#x00F3;n con la funcionalidad y la coherencia, como la capacidad de adecuar medios a fines, como la capacidad de calcular, entonces nos encontramos con que las emociones tambi&#x00E9;n son funcionales y tambi&#x00E9;n adecuan medios a fines, pues ¿qu&#x00E9; hay m&#x00E1;s racional, funcional o l&#x00F3;gico que reaccionar huyendo, en el caso del miedo, cuando algo es valorado/percibido como una amenaza para los fines del sujeto? De hecho, cuanto m&#x00E1;s complejo es el asunto al que nos enfrentamos, cuanto m&#x00E1;s compleja es la decisi&#x00F3;n a tomar, menos racional se vuelve el proceso. Pi&#x00E9;nsese en que diferente es el proceso de decisi&#x00F3;n implicado en la acci&#x00F3;n de echarse a un lado para evitar chocar con un objeto, por ejemplo, y el proceso propio de cualquier dilema moral, interpersonal, etc.  </p>
		
		<p>Si, por otro lado, se entiende la raz&#x00F3;n relacionada como la capacidad de pensar, entonces no hay que olvidar que tambi&#x00E9;n pensamos emociones; si la entendemos como un proceso mental, las emociones tambi&#x00E9;n son proceso mentales, si entendemos la raz&#x00F3;n como un proceso mental consciente, entonces habr&#x00ED;a que se&#x00F1;alar, primero, que la raz&#x00F3;n tambi&#x00E9;n se compone de proceso inconscientes, y segundo, que no todo lo consciente es identificable con la raz&#x00F3;n, as&#x00ED; como tambi&#x00E9;n que podemos ser conscientes de nuestras emociones. Si, por &#x00FA;ltimo, entendemos la raz&#x00F3;n como universal, habr&#x00ED;a que se&#x00F1;alar que las emociones tambi&#x00E9;n son universales, pues al menos en un sentido estructural y m&#x00E1;s all&#x00E1; de los contenidos, aplicaciones y diferencias culturales y contextuales, todo ser humano est&#x00E1; dotado de racionalidad y emocionalidad en un mismo sentido. De manera, que, a primera vista, parece que la frontera entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n es no solo erosionable, sino quiz&#x00E1;s tambi&#x00E9;n revisable. </p>
		
		<p>Efectivamente, en primer lugar, m&#x00E1;s all&#x00E1; del modelo dicot&#x00F3;mico, se puede encontrar una relaci&#x00F3;n inclusiva desde una perspectiva evolutiva o temporal entre “cognici&#x00F3;n” y “emoci&#x00F3;n” o, si se quiere, entre el cerebro racional y el emocional, pues no se puede pasar por alto el hecho y las implicaciones de que “el cerebro emocional (sea) muy anterior al racional, [siendo este] una derivaci&#x00F3;n de aquel” (LeDoux, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1999</xref>, 45).  </p>
		
		<p>Ambos repiten el modelo de mu&#x00F1;eca rusa, en el que cada nuevo paso supera e incluye al anterior como fase previa necesaria para su aparici&#x00F3;n. Este tipo de relaci&#x00F3;n de mu&#x00F1;eca rusa entre ambos sistemas vendr&#x00ED;a, pues, a sintetizar dos m&#x00E1;ximas de la evoluci&#x00F3;n, a saber, que 1) “la evoluci&#x00F3;n rara vez desperdicia cosas” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, 46) y 2) que “lo viejo siempre est&#x00E1; presente en lo nuevo” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, 48). As&#x00ED;, del mismo modo que la parte est&#x00E1; en el todo, el sistema emocional est&#x00E1; implicado ya en el racional o, si se prefiere, “los ordenes inferiores de nuestro organismo est&#x00E1;n en el bucle de la raz&#x00F3;n elevada” (Damasio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2006</xref>, 11). </p><p>Por otro lado, la frontera entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n es tambi&#x00E9;n horadable en un sentido funcional. Si se entiende emoci&#x00F3;n y cognici&#x00F3;n como procesos mentales, y no ya en un sentido neurol&#x00F3;gico, entonces emoci&#x00F3;n y cognici&#x00F3;n ser&#x00ED;an m&#x00E1;s bien un constructo te&#x00F3;rico (Ekman y Davidson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1994</xref>) donde las fronteras reales son posiblemente borrosas o graduales. Es decir, si se entiende la cognici&#x00F3;n como el procesamiento de informaci&#x00F3;n, entonces las emociones tambi&#x00E9;n son en alg&#x00FA;n sentido cogniciones pues implican un procesamiento, consciente o inconsciente, de informaci&#x00F3;n.  </p>
		
		<p>En un sentido m&#x00E1;s estricto, si se entiende por cognici&#x00F3;n aquellos procesos con base en el neoc&#x00F3;rtex o el hipocampo, se podr&#x00ED;a entender la emoci&#x00F3;n y la cognici&#x00F3;n como dos maneras de procesar informaci&#x00F3;n bien diferenciadas, identificando la primera con una forma de valorar con efectos directos en la conducta, y la segunda con una raz&#x00F3;n m&#x00E1;s elevada. </p>
		
		<p>Sin embargo, en ambos casos, “deber&#x00ED;amos recordar que la mente [y no el cerebro] humana no conoce ninguna l&#x00ED;nea divisoria entre el pensamiento y el sentimiento” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1997</xref>, 105), pues incluso en el segundo caso, la emoci&#x00F3;n necesitar&#x00ED;a de unas bases cognitivas m&#x00ED;nimas para poder procesar la informaci&#x00F3;n sensorial que encierra, independientemente de que el sujeto sea o no consciente de que tiene emociones o de que estas implican informaci&#x00F3;n Al mismo tiempo que la emoci&#x00F3;n tendr&#x00ED;a un papel en relaci&#x00F3;n a ala raz&#x00F3;n en tanto que centra la atenci&#x00F3;n en aquello que es valorado como relevante por y para el sujeto, motiva el razonamiento y ayuda a poner en perspectiva esa amalgama de informaci&#x00F3;n percibida. </p>
		
		<p>Por otro lado, la raz&#x00F3;n tambi&#x00E9;n afecta o influye de alg&#x00FA;n modo en el sistema emocional, pues “una vez que los procesos superiores de ordenaci&#x00F3;n existen, modifican los procesos de la base” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, 49).  </p>
		
		<p>Por lo tanto, no es aventurado sostener la hip&#x00F3;tesis de la interacci&#x00F3;n, de un bucle de lo emocional a lo racional y de lo racional a lo emocional, en definitiva, de una retroalimentaci&#x00F3;n entre ambas dimensiones, la cual deber&#x00ED;a afectar y modificar la concepci&#x00F3;n de un sujeto moral compartimentalizado. </p>
		
		<p>De hecho, un modelo relacional, no dicot&#x00F3;mico, explicar&#x00ED;a que en algunos casos los procesos cognitivos y los emocionales lleven a una misma soluci&#x00F3;n. Pues “seg&#x00FA;n la psicolog&#x00ED;a evolucionista, la selecci&#x00F3;n natural “dise&#x00F1;&#x00F3;” las emociones humanas para servir a los intereses estrat&#x00E9;gicos de los individuos de la especie humana” (Wright, <xref ref-type="bibr" rid="CIT34">2007</xref>, 119). </p>
		
		<p>Asimismo, el sistema emocional interactuar&#x00ED;a con el racional y, en concreto, en una faceta de este, a saber, la deliberaci&#x00F3;n —moral o no— y la toma de decisiones. As&#x00ED;, los &#x00FA;ltimos estudios en neurociencia avalan la hip&#x00F3;tesis de que el sistema emocional interviene en la deliberaci&#x00F3;n tradicionalmente entendida como exclusivamente racional. </p>
		
		<p>Pero esto no queda aqu&#x00ED;, pues no solo se est&#x00E1; afirmando que intervenga o tenga cierta influencia en la toma de decisiones, sino que dicha intervenci&#x00F3;n es inherente al propio proceso deliberativo. De hecho, como De Waal afirma, “las emociones favorecen el razonamiento humano. Los neurocient&#x00ED;ficos han descubierto que, por mucho que las personas razonen y reflexionen, si no hay emociones implicadas en las diferentes opciones de que disponen, nunca se alcanza una decisi&#x00F3;n” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>,43). Esto modificar&#x00ED;a la perspectiva tradicionalmente asumida sobre la racionalidad y el sistema emocional, pues esta influencia no significar&#x00ED;a una intervenci&#x00F3;n inevitable en un sentido negativo como un defecto de la racionalidad, sino como un elemento necesario del proceso mismo. </p>
		
		<p>Esta idea se hace patentemente cuando estos cient&#x00ED;ficos se&#x00F1;alan qu&#x00E9; pasar&#x00ED;a en los casos en los que el razonamiento fuera “puro”, esto es, estuviera exento de esta influencia emocional, bien por un d&#x00E9;ficit de la misma, bien por una eliminaci&#x00F3;n hipot&#x00E9;tica de dicha dimensi&#x00F3;n:  </p>
		
		<p>“en la concepci&#x00F3;n de la raz&#x00F3;n elevada, uno separa los distintos supuestos y (…) efect&#x00FA;a un an&#x00E1;lisis de costes/beneficios de cada una de ellas. (…) Ahora bien, (…) si dicha estrategia es la &#x00FA;nica de la que disponemos, la racionalidad, como se ha descrito antes, no funcionar&#x00ED;a (…) en el mejor de los casos, nuestra decisi&#x00F3;n tomar&#x00E1; un tiempo excesivamente largo, mucho m&#x00E1;s de lo que ser&#x00ED;a aceptable si aquel d&#x00ED;a hemos de hacer alguna otra cosa. En el peor de los casos, puede que incluso no acabemos tomando una decisi&#x00F3;n, porque nos habremos perdido en los desv&#x00ED;os de nuestro c&#x00E1;lculo” (Damasio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2006</xref>, 202-203). </p>
		
		<p>En suma, lo que se sugiere con esto es que quiz&#x00E1;s sea m&#x00E1;s conveniente partir de una concepci&#x00F3;n no antit&#x00E9;tica del sistema emocional y el racional, pues entre ambos sistemas parece darse una relaci&#x00F3;n de ida y vuelta, a saber, de la emoci&#x00F3;n a la raz&#x00F3;n y de la raz&#x00F3;n a la emoci&#x00F3;n. Como se&#x00F1;ala LeDoux, “en este momento de nuestra historia evolutiva las conexiones que comunican los mecanismos emocionales con los cognitivos son m&#x00E1;s fuertes que las que comunican los mecanismos cognitivos con los emocionales” (LeDoux, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1999</xref>, 21-22). </p>
		
		<p>As&#x00ED;, si se admite cierta interacci&#x00F3;n entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n, carecer&#x00ED;a de sentido culpar solo a las emociones de las consecuencias negativas de la construcci&#x00F3;n de fronteras mientras felicitamos a la raz&#x00F3;n por lo positivo o funcional que en ellas encontramos, pues tambi&#x00E9;n para simplificar, seleccionar informaci&#x00F3;n y decidir cu&#x00E1;l es valorada como relevante para el sujeto se necesita disponer de un sistema valorativo, a saber, las emociones. </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S4.2">
		<title>4.2. El valor cognitivo de las emociones  </title>
		
		<p>Descubrir que las fronteras biol&#x00F3;gicas nos pueden llevar a abusos y discriminaciones, por un lado, y descubrir que aquellas fronteras est&#x00E1;n construidas sobre una base emocional podr&#x00ED;a llevarnos a pensar que las emociones son un error de f&#x00E1;brica, incluso m&#x00E1;s all&#x00E1; de los l&#x00ED;mites de la especie. </p>
		
		<p>Sin embargo, desde las teor&#x00ED;as evolucionistas, parece que no tendr&#x00ED;a mucho sentido hablar de errores de f&#x00E1;brica, pues si las emociones fueran una especie de falla, la evoluci&#x00F3;n no habr&#x00ED;a perpetuado esta dimensi&#x00F3;n, de manera que, de nuevo, quiz&#x00E1;s no sea un elemento tan disfuncional como en principio parecer&#x00ED;a. Por el contrario, parece m&#x00E1;s adecuado modificar nuestra &#x00F3;ptica sobre las mismas.  </p>
		
		<p>En este sentido, las emociones pueden definirse como “mecanismos cerebrales programados por la evoluci&#x00F3;n” (LeDoux, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1999</xref>, 414), como respuestas neuronales a est&#x00ED;mulos relevantes, que implican 1) una evaluaci&#x00F3;n de la situaci&#x00F3;n inicial, del objeto y de sus consecuencias para la supervivencia y bienestar del sujeto, 2) una modificaci&#x00F3;n psicosom&#x00E1;tica del sujeto y 3) una reorientaci&#x00F3;n de la acci&#x00F3;n, seg&#x00FA;n el repertorio espec&#x00ED;fico de cada emoci&#x00F3;n. Esto es, una emoci&#x00F3;n ser&#x00ED;a un proceso psicosom&#x00E1;tico universal<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref> consistente en una respuesta o reacci&#x00F3;n neuronal espont&#x00E1;nea,<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref> de corta duraci&#x00F3;n, a un est&#x00ED;mulo que implica un estado mental-afectivo en el que se eval&#x00FA;a la situaci&#x00F3;n inicial respecto del sujeto, sobre el sujeto y para el sujeto que la experimenta. Son, por tanto, respuestas funcionales que permiten la adaptaci&#x00F3;n inteligente —pues adecuan unos medios para llegar a unos fines—, y “nos preparan para tratar con los acontecimientos m&#x00E1;s importantes de nuestra vida, con o sin haber pensado qu&#x00E9; hacer” (Ekman, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2004</xref>, 120). En pocas palabras, como bien afirma R. Levenson, “las emociones representan modos de adaptaci&#x00F3;n a las demandas cambiantes del entorno (…), sirven para establecer nuestra posici&#x00F3;n <italic>vis-a-vis</italic> con nuestro contexto (Levenson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">1994</xref>, 123). </p>
		
		<p>De lo dicho se desprende, y esto es lo relevante respeto del origen de las fronteras biol&#x00F3;gicas, que toda emoci&#x00F3;n, incluida el miedo o el asco, remite a una causa, un objeto cuya presencia desencadena esa reacci&#x00F3;n, y un origen, a saber, una valoraci&#x00F3;n (consciente o inconsciente) de se objeto como posible amenaza para nuestro bienestar. De este modo, el miedo, al igual que el resto de emociones, tendr&#x00ED;a una funci&#x00F3;n informadora, de alarma, en este caso del desajuste entre la amenaza y nuestra capacidad para responder a aquella. Esto a su vez implica que detr&#x00E1;s de cada emoci&#x00F3;n subyace 1) una creencia o valoraci&#x00F3;n, a saber, “X es peligroso,” y 2) un deseo, normalmente la supervivencia y el bienestar. Como afirma Damasio, “incluso cuando la reacci&#x00F3;n emocional tiene lugar sin conocimiento consciente del est&#x00ED;mulo emocionalmente competente, la emoci&#x00F3;n significa no obstante el resultado de la evaluaci&#x00F3;n de la situaci&#x00F3;n por parte del organismo” (Damasio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2005</xref>, 56). </p>
		
		<p>Por tanto, y aunque las fronteras biol&#x00F3;gicas remitan a emociones, no son estas su origen, sino las valoraciones que se han hecho previamente de la realidad y han llevado a considera, por ejemplo, X como peligroso o como una amenaza, pues es esta creencia asociada al objeto la que desencadenar&#x00E1; la emoci&#x00F3;n del miedo. Como afirma M. Nussbaum, “las emociones representan no solo maneras de ver un objeto, sino creencias —a menudo muy complejas— sobre el objeto” (Nussbaum, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2006</xref>, 28).  </p>
		
		<p>As&#x00ED;, aunque bajo las fronteras subyazcan emociones, el problema no son estas, pues toda emoci&#x00F3;n remite a una causa, sino m&#x00E1;s bien una mala aplicaci&#x00F3;n de la emoci&#x00F3;n a un contexto dado. En efecto, esta mala aplicaci&#x00F3;n se debe a una creencia incorrecta o inexacta respeto de la situaci&#x00F3;n, fruto de una inadecuada valoraci&#x00F3;n de esa circunstancia. Dicho de otro modo, las emociones no son m&#x00E1;s que herramientas cuyo &#x00E9;xito, fracaso o conveniencia depende en parte de la utilizaci&#x00F3;n que el sujeto haga de ellas, del contexto al que se aplique y de la herramienta concreta —la emoci&#x00F3;n— que se desencadene, seg&#x00FA;n las creencias previas.  </p>
		
		<p>As&#x00ED;, desencadenar una reacci&#x00F3;n de alegr&#x00ED;a ante un francotirador no muestra la disfuncionalidad de las emociones, sino el desconocimiento por parte de ese sujeto del poder letal de las balas o el deseo del mismo de no seguir viviendo. Del mismo modo, cuando ante casos fronterizos desencadenamos una reacci&#x00F3;n de miedo o asco, habr&#x00E1; que cuestionarse qu&#x00E9; creencia o valoraci&#x00F3;n de los mismos subyace en aquella emoci&#x00F3;n. Por lo tanto, en el caso de las fronteras biol&#x00F3;gicas y los juicios morales, cabr&#x00ED;a afirmar que lo incorrecto o lo cuestionable no es sentir miedo o asco, por ejemplo, ante lo distinto, sino creer que lo distinto es en s&#x00ED; mismo una amenaza y derivar unas prerrogativas de dicha idea. Como bien afirma Hume, “una pasi&#x00F3;n deber&#x00E1; ser acompa&#x00F1;ada de alg&#x00FA;n falso juicio para ser irrazonable; e incluso, para hablar con propiedad, no es la pasi&#x00F3;n lo irrazonable, sino el juicio” (Hume, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2005</xref>, 563). </p>
		
		<p>En efecto, de esto no se deduce que las emociones sean disfuncionales,<xref ref-type="fn" rid="NOTE03">3</xref> sino m&#x00E1;s bien que pueden ayudar a caer en la cuenta, a modo de alarmas, de que algunas creencias y presupuestos son cuestionables y revisables. En palabras de R. Joyce, “todos tenemos la capacidad de tener miedo, pero qu&#x00E9; temer (…) es algo que aprendemos de nuestro entorno, el cual incluye especialmente, lo que aprendemos de otros humanos” (Joyce, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2006</xref>, 7). </p>
		</sec>
		</sec>
		
		
		<sec id="S5">
		<title>5. CONCLUSI&#x00D3;N </title>
		
		<p>De lo dicho se deriva, para concluir, que 1) quiz&#x00E1;s ser&#x00ED;a necesario una ampliaci&#x00F3;n o un cambio en el concepto cl&#x00E1;sico de racionalidad de manera que tuviera cabida la idea aqu&#x00ED; se&#x00F1;alada, a saber, “que, en lugar de ser la ant&#x00ED;tesis de la racionalidad, las emociones favorecen el razonamiento humano” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2007</xref>, 43); y 2) que la racionalidad necesita de lo emocional, de manera que ni la raz&#x00F3;n es tan fr&#x00ED;a, ni la emoci&#x00F3;n es tan irracional como podr&#x00ED;a pensarse.  </p>
		
		<p>En consecuencia, lo relevante aqu&#x00ED; es se&#x00F1;alar que la creencia de que los juicios morales “incorrectos” en alg&#x00FA;n sentido son fruto de la emoci&#x00F3;n y los “correctos” de la raz&#x00F3;n deja de tener sentido, pues raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n van de la mano y son ambas condici&#x00F3;n necesaria de cualquier juicio moral.  </p>
		
		<p>As&#x00ED;, tan pronto como reconsideremos 1) el marco conceptual en el que se asientan nuestras clasificaciones, 2) el dualismo excluyente y 3) el intelectualismo moral derivado de la tensi&#x00F3;n y la jerarquizaci&#x00F3;n del par raz&#x00F3;n/emoci&#x00F3;n, los problemas derivados de un paradigma dicot&#x00F3;mico, tales como la discriminaci&#x00F3;n, la instrumentalizaci&#x00F3;n y homogeneizaci&#x00F3;n de lo considerado inferior, podr&#x00ED;an atenuarse. </p>
		
		<p>En efecto, vernos no como animales esquizofr&#x00E9;nicos, sino como seres formados por una red de dimensiones interconectadas ayudar&#x00ED;a a comprender las emociones como un elemento integrado en nuestra naturaleza, a entender que la aparente responsabilidad &#x00FA;nica de las emociones ante las discriminaciones derivadas de las fronteras viene de la tendencia propia del intelectualismo moral de identificar condiciones de posibilidad (raz&#x00F3;n) con criterios de normatividad (racionalidad). Del mismo modo, una relaci&#x00F3;n no dicot&#x00F3;mica entre raz&#x00F3;n y emoci&#x00F3;n nos ayudar&#x00ED;a a ver que la frialdad emocional puede llevar a la frialdad moral, y con ella, a la indiferencia ante los posibles da&#x00F1;os morales que otro individuo pueda padecer como consecuencia de los juicios morales derivados de las fronteras biol&#x00F3;gicas. </p>
		
					 
		</sec>
		
	</body>

	<back>
	
	<ack>
		<title>AGRADECIMIENTOS</title>
			<p>Este trabajo no estar&#x00ED;a completo sin mi agradecimiento a aquellos cuya generosidad me ha permitido confeccionar estas p&#x00E1;ginas: Carmen Velayos, Luciano Espinosa, Antoni Gomila y Peter Goldie.</p>
	</ack>
	

	
	<sec id="notas">
     <title>NOTES</title>
     <fn-group>
      <fn id="NOTE01"><label>1</label><p>La emoci&#x00F3;n es propia de todo miembro de la especie en condiciones normales, aunque se exprese de diversas maneras y est&#x00E9; modulada por distintos factores culturales.</p></fn>
      
	  <fn id="NOTE02"><label>2</label><p>T&#x00E9;ngase en cuenta que incluso cuando se evoca una emoci&#x00F3;n, mediante el recuerdo, por ejemplo, el deseo de experimentar esa emoci&#x00F3;n es voluntario, pero la aparici&#x00F3;n propiamente dicha de esta seguir&#x00E1; siendo espont&#x00E1;nea.</p></fn>
	  
	  <fn id="NOTE03"><label>3</label><p>Al menos, a corto plazo (Fern&#x00E1;ndez-Berrocal y Ramos, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2005</xref>).</p></fn>
	  
     </fn-group>
	</sec>
	
	
	
	

		<ref-list>
		<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>

			<ref id="CIT01">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Barbalet</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2002</year>   
			  <source>Emotions and Sociology</source> 
			  <publisher-loc>Oxford</publisher-loc>
			  <publisher-name>Blackwell</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT02"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bloor</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2003</year>   
			  <source>Conocimiento e imaginario social</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Gedisa</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT03">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Casacubierta</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2000</year>   
			  <source>¿Qu&#x00E9; es una emoci&#x00F3;n?</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Cr&#x00ED;tica</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT04">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Charo</surname>
				  <given-names>R. A.</given-names>	  
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1999</year>   
			  <chapter-title>Dusk, dawn and defining death. Legal classifications and biological categories</chapter-title>
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Yougner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>	  
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R. M.</given-names>	  
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Schapiro</surname>
				  <given-names>R.</given-names>	  
				  </name> 
			  </person-group>
			  <source>The definition of death. Contemporary controversies</source> 
			  <publisher-loc>London</publisher-loc>
			  <publisher-name>John Hopkins University</publisher-name>  
			  <comment>pp. 277-292</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT05">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Damasio</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2005</year>   
			  <source>En busca de Spinoza. Neurobiolog&#x00ED;a de la emoci&#x00F3;n y los sentimientos</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Drakontos</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT06">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Damasio</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>
			  </person-group> 
			  <year>2006</year>
			  <source>El error de Descartes. La emoci&#x00F3;n, la raz&#x00F3;n y el cerebro humano</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Drakontos</publisher-name>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT07">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Descartes</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>1972</year>   
			  <source>Las pasiones del alma</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Pen&#x00ED;nsula</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT08">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Ekman</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2004</year>  
			  <chapter-title>What we become emotional about</chapter-title>
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Manstead</surname>
				  <given-names>A. S. R.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Fischer</surname>
				  <given-names>A. H.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Fridja</surname>
				  <given-names>N. H.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>   
			  <source>Feeling and emotions. The Amsterdam symposium</source> 
			  <publisher-loc>Cambridge</publisher-loc>
			  <publisher-name>Cambridge University Press</publisher-name>  
			  <comment>pp. 119-135</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT09">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Ekman</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Davidson</surname>
				  <given-names>R. J.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2004</year>   
			  <source>The Nature of emotion. Fundamental questions</source> 
			  <publisher-loc>Oxford</publisher-loc>
			  <publisher-name>Oxford University Press</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT10"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Fern&#x00E1;ndez-Berrocal</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Ramos</surname>
				  <given-names>N.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>2005</year>   
			  <source>Corazones inteligentes</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Kair&#x00F3;s</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT11">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Guis&#x00E1;n</surname>
				  <given-names>E.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1986</year>   
			  <source>Raz&#x00F3;n y pasi&#x00F3;n en &#x00E9;tica. Los dilemas de la &#x00E9;tica contempor&#x00E1;nea</source>  
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Anthropos</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT12">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Gray</surname>
				  <given-names>J. A.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1993</year>     
			  <source>La psicolog&#x00ED;a del miedo y el estr&#x00E9;s</source>  
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Labor</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT13">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Hume</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2005</year>   
			  <source>Tratado de la naturaleza humana</source>  
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Tecnos</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT14">
			<element-citation publication-type="book">
			<person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Hume</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2006</year>   
			  <source>Investigaci&#x00F3;n sobre los principios de la moral</source>  
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Alianza</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT15">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Joyce</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2006</year>
			  <source>The evolution of morality</source> 
			  <publisher-loc>U.S.A.</publisher-loc>
			  <publisher-name>MIT Press</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT16">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Lactancio</surname>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1996</year>  
			  <chapter-title>Ep&#x00ED;tome de las instituciones divinas</chapter-title>
				<person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>VV. AA.</surname>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>  
			  <source>Los estoicos antiguos</source> 
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>  
			  <publisher-name>Gredos</publisher-name>
			  <comment>33, 6 [S.V.F. I 213]</comment>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT17">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>LeDoux</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>  
			  <source>El cerebro emocional</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Ariel/Planeta</publisher-name>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT18">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Levenson</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1994</year>  
			  <chapter-title>Human emotion: a functional view</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Ekman</surname>
				  <given-names>O.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Davidson</surname>
				  <given-names>R. J.</given-names>
				  </name> 	   				  	  	  	  
			  </person-group>  
			  <source>The Nature of emotion. Fundamental questions</source>
			  <publisher-loc>Oxford</publisher-loc>
			  <publisher-name>Oxford University Press</publisher-name>
			  <comment>pp. 123-126</comment>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT19">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Marina</surname>
				  <given-names>J. A.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>L&#x00F3;pez Penas</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name> 	   				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>  
			  <source>Diccionario de los sentimientos</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Anagrama</publisher-name>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT20">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Nussbaum</surname>
				  <given-names>M. C.</given-names>
				  </name>  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2006</year>
			  <source>Upheavals of thought. The intelligence of emotions</source> 
			  <publisher-loc>Cambridge</publisher-loc>
			  <publisher-name>Cambridge University Press</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT21">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Pinker</surname>
				  <given-names>S.</given-names>
				  </name>  	  
			  </person-group>
			  <source>La tabla rasa. La negaci&#x00F3;n moderna de la naturaleza humana</source>
			  <year>2003</year>
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Paid&#x00F3;s</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT22">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Plumwood</surname>
				  <given-names>V.</given-names>
				  </name> 	  
			  </person-group>
			  <year>1993</year>  
			  <source>Feminism and the mastery of Nature</source>
			  <publisher-loc>London</publisher-loc>
			  <publisher-name>Routledge</publisher-name> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT23">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Prinz</surname>
				  <given-names>J. J.</given-names>
				  </name>  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2004</year>
			  <source>Gut reactions. A perceptual theory of emotions</source>   
			  <publisher-loc>Oxford/New York</publisher-loc>
			  <publisher-name>Oxford University Press</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>
			 
			<ref id="CIT24">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Prokhovnik</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <source>Rational woman. A feminist critique to dichotomy</source>  
			  <publisher-loc>London</publisher-loc>
			  <publisher-name>Routledge</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT25">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>S&#x00E9;neca</surname>
				  <given-names>L. A.</given-names>
				  </name>  	  
			  </person-group>
			  <year>1986</year>
			  <source>Di&#x00E1;logos</source>  
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Tecnos</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>
			
			<ref id="CIT26">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Shakespeare</surname>
				  <given-names>W.</given-names>
				  </name>  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <source>Hamlet</source>  
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>C&#x00E1;tedra</publisher-name> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT27">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Tasset</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1999</year>   
			  <source>La &#x00E9;tica y las pasiones. Un estudio de la filosof&#x00ED;a moral y pol&#x00ED;tica de David Hume</source> 
			  <publisher-loc>A Coru&#x00F1;a</publisher-loc>
			  <publisher-name>Universidade da Coru&#x00F1;a</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT28"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Temistio</surname>  
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1996</year>   
			  <chapter-title>Par&#x00E1;frasis al ‘Sobre el alma’ de Arist&#x00F3;teles</chapter-title>
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>VV. AA.</surname>
				  </name>  				  	  	  	  
			  </person-group>
			  <source>Los estoicos antiguos</source>   
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Gredos</publisher-name>
			  <comment>90 b II 197, 24 Speng. [S.V.F. I 208]</comment> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT29">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Turner</surname>
				  <given-names>J. H.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2000</year>   
			  <source>On the origins of human emotions. A sociological enquiry into the evolution of human affect</source> 
			  <publisher-loc>California</publisher-loc>
			  <publisher-name>Standford University Press</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT30">
			<element-citation publication-type="book">
				<person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>De Waal</surname>
				  <given-names>F.</given-names>
				  </name>
				</person-group>
			  <year>1997</year>   
			  <source>Bien natural. Los or&#x00ED;genes del bien y el mal en los humanos y otros animales</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Herder</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT31">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>De Waal</surname>
				  <given-names>F.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2007</year>   
			  <source>Primates y fil&#x00F3;sofos. La evoluci&#x00F3;n de la moral del simio al hombre</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Paid&#x00F3;s</publisher-name>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT32">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Warnock</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>2004</year>
			  <source>Fabricando beb&#x00E9;s ¿Existe un derecho a tener hijos?</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Gedisa</publisher-name>  
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT33">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Warren</surname>
				  <given-names>K. J.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>1990</year>   
			  <article-title>The power and the promise of ecofeminism</article-title> 
			  <source>Enviromental Ethics</source> 
			  <volume>12</volume>
			  <issue>2</issue>
			  <fpage>125</fpage>
			  <lpage>146</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT34">
			<element-citation publication-type="book">
			   <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Wright</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>2007</year>   
			  <chapter-title>Los usos del antropomorfismo</chapter-title> 
			   <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>de Waal</surname>
				  <given-names>F.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group> 
			  <source>Primates y fil&#x00F3;sofos. La evoluci&#x00F3;n de la moral del simio al hombre</source>    
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Paid&#x00F3;s</publisher-name>  
			  <comment>pp. 115-130</comment>
			</element-citation>
			</ref>

		</ref-list>
	</back>
</article>