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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.763n5002</article-id>
			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.763n5002</article-id>
		
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				<subj-group subj-group-type="heading">
				<subject>BIO&#x00C9;TICA Y FRONTERAS DE LA VIDA. II. DESDE LA PR&#x00C1;CTICA / BIOETHICS AND BIOLOGIC BOUNDARIES. II. FROM PRACTICE</subject>
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			  <article-title>La frontera animal-humano</article-title>
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		<trans-title>The animal-human border</trans-title>
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		<alt-title alt-title-type="running-head">animal-humano</alt-title>
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				 <surname>Velayos Castelo</surname>
				 <given-names>Carmen</given-names>
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			  <aff id="U1">Universidad de Salamanca</aff>
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			 <author-notes>
		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="cvelayos@usal.es">cvelayos@usal.es</email>
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		</author-notes>
		
		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
		</pub-date>
		
		<volume>189</volume>
		<issue>763</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.763n5002</elocation-id>

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		  	<date date-type="received">
				<day>13</day>
				<month>07</month>
				<year>2012</year>
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			<date date-type="accepted">
				<day>06</day>
				<month>06</month>
				<year>2013</year>
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		<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
		<copyright-year>2013</copyright-year>
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		<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
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		<abstract xml:lang="es">
		<title>RESUMEN</title>
		<p>Los desarrollos cient&#x00ED;ficos de nuestro tiempo han enfatizado la continuidad entre los humanos y nuestros parientes antropoides. Por supuesto, los seres humanos parecen diferentes a los animales no humanos, pero tales diferencias son m&#x00E1;s bien relativas y no absolutas. Muchos autores tratan, desde hace tiempo, de rellenar la separaci&#x00F3;n discursiva y artificial entre humanos y animales, separaci&#x00F3;n que ha servido a su vez para justificar la relaci&#x00F3;n de dominio y control sobre los segundos. Sea como fuere, la progresi&#x00F3;n de las pruebas no ha resultado siempre convincente. ¿Por qu&#x00E9;? Seguiremos el camino contrario. Analizaremos algunos de los argumentos m&#x00E1;s transitados a la hora de justificar la frontera ser humano-animal y trataremos de mostrar su debilidad, as&#x00ED; como la necesidad de avanzar hacia un mundo que sustituya la frontera por criterios pr&#x00E1;cticos de responsabilidad.</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>The scientific developments of our time have emphasized the continuity between humans and our anthropoid relatives. Of course, humans appear to be different from non-human animals, but such differences tend to be relative rather than absolute. Many authors are seeking to bridge the discursively constructed divide that separates animals and humans to reveal a relationship of domination and control. Anyway, this accumulative evidence has not been uniformly persuasive. Why? We’ll follow the opposite way. Firstly, we’ll analyze some of the most popular arguments to justify the human-animal border and, secondly, we’ll try to show their weakness and the necessity to move towards a world that changes borders to practical criteria of responsibility.</p>
		</trans-abstract>
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			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>frontera humano-animal</kwd>
			<kwd>continuidad ontol&#x00F3;gica</kwd>
			<kwd>dominio</kwd>
		</kwd-group>
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			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>human-animal border</kwd>
			<kwd>ontological continuity</kwd>
			<kwd>domination</kwd>
		</kwd-group>
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	</front>		
	

	<body>
	
		<sec id="S0">
		<title> </title>
		<p>Es obvio que los humanos somos distintos de todos los animales,  </p>
		<p>como tambi&#x00E9;n lo es que hasta en el m&#x00E1;s m&#x00ED;nimo detalle de nuestra  </p>
		<p>anatom&#x00ED;a y estructura molecular constituimos una especie de grandes  </p>
		<p>mam&#x00ED;feros. Esta contradicci&#x00F3;n es la caracter&#x00ED;stica m&#x00E1;s intrigante de la </p>
		<p> especie humana y, pese a ser de todos conocida, a&#x00FA;n nos resulta dif&#x00ED;cil  </p>
		<p>comprender c&#x00F3;mo ha llegado a producirse y qu&#x00E9; significa.  </p>
		<p>(<xref ref-type="bibr" rid="CIT07">Jared Diamond</xref>, <italic>El Tercer chimpanc&#x00E9;</italic>)</p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S1">
		<title>1. PRE&#x00C1;MBULO </title>
		
		<p>En su instalaci&#x00F3;n <italic>Ein Haus für Schweine und Menschen</italic> (1997), las artistas <italic>performance</italic> Rosemarie Trockel y Carsten Höller, aprovechan el potencial cr&#x00ED;tico y transformador de la obra de arte para enjuiciar la relaci&#x00F3;n hombre-animal. </p>
		
		<p>La construcci&#x00F3;n aloja a cerdos vivos y tambi&#x00E9;n a los espectadores humanos de la instalaci&#x00F3;n, que se convierten en parte del proceso art&#x00ED;stico. Todos comparten un mismo hogar. Sin embargo, una pared de cristal divide a los seres humanos de los cerdos y permite que los primeros vean a los segundos, pero no al rev&#x00E9;s. Adem&#x00E1;s, dentro de la casa, solo pueden verlos, no interactuar con ellos.  </p>
		
		<p>La casa dividida de Trockel y Höller representa la barrera artificial entre el animal no humano y el humano. Al otro lado del cristal nos sentimos seguros. Es el lugar de los derechos, del observador aparentemente distanciado de su objeto; un lugar, en suma, que justifica una relaci&#x00F3;n de dominio hacia quienes quedan fuera. Solo hace falta un leve cambio de perspectiva, sin embargo, para ver al observador y al observado formando parte de un h&#x00E1;bitat com&#x00FA;n. Es m&#x00E1;s, fuera de la casa, las barreras no existen y los humanos pueden ya tocar y acariciar a los animales. </p>
		
		<p>La instalaci&#x00F3;n nos recuerda que la justificaci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica de nuestra especificidad con respecto al animal no humano, es una construcci&#x00F3;n cultural y, como tal, convencional. La naturaleza no sabe de fronteras, &#x00E9;sas las creamos nosotros. Aunque abierta a modificaciones hist&#x00F3;ricas, la construcci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica y pr&#x00E1;ctica dominante de la relaci&#x00F3;n hombre-animal ha sido siempre la de la r&#x00ED;gida frontera entre ellos. Esta tiene un car&#x00E1;cter doble. Por una parte, es una escisi&#x00F3;n abierta en el orden de la naturaleza tal y como es concebido por las diversas cosmovisiones hist&#x00F3;ricas. Por otra, es tambi&#x00E9;n una escisi&#x00F3;n pr&#x00E1;ctica que legitima el dominio y la instrumentalizaci&#x00F3;n humana del animal, entendido como un extra&#x00F1;o. </p>
		
		</sec>
		
		
		
		<sec id="S2">
		<title>2. LA FRONTERA ANIMAL-HUMANO </title>
		
		<p>Todav&#x00ED;a en la actualidad seguimos operando con dos modelos ontol&#x00F3;gicos diferentes en lo que hace a la distinci&#x00F3;n humano-animal y a sus implicaciones normativas. El primero sigue insistiendo en la relevancia de la tesis cl&#x00E1;sica del salto <italic>cualitativo</italic> entre el animal no humano y el humano. El segundo establece, sin embargo, que entre los animales no humanos y los humanos solo existen diferencias gradativas o <italic>cuantitativas:</italic> solamente hay distintos tipos de animales, entre los que est&#x00E1;n los humanos. </p>
		
		<p>La tesis de este art&#x00ED;culo es limitada. En el contexto de los dos vol&#x00FA;menes de la revista <italic>Arbor</italic> destinados a revisar varias fronteras ontol&#x00F3;gicas convencionales, acogeremos el tratamiento de una de las m&#x00E1;s quebradizas —aparentemente— de nuestro momento hist&#x00F3;rico. Se insistir&#x00E1; en la necesidad de problematizar la tesis del salto ontol&#x00F3;gico cualitativo entre animales no humanos y animales humanos analizando algunos de los argumentos y criterios m&#x00E1;s populares para seguir justificando dicho salto y, en consecuencia, la frontera hombre-animal. No se pretende, sin embargo, tratar las consecuencias normativas de la negaci&#x00F3;n de la misma, lo que nos llevar&#x00ED;a a escribir un ensayo diferente. Pero s&#x00ED; propondremos una serie de cambios “primarios” de corte evaluativo-actitudinal que se desprenden necesariamente del derribe de la frontera y que afectan a la actitud general de los sujetos morales frente a otros animales.  </p>
		
		<p>Se insistir&#x00E1; en que no existe un salto cualitativo entre la naturaleza no humana y la humana que la ciencia pueda justificar. ¿Por qu&#x00E9; se mantiene a&#x00FA;n la tesis del salto cualitativo entre un peque&#x00F1;o grupo de mam&#x00ED;feros (los humanos) y el resto de animales? Existen varios tipos de razones: </p>
		
		<sec id="2.1">
		<title>2.1. Razones proteccionistas </title>
		
		<p>En primer lugar, existen razones proteccionistas, en concreto, el miedo, para justificar la separaci&#x00F3;n estricta de lo humano respecto a lo animal no-humano. Como se&#x00F1;alan Mª Mar Cabezas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2013</xref>) y Stuart Youngner en la introducci&#x00F3;n a este volumen, destruir las fronteras afianzadas hist&#x00F3;rica y socialmente no es f&#x00E1;cil. Seg&#x00FA;n Mar Cabezas, por ejemplo: </p>
		
		<p>“las fronteras biol&#x00F3;gicas surgen de la necesidad humana de clasificar y sistematizar, af&#x00E1;n bajo el que se encuentra un deseo de simplificar. As&#x00ED;, estas fronteras evitan que la complejidad de lo real haga tambalear nuestras seguridades al mismo tiempo que nos protegen ante lo desconocido, ante todo aquello que hemos decidido —por alguna raz&#x00F3;n— colocar m&#x00E1;s all&#x00E1; de la frontera.” (Cabezas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2013</xref>) </p>
		
		<p>Seguramente, nos costar&#x00ED;a, mucho m&#x00E1;s de lo que ya nos cuesta, transitar por un mundo simb&#x00F3;lico-cultural en el cual no fuera posible m&#x00E1;s que la alusi&#x00F3;n a la continuidad ontol&#x00F3;gica. Seguramente eso multiplicar&#x00ED;a los problemas a la hora de crear normas jur&#x00ED;dicas e, incluso, obligaciones morales. Porque es evidente que las fronteras no solo demarcan espacios ontol&#x00F3;gicos diferentes sino, a la larga, obligaciones e, incluso, derechos diferentes y bien compartimentados y correlacionados con cada grupo de seres. Como argumenta Mª Mar Cabezas, resultar&#x00ED;a angustioso carecer de fronteras para distinguir entre lo marginal y lo normal, la enfermedad y la salud o el ni&#x00F1;o y el adulto, entre otros; porque esas fronteras terminar&#x00E1;n siendo la base sobre la que justificar otras nuevas delimitaciones, esta vez normativas, entre lo respetable y lo indiferente, entre ciertas obligaciones y su ausencia o entre lo permisible y lo sancionable.  </p>
		
		<p>No obstante, la utilidad o el miedo no podr&#x00E1;n justificar este tipo de artificios convencionales. Por supuesto, las fronteras o, si se quiere, las demarcaciones, pueden ser necesarias, pero solo bajo razones suficientes que vayan m&#x00E1;s all&#x00E1; del temor a lo desconocido. </p>
		
		<p>De no existir razones aparentes para justificar una frontera conceptual, podr&#x00ED;amos estar incurriendo en un tipo de <italic>dicotom&#x00ED;a debe-es. </italic>Tal dicotom&#x00ED;a resulta falaz en cuanto omite las razones relevantes para llegar a poder concluir que los deberes mantienen una relaci&#x00F3;n relevante con los hechos. La dicotom&#x00ED;a consistir&#x00ED;a en afirmar que <italic>algo es as&#x00ED;</italic> (en este caso, la separaci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gico-normativa entre seres humanos y animales no humanos) porque <italic>debe serlo </italic>ya que, de lo contrario, el mundo ser&#x00ED;a ingobernable. Esta parece ser la manera de razonar de Fukuyama cuando afirma que las consecuencias de derribar la frontera ser&#x00ED;an dif&#x00ED;ciles de asumir pr&#x00E1;cticamente (Fukuyama, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2000</xref>). </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="2.2">
		<title>2.2. Razones identitarias </title>
		
		<sec id="2.2.1">
		<title>2.2.1. Razones identitarias en negativo  </title>
		
		<p>Las razones identitarias en negativo avalan el <italic>rechazo</italic> a lo animal como lo humano fracasado, deteriorado o caricaturizado. Seg&#x00FA;n los argumentos en negativo, la animalidad no es otra cosa que un mal suced&#x00E1;neo de lo humano. </p>
		
		<p>Horkheimer y Adorno expresaron una contundente cr&#x00ED;tica al intento filos&#x00F3;fico de expresi&#x00F3;n de nuestra dignidad y especificidad a trav&#x00E9;s de la negaci&#x00F3;n de los rasgos animales:			 </p>
		
		<p>“La idea del hombre se expresa en la historia europea en su diferencia respecto al animal. Mediante la irracionalidad del animal se demuestra la dignidad del hombre.” (Horkheimer y Adorno, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2001</xref>, 291).</p>
		
		<p>Este tipo de abruptas demarcaciones ha servido para apoyar los valores de lo humano a trav&#x00E9;s de la comparaci&#x00F3;n de determinados rasgos de nuestra especie con su ausencia o con su presencia mermada. As&#x00ED;, por ejemplo, el humanismo herc&#x00FA;leo contrast&#x00F3; la <italic>dignitas</italic> humana con la <italic>ferocitas</italic> animal. El camino vital del hombre era el que distaba entre la irracionalidad instintiva (la ferocitas) y la racionalidad humana (la humanitas) que solo algunos individuos estaban dispuestos a ejercer.  </p>
		
		<p>El problema era, sin embargo, que la dicotom&#x00ED;a era tan sesgada como injusta. De hecho, ser racional no es lo contrario a ser “un animal no humano”, sino lo contrario a “ser irracional” pudiendo realizar la raz&#x00F3;n, esto es, siendo humano. El animal no humano hace lo propio a su naturaleza. Es el hombre el que —seg&#x00FA;n el humanismo— se aleja de su destino cuando reh&#x00FA;ye el estudio o la pr&#x00E1;ctica de las virtudes, por ejemplo.  </p>
		
		<p>Tratar de demostrar la dignidad humana en negativo, esto es, anunciando lo que el ser humano no debe ser pero otras especies son, cuenta con problemas argumentativos serios. En primer lugar, porque el ser humano no puede evitar ser racional, solo abandonar su uso, mientras que otros animales no requieren los razonamientos para sobrevivir y su valor, belleza o estatus es compatible con no tener de forma est&#x00E1;ndar aquello que no necesitan. Como se&#x00F1;alara Montaigne en su <italic>Carta a Raimundo Sanbiunde</italic>, bajo esa misma l&#x00F3;gica, podr&#x00ED;amos compararnos con todas esas cualidades positivas que otros animales poseen y nosotros no. Pero no lo hicimos. Optamos por ridiculizar a otros seres en cuanto copias degradadas de la humanidad, como cuando se sigue afirmando que “alguien es una bestia” o “un bruto”. Pero, ya lo sabemos, si alguien es irreflexivo o imprudente no es una bestia, sino un ser humano irreflexivo o imprudente. Las bestias (antiguo sustantivo para todo animal no humano) son perfectas en lo que son y no necesitan ser degradadas a copias deficientes de ser humano. </p>
		</sec>
		
		<sec id="2.2.2">
		<title>2.2.2. Razones identitarias en positivo </title>
		
		<p>En tercer lugar, ha sido frecuente el intento de <italic>autodefinirnos positivamente</italic> como especie, caracterizando nuestra identidad como excluyente y &#x00FA;nica. </p>
		
		<p>El m&#x00E9;rito inherente a nuestra supuesta esencia espec&#x00ED;fica ha tenido consecuencias &#x00E9;ticas y sociales evidentes desde tiempos inmemoriales. A&#x00FA;n hoy sigue teni&#x00E9;ndolas cuando muchas de nuestras conductas hacia los animales podr&#x00ED;an seguir estando apoyadas —al menos en parte— en c&#x00F3;mo somos unos y <italic>otros</italic>. Por ejemplo, experimentamos m&#x00E9;dicamente con casi todos los animales, pero no con los humanos, a no ser en ensayos que no requieran m&#x00E1;s que males menores para nosotros, est&#x00E9;n consentidos aut&#x00F3;nomamente, y tengan consecuencias importantes para la investigaci&#x00F3;n. Por supuesto, rechazamos el canibalismo mientras se justifica a&#x00FA;n mayoritariamente la alimentaci&#x00F3;n a trav&#x00E9;s de carne animal. En tercer lugar, incluso muchos de los actores y grupos concernidos con el bienestar de los animales no humanos, justificar&#x00ED;an la posesi&#x00F3;n responsable de animales dom&#x00E9;sticos, como gatos, perros o caballos, pero rechazar&#x00ED;an la de cualquier humano, incluso con consentimiento. ¿Podr&#x00ED;a decirse, en suma, que hay razones derivadas de propiedades exclusivas de nuestra especie que est&#x00E9;n sirviendo para justificar las diferencias de trato entre humanos y no humanos? Eso parece, aunque de por s&#x00ED; las propiedades f&#x00ED;sicas u ontol&#x00F3;gicas no devengan, sin m&#x00E1;s, en razones &#x00E9;ticas. Pero la raz&#x00F3;n, el lenguaje o la conciencia han servido hist&#x00F3;ricamente como soportes o bases para argumentos &#x00E9;ticos que pudieran consentir el “uso” de animales no humanos y el “no uso” de los humanos. No es, con todo, objeto de este breve trabajo profundizar en la evaluaci&#x00F3;n de los argumentos &#x00E9;ticos a favor de diversas conductas antropoc&#x00E9;ntricas, entre otras cosas porque estos argumentos son generalmente m&#x00E1;s complejos —y diferentes— a la explicitaci&#x00F3;n de diferencias ontol&#x00F3;gicas entre diversos seres. M&#x00E1;s bien haremos lo contrario. Nos acercaremos a algunos argumentos biol&#x00F3;gicos, ontol&#x00F3;gicos o antropol&#x00F3;gicos que apoyan la exclusividad humana y exploraremos su debilidad impl&#x00ED;cita. Por &#x00FA;ltimo, se&#x00F1;alaremos brevemente c&#x00F3;mo la <italic>fronterizaci&#x00F3;n</italic> ontol&#x00F3;gica, sobre todo cuando esta est&#x00E1; apoyada en determinadas propiedades que pudieran f&#x00E1;cilmente traducirse en intereses o en la ausencia de ellos, pone m&#x00E1;s f&#x00E1;cil la fundamentaci&#x00F3;n del dominio. Por contra, la dificultad para marcar fronteras absolutas dificulta al mismo tiempo la de justificar intereses o vulnerabilidades exclusivas del ser humano. </p>
		
		<p>Efectivamente, y como bien se&#x00F1;ala Dupr&#x00E9;, hay rasgos que son &#x00FA;nicos en algunas clases de animales. Por ejemplo, el castor es el &#x00FA;nico mam&#x00ED;fero capaz de digerir madera y el ornitorrinco es el &#x00FA;nico mam&#x00ED;fero venenoso (Dupr&#x00E9;, 2007, 105). Pero, como el mismo autor sugiere, que un rasgo &#x00FA;nico est&#x00E9; restringido a una sola especie refleja la carencia de diversidad filogen&#x00E9;tica de su linaje, no el car&#x00E1;cter &#x00FA;nico y especial de dicha especie: </p>
		
		<p>“Probablemente en alg&#x00FA;n momento solo hab&#x00ED;a una &#x00FA;nica especie de murci&#x00E9;lagos con capacidad de localizaci&#x00F3;n ac&#x00FA;stica, o radar. Es posible imaginar que, en el futuro distante, habr&#x00E1; muchas especies de mam&#x00ED;feros parlantes y pensantes derivados de nuestra especie.” (Dupr&#x00E9;, 2007, 105). </p>
		
		<p>Adem&#x00E1;s, parece que tenemos m&#x00E1;s y m&#x00E1;s evidencia sobre la existencia pasada de varias especies de hom&#x00ED;nidos, habi&#x00E9;ndose encontrado incluso la que parece ser una nueva especie “humana” coet&#x00E1;nea a neandertales y sapiens (Krause, 2010). </p>
		
		<p>El pensamiento occidental ha hecho gala de ingentes esfuerzos por justificar cu&#x00E1;les sean nuestros rasgos espec&#x00ED;ficos frente a los “animales”, considerados estos como una categor&#x00ED;a diferente a la humana.  </p>
		
		<p>Significa esto que la filosof&#x00ED;a occidental ha postulado que un mosquito, una cigala y un gorila pertenecen a un mismo grupo de seres, a pesar de sus diferencias. En suma, significa que comparten una esencia que los separa de nosotros y que carecen de otra que solo pertenece a la especie humana. La “esencia” humana ha sido, pues, caracterizada a partir de una serie de rasgos espec&#x00ED;ficos entre los que destaca la racionalidad, la autoconciencia, el lenguaje, o la cultura. Como se&#x00F1;ala Antonio Di&#x00E9;guez, la <italic>tesis de la esencia</italic> remite a los fil&#x00F3;sofos de la biolog&#x00ED;a y a los bi&#x00F3;logos a la hora de avalar que “hay alguna propiedad pose&#x00ED;da desde siempre por todos y cada uno de los miembros de una especie y solo por ellos (se supone que algo as&#x00ED; debe ser un requisito b&#x00E1;sico de cualquier supuesta esencia) (Di&#x00E9;guez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2005</xref>). </p>
		
		<p>El mismo autor tambi&#x00E9;n se hace la pregunta de un modo m&#x00E1;s laxo en el sentido de si hay alguna caracter&#x00ED;stica que singularice de una forma cualitativa a la especie humana frente a otras especies animales. La pregunta es ahora si existe una <italic>condici&#x00F3;n humana</italic>, una <italic>naturaleza humana</italic>, como conjunto de rasgos genot&#x00ED;picos y fenot&#x00ED;picos propios de nuestra especie. </p>
		
		<p>M&#x00FA;ltiples autores consideran que ser&#x00ED;a la <italic>cultura</italic> y su transmisi&#x00F3;n en forma de historia la que marcar&#x00ED;a la frontera entre humanos y animales. Y, sin embargo, puede que esta diferencia est&#x00E9; difumin&#x00E1;ndose y perdiendo sus l&#x00ED;mites abruptos. As&#x00ED; lo evidencia la ingente bibliograf&#x00ED;a surgida sobre todo en la &#x00FA;ltima d&#x00E9;cada sobre el particular. Sabemos, por ejemplo, que las distintas comunidades de chimpanc&#x00E9;s tienen pautas diferentes y aprendidas a la hora de cazar hormigas o de hacer uso de las hojas de los &#x00E1;rboles (para construir almohadas en el caso de los de Costa de Marfil, o como toallas en el caso de los de Gombe). </p>
		
		<p>Dominantemente, sin embargo, se ha mencionado la <italic>autoconciencia </italic>como rasgo espec&#x00ED;fico que no solo nos permitir&#x00E1; experimentar el mundo sino saber que lo hacemos.  </p>
		
		<p>Entre las m&#x00FA;ltiples caracterizaciones de la autoconciencia, la de Moltmann es altamente ilustrativa: </p>
		
		<p>“Una vaca siempre ser&#x00E1; una vaca. No pregunta ¿qu&#x00E9; es una vaca?, ¿qui&#x00E9;n soy yo? solo el hombre pregunta as&#x00ED;.” (Moltmann, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1986</xref>, 15). </p>
		
		<p>Algunos estudios muestran, sin embargo, que alg&#x00FA;n grado de autoconciencia puede existir en algunos chimpanc&#x00E9;s, orangutanes y delfines (McLean, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2001</xref>; Di&#x00E9;guez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2005</xref>, 2). Esto no significar&#x00ED;a que fuesen capaces de reflexionar sobre ellos mismos o sobre su individualidad (reflexividad). Para algunos autores que defienden cierta autoconciencia animal no humana, los menos exigentes, bastar&#x00ED;a con constatar que algunos animales podr&#x00ED;an reconocerse en un espejo. Tanto chimpanc&#x00E9;s como orangutanes —parece que tambi&#x00E9;n los delfines— realizan conductas que —para ser explicadas— requieren reconocimiento de s&#x00ED; mismos —por ejemplo inspeccionan partes de su cuerpo normalmente ocultas a sus ojos, como los genitales, o las muelas; se acicalan, etc. Incluso se sospecha que podr&#x00ED;an reconocerse en una foto—. A la chimpanc&#x00E9; Viky se le pidi&#x00F3; que se colocara junto a un mont&#x00F3;n de fotos de chimpanc&#x00E9;s u otro de humanos y se coloc&#x00F3; junto a los humanos (Gärdenfors, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2003</xref>). Tanto elefantes como periquitos gray africanos usan los espejos como ayuda para encontrar objetos (Wise, <xref ref-type="bibr" rid="CIT52">2000</xref>, 269). </p>
		
		<p>De un modo m&#x00E1;s exigente, se puede tratar de atribuir cierto grado de autoconciencia en un animal a trav&#x00E9;s de otros indicios m&#x00E1;s estrictos que el <italic>autorreconocimiento</italic> corporal. As&#x00ED;, autores como Antoni Gomila solicitar&#x00ED;an que se probase que otros animales poseyeran una <italic>teor&#x00ED;a de la mente</italic> (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1997</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>), es decir, que pudieran comprender los estados mentales de los dem&#x00E1;s desde un plano intencional, y por tanto, pudieran formarse estados de segundo orden<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref>.</p>
		
		<p>Algunos autores piensan que un s&#x00ED;ntoma de la existencia de una teor&#x00ED;a de la mente en un animal consiste en la atenci&#x00F3;n visual conjunta o la interpretaci&#x00F3;n intencional de enga&#x00F1;o. La atenci&#x00F3;n visual conjunta consiste alternativamente en cruzar miradas con otros y dirigir las miradas a un objeto. Hay casos que sugieren la intenci&#x00F3;n de enga&#x00F1;ar, como cuando la chimpanc&#x00E9; Viki criada por los Hayes (1951) evit&#x00F3; el castigo del experimentador deteni&#x00E9;ndose de repente y fijando su mirada en algo situado a la espalda de este como si observara una persona aproxim&#x00E1;ndose. Hayes se gir&#x00F3; cuando en realidad no hab&#x00ED;a nadie y Viki pudo as&#x00ED; escapar (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1997</xref>, 199). </p>
		
		<p>M&#x00E1;s all&#x00E1; de la conciencia en este sentido, podr&#x00ED;a hablarse de la conciencia moral como capacidad de discriminar entre el bien y el mal. Jorge Riechmann, entre otros, encuentra en este rasgo (la capacidad &#x00E9;tica), junto con nuestra capacidad tecnocient&#x00ED;fica (que nos permitir&#x00ED;a destruir mundos), nuestra diferencia espec&#x00ED;fica (Riechmann, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2000</xref>, 135-42). Dicha diferencia no obsta para que el propio Riechmann reconozca la continuidad ontol&#x00F3;gica entre todos los animales. De hecho, no todos los humanos pueden discriminar entre el bien y el mal, ya por su edad, por accidente o por enfermedad. La constataci&#x00F3;n de la diferencia no parece, adem&#x00E1;s, estar re&#x00F1;ida con la evoluci&#x00F3;n natural de las mismas, o con una explicaci&#x00F3;n evolutiva de la moralidad o de la capacidad t&#x00E9;cnica. En este sentido, la interpretaci&#x00F3;n antes vista de A. Gomila lleva impl&#x00ED;cita la atribuci&#x00F3;n de cierto tipo de pre-subjetividad moral o de personidad a los grandes primates. </p>
		
		<p>Cabe preguntarse, a este respecto, si todas las conductas altruistas presentes en otras especies animales (en cuanto disminuyen la eficacia biol&#x00F3;gica del organismo en beneficio de la de otro u otros) tienen explicaci&#x00F3;n biol&#x00F3;gica (por ejemplo en relaci&#x00F3;n con la supervivencia de la especie). No est&#x00E1; muy claro. De hecho, ciertas investigaciones primatol&#x00F3;gicas, como las de Frans de Waal, o la propia Jane Goodall, entre otros (Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT48">1997</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT49">2008</xref>; Goodall, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1986</xref>) parecen apoyar la evoluci&#x00F3;n de una tendencia a la simpat&#x00ED;a. Hay animales que, aparentemente, mueren de pena despu&#x00E9;s de perder a un ser querido. Tambi&#x00E9;n existen conductas que no pueden explicarse f&#x00E1;cilmente si no es apelando a cierta forma de percepci&#x00F3;n —no mediada por razones evolutivas— de las necesidades del otro y a la respuesta que estas suscitan. As&#x00ED;, algunos primates ayudan desinteresadamente a alg&#x00FA;n otro paral&#x00ED;tico o lisiado. Junto a estas conductas hay otras terribles por su violencia o ausencia de preocupaci&#x00F3;n por el otro.  </p>
		
		<p>La comprensi&#x00F3;n de los dem&#x00E1;s a trav&#x00E9;s de una especie de espejeo neuronal (neuronas espejo) que permite a los primates esa especie de imitaci&#x00F3;n que capta las emociones de otros, deviene un dato fundamental para explicar el origen de la simpat&#x00ED;a (Rizzolatti, <xref ref-type="bibr" rid="CIT33">2006</xref>). </p>
		
		<p>En &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino, ¿por qu&#x00E9; el que ellos no sean morales —como tampoco lo son algunos humanos en situaciones especiales— les dejar&#x00ED;a fuera del alcance de nuestra responsabilidad? ¿Abandonamos a un enfermo sin capacidad moral al destino de la naturaleza? Aunque no es el cometido de este breve ensayo analizar estrictamente la relaci&#x00F3;n entre ciertas capacidades y el estatus moral (como m&#x00E9;rito para ser reconocido como objeto de nuestra responsabilidad), s&#x00ED; que dejaremos constancia de que la capacidad moral no parece condici&#x00F3;n necesaria para merecer dicho estatus (Velayos, <xref ref-type="bibr" rid="CIT42">1996</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT44">2001</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT45">2005</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT46">2008</xref>). </p>
		
		<p>¿Y qu&#x00E9; decir del <italic>lenguaje</italic>? Sabemos que las abejas se comunican a trav&#x00E9;s de su vuelo indicando d&#x00F3;nde est&#x00E1;n las flores para libar. Parece que tienen incluso dialectos, aunque determinados gen&#x00E9;ticamente. Los p&#x00E1;jaros disponen de distintos cantos y gritos de alarma, as&#x00ED; como de cortejo o de demarcaci&#x00F3;n del territorio. Los delfines emiten silbidos espec&#x00ED;ficos para identificar objetos concretos. Y estos son solo algunos ejemplos de formas de comunicaci&#x00F3;n animal. </p>
		
		<p>Incluso si nada parecido al lenguaje humano, es decir, gramatical, pudiera ser encontrado espont&#x00E1;neamente en otras especies, cosa que est&#x00E1; a&#x00FA;n abierta a la discusi&#x00F3;n con los &#x00FA;ltimos hallazgos en comunicaci&#x00F3;n en delfines o chimpanc&#x00E9;s, esto no significar&#x00ED;a nuestra exclusividad. De hecho, hay humanos que piensan y no pueden hablar, cosa que la filosof&#x00ED;a del lenguaje mayoritaria ha renunciado a explicitar. Steven M. Wise se&#x00F1;ala a este respecto el caso de su hija Siena quien, con seis meses de edad, pod&#x00ED;a sumar y restar los n&#x00FA;meros 1, 2, 3 sin conocer una sola palabra (Wise, <xref ref-type="bibr" rid="CIT52">2000</xref>, 159). Y es que, en su opini&#x00F3;n, “el lenguaje no es necesario para ser consciente”, premisa ampliamente defendida en el pasado. Ahora, prosigue, se sigue sosteniendo como mucho que el lenguaje est&#x00E1; tan &#x00ED;ntimamente ligado a la conciencia que ambos parecen inseparables. Pero incluso esta &#x00FA;ltima aseveraci&#x00F3;n puede incurrir en un error l&#x00F3;gico, seg&#x00FA;n Wise. Este admite que sin conciencia no hay lenguaje y que una mente que habla no es igual que una que no habla. Pero si la conciencia es necesaria para tener lenguaje, el lenguaje no lo es para tener conciencia (Wise, <xref ref-type="bibr" rid="CIT52">2000</xref>, 158). </p>
		
		<p>Hay humanos que han vivido a&#x00F1;os sin capacidad de hablar. Oliver Sacks recuerda entre otros el caso de Joseph, un ni&#x00F1;o sordo de once a&#x00F1;os y sin capacidad lingü&#x00ED;stica. Sacks constat&#x00F3; que Joseph pod&#x00ED;a dibujar, hacer puzzles visuales y resolver problemas que requer&#x00ED;an categorizaci&#x00F3;n mental. No es que no tuviera mente, sino que no la usaba en su totalidad<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref>.</p>
		
		<p>De todos modos, ning&#x00FA;n animal no humano parece tener lenguaje en un sentido estricto, si por estricto entendemos el lenguaje gramatical humano, ni capacidad para aprenderlo. A pesar de los intentos de ense&#x00F1;ar lenguajes humanos a chimpanc&#x00E9;s, bonobos y orangutanes, estas especies carecen de comunicaci&#x00F3;n lingü&#x00ED;stica en su medio natural, no la desarrollan espont&#x00E1;neamente en un contexto de interacci&#x00F3;n con humanos, sino solo a trav&#x00E9;s de programas de refuerzo y aprendizaje controlado, y solo en el caso de animales criados en cautividad. Mientras que respecto a la intencionalidad existen menos dudas a la hora de atribu&#x00ED;rsela a los primates, no ocurre as&#x00ED; con el lenguaje (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1997</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>): </p>
		
		<p>“Sus emisiones no son propiamente lingü&#x00ED;sticas, se&#x00F1;ala Gomila, en la medida en que carecen de estructura gramatical. Finalmente se ha puesto en duda que los medios de comunicaci&#x00F3;n desarrollados utilicen propiamente s&#x00ED;mbolos, esto es, signos convencionales que constituyan un c&#x00F3;digo, en base a que los intercambios comunicativos se restringen &#x00FA;nicamente a sus cuidadores, y no a cualquiera que intente comunicarse.” (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>, 383). </p>
		
		<p>En todo caso, el estudio sobre el lenguaje en otros animales, primates o no primates (como los delfines, por ejemplo), seguir&#x00E1; ofreci&#x00E9;ndonos claves importantes para reinterpretar el conocimiento sobre nuestros hermanos evolutivos y las capacidades comunicativas espec&#x00ED;ficas de las distintas especies. Pero tambi&#x00E9;n para acercar a ciertos animales a nuestra fr&#x00E1;gil condici&#x00F3;n, ya que el lenguaje, de nuevo, es producto de una larga evoluci&#x00F3;n. Un chimpanc&#x00E9; reconoce signos y combina parejas de ellos. El bonobo Kanzi, criado a la vez que un ni&#x00F1;o, era capaz incluso de obedecer &#x00F3;rdenes para las que no hab&#x00ED;a sido entrenado. Su nivel de &#x00E9;xito es similar al de un ni&#x00F1;o de dos a&#x00F1;os recibiendo &#x00F3;rdenes, es decir, de un 70% (Savage-Rumbaugh <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT35">1993</xref>; Blasco, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2011</xref>, 42).  </p>
		
		<p>Sin embargo, la sintaxis, una propiedad emergente, no es una propiedad del lenguaje animal no-humano de acuerdo con el conocimiento actual del mismo. Blasco resume por qu&#x00E9; es importante la sintaxis: “la sintaxis permite hacer autorreferencias; una frase puede componerse de sujeto-verbo-predicado pero a su vez el sujeto y el predicado pueden expandirse en una frase completa cada uno; por ejemplo, &lt;&lt;El chico bes&#x00F3; a la chica&gt;&gt; puede pasar a ser &lt;&lt;El chico que viste al venir de Valencia bes&#x00F3; a la chica que le gustaba&gt;&gt;. La recursividad es la posibilidad del lenguaje de utilizar frases dentro de frases (Blasco, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2011</xref>, nota 4, 43). </p>
		
		<p>Pero ni siquiera el lenguaje con sintaxis es un elemento demarcador del ser humano frente al animal. Hay humanos, como autistas o personas con el “trastorno pragm&#x00E1;tico del lenguaje” que tienen alterada la sintaxis o no logran ni siquiera hablar. </p>
		
		<p>Por &#x00FA;ltimo, y aunque esto no pueda ser desarrollado en esta ocasi&#x00F3;n, la ausencia de lenguaje no supone para un animal la ausencia de vulnerabilidad ante las interferencias en sus intereses. En mi opini&#x00F3;n, un animal es vulnerable al da&#x00F1;o en cuanto es consciente de ese da&#x00F1;o, no porque atribuya intencionalidad a su autor, sino simplemente porque lo padezca. </p>
		
		</sec>
		</sec>
		
		<sec id="2.3">
		<title>2.3. Fronteras creenciales </title>
		
		<p>Una r&#x00ED;gida frontera ontol&#x00F3;gica entre el animal y el ser humano es caracter&#x00ED;stica de determinados credos religiosos que se han visto cuestionados continuamente por los movimientos de liberaci&#x00F3;n animal. </p>
		
		<p>La tradici&#x00F3;n de la Iglesia cat&#x00F3;lica, por ejemplo, ha mantenido hist&#x00F3;ricamente que la realidad espiritual del ser humano no se puede explicar por mera reducci&#x00F3;n a la materia. Seg&#x00FA;n esto, la espiritualidad no ser&#x00ED;a un mero epifen&#x00F3;meno de la materia, sino el resultado de un acto creador de Dios. Esta tesis no es incompatible con la evoluci&#x00F3;n, es decir, con procesos evolutivos desde la vida inorg&#x00E1;nica a la vida org&#x00E1;nica y de esta hasta el ser humano. De hecho, Dios mismo habr&#x00ED;a sido el impulso y la causa de este proceso evolutivo. </p>
		
		<p>La Iglesia cat&#x00F3;lica acepta la evoluci&#x00F3;n como teor&#x00ED;a, no como una mera hip&#x00F3;tesis. Lo que no acepta el catolicismo es la interpretaci&#x00F3;n de la complejidad humana como reducible a la materia. De ese modo, se niega que el ser humano sea solo un organismo con diferencias cuantitativas —de grado— respecto a otras criaturas. Lo espiritual no surge de la materia viva. En suma, y como afirma la Enc&#x00ED;clica <italic>Humani Generis</italic> de P&#x00ED;o XII en 1950, la evoluci&#x00F3;n se acepta en el catolicismo respecto al cuerpo, no respecto al esp&#x00ED;ritu. El Papa Juan Pablo II en un mensaje a la Academia Pontificia (Juan Pablo II, 22 Octubre <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1996</xref>), ratifica su apoyo a la teor&#x00ED;a de la evoluci&#x00F3;n y afirma casi en los mismos t&#x00E9;rminos que P&#x00ED;o XII que “si el cuerpo humano tiene su origen en el material viviente que lo precedi&#x00F3;, el alma espiritual fue inmediatamente creada por Dios.” </p>
		
		<p>Es aqu&#x00ED; donde cierta forma de frontera surge en el conjunto de las criaturas de Dios. Por un lado, est&#x00E1; el ser humano que, como imagen de Dios, es portador de una serie de dimensiones espirituales creadas por Dios. Por otro lado est&#x00E1; el resto de las criaturas y el propio cuerpo del hombre, que desaparecer&#x00E1; con su muerte, no as&#x00ED; su esp&#x00ED;ritu.  </p>
		
		<p>Esta frontera queda bien expresada por Juan Pablo II en el punto 6 de su mensaje a la Academia pontificia de ciencias. All&#x00ED; se refiere a “una diferencia de orden ontol&#x00F3;gico”, a “un salto ontol&#x00F3;gico”. Esta “discontinuidad ontol&#x00F3;gica” no reniega de la continuidad f&#x00ED;sica entre los animales y los seres humanos. Ocurre, sin embargo, que el momento del paso a lo espiritual no es objeto de ninguna observaci&#x00F3;n, advierte el Pont&#x00ED;fice: </p>
		
		<p>“La experiencia del saber metaf&#x00ED;sico, la de la conciencia de s&#x00ED; y de su &#x00ED;ndole reflexiva, la de la conciencia moral, la de la libertad o, incluso la experiencia est&#x00E9;tica y religiosa, competen al an&#x00E1;lisis de la reflexi&#x00F3;n filos&#x00F3;ficas, mientras que la teolog&#x00ED;a deduce el sentido &#x00FA;ltimo seg&#x00FA;n los designios del Creador.” (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1996</xref>). </p>
		
		<p>Juan Pablo II admiti&#x00F3; que “los animales poseen un soplo vital recibido por Dios”. Otra cosa es reconocerles un alma espiritual. Eso s&#x00ED;, dentro de la Iglesia cat&#x00F3;lica hay quienes, como Mario Canciani, el p&#x00E1;rroco de San Giovanni, no solo ha insistido en la idea del alma de los animales sino en que, como los humanos, tambi&#x00E9;n ellos van al cielo (Canciani, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1990</xref>). </p>
		
		<p>No obstante, esta frontera entre el ser humano y el resto de las criaturas no tiene por qu&#x00E9; ser entendida de manera que suponga un trato utilitario de los animales no humanos por parte de la humanidad porque esa diferencia es compatible con la hermandad en cuanto criaturas de Dios. Para el catolicismo, la especificidad humana ha de ponerse al servicio del cuidado, no del desprecio o del maltrato de la naturaleza.  </p>
		
		<p>Cuando Dios crea al hombre, le encomienda cuidar a la naturaleza, hacerse cargo de ella. Solo una interpretaci&#x00F3;n precipitada de los textos b&#x00ED;blicos puede hacer valer la imagen del dominio como opresi&#x00F3;n y arbitrariedad. Como afirma Xavier Pikaza, como int&#x00E9;rprete de los textos b&#x00ED;blicos, “el hombre es rey de los animales como delegado de Dios. No ejerce un poder arbitrario, no puede actuar a nivel de capricho o sadismo.” (Pikaza, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1997</xref>, 212). </p>
		
		<p>Si el catolicismo hubiera hecho valer la interpretaci&#x00F3;n m&#x00E1;s ajustada de los textos, quiz&#x00E1;s no hubiera prevalecido la interpretaci&#x00F3;n que hemos visto en autores cristianos posteriores. Es a esto a lo Christopher Derrick se refiere en su libro <italic>La creaci&#x00F3;n delicada </italic>(Derrick, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1972</xref>, 35). Seg&#x00FA;n Derrick, a pesar de que el cristianismo (en sentido amplio) estaba preparado para la veneraci&#x00F3;n de la naturaleza no humana, sigui&#x00F3; una direcci&#x00F3;n diferente. Con esto caer&#x00ED;a en la “herej&#x00ED;a maniquea” que habr&#x00ED;a prevalecido -seg&#x00FA;n &#x00E9;l- en el cristianismo hist&#x00F3;rico. Un mundo te&#x00F1;ido y bendecido por la mano de Dios, como es el cristiano cuando no se rinde a la influencia maniquea y a su desprecio hacia la materia, invita —para Derrick— a la piedad c&#x00F3;smica. </p>
		
		<p>Posiblemente la tensi&#x00F3;n entre la afirmaci&#x00F3;n de la dignidad de todo lo creado y una r&#x00ED;gida lectura antropocentrista que enfatiza la frontera ontol&#x00F3;gica entre el ser humano y el animal, est&#x00E1; presente en toda la historia del catolicismo. No podemos olvidar, con todo, que el Catecismo de la Iglesia Cat&#x00F3;lica reconoce que “el dominio concedido por el Creador al hombre sobre los seres inanimados y los seres vivos no es absoluto (…) exige un respeto religioso de la integridad de la creaci&#x00F3;n (CA 37-38)”. </p>
		
		</sec>
		
		</sec>
		
		<sec id="3">
		<title>3. IMPLICACIONES PR&#x00C1;CTICAS GENERALES DE ROMPER LA BARRERA </title>
		
		<p>La frontera ontol&#x00F3;gica entre los humanos y los no humanos ha ido en Occidente de la mano de la formulaci&#x00F3;n &#x00E9;tica y jur&#x00ED;dica de una frontera pr&#x00E1;ctica. Seguramente por eso, una labor importante de &#x00E9;ticos animalistas como Peter Singer, Tom Regan, Gary Francione o Ursula Wolf, haya consistido en refutar que los animales (o muchos de ellos) no sean capaces de sentir, de sufrir o de tener alg&#x00FA;n tipo de conciencia, como la implicada en poseer deseos, por ejemplo.  </p>
		
		<p>Pero los &#x00E9;ticos antropocentristas no dispuestos a que las cosas cambien mucho en cuanto a nuestras pr&#x00E1;cticas (solo lo suficiente para evitar la crueldad innecesaria), solo han tenido que seguir la estrategia tradicional de fronterizaci&#x00F3;n u “otrizaci&#x00F3;n” situando la frontera en otro sitio. En lugar de la capacidad de sentir, pasan a ser relevantes la capacidad lingü&#x00ED;stica (J. Habermas), el sentido de la justicia (J. Rawls) u otras capacidades o facultades exigentes.  </p>
		
		<p>Tanto estos autores como otros anteriores que dibujaron fronteras, se&#x00F1;alar&#x00ED;an que la frontera no significa la ausencia de una &#x00E9;tica animal. Recordemos que Kant dibuj&#x00F3; la frontera entre personas y cosas, pero reivindic&#x00F3; la no-crueldad respecto a los animales no personales: o que Sto. Tom&#x00E1;s, forzado por una visi&#x00F3;n teleol&#x00F3;gica finalista, consider&#x00F3; a las criaturas no racionales como ordenadas al ser humano, pero no crey&#x00F3; en que a estas se las pudiera hacer lo que uno quisiera.  </p>
		
		<p>Creo, sin embargo, que la frontera hombre-animal termina suponiendo problemas a la construcci&#x00F3;n de una &#x00E9;tica para los animales no humanos, as&#x00ED; como creo que —en el caso de las &#x00E9;ticas antropoc&#x00E9;ntricas actuales—, la<italic> otrizaci&#x00F3;n</italic> respecto a los seres no lingü&#x00ED;sticos o no morales, termina suponiendo tambi&#x00E9;n problemas para la construcci&#x00F3;n de una &#x00E9;tica <italic>per se</italic>. Los exigentes criterios de inclusi&#x00F3;n en la comunidad moral de la mayor&#x00ED;a de &#x00E9;ticas del siglo XX-XXI ponen en dificultades a las mismas para explicar por qu&#x00E9; tenemos deberes hacia los ni&#x00F1;os, lo que choca con las intuiciones morales m&#x00E1;s arraigadas de la humanidad. </p>
		
		<p>Por tanto, creo que la justificaci&#x00F3;n de una frontera ontol&#x00F3;gica entre el ser humano y el animal de la que se puedan extraer consecuencias &#x00E9;ticas relevantes (sin necesidad de incurrir en falacia naturalista), s&#x00ED; tiene consecuencias pr&#x00E1;cticas. Implica, como poco, una actitud, llam&#x00E9;mosla de <italic>dominio</italic>, de <italic>superioridad</italic>, de “te lo doy, pero no porque t&#x00FA; me lo puedas exigir”, que hace muy dif&#x00ED;cil la consolidaci&#x00F3;n de una verdadera responsabilidad hacia los animales. </p>
		
		<p>Se conoce como “otrizaci&#x00F3;n” a la separaci&#x00F3;n del hombre respecto a la naturaleza (Plumwood, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1993</xref>). Est&#x00E1; claro que, salvo en determinadas cosmovisiones, para las cuales el respeto deriva del reconocimiento de aquello respetable como un “otro” (Reed, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">1989</xref>), la estrategia m&#x00E1;s com&#x00FA;n para dominar a un grupo de seres consiste en separarlos respecto al conjunto de los sujetos que mantienen relaciones entre ellos. </p>
		
		<p>Una de las claves de la construcci&#x00F3;n de esta separaci&#x00F3;n o frontera entre los humanos y la naturaleza, como si los primeros no fueran naturales, es la <italic>identificaci&#x00F3;n,</italic> tal y como la define K. Burke (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1969</xref>, 264). Consiste en un acto simb&#x00F3;lico o ret&#x00F3;rico de agrupamiento. Y, seg&#x00FA;n Burke, la <italic>consustancialidad </italic>juega un papel determinante en la manera c&#x00F3;mo los individuos se identifican con el otro o los otros (Sowards, <xref ref-type="bibr" rid="CIT41">2006</xref>, 48).  </p>
		
		<p>De una manera arbitraria ya superada a nivel de lo te&#x00F3;rico, algunas “&#x00E9;ticas” tribales justificaban los l&#x00ED;mites del respeto a partir de la <italic>pertenencia a la tribu</italic>. Por otra parte, la &#x00E9;tica occidental en diversos momentos excluy&#x00F3; a las mujeres, los ind&#x00ED;genas o los esclavos por entender err&#x00F3;neamente que no eran propiamente <italic>racionales</italic>. Con la Modernidad, la &#x00E9;tica da un salto te&#x00F3;rico important&#x00ED;simo al apostar por la universalidad y al reconocer a todo <italic>ser humano</italic> como digno de respeto. Desde entonces, la &#x00E9;tica justifica de diversos modos la exclusi&#x00F3;n del <italic>otro</italic> animal de la comunidad moral y el agrupamiento de los humanos en torno a una caracter&#x00ED;stica com&#x00FA;n suficientemente importante como para dibujar los l&#x00ED;mites de los derechos y del reconocimiento moral. Esta caracter&#x00ED;stica suele ser en la actualidad la <italic>agencia moral</italic> y, seg&#x00FA;n otra versi&#x00F3;n, el ser <italic>persona</italic>. El problema es, sin embargo, que no es tan f&#x00E1;cil que dichas caracter&#x00ED;sticas se reconozcan sin problema a toda la especie humana en todas sus situaciones (como, por otra parte, resulta intuitivo) sin que puedan reconocerse tambi&#x00E9;n —en alg&#x00FA;n grado— en otros seres evolutivamente cercanos, como los grandes primates. </p>
		
		<p>En terminolog&#x00ED;a de la <italic>ecofeminista</italic> Karen Warren (<xref ref-type="bibr" rid="CIT51">1998</xref>), se tratar&#x00ED;a de una <italic>l&#x00F3;gica de la dominaci&#x00F3;n</italic>. Toda l&#x00F3;gica de la dominaci&#x00F3;n establece una separaci&#x00F3;n dualista ente categor&#x00ED;as (var&#x00F3;n/mujer; ser humano/naturaleza). Dicha separaci&#x00F3;n cobra la forma de jerarqu&#x00ED;a, siendo la primera categor&#x00ED;a superior a la segunda y justificando esa superioridad el dominio sobre la segunda. </p>
		
		<p>De todos modos, esta l&#x00F3;gica que ha marcado el devenir de nuestras relaciones con los animales en Occidente (as&#x00ED; como tambi&#x00E9;n en el pasado la exclusi&#x00F3;n de las mujeres o los humanos negros de la comunidad moral), no es la &#x00FA;nica posible. Pensemos por un momento en aquellas cosmovisiones con implicaciones &#x00E9;ticas, como la de determinados indios norteamericanos. Las diferencias entre hermanos animales (humanos y no-humanos) no marcan en absoluto las diferencias de respeto. ¿Por qu&#x00E9; habr&#x00ED;a de ser mejor la raz&#x00F3;n que el adorado vuelo del p&#x00E1;jaro, por ejemplo? En estas cosmovisiones, la <italic>identificaci&#x00F3;n</italic> se extiende a toda la naturaleza animal e incluso no animal. solo la necesidad de sobrevivir justifica para ellos la muerte de un jabal&#x00ED; u otro animal. Y, entonces, se realiza un ritual en se&#x00F1;al de perd&#x00F3;n cada vez que se mata a un hermano animal.  </p>
		
		<p>Seg&#x00FA;n Warren o Plumwood, lo esencial de la postura mayoritaria en Occidente es la construcci&#x00F3;n de una frontera estricta y vertical entre los seres superiores y los inferiores. La capacidad para construir racionalmente nuestras vidas ser&#x00ED;a la caracter&#x00ED;stica atribuida hist&#x00F3;ricamente a los seres superiores (hombres o seres humanos) frente a los inferiores. </p>
		
		<p>M&#x00E1;s all&#x00E1; de esta postura, el animalismo desarrollado en Occidente a partir sobre todo del siglo XIX, va a insistir en nuevas caracter&#x00ED;sticas de entrada al club moral, en concreto la capacidad de sufrir (P. Singer, por ejemplo), o la de tener creencias y deseos y sentido del futuro (T. Regan, en concreto). La posibilidad de identificaci&#x00F3;n ha aumentado, pero ¿ha variado necesariamente la l&#x00F3;gica del reconocimiento? Creo que s&#x00ED;, sobre todo porque el animalismo ha requerido la naturalizaci&#x00F3;n del animal humano. </p>
		
		<p>En todo caso, la l&#x00F3;gica reinvindicada aqu&#x00ED; no es dualista (el mundo es heterog&#x00E9;neo y repleto de valores diferentes) ni jer&#x00E1;rquica (pues no hay caracter&#x00ED;sticas naturales mejores ni peores <italic>per se</italic> ni seres superiores ni inferiores). ¿De d&#x00F3;nde proceden las diferencias de trato hacia seres diferentes, pues?  </p>
		
		<p>Es evidente que la &#x00E9;tica, sobre todo a partir de la Modernidad, constituye un quehacer espec&#x00ED;fico y diferente con respecto a la ontolog&#x00ED;a u otro tipo de argumentos sobre el ser. Y es precisamente el origen subjetivo de la &#x00E9;tica (aunque no desgajado de los hechos) el que convierte a los sujetos morales en los &#x00FA;nicos soportes de la &#x00E9;tica. Los criterios ontol&#x00F3;gicos son posteriores y no anteriores (fundantes, determinantes) a la comunidad moral. Devienen, pues, en razones, plurales, en criterios necesitados de justificaci&#x00F3;n, y no en argumentos en s&#x00ED; mismos (Velayos, <xref ref-type="bibr" rid="CIT45">2005</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT42">1996</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT44">2001</xref>, <xref ref-type="bibr" rid="CIT46">2008</xref>). </p>
		
		<p>Estas razones, por su parte, se refieren a caracter&#x00ED;sticas (capacidad de sentir, de sufrir, de tener emociones primarias, de autonom&#x00ED;a, de relaci&#x00F3;n, etc) en cuanto llevan aparejadas la posibilidad de tener intereses, necesidades, o un vulnerabilidad/dignidad. Por otro lado, no son f&#x00E1;cilmente atribuibles a tipos de seres de forma espec&#x00ED;fica, pues evolucionan y no aparecen <italic>ex nihilo</italic> en la naturaleza. Esto complejiza la labor del reconocimiento moral de otros seres. </p>
		
		<p>As&#x00ED;, pues, uno de los m&#x00E9;ritos de la &#x00E9;tica ecofeminista, entre otras, es haber enfatizado que las razones del posible reconocimiento moral de otros seres (como los animales) no derivan de la superioridad ontol&#x00F3;gica de los seres reconocidos frente a otros (plantas, etc.). Surgen del reconocimiento, a trav&#x00E9;s de la empat&#x00ED;a y de la raz&#x00F3;n, de otros animales debido a su vulnerabilidad y a la posibilidad —nuestra— de sentir con ellos. Pero tambi&#x00E9;n emergen de la comprensi&#x00F3;n de sus necesidades, intereses o valor. En este sentido, algunas caracter&#x00ED;sticas de algunos animales, como (1) que puedan establecer diferencias entre ellos mismos —y lo que les sucede— y otros individuos distintos, o (2) que puedan sentir placer y dolor, son claves para que los agentes morales podamos empalizar y reconocer su vulnerabilidad elocuente ante nosotros. Pero no hay “rasgos absolutos”, surgidos <italic>ex nihilo</italic> en el ser humano; m&#x00E1;s bien acontecen importantes parecidos de familia entre nosotros, sofisticado polvo de estrellas, en suma, y otros seres maravillosos con los que compartimos una atm&#x00F3;sfera y un planeta verde y azulado. A partir de aqu&#x00ED;, deber&#x00ED;amos empezar a hablar de una &#x00E9;tica amplia, interespec&#x00ED;fica y no solo humana, entre cuyas mimbres se encuentra una ontolog&#x00ED;a continuista. Ese cometido, sin embargo, supera los objetivos de este trabajo.</p>
					 
		</sec>
		
	</body>

	<back>
	
	<sec id="notas">
     <title>NOTAS</title>
     <fn-group>
      <fn id="NOTE01"><label>1</label><p>Quienes primero plantearon esta hip&#x00F3;tesis fueron Premack, D. y Woodruff, G en 1978: “Does the chimpancee have a theory of mind?” en <italic>Behavioral and Brain Sciences</italic>, 1, 515-526.</p></fn>
      
	  <fn id="NOTE02"><label>2</label><p>Sacks, O.: <italic>Seeing Voices</italic>, University of California Press, 1976, 40.</p></fn>
	  
	 
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