<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<!DOCTYPE article PUBLIC "-//NLM//DTD Journal Publishing DTD v3.0 20080202//EN" "journalpublishing3.dtd">
<article article-type="research-article" dtd-version="3.0" xml:lang="es" xmlns:mml="http://www.w3.org/1998/Math/MathML" xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink">


	<front>
		<journal-meta>
			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
			<journal-title-group>
				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
			</journal-title-group>
			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
			<publisher>
				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
			</publisher>
		</journal-meta>
		<article-meta>
			 <article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2013.763n5004</article-id>
			 <article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2013.763n5004</article-id>
			 
			<article-categories>
				<subj-group subj-group-type="heading">
				<subject>BIO&#x00C9;TICA Y FRONTERAS DE LA VIDA. II. DESDE LA PR&#x00C1;CTICA / BIOETHICS AND BIOLOGIC BOUNDARIES. II. FROM PRACTICE</subject>
				</subj-group>
			</article-categories>		
		
		<title-group>
			  <article-title>Ni vivo ni muerto, sino todo lo contrario. Reflexiones sobre la muerte cerebral</article-title>
		<trans-title-group xml:lang="en">
		<trans-title>Neither dead nor alive, but quite the opposite. Reflections on brain death</trans-title>
		</trans-title-group>
		<alt-title alt-title-type="running-head">Reflexiones sobre la muerte cerebral</alt-title>
		</title-group>
			 
		 <contrib-group>
		  <contrib contrib-type="author" corresp="yes"> 
			<name>
			 <surname>Rodr&#x00ED;guez-Arias</surname>
			 <given-names>David</given-names>
			</name>
			<xref ref-type="aff" rid="U1"/>
		  </contrib>
		  <aff id="U1">Instituto de Filosof&#x00ED;a CCHS-CSIC</aff>
		 </contrib-group>
		
		<author-notes>
		<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="d.ra@csic.es">d.ra@csic.es</email>
		</corresp>
		</author-notes>
		
		<pub-date pub-type="collection">
		<year>2013</year>
		</pub-date>
		
		<volume>189</volume>
		<issue>763</issue>
		
		<elocation-id content-type="doi">10.3989/arbor.2013.763n5004</elocation-id>

		 <history>
		  	<date date-type="received">
				<day>13</day>
				<month>07</month>
				<year>2012</year>
			</date>
			<date date-type="accepted">
				<day>06</day>
				<month>06</month>
				<year>2013</year>
			</date>
		 </history>
		 
		<permissions>
			<copyright-statement>&#x00A9; 2013 CSIC</copyright-statement>
			<copyright-year>2013</copyright-year>
			<license license-type="open-access" xlink:href="http://creativecommons.org/licenses/by-nc/3.0/">
			<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
			</license>
		</permissions>
		
		<abstract xml:lang="es">
		<title>RESUMEN</title>
		<p>Determinar el momento exacto en que tiene lugar la muerte siempre ha sido un problema de dif&#x00ED;cil resoluci&#x00F3;n. Las propuestas tradicionales y contempor&#x00E1;neas para justificar los criterios legales de determinaci&#x00F3;n de la muerte se han visto condicionadas por intereses sociales —en particular, recientemente, relativos a los trasplantes de &#x00F3;rganos—. Los criterios legalmente aceptados para declarar la muerte siguen careciendo de soporte conceptual o cient&#x00ED;fico. En este contexto de ausencia de consenso sobre la demarcaci&#x00F3;n exacta de la frontera entre la vida y la muerte, estas son algunas de las preguntas que abordo en este art&#x00ED;culo: ¿C&#x00F3;mo podemos definir la muerte? ¿Es la determinaci&#x00F3;n de la muerte una tarea basada &#x00FA;nicamente en hechos, o tambi&#x00E9;n en juicios de valor? ¿Equivale la muerte cerebral a la muerte humana? ¿Qu&#x00E9; papel le corresponde a la bio&#x00E9;tica en los debates relativos a la determinaci&#x00F3;n de la muerte y la obtenci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos?</p>
		</abstract>
		<trans-abstract xml:lang="en">
		<title>ABSTRACT</title>
		<p>Determining the precise moment of death has always been a difficult problem. Traditional and contemporary attempts to justify legally accepted standards for death determination have been based on social interests —particularly related, more recently, to organ transplantation policies. Legally accepted criteria for declaring death still lack both conceptual and scientific support. In this context of absence of consensus about the exact location of the boundary between life and death, this article aims to address the following issues: How can we define death? Is the task of determining death strictly based on facts, or do values also play a role? Should brain death be equated to death? What role should bioethics play in the debates related to death determination and organ procurement?</p>
		</trans-abstract>
		<kwd-group xml:lang="es">
			<title>PALABRAS CLAVE</title>
			<kwd>Determinaci&#x00F3;n de la muerte</kwd>
			<kwd>trasplantes de &#x00F3;rganos</kwd>
			<kwd>gradualismo</kwd>
			<kwd>pluralismo</kwd>
			<kwd>definici&#x00F3;n de la muerte</kwd>
			<kwd>muerte cerebral</kwd>
			<kwd>bio&#x00E9;tica</kwd>
		</kwd-group>
		<kwd-group xml:lang="en">
			<title>KEYWORDS</title>
			<kwd>Death determination</kwd>
			<kwd>organ transplantation</kwd>
			<kwd>gradualism</kwd>
			<kwd>pluralism</kwd>
			<kwd>definition of death</kwd>
			<kwd>brain death</kwd>
			<kwd>bioethics</kwd>
		</kwd-group>
	</article-meta>
	</front>		
	

	<body>
	
		
		
		<sec id="S1">
			<title>INTRODUCCI&#x00D3;N </title>
			
			<p>El lenguaje com&#x00FA;n y la ley asumen que vida y muerte son dos fen&#x00F3;menos claramente diferenciados y opuestos. A pesar de ello, muchos de quienes han observado la muerte de cerca describen que el l&#x00ED;mite que separa al existir del no existir no siempre est&#x00E1; tan claro. As&#x00ED; como la vida no irrumpe de forma abrupta, la muerte tampoco es un suceso puntual, sino que tiene lugar tras un proceso gradual. En efecto, desde un punto de vista estrictamente biol&#x00F3;gico, la muerte tiene lugar en alg&#x00FA;n punto a lo largo de un continuo de degeneraci&#x00F3;n celular.  </p>
			
			<p>En los seres humanos, como en la mayor&#x00ED;a de los animales, el proceso degenerativo de muerte celular no comienza en la vejez, sino que tiene lugar desde el nacimiento. Por otro lado, las c&#x00E9;lulas humanas resisten la degradaci&#x00F3;n por falta de ox&#x00ED;geno durante tiempos variables en funci&#x00F3;n del tipo de que se trate, siendo posible trasplantar exitosamente c&#x00F3;rneas de un fallecido incluso siete d&#x00ED;as tras haber sido declarado muerto (Slettedal, Lyberg, Ramstad, Beraki and Nicolaissen, <xref ref-type="bibr" rid="CIT45">2007</xref>). Tomarse en serio el car&#x00E1;cter gradual del proceso de morir vuelve complicado identificar un momento en ese proceso degenerativo en el que un organismo dejar&#x00ED;a de estar vivo para pasar a ser un cad&#x00E1;ver. Algunos han querido sortear este problema sugiriendo que la muerte comienza cuando los procesos degenerativos superan en n&#x00FA;mero o proporci&#x00F3;n a los generativos<xref ref-type="fn" rid="NOTE01">1</xref>. Sin embargo, lo m&#x00E1;s importante no parece ser <italic>cu&#x00E1;ndo alguien comienza a morirse</italic>, sino <italic>cu&#x00E1;ndo est&#x00E1; </italic>(definitivamente)<italic> muerto</italic>. </p>
		
		
		<sec id="S1.1">
			<title>La muerte y el derecho </title>
		
			<p>“La muerte del individuo podr&#x00E1; certificarse tras la confirmaci&#x00F3;n del cese irreversible de las funciones cardiorrespiratorias o del cese irreversible de las funciones encef&#x00E1;licas”  </p>
			
			<p>“[…]a efectos de la certificaci&#x00F3;n de muerte y de la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos, ser&#x00E1; exigible la existencia de un certificado m&#x00E9;dico firmado por tres m&#x00E9;dicos, entre los que debe figurar un Neur&#x00F3;logo o Neurocirujano y el Jefe de Servicio de la Unidad M&#x00E9;dica donde se encuentre ingresado, o su sustituto”<xref ref-type="fn" rid="NOTE02">2</xref>. </p>
			
			<p>La ley espa&#x00F1;ola, como la de la mayor&#x00ED;a de los pa&#x00ED;ses, asume y alimenta una percepci&#x00F3;n abrupta del fen&#x00F3;meno de morir, al no reconocer ning&#x00FA;n estatus vital intermedio entre la vida y la muerte<xref ref-type="fn" rid="NOTE03">3</xref>. Por otro lado, adjudica a la medicina un papel fundamental para identificar el momento de la muerte, asumiendo impl&#x00ED;citamente que el diagn&#x00F3;stico de la muerte es una tarea objetiva que los expertos pueden realizar sin que les aparezcan dudas. Y en cierto sentido, la medicina tiene esa capacidad. En la mayor&#x00ED;a de los casos, la capacidad de la medicina para determinar cu&#x00E1;ndo alguien est&#x00E1; vivo y cu&#x00E1;ndo muerto no es puesta en cuesti&#x00F3;n. En otros, sin embargo, la demarcaci&#x00F3;n de la frontera entre la vida y la muerte plantea dudas: as&#x00ED; ocurre en el diagn&#x00F3;stico de muerte cerebral.  </p>
			
			<p>La muerte cerebral es una de las condiciones cl&#x00ED;nicas que la ley asimila a la muerte humana. Se corresponde con el cese irreversible de todas las funciones encef&#x00E1;licas (<italic>whole brain death</italic>). Con la ayuda de la tecnolog&#x00ED;a de soporte vital, quienes se encuentran en muerte cerebral pueden mantener la respiraci&#x00F3;n, el latido card&#x00ED;aco y la temperatura corporal durante d&#x00ED;as, semanas, meses e incluso a&#x00F1;os (Shewmon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT40">1998</xref>). Se han descrito casos de mujeres embarazadas en muerte cerebral mantenidas hasta que el feto alcanz&#x00F3; un nivel de desarrollo suficiente para ser extra&#x00ED;do con vida del &#x00FA;tero de su madre, legalmente fallecida meses atr&#x00E1;s (Lane et al., <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2004</xref>; Nelson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1994</xref>; Siegler and Wikler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT43">1982</xref>; Spike, <xref ref-type="bibr" rid="CIT46">1999</xref>).  </p>
			
			<p>Una parte del p&#x00FA;blico, al referirse a la muerte cerebral, no tiene nada claro que esos pacientes sean cad&#x00E1;veres (Herpin and Paterson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2000</xref>; Siminoff, Burant and Youngner, <xref ref-type="bibr" rid="CIT44">2004</xref>). En un conocido art&#x00ED;culo publicado en 1989 se demostr&#x00F3; que casi uno de cada tres profesionales estadounidenses involucrados en el cuidado de pacientes en muerte cerebral desconoc&#x00ED;a que est&#x00E1;n legalmente muertos (Youngner, Landefeld, Coulton, Juknialis and Leary, <xref ref-type="bibr" rid="CIT58">1989</xref>). </p>
			
			<p>¿C&#x00F3;mo interpretar estas dudas? ¿Constituyen un caso de ignorancia por parte de la poblaci&#x00F3;n, susceptible de ser paliada con informaci&#x00F3;n? ¿O m&#x00E1;s bien se deben a que el concepto es en s&#x00ED; mismo confuso y el estatus vital de la muerte cerebral opinable?  </p>
			
			<p>La medicina puede determinar con objetividad cu&#x00E1;ndo un individuo presenta una p&#x00E9;rdida total de sus funciones cerebrales, pero no tiene competencia para asimilar ese estado a la muerte humana. Para sostener que un individuo est&#x00E1; muerto al haber perdido las funciones cerebrales —a pesar de conservar otras, como el latido card&#x00ED;aco— ser&#x00ED;a preciso explicar por qu&#x00E9; las funciones cerebrales tienen una importancia especial para la vida. Y esto &#x00FA;ltimo ning&#x00FA;n argumento m&#x00E9;dico lo puede demostrar. Al asumir que la muerte cerebral equivale a la muerte, la ley ha tomado una <italic>decisi&#x00F3;n de significaci&#x00F3;n</italic><xref ref-type="fn" rid="NOTE04">4</xref>.  </p>
			
			<p>En este trabajo tratar&#x00E9; de mostrar que, aunque a la poblaci&#x00F3;n se le puede ense&#x00F1;ar cu&#x00E1;l es el estatus vital que las leyes de su pa&#x00ED;s asignan a quienes se encuentran en muerte cerebral, no se le puede exigir que est&#x00E9; de acuerdo.  </p>
		
		</sec>
		</sec>
		
		<sec id="S2">
			<title>ORIGEN DE LA MUERTE CEREBRAL </title>
		
			<p>La idea de “muerte cerebral” surgi&#x00F3; a final de los a&#x00F1;os 60 como resultado del progreso en las t&#x00E9;cnicas de reanimaci&#x00F3;n cardiopulmonar. La muerte cerebral nunca habr&#x00ED;a existido si los respiradores autom&#x00E1;ticos no se hubieran aplicado a pacientes con el cerebro severamente da&#x00F1;ado por un traumatismo o un accidente cerebral. Puede resultar sorprendente que un progreso t&#x00E9;cnico haya conducido a una revisi&#x00F3;n de los criterios cl&#x00E1;sicos para diagnosticar la muerte humana. ¿C&#x00F3;mo fue esto posible?  </p>
			
			<p>Tradicionalmente, se consideraba que las &#x00FA;nicas funciones responsables de la vida eran la circulaci&#x00F3;n y la respiraci&#x00F3;n. El cese circulatorio acarreaba irremediablemente el cese respiratorio y viceversa. Cualquiera de esas p&#x00E9;rdidas era irreversible y significaba la muerte. Adem&#x00E1;s, cuando las medidas de reanimaci&#x00F3;n todav&#x00ED;a no se aplicaban, las personas que padec&#x00ED;an un da&#x00F1;o cerebral severo autom&#x00E1;ticamente perd&#x00ED;an sus funciones cardiorrespiratorias. Eso hizo que el funcionamiento del coraz&#x00F3;n y los pulmones pareciera estar <italic>necesariamente</italic> ligado al funcionamiento del cerebro. Los m&#x00E9;todos de reanimaci&#x00F3;n cardiorrespiratoria vinieron a demostrar que eso no era cierto. Por un lado, gracias a la reanimaci&#x00F3;n cardiaca se demostr&#x00F3; que muchos paros card&#x00ED;acos pod&#x00ED;an revertirse. Por otro lado, gracias a la respiraci&#x00F3;n mec&#x00E1;nica, la funci&#x00F3;n respiratoria pod&#x00ED;a mantenerse artificialmente en pacientes con el cerebro destruido. El resultado fue la aparici&#x00F3;n de pacientes irreversiblemente inconscientes y con el organismo funcionando (gracias al mantenimiento asistido de la funci&#x00F3;n respiratoria).  </p>
			
			<p>A principios de 1959, Wertheimer, Jouvet y Descortes describieron por primera vez este estado y lo caracterizaron como “muerte del sistema nervioso” (Escalante, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1996</xref>). Ese mismo a&#x00F1;o, dos neur&#x00F3;logos franceses describieron 23 casos de lo que ellos conceptualizaron como “coma d&#x00E9;pass&#x00E9;”. Definieron este diagn&#x00F3;stico en los siguientes t&#x00E9;rminos:  </p>
			
			<p>“[E]s el coma en el que, a la abolici&#x00F3;n total de las funciones de la vida de relaci&#x00F3;n, no de las perturbaciones, se a&#x00F1;ade una abolici&#x00F3;n total de las funciones de la vida vegetativa” (Mollaret and Goulon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">1959</xref>, 4). </p>
			
			<p>Aunque estos autores llegaron a plantearse la dificultad de determinar “las fronteras &#x00FA;ltimas de la vida”, su discurso todav&#x00ED;a asimilaba ese estado a una forma de <italic>supervivencia</italic>. Estimaban que los casos de pacientes mantenidos con un respirador pero irreversiblemente inconscientes constitu&#x00ED;an un triste precio a pagar (<italic>rançon</italic>) por la capacidad adquirida para reanimar a ciertos pacientes que en condiciones normales habr&#x00ED;an muerto:  </p>
			
			<p>“Un precio —se&#x00F1;alaban—, pues la supervivencia en el <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> impone esfuerzos crecientes a los equipos de cuidados intensivos y prolonga un espect&#x00E1;culo cada vez m&#x00E1;s doloroso para la familia” (Mollaret and Goulon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">1959</xref>, 4). </p>
			
			<p>Los autores no soslayaron la cuesti&#x00F3;n sobre si se deb&#x00ED;a permitir morir a esos pacientes. Pero rechazaron esa posibilidad. A finales de los a&#x00F1;os 60, la limitaci&#x00F3;n del esfuerzo terap&#x00E9;utico no era una pr&#x00E1;ctica com&#x00FA;n al ser asimilada a una eutanasia. Esta es probablemente la raz&#x00F3;n por la que Mollaret y Goulon reconocieron “no haber podido, ni querido, consentir [para este tipo de pacientes] el gesto del <italic>pollice verso</italic>”<xref ref-type="fn" rid="NOTE05">5</xref>.  </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S3">
			<title>LOS TRASPLANTES DE &#x00D3;RGANOS </title>
		
			<p>La aparici&#x00F3;n de los primeros pacientes en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> coincide hist&#x00F3;ricamente con el desarrollo de los primeros trasplantes de &#x00F3;rganos. Los trasplantes de ri&#x00F1;&#x00F3;n se llevaban haciendo desde hac&#x00ED;a a&#x00F1;os, pero con donantes vivos o con cad&#x00E1;veres declarados muertos de acuerdo con el criterio cl&#x00E1;sico —cardiorrespiratorio— de la muerte. Los &#x00F3;rganos procedentes de estos cad&#x00E1;veres presentaban el inconveniente de su deterioro, producido por la p&#x00E9;rdida de riego sangu&#x00ED;neo tras el paro circulatorio. La isquemia<xref ref-type="fn" rid="NOTE06">6</xref> provocaba rechazos del &#x00F3;rgano trasplantado en el receptor, lo que hac&#x00ED;a que los &#x00ED;ndices de supervivencia de los receptores se contaran en horas, d&#x00ED;as, o como mucho, semanas.  </p>
			
			<p>En junio de 1963, el m&#x00E9;dico belga Guy Alexandre tuvo la audacia de extraer un ri&#x00F1;&#x00F3;n de un paciente en <italic>coma depass&#x00E9;</italic>, antes de que su coraz&#x00F3;n dejara de latir, para trasplantarlo en otro paciente con insuficiencia renal. Su intenci&#x00F3;n era reducir el tiempo de isquemia y evitar el rechazo. Y en gran medida lo consigui&#x00F3;. El receptor de aquel ri&#x00F1;&#x00F3;n vivi&#x00F3; casi tres meses (Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2005</xref>). En 1966, durante un congreso de trasplantes, Alexandre manifest&#x00F3; haber practicado para entonces 9 extracciones de ri&#x00F1;&#x00F3;n de pacientes en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic>. Algunos afamados trasplantadores, como Thomas Starlz, expresaron sus dudas sobre la licitud de ese procedimiento: “Dudo que alguno de los miembros de nuestro equipo de trasplantes pueda aceptar que una persona est&#x00E9; muerta si su coraz&#x00F3;n sigue latiendo” (Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2005</xref>, 1940). Starlz estaba planteando si es aceptable emplear a pacientes vivos como fuentes de &#x00F3;rganos para trasplante. ¿Es l&#x00ED;cito extraer &#x00F3;rganos de un paciente vivo? Esta cuesti&#x00F3;n se plante&#x00F3; en toda su radicalidad cuando se obtuvieron los primeros &#x00E9;xitos en los trasplantes de &#x00F3;rganos impares (necesarios para la vida), como el coraz&#x00F3;n. ¿Es l&#x00ED;cito causar la muerte al extraer &#x00F3;rganos? El primer trasplante exitoso de coraz&#x00F3;n lo practic&#x00F3; el doctor Christian Barnard en Sud&#x00E1;frica en 1967. El coraz&#x00F3;n proced&#x00ED;a de Denise Ann Darvall, una mujer que hab&#x00ED;a sufrido un traumatismo craneal durante un accidente de tr&#x00E1;fico en Ciudad del Cabo. El propio Barnard certific&#x00F3; su muerte, aparentemente despu&#x00E9;s de que tuviera lugar una parada cardiaca, tras interrumpirse el respirador autom&#x00E1;tico. El receptor de aquel coraz&#x00F3;n, Louis Washkansky, vivi&#x00F3; durante dieciocho d&#x00ED;as. Este caso testimoniaba algo extremadamente parad&#x00F3;jico: ¿c&#x00F3;mo pod&#x00ED;a ser que el coraz&#x00F3;n por cuya parada hab&#x00ED;a muerto Darvall pudiera salvar la vida de otra persona? </p>
			
			<p>La esperanza generada por el caso no acall&#x00F3; ciertas voces de preocupaci&#x00F3;n ante la eventualidad de que se estuvieran sacrificando prematuramente algunas vidas para el beneficio de terceros (Lock, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">2002</xref>, 82-3). Cada vez parec&#x00ED;a m&#x00E1;s claro que el desarrollo exitoso de las pol&#x00ED;ticas de trasplante iba a depender de la confianza social en los trasplantes de &#x00F3;rganos y en el sistema m&#x00E9;dico. </p>
			
			<p>En 1968, una comisi&#x00F3;n de expertos a la que se le encomend&#x00F3; la tarea de redefinir la muerte humana, estim&#x00F3; que la confianza del p&#x00FA;blico solo podr&#x00ED;a preservarse evitando la sospecha de que a los donantes se les mataba al serles extra&#x00ED;dos sus &#x00F3;rganos. Esto es lo que m&#x00E1;s tarde se ha denominado la <italic>regla del donante fallecido</italic> (<italic>dead donor rule</italic>) que establece que no se debe matar al extraer &#x00F3;rganos, o que solo se pueden extraer &#x00F3;rganos vitales de cad&#x00E1;veres (Robertson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT34">1999</xref>). </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S4">
			<title>EL COMIT&#x00C9; AD HOC PARA LA MUERTE CEREBRAL DE HARVARD </title>
		
			<p>Los pacientes en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> planteaban a finales de los a&#x00F1;os 60 dos problemas. Por un lado, a pesar de que nunca recobrar&#x00ED;an la conciencia, estaban siendo los destinatarios de unos recursos caros y limitados. Por otro, no pod&#x00ED;an ser donantes de &#x00F3;rganos impares, —como el coraz&#x00F3;n— sin que a los cirujanos extractores se les pudiera acusar de homicidio. El comit&#x00E9; de expertos reunido en la Escuela de Medicina de Harvard para redefinir la muerte encontr&#x00F3; una soluci&#x00F3;n para no malgastar las camas de cuidados intensivos, promover la donaci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos de pacientes en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9; </italic>y disolver simult&#x00E1;neamente las preocupaciones sociales con respecto a la integridad profesional de los cirujanos extractores. La soluci&#x00F3;n del Comit&#x00E9; Ad Hoc para la muerte cerebral de Harvard consist&#x00ED;a en considerar que los pacientes en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9; </italic>ya estaban muertos. Llamando al <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> “muerte cerebral” y asimilando esta a la muerte humana, se favorec&#x00ED;a la limitaci&#x00F3;n del esfuerzo terap&#x00E9;utico eludiendo el debate sobre la eutanasia, y se “evitaban controversias al extraer &#x00F3;rganos” de aquellos pacientes que eran candidatos ideales para la donaci&#x00F3;n, al no violarse la <italic>regla del donante fallecido</italic> (no se mata a quien <italic>ya </italic>est&#x00E1; muerto).  </p>
			
			<p>Con el paso del tiempo, la “redefinici&#x00F3;n de la muerte” operada en Harvard ha resultado ser extremadamente eficaz como estrategia para promover la donaci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos y la limitaci&#x00F3;n del esfuerzo terap&#x00E9;utico en pacientes irreversiblemente inconscientes. Pero ha creado nuevos problemas, tanto te&#x00F3;ricos como pr&#x00E1;cticos.  </p>
			
			<p>Defender&#x00E9; a continuaci&#x00F3;n que gran parte de los problemas que plantea la muerte cerebral tienen su origen en la falta de distinci&#x00F3;n entre dos cuestiones de &#x00ED;ndole diversa: 1. ¿Cu&#x00E1;ndo est&#x00E1; muerta una persona? y 2. ¿Cu&#x00E1;ndo es &#x00E9;ticamente aceptable realizar una extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos? La primera cuesti&#x00F3;n tiene en principio m&#x00E1;s que ver con consideraciones f&#x00E1;cticas (con juicios de hecho) que la segunda, que es una cuesti&#x00F3;n eminentemente normativa (tiene que ver, fundamentalmente, con juicios de valor). De todas formas, se ver&#x00E1; que la distinci&#x00F3;n misma entre hechos y valores es en s&#x00ED; misma muy problem&#x00E1;tica. Lo que de momento me interesa se&#x00F1;alar es el modo en que el Comit&#x00E9; Ad Hoc de Harvard present&#x00F3; una cuesti&#x00F3;n genuinamente moral bajo el aspecto de una cuesti&#x00F3;n <italic>meramente</italic> f&#x00E1;ctica. Al hacerlo, el Comit&#x00E9; de Harvard escamote&#x00F3; el debate sobre cuestiones bio&#x00E9;ticas relacionadas con <italic>la asignaci&#x00F3;n de camas de cuidados cr&#x00ED;ticos</italic>, la <italic>limitaci&#x00F3;n del esfuerzo terap&#x00E9;utico </italic>y la <italic>regla del donante fallecido</italic>.  </p>
			
			<p>Algunos se han preguntado hasta qu&#x00E9; punto es v&#x00E1;lida la estrategia de redefinir un problema para resolverlo. (Singer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT42">1997</xref>) ¿En qu&#x00E9; medida las necesidades pr&#x00E1;cticas de liberar camas de hospitales y obtener &#x00F3;rganos para trasplantes son el tipo adecuado de raz&#x00F3;n para decidir sobre el estatus vital de pacientes? El Comit&#x00E9; para la muerte cerebral de Harvard no ofreci&#x00F3; ninguna raz&#x00F3;n de tipo cient&#x00ED;fico para asimilar la muerte cerebral a la muerte. Su principal motivaci&#x00F3;n la constitu&#x00ED;an las ventajas de racionalizar unos recursos sanitarios escasos —no desperdiciar &#x00F3;rganos que pod&#x00ED;an salvar vidas si eran trasplantados— sin generar controversia social (Ad Hoc Committee of the Harvard Medical School to Examine the Definition of Brain Death, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1968</xref>). ¿Es esta una justificaci&#x00F3;n aceptable?  </p>
		</sec>
		
		<sec id="S5">
			<title>EN BUSCA DE UNA JUSTIFICACI&#x00D3;N: EL MODELO DEFINICI&#x00D3;N, CRITERIOS, TESTS </title>
		
			<p>Hasta 1981, no se ofreci&#x00F3; un argumento cient&#x00ED;fico a favor del criterio de muerte cerebral. Tal argumento lleg&#x00F3; de la mano de un neur&#x00F3;logo, un psiquiatra  y un fil&#x00F3;sofo, cuya contribuci&#x00F3;n sigue constituyendo el principal apoyo te&#x00F3;rico de la asimilaci&#x00F3;n legal de muerte cerebral a la muerte (Bernat, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1999</xref>; Bernat, Culver and Gert, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1981</xref>). En <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1981</xref>, J. Bernat, Ch. Culver y B. Gert se propusieron paliar el d&#x00E9;ficit de legitimaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica de la muerte cerebral a trav&#x00E9;s de una definici&#x00F3;n de la muerte. Poco m&#x00E1;s tarde, una comisi&#x00F3;n presidencial norteamericana a la que se le encarg&#x00F3; analizar los problemas relacionados con la definici&#x00F3;n de la muerte y ofrecer una definici&#x00F3;n unitaria para una ley federal asumi&#x00F3; las conclusiones de Bernat y sus colaboradores (<xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1981</xref>). La propuesta se&#x00F1;alaba la necesidad de distinguir tres aspectos en toda formulaci&#x00F3;n sobre la muerte humana: una definici&#x00F3;n de la muerte, unos criterios para identificarla, y unas pruebas para determinarla emp&#x00ED;ricamente. Bernat, Culver y Gert consideraban fundamental establecer, en primer lugar, una definici&#x00F3;n con la que volver expl&#x00ED;cito el significado de la muerte. Entend&#x00ED;an que esa es una labor fundamentalmente filos&#x00F3;fica, aunque cre&#x00ED;an que esa definici&#x00F3;n deb&#x00ED;a aproximarse al concepto “com&#x00FA;n” u ordinario de la muerte<xref ref-type="fn" rid="NOTE07">7</xref>:  </p>
			
			<p>“Creemos que una comprensi&#x00F3;n adecuada del significado ordinario de la palabra o del concepto de muerte debe desarrollarse antes de que se elija un criterio. Debemos decidir qu&#x00E9; es lo que com&#x00FA;nmente se entiende por muerte antes de que los m&#x00E9;dicos puedan decidir c&#x00F3;mo medirla” (389).  </p>
			
			<p>En segundo, lugar, y como deducci&#x00F3;n l&#x00F3;gica de la definici&#x00F3;n escogida, entend&#x00ED;an que es preciso determinar unos criterios operativos para identificar en la pr&#x00E1;ctica la muerte, tal y como hab&#x00ED;a sido definida. Elegir unos criterios —consideraron Bernat, Culver y Gert—, es una tarea principalmente m&#x00E9;dica. En tercer y &#x00FA;ltimo lugar, una vez que se dispone de unos criterios de la muerte, hab&#x00ED;a que elegir unos <italic>tests</italic> o pruebas cl&#x00ED;nicas o instrumentales que indiquen cu&#x00E1;ndo el criterio se ha satisfecho.  </p>
			
			<p>La Comisi&#x00F3;n Presidencial para la Determinaci&#x00F3;n de la Muerte consider&#x00F3;: 1. Que la muerte pod&#x00ED;a definirse como la <italic>p&#x00E9;rdida del funcionamiento integrado del organismo como conjunto</italic>; 2. Que los criterios en los que tal definici&#x00F3;n se cumple son, o bien la p&#x00E9;rdida irreversible de las funciones de todo el cerebro, o bien la p&#x00E9;rdida irreversible de las funciones cardiorrespiratorias; y 3. Que las pruebas para constatar los dos criterios anteriores son aquellas que permiten evidenciar una p&#x00E9;rdida irreversible de las funciones card&#x00ED;acas (electrocardiograma plano, etc.) o una p&#x00E9;rdida total e irreversible de las funciones del cerebro (electroencefalograma plano, ausencia de reflejos del troncoenc&#x00E9;falo, evidencia de falta de riego al cerebro…<xref ref-type="fn" rid="NOTE08">8</xref>).  </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S6">
			<title>LA TAREA DE DEFINIR: ASPECTOS LINGÜ&#x00CD;STICOS </title>
		
			<p>El modelo <italic>definici&#x00F3;n, criterios, tests </italic>avalado por la President’s Commission se apoya en una concepci&#x00F3;n cl&#x00E1;sica (aristot&#x00E9;lica) del lenguaje, de acuerdo con la cual los conceptos cumplen la funci&#x00F3;n de captar la esencia de los objetos o, lo que es lo mismo, su diferencia espec&#x00ED;fica (Chiong, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>). Parte de un presupuesto metaf&#x00ED;sico esencialista: todos los individuos que caen bajo un mismo concepto tienen en com&#x00FA;n algo que los identifica entre s&#x00ED; y los distingue de los dem&#x00E1;s individuos. El modelo podr&#x00ED;a representarse gr&#x00E1;ficamente del siguiente modo:  </p>
			
			<p>Suponiendo que los individuos “A”, “B”, “C” y “D” est&#x00E1;n muertos, la esencia de la muerte quedar&#x00ED;a constituida por las caracter&#x00ED;sticas que todos tienen en com&#x00FA;n y que solo los muertos presentan. La definici&#x00F3;n deber&#x00ED;a recoger esas caracter&#x00ED;sticas y solo esas.  </p>
			
			<fig id="F1">
			<label>Figura 1</label>
			<caption>
			<title> </title>
			</caption>
			<graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="../images/F1.jpg"/>
			</fig>
		
		</sec>
		
		<sec id="S7">
			<title>EL MODELO OFICIAL </title>
		
			<p>La propuesta de la President’s Commission implica que la muerte humana puede determinarse siguiendo un doble est&#x00E1;ndar (criterio): la muerte cerebral (o <italic>whole brain death</italic>) o la muerte cardiorrespiratoria (Capron, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1999</xref>). Excluye de la categor&#x00ED;a de “muertos” a los pacientes que tienen una p&#x00E9;rdida parcial de las funciones del cerebro, como los pacientes en estado vegetativo permanente. Este enfoque, pese haber sido asumido por las legislaciones de casi todos los pa&#x00ED;ses del mundo, ha recibido dos tipos de objeciones. Seg&#x00FA;n algunos autores, es demasiado restrictiva, ya que otros pacientes, como los pacientes en estado vegetativo o los beb&#x00E9;s anencef&#x00E1;licos, tambi&#x00E9;n deber&#x00ED;an considerarse muertos (Veatch, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">1999</xref>; Gervais, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1986</xref>). Estos autores tienden a pensar que no es necesario que muera todo el cerebro para considerar que una persona est&#x00E1; muerta: bastar&#x00ED;a una p&#x00E9;rdida irreversible de las funciones corticales, responsables de la conciencia y de la cognici&#x00F3;n, que son, para muchos, las capacidades espec&#x00ED;ficas del ser humano (este criterio ha venido a conocerse como <italic>higher brain death</italic>) (Green and Wikler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">1980</xref>). Otros estiman que el doble est&#x00E1;ndar es excesivamente laxo, pues solo el cese irreversible de la circulaci&#x00F3;n indica una p&#x00E9;rdida del funcionamiento integrado del organismo como conjunto (Shewmon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT39">2001</xref>)<xref ref-type="fn" rid="NOTE09">9</xref>.  </p>
			
			<p>El criterio cardiorrespiratorio, como criterio <italic>suficiente</italic> de muerte humana, plantea el problema de determinar su irreversibilidad (tras varios minutos de paro circulatorio, se dan casos de pacientes que recuperan el ritmo cardiaco), y levanta sospechas al plantear como posibilidad que se declare muerto a alguien sin haber objetivado una p&#x00E9;rdida total de sus funciones cerebrales (Bernat, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2010</xref>; Bernat, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2013</xref>; Munjal et al., <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2013</xref>; Rodriguez-Arias and Deballon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT36">2012</xref>). Estas objeciones desaf&#x00ED;an la oportunidad del criterio cardiorrespiratorio por dos motivos: 1. casi nadie est&#x00E1; dispuesto a admitir la posibilidad de la resucitaci&#x00F3;n (la muerte se asume como un estado irreversible) y 2. nadie aceptar&#x00ED;a que alguien est&#x00E1; muerto si puede conservar alguna forma, por precaria que sea, de conciencia (Youngner, Arnold and DeVita, <xref ref-type="bibr" rid="CIT56">1999</xref>). Por otro lado, el criterio de muerte cerebral ha sido cuestionado, no solo por parecer a muchos contraintuitivo (el cuerpo de pacientes en muerte cerebral est&#x00E1; caliente y su coraz&#x00F3;n sigue latiendo) (Siminoff, Burant, <xref ref-type="bibr" rid="CIT44">2004</xref>), sino por haberse demostrado que el cerebro no juega un papel tan determinante en el funcionamiento del organismo como se crey&#x00F3; durante buena parte del siglo XX (Shewmon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT39">2001</xref>). Estas constataciones enfrentan a los partidarios de la muerte cerebral a un dilema: o bien tienen que radicalizar su criterio (exigir que, adem&#x00E1;s de las <italic>funciones </italic>cerebrales, se haya perdido toda <italic>actividad </italic>cerebral), o bien deben abandonar su pretensi&#x00F3;n de justificar la muerte encef&#x00E1;lica en nombre del supuesto papel regulador del cerebro en el funcionamiento del organismo como conjunto. Para sortear todas estas dificultades, los partidarios del criterio <italic>higher brain </italic>han propuesto abandonar la pretensi&#x00F3;n de hacer basar el diagn&#x00F3;stico en una concepci&#x00F3;n biol&#x00F3;gica de la muerte —lo que implica considerar que la muerte de los seres humanos no coincide con la p&#x00E9;rdida de sus funciones org&#x00E1;nicas, sino con la p&#x00E9;rdida de las capacidades que son m&#x00E1;s representativas de su esencia: la conciencia y la cognici&#x00F3;n, la personeidad (<italic>personhood</italic>) (Gervais, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1986</xref>) o la identidad personal (<italic>personal identity</italic>) (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1999</xref>; Green and Wikler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">1980</xref>). Esta propuesta —que nuevamente asume el planteamiento esencialista del que parten Bernat <italic>et al</italic>.— conduce a considerar muertos a todos los pacientes con p&#x00E9;rdidas del funcionamiento del cerebro lo suficientemente graves como para haber desaparecido las capacidades necesarias para el comportamiento humano, lo que incluir&#x00ED;a, tambi&#x00E9;n, a los pacientes en estado vegetativo permanente y a los beb&#x00E9;s anencef&#x00E1;licos. Tal vez la mayor objeci&#x00F3;n a esta propuesta es que, si la asimilaci&#x00F3;n de la muerte cerebral a la muerte ya resulta contraintuitiva, m&#x00E1;s lo resultar&#x00ED;a la idea de la <italic>muerte cortical</italic>, en la que no solo hay un mantenimiento espont&#x00E1;neo del latido cardiaco, sino tambi&#x00E9;n de la respiraci&#x00F3;n.  </p>
		</sec>
		
		<sec id="S8">
			<title>CUESTIONES SOBRE EL ESTATUTO EPISTEMOL&#x00D3;GICO DE LA MUERTE CEREBRAL. NATURALISTAS VS. NORMATIVISTAS </title>
		
			<p>Las dificultades que genera la determinaci&#x00F3;n de la muerte tienen su origen en cuestiones —todav&#x00ED;a irresueltas— relativas al estatuto ontol&#x00F3;gico y epistemol&#x00F3;gico de la muerte. Me refiero a cuestiones cuyas respuestas aclarar&#x00ED;an a qu&#x00E9; tipo de entidad se refiere uno cuando afirma de alguien que ha muerto (de qui&#x00E9;n o de qu&#x00E9; se dice que muere) o c&#x00F3;mo estar seguro de que as&#x00ED; ha sucedido (qui&#x00E9;n tiene autoridad para constatar la muerte y por qu&#x00E9; medios): ¿Qu&#x00E9; tipo de entidad es la que muere, un <italic>organismo </italic>o una <italic>persona</italic>? ¿Determinar la muerte es una forma de <italic>constatar</italic> un <italic>hecho</italic>, o equivale a emitir un <italic>juicio de valor</italic>? ¿Es la muerte un <italic>fen&#x00F3;meno natural</italic>, o una <italic>construcci&#x00F3;n social</italic>? ¿Sobre qu&#x00E9; bases debe proponerse una definici&#x00F3;n de la muerte? ¿Sobre bases biol&#x00F3;gicas? ¿&#x00C9;ticas? ¿Metaf&#x00ED;sicas? Si los m&#x00E9;dicos no tienen capacidad para asimilar la muerte cerebral a la muerte humana, ¿qui&#x00E9;n tiene autoridad para hacerlo?  </p>
			
			<p>Una posible clasificaci&#x00F3;n de las propuestas de definici&#x00F3;n de la muerte humana es la que las separa entre naturalistas y normativistas. La tesis defendida por quienes comprenden la muerte humana desde un enfoque naturalista es que <italic>a los pacientes en muerte cerebral se los considera como muertos</italic> <italic>porque est&#x00E1;n muertos</italic>. Entienden que la muerte es un hecho biol&#x00F3;gico cuya constataci&#x00F3;n nada tiene que ver con valoraciones ni con decisiones humanas. Quienes, como James Bernat, Culver y Gert, abrazan esta concepci&#x00F3;n, estiman que lo que muere es un organismo y no una entidad metaf&#x00ED;sica, como la persona. La presencia o ausencia de la capacidad de integraci&#x00F3;n, entiende Bernat, es algo objetivo y no sujeto a decisiones: simplemente se constata. Frente a esta opci&#x00F3;n se sit&#x00FA;an los defensores de una concepci&#x00F3;n normativista de la muerte (Veatch, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">1999</xref>). Para ellos, <italic>los pacientes en muerte cerebral est&#x00E1;n muertos porque se los considera muertos</italic>, y no al rev&#x00E9;s. La muerte es en este caso entendida como una construcci&#x00F3;n social dependiente de valores, no como un hecho biol&#x00F3;gico. Est&#x00E1; muerto aquel que en un momento y lugar determinados est&#x00E1; socialmente aceptado como tal. Es decir, es la sociedad, y no la naturaleza, quien decide cu&#x00E1;ndo alguien est&#x00E1; vivo y cu&#x00E1;ndo deja de estarlo. Analicemos con m&#x00E1;s detalle cada una de estas concepciones, as&#x00ED; como las respectivas cr&#x00ED;ticas que han recibido. </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S9">
			<title>LA MUERTE COMO HECHO OBJETIVO: EL ENFOQUE NATURALISTA  </title>
		
			<p>El argumento de Bernat, Culver y Gert y asumido por la Pressident’s Commission constituye un caso del enfoque naturalista. Su planteamiento puede resumirse en cuatro puntos:  </p>
			
			<p>1. Presupuesto te&#x00F3;rico: la muerte es la p&#x00E9;rdida definitiva del funcionamiento integrado del organismo en su conjunto.  </p>
			
			<p>2. Afirmaci&#x00F3;n emp&#x00ED;rica: el cerebro es el &#x00F3;rgano regulador del funcionamiento de todo el organismo.  </p>
			
			<p>3. Pron&#x00F3;stico: Los pacientes en muerte cerebral dependen del respirador autom&#x00E1;tico pero aunque este se le mantenga, necesariamente terminan por padecer un colapso cardio-respiratorio en un plazo breve.  </p>
			
			<p>4. Conclusi&#x00F3;n: La p&#x00E9;rdida de las funciones cerebrales equivale a la p&#x00E9;rdida de la vida.  </p>
			
			<p>A este planteamiento biol&#x00F3;gico se le han dirigido objeciones que denuncian su incoherencia interna. Partiendo del mismo presupuesto naturalista y biol&#x00F3;gico, estas objeciones acaban demostrando la inconsistencia entre la definici&#x00F3;n de la muerte y los criterios que Bernat y sus colaboradores han propuesto para determinarla. Las cr&#x00ED;ticas se&#x00F1;alan: 1. que ciertas funciones integradoras no radican en el cerebro<xref ref-type="fn" rid="NOTE10">10</xref>; 2. que el cerebro de pacientes correctamente diagnosticados en muerte cerebral conserva funciones integradoras<xref ref-type="fn" rid="NOTE11">11</xref>; y 3. que los pacientes en muerte cerebral puede llegar a “sobrevivir” durante varios a&#x00F1;os si se les sigue manteniendo conectados a un respirador autom&#x00E1;tico<xref ref-type="fn" rid="NOTE12">12</xref>. Estas objeciones enfrentan a Bernat y los partidarios de la justificaci&#x00F3;n oficial de la muerte cerebral a un dilema: o abandonan su definici&#x00F3;n de la muerte, o aceptan que los criterios para determinarla se vuelvan m&#x00E1;s exigentes (hasta el punto de que muchos de los pacientes actualmente diagnosticados en muerte cerebral deber&#x00ED;an ser considerados como vivos). La alternativa explorada por los autores normativistas, consiste en abandonar la pretensi&#x00F3;n de definir la muerte desde presupuestos biol&#x00F3;gicos.  </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S10">
			<title>LA CONSTRUCCI&#x00D3;N SOCIAL DE LA MUERTE: EL ENFOQUE NORMATIVISTA </title>
		
			<p>La medicina puede demostrar cu&#x00E1;ndo un cerebro ha dejado de estar irrigado y tambi&#x00E9;n cu&#x00E1;ndo un coraz&#x00F3;n ha dejado de tener actividad. Puede inferir a partir de esas constataciones cu&#x00E1;ndo el cerebro de un paciente haya dejado de funcionar en su totalidad. Sin embargo, no puede deducir de ello que ese paciente ha muerto. Para dar ese paso l&#x00F3;gico es preciso adoptar lo que Karen Gervais denomina una <italic>decisi&#x00F3;n de significaci&#x00F3;n</italic>. Puesto que en el cuerpo de pacientes en muerte cerebral sigue manteni&#x00E9;ndose mucha actividad metab&#x00F3;lica, la ciencia deber&#x00ED;a explicar por qu&#x00E9; las funciones del cerebro son esenciales para la vida y no otras que se mantienen en el organismo de esos pacientes. La respuesta de Bernat, Culver y Gert, es que el cerebro se encarga de la integraci&#x00F3;n del resto del organismo. Sin embargo, como se ha visto, esa tentativa de hacer consistir la vida en la capacidad de integraci&#x00F3;n, y en justificar el criterio de la muerte cerebral en esa definici&#x00F3;n, ha fracasado. Y no por motivos metaf&#x00ED;sicos o morales, sino por motivos cient&#x00ED;ficos: los pacientes en muerte cerebral siguen teniendo un funcionamiento integrado. Se sigue de esto que, si la ciencia desea asimilar la muerte cerebral a la muerte puede hacerlo, pero para ello deber&#x00E1; recurrir a presupuestos extracient&#x00ED;ficos. </p>
			
			<p>A la inconsistencia conceptual cabe a&#x00F1;adir el hecho de que ese concepto naturalista no es expresi&#x00F3;n de la idea que toda la sociedad tiene de la muerte. La definici&#x00F3;n de la vida propuesta por la medicina no es compartida por quienes entienden que estar muerto para una persona significa haber perdido la conciencia y la cognici&#x00F3;n, o para quienes creen que se est&#x00E1; muerto al haber perdido la identidad personal, o para quienes creen que lo que marca el paso de la vida a la muerte es la separaci&#x00F3;n del alma con respecto al cuerpo. Si no puede demostrarse la verdad de ninguna de estas definiciones de la muerte; si en toda definici&#x00F3;n de la muerte intervienen creencias filos&#x00F3;ficas y valores culturales y religiosos; si la asimilaci&#x00F3;n de la muerte cerebral a la muerte carece de fundamento cient&#x00ED;fico, ¿por qu&#x00E9; la mayor&#x00ED;a de las leyes establecen sin dejar lugar a ninguna objeci&#x00F3;n que la muerte cerebral equivale a la muerte? ¿Por qu&#x00E9; una definici&#x00F3;n, de tantas posibles, se ha impuesto sobre las dem&#x00E1;s? ¿Por qu&#x00E9; deber&#x00ED;a imponerse?  </p>
			
			<p>Robert Veatch y Alireeza Bagheri (Bagheri, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2007</xref>; Veatch, <xref ref-type="bibr" rid="CIT51">1999</xref>) han defendido que las leyes deber&#x00ED;an reconocer a las personas un derecho a elegir, entre ciertas opciones, la definici&#x00F3;n de la muerte que se les deber&#x00ED;a aplicar. Entienden que, puesto que existen varias definiciones posibles de la muerte y ninguna ha demostrado ser m&#x00E1;s v&#x00E1;lida que las dem&#x00E1;s, ninguna definici&#x00F3;n “oficial” de la muerte deber&#x00ED;a imponerse contra la autonom&#x00ED;a de los individuos. En una sociedad pluralista, estiman, las personas deben poder elegir qu&#x00E9; definici&#x00F3;n se les debe aplicar en caso de encontrarse en alg&#x00FA;n estado fronterizo entre la vida y la muerte. Bagheri ofrece el ejemplo de Jap&#x00F3;n, como el pa&#x00ED;s que m&#x00E1;s cerca est&#x00E1; de aceptar este pluralismo<xref ref-type="fn" rid="NOTE13">13</xref>. </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S11">
			<title>HECHOS, VALORES Y PLURALISMO </title>
		
			<p>En una sociedad pluralista existe una presunci&#x00F3;n a favor de respetar la autonom&#x00ED;a de las personas y se necesitan razones —generalmente de orden p&#x00FA;blico— para no hacerlo. Muchas decisiones que se toman en la relaci&#x00F3;n cl&#x00ED;nica comportan una dimensi&#x00F3;n normativa, lo que obliga a considerar, no ya solo los aspectos t&#x00E9;cnicos relativos a la dimensi&#x00F3;n <italic>biol&#x00F3;gica </italic>de una patolog&#x00ED;a, sino tambi&#x00E9;n la dimensi&#x00F3;n subjetiva o <italic>biogr&#x00E1;fica </italic>del paciente. Reconocer que varias visiones sobre lo que es correcto o incorrecto pueden ser igualmente v&#x00E1;lidas tiene sentido dado el car&#x00E1;cter genuinamente irreconciliable de las diferentes propuestas de fundamentar lo que es bueno y lo que es correcto (Rorty, <xref ref-type="bibr" rid="CIT37">2000</xref>). Por supuesto, pueden aducirse razones pragm&#x00E1;ticas y de inter&#x00E9;s com&#x00FA;n para rechazar el pluralismo en algunos casos, pero de forma general este se reconoce en aquellas cuestiones que son de car&#x00E1;cter genuinamente moral, como la de si <italic>se debe o no</italic> interrumpir un respirador autom&#x00E1;tico o <italic>si se debe o no </italic>proceder a extraer los &#x00F3;rganos de un individuo<xref ref-type="fn" rid="NOTE14">14</xref>. Ahora bien, la decisi&#x00F3;n sobre si alguien est&#x00E1; vivo o muerto ¿acaso forma parte de este tipo de decisiones? Estar vivo o muerto: ¿hasta qu&#x00E9; punto se trata de una cuesti&#x00F3;n normativa y en qu&#x00E9; medida es un asunto f&#x00E1;ctico? El enfrentamiento entre posturas naturalistas y posturas normativistas da cuenta de lo controvertido de este punto. </p>
			
			<p>Con independencia de la comprensi&#x00F3;n conceptual que se tenga de la muerte, aceptar que las personas puedan decidir cu&#x00E1;ndo est&#x00E1;n vivas o muertas de acuerdo a sus propios valores plantea algunos riesgos. Si el criterio &#x00FA;ltimo para decidir cu&#x00E1;ndo alguien est&#x00E1; vivo o muerto es su propia creencia sobre lo que significa estar vivo o muerto, entonces las personas que disfrutan t&#x00ED;picamente de una perfecta salud f&#x00ED;sica y ps&#x00ED;quica podr&#x00ED;an acabar teniendo derecho a que se las considerase muertas. En sentido contrario, algunos podr&#x00ED;an llegar a exigir de forma anticipada que, cuando su cuerpo se encontrase en estado de descomposici&#x00F3;n, se le siguieran reconociendo los derechos de que disfrutan los vivos, incluido el de recibir tratamientos y cuidados. Bagheri es consciente del riesgo de relativismo que comporta su propuesta, por lo que restringe su pluralismo “a las opciones socialmente aceptadas”. Desgraciadamente, no ofrece muchos detalles sobre lo que entiende por “socialmente aceptado” (Molina, Rodr&#x00ED;guez-Arias and Youngner, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2008</xref>). Esto hace que su argumento para escapar al riesgo de relativismo resulte d&#x00E9;bil. Por un lado, si lo “socialmente aceptado” es el criterio determinante para establecer qu&#x00E9; condiciones son asimilables a la muerte y cu&#x00E1;les no, la sociedad nunca podr&#x00ED;a equivocarse al considerar a un vivo como muerto. Por otro, ese razonamiento conduce a consecuencias claramente contraintuitivas: si una sociedad lo aceptase, un paciente con demencia pero consciente y con buena calidad de vida aparente podr&#x00ED;a ser considerada muerta por el simple hecho de que lo hubiera pedido mientras era competente. En contra de lo que sugiere Bagheri, lo <italic>socialmente aceptado</italic> no equivale necesariamente a lo <italic>&#x00E9;ticamente</italic> <italic>aceptable</italic>. </p>
		</sec>
		
		<sec id="S12">
			<title>SUPERANDO LA DICOTOM&#x00CD;A ENTRE HECHOS Y VALORES </title>
		
			<p>De lo dicho hasta ahora se sigue que tanto las propuestas naturalistas como las normativistas son controvertidas. A la propuesta naturalista le falta consistencia conceptual por no ser capaz de engranar con coherencia la definici&#x00F3;n que enuncia, los criterios aceptados para explicitar esa definici&#x00F3;n, y las pruebas exigidas para identificar en la pr&#x00E1;ctica el cumplimiento de los criterios. Por otro lado, las propuestas normativistas dan lugar a consecuencias te&#x00F3;ricas y pr&#x00E1;cticas inaceptables. </p>
			
			<p>Refiri&#x00E9;ndose a otro concepto borroso, el de “enfermedad”, Peter Schwartz sostiene que la clasificaci&#x00F3;n entre definiciones naturalistas y normativistas resulta poco operativa, al no permitir categorizar aquellas definiciones para las que lo patol&#x00F3;gico puede depender <italic>simult&#x00E1;neamente </italic>de consideraciones f&#x00E1;cticas y valorativas (Schwartz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT38">2007</xref>). Entre quienes han teorizado sobre la muerte, algunos como Youngner y Arnold han planteado precisamente que se trata de un fen&#x00F3;meno con un pie en la naturaleza y otro en la cultura (Youngner and Arnold, <xref ref-type="bibr" rid="CIT57">2001</xref>). ¿Cu&#x00E1;l es exactamente la relaci&#x00F3;n entre <italic>hechos</italic> y <italic>valores</italic>, cu&#x00E1;l la implicaci&#x00F3;n de la naturaleza y de la cultura en la determinaci&#x00F3;n de la muerte humana? ¿Hasta qu&#x00E9; punto la muerte se <italic>descubre</italic>, y hasta qu&#x00E9; punto se <italic>decide </italic>cu&#x00E1;ndo<italic> </italic>alguien ha muerto? </p>
			
			<p>Com&#x00FA;nmente se asume que hechos y valores son dos cosas dicot&#x00F3;micas: los hechos son objetivos, los valores subjetivos; los hechos <italic>se constantan</italic>, sobre los valores <italic>se opina</italic>. Hilary Putnam<xref ref-type="fn" rid="NOTE15">15</xref> ha argumentado en contra de la creencia de que existe una dicotom&#x00ED;a absoluta entre hechos y valores. Tambi&#x00E9;n niega la conclusi&#x00F3;n que toda la tradici&#x00F3;n empirista, desde Hume hasta Carnap, deduce de ella, a saber, que los enunciados morales no son verdaderos ni falsos<xref ref-type="fn" rid="NOTE16">16</xref>.  </p>
			
			<p>Al principio he sugerido que el &#x00E9;xito del informe del <italic>Comit&#x00E9; Ad Hoc para la Muerte cerebral de Harvard</italic> consisti&#x00F3; en haber encubierto estrat&#x00E9;gicamente una serie de preguntas genuinamente morales (si es o no &#x00E9;ticamente aceptable dejar morir a personas en <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> al interrumpir el respirador autom&#x00E1;tico y si es &#x00E9;ticamente aceptable causar su muerte durante la extracci&#x00F3;n de sus &#x00F3;rganos para trasplante), present&#x00E1;ndolas como —y reduci&#x00E9;ndolas a— una cuesti&#x00F3;n de hecho (“el <italic>coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</italic> es la muerte”). Al se&#x00F1;alar esto no pretendo insinuar que hechos y valores sean absolutamente independientes. Muy a menudo, los asuntos normativos dependen de circunstancias f&#x00E1;cticas. Por ejemplo, el hecho de que durante los 10 primeros d&#x00ED;as despu&#x00E9;s de la concepci&#x00F3;n el embri&#x00F3;n humano pueda convertirse en dos gemelos (y que por lo tanto todav&#x00ED;a no se puede decir que sea <italic>un </italic>individuo) es relevante en una discusi&#x00F3;n sobre si es o no &#x00E9;ticamente correcto emplear ciertos m&#x00E9;todos anticonceptivos, como la p&#x00ED;ldora postcoital<xref ref-type="fn" rid="NOTE17">17</xref>. En otro sentido, si rechazo moralmente el racismo es (al menos en parte) porque s&#x00E9; que no existe ninguna superioridad racial entre las personas pertenecientes a distintos grupos &#x00E9;tnicos. De manera que los juicios morales no est&#x00E1;n completamente desvinculados de enunciados descriptivos, y estos pueden condicionar a aquellos. Si no son independientes, ¿puede decirse que los juicios morales son m&#x00E1;s objetivos de lo que habitualmente suele entenderse? H. Putnam defiende una forma de cognitivismo moral, puesto que cree que los enunciados morales pueden ser verdaderos o falsos<xref ref-type="fn" rid="NOTE18">18</xref>. La noci&#x00F3;n putnamiana de <italic>conceptos &#x00E9;ticos densos</italic> resulta &#x00FA;til para comprender hasta qu&#x00E9; punto el lenguaje puede ser simult&#x00E1;neamente descriptivo y normativo. Expresiones como “cruel”, “impertinente”, “sensible”, “insensible”, “humillante”, “grosero”, “celoso”, “amable”, “obstinado” o “molesto” son instancias de <italic>conceptos &#x00E9;ticos densos</italic>. Todas ellas tienen esa doble lectura: Si mi pareja me califica como alguien “celoso”, puede ser que est&#x00E9; juzgando mi comportamiento, y tambi&#x00E9;n puede ser que lo est&#x00E9; describiendo.  </p>
			
			<p>A pesar de que no exista ning&#x00FA;n hecho emp&#x00ED;ricamente constatable que se&#x00F1;ale el momento de la muerte humana, tampoco parece que su determinaci&#x00F3;n sea un juicio de valor puro. Si en el diagn&#x00F3;stico de la muerte incurren simult&#x00E1;neamente constataciones y valoraciones, tal vez tenga sentido decir que “muerto” es otro ejemplo —ins&#x00F3;lito quiz&#x00E1;— de concepto &#x00E9;tico denso.  </p>
		
		</sec>
		
		<sec id="S13">
			<title>EL ABANDONO DE LA DEFINICI&#x00D3;N </title>
		
			<p>La mayor&#x00ED;a de quienes se han preocupado por el fundamento de la muerte cerebral han cre&#x00ED;do que en la secuencia <italic>definici&#x00F3;n-criterios-tests</italic> estaba la clave para resolver los problemas de justificaci&#x00F3;n de la muerte cerebral. Al hacerlo, han aceptado por completo el modelo cl&#x00E1;sico y esencialista del lenguaje que opera a trav&#x00E9;s de definiciones en t&#x00E9;rminos de condiciones necesarias y suficientes<xref ref-type="fn" rid="NOTE19">19</xref>.  </p>
			
			<p>Una minor&#x00ED;a de autores entiende, sin embargo, que los problemas de coherencia entre la definici&#x00F3;n, los criterios y las pruebas no pueden resolverse cambiando de definici&#x00F3;n ni afinando los criterios y los tests requeridos para que aquella se cumpla (Stoecker, 2012). Creen m&#x00E1;s bien que esas dificultades tienen precisamente su origen en la pretensi&#x00F3;n de resolver el problema de la justificaci&#x00F3;n a trav&#x00E9;s de una definici&#x00F3;n<xref ref-type="fn" rid="NOTE20">20</xref>. Por ello, consideran oportuno abandonar por completo el modelo que Chiong ha dado en llamar la <italic>letan&#x00ED;a definici&#x00F3;n-criterios-tests </italic>(Chiong, 2005). Estos autores adoptan una concepci&#x00F3;n wittgensteiniana del lenguaje, alternativa a la cl&#x00E1;sica, de acuerdo con la cual el significado de un concepto no capta unos rasgos comunes a todos los objetos que constituyen la referencia de ese concepto. Wittgenstein se&#x00F1;ala que la mayor&#x00ED;a de los conceptos al uso, como el de “silla”, permiten a las personas entenderse a pesar de carecer de una definici&#x00F3;n clara y compartida de lo que es una silla (Wittgenstein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT54">2004</xref>). </p>
			
			<p>La aportaci&#x00F3;n de Wittgenstein consiste en se&#x00F1;alar c&#x00F3;mo, para ser operativo, al lenguaje le basta con relacionar objetos a trav&#x00E9;s de simples “parecidos de familia”. Los parecidos de familia no son rasgos que <italic>todos y cada uno de</italic> los miembros de una familia de objetos compartan. Pi&#x00E9;nsese en el concepto de “silla”: hay sillas con cuatro patas, pero tambi&#x00E9;n con tres, con una pata, e incluso sin patas. Los parecidos de familia no son por lo tanto rasgos “esenciales” (necesarios), sino caracter&#x00ED;sticas <italic>contingentes</italic>. Por supuesto, en toda familia de objetos hay individuos que presentan todos o la mayor&#x00ED;a de los atributos caracter&#x00ED;sticos de esa familia: son los casos centrales o paradigm&#x00E1;ticos. Pero tambi&#x00E9;n hay individuos que solo comparten algunos parecidos de familia y que son, por lo tanto, casos perif&#x00E9;ricos. Cuando son muy pocos los rasgos que comparte un individuo con el caso paradigm&#x00E1;tico, podemos estar ante un caso fronterizo. La muerte cerebral y el estado vegetativo permanente pueden verse como casos fronterizos entre la vida y la muerte. </p>
			
			<p>La concepci&#x00F3;n wittgensteiniana del lenguaje puede explicarse a trav&#x00E9;s de la met&#x00E1;fora del racimo (<italic>cluster</italic>). Los individuos de una misma familia o racimo de individuos comparten algunas propiedades. Sin embargo, no hay ninguna propiedad que todos los miembros del racimo comparan. El hecho de tener alguna propiedad o parecido de familia simplemente hace que un individuo del racimo tenga m&#x00E1;s probabilidades de compartir otras propiedades con otros individuos del mismo racimo o familia. Esta es la raz&#x00F3;n de que los miembros de una misma familia se ejemplifican rec&#x00ED;procamente, pero de un modo que no es necesario (tampoco arbitrario), sino contingente. El modelo podr&#x00ED;a representarse gr&#x00E1;ficamente del siguiente modo:  </p>
		
			<fig id="F2">
			<label>Figura 2</label>
			<caption>
			<title> </title>
			</caption>
			<graphic xmlns:xlink="http://www.w3.org/1999/xlink" xlink:href="../images/F2.jpg"/>
			</fig>
		
			<p>Pi&#x00E9;nsese en la familia <italic>Garc&#x00ED;a S&#x00E1;nchez</italic>. Julio y Mar&#x00ED;a han tenido dos hijos: Roberto y Alberto. A su vez, Alberto ha tenido otros dos hijos, Luc&#x00ED;a y Jorge, (nietos de Julio y Mar&#x00ED;a). Obs&#x00E9;rvense los rasgos fison&#x00F3;micos de cada uno de sus miembros: </p>
		
		
			<table-wrap id="T1">
			<label>Tabla I</label>
			<caption>
				<title> </title>
			</caption>
			 <table frame="hsides" rules="groups">
				<thead>
					<tr>
						<td>
						</td>
						<td>
							<p>ojos claros</p>
						</td>
						<td>
							<p>tez clara</p>
						</td>
						<td>
							<p>pelo rizado</p>
						</td>
						<td>
							<p>frente despejada</p>
						</td>
						<td>
							<p>nariz chata</p>
						</td>
						<td>
							<p>boca grande</p>
						</td>
						<td>
							<p>orejas de soplillo</p>
						</td>
					</tr>
			</thead>
			
			<tbody>
						<tr>
							<td>
								<p>Julio Garc&#x00ED;a</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Mar&#x00ED;a S&#x00E1;nchez</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Roberto</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Alberto (padre de L y J)</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Luc&#x00ED;a</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Jorge</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
				</tbody>
			</table>
			</table-wrap>
		
			<p>Muchas caracter&#x00ED;sticas fison&#x00F3;micas son predominantes en el grupo. Sin embargo, no hay ni una sola caracter&#x00ED;stica que <italic>todos</italic> compartan. Los hermanos Jorge y Luc&#x00ED;a no comparten ni un solo rasgo. ¿Acaso impide eso categorizarlos como hermanos? En absoluto: bastar&#x00E1; conocer a su padre para reconocer su parentesco. Jorge no tiene la nariz chata —rasgo que presentan los dem&#x00E1;s miembros de su familia—. ¿Acaso suscita eso la sospecha de que Alberto no sea su padre biol&#x00F3;gico? En absoluto. Antes bien, los amigos de la familia le repetir&#x00E1;n “¡c&#x00F3;mo has salido a tu padre!” o “tienes los mismos ojos que tu abuelo paterno”. Algo similar le sucede a otras familias de objetos, como las que re&#x00FA;nen conceptos como “droga”<xref ref-type="fn" rid="NOTE21">21</xref> o “secta”<xref ref-type="fn" rid="NOTE22">22</xref>: aparte de los casos centrales o paradigm&#x00E1;ticos que claramente ejemplifican la idea al poseer todas o la mayor&#x00ED;a de las caracter&#x00ED;sticas t&#x00ED;picas de esa familia de objetos, hay casos lim&#x00ED;trofes que no comparten con el paradigma ni una sola caracter&#x00ED;stica pero s&#x00ED; con algunos parientes del paradigma, lo que los hacen merecedores de la misma denominaci&#x00F3;n.  </p>
			
			<p>El concepto de “muerte” podr&#x00ED;a pensarse de este modo: no existe ninguna condici&#x00F3;n (ni el funcionamiento integrado del organismo como conjunto, ni la cognici&#x00F3;n, ni la identidad personal…) cuya p&#x00E9;rdida implique necesaria y suficientemente la muerte. Tan solo hay condiciones cuya presencia en un individuo le hace m&#x00E1;s susceptible de pertenecer a la familia de los muertos. El caso paradigm&#x00E1;tico presentar&#x00ED;a todas ellas: p&#x00E9;rdida de la conciencia, p&#x00E9;rdida de la respiraci&#x00F3;n espont&#x00E1;nea, p&#x00E9;rdida del latido espont&#x00E1;neo, p&#x00E9;rdida del funcionamiento integrado, p&#x00E9;rdida de la capacidad de reproducci&#x00F3;n, p&#x00E9;rdida de la temperatura corporal, p&#x00E9;rdida de la capacidad para resistir a la entrop&#x00ED;a... Un cad&#x00E1;ver en descomposici&#x00F3;n ser&#x00ED;a el paradigma de la muerte, mientras que un ni&#x00F1;o jugando durante la hora del recreo podr&#x00ED;a ser un paradigma de vida. Entre ambos casos, hay individuos que participan en diferentes grados de la idea de muerte: un individuo en muerte cerebral, un paciente en parada cardiaca, un paciente con una insuficiencia respiratoria cr&#x00F3;nica, un individuo en estado vegetativo permanente, un individuo con s&#x00ED;ndrome de <italic>locked-in</italic><xref ref-type="fn" rid="NOTE23">23</xref>, un var&#x00F3;n est&#x00E9;ril... Seg&#x00FA;n Chiong, no es necesario tener todos los rasgos t&#x00ED;picos de los cad&#x00E1;veres para ser considerado como muerto. Esto justificar&#x00ED;a por qu&#x00E9; la muerte cerebral, a pesar de ser un estado compatible con la capacidad de reproducci&#x00F3;n, con la conservaci&#x00F3;n de algunas funciones integradoras, con el latido espont&#x00E1;neo, etc. se asimila a la muerte.  </p>
		
				<table-wrap id="T2">
				<label>Tabla II</label>
				<caption>
				<title> </title>
				</caption>
				 <table frame="hsides" rules="groups">
				<thead>
				<tr>
							<td>
								<p></p>
							</td>
							<td>
								<p>Conciencia</p>
							</td>
							<td>
								<p>Respiraci&#x00F3;n espont&#x00E1;nea</p>
							</td>
							<td>
								<p>Latido espont&#x00E1;neo</p>
							</td>
							<td>
								<p>Funcionamiento Integrado</p>
							</td>
							<td>
								<p>Capacidad Reproductiva</p>
							</td>
							<td>
								<p>Resististencia a la entrop&#x00ED;a</p>
							</td>
						</tr>
				</thead>
				<tbody>
				<tr>
							<td>
								<p>Cad&#x00E1;ver en Descomposici&#x00F3;n</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Parada cardiaca Irreversible</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Muerte Cerebral</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Estado Vegetativo Permanente</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Insuficiencia respiratoria cr&#x00F3;nica</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Locked-in</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
						<tr>
							<td>
								<p>Var&#x00F3;n est&#x00E9;ril</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
							<td>
							</td>
							<td>
								<p>&#x2714;</p>
							</td>
						</tr>
			 </tbody>
			 </table>
			 </table-wrap>

		</sec>
		
		
		<sec id="S14">
			<title>LOS PACIENTES EN MUERTE CEREBRAL NO EST&#x00C1;N MUERTOS PERO DEBE PERMITIRSE LA EXTRACCI&#x00D3;N DE SUS &#x00D3;RGANOS </title>
		
			<p>Me gustar&#x00ED;a terminar este art&#x00ED;culo exponiendo mi propia propuesta para afrontar los problemas relativos a la definici&#x00F3;n de la muerte. Consiste en desvincular claramente la cuesti&#x00F3;n sobre el estatus vital de la muerte cerebral de la cuesti&#x00F3;n sobre la licitud de la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos en ese tipo de pacientes, para discutir abiertamente la regla del donante fallecido. Gomila recuerda que somos los humanos, no la naturaleza, quienes necesitamos saber cu&#x00E1;ndo un paciente est&#x00E1; vivo y cu&#x00E1;ndo muerto (Gomila, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1999</xref>). Una raz&#x00F3;n por la que las sociedades quieren estar al tanto cuanto antes del momento en el que un paciente deja de estar vivo es que la muerte ha marcado hist&#x00F3;ricamente el comienzo de toda una serie de pr&#x00E1;cticas sociales, como el duelo, las autopsias, la inhumaci&#x00F3;n o, m&#x00E1;s recientemente, la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos. Pr&#x00E1;cticas que las intuiciones morales m&#x00E1;s comunes impedir&#x00ED;an realizar si se creyera que el paciente sigue estando vivo. Resulta interesante que, en el caso de la muerte cerebral, no ocurre que el diagn&#x00F3;stico legal de la muerte marque el pistoletazo de salida para que comience la mayor&#x00ED;a de esas pr&#x00E1;cticas. Casi todas se realizan solo despu&#x00E9;s de que se le interrumpe el respirador autom&#x00E1;tico al individuo y su actividad cardiaca cesa. Por ejemplo, nadie entierra a un paciente en muerte cerebral mientras su coraz&#x00F3;n late y conectado a un respirador... La extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos constituye en este sentido una excepci&#x00F3;n: comienza tan pronto como se certifica la muerte y se obtiene la autorizaci&#x00F3;n de la familia. La necesidad de extraer los &#x00F3;rganos mientras est&#x00E1;n siendo perfundidos por el coraz&#x00F3;n hace que no se pueda esperar hasta la parada cardiaca. Esta fue una de las razones que llevaron a la Comisi&#x00F3;n de Harvard a proponer un criterio de muerte que fuera compatible con la permanencia del ritmo card&#x00ED;aco. Otra raz&#x00F3;n fue la necesidad de interrumpir los respiradores autom&#x00E1;ticos para liberar las camas de esos pacientes y evitar medidas f&#x00FA;tiles sin que los m&#x00E9;dicos pudieran ser acusados de causar la muerte de sus pacientes (Arnold and Youngner, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">1993</xref>). Afortunadamente, las leyes han evolucionado desde los a&#x00F1;os 70 hasta permitir que los tratamientos f&#x00FA;tiles puedan ser interrumpidos en los pacientes <italic>antes </italic>de que mueran: ya no es necesario que alguien est&#x00E9; muerto para que sea l&#x00ED;cito interrumpirle un respirador autom&#x00E1;tico.  </p>
			
			<p>Un mismo tipo de razonamiento puede conducir a la siguiente interrogante: ¿acaso es necesario considerar que un paciente en muerte cerebral est&#x00E1; muerto para que sea leg&#x00ED;timo extraerle sus &#x00F3;rganos? Asimilar legalmente la muerte cerebral a la muerte puede servir para que quienes consideran que <italic>siempre es il&#x00ED;cito causar la muerte</italic> secunden las extracciones de &#x00F3;rganos de los pacientes con el cerebro irreversiblemente destruido. Llamar “muerto” a un paciente en muerte cerebral es una forma eficaz de encubrir el prop&#x00F3;sito utilitarista que impulsa a toda pol&#x00ED;tica de trasplantes de &#x00F3;rganos. La asimilaci&#x00F3;n de la muerte encef&#x00E1;lica a la “muerte” ha conseguido escamotear el debate bio&#x00E9;tico sobre la regla del donante fallecido. Pero llamar “muerto” a un individuo en muerte cerebral no ha servido ni para proteger a los pacientes, ni para respetar su autonom&#x00ED;a personal. Menos a&#x00FA;n para fomentar un debate p&#x00FA;blico en el que las diferentes concepciones de la muerte que articula la sociedad puedan ser escuchadas. Quienes han propuesto repensar la regla del donante fallecido han sugerido que lo que justifica la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos de pacientes que han perdido la mayor&#x00ED;a de sus funciones encef&#x00E1;licas no es la pretensi&#x00F3;n de que esos pacientes est&#x00E1;n realmente muertos, sino otra de car&#x00E1;cter moral. Ser&#x00ED;a seg&#x00FA;n ellos aceptable obviar esa regla cuando el donante, al tener severamente afectado su cerebro, ya no pudiera ser da&#x00F1;ado, y solo si hubiera dado por anticipado y de manera expl&#x00ED;cita su consentimiento para la extracci&#x00F3;n (Miller, Truog and Brock, 2010). En la pr&#x00E1;ctica, la regla del donante fallecido podr&#x00ED;a admitir excepciones en aquellos casos en los que el paciente se encuentre m&#x00E1;s all&#x00E1; de todo da&#x00F1;o posible<xref ref-type="fn" rid="NOTE24">24</xref>. La muerte cerebral, el estado vegetativo permanente y la anencefalia son tres diagn&#x00F3;sticos en los que existen altas probabilidades de que esta circunstancia se cumpla (Council on Ethical and Judicial Affairs, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">1995</xref>; Machado, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1999</xref>; The Multi-Society Task Force on PVS, <xref ref-type="bibr" rid="CIT47">1994a</xref>; The Multi-Society Task Force on PVS, <xref ref-type="bibr" rid="CIT48">1994b</xref>)<xref ref-type="fn" rid="NOTE25">25</xref>. Con la excepci&#x00F3;n del diagn&#x00F3;stico de anencefalia, en el que no se puede obtener el consentimiento previo del donante —lo cual exigir&#x00ED;a obtener una autorizaci&#x00F3;n de los responsables legales— en los dem&#x00E1;s casos la donaci&#x00F3;n ser&#x00ED;a aceptable si el propio paciente hubiera dado su consentimiento expl&#x00ED;cito. Las nociones morales de da&#x00F1;o y de consentimiento informado forman parte del tipo apropiado de argumento para justificar las pol&#x00ED;ticas de trasplante de &#x00F3;rganos al plantear con franqueza el debate en t&#x00E9;rminos morales. Resulta esto m&#x00E1;s conveniente que hacerlo de acuerdo a una distinci&#x00F3;n de pretendido car&#x00E1;cter natural, aparentemente s&#x00F3;lida, pero conceptualmente ruinosa. Por otro lado, se evita de este modo recurrir a criterios arbitrarios, como lo “socialmente aceptado”, para distinguir a los muertos de los vivos.  </p>
		</sec>
		
		
		<sec id="S15">
			<title>CONCLUSIONES Y PREGUNTAS NO RESPONDIDAS</title>
		
			<p>La propuesta que he defendido en este art&#x00ED;culo asume el car&#x00E1;cter borroso e incierto del estatus vital de los pacientes en muerte cerebral a la vez que reconoce el valor moral y pol&#x00ED;tico del pluralismo. Sin embargo, deja abierta la cuesti&#x00F3;n sobre el alcance y los l&#x00ED;mites de ese pluralismo. Habilita un espacio para el pluralismo en lo concerniente a la decisi&#x00F3;n sobre la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos, pero niega la oportunidad de que la l&#x00ED;nea que traza una separaci&#x00F3;n entre la vida y la muerte se decida por consideraciones morales camufladas con un discurso cient&#x00ED;fico. Al mismo tiempo, reconoce que la muerte tiene un car&#x00E1;cter gradual, que la muerte encef&#x00E1;lica guarda cierto parecido de familia con el paradigma de la muerte y que su diagn&#x00F3;stico depende tanto de juicios descriptivos como de juicios normativos. Esto puede parecer contradictorio. En realidad, mi propuesta deja sin responder la pregunta de cu&#x00E1;ndo alguien ha muerto y, si bien me he pronunciado en contra de la asimilaci&#x00F3;n de la muerte encef&#x00E1;lica a la muerte humana, solo lo he hecho sobre la base de los intentos fracasados de establecer tal ecuaci&#x00F3;n a partir de premisas biol&#x00F3;gicas. En &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino, se sugiere qu&#x00E9; no es la muerte, pero no se se&#x00F1;ala qu&#x00E9; condici&#x00F3;n s&#x00ED; lo es. La cuesti&#x00F3;n sobre el diagn&#x00F3;stico queda pospuesta ante una reconocida incapacidad por establecer objetivamente una frontera dicot&#x00F3;mica en el continuo de degradaci&#x00F3;n celular y p&#x00E9;rdida progresiva de funciones en que consiste el morir.  </p>
			
			<p>Mi propuesta s&#x00ED; ofrece, en cambio, una justificaci&#x00F3;n moral de la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos, basada en las nociones de da&#x00F1;o y de consentimiento. Diferenciar lo permitido de lo prohibido sobre la base de un criterio moral, evidentemente, plantea riesgos y retos. Una posible objeci&#x00F3;n a este planteamiento es que todo fundamento moral resulta tan endeble como uno de tipo pseudocient&#x00ED;fico. Sin embargo, la fragilidad de este tipo de propuestas es al menos lo suficientemente expl&#x00ED;cita como para evitar que el debate se cierre antes de que haya tenido lugar. </p>
				 
		</sec>
		
	</body>

	<back>
	
	
		<ack>
			<title>AGRADECIMIENTOS</title>
				<p>Este art&#x00ED;culo ha sido escrito con apoyo del proyecto KONTUZ! (Plan Nacional de I+D+i, Subprograma de Proyectos de Investigaci&#x00F3;n Fundamental no Orientada - FFI2011-24414).</p>
		</ack>
	
	
		<sec id="notas">
			 <title>NOTAS</title>
			 <fn-group>
			  <fn id="NOTE01"><label>1</label><p>Desde la teor&#x00ED;a de la termodin&#x00E1;mica, Van Hooft estima que “un organismo vivo es un sistema negentr&#x00F3;pico que realiza intercambios metab&#x00F3;licos y de informaci&#x00F3;n con su ambiente” (Van-Hooft, <xref ref-type="bibr" rid="CIT50">2004</xref>, 148).</p></fn>
			  <fn id="NOTE02"><label>2</label><p><italic>REAL DECRETO 2070/1999, de 30 de diciembre, Art&#x00ED;culo 10. Extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos de fallecidos: condiciones y requisitos.</italic></p></fn>
			  <fn id="NOTE03"><label>3</label><p>Ibid.</p></fn>
			  <fn id="NOTE04"><label>4</label><p>Se trata de una decisi&#x00F3;n sobre aquello que es esencial para la vida, cuya p&#x00E9;rdida constituye por tanto la muerte de la persona. Tal decisi&#x00F3;n justifica por qu&#x00E9; alguien es considerado muerto a pesar de que persistan en su organismo otras actividades (Gervais, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1986</xref>, 2-5).</p></fn>
			  <fn id="NOTE05"><label>5</label><p><italic>Pollice verso </italic>es el gesto con el pu&#x00F1;o cerrado y el pulgar hacia abajo con el que el p&#x00FA;blico del circo romano expresaba su deseo de que se diera muerte a un gladiador.</p></fn>
			  <fn id="NOTE06"><label>6</label><p>La isquemia es la degradaci&#x00F3;n celular resultante a la falta de ox&#x00ED;geno en &#x00F3;rganos y tejidos.</p></fn>
			  <fn id="NOTE07"><label>7</label><p>Seg&#x00FA;n Bernat y sus colaboradores, las implicaciones de ese concepto supuestamente com&#x00FA;n de la muerte (<italic>supuestamente</italic>, porque ellos no dispon&#x00ED;an en ese momento de ning&#x00FA;n estudio emp&#x00ED;rico que hubiera avalado ese concepto de la muerte, que ellos atribu&#x00ED;an al concepto com&#x00FA;nmente aceptado) son las siguientes:  </p>
			  
			  <p>- Que solo los organismos vivos pueden morir; </p>
			  
			  <p>- Que los vivos pueden distinguirse con fiabilidad de los muertos; </p>
			  
			  <p>- Que el momento en que un organismo deja de estar vivo y empieza a estar muerto puede ser identificado; </p>
			  
			  <p>- Que durante alg&#x00FA;n tiempo despu&#x00E9;s de la muerte, el cuerpo permanece intacto, e incluso algunas partes del organismo contin&#x00FA;an funcionando; </p>
			  
			  <p>- Que la concepci&#x00F3;n com&#x00FA;n de la muerte tiene un car&#x00E1;cter sist&#x00E9;mico, es decir, que en su definici&#x00F3;n de la muerte, las personas se refieren generalmente a la muerte de un organismo <italic>como un todo</italic>,<italic> </italic>o en tanto que conjunto, y no a la muerte de <italic>todo </italic>el organismo, es decir, a la muerte de todos sus tejidos y &#x00F3;rganos (<italic>death of the organism as a whole </italic>vs <italic>death of the whole organism</italic>), o —se&#x00F1;alan los autores— a la interacci&#x00F3;n de los subsistemas”. (Bernat et al., <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1981</xref>, 390).</p></fn>
			  
			  <fn id="NOTE08"><label>8</label><p>Widjicks ha mostrado una asombrosa variabilidad entre las legislaciones de diferentes pa&#x00ED;ses con respecto a las pruebas requeridas para determinar la muerte cerebral (Wijdicks, <xref ref-type="bibr" rid="CIT53">2002</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE09"><label>9</label><p>Un debate pormenorizado de todas las propuestas relativas a la muerte cerebral puede encontrarse en (Youngner, Arnold and Schapiro, <xref ref-type="bibr" rid="CIT55">1999</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE10"><label>10</label><p>Se ha demostrado emp&#x00ED;ricamente que ciertas funciones integradoras no radican en el cerebro. Por ejemplo la funci&#x00F3;n cardiaca, que depende del sistema nervioso aut&#x00F3;nomo (Halevy and Brody, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1993</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE11"><label>11</label><p>No es necesario que se haya destruido toda actividad en el cerebro para que alguien est&#x00E9; en muerte cerebral. Lo importante, se dice, es que esa actividad no est&#x00E9; organizada (Bernat, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">1992</xref>). Sin embargo, se ha demostrado que el cerebro de una persona correctamente diagnosticada en muerte cerebral conserva ciertas funciones integradoras. M&#x00E1;s importante a&#x00FA;n es que algunas de esas funciones tienen precisamente un papel integrador en el resto del organismo (Halevy and Brody, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1993</xref>). Por otro lado, el neur&#x00F3;logo y bio&#x00E9;tico Alan Shewmon ha identificado que varias funciones integradoras no radican en el cerebro ni est&#x00E1;n mediadas por &#x00E9;l. Este autor menciona una serie de ejemplos de funciones que son predicables del conjunto del organismo, y que, de hecho, son condiciones y consecuencias de su funcionamiento integrado, pero que est&#x00E1;n presentes en pacientes diagnosticados en muerte cerebral: homeostasis, eliminaci&#x00F3;n, desintoxicaci&#x00F3;n y reciclaje del desgaste celular, equilibrio de la energ&#x00ED;a (interacci&#x00F3;n entre el h&#x00ED;gado, el sistema endocrino, los m&#x00FA;sculos y la grasa), cicatrizaci&#x00F3;n de las heridas, lucha contra las infecciones (interacci&#x00F3;n entre el sistema linf&#x00E1;tico, inmunol&#x00F3;gico, la m&#x00E9;dula &#x00F3;sea y el sistema vascular), desarrollo de respuesta febril ante las infecciones, gestaci&#x00F3;n exitosa de un feto en una mujer, maduraci&#x00F3;n sexual en el caso de los ni&#x00F1;os, crecimiento, respuesta hormonal y cardiovascular en el momento de la incisi&#x00F3;n sin anestesia durante la extracci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos (Shewmon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT39">2001</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE12"><label>12</label><p>Shewmon ha tratado al menos 37 ni&#x00F1;os en muerte cerebral cuyos padres rechazaban el criterio de muerte cerebral y decidieron mantenerlos conectados a un respirador. M&#x00E1;s de la mitad de esos pacientes “sobrevivieron” m&#x00E1;s de un mes y un tercio m&#x00E1;s de dos. Siete “sobrevivieron” m&#x00E1;s de seis meses y cuatro m&#x00E1;s de un a&#x00F1;o. El que m&#x00E1;s tiempo “sobrevivi&#x00F3;” lo hizo durante m&#x00E1;s de 15 a&#x00F1;os. Por lo tanto, la idea sobre el pron&#x00F3;stico catastr&#x00F3;fico a corto plazo en que se basa la concepci&#x00F3;n naturalista, es una idea err&#x00F3;nea (Shewmon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT40">1998</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE13"><label>13</label><p>En Jap&#x00F3;n, los pacientes en muerte cerebral son por defecto consideradas como vivas, a no ser que el propio paciente hubiera decidido ser considerado como muerto y sus familiares est&#x00E9;n de acuerdo (Bagheri, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2007</xref>; Lock, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">1999</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE14"><label>14</label><p>A los individuos competentes se les reconoce un derecho a elegir el trato que la medicina les debe ofrecer una vez que hayan perdido su capacidad para tomar decisiones. La ley b&#x00E1;sica 41/2002 reguladora de la autonom&#x00ED;a del paciente da cuenta de ello a trav&#x00E9;s de las instrucciones previas. Tambi&#x00E9;n se reconoce el derecho a aceptar la donaci&#x00F3;n de &#x00F3;rganos.</p></fn>
			  <fn id="NOTE15"><label>15</label><p>Este tema lo ha abordado sobre todo en (Putnam, <xref ref-type="bibr" rid="CIT33">2004</xref>). Putnam atribuye el origen de la dicotom&#x00ED;a a la cr&#x00ED;tica que Hume hace de la inferencia que lleva del <italic>es </italic>al <italic>debe</italic>; y a positivistas l&#x00F3;gicos como Carnap (Cap&#x00ED;tulo I).</p></fn>
			  <fn id="NOTE16"><label>16</label><p>Putnam sit&#x00FA;a el origen de esta creencia en la concepci&#x00F3;n de la verdad como representaci&#x00F3;n o copia (lo que Rorty dio en llamar el Espejo de la Naturaleza). El argumento ser&#x00ED;a el siguiente: si lo verdadero solo puede ser copia o representaci&#x00F3;n, y los valores no representan nada, los valores no pueden ser objetivos y no se puede decir de los enunciados morales que sean verdaderos ni falsos (Putnam, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">1981</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE17"><label>17</label><p>Estos ejemplos pueden encontrarse en (Baggini and Fosl, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">2007</xref>, 119 y ss).</p></fn>
			  <fn id="NOTE18"><label>18</label><p>Para desmantelar la dicotom&#x00ED;a hechos-valores, Putnam se ocupa m&#x00E1;s de demostrar que los enunciados cient&#x00ED;ficos incorporan valores —en particular valores epist&#x00E9;micos— que de demostrar que los enunciados morales son objetivos.</p></fn>
			  <fn id="NOTE19"><label>19</label><p>Lo que justificar&#x00ED;a el criterio cardiorrespiratorio y el criterio de muerte encef&#x00E1;lica (<italic>whole brain death</italic>), es que solo en esos casos se da una p&#x00E9;rdida irreversible del funcionamiento integrado del organismo como conjunto; lo que justificar&#x00ED;a el criterio de muerte cortical (<italic>higher brain</italic>)<italic> </italic>es que las funciones corticales son necesarias y suficientes para conservar lo esencial de la vida humana (o para conservar lo que es moralmente esencial para la vida humana), a saber, la conciencia y la cognici&#x00F3;n.</p></fn>
			  <fn id="NOTE20"><label>20</label><p>J. Botkin y S. Post citan a Ladd como el primero en haber intentado entender la muerte cerebral sin hacerlo a partir de una definici&#x00F3;n que reuniera las condiciones necesarias y suficientes (Botkin and Post, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1992</xref>). M&#x00E1;s recientemente, W. Chiong, ha reabierto esta v&#x00ED;a como posible explicaci&#x00F3;n de la muerte cerebral (Chiong, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE21"><label>21</label><p>El concepto de “droga” aglutina un conjunto tan heterog&#x00E9;neo de sustancias que es dif&#x00ED;cil encontrar un solo rasgo que todas tengan en com&#x00FA;n: algunas son legales y otras no lo son, algunas producen un efecto relajante y otras un efecto excitante, algunas agudizan la percepci&#x00F3;n y otras la distorsionan, algunas pueden matar y otras no, algunas crean adicci&#x00F3;n y otras no…</p></fn>
			  <fn id="NOTE22"><label>22</label><p>El gobierno franc&#x00E9;s se ha enfrentado a problemas similares de definici&#x00F3;n cuando ha querido prohibir las “sectas”. En el informe de expertos que pidi&#x00F3; el gobierno franc&#x00E9;s, se mostr&#x00F3; que las organizaciones religiosas sospechosas de merecer el calificativo de secta eran de naturaleza, m&#x00E9;todos, objetivos y dimensiones muy variables. Por otro lado, se comprob&#x00F3; que muchas organizaciones religiosas de reconocido prestigio compart&#x00ED;an algunos rasgos supuestamente caracter&#x00ED;sticos de las agrupaciones sectarias. La dificultad con la que se enfrent&#x00F3; el gobierno franc&#x00E9;s fue ofrecer una definici&#x00F3;n de secta que incluyera a todas las organizaciones perniciosas y solo a ellas. El informe presentado al Presidente de la Rep&#x00FA;blica sobre la <italic>Misi&#x00F3;n interministerial de vigilancia y lucha contra las derivas sectarias </italic>puede consultarse<italic> </italic>en http://www.ladocumentationfracaise.fr/rapports-publics/134000269/index.shtml (19/07/2013).</p></fn>
			  <fn id="NOTE23"><label>23</label><p>Este estado se caracteriza por un da&#x00F1;o del tronco cerebral que impide la comunicaci&#x00F3;n y el movimiento de todo el cuerpo, pero que es compatible con la permanencia de la conciencia. En espa&#x00F1;ol, se traduce como “s&#x00ED;ndrome de encarcelamiento” (Allen, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1993</xref>).</p></fn>
			  <fn id="NOTE24"><label>24</label><p>Entiendo por da&#x00F1;o toda carencia severa que implique un debilitamiento necesario del bienestar y de la satisfacci&#x00F3;n de una necesidad b&#x00E1;sica para un individuo determinado: alimento, agua, cobijo, y una protecci&#x00F3;n b&#x00E1;sica de salud. Alguien se encontrar&#x00ED;a m&#x00E1;s all&#x00E1; de todo da&#x00F1;o posible cuando hubiese perdido de forma definitiva la capacidad de experimentar en primera persona carencias de ese tipo. Tambi&#x00E9;n cuando, a pesar de conservar la capacidad para experimentar un da&#x00F1;o, hubiese consentido libremente a que se le anestesiara para no percibirlo.</p></fn>
			  <fn id="NOTE25"><label>25</label><p>A pesar de las reiteradas propuestas que ha habido para integrar tanto a pacientes en estado vegetativo como a beb&#x00E9;s anencef&#x00E1;licos en la categor&#x00ED;a de donantes potenciales (Hoffenberg et al., <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1997</xref>; Truog and Fletcher, <xref ref-type="bibr" rid="CIT49">1990</xref>), siguen persistiendo dudas al respecto, motivadas en gran medida por la sospecha de que el aumento de &#x00F3;rganos disponibles gracias a esos pacientes no ser&#x00ED;a lo suficientemente importante como para justificar el posible riesgo que un necesario cambio en la definici&#x00F3;n y los criterios para determinar la muerte podr&#x00ED;a acarrear para la sociedad (Shewmon, Capron, Peacock and Schulman, <xref ref-type="bibr" rid="CIT341">1989</xref>). Verheijde y otros se refieren a diferentes estudios que sugieren la ausencia de certeza sobre la supuesta p&#x00E9;rdida total y definitiva de conciencia en los individuos en muerte encef&#x00E1;lica, lo que implicar&#x00ED;a que incluso esos individuos podr&#x00ED;an requerir anestesia en el momento de la extracci&#x00F3;n (Verheijde and Rady, <xref ref-type="bibr" rid="CIT52">2011</xref>).</p></fn>	  
	  
	 
			</fn-group>
		</sec>

		<ref-list>
			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>

			<ref id="CIT01">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <collab>Ad Hoc Committee of the Harvard Medical School to Examine the Definition of Brain Death</collab>
			  <year>1968</year>
			  <article-title>A definition of irreversible coma. Report of the Ad Hoc Committee of the Harvard Medical School to Examine the Definition of Brain Death</article-title>
			  <source>Jama</source> 
			  <volume>205</volume>
			  <issue>6</issue>
			  <fpage>337</fpage>
			  <lpage>340</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT02"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Allen</surname>
				  <given-names>C. M.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1993</year>  
			  <article-title>Conscious but paralysed: releasing the locked-in</article-title> 
			  <source>Lancet</source> 
			  <volume>342</volume>
			  <issue>8864</issue>
			  <fpage>130</fpage>
			  <lpage>131</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT03">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R. M.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>1993</year>  
			  <article-title>The dead donor rule: should we stretch it, bend it, or abandon it?</article-title> 
			  <source>Kennedy Inst Ethics J</source> 
			  <volume>3</volume>
			  <issue>2</issue>  
			  <fpage>263</fpage>
			  <lpage>278</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT04">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Baggini</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Fosl</surname>
				  <given-names>P.S.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>2007</year>
			  <source>The ethics toolkit</source>
			  <publisher-loc>Cambridge</publisher-loc>
			  <publisher-name>Blackwell</publisher-name>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT05">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bagheri</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2007</year>  
			  <article-title>Individual choice in the definition of death</article-title> 
			  <source>J Med Ethics</source> 
			  <volume>33</volume>
			  <issue>3</issue>
			  <fpage>146</fpage>
			  <lpage>149</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT06">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bernat</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>2010</year>
			  <article-title>Brain death is a scientific concept</article-title> 
			  <source>Lancet</source> 
			  <volume>375</volume>
			  <issue>9714</issue>
			  <fpage>554</fpage>
			  <comment>author reply</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT07">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bernat</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>2013</year>
			  <article-title>Determining Death in Uncontrolled DCDD Organ Donors</article-title> 
			  <source>The Hastings Center report</source> 
			  <volume>43</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>30</fpage>
			  <lpage>3</lpage>  
			  <comment>Epub 2013/01/15</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT08">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bernat</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>1992</year>
			  <article-title>How much of the brain must die in brain death?</article-title> 
			  <source>The Journal of clinical ethics</source> 
			  <volume>3</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>21</fpage>
			  <lpage>6</lpage>  
			  <comment>discussion 7-8</comment>
			</element-citation>
			</ref>


			<ref id="CIT09">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bernat</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <chapter-title>Refinements in the definition and criterion of death</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Schapiro</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	  	    	  
			  </person-group>  
			  <source>The definition of death: contemporary controversies</source>
			  <publisher-name>The Johns Hopkins University Press</publisher-name>
			  <publisher-loc>Baltimore</publisher-loc>
			  <comment>pp. 83-92</comment>  
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT10"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Bernat</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Culver</surname>
				  <given-names>C. M.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>	    	  	  
			  </person-group>
			  <year>1981</year>
			  <article-title>On the definition and criterion of death</article-title> 
			  <source>Ann Intern Med</source> 
			  <volume>94</volume>
			  <issue>3</issue>
			  <fpage>389</fpage>
			  <lpage>394</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>


			<ref id="CIT11">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Botkin</surname>
				  <given-names>J. R.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Post</surname>
				  <given-names>S. G.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1992</year>
			  <article-title>Confusion in the determination of death: distinguishing philosophy from physiology</article-title> 
			  <source>Perspect Biol Med</source> 
			  <volume>36</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>129</fpage>
			  <lpage>138</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT12">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Capron</surname>
				  <given-names>A. M. </given-names>
				  </name>	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <chapter-title>The bifurcated legal standard for determining death: does it work?</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Schapiro</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	  	    	  
			  </person-group>  
			  <source>The definition of death: contemporary controversies</source>
			  <publisher-name>The Johns Hopkins University Press</publisher-name>
			  <publisher-loc>Baltimore</publisher-loc>
			  <comment>pp. 117-136</comment>  
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT13">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <collab>Council on Ethical and Judicial Affairs AMA</collab>	    	  	  
			  <year>1995</year>
			  <article-title>The use of anencephalic neonates as organ donors</article-title> 
			  <source>JAMA: the journal of the American Medical Association</source> 
			  <volume>273</volume>
			  <issue>20</issue>
			  <fpage>1614</fpage>
			  <lpage>8</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT14">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Chiong</surname>
				  <given-names>W.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>
			  <year>2005</year>  
			  <article-title>Brain death without definitions</article-title> 
			  <source>Hastings Cent Rep</source> 
			  <volume>35</volume>
			  <issue>6</issue>
			  <fpage>20</fpage>
			  <lpage>30</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT15">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Escalante</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1996</year>
			  <chapter-title>La definici&#x00F3;n de la muerte</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Gafo</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>	    	  
			  </person-group>  
			  <source>Trasplante de &#x00F3;rganos: problemas t&#x00E9;cnicos, &#x00E9;ticos y legales</source>
			  <publisher-name>Universidad Pontificia de Comillas</publisher-name>
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <comment>pp. 53-74</comment>  
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT16">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Gervais</surname>
				  <given-names>K.</given-names>
				  </name> 
			  </person-group>
			  <year>1986</year>  
			  <source>Redefining Death</source>  
			  <publisher-name>Yale University Press</publisher-name>
			  <publisher-loc>New Haven</publisher-loc>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT17">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Gomila</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>  		   	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <source>C&#x00F3;mo se viene la muerte</source>  
			  <publisher-name>Universidad de la Laguna</publisher-name>
			  <comment>Volumen extraordinario, pp. 337-347</comment>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT18">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Green</surname>
				  <given-names>M. B.</given-names>
				  </name>  	
				  <name>
				  <surname>Wikler</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>  	  	   	  
			  </person-group>
			  <year>1980</year>
			  <article-title>Brain death and personal identity</article-title>
			  <source>Philos Public Aff</source>  
			  <volume>9</volume>
			  <issue>2</issue>
			  <fpage>105</fpage>
			  <lpage>133</lpage> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT19">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Halevy</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>  
				  <name>
				  <surname>Brody</surname>
				  <given-names>B.</given-names>
				  </name>  	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1993</year>
			  <article-title>Brain death: reconciling definitions, criteria, and tests</article-title>
			  <source>Ann Intern Med</source>  
			  <volume>119</volume>
			  <issue>6</issue>
			  <fpage>519</fpage>
			  <lpage>525</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT20">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Herpin</surname>
				  <given-names>N.</given-names>
				  </name>  	
				  <name>
				  <surname>Paterson</surname>
				  <given-names>F.</given-names>
				  </name>  	  		  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2000</year>
			  <chapter-title>Le don d'organes et la perception de la mort par les Français: les syst&#x00E9;mistes et les int&#x00E9;gralistes</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Carvais</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Sasportes</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name>	    	  
			  </person-group>  
			  <source>La greffe humaine</source>
			  <publisher-name>PUF</publisher-name>
			  <publisher-loc>Paris</publisher-loc>
			  <comment>pp.789-814</comment>  
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT21">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Hoffenberg</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Lock</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Tilney</surname>
				  <given-names>N.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Casabona</surname>
				  <given-names>C.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Daar</surname>
				  <given-names>A. S.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Guttmann</surname>
				  <given-names>R. D.</given-names>
				  </name>	
				  <etal/>	   	  	 	   
			  </person-group>
			  <year>1997</year>  
			  <article-title>Should organs from patients in permanent vegetative state be used for transplantation? International Forum for Transplant Ethics</article-title>
			  <source>Lancet</source>
			  <volume>350</volume>
			  <issue>9087</issue>
			  <fpage>1320</fpage>
			  <lpage>1</lpage>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT22">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Lane</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Westbrook</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name> 	    
				  <etal/>	
			  </person-group>
			  <year>2004</year>    
			  <article-title>Maternal brain death: medical, ethical and legal issues</article-title>
			  <source>Intensive Care Med</source>
			  <volume>30</volume>
			  <issue>7</issue>  
			  <fpage>1484</fpage>
			  <lpage>1486</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT23">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Lock</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name>  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <chapter-title>The problem of brain death: Japenese disputes about bodies and modernity</chapter-title>
			 <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Schapiro</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	  	    	  
			  </person-group>
			  <source>The definition of death: contemporary controversies</source> 
			  <publisher-loc>Baltimore</publisher-loc>
			  <publisher-name>The Johns Hopkins University Press</publisher-name>
			  <comment>pp. 239-256</comment> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT24">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Lock</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name> 		  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2002</year>
			  <source>Twice Dead. Organ transplants and the reinvention of death</source> 
			  <publisher-loc>London</publisher-loc>
			  <publisher-name>University of California Press</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT25">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Machado</surname>
				  <given-names>C.</given-names>
				  </name> 
			  </person-group>
			  <year>1999</year>    
			  <article-title>Consciousness as a definition of death: its appeal and complexity</article-title>
			  <source>Clin Electroencephalogr</source>
			  <volume>30</volume>
			  <issue>4</issue>  
			  <fpage>156</fpage>
			  <lpage>64</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT26">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Machado</surname>
				  <given-names>C.</given-names>
				  </name>    	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2005</year>
			  <article-title>The first organ transplant from a brain-dead donor</article-title>
			  <source>Neurology</source> 
			  <volume>64</volume>
			  <issue>11</issue>  
			  <fpage>1938</fpage>
			  <lpage>1942</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT27">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Molina</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>   
				  <name>
				  <surname>Rodr&#x00ED;guez-Arias</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>	     	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2008</year>
			  <article-title>Should individuals choose their definition of death?</article-title>
			  <source>Journal of medical ethics</source> 
			  <volume>34</volume>
			  <issue>9</issue>    
			  <fpage>688</fpage>
			  <lpage>9</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT28">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Mollaret</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Goulon</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name> 	     	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1959</year>
			  <article-title>Le coma d&#x00E9;pass&#x00E9;</article-title>
			  <source>Rev Neurol</source>
			  <volume>101</volume>
			  <fpage>3</fpage>
			  <lpage>15</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT29">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Munjal</surname>
				  <given-names>K. G.</given-names>
				  </name>  
				  <name>
				  <surname>Wall</surname>
				  <given-names>S. P.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Goldfrank</surname>
				  <given-names>L. R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Gilbert</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Kaufman</surname>
				  <given-names>B. J.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Dubler</surname>
				  <given-names>N. N.</given-names>
				  </name>		  	  	  	      	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2013</year>
			  <article-title>A rationale in support of uncontrolled donation after circulatory determination of death</article-title>
			  <source>The Hastings Center report</source> 
			  <volume>43</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>19</fpage>
			  <lpage>26</lpage>
			  <comment>Epub 2012/12/21</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT30">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Nelson</surname>
				  <given-names>H. L.</given-names>
				  </name>    	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1994</year>
			  <article-title>The architect and the bee: some reflections on postmortem pregnancy</article-title>
			  <source>Bioethics</source> 
			  <volume>8</volume>
			  <issue>3</issue>  
			  <fpage>247</fpage>
			  <lpage>267</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT31">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <collab>President's Commission for the Study of Ethical Problems in Medicine and Biomedical and Behavioral Research</collab>
			  <year>1981</year>
			  <article-title>Guidelines for the determination of death. Report of the medical consultants on the diagnosis of death to the President's Commission for the Study of Ethical Problems in Medicine and Biomedical and Behavioral Research</article-title>
			  <source>Jama</source> 
			  <volume>246</volume>
			  <issue>19</issue>   
			  <fpage>2184</fpage>
			  <lpage>2186</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT32">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Putnam</surname>
				  <given-names>H.</given-names>
				  </name>    	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1981</year>
			  <chapter-title>Hecho y valor</chapter-title>
			  <source>Raz&#x00F3;n, verdad e historia</source> 
			  <publisher-loc>Madrid</publisher-loc>
			  <publisher-name>Tecnos</publisher-name>
			  <comment>pp. 132-152</comment>
			</element-citation>
			</ref>
			 
			<ref id="CIT33">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Putnam</surname>
				  <given-names>H.</given-names>
				  </name>    	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2004</year>
			  <source>El desplome de la dicotom&#x00ED;a hecho-valor y otros ensayos</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Paid&#x00F3;s</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT34">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Robertson</surname>
				  <given-names>J. A.</given-names>
				  </name>    	  	   	  			  	  	  	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <article-title>The dead donor rule</article-title>
			  <source>Hastings Cent Rep</source> 
			  <volume>29</volume>
			  <issue>6</issue>   
			  <fpage>6</fpage>
			  <lpage>14</lpage>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT35">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Rodr&#x00ED;guez-Arias</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>  
				  <name>
				  <surname>Molina</surname>
				  <given-names>A.</given-names>
				  </name>  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2007</year>  
			  <article-title>Pluralismo en torno al significado de la muerte cerebral y/o revisi&#x00F3;n de la regla del donante fallecido</article-title>
			  <source>Laguna</source>
			  <volume>21</volume>
			  <fpage>65</fpage>   
			  <lpage>80</lpage> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT36">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Rodr&#x00ED;guez-Arias</surname>
				  <given-names>D.</given-names>
				  </name>  
				  <name>
				  <surname>Deballon</surname>
				  <given-names>I. O.</given-names>
				  </name>  	  	  
			  </person-group>
			  <year>2012</year>  
			  <article-title>Protocols for uncontrolled donation after circulatory death</article-title>
			  <source>Lancet</source>
			  <volume>379</volume>
			  <issue>9823</issue>
			  <fpage>1275</fpage>   
			  <lpage>6</lpage> 
			  <comment>Epub 2012/04/10</comment>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT37">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Rorty</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>	  
			  <year>2000</year> 
			  <source>El pragmatismo, una versi&#x00F3;n</source>
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Ariel</publisher-name>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT38">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Schwartz</surname>
				  <given-names>P. H.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>	  
			  <year>2007</year> 
			  <chapter-title>Decision and discovery in defining 'disease'</chapter-title>
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Kincaid</surname>
				  <given-names>H.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>McKitrick</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>	  
			  </person-group>  
			  <source>Establishing medical reality. Essays in the metaphysicis and epistemology of biomedical science</source>
			  <publisher-loc>Dordrecht</publisher-loc>
			  <publisher-name>Springer</publisher-name>
			  <comment>pp. 47-63</comment>
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT39">
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Shewmon</surname>
				  <given-names>A. D.</given-names>
				  </name>    	  
			  </person-group>
			  <year>2001</year>  
			  <article-title>The brain and somatic integration: insights into the standard biological rationale for equating "brain death" with death”</article-title>
			  <source>J Med Philos</source>
			  <volume>26</volume>
			  <issue>5</issue>
			  <fpage>457</fpage>   
			  <lpage>78</lpage> 
			</element-citation> 
			</ref>

			<ref id="CIT40"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Shewmon</surname>
				  <given-names>A. D.</given-names>
				  </name>    	  
			  </person-group>
			  <year>1998</year>
			  <article-title>Chronic ‘brain death’: meta-analysis and conceptual consequences</article-title>
			  <source>Neurology</source> 
			  <volume>51</volume>
			  <issue>6</issue>
			  <fpage>1538</fpage>   
			  <lpage>1545</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT41"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Shewmon</surname>
				  <given-names>D. A.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Capron</surname>
				  <given-names>A. M.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Peacock</surname>
				  <given-names>W. J.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Schulman</surname>
				  <given-names>B. L.</given-names>
				  </name> 	  	  	     	  
			  </person-group>
			  <year>1989</year>
			  <article-title>The use of anencephalic infants as organ sources. A critique</article-title>
			  <source>JAMA: the journal of the American Medical Association</source> 
			  <volume>261</volume>
			  <issue>12</issue>
			  <fpage>1773</fpage>   
			  <lpage>81</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT42"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Singer</surname>
				  <given-names>P.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>1997</year>  
			  <source>Repensar la vida y la muerte. El derrumbe de nuestra &#x00E9;tica tradicional</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Paid&#x00F3;s</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT43"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Siegler</surname>
					  <given-names>M.</given-names>
				  </name>
				  <name>
					  <surname>Wikler</surname>
					  <given-names>D.</given-names>
				  </name>  	  
			  </person-group>
			  <year>1982</year>
			  <article-title>Brain death and live birth</article-title>
			  <source>Jama</source> 
			  <volume>248</volume>
			  <issue>9</issue>
			  <fpage>1101</fpage>   
			  <lpage>1102</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT44"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Siminoff</surname>
					  <given-names>L. A.</given-names>
				  </name>
				  <name>
					  <surname>Burant</surname>
					  <given-names>C.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>
			  </person-group>
			  <year>2004</year>
			  <article-title>Death and organ procurement: public beliefs and attitudes</article-title>
			  <source>Soc Sci Med</source> 
			  <volume>59</volume>
			  <issue>11</issue>
			  <fpage>2325</fpage>   
			  <lpage>2334</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT45"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Slettedal</surname>
					  <given-names>J. K.</given-names>
				  </name>
				  <name>
					  <surname>Lyberg</surname>
					  <given-names>T.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>
			  </person-group>
			  <year>2007</year>
			  <article-title>Regeneration of the epithelium in organ-cultured donor corneas with extended post-mortem time</article-title>
			  <source>Acta Ophthalmol Scand</source> 
			  <volume>85</volume>
			  <issue>4</issue>
			  <fpage>371</fpage>   
			  <lpage>376</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT46"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Spike</surname>
				  <given-names>J.</given-names>
				  </name>    	  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <article-title>Brain death, pregnancy, and posthumous motherhood</article-title>
			  <source>J Clin Ethics</source> 
			  <volume>10</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>57</fpage>   
			  <lpage>65</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT47"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <collab>The Multi-Society Task Force on PVS</collab>
			  <year>1994a</year>
			  <article-title>Medical aspects of the persistent vegetative state (1)</article-title>
			  <source>The New England journal of medicine</source> 
			  <volume>330</volume>
			  <issue>21</issue>
			  <fpage>1499</fpage>   
			  <lpage>1508</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT48"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <collab>The Multi-Society Task Force on PVS</collab>
			  <year>1994b</year>
			  <article-title>Medical aspects of the persistent vegetative state (2)</article-title>
			  <source>The New England journal of medicine</source> 
			  <volume>330</volume>
			  <issue>22</issue>
			  <fpage>1572</fpage>   
			  <lpage>9</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT49"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Truog</surname>
				  <given-names>R. D.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Fletcher</surname>
				  <given-names>J. C.</given-names>
				  </name> 
			  </person-group>
			  <year>1990</year>
			  <article-title>Brain death and the anencephalic newborn</article-title>
			  <source>Bioethics</source> 
			  <volume>4</volume>
			  <issue>3</issue>
			  <fpage>199</fpage>   
			  <lpage>215</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT50"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Van-Hooft</surname>
				  <given-names>S.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>2004</year>  
			  <source>Life, Death, and Subjectivity: Moral Sources in Bioethics</source> 
			  <publisher-loc>Amsterdam</publisher-loc>
			  <publisher-name>Value Inquiry Book Series</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT51"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Veatch</surname>
				  <given-names>R. M.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>1999</year>  
			  <chapter-title>Refinements in the definition and criterion of death</chapter-title> 
			  <person-group person-group-type="editor">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	
				  <name>
				  <surname>Schapiro</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>	  	    	  
			  </person-group>  
			  <source>The definition of death: contemporary controversies</source>
			  <publisher-name>The Johns Hopkins University Press</publisher-name>
			  <publisher-loc>Baltimore</publisher-loc>
			  <comment>pp. 137-160</comment>  
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT52"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Verheijde</surname>
				  <given-names>J. L.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Rady</surname>
				  <given-names>M. Y.</given-names>
				  </name> 
			  </person-group>
			  <year>2011</year>
			  <article-title>Justifying physician-assisted death in organ donation</article-title>
			  <source>The American journal of bioethics: AJOB</source> 
			  <volume>11</volume>
			  <issue>8</issue>
			  <fpage>52</fpage>   
			  <lpage>4</lpage>
			  <comment>08/03</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT53"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Wijdicks</surname>
				  <given-names>E. F.</given-names>
				  </name>    	  
			  </person-group>
			  <year>2002</year>
			  <article-title>Brain death worldwide: accepted fact but no global consensus in diagnostic criteria</article-title>
			  <source>Neurology</source> 
			  <volume>58</volume>
			  <issue>1</issue>
			  <fpage>20</fpage>   
			  <lpage>25</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT54"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Wittgenstein</surname>
				  <given-names>L.</given-names>
				  </name>  
			  </person-group>
			  <year>2004</year>  
			  <source>Investigaciones filos&#x00F3;ficas</source> 
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Cr&#x00ED;tica</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT55"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>
			  </person-group>
			  <year>1999</year>  
			  <source>The definition of death: contemporary controversies</source> 
			  <publisher-loc>Baltimore</publisher-loc>
			  <publisher-name>The Johns Hopkins University Press</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT56"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R. M.</given-names>
				  </name>
				  <etal/>
			  </person-group>
			  <year>1999</year>
			  <article-title>When is ‘dead’?</article-title>
			  <source>Hastings Cent Rep</source> 
			  <volume>29</volume>
			  <issue>6</issue>
			  <fpage>14</fpage>   
			  <lpage>21</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT57"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Arnold</surname>
				  <given-names>R. M.</given-names>
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2001</year>
			  <article-title>Philosophical debates about the definition of death: who cares?</article-title>
			  <source>J Med Philos</source> 
			  <volume>26</volume>
			  <issue>5</issue>
			  <fpage>527</fpage>   
			  <lpage>37</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>


			<ref id="CIT58"> 
			<element-citation publication-type="journal">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
				  <surname>Youngner</surname>
				  <given-names>S. J.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Landefeld</surname>
				  <given-names>C. S.</given-names>
				  </name>
				  <name>
				  <surname>Coulton</surname>
				  <given-names>C. J.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Juknialis</surname>
				  <given-names>B. W.</given-names>
				  </name> 
				  <name>
				  <surname>Leary</surname>
				  <given-names>M.</given-names>
				  </name> 
			  </person-group>
			  <year>1989</year>
			  <article-title>'Brain death' and organ retrieval. A cross-sectional survey of knowledge and concepts among health professionals</article-title>
			  <source>JAMA: the journal of the American Medical Association</source> 
			  <volume>261</volume>
			  <issue>15</issue>
			  <fpage>2205</fpage>   
			  <lpage>10</lpage> 
			</element-citation>
			</ref>

		</ref-list>
	</back>
</article>