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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">ARBOR</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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				<subject>RESE&#x00D1;AS DE LIBROS/BOOK REVIEWS</subject>
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			<article-title>Rese&#x00F1;a del libro "M&#x00E1;s all&#x00E1; de la culpa y la expiaci&#x00F3;n. Tentativas de superaci&#x00F3;n de una v&#x00ED;ctima de la violencia"</article-title>
			<alt-title alt-title-type="running-head">Rese&#x00F1;a</alt-title>
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			 <aff id="U1">Universitat Ramon Llull</aff>
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			<year>2014</year>
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			<volume>190</volume>
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution-Non Commercial (by-nc) Spain 3.0.</license-p>
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			<title>Jean Am&#x00E9;ry  <italic>M&#x00E1;s all&#x00E1; de la culpa y la expiaci&#x00F3;n. Tentativas de superaci&#x00F3;n de una v&#x00ED;ctima de la violencia</italic> Valencia: Pre-textos, 2013 ISBN: 84-8191-400-2 </title>
		
			<p>Reconocido como una de las voces de referencia de los traumas de la Europa de posguerra, Pre-textos reedita un libro que, a las puertas de sus 50 a&#x00F1;os de su aparici&#x00F3;n, conserva toda su fuerza y escandalosa vigencia. Y lo hace porque, muy a nuestro pesar, la violencia extrema y gratuita constituye una parte esencial de nuestra realidad. Realidad y ya no m&#x00E1;s mera posibilidad, porque sucedi&#x00F3;. Acudir a sus p&#x00E1;ginas supone algo m&#x00E1;s que un imperativo categ&#x00F3;rico &#x00E9;tico: supone un ejercicio de humildad existencial y radical. Y no porque sea menos cierto aquello de <italic>homo homini lupus</italic>, que tambi&#x00E9;n, sino porque el mal no es banal ni adyacente: es radical.  </p>

			<p>Hans Mayer, austr&#x00ED;aco de nacimiento, germano de cultura y belga de adopci&#x00F3;n literaria, nos relata en esta obra el devenir de una existencia desgarrada por el funesto deseo y capricho de otras existencias, de otros semejantes, de fiscalizar el bien y el mal. Superviviente de los barracones del campo de exterminio de Monowitz-Auschwitz, donde coincidi&#x00F3; en el tiempo y el espacio con Primo Levi, decidi&#x00F3; escribir en primera persona, aunque bajo otro nombre (Jean Am&#x00E9;ry), su experiencia de nihilismo autoconsciente (como se dice en la presentaci&#x00F3;n de la obra). Comenzado en 1964, publicado en 1966 y reeditado en 1977, el libro se estructura en cinco cap&#x00ED;tulos escritos del tir&#x00F3;n, tan independientes uno de otro como participantes todos ellos del mismo objetivo de ofrecer una desencarnada fenomenolog&#x00ED;a existencial de lo oscuro. Por eso, m&#x00E1;s que un libro sobre el mal, es un relato sobre el dolor. M&#x00E1;s que una divagaci&#x00F3;n sobre el problema metaf&#x00ED;sico de la estructura humana y su potencia, es un claro y directo dardo al narcisismo de la autoconsciente grandeza occidental, pues le recuerda que ha sido precisamente en su c&#x00E9;nit cuando ha sido capaz de generar el mayor de los sufrimientos a sus pr&#x00F3;jimos. </p>

			<p>El hombre y su grandeza. Su “yo”, un producto moderno por antonomasia. Este <italic>leit motiv </italic>del proceso emancipador del hombre y s&#x00ED;mbolo del proceso de autoafirmaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rica y colectiva (“der Geist, uns”, dir&#x00E1; Hegel), rector del universo y subyugador de la materia y lo extenso, se resuelve a todas luces incompetente en el <italic>Lager</italic>. Am&#x00E9;ry no deja de subrayar que en Auschwitz se requer&#x00ED;a de corporalidad, de primitiva e instintiva materia, m&#x00E1;s que de espiritualidad. ¿Qu&#x00E9; papel pod&#x00ED;a desempe&#x00F1;ar un intelectual ah&#x00ED;, un “yo” pensante y autodeterminado? Ninguno. ¿Qu&#x00E9; lugar podr&#x00ED;a indicar para refugiarse? Ninguno. “En Auschwitz el hombre espiritual se encontraba aislado, abandonado completamente a s&#x00ED; mismo” (p. 60). Y no solamente eso: en el <italic>Lager</italic> el pensamiento no solamente era infructuoso, sino que era perjudicial. Era la convocatoria m&#x00E1;s directa e inmediata a la autodestrucci&#x00F3;n.  </p>

			<p>El peso del “yo”, del pensamiento moderno, representa en la factor&#x00ED;a -no menos moderna- de la muerte de Auschwitz una condena m&#x00E1;s. Frente a la fe del religioso o del preso pol&#x00ED;tico, la m&#x00F3;nada burguesa y su autorreflexi&#x00F3;n no puede responder poniendo sobre la mesa ninguna carta vencedora. El destino de ese “yo” no es ninguna heroica vivencia de la existencia como finitud o como absurdo, ni tampoco como tr&#x00E1;gico relato, porque a ese “yo” no le es dada, directamente, existencia alguna. Si el soldado muere en la batalla como estandarte de la patria, el honor o la revoluci&#x00F3;n, el escritor como portavoz de una supuesta verdad y el artista como descubridor de la supuesta belleza del mundo, el prisionero del <italic>Lager</italic> es en s&#x00ED; mismo un “ya muerto”. No hay m&#x00E1;s deber para &#x00E9;l que morir, ser el producto final de la industria del mal. Y eso afecta, dice Am&#x00E9;ry, al gran tab&#x00FA; del “yo”, su reverso: la muerte. Sin “yo” no hay m&#x00E1;s miedo a la muerte, pues esta deja de tener su sentido, su “ser amenaza”. Pero eso no es tr&#x00E1;gico, dice. S&#x00ED; lo es, en cambio, que con la destituci&#x00F3;n de la pretensi&#x00F3;n metaf&#x00ED;sica del sujeto moderno en su intelectualidad desparece tambi&#x00E9;n su ingenuidad narcisista y su alegr&#x00ED;a por el mundo.  </p>

			<p>La p&#x00E9;rdida en la confianza del mundo es, por ende, una directa consecuencia de la vivencia de la tortura, esencia &#x00FA;ltima del nazismo. Para Am&#x00E9;ry cada golpe asestado por parte de un torturador al reo de su ira comporta un fatal golpe para la posibilidad de una cosmovisi&#x00F3;n “propositiva” del mundo. Por eso “la tortura es el acontecimiento m&#x00E1;s atroz que un ser humano puede conservar en su interior” (p. 83), porque destruye la posibilidad misma de ser hombre y proyectar un mundo. Y eso fue especialmente crudo, vivido sin intermediarios, durante el nazismo, cuando fue llevada sin igual (ni siquiera por el bolcheviquismo m&#x00E1;s impasible, dice) a su expresi&#x00F3;n m&#x00E1;s perfectamente salvaje. La des-localizaci&#x00F3;n del jud&#x00ED;o y su nuevo “reasentamiento” significaba en la jerga nazi la dislocaci&#x00F3;n &#x00FA;ltima del <italic>locus</italic> mundano del jud&#x00ED;o. Ya no se trataba de expulsarlo o alejarlo de la frontera. Simplemente dejaba de tener frontera, de tener patria en el reino de los vivos. En la tortura ya se prefiguraba esto.  </p>

			<p>Imre Kerzt&#x00E9;z, tambi&#x00E9;n superviviente, se refiere en su libro sobre la cultura del holocausto (<italic>Un instante de silencio en el pared&#x00F3;n</italic>. Barcelona: Herder, 2002) al sentimiento de orfandad patri&#x00F3;tica. Primero, por ser ciudadano de un pa&#x00ED;s colaboracionista con el verdugo; y despu&#x00E9;s por ser un pa&#x00ED;s de la &#x00F3;rbita del Pacto de Varsovia y por ello no menos alienado de s&#x00ED; mismo. En ambos casos su Hungr&#x00ED;a natal no era el hogar acogedor que se sobreentiende que es una patria. Con Am&#x00E9;ry sucede algo parecido: su patria cultural, la alemana, deviene en su fuero a partir del Tercer Reich el autoextra&#x00F1;amiento de s&#x00ED; mismo. De repente no hay pasado ni ra&#x00ED;z y Am&#x00E9;ry pasa a ser un extranjero en su propia casa, un paria entre sus pr&#x00F3;jimos. La lengua materna, que tanto sentido y calidez sem&#x00E1;ntica otorgaba al “mundo”, se convert&#x00ED;a de golpe en puro veneno para el alma. No hab&#x00ED;a mundo posible. Y eso es tr&#x00E1;gico, porque para sentirse hu&#x00E9;rfano hay que tener padres antes, as&#x00ED; que la “p&#x00E9;rdida” exige una presencia, si acaso pret&#x00E9;rita en el tiempo, pero presente en la memoria, y eso no es menos torturante que una paliza. Y aunque sea en un nivel tan insoportable que uno se vea obligado a jugar con su nombre para no participar de la misma lengua de los verdugos, la patria siempre est&#x00E1; presente, porque el hombre la necesita, y c&#x00F3;mo, dice Am&#x00E9;ry, pobre del que no la tenga. </p>

			<p>Estas reflexiones conducen el lector al punto &#x00E1;lgido del relato, al cuarto cap&#x00ED;tulo de la obra, unas p&#x00E1;ginas que deber&#x00ED;an formar parte de la bibliograf&#x00ED;a obligatoria de toda formaci&#x00F3;n m&#x00ED;nima. “Resentimientos”, es su t&#x00ED;tulo. Su contenido supone una aut&#x00E9;ntica bofetada a la cultura del falso perd&#x00F3;n y del “buen” gusto moral. La otra mejilla, si acaso, que la ponga otro, dice Am&#x00E9;ry. Frente a lecturas m&#x00E1;s contemplativas y mitigadoras de la culpa del verdugo, Am&#x00E9;ry alza una voz resentida, ni orgullosa de s&#x00ED; misma ni enajenada de su existencia, que clama por no olvidar. Es por pura supervivencia, por pura necesidad instintiva, apunta. Naturalmente no menosprecia lo que vivi&#x00F3; con buenos alemanes que le recordaron que tambi&#x00E9;n en el Tercer Reich hab&#x00ED;a humanos como &#x00E9;l. Pero eso fue la excepci&#x00F3;n que confirma la regla. Despu&#x00E9;s de padecer Auschwitz solo cabe espacio al resentimiento. Y no solamente contra Alemania, como colectivo, sino tambi&#x00E9;n contra gran parte de Europa, que call&#x00F3; cuando los indicios del antisemitismo extremo y exterminador anterior y contempor&#x00E1;neo a la guerra eran m&#x00E1;s que evidentes. Y es que las cosas no vienen de la nada, y en el silencio otorgante de la Europa de entreguerras estaba tambi&#x00E9;n el germen de Auschwitz. Con todo, el fin del resentimiento am&#x00E9;ryniano solo busca que “el delito adquiera realidad moral para el criminal, con el objeto de que se vea obligado a enfrentar la verdad de su crimen” (p. 151). No es pues un alegato a la violencia, sino a la memoria del violentado y a la indignidad del verdugo.  </p>

			<p>Lo imposible ha sucedido. Lo inimaginable ha sido perpetuado de manera precisa y conseguida. Y casi logra su objetivo. Poco falt&#x00F3;. Que el mundo, que Europa no lo pueda soportar no excluye que ello existiera. Por eso, al igual que se hizo con aquellos alemanes que colindaban los campos, que fueron dirigidos a los <italic>Lager</italic> para que vieran con sus ojos y olieran el hedor de los cad&#x00E1;veres que a su estela el Tercer Reich, el suyo, dej&#x00F3; atr&#x00E1;s, pide Am&#x00E9;ry que al verdugo no se le amortig&#x00FC;e la presencia de su acto. Porque en el fondo eso es lo que buscaban los asesinos: la gloria eterna del Reich por medio de acciones inolvidables. Por eso hay que recordarle la eterna presencia de su obra. Y porque, adem&#x00E1;s, “todo perd&#x00F3;n y olvido forzados mediante presi&#x00F3;n social son inmorales” (p. 153). Auschwitz es imperdonable.  </p>

			<p>La discusi&#x00F3;n sobre la culpabilidad o no de Alemania como colectivo ha dado pie a m&#x00FA;ltiples puntos de vista al respecto. Desde que Karl Jaspers abriera la veda, no han cesado de aparecer sin fin nuevos datos y nuevas perspectivas sobre el caso que todav&#x00ED;a hallan su espacio en las novedades de las librer&#x00ED;as. Para Am&#x00E9;ry no hay discusi&#x00F3;n: obviamente no puede juzgarse a los que han venido despu&#x00E9;s, pero eso no significa que puedan des-responsabilizarse de la historia de su pa&#x00ED;s. En ambas vicisitudes se dar&#x00ED;a pie a un acto a todas luces inhumano. Por eso es exigible a los hijos de los alemanes del tiempo de Hitler que junto a Goethe, Hegel y Schubert sit&#x00FA;en en los laureles de su brillante historia a Himmler y Eichmann. Weimar y Buchenwald, colindantes, como de hecho lo est&#x00E1;n en los mapas. Ese es su deber, porque ese ha sido su destino, el que como pueblo han forjado. El resentimiento de Am&#x00E9;ry se alza pues como un ejercicio de honestidad moral y de higiene espiritual, y como la &#x00FA;nica vacuna contra la tentaci&#x00F3;n del olvido y, por ende, del “eterno retorno” de lo igual.  </p>

			<p>La v&#x00ED;ctima no tiene, empero, ning&#x00FA;n honor, ning&#x00FA;n tributo especial, subraya. Al reflexionar sobre qui&#x00E9;n es jud&#x00ED;o, motivo del quinto y postrero cap&#x00ED;tulo de la obra, Am&#x00E9;ry medita sobre el sentido del ser “v&#x00ED;ctima”. Y una vez m&#x00E1;s aparece la contradicci&#x00F3;n, tan presente en su persona y su estar en el mundo. Por un lado no puede reconocerse como jud&#x00ED;o, porque no cree en el Dios de Abraham, Isaac y Jacob. Y sin embargo desde las leyes de N&#x00FC;remberg se siente jud&#x00ED;o, y a conciencia. Aunque &#x00E9;l no lo quisiera, la sociedad, sus semejantes, decidieron por &#x00E9;l. Ser jud&#x00ED;o significaba desde entonces aceptar la condena que Alemania pronunciaba contra &#x00E9;l por ser lo que era. No ten&#x00ED;a espacio en el mundo. El antisemitismo pasaba entonces de ser un problema hist&#x00F3;rico a convertirse en una amenaza personal y directa. Y ese es su sino: el antisemitismo no es un problema hist&#x00F3;rico, porque no hay “cuesti&#x00F3;n jud&#x00ED;a” como problema abstracto, sino que hay atentados contra personas. Para Am&#x00E9;ry ser jud&#x00ED;o significa desde Auschwitz acometer al mundo sin la confianza de recibir nada de &#x00E9;l y vagar en busca de un lugar del que no hay noticia. Ser jud&#x00ED;o es luchar por el propio ser a pesar del “otro”, y eso para Am&#x00E9;ry es suficiente para que se sienta “jud&#x00ED;o”, a pesar de no haber tenido intenci&#x00F3;n jam&#x00E1;s de pisar Israel.  </p>

			<p>Comparece de nuevo un extra&#x00F1;o pero repetido fen&#x00F3;meno, tan imbricado al juda&#x00ED;smo, de personas que, ajenas a su fe, no dejan de sentirse identificadas con su origen y hasta se involucran en su proceso pol&#x00ED;tico. Sin embargo, extra&#x00F1;a que eso se proclame incluso cuando “un hombre del estado &#x00E1;rabe, cualquiera que sea, pretenda borrar a Israel del mapa” (p. 189), como hace Am&#x00E9;ry. Porque no toda cr&#x00ED;tica al hombre que act&#x00FA;a de manera injusta es antisemitismo; porque no todo reproche al atentado de infantes inocentes en nombre de una historia de tragedia es antisemitismo; porque no toda cr&#x00ED;tica a la segregaci&#x00F3;n y alzamiento de muros en nombre de la seguridad del pueblo jud&#x00ED;o es antisemitismo.  </p>

			<p>Los “buenos” y los “malos” se intercambian los papeles con una facilidad pasmosa. El relato de la violencia siempre se apoya en la “historia”, en su pasado, y se alza la mayor&#x00ED;a de las veces como una leg&#x00ED;tima venganza de un pasado funesto e impropio de llamarse “humano”. Cuando Hannah Arendt puso en duda la acci&#x00F3;n de los Judenrat fue tachada r&#x00E1;pidamente de insensible y llamada sarc&#x00E1;sticamente Hannah Eichmann. Seguramente tenga toda la raz&#x00F3;n Am&#x00E9;ry en criticar su noci&#x00F3;n “banalidad del mal”, porque entre otras cosas ella no estuvo en un campo de exterminio. El “mal” no es jam&#x00E1;s banal, como el asesino en serie tampoco es un mero funcionario pasivo de sus pasiones supuestamente enfermas. Si no ¿por qu&#x00E9; quisieron borrar del mapa los archivos y los <italic>Lager</italic>? Ciertamente “no existe pues la ‘banalidad’ del mal’”, si de veras se es v&#x00ED;ctima (p. 87). Pero precisamente por ello hay que estar alerta contra los males (sin parang&#x00F3;n ni clasificaciones), porque este se regenera, toma nuevas caras y, como el viento, sopla de todas partes, hasta de los parajes m&#x00E1;s inofensivos.  </p>

			<p>Como dice Reyes Mate en su libro sobre los campos de concentraci&#x00F3;n, Auschwitz se alza como un hecho ins&#x00F3;lito (en lo macabro y gratuito) y por ello singular en la historia de Occidente. De hecho, que el trauma todav&#x00ED;a persista en Occidente lo atestigua. A&#x00FA;n persiste su fuerza, su funesta “perfecci&#x00F3;n” y lo insoportable de su presencia. Por eso deben permanecer los <italic>Lager</italic> como est&#x00E1;n, para que sean recorridos, pues imaginar que eso aconteci&#x00F3; es imposible. El holocausto, es decir, la apropiaci&#x00F3;n de la estructura del mundo por parte de un ser humano que decide qu&#x00E9; es, qu&#x00E9; deja de ser y qu&#x00E9; puede ser de su semejante, es un ejercicio de prepotencia antropol&#x00F3;gica que lleva como necesario corolario la destrucci&#x00F3;n del “otro”. Adorno y Horkheimer lo dejaron perfectamente analizado, y Bauman sint&#x00E9;ticamente glosado: fobia a la diferencia. Pero lo escandaloso y repugnante del mal de Auschwitz es que haya un ser que se llame a s&#x00ED; mismo “humano” que vele por su realizaci&#x00F3;n m&#x00E1;xima con placer y orgullo. Y m&#x00E1;s todav&#x00ED;a cuando ello se da, espont&#x00E1;neamente, en la tierra de grandes ilustrados y libertadores de la esencia humana. He aqu&#x00ED; el trauma: ¿C&#x00F3;mo es posible que un caporal nazi ejecute a sus v&#x00ED;ctimas por la ma&#x00F1;ana mientras por la noche besa a sus hijos durmientes tras escuchar la novena sinfon&#x00ED;a de Beethoven y leer a Novalis? “La ilustraci&#x00F3;n s&#x00F3;lo podr&#x00E1; cumplir su tarea si obra con pasi&#x00F3;n”, dice Am&#x00E9;ry al prologar la segunda edici&#x00F3;n de la obra (p. 46). De modo que sostener que Auschwitz es algo singular no significa, como tambi&#x00E9;n dice Reyes Mate, que deje de participar de la larga e infinita historia de la masacre humana. Porque, si fuimos capaces de llegar a Auschwitz, ¿d&#x00F3;nde est&#x00E1; el l&#x00ED;mite? </p>

			<p>Seguramente no llegaremos jam&#x00E1;s a comprender por qu&#x00E9;, porque simplemente es incomprensible. De hecho, mal s&#x00ED;ntoma ser&#x00ED;a poder llegar a una eventual “comprensi&#x00F3;n” de su realidad. Por eso es deber de todos no dejar que el esp&#x00ED;ritu se acomode a la existencia de la violencia, pret&#x00E9;rita, presente y futura, porque entonces seguramente la revoluci&#x00F3;n puede ser posible. El problema del mal no es un problema metaf&#x00ED;sico, es un problema mundano, un asunto antropol&#x00F3;gico. Y seguramente si no gir&#x00E1;semos la cabeza ante aquellos acontecimientos que nos recuerdan que la otra riba de nuestro ser “humano” est&#x00E1; aqu&#x00ED;, en nuestro aliento, entonces seguramente estaremos en la disposici&#x00F3;n de transformar las cotidianidades de los diferentes mundos que pueblan la tierra en algo que no nos averg&#x00FC;ence m&#x00E1;s. Porque como dice Am&#x00E9;ry, “no me angustia ni el ser ni la nada ni dios ni la ausencia de dios, solo la sociedad: pues ella, y solo ella, me ha infligido el desequilibrio existencial al que intento oponer un porte erguido” (p. 193).  </p>



			<p>Por Miquel Segur&#x00F3; </p>

			<p><italic>Universitat Ramon Llull </italic></p>

			<p>mseguro@rectorat.url.edu</p>

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