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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2016.778n2004</article-id>
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				<subj-group subj-group-type="heading">
				<subject>¿HAY MUJERES M&#x00C1;S ALL&#x00C1; DEL FEMINISMO? / DO SOME WOMEN GO BEYOND FEMINISM?</subject>
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				<article-title>Modernidad y cambio social: una perspectiva integradora, o el m&#x00E1;s ac&#x00E1; de los estudios de g&#x00E9;nero</article-title>
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					<trans-title>Modernity and social change. An integrative perspective or what would be the way below of gender studies</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Modernidad y cambio social: una perspectiva integradora, o el m&#x00E1;s ac&#x00E1; de los estudios de g&#x00E9;nero</alt-title>
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					 <surname>Flamarique</surname>
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				<corresp id="cor1"><email xlink:href="lflamarique@unav.es">lflamarique@unav.es</email></corresp>
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				<year>2016</year>
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			<year>2016</year>
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			<volume>192</volume>
			<issue>778</issue>
			
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) Espa&#x00F1;a 3.0.</license-p>
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			<abstract xml:lang="es">
				<title>RESUMEN</title>
				<p>En este art&#x00ED;culo se abordan algunos cambios en los modos de vida de las mujeres, con la pretensi&#x00F3;n de que su car&#x00E1;cter “moderno” los inscribe en el &#x00E1;mbito de la cultura objetiva, esto es, alcanzan a toda la condici&#x00F3;n humana y permiten interpretar y comprender mejor las transformaciones sufridas por todos los seres humanos. Tras una primera parte en la que se considera la co-relaci&#x00F3;n de modernidad y cambio socio-cultural, la exposici&#x00F3;n fija su atenci&#x00F3;n en algunos de los ejes tem&#x00E1;tico-conceptuales que caracterizan el actual estilo de vida de las mujeres (trabajo, familia y amor rom&#x00E1;ntico) y, consecuentemente, de toda la sociedad.</p>
			</abstract>
			
									
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>This article analyzes some changes in the lifestyles of women, with the claim that their “modern” character falls within the scope of the objective culture, i.e., they encompass the entire human condition, enabling us to interpret and understand better the transformations of all human beings. After the first part, which considers the co-relation of modernity and socio-cultural changes, the argumentation focuses on some of the thematic-conceptual themes (work, family and romantic love) that characterize the current lifestyle of women and, consequently, society as a whole.</p>
			</trans-abstract>
			

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				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Modernidad</kwd>
				<kwd>cambio social</kwd>
				<kwd>estilos de vida</kwd>
				<kwd>femenino</kwd>
				<kwd>trabajo</kwd>
				<kwd>familia</kwd>
				<kwd>amor rom&#x00E1;ntico</kwd>				
			</kwd-group>
			
						
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				<title>KEYWORDS</title> 		
				<kwd>Modernity</kwd>	
				<kwd>social change</kwd>
				<kwd>lifestyles</kwd>
				<kwd>female</kwd>
				<kwd>work</kwd>
				<kwd>family</kwd>
				<kwd>romantic love</kwd>				
			</kwd-group>
			
		
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	<body>	
			
		<sec id="S0">
			<p>Ha pasado ya m&#x00E1;s de un siglo desde que Georg Simmel afirmara que el var&#x00F3;n no se concibe a s&#x00ED; mismo como sexuado, sino que identifica lo masculino con lo propio del ser humano, y se convierte en representante de la humanidad en general, mientras que lo femenino es visto siempre como algo caracter&#x00ED;stico, particular (<xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 90). La raz&#x00F3;n de esta diferencia radicar&#x00ED;a en que “la mujer vive en la identidad m&#x00E1;s profunda de su ser y de su condici&#x00F3;n de mujer, en el car&#x00E1;cter absoluto de una condici&#x00F3;n sexual determinada en s&#x00ED; misma” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2003</xref>, p. 468)<xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref>. Si en un caso la parte llega a estar por el todo, en el otro su totalidad es siempre parcial. Esta parcialidad insuperable sobrevive al menos en lo que respecta a la relevancia de los estudios dedicados a la mujer: despiertan inter&#x00E9;s en un p&#x00FA;blico mayoritariamente femenino, y se acepta que lo que est&#x00E1; en juego afecta principalmente a esa mitad de la poblaci&#x00F3;n, por lo que sus tesis y sus conclusiones no son extrapolables al ser humano en general. Si el enfoque de estos estudios es pol&#x00ED;tico o sociol&#x00F3;gico, suele coincidir que sus autores son mayoritariamente autoras (es mi caso y tal vez tambi&#x00E9;n el del resto de los coautores de este n&#x00FA;mero). Como ha se&#x00F1;alado, entre otros, la soci&#x00F3;loga A. R. Hochschild, mayoritariamente se considera la realidad social desde la perspectiva masculina, y solo respecto de fen&#x00F3;menos particulares se ofrece el punto de vista femenino (<xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1975</xref>, p. 280).</p>

			<p>La dial&#x00E9;ctica particular-universal, parte-todo, no es inocua desde el punto de vista pol&#x00ED;tico-cultural. No voy a examinar este modo de proceder, aunque s&#x00ED; plantear brevemente a qu&#x00E9; se debe que, cuando se considera la perspectiva masculina, esta se pretenda universalizable, referente de lo humano; esto es, que los valores masculinos se identifiquen con los valores del ser humano en general. Una respuesta obvia ser&#x00ED;a afirmar que lo que tiene que ver con el var&#x00F3;n entra a formar parte del imaginario social sin restricciones, mientras que lo que tiene que ver con la mujer limitadamente, y a menudo como un subcampo de las ideas y significados. ¿Es esto el efecto, sin m&#x00E1;s, del ancestral predominio cultural, social y cient&#x00ED;fico de lo masculino sobre la cultura femenina? Es decir, ¿es el resultado de un desequilibrio de poder? Simmel atribu&#x00ED;a esta desigualdad al desfase entre la forma de ser femenina y la cultura objetiva (Beriain, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1989</xref>). Desfase que, entre otros motivos, responde a que “percibimos la mujer no tanto bajo la especie del cambio como bajo la especie de la permanencia” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 47). Se trata de un diferencial, el del cambio, que a lo largo del siglo XX ha adoptado un significado y una funci&#x00F3;n caracter&#x00ED;stica. Por ello, el diagn&#x00F3;stico de Simmel se&#x00F1;ala tambi&#x00E9;n una l&#x00ED;nea divisoria, un antes y un despu&#x00E9;s, como tratar&#x00E9; de argumentar a lo largo de estas p&#x00E1;ginas.</p>

			<p>La tesis de partida de este trabajo es que la correlaci&#x00F3;n entre modernidad y cambio cultural o social, es decir, la aplicaci&#x00F3;n de aquella en t&#x00E9;rminos de transformaci&#x00F3;n de todas las esferas del vivir humano, desdibuja algunas distinciones a prop&#x00F3;sito de lo femenino y masculino, m&#x00E1;s propias de una cultura en la que las necesidades de crecimiento, la subsistencia econ&#x00F3;mica y la inseguridad pol&#x00ED;tica dominan sobre el resto. El proyecto moderno de transformaci&#x00F3;n social es universal en su definici&#x00F3;n y ejecuci&#x00F3;n. Es decir, los cambios incoados alteran tanto el modo de ser femenino como el masculino.</p>

			<p>En las p&#x00E1;ginas siguientes se abordan algunos cambios en los modos de vida de las mujeres, con la pretensi&#x00F3;n de que su car&#x00E1;cter “moderno” los inscribe en el &#x00E1;mbito de la cultura objetiva, esto es, alcanzan a toda la condici&#x00F3;n humana y permiten interpretar y comprender mejor las transformaciones sufridas por todos los sujetos. No se trata de examinar realidades, figuras de la cultura que lleven el sello femenino, sino de mostrar c&#x00F3;mo el modo en que las mujeres las encarnan, las configuran, revela la &#x00ED;ndole entera de esas realidades, por lo que desde ellas surge una correlaci&#x00F3;n universal humana para la vida moderna. En ciertas expresiones de la vida y concreciones de lo humano generalizadas en las sociedades desarrolladas, en las que las mujeres tienen un papel protag&#x00F3;nico, lo que se ofrece no es la resoluci&#x00F3;n de un problema o la satisfacci&#x00F3;n de una necesidad de una parte de la humanidad, sino algo potencialmente significativo para el conjunto. Es decir, al examinar los modos de relacionarse con la realidad y de interpretarse de las mujeres en el contexto de las sociedades modernas, se pretende que no est&#x00E1; en juego algo peculiar o parcial sino que estamos ante un punto de referencia para el conjunto de la sociedad y un factor determinante de los modos masculinos. En ese sentido se propone la modernidad como un “m&#x00E1;s ac&#x00E1;” de los estudios de g&#x00E9;nero. </p>
		</sec>


		<sec id="S1">
			<title>1. LA CUESTI&#x00D3;N MODERNA, UNA PERSPECTIVA INTEGRADORA</title>

			<p>Una constante del pensamiento contempor&#x00E1;neo es la reflexi&#x00F3;n en torno a la idea de modernidad. La importancia del an&#x00E1;lisis de la modernidad –o de su crisis- se sigue en gran medida del hecho de que constituye la puesta de largo, la presentaci&#x00F3;n p&#x00FA;blica de los impl&#x00ED;citos filos&#x00F3;ficos que la Ilustraci&#x00F3;n y, con ella, la misma filosof&#x00ED;a moderna ocultaban tras el ideal de un conocimiento y acci&#x00F3;n racional. El <italic>desencantamiento</italic> del mundo traslada el discurso filos&#x00F3;fico del punto de gravedad de la teor&#x00ED;a del conocimiento y la filosof&#x00ED;a de la conciencia a los problemas de una teor&#x00ED;a de la cultura y de la historia. Lo moderno es visto como un problema que convoca a todas las instancias intelectuales, y genera una literatura espec&#x00ED;fica hasta nuestros d&#x00ED;as.</p>

			<p>La contraposici&#x00F3;n de una cultura objetiva, dominada en gran medida por el ideal de racionalizaci&#x00F3;n, y una cultura subjetiva, impulsada por aspiraciones y demandas que giran todas ellas en torno al ideal de libertad y realizaci&#x00F3;n individual, anuncia ya en los albores del siglo XX la deriva de revisiones y crisis antes mencionadas. Cabr&#x00ED;a reducir estas tensiones a una sola; la que se da entre el ideal de igualdad y el deseo de diferenciarse. Como es notorio, de esta tensi&#x00F3;n se alimentan las continuas transformaciones operadas en los &#x00FA;ltimos siglos en las sociedades occidentales.</p>

			<p>Cabe hablar de modernidad en muchos sentidos. Lo que el t&#x00E9;rmino parece expresar de modo insistente es la conciencia de &#x00E9;poca que se pone en relaci&#x00F3;n con otro tiempo para verse a s&#x00ED; misma como resultado de la transici&#x00F3;n de lo viejo a lo nuevo. Con especial fuerza se hace presente la modernidad social y cultural. Si la cultura es una s&#x00ED;ntesis de las formas objetivas (conocimientos, arte, socialidad, costumbres y pr&#x00E1;cticas morales, instituciones y estructuras configuradoras del orden socio-econ&#x00F3;mico, etc.) que los individuos asimilan y encarnan renov&#x00E1;ndolas (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 7), a lo largo del siglo XX el denominador com&#x00FA;n de todas ellas ha sido su “modernidad”. Y esto es as&#x00ED; con todas las paradojas y conflictos que justifican hablar del proyecto moderno en t&#x00E9;rminos de una dial&#x00E9;ctica (Horkheimer, Adorno). Habermas define lo moderno como aquello que est&#x00E1; presente en la expresi&#x00F3;n objetiva de una contemporaneidad (<italic>Aktualit&#x00E4;t</italic>) espont&#x00E1;nea y autorrenovadora del esp&#x00ED;ritu de los tiempos. Es indicado por aquello que es nuevo, aquello que ser&#x00E1; sobrepasado y devaluado por la novedad del siguiente estilo. Modernidad implica, por tanto, la transformaci&#x00F3;n de la conciencia del tiempo; se orienta hacia un futuro todav&#x00ED;a no realizado. Impera la l&#x00F3;gica del cambio y la sobrevaloraci&#x00F3;n de lo transitorio, lo fugaz, lo ef&#x00ED;mero; en la celebraci&#x00F3;n de lo din&#x00E1;mico est&#x00E1; tambi&#x00E9;n expresado el deseo de un presente sin mancha, todav&#x00ED;a intacto (Habermas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1988</xref>, p. 89).</p>

			<p>Como he apuntado ya, si hay dos categor&#x00ED;as que aparecen entreveradas en la teor&#x00ED;a de la cultura, estas son cambio y modernidad; est&#x00E1;n incorporadas al vocabulario com&#x00FA;n de tal manera que pocas veces advertimos el peso espec&#x00ED;fico que tienen en la configuraci&#x00F3;n de nuestra experiencia social, ni su “juventud” dentro de historia de la cultura. Ciertamente hablamos de historia porque se producen cambios que son esenciales en la vida social, pol&#x00ED;tica, moral, etc. Pero hasta hace poco m&#x00E1;s de tres siglos, la categor&#x00ED;a del cambio no era por s&#x00ED; sola significativa, tan solo una categor&#x00ED;a instrumental que designa el paso de una &#x00E9;poca a otra, de una cultura a otra. Solo la modernidad ha dotado de valor en s&#x00ED; mismo al cambio hasta convertirlo en ley interna de la vida social moderna. Con otras palabras, el cambio social y cultural no es un fen&#x00F3;meno nuevo, pero s&#x00ED; lo es su condici&#x00F3;n de criterio de modernidad, de una modernidad que nunca se realiza del todo.</p>

			<p>Se entiende, entonces, que el proceso de modernizaci&#x00F3;n social imprima sus rasgos propios en todo aquello sobre lo que se aplica, tambi&#x00E9;n su transitoriedad, su capacidad de renovaci&#x00F3;n. En esa medida es un dinamismo uniformador, trae consigo un aire de familia, teje una red de correlaciones, semejanzas y complementariedades sin las que el car&#x00E1;cter total del proyecto moderno no se cumplir&#x00ED;a. Si se me permite la apropiaci&#x00F3;n del t&#x00E9;rmino, la modernidad es una <italic>Gesamtkunstwerk</italic>, una obra de arte total permanentemente inacabada.</p>

			<p>Lo moderno es, pues, una perspectiva integradora de todos los fen&#x00F3;menos y cambios que reclaman su significado. Tambi&#x00E9;n y de modo singular aquellos que tienen que ver con los cambios de estilo de vida y de concepto que a menudo y simplificando se entienden por estudios de g&#x00E9;nero. De la importancia de estas cuestiones es buena prueba que hoy d&#x00ED;a nadie se atrever&#x00ED;a a afirmar, como Simmel hace m&#x00E1;s de un siglo, que los contenidos de nuestra cultura poseen un car&#x00E1;cter claramente masculino (<xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 12) o que la casa, el hogar, es una parte de la vida, pero la gran haza&#x00F1;a cultural de la mujer es haber creado esta forma universal (<xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 45).</p>

			<p>He aqu&#x00ED; la paradoja antes aludida. La desigualdad en el peso que tienen los valores masculinos y los femeninos en la cultura com&#x00FA;n choca, en primer lugar, con la ambici&#x00F3;n homogeneizadora del proyecto moderno y, en segundo, con uno de sus ideales b&#x00E1;sicos: la igualdad. Pero la cuesti&#x00F3;n no es solo si es admisible esa desigualdad, sino m&#x00E1;s bien si es posible, si todav&#x00ED;a cabe delimitar tan claramente como hac&#x00ED;a Simmel las aportaciones masculinas y femeninas en una sociedad realmente moderna. ¿No es lo moderno una categor&#x00ED;a superior, capaz de redefinir la tradicional distinci&#x00F3;n entre lo masculino y lo femenino? ¿Es lo moderno un factor que exacerba o disuelve las diferencias? Sin duda, la historia de los &#x00FA;ltimos siglos permite responder que ambas cosas.</p>

			<p>¿Por qu&#x00E9; las exacerba? Tal vez porque, como dec&#x00ED;a Schiller, la cultura es voluntad de diferenciaci&#x00F3;n. Para el ideal moderno de autorealizaci&#x00F3;n, la diferenciaci&#x00F3;n es un valor &#x00E9;tico, un signo inequ&#x00ED;voco de libertad ejercida, cuya principal amenaza proviene de la racionalidad abstracta. En las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas se ha consolidado una cultura de las diferencias frente al denostado reduccionismo de la racionalidad moderna que habr&#x00ED;a privilegiado las identidades tanto en su aplicaci&#x00F3;n te&#x00F3;rico-cient&#x00ED;fico como pr&#x00E1;ctica. La carga pol&#x00ED;tica de esta cultura de la diferencia consiste en el rechazo de cualquier tipolog&#x00ED;a o identidad que se imponga como medida y modelo, como g&#x00E9;nero del que las restantes formas y tipos no ser&#x00ED;an sino concreciones imperfectas. Lo diferente no ser&#x00ED;a valorado como tal sino como negatividad respecto de lo id&#x00E9;ntico. Ahora bien, tambi&#x00E9;n se sigue de esto que la diferencia entra&#x00F1;a falta de igualdad respecto de la identidad que se erige en modelo. Por tanto, la vieja dial&#x00E9;ctica entre racionalizaci&#x00F3;n (igualdad) y libertad (diferenciaci&#x00F3;n) se resuelve solo si se logra pensar las diferencias sin el recurso a una identidad, esto es, si se piensa la diferencia en s&#x00ED; misma, y la relaci&#x00F3;n de lo diferente con lo diferente (Deleuze, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1998</xref>, p. 32).</p>

			<p>Pero, ¿es inevitablemente toda diferencia una desigualdad? Desde el punto de vista sem&#x00E1;ntico, no. Hay muchas diferencias (y de distinto tipo) y tambi&#x00E9;n muchas formas de desigualdad. La igualdad -o la desigualdad- es una relaci&#x00F3;n que se establece al menos entre dos t&#x00E9;rminos y bajo una determinada raz&#x00F3;n. Lo que lleva a pensar que no todas las desigualdades son equiparables. Basta echar una ojeada alrededor para notar que unas pueden afectar a aspectos m&#x00E1;s esenciales de la persona o de la sociedad y de la justicia que otras; y tambi&#x00E9;n para ver c&#x00F3;mo el contexto hist&#x00F3;rico, el paso del tiempo, pueden tanto minimizar como acrecentar la injusticia o el da&#x00F1;o que algunas diferencias o desigualdades causan. Hay mucha desigualdad entre los tipos de desigualdades, y las diferencias no son de entrada nada sino eso, diferencias, el signo inequ&#x00ED;voco de lo real, que dir&#x00ED;a un postheideggeriano. Como se&#x00F1;ala Ana M. Gonz&#x00E1;lez, si una diferencia -de inteligencia, fuerza, g&#x00E9;nero, raza, etc.- llega a constituirse estructuralmente, no en motivo, pero s&#x00ED; en ocasi&#x00F3;n de una completa dominaci&#x00F3;n de unos hombres sobre otros,</p>

						<disp-quote><p>se prescindir&#x00ED;a de la pluralidad de contextos en que discurre la vida humana, o al menos se privilegia uno de ellos sobre los restantes de tal manera que los valores propios de ese contexto particular monopolizaran ileg&#x00ED;timamente los valores propios de otros contextos diferentes (Gonz&#x00E1;lez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2009</xref>, p. 44).</p></disp-quote>

			<p>La supremac&#x00ED;a social de una diferencia -y con ella la desigualdad que introduce- ser&#x00ED;a aceptable si la actividad en cuesti&#x00F3;n est&#x00E1; socialmente justificada por el bien com&#x00FA;n y si las restantes actividades reciben el adecuado reconocimiento social, en la medida en que tambi&#x00E9;n contribuyen al bien com&#x00FA;n.</p>

			<p>¿C&#x00F3;mo afecta esto a la cuesti&#x00F3;n que nos ocupa? Si, como dec&#x00ED;a Tocqueville, en una sociedad fundada por el ideal de igualdad, como es la democracia moderna, la menor desigualdad se vuelve intolerable, tambi&#x00E9;n las derivadas de la diferencia sexual entre mujer y var&#x00F3;n. Si la humanidad abstracta se constituye en raz&#x00F3;n o criterio de igualdad, las desigualdades resultantes de alguna forma de diferenciaci&#x00F3;n son una enfermedad social cuyas causas son conocidas. Hace ya unos decenios que se procura evitar cualquier desigualdad en las formas de trato, as&#x00ED; como en los usos ling&#x00FC;&#x00ED;sticos. Igualmente, la cortes&#x00ED;a es una virtud b&#x00E1;sica de las sociedades modernas que lleva a tratar a los otros como sujetos iguales. Seg&#x00FA;n Zizek, la cortes&#x00ED;a viene a ser la “sustancia social” de los individuos libres e independientes, pues sus reglas proporcionan el &#x00FA;nico espacio en el que la libertad puede prosperar. Como la libertad e igualdad modernas son dos figuras ideales, necesitamos de la cortes&#x00ED;a, esto es, del fingimiento social por el que disimulamos las diferencias y desigualdades al actuar como si nos fueran impuestas desde fuera (<xref ref-type="bibr" rid="CIT33">2011</xref>, p. 27). Tambi&#x00E9;n la cortes&#x00ED;a, la “<italic>political correctnes</italic>” en relaci&#x00F3;n a la cuesti&#x00F3;n femenina, tiene mucho de fingimiento, de hacer como si fueramos iguales, a veces hasta el extremo de convertir en una parodia la demanda de cambios en tradiciones sociales o ling&#x00FC;&#x00ED;sticas.</p>

			<p>Uno de los argumentos m&#x00E1;s usuales para solicitar o criticar la igualdad entre hombre y mujer suele ser que las diferencias son una versi&#x00F3;n adaptada de las que origina nuestra condici&#x00F3;n natural biol&#x00F3;gica. La terapia adecuada ser&#x00ED;a superar el peso de lo biol&#x00F3;gico mediante intervenciones tecno-cient&#x00ED;ficas; o multiplicar las variantes sexuales de modo que sean tantas las diferencias que no permitan considerar a una como hegem&#x00F3;nica respecto de las restantes. Pero, al determinar la diferencia como solo natural, las conductas se explican &#x00FA;nicamente en t&#x00E9;rminos de necesidad de especie.</p>

			<p>Esto no es suficiente. Igualmente decisivo es que la vida humana es social; esto es, como especie muestra una indeterminaci&#x00F3;n originaria por lo que no se da la naturaleza humana sin m&#x00E1;s, sino siempre interpretada, esto es como cultura. Si la diferencia sexual es constitutiva del ser humano en su reciprocidad, no lo son en cambio las determinadas configuraciones de lo femenino y masculino que conocemos; en tanto que variaciones culturales pueden y deben ser aquilatadas en t&#x00E9;rminos de justicia y de adecuaci&#x00F3;n a un marco hist&#x00F3;rico-cultural. Por lo mismo, al ser las desigualdades fundamentalmente culturales, hist&#x00F3;ricas, la terapia requerida pasa por la transformaci&#x00F3;n de las estructuras sociales que las alimentan.</p>

			<p>Al abordar estas cuestiones, Pinker recuerda la pregunta de Henry Higgins en <italic>My fair lady</italic> (1964), ¿por qu&#x00E9; las mujeres no pueden parecerse m&#x00E1;s a los hombres? La respuesta era que estamos ante un escollo insalvable. Actualmente la pregunta se formular&#x00ED;a de este modo: ¿no deber&#x00ED;an las mujeres parecerse m&#x00E1;s a los hombres? Lo que sugiere que inadvertidamente tomamos el hombre todav&#x00ED;a como punto de referencia de la mujer: nos basta con a&#x00F1;adirle algunas caracter&#x00ED;sticas femeninas. Ahora bien, estudios cient&#x00ED;ficos recientes sugieren que var&#x00F3;n y mujer no son intercambiables:</p>

						<disp-quote><p>con lo que sabemos acerca de la psicolog&#x00ED;a, de la neurolog&#x00ED;a y de las motivaciones econ&#x00F3;micas que subyacen a la conducta y a las elecciones de las personas (tres campos que han explotado con descubrimientos extraordinarios durante la &#x00FA;ltima d&#x00E9;cada), ¿es razonable esperar que las mujeres se parezcan m&#x00E1;s a los hombres? Y ¿es posible que los hombres se parezcan m&#x00E1;s a las mujeres?” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2009</xref>, p. 17).</p></disp-quote>

			<p>Para formular estas preguntas y para darles respuesta es preciso operar conceptualmente con una diferencia de significaci&#x00F3;n (var&#x00F3;n/mujer), que respeta la condici&#x00F3;n humana com&#x00FA;n, es decir, el marco l&#x00F3;gico-conceptual de toda comparaci&#x00F3;n. Cuando nos referimos a hombres y mujeres manejamos siempre abstracciones que quintaesencian la mezcla de roles, conductas, preferencias, necesidades, etc., ese entramado biol&#x00F3;gico-hist&#x00F3;rico-cultural de un ser que vive “m&#x00E1;s all&#x00E1;” de su condici&#x00F3;n natural. Si separamos, abstraemos para entender m&#x00E1;s y mejor, cabe preguntarse ¿es esta la diferencia inevitable? ¿no ser&#x00E1; la misma idea de humanidad una abstracci&#x00F3;n? Los estudios de neurolog&#x00ED;a y psicolog&#x00ED;a, como se ha indicado, insisten en la existencia de ciertos patrones ligados a la diferencia sexual. La cuesti&#x00F3;n es si esta diferenciaci&#x00F3;n tiene primac&#x00ED;a sobre las orientaciones b&#x00E1;sicas del proyecto moderno hasta el punto de perpetuar formas de desigualdad que impidan su realizaci&#x00F3;n social.</p>

			<p>Hay quien pretende resolver la tensi&#x00F3;n entre igualdad y diferencia en relaci&#x00F3;n con la mujer anulando la distinci&#x00F3;n entre lo femenino y lo masculino para equiparar la valoraci&#x00F3;n de uno y otro, o, como pretenden algunas propuestas de la llamada ideolog&#x00ED;a de g&#x00E9;nero, para erradicar cualquier forma de dominio de lo masculino sobre lo femenino y, con ello, las desigualdades conocidas<xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref>. La respuesta podr&#x00ED;a estar en un nuevo equilibro de diferenciaciones favorecido por las expectativas comunes del proyecto moderno. En las nuevas formas de interacci&#x00F3;n y relaci&#x00F3;n entre hombres y mujeres en la vida social y profesional se puede reconocer el germen de una igualdad de diversos, para la que la diferencia sexual no conlleva mayor distinci&#x00F3;n de c&#x00F3;digos de conducta que la que se da entre personas del mismo sexo por raz&#x00F3;n de su forma de ser, profesi&#x00F3;n, etc. Pues, toda diferencia se sit&#x00FA;a dentro de un orden variable de diferencias, esto es, dependiente de lo que constituya el conjunto social. Sucede, entonces, que las diferencias no son vistas como negatividad, sino como simple diversidad. Igualdad y diferencia no tienen por qu&#x00E9; ser tendencias antag&#x00F3;nicas. Ni siquiera si la diferencia entre sexos se define por lo que cada uno afirma como relaci&#x00F3;n con el otro.</p>

			<p>Por lo dem&#x00E1;s, en las expresiones culturales que mayoritariamente han encarnado o encarnan, bien mujeres o bien hombres, descubrimos facetas de una misma realidad que se influyen mutuamente y se intercambian sin que en ello tenga que verse una feminizaci&#x00F3;n o una masculinizaci&#x00F3;n<xref ref-type="fn" rid="NOTE3">3</xref>; al contrario, consolida en sus variaciones culturales e hist&#x00F3;ricas una suerte de reciprocidad que constantemente ha estado presente en la sociedad humana. Uno de los registros donde m&#x00E1;s claramente se ve esta influencia o incluso trasvase de contenidos es el de las emociones. Como afirma Illouz, la mayor parte de las divisiones que organizan una sociedad se basan en culturas emocionales; es decir, la jerarqu&#x00ED;a social que sigue a la distinci&#x00F3;n de g&#x00E9;nero contiene divisiones emocionales impl&#x00ED;citas sin las que los hombres y las mujeres no reproducir&#x00ED;an sus roles e identidades (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2007</xref>, p. 17). En la medida en que los roles est&#x00E1;n cada vez menos vinculados a la condici&#x00F3;n sexuada, la adscripci&#x00F3;n de emociones t&#x00ED;picas a unos y otras pierde relevancia y estabilidad y, consecuentemente, las divisiones emocionales son menos determinantes en la configuraci&#x00F3;n de la identidad masculina o femenina. Y una misma emoci&#x00F3;n puede ser tan “eficaz” para interpretar una como la otra<xref ref-type="fn" rid="NOTE4">4</xref>. Si la diferenciaci&#x00F3;n emocional ha servido tradicionalmente para reforzar los roles y estilos femeninos y masculinos, hoy d&#x00ED;a juega un papel m&#x00E1;s relevante en las estrategias econ&#x00F3;micas, educativas o pol&#x00ED;ticas.</p>

			<p>He apuntado algunas razones que explican por qu&#x00E9; el proyecto moderno agudiza las desigualdades, pero ¿por qu&#x00E9; en alg&#x00FA;n sentido cabe afirmar que tambi&#x00E9;n las disuelve?</p>

			<p>Si el instrumento preciso de la modernizaci&#x00F3;n es la racionalidad que debe regir la vida humana en todos sus niveles, de esto se sigue, entre otras cosas, la generalizaci&#x00F3;n de pautas de conducta y modelos de organizaci&#x00F3;n social, tal como viene sucediendo en las sociedades modernas. La fuerza normativa con la que se imponen ciertas conductas es reforzada por la rapidez con la que son imitadas en las grandes concentraciones de poblaci&#x00F3;n (sean estas f&#x00ED;sicas como las grandes ciudades, sean virtuales como las redes sociales). En una sociedad expuesta a la invasi&#x00F3;n medi&#x00E1;tica, el mimetismo es m&#x00E1;ximamente eficaz desde el punto de vista de la socializaci&#x00F3;n y educaci&#x00F3;n c&#x00ED;vica, y -como factor de igualaci&#x00F3;n social- es, curiosamente, pacificador. Las sociedades urbanas superpobladas son el terreno abonado para la siembra de patrones de conducta, de deseos y necesidades que parecen responder a lo m&#x00E1;s propio de cada individuo, pero que se desarrollan con las mismas estrategias del mercado y el consumo, creando una especie de universalidad a partir de la suma de singulares. La previsibilidad del consumo confirma que, como se&#x00F1;ala Girard, la unanimidad es mim&#x00E9;tica (<xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2006</xref>, p. 84).</p>

			<p>Es notorio que el consumo y la publicidad son factores de igualaci&#x00F3;n en las sociedades modernas (Garc&#x00ED;a, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2013</xref>; Cereda, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">2013</xref>). El gran &#x00E9;xito del consumo reside en haberse introducido en las esferas m&#x00E1;s &#x00ED;ntimas del individuo, verti&#x00E9;ndolas en un lenguaje, esto es, socializ&#x00E1;ndolas: ha transformado los deseos en conductas previsibles y habituales. En la publicidad, el deseo se presenta unido a la aspiraci&#x00F3;n a la vida buena, a la felicidad y autorrealizaci&#x00F3;n. La generalizaci&#x00F3;n del consumo como medio de experiencia social, la estandarizaci&#x00F3;n de los modelos gracias a los medios de comunicaci&#x00F3;n, los avances m&#x00E9;dicos, etc., pueden ser vistos como los factores que han contribuido a agudizar la elaboraci&#x00F3;n de la imagen, de la apariencia, que est&#x00E1; presente en la vida cotidiana de todos los seres humanos. En el caso de la mujer, esta elaboraci&#x00F3;n de la imagen ha estado marcada por un ideal de belleza, por encima de otros elementos configuradores de la representaci&#x00F3;n cultural como la autoridad, la confianza, la simpat&#x00ED;a, la hospitalidad… incluso por encima de la maternidad. Se habla de dictadura de la imagen, esclavitud de la imagen.</p>

			<p>Todo esto sin duda introduce una forma de igualdad al servicio de la asimilaci&#x00F3;n social que pone en peligro la identidad. El individuo singular, al no poder beneficiarse de la familia, de los or&#x00ED;genes o del prestigio y posici&#x00F3;n de una instituci&#x00F3;n o comunidad en la que entra, debe conquistar la aprobaci&#x00F3;n y reconocimiento social. Su atenci&#x00F3;n est&#x00E1; volcada hacia fuera, pendiente de las reacciones ajenas, de los signos de aprobaci&#x00F3;n o reprobaci&#x00F3;n. Cuanto m&#x00E1;s cambiante, m&#x00E1;s d&#x00FA;ctil es la sociedad, m&#x00E1;s frecuente y r&#x00E1;pidamente debe adaptar sus criterios y referencias para conservar lo ya ganado. Se puede hablar de un exceso de socializaci&#x00F3;n, que lastra inevitablemente las posibilidades de individuar no solo gustos, aficiones, sino lo que es m&#x00E1;s importante, decisiones radicales sobre la propia vida, itinerarios y aprendizajes no tipificados y abiertos en lo que respecta tanto a las expectativas personales de felicidad como al triunfo social.</p>

			<p>La modernidad y el cambio que impulsa mantienen viva la tensi&#x00F3;n entre igualdad y diferencia, pero en esta tensi&#x00F3;n no hay propiamente un espacio exclusivamente femenino ni masculino, sino que es el conjunto social, el ser humano con su diferenciaci&#x00F3;n sexual el que se ve alterado, configurado por el proyecto moderno. En las p&#x00E1;ginas siguientes se destacan algunas expresiones culturales de las sociedades contempor&#x00E1;neas que originaria y principalmente son responsabilidad de las mujeres y, al mismo tiempo, son un angular suficientemente amplio como para ofrecer una comprensi&#x00F3;n de la entera realidad humana.</p>
		</sec>


		<sec id="S2">
			<title>2. CAMBIO E IDENTIDAD. LA RECONFIGURACI&#x00D3;N DE LO FEMENINO Y LO MASCULINO </title>

			<p>Junto a la cultura de la diferencia, y como era previsible por la constante dial&#x00E9;ctica de la modernidad, se ha insistido abundantemente en las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas en la cuesti&#x00F3;n de la identidad. Las l&#x00ED;neas directrices de los proyectos de investigaci&#x00F3;n subvencionados por entidades p&#x00FA;blicas tienen entre sus temas prioritarios el de la identidad. Todo ello sugiere que esta no es solo una problem&#x00E1;tica de inter&#x00E9;s transversal, sino una dimensi&#x00F3;n de la autocomprensi&#x00F3;n humana que, por causas que ahora no toca analizar, es exigida para el pleno desarrollo tanto de la existencia individual como de las sociedades modernas.</p>

			<p>Si como ve&#x00ED;amos al comienzo, la modernidad est&#x00E1; sem&#x00E1;nticamente unida a la idea de cambio, lo mismo acontece con la moderna existencia humana. Pese a la confianza del romanticismo en la capacidad de cada hombre para llevar a cabo su vida como un proyecto &#x00FA;nico, la subjetividad humana revela una forma de fragilidad hasta hace un par de siglos apenas advertida: la identidad y con ella la identidad femenina y masculina. Sin duda, podemos afirmar que se ha producido una reconfiguraci&#x00F3;n de lo femenino y lo masculino que, entre otras cosas, hace evidente la dependencia cultural de los antiguos arquetipos. Para recordar las variaciones hist&#x00F3;ricas y culturales de las modalidades de feminidad y masculinidad basta con acercarse a un museo de arte, a la historia de la literatura, a las tradiciones de trato social o la m&#x00E1;s reciente historia del cine. Unas suceden a otras como consecuencia de distintos cambios.</p>

			<p>Sin embargo, sostengo que la modernidad social no trae sin m&#x00E1;s variaciones en los modos de vivir la condici&#x00F3;n de mujer y var&#x00F3;n tal como se ha dado siempre a lo largo de la historia, sino que da lugar a una reconfiguraci&#x00F3;n de la identidad masculina y la femenina. El t&#x00E9;rmino “reconfiguraci&#x00F3;n” connota el significado de cambio, modificaci&#x00F3;n, y al mismo tiempo el de reinicio, un empezar de nuevo. ¿En raz&#x00F3;n de qu&#x00E9; se puede hablar de un “empezar de nuevo”, de reiniciar las formas de identificar y diferenciar lo masculino y lo femenino? &#x00DA;nicamente si esa reconfiguraci&#x00F3;n no es el resultado de un simple proceso de adaptaci&#x00F3;n social, ni la huella del impacto del cambio cultural en las relaciones humanas, sino que es exigida por la propia condici&#x00F3;n humana; si es el resultado de una transformaci&#x00F3;n operada desde dentro en las mujeres y hombres de las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas, y en la que ellos han tenido que ser –no les ha quedado otra opci&#x00F3;n- los agentes principales.</p>

			<p>Aun a riesgo de simplificar, sostengo que las modalidades en las que se ha expresado la identidad de la mujer moderna tienen en su ra&#x00ED;z el mismo factor dominante de las identidades modernas masculinas: la aspiraci&#x00F3;n a la realizaci&#x00F3;n individual y la consecuente exigencia de libre disposici&#x00F3;n de la propia existencia. Este factor es com&#x00FA;n a mujeres y hombres; por ello, a lo largo de este &#x00FA;ltimo siglo, la imitaci&#x00F3;n de estilos y lenguajes entre unos y otras ha sido constante y rec&#x00ED;proca. Podr&#x00ED;a decirse que se han mirado menos entre s&#x00ED; y, en cambio, han atendido a un modelo de humanidad en la que primen libertad, autonom&#x00ED;a, racionalidad (esto es, en cierto modo un modelo de humanidad asexuada). Las sociedades ultramodernas activan algo as&#x00ED; como una <italic>coerci&#x00F3;n a la libertad</italic>, en expresi&#x00F3;n de Bauman. Sin distinci&#x00F3;n de sexo, todos se ven urgidos a elegir y decidir como si esto garantizara alguna forma de felicidad, m&#x00E1;s a&#x00FA;n, como si fuera el requisito para ella (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2002</xref>, p. 64). Se trata de elegir entre estilos y modelos diversos que conviven en la indistinci&#x00F3;n valorativa y provisionalidad extrema. Una vez que el ritmo de los cambios sociales se ha acelerado, coincido con Burggraf en que el verdadero problema de nuestro tiempo no consiste “en la b&#x00FA;squeda de la emancipaci&#x00F3;n, sino en la de la identidad” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">1999</xref>, p. 49).</p>

			<p>Precisamente por esto en nuestro tiempo, como en ning&#x00FA;n otro momento de la historia, se ha vivenciado con los rasgos de una crisis personal la b&#x00FA;squeda de la identidad, que requiere de la adopci&#x00F3;n de c&#x00F3;digos y pautas diferenciadas sexualmente. Y con ello no me estoy refiriendo estrictamente a la cuesti&#x00F3;n de la homo o heterosexualidad, sino a un fen&#x00F3;meno m&#x00E1;s amplio que afecta a todo individuo nacido tras la segunda mitad del siglo XX en pa&#x00ED;ses de cultura occidental. Sucede que las conductas diferenciadas sexualmente, que en otras &#x00E9;pocas eran suficientes para orientarse en la vida privada y p&#x00FA;blica, resultan insuficientes en el nuevo contexto de las ciudades modernas, donde el trabajo y la formaci&#x00F3;n rigen las relaciones sociales y la familia tiene como principal responsabilidad el desarrollo correcto del yo, de su vida emocional y sentimental.</p>

			<p>Desde la perspectiva que representa Simmel -y todav&#x00ED;a en la &#x00E9;poca que &#x00E9;l analiza-, la expresi&#x00F3;n “vida emocional y sentimental” parece aludir casi &#x00FA;nicamente a una dimensi&#x00F3;n existencial de la poblaci&#x00F3;n femenina y, en todo caso, al periodo de adolescencia y primera juventud de los varones. En la actualidad se habla sin restricciones de ning&#x00FA;n tipo de una cultura emocional que afectar&#x00ED;a a todas las esferas de la vida social, econ&#x00F3;mica, pol&#x00ED;tica, etc. (Mestrovic, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1997</xref>). El protagonismo de las emociones en la vida social permite afirmar que estamos ante un cambio de r&#x00E9;gimen emocional en las sociedades tardomodernas (Gonz&#x00E1;lez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2013</xref>, p. 10). Interesa destacar que no estamos propiamente ante una feminizaci&#x00F3;n de la sociedad, es decir, ante una forma de epidemia por contagio de una parte al todo social. Se trata de un fen&#x00F3;meno que involucra por igual a hombres y mujeres, porque no nace ni se alimenta de la diferencia sexual, sino que responde a una etapa madura de la entera transformaci&#x00F3;n de lo p&#x00FA;blico y lo privado que ambiciona el proyecto moderno.</p>

			<p>La valoraci&#x00F3;n positiva de emociones y sentimientos, el reconocimiento de su aporte cognitivo (Nussbaum, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2008</xref>, p. 21) explican que paulatinamente haya perdido peso social la comprensi&#x00F3;n racional de lo justo o conveniente en general: las emociones son a su manera un juicio. Mientras que la idea de igualdad y racionalidad social preside el imaginario que sustenta nuestro sistema y cultura pol&#x00ED;ticos, y sobrevive principalmente en los movimientos reivindicativos de derechos, la cultura popular (la cultura art&#x00ED;stica) invita a c&#x00F3;digos privados, a criterios individuales, a crear tendencias (Flamarique, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2012</xref>). La protecci&#x00F3;n y el cultivo de la vida &#x00ED;ntima, de la vida para s&#x00ED;, constituye la tarea fundamental si se quiere alcanzar el equilibrio y madurez, y se recomienda como parte del aprendizaje de la vida. Este repliegue en la esfera privada no es ajeno a la imperiosa necesidad de forjar la propia identidad desde la complejidad (y provisionalidad) de las orientaciones que ofrece la esfera social y la profesional. Como afirma Lipovetsky, con el repliegue hacia la esfera privada se ha producido el fin del <italic>homo politicus</italic> y el advenimiento del <italic>homo psicologicus</italic> que solo cree en su bienestar (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1983</xref>, p. 130).</p>

			<p>¿C&#x00F3;mo se reconocen estos cambios en la “cultura femenina”? Las primeras manifestaciones de ese giro emocional a la esfera del yo por encima del grupo o la clase social se localizan en el desajuste en la percepci&#x00F3;n y valoraci&#x00F3;n de las mujeres occidentales sobre su vida dom&#x00E9;stica como amas de casa, esposas y madres que se detecta a partir de los a&#x00F1;os 50 especialmente en los pa&#x00ED;ses desarrollados. Este desajuste se articula en un discurso que encuentra una r&#x00E1;pida acogida en las nuevas generaciones. El cine o la literatura dan buena muestra de ello<xref ref-type="fn" rid="NOTE5">5</xref>; pero m&#x00E1;s significativo es que, ante ese sentimiento de insatisfacci&#x00F3;n radical, de frustraci&#x00F3;n en mujeres que disponen de adelantos t&#x00E9;cnicos como en ninguna otra &#x00E9;poca, en un momento de mayor disponibilidad de electrodom&#x00E9;sticos, y menor carga familiar, proliferen los libros de autoayuda y consejos sentimentales (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>).</p>

			<p>Cabe preguntarse ¿cu&#x00E1;l es el origen cultural de ese descontento? Una respuesta simple -pero no por ello falsa- ser&#x00ED;a la misma modernizaci&#x00F3;n que ha transformado el imaginario social e individual, y al mismo tiempo est&#x00E1; diluyendo la frontera de lo p&#x00FA;blico y lo privado. ¿C&#x00F3;mo establece la cultura, mediante qu&#x00E9; reglamentaci&#x00F3;n de sentimientos, lo que deber&#x00ED;amos sentir o no, lo que creemos sentir? En buena medida a trav&#x00E9;s de las tipolog&#x00ED;as de lo masculino y lo femenino y las divisiones emocionales a las que me he referido antes. Una de las tipolog&#x00ED;as que se quiebra en la segunda mitad del siglo XX es la que responde a “la m&#x00ED;stica de la feminidad” seg&#x00FA;n una expresi&#x00F3;n de Betty Friedan (1963): lo femenino ser&#x00ED;a la esencia de las mujeres llamadas a la maternidad y a dedicarse a las tareas correspondientes. Si las mujeres que viven m&#x00E1;s de acuerdo con ese ideal de feminidad son las menos satisfechas, es porque la aspiraci&#x00F3;n a la autonom&#x00ED;a e igualdad se ha introducido poco a poco en el lenguaje y los modos expresivos con los que las mujeres proyectan su existencia. El desarrollo de una vida profesional acorde con la formaci&#x00F3;n recibida sustituye en el abanico de sus expectativas al deseo de formar y cuidar de una familia. Los estilos de vida desde los a&#x00F1;os 60 y 70 del pasado siglo vinculan libertad con desinhibici&#x00F3;n: los anuncios de moda o los personajes de &#x00E9;xito en el cine proponen mujeres y hombres activos, que no se sienten constre&#x00F1;idos por convenciones ni formas de trato heredadas de la generaci&#x00F3;n anterior. La falta de modelos y referentes claros, las tensiones que en cualquier caso produce la vida moderna –tanto en la esfera laboral como familiar- est&#x00E1;n detr&#x00E1;s del dif&#x00ED;cil camino de las mujeres hacia su plena instalaci&#x00F3;n social.</p>

			<p>Las mujeres habr&#x00ED;an sido pioneras en la incorporaci&#x00F3;n de lo que Illouz llama el “estilo terap&#x00E9;utico emocional” a su &#x00E1;mbito m&#x00E1;s personal. Este estilo terap&#x00E9;utico consiste en el desarrollo de t&#x00E9;cnicas espec&#x00ED;ficas (ling&#x00FC;&#x00ED;sticas y cient&#x00ED;ficas) para comprender y manejar las emociones, principalmente en las relaciones humanas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2007</xref>, pp. 22-23). Los libros de autoayuda quieren dirigir el enfoque femenino de la vida &#x00ED;ntima. En la actualidad hay un mayor desconcierto ante los problemas emocionales por la p&#x00E9;rdida de peso relativo de familiares, sacerdotes, etc. “Ese lugar lo ocupan los libros de autoayuda: son asesores de inversi&#x00F3;n emocional” (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 27) que aconsejan cada vez m&#x00E1;s un enfriamiento: al reafirmar el ideal de la igualdad socavan otro, el del compromiso. Lo parad&#x00F3;jico es que la terapia no trata de eliminar el problema, las emociones, sino de transformarlas mediante una racionalizaci&#x00F3;n de la vida emocional.</p>

			<p>En este terreno las mujeres han jugado con ventaja. Los c&#x00F3;digos tradicionales de la forja de la identidad femenina han potenciado el lenguaje emocional. Avanzado ya el siglo XXI no cabe duda de que esas mismas tensiones, la volatilidad de los estilos de vida y el cambio de r&#x00E9;gimen emocional afectan con igual intensidad a los hombres.</p>

			<p>El repliegue al mundo interior, la preocupaci&#x00F3;n por la gesti&#x00F3;n de la vida personal y profesional se dan tanto en los hombres como en las mujeres. Est&#x00E1;n detr&#x00E1;s de ese fen&#x00F3;meno de nuestro tiempo que Hochschild ha denominado la “mercantilizaci&#x00F3;n de la vida &#x00ED;ntima”, que puede resumirse en la generalizaci&#x00F3;n de dos modelos de “inversi&#x00F3;n en emociones”: invertir en el capital dom&#x00E9;stico o invertir en el yo como una empresa individual (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 39). Aunque su objeto principal de an&#x00E1;lisis son las mujeres, las din&#x00E1;micas que describe se advierten con pocas diferencias en el mundo masculino. Tanto la mujer como el hombre del siglo XXI aplican a su apetito, a su cuerpo, a su amor una disciplina asc&#x00E9;tica, ejercen una forma de autoexplotaci&#x00F3;n. El sujeto como empresario de s&#x00ED; mismo no es capaz de establecer relaciones con los otros que est&#x00E9;n libres de una finalidad (Han, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2014</xref>, p. 13). Se impone la aspiraci&#x00F3;n a un yo-autosuficiente que desea un tu-autosuficiente.</p>

			<p>Hochschild identifica las condiciones que favorecen el esp&#x00ED;ritu mercantil de la vida &#x00ED;ntima: el debilitamiento de la familia, la decadencia de la iglesia, la p&#x00E9;rdida del localismo comunitario. “Contra este tel&#x00F3;n de fondo se instala una cultura mercantil que toma silenciosamente del feminismo la ideolog&#x00ED;a que ha abierto el camino para que las mujeres ingresen en la vida p&#x00FA;blica” (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 41). Todo esto habr&#x00ED;a llevado a una instrumentalizaci&#x00F3;n del amor, a la continua evaluaci&#x00F3;n del capital psicol&#x00F3;gico y a la inversi&#x00F3;n en uno mismo. Por lo que las relaciones hombre-mujer se miden con cautela, con precauci&#x00F3;n. En sentido parecido, Han habla de “poder inteligente” que apuesta por la organizaci&#x00F3;n y optimizaci&#x00F3;n del propio yo, realizadas de forma voluntaria y con la intenci&#x00F3;n de agradar y generar dependencias (Han, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2014</xref>, p. 30).</p>

			<p>Desde la cuesti&#x00F3;n que enmarca este apartado, la configuraci&#x00F3;n de lo femenino y lo masculino en una sociedad sometida a cambios orientados por el esp&#x00ED;ritu de la modernidad, habr&#x00ED;a que decir con Hochschild que las mujeres han asimilado las reglas masculinas del amor, como ser m&#x00E1;s “fr&#x00ED;os”, posponer el enamoramiento, dejar que el amor desempe&#x00F1;e un papel menos central, manejar las emociones para postergarlas. La cultura femenina se ha acercado con m&#x00E1;s rapidez a la masculina de lo que esta ha aprendido de los c&#x00F3;digos femeninos. “En lugar de humanizar a los hombres, capitalizamos a las mujeres. Si el concepto de revoluci&#x00F3;n estancada nos lleva a preguntarnos c&#x00F3;mo ha de alcanzarse la igualdad, el concepto de esp&#x00ED;ritu mercantil de la vida &#x00ED;ntima plantea otra pregunta: ¿iguales en qu&#x00E9; t&#x00E9;rminos?” (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 45). La respuesta obvia ser&#x00ED;a que en lo que respecta al proyecto vital, a la autorrealizaci&#x00F3;n, la balanza se inclina por la prevalencia de modelos masculinos. Algunas profesiones no solo han sido casi exclusivamente masculinas, sino que exigen mayores dosis de ambici&#x00F3;n y competitividad para un desarrollo exitoso, que las consideradas tradicionalmente propias de las mujeres. Para mantenerse en las primeras es preciso adoptar los c&#x00F3;digos masculinos que regulan las relaciones profesionales y sus valoraciones impl&#x00ED;citas. En el mundo laboral los c&#x00F3;digos de g&#x00E9;nero pueden aparecer como un escollo que deber ser vencido. Todav&#x00ED;a en el siglo XXI las mujeres oscilan muchas veces entre el c&#x00F3;digo aprendido en el &#x00E1;mbito familiar, en el que est&#x00E1; diferenciada la autoridad masculina y la entrega femenina, y el c&#x00F3;digo que responde al presupuesto de la igualdad, y quita peso a las diferencias entre hombres y mujeres (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 75). Pero, en la medida en que este c&#x00F3;digo toma sus elementos y reglas de la mayor experiencia y pr&#x00E1;ctica masculina, supone una p&#x00E9;rdida, una forma de negaci&#x00F3;n que explica la mayor fragilidad de las mujeres frente a las tensiones entre la vida profesional y la personal.</p>

			<p>No obstante, la existencia moderna se desenvuelve en un entramado social que acoge tanto el desarrollo afectivo, los sue&#x00F1;os y proyectos personales como la vida familiar y profesional. Las nuevas relaciones familiares, sociales, y laborales han favorecido experiencias y aprendizajes sobre el arte de vivir como var&#x00F3;n o mujer que en absoluto son negativos. Cabe preguntarse todav&#x00ED;a ¿qu&#x00E9; hemos aprendido e imitado con &#x00E9;xito los hombres de las mujeres y viceversa en la convivencia familiar y profesional?</p>
		</sec>


		<sec id="S3">
			<title>3. LOS ESCENARIOS COMPARTIDOS DE LA FAMILIA Y EL TRABAJO</title>

			<p>La incorporaci&#x00F3;n de la mujer al mercado laboral, su creciente profesionalizaci&#x00F3;n y la inserci&#x00F3;n del trabajo en el horizonte vital de las mujeres, con expectativas, exigencias y ritmos semejantes a los de los varones, constituye una aut&#x00E9;ntica revoluci&#x00F3;n social que ha modificado tanto los par&#x00E1;metros y procedimientos de la esfera p&#x00FA;blica y econ&#x00F3;mica como los de la esfera privada, familiar y personal. Aqu&#x00ED; solo quiero fijar la atenci&#x00F3;n en algunos aspectos donde esa revoluci&#x00F3;n deja una huella clara de las transformaciones operadas. Entre otras, el espacio f&#x00ED;sico: actualmente la mujer pasa la mayor parte de su tiempo fuera del hogar, en ese espacio antiguamente considerado propio de la vida p&#x00FA;blica, esto es, masculina. Si con la revoluci&#x00F3;n industrial se inicia esa separaci&#x00F3;n entre la casa y el lugar de trabajo, que afectaba casi exclusivamente a los varones (Sennet, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2000</xref>, p. 33); ahora, esta separaci&#x00F3;n caracteriza tambi&#x00E9;n el d&#x00ED;a a d&#x00ED;a de las mujeres. Pero esto no solo no ha disminuido la importancia del “dentro”, de la casa, en la existencia moderna, sino que tambi&#x00E9;n el espacio de la vida familiar se ha estructurado de acuerdo a las ausencias y nuevos modos de presencia de sus ocupantes.</p>

			<p>La salida del &#x00E1;mbito dom&#x00E9;stico es vista por algunos como una p&#x00E9;rdida para el todo social y no solo para la mujer. Seg&#x00FA;n Simmel, la feminidad solo se preserva en el &#x00E1;mbito dom&#x00E9;stico. Y, por eso, la mujer est&#x00E1; siempre consigo misma en su casa, mientras que el var&#x00F3;n busca su <italic>casa</italic> siempre fuera de s&#x00ED; mismo (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 93). Algo cercano sostiene la pensadora feminista Luce Irigaray cuando afirma que con la incorporaci&#x00F3;n de la mujer al mundo laboral masculino se ha dado una p&#x00E9;rdida de la identidad femenina (Irigaray, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">1990</xref>, p. 343). Hochschild, en cambio, sostiene que la incorporaci&#x00F3;n de la mujer al trabajo asalariado explica que valores tradicionalmente considerados femeninos tengan espacio en el &#x00E1;mbito laboral (habla de una feminizaci&#x00F3;n de la fuerza de trabajo) y que las mujeres hayan interiorizado valores tradicionalmente considerados como masculinos, propios del trabajo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 274). Sin duda estamos ante un intercambio de doble direcci&#x00F3;n de bienes y valores entre la esfera privada, el hogar y el trabajo que repercute l&#x00F3;gicamente en la autocomprensi&#x00F3;n de las mujeres, pero simult&#x00E1;neamente en la de los varones y en el conjunto social. Pues modifican patrones de conducta, modos institucionalizados de relaci&#x00F3;n social y econ&#x00F3;mica que afectan a todos, en todas las etapas de la vida humana.</p>

			<p>Para la mayor&#x00ED;a de nuestros contempor&#x00E1;neos, la esfera privada, concretamente el hogar, representa cada vez m&#x00E1;s el espacio para el libre desarrollo personal frente a las exigencias de la vida profesional. El hogar, la casa como refugio, iguala las aspiraciones y posibilidades de dedicaci&#x00F3;n de varones y mujeres que pasan buena parte de su tiempo fuera. Es tambi&#x00E9;n una fuente de tensiones que generalmente pesa m&#x00E1;s sobre las mujeres que sobre los varones. Compartir la aspiraci&#x00F3;n profesional favorece otras formas de relaci&#x00F3;n y dependencia de hombres y mujeres que ya no miran al sostenimiento de la familia, sino a la aspiraci&#x00F3;n de felicidad personal; por lo que se hace imprescindible un nuevo equilibrio de igualdad y diferencia entre los miembros de una familia. Los pasos en esa direcci&#x00F3;n son muy interesantes. En los &#x00FA;ltimos decenios se ha llamado la atenci&#x00F3;n sobre una de las dimensiones tradicionalmente en manos de la familia que el nuevo estilo de vida pone en peligro: el cuidado y atenci&#x00F3;n de sus miembros m&#x00E1;s d&#x00E9;biles por edad, enfermedad, etc. Basta observar c&#x00F3;mo hombres y mujeres se comportan en sus relaciones familiares para darse cuenta de los cambios notables en las conductas distribuidas entre unos y otros. Por ejemplo, ellos se han apropiado de tareas y conductas antes solo femeninas (en el cuidado de los ni&#x00F1;os, la supervisi&#x00F3;n de animales dom&#x00E9;sticos, la compra del supermercado, la decoraci&#x00F3;n, consejos de estilismo, etc.). Ellas tienen una mayor presencia y credibilidad en las cuestiones m&#x00E1;s “t&#x00E9;cnicas” que afectan al desarrollo personal de los hijos o a la vida dom&#x00E9;stica. Estudios recientes, de los que se tienen datos cuantitativos, muestran que las horas efectivas de dedicaci&#x00F3;n a los hijos por parte de los padres (hombres y mujeres), su implicaci&#x00F3;n en el d&#x00ED;a a d&#x00ED;a, ha crecido de modo considerable en los &#x00FA;ltimos dos decenios. Tambi&#x00E9;n ha aumentado el nivel de preocupaci&#x00F3;n y sentido de responsabilidad sin que haya una causa externa identificable. Este crecimiento –sin desmerecer otros factores de tipo cultural, estructural y econ&#x00F3;mico- apunta m&#x00E1;s bien a la consolidaci&#x00F3;n de un nuevo concepto de paternidad y maternidad (Garc&#x00ED;a-Manglano, Nollenberger y Sevilla-Sanz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2015</xref>).</p>

			<p>Con todo, es indudable que la escasez de tiempo para la casa, para la vida familiar, est&#x00E1; detr&#x00E1;s del auge y crecimiento del mercado de servicios “familiares” de toda &#x00ED;ndole con el que se quiere suplir la falta de tiempo y de atenci&#x00F3;n de los padres a los hijos. Tambi&#x00E9;n este aspecto ha sido estudiado brillantemente por Hochschild (a quien sigo en sus l&#x00ED;neas principales). Si la incorporaci&#x00F3;n de la mujer al mundo laboral ha dejado vac&#x00ED;a la casa, su ausencia ha contribuido a que la familia se convierta en un ideal, un <italic>s&#x00ED;mbolo</italic> potente de cualidades apreciadas, tales como la empat&#x00ED;a, el reconocimiento y el amor: cualidades que son la quintaesencia de lo personal y que el mercado de servicios debe imitar (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 51). Por lo mismo en esa oferta de servicios no se hacen la competencia empresas semejantes, sino que estas compiten con la familia y, en particular, con el rol de esposa-madre supliendo sus funciones de modo creciente. La din&#x00E1;mica de crecimiento de este tipos de servicios es sencilla: a medida que la familia se minimiza y es incapaz de prestar la atenci&#x00F3;n que se le demanda, se recurre al mercado para conseguir lo que necesita y de este modo se minimiza todav&#x00ED;a m&#x00E1;s la funci&#x00F3;n social de la familia.</p>

						<disp-quote><p>La simbolizaci&#x00F3;n hiperb&#x00F3;lica de la madre es en parte una respuesta a la desestabilizaci&#x00F3;n del basamento cultural y tambi&#x00E9;n econ&#x00F3;mico sobre el que se asienta la familia (…) Cuanto m&#x00E1;s se endurece el mundo exterior, m&#x00E1;s anhelamos que el hogar se convierta en un refugio. El s&#x00ED;mbolo de la madre es eficaz (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 63).</p></disp-quote>

			<p>¿Estamos ante una nueva paradoja?</p>

			<p>Los llamados “valores familiares” cotizan al alza, pero la estructura familiar en la que han florecido es minoritaria hoy d&#x00ED;a o est&#x00E1; en fase de transformaci&#x00F3;n: as&#x00ED; que no sabemos qui&#x00E9;nes deben ser sus principales agentes. Todav&#x00ED;a hasta la d&#x00E9;cada de los sesenta (para ello basta ver el cine, la publicidad, la televisi&#x00F3;n) eran tarea de mujeres. En la actualidad -separados estos valores de la maternidad- deben ser asumidos por cualquiera o por todos los miembros de una familia. Ejemplos notables los tenemos en las calles de cualquier ciudad, en la literatura, en el cine. Es interesante observar c&#x00F3;mo esto ha permitido ensayar otros modos de establecer las relaciones afectivas, de asumir el cuidado y la atenci&#x00F3;n a la familia, las pr&#x00E1;cticas de ocio compartidos por igual por varones y mujeres. Tambi&#x00E9;n que entre las nuevas generaciones la familia sea la instituci&#x00F3;n que m&#x00E1;s se aprecia. Si alguien ha pensado que las empresas de servicios familiares iban a suplantar la familia, y reducir sus tareas casi a cero, no parece que esa tendencia se consume.</p>

			<p>Quiero detenerme en otro signo del cambio social, que <italic>a priori</italic> parece m&#x00E1;s propio de la cultura femenina que entr&#x00F3; en crisis, pero que afecta por igual a toda la sociedad. Como hemos visto, el eje familia-trabajo une y separa las dos dimensiones que han pasado a capitalizar la vida moderna y que afectan &#x00ED;ntimamente a mujeres y hombres sin exclusi&#x00F3;n. La ambici&#x00F3;n profesional como parte esencial del desarrollo de la persona, la dedicaci&#x00F3;n al trabajo, la supeditaci&#x00F3;n de proyectos familiares o sentimentales al ritmo y planificaci&#x00F3;n laboral, la expectativa de reconocimiento a trav&#x00E9;s de la profesi&#x00F3;n y, consiguientemente, la mayor estima de la valoraci&#x00F3;n profesional sobre el aprecio del c&#x00ED;rculo familiar, todos ellos son rasgos que definen por igual a hombres y mujeres de nuestro tiempo. En esa misma medida el modo como se defina el eje familia-trabajo es responsable principal de la identidad personal.</p>

			<p>En las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas, se ha analizado al detalle lo que se llama cultura empresarial: esto es, el tipo de vida, relaciones, c&#x00F3;digos y valores que caracterizan a cada empresa y le confieren una determinada personalidad, sobre todo para sus empleados. Llama la atenci&#x00F3;n que se ha asumido como algo normalizado el contagio de los valores familiares al mundo laboral. Como explica Hochschild, “la empresa tom&#x00F3; prestados elementos culturales de la familia y de la comunidad”. Muchas empresas reclaman una dedicaci&#x00F3;n plena de tiempo y capacidades fomentando su desarrollo; adem&#x00E1;s, esperan y exigen un alto grado de compromiso por parte del trabajador, haci&#x00E9;ndole responsable del buen ambiente dentro de la empresa y del logro de los objetivos comunes. El giro empresarial es algo sin vuelta atr&#x00E1;s. Se tiene en alta estima la cooperaci&#x00F3;n entre los trabajadores, el trato amistoso para el trabajo en equipo, el bienestar de los empleados y de los clientes. Al ofrecer cada vez m&#x00E1;s servicios internos/privados a sus empleados, su cultura de trabajo es “maternal” (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1997</xref>, pp. 19-20).</p>

			<p>Ahora bien, esta tendencia en la cultura de empresa que incorpora ciertos valores familiares —como la amistad o el desarrollo personal— alarga la jornada de trabajo: deja, por tanto, cada vez menos tiempo para el cuidado de familia y hogar, en general. En consecuencia, el trabajo profesional es la fuente primordial de reconocimiento y satisfacci&#x00F3;n personal como ya no lo es la vida familiar, ni siquiera para las mujeres; all&#x00ED;, en el hogar, esperan tareas y cargas debidas, para las que apenas se tienen fuerzas o tiempo. Si el trabajo ofrece posibilidades inagotables de crecimiento, la familia/hogar impone obligaciones (Hochschild, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1997</xref>). He planteado de modo algo dram&#x00E1;tico la resoluci&#x00F3;n de la doble orientaci&#x00F3;n de la vida moderna hacia la profesi&#x00F3;n y la esfera &#x00ED;ntima-personal para subrayar que el desequilibrio gravita sobre la familia, el hogar; es decir, sobre el espacio f&#x00ED;sico y mental ocupado por las mujeres hasta hace un siglo. Antes he mencionado la ausencia de la mujer y el crecimiento de las empresas de servicios, por un lado, y la mayor implicaci&#x00F3;n de los varones en las tareas de cuidado y atenci&#x00F3;n en el &#x00E1;mbito familiar, por otro. Esas realidades conviven con esta otra: hombres y mujeres buscan reconocimiento en el trabajo y muchas veces ven las tareas de atenci&#x00F3;n familiar y dom&#x00E9;sticas como algo pesado y sin beneficio personal. Con palabras de Hochschild, “en el trabajo encontramos una familia y vemos la familia como trabajo” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2008</xref>, p. 280).</p>

			<p>Si los dos pilares de la concepci&#x00F3;n moderna del hombre son la libertad y la autonom&#x00ED;a que cristalizan vitalmente en la orientaci&#x00F3;n hacia un proyecto de vida personal, se entiende que para los hombres y mujeres de nuestro tiempo sea cada vez m&#x00E1;s dif&#x00ED;cil conjugar el “nosotros”. Norbert Elias ha llamado la atenci&#x00F3;n sobre el cambio experimentado en la Europa moderna:</p>

						<disp-quote><p>antes el equilibrio entre la identidad del nosotros y la identidad del yo se inclinaba m&#x00E1;s hacia la primera. A partir del Renacimiento, el equilibrio empez&#x00F3; a inclinarse cada vez m&#x00E1;s hacia la identidad del yo (Elias, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1990</xref>, p. 226).</p></disp-quote>

			<p>El lugar destacado donde se advierte este desequilibro es la familia, pues tiene un papel central tanto respecto a la identidad del nosotros como a la del yo. Todo esto coincide con la transformaci&#x00F3;n de la familia en los entornos urbanos en nuclear, limitada a padres e hijos, como una comunidad definida por los lazos afectivos entre sus miembros. En efecto, perdida la funci&#x00F3;n social de situar a sus miembros de manera objetiva en el orden social que demarca el “nosotros”, la familia constituye el escenario simb&#x00F3;lico que expresa de forma extraordinaria la propia individualidad, ofrece los primeros modelos para desarrollar el yo (Illouz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2007</xref>, p. 25).</p>
		</sec>


		<sec id="S4">
			<title>4. ARQUITECTURA SENTIMENTAL: HOMBRES Y MUJERES, LO COM&#x00DA;N Y LO DIFERENTE</title>

			<p>En este &#x00FA;ltimo apartado quiero tocar un aspecto caracter&#x00ED;stico de la formaci&#x00F3;n de la identidad, el imaginario afectivo-sentimental, que con frecuencia se considera lo paradigm&#x00E1;tico de la condici&#x00F3;n femenina. Como tratar&#x00E9; de mostrar, si alguna vez lo fue, ahora ha dejado de ser un cuesti&#x00F3;n menor y particular de la identidad de las mujeres, y opera tambi&#x00E9;n como medida del desarrollo identitario de los varones.</p>

			<p>Si los cambios en los modos de establecer las relaciones sociales son otro de los rendimientos del proceso de modernizaci&#x00F3;n que han sufrido las sociedades occidentales en los &#x00FA;ltimos dos siglos, especialmente significativos son los cambios en las relaciones sentimentales. Adem&#x00E1;s de factores propiamente sociol&#x00F3;gicos, ligados a los estilos de vida urbanos, a la mayor movilidad (geogr&#x00E1;fica y social) y a la variedad de procedencias y culturas de los habitantes de las ciudades, la concepci&#x00F3;n del ser humano como una individualidad libre es lo que est&#x00E1; detr&#x00E1;s de la demanda y consumo de literatura rom&#x00E1;ntica que favorece el r&#x00E1;pido desarrollo de un p&#x00FA;blico de lectoras. En este tipo de novelas, las mujeres ve&#x00ED;an reflejadas y formuladas sus propias necesidades afectivas. Aprender a amar y a entender el amor a trav&#x00E9;s de la ficci&#x00F3;n novelesca, por ejemplo, es la llave que da paso a la interiorizaci&#x00F3;n del sentimiento: la lectura es una actividad que cuando se realiza a solas, favorece una forma de meditaci&#x00F3;n, de interiorizaci&#x00F3;n que act&#x00FA;a condicionando por completo la educaci&#x00F3;n sentimental. Un ejemplo cl&#x00E1;sico en esta direcci&#x00F3;n lo ofrece la novela de Flaubert, <italic>Madame Bovary</italic>. La situaci&#x00F3;n y los personajes reflejan los cambios iniciados unas d&#x00E9;cadas antes, que constituyen el germen de lo que se suele llamar educaci&#x00F3;n sentimental.</p>

			<p>He mencionado en el apartado anterior algunos fen&#x00F3;menos que enlazan directamente con este tema: el cambio de r&#x00E9;gimen emocional, la valoraci&#x00F3;n al alza de las emociones en las sociedades contempor&#x00E1;neas y la centralidad de los lazos afectivos en la familia y, por tanto, en el matrimonio. Esto &#x00FA;ltimo ven&#x00ED;a ya gest&#x00E1;ndose desde comienzos del siglo XIX, pero es en el XX cuando el amor se convierte en el &#x00FA;nico significado legitimador del matrimonio. Pese a que la visi&#x00F3;n rom&#x00E1;ntica del amor ha sufrido cambios en estos dos siglos, no ha disminuido su predominio tanto en la literatura como en la cultura popular. La imitaci&#x00F3;n de las idealizaciones de la vida sentimental que presenta la cultura popular forma parte del aprendizaje e iniciaci&#x00F3;n en la vida adulta. Aunque algunos elementos y rituales son comunes, se dan ciertas variantes en el universo masculino y en el femenino. El sentimiento ideal, es decir, elaborado y ritualizado, condiciona lo que se quiere sentir, y c&#x00F3;mo se debe expresar, si bien muchas veces la experiencia real lo desmienta.</p>

			<p>Es obvio que estos cambios han tenido un impacto mayor en las mujeres, al menos hasta hace poco. Basta considerar los primeros indicios de esta revoluci&#x00F3;n y sus efectos en novelas de finales del siglo XVIII (como <italic>Lucinde</italic>, de Friedrich). La independencia y libertad del coraz&#x00F3;n que reclaman las mujeres para elegir marido son vistas como una grave amenaza al orden social establecido. Desde la altura del siglo XXI se puede decir que este protagonismo de las mujeres en la vida sentimental fue el primer paso hacia una presencia social similar a la de los varones. La nueva arquitectura sentimental, como no pod&#x00ED;a ser de otro modo, introdujo cambios en los modos de trato y de cortejo, as&#x00ED; como en las expectativas y concepto del amor por parte de los hombres. A primera vista se podr&#x00ED;a decir que el nuevo c&#x00F3;digo sentimental femenino se impuso socialmente, de modo que “socialmente” los varones no ten&#x00ED;an otra opci&#x00F3;n que jugar de acuerdo a sus reglas. La cuesti&#x00F3;n tiene m&#x00E1;s calado pero no es este el punto en el que me quiero fijar, sino en los c&#x00F3;digos actuales.</p>

			<p>¿D&#x00F3;nde estamos hoy? La potente fascinaci&#x00F3;n que ejerce la experiencia rom&#x00E1;ntica sobre hombres y mujeres responde a que, como se&#x00F1;ala Illouz en su libro (tan acertadamente) titulado ¿<italic>Por qu&#x00E9; duele el amor?</italic>, los motivos que hacen del amor un elemento central de la identidad y felicidad son casi los mismos que lo determinan como un &#x00E1;mbito especialmente dif&#x00ED;cil de la experiencia: se trata de los modos institucionalizados del yo y la identidad moderna (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>, p. 15). Los fracasos sentimentales afectan, por tanto, al n&#x00FA;cleo &#x00ED;ntimo de la persona; ante ellos, nuestros contempor&#x00E1;neos ponen en marcha todos los recursos disponibles: terap&#x00E9;uticos, estrat&#x00E9;gicos, educativos, comerciales: es decir, las distintas formas de racionalidad que impregnan la vida moderna en todas sus dimensiones.</p>

			<p>Libertad y autonom&#x00ED;a, las dos marcas del ADN moderno, est&#x00E1;n detr&#x00E1;s del imaginario sentimental que, en lo esencial, no es ni femenino ni masculino<xref ref-type="fn" rid="NOTE6">6</xref>. Con todo, aunque el amor sea en primera instancia un asunto &#x00ED;ntimo, hombres y mujeres identifican los elementos con los que dise&#x00F1;ar las relaciones amorosas en los modos institucionalizados. Siempre ha sido as&#x00ED;, se me puede objetar, pues la pr&#x00E1;ctica del romance y del matrimonio se encuentra configurada por la sociedad y la cultura. No obstante, hay algo “significativamente moderno” en las pr&#x00E1;cticas actuales. En p&#x00E1;ginas anteriores me he referido al modo como el mercado y el consumo ha penetrado e informado las din&#x00E1;micas del deseo y las emociones. No pod&#x00ED;a ser menos respecto al amor y las expectativas de plenitud que le acompa&#x00F1;an. Por eso, algunos autores han llegado a afirmar que el amor es un fen&#x00F3;meno capitalista, una inversi&#x00F3;n emocional orientada al beneficio (Precht, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2012</xref>); o, como dice uno de los personajes de la ficci&#x00F3;n televisiva, ha sido inventado por las agencias de publicidad (<italic>Mad Men</italic>). En lo que estas posturas coinciden es en se&#x00F1;alar el car&#x00E1;cter de representaci&#x00F3;n del amor rom&#x00E1;ntico; car&#x00E1;cter que se ha visto reforzado por la recreaci&#x00F3;n de ese ideal (o ideales) en la cultura popular, esto es, en la literatura, la m&#x00FA;sica, el cine, la televisi&#x00F3;n y no en menor medida en la “prensa del coraz&#x00F3;n”. Las representaciones ofrecen la imagen del amor: por un lado, el amor inquebrantable y, por otro, el amor como utop&#x00ED;a de expresi&#x00F3;n y libertad, como aventura. En otro de sus libros E. Illouz ha tratado desde la perspectiva sociol&#x00F3;gica los modos en que la sociedad del capitalismo avanzado vincula el desarrollo del romance a determinadas pr&#x00E1;cticas de consumo. Lo interesante es ver c&#x00F3;mo esas idealizaciones rom&#x00E1;nticas que est&#x00E1;n vigentes en el imaginario social desde el siglo XVIII claramente, han sido ordenadas por el exitoso encuentro entre las ilusiones rom&#x00E1;nticas y el mercado, de modo que se ha consumado una cierta igualdad en la dependencia que hombres y mujeres tienen de los c&#x00F3;digos y estrategias amorosas (Illouz, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2009</xref>, p. 50).</p>

			<p>Las narrativas televisivas y cinematogr&#x00E1;ficas, que reflejan la vida y, al mismo tiempo la configuran, proporcionan inagotable material de consumo de tipolog&#x00ED;as sentimentales: las que responden a la sensibilidad rom&#x00E1;ntica –se vive el amor como “revelaci&#x00F3;n” y se pasa la vida en espera de un gran relato de amor eterno; las que expresan la forma de vivir el amor como <italic>aventura</italic>, con una fuerte carga emocional y de riesgo. Recientemente ha emergido la tipolog&#x00ED;a del <italic>single</italic>: un individuo, hombre o mujer, que ya ha renunciado al amor pleno, y no busca su continuaci&#x00F3;n vital. Es el tipo que habita ahora las grandes ciudades.</p>

						<disp-quote><p>En este fen&#x00F3;meno se pone de manifiesto una suerte de <italic>devotio posmoderna</italic> o, dicho de otro modo, el recogimiento fervoroso del individuo sobre s&#x00ED; mismo. (…) Pienso sobre todo en todos aquellos que conducen su vida en solitario como una filosof&#x00ED;a, y que son algo as&#x00ED; como monjes incr&#x00E9;dulos, monjes de la falta de fe en relaciones sociales. No hay m&#x00E1;s que un axioma en la pr&#x00E1;ctica: los placeres del instante son, efectivamente, placeres del instante” (Sloterdijk, <xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2003</xref>, pp. 46-47).</p></disp-quote>

			<p>La paradoja est&#x00E1; servida. La modernidad, que aliment&#x00F3; el sue&#x00F1;o de una felicidad y bienestar universales, es tambi&#x00E9;n responsable de la tensi&#x00F3;n que surge de las dos exigencias mencionadas<xref ref-type="fn" rid="NOTE7">7</xref>: por un lado, la que vincula amor logrado e identidad personal (lo que hace enormemente fr&#x00E1;gil el equilibro emocional tanto de hombres como de mujeres); y, por otro, la que establece distancia y c&#x00E1;lculo, precisamente porque es la felicidad de uno lo que est&#x00E1; en juego. En lo que respecta a las estrategias, a la racionalizaci&#x00F3;n de los sentimientos en orden a la prosecuci&#x00F3;n de fines, no coinciden plenamente las l&#x00F3;gicas que siguen hombres y mujeres.</p>

			<p>A lo largo de estas p&#x00E1;ginas me he fijado en algunos cambios de los modos de ser y de relacionarse individual y socialmente de las mujeres que por su car&#x00E1;cter “moderno” alcanzan a toda la condici&#x00F3;n humana y permiten comprender mejor los estilos de vida actuales.</p>

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		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>“El hecho de ser mujer es m&#x00E1;s esencial que para el hombre el hecho de ser hombre (...) para la mujer la sexualidad consiste en ser” (Simmel, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1938</xref>, p. 96).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE2"><label>2</label>
					<p>“En cualquier caso, el punto te&#x00F3;rico m&#x00E1;s fr&#x00E1;gil de los discursos de g&#x00E9;nero estriba en un escaso refinamiento conceptual, que lleva a considerar la dominaci&#x00F3;n como algo inevitablemente derivado de la diferencia, para concluir a continuaci&#x00F3;n que la anulaci&#x00F3;n de la diferencia es el &#x00FA;nico camino para superar la dominaci&#x00F3;n. Esta hip&#x00F3;tesis es radicalmente problem&#x00E1;tica por ut&#x00F3;pica, pues olvida que la diferencia -no solo la diferencia de g&#x00E9;nero sino cualquier diferencia- acompa&#x00F1;a necesariamente el despliegue de la vida social, de forma que el intento de suprimir una diferencia significa &#x00FA;nicamente introducir otra”. (Gonz&#x00E1;lez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2009</xref>, p. 43).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE3"><label>3</label>
					<p>En su libro <italic>Un hombre enamorado</italic>, el escritor noruego K. O. Knausgard hace unas observaciones interesantes al respecto.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE4"><label>4</label>
					<p>En un estudio recientemente publicado, <italic>La distancia entre Marte y Venus</italic>, psic&#x00F3;logos italianos y brit&#x00E1;nicos han aplicado una escala de 15 rasgos de personalidad a una encuesta mucho m&#x00E1;s general realizada a 10.200 estadounidenses, la mayor&#x00ED;a de raza blanca y con un nivel de estudios superior a la media en su pa&#x00ED;s. Los datos obtenidos indican que, de media, las mujeres son m&#x00E1;s sensibles que los hombres y tambi&#x00E9;n son m&#x00E1;s cordiales y m&#x00E1;s aprensivas o ansiosas. Por el contrario, los hombres punt&#x00FA;an m&#x00E1;s en rasgos como la estabilidad emocional, la dominancia, la atenci&#x00F3;n a las normas y la vigilancia. Sin dar estos datos por definitivos consideran que estas diferencias son significativas. (Cf. “La sensibilidad es lo que m&#x00E1;s diferencia a hombres y mujeres”, <uri>www.elpais.10.enero.2012</uri>).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE5"><label>5</label>
					<p>Un excelente relato sobre este malestar y los cambios sociales anejos lo ofrece la serie de televisi&#x00F3;n <italic>Mad Men </italic>(Flamarique, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2015</xref>).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE6"><label>6</label>
					<p>Sobre las diferencias en el modo de “sufrir” por amor de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, cfr. el ensayo de E. Illouz (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE7"><label>7</label>
					<p>Una peculiar combinaci&#x00F3;n de ambas exigencias se advierte en la descripci&#x00F3;n que hace Sloterdijk del <italic>single</italic> por excelencia: “La vida trabaja sobre nosotros como un cerrajero forjando una llave extremadamente complicada, todos los a&#x00F1;os se a&#x00F1;aden en ella algunos dientes traicioneros. Cuando el compa&#x00F1;ero de tu vida desaparece, t&#x00FA; no tienes una llave de recambio para reemplazar a esa criatura perfectamente pulida y limada que ha vivido a tu lado durante veinte o cuarenta a&#x00F1;os y que ha sido capaz de abrir tu puerta. Una llave perdida de esas caracter&#x00ED;sticas no puede volver a forjarse, solo es signo de una ausencia. Para mucha gente mayor la soledad es la consecuencia inevitable de sucesos biogr&#x00E1;ficos irreversiblemente individualizantes” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT32">2003</xref>, p. 49).</p>
				</fn>
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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
			
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