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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
			</journal-title-group>
			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2016.778n2005</article-id>
			<article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2016.778n2005</article-id>
			 
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				<subj-group subj-group-type="heading">
				<subject>¿HAY MUJERES M&#x00C1;S ALL&#x00C1; DEL FEMINISMO? / DO SOME WOMEN GO BEYOND FEMINISM?</subject>
				</subj-group>
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				<article-title>Mujer y teolog&#x00ED;a: la cuesti&#x00F3;n de la imagen de Dios</article-title>
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					<trans-title>Women and Theology. The question of the image of God</trans-title>
				</trans-title-group>
				<alt-title alt-title-type="running-head">Mujer y teolog&#x00ED;a: la cuesti&#x00F3;n de la imagen de Dios</alt-title>
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					 <surname>Castilla de Cort&#x00E1;zar</surname>
					 <given-names>Blanca</given-names>
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			<author-notes>
				<corresp id="cor1"><email xlink:href="castilla@blancascor@gmail.com">castilla@blancascor@gmail.com</email></corresp>
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			<pub-date pub-type="epub">
				<day>30</day>
				<month>04</month>
				<year>2016</year>
			</pub-date>
						
			
			<pub-date pub-type="collection">
			<year>2016</year>
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			<volume>192</volume>
			<issue>778</issue>
			
			<elocation-id>a302</elocation-id>

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				<date date-type="received">
					<day>08</day>
					<month>09</month>
					<year>2015</year>
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				<date date-type="accepted">
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					<month>09</month>
					<year>2015</year>
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				<copyright-statement>&#x00A9; 2016 CSIC</copyright-statement>
				<copyright-year>2016</copyright-year>
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) Espa&#x00F1;a 3.0.</license-p>
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			<abstract xml:lang="es">
				<title>RESUMEN</title>
				<p>La cuesti&#x00F3;n de la imagen de Dios, afirmada en el libro del G&#x00E9;nesis, es un tema teol&#x00F3;gico con amplio recorrido, acerca del cual se ha avanzado en las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas, en relaci&#x00F3;n con la teolog&#x00ED;a de la mujer, tarea a&#x00FA;n pendiente. En el presente trabajo, tras un breve <italic>iter</italic> en torno al progreso de esta cuesti&#x00F3;n, nos detendremos a analizar la novedosa propuesta de Karol Wojtyla en su obra magna: <italic>La teolog&#x00ED;a del cuerpo</italic>, analizando su m&#x00E9;todo, sus puntos de partida y sus principales consecuencias, para concluir se&#x00F1;alando las tareas pendientes.</p>
			</abstract>
			
									
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>The question of the image of God, described in the book of Genesis, is a long-standing theological issue. Although there has been some progress in this regard in recent decades, particularly in relation to the theology of women, there is still work to be done. In this paper, after a brief <italic>iter</italic> on the progress on this matter, we take a closer look at Karol Wojtyla’s novel proposal in his magnum opus: <italic>The theology of the body</italic>, analyzing his method, starting points and main consequences. We conclude by pointing out the tasks ahead.</p>
			</trans-abstract>
			

			<kwd-group xml:lang="es">							
				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Teolog&#x00ED;a de la mujer</kwd>
				<kwd>imagen de Dios</kwd>
				<kwd>sexualidad</kwd>
				<kwd>andr&#x00F3;gino</kwd>
				<kwd>reciprocidad</kwd>
				<kwd>complementariedad</kwd>
				<kwd>esponsalidad</kwd>	
				<kwd>dualidad</kwd>
				<kwd>transcendentalidad</kwd>				
			</kwd-group>
			
						
			<kwd-group xml:lang="en">
				<title>KEYWORDS</title>		
				<kwd>Theology of women</kwd>	
				<kwd>image of God</kwd>
				<kwd>sexuality</kwd>
				<kwd>androgyne</kwd>
				<kwd>reciprocity</kwd>
				<kwd>complementarity</kwd>
				<kwd>spousal character</kwd>	
				<kwd>duality</kwd>
				<kwd>transcendentality</kwd>				
			</kwd-group>
			
		
		</article-meta>
	</front>		
	

	<body>	
			
		<sec id="S0">
			<p>En el primer libro de la Biblia, en dos vers&#x00ED;culos (G&#x00E9;nesis 1, 26-27), se afirma por tres veces que el ser humano fue creado “a imagen de Dios”. Sin embargo, el contenido y el significado de esa imagen, la base inmutable de toda la antropolog&#x00ED;a cristiana, es uno de los temas teol&#x00F3;gicos de m&#x00E1;s amplio recorrido a lo largo de siglos de pensamiento. En ese dilatado <italic>iter</italic> se pueden distinguir cuatro pasos:</p>

							<list list-type="order">
								<list-item>
									<p>Solo el var&#x00F3;n es imagen de Dios, Eva es derivada.</p>
								</list-item>
								<list-item>
									<p>La imagen est&#x00E1; en el alma y esta es asexuada.</p>
								</list-item>
								<list-item>
									<p>Tanto el var&#x00F3;n como la mujer en cuanto tales son imagen de Dios.</p>
								</list-item>
								<list-item>
									<p>La plenitud de la imagen est&#x00E1; en la “unidad de los dos”, que viene a ser una imagen de la “unidad Trinitaria”.</p>
								</list-item>
							</list>

			<p>Como puede advertirse, en el centro de este proceso se dirime la cuesti&#x00F3;n de si la mujer es, y de qu&#x00E9; modo, imagen de Dios. Los dos &#x00FA;ltimos pasos son a&#x00FA;n recientes y est&#x00E1;n sin terminar de desarrollar y en ellos se encuentra la clave para el desarrollo de una teolog&#x00ED;a sobre la mujer que a&#x00FA;n es una tarea pendiente. Y no solo por parte de la teolog&#x00ED;a, sino tambi&#x00E9;n por falta de un avance paralelo en el &#x00E1;mbito de la antropolog&#x00ED;a filos&#x00F3;fica de la que, en cierto modo, la teolog&#x00ED;a depende. Ciertamente, el conocimiento de la propia sexualidad y su llamada al amor, no son f&#x00E1;ciles de tematizar y necesitan una investigaci&#x00F3;n que re&#x00FA;na ciencia, antropolog&#x00ED;a y &#x00E9;tica; as&#x00ED; como el concurso de la teolog&#x00ED;a, ciencia que requiere a su vez los datos de las dem&#x00E1;s ciencias para profundizar y poder interpretar de un modo certero el sentido de los datos revelados, iluminando as&#x00ED; el resto de los saberes. Como veremos, algunos de los d&#x00E9;ficits hoy superados de algunas opiniones teol&#x00F3;gicas se deben a las lagunas o errores cient&#x00ED;ficos, que se barajaban en el momento en que se formularon dichas teor&#x00ED;as.</p>

			<p>En el presente trabajo, tras un breve <italic>iter</italic> en torno al progreso de esta cuesti&#x00F3;n nos detendremos a analizar la novedosa propuesta de Karol Wojtyla, analizando su m&#x00E9;todo, sus puntos de partida y sus principales consecuencias, para concluir se&#x00F1;alando las tareas pendientes.</p>
		</sec>


		<sec id="S1">
			<title>1. DIFICULTADES HERMEN&#x00C9;UTICAS</title>

			<p>Como es sabido, en el libro del <italic>G&#x00E9;nesis</italic> se recogen dos relatos de la creaci&#x00F3;n. En el primero de ellos, en el corto espacio de dos vers&#x00ED;culos (26-27) se afirma por tres veces que el hombre (var&#x00F3;n y mujer) es creado a imagen de Dios. Inmediatamente despu&#x00E9;s, en <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 2, se recoge otro relato de la creaci&#x00F3;n de la primera pareja humana (el conocido como “de la costilla de Ad&#x00E1;n”) que, con un lenguaje simb&#x00F3;lico y metaf&#x00F3;rico y sin nombrarla directamente, desarrolla el contenido de dicha imagen. Sin embargo, sin reparar en que no puede haber contradicci&#x00F3;n con lo ya relatado en el primero, durante siglos ese segundo pasaje se ha interpretado literalmente, como si la mujer hubiera aparecido posteriormente en el tiempo; y apoy&#x00E1;ndose en una interpretaci&#x00F3;n sesgada se ha querido encontrar en &#x00E9;l la justificaci&#x00F3;n a posturas subordinadas, afirmando por ejemplo, que en cierto sentido “el var&#x00F3;n es principio y fin de la mujer, como Dios es principio y fin de toda criatura” (Tom&#x00E1;s de Aquino, I, q. 93, a. 4, ad 1).</p>

			<p>Esta interpretaci&#x00F3;n “antigua” - como la ha denominado Juan Pablo II- ha estado frecuentemente condicionada por arcaicos mitos como el del andr&#x00F3;gino de Plat&#x00F3;n (189c-193d), que han difuminado aspectos centrales del contenido del mensaje b&#x00ED;blico. Entre ellos no ha sido infrecuente considerar que la diversidad sexual proviene de un castigo divino que parti&#x00F3; en dos una identidad originaria. La relaci&#x00F3;n entre los sexos se plante&#x00F3; entonces como una b&#x00FA;squeda de la propia plenitud, en lugar de un don que se da a otro por amor. Esta influencia, con diversos matices, ha permanecido vigente hasta la actualidad.</p>

			<p>Otro de los condicionamientos de la antropolog&#x00ED;a diferencial var&#x00F3;n-mujer ha sido los errores culturales provocados por el desconocimiento de la fisiolog&#x00ED;a humana. Desde antiguo, como recoge Arist&#x00F3;teles (<xref ref-type="bibr" rid="CIT02">IVa.C./1994</xref>, p. 113 y p. 273), se pens&#x00F3; que solo el var&#x00F3;n engendraba, siendo considerada la mujer &#x00FA;nicamente como tierra fecunda en la que germina la semilla en ella sembrada. De ah&#x00ED; que desde el s. V antes de Cristo se impusiera la imagen de la maternidad y la mujer como pasividad, frente al hombre-var&#x00F3;n que representaba actividad. Ese error solo se disip&#x00F3; cient&#x00ED;ficamente cuando a finales del siglo XIX se descubri&#x00F3; la fecundaci&#x00F3;n (Gomis Blanco, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">1991</xref>, p. 11). M&#x00E1;s a&#x00FA;n, la ciencia ha demostrado que en el origen de un nuevo ser humano la mujer aporta m&#x00E1;s que el var&#x00F3;n, pues solo de ella procede el ADN mitocondrial contenido en el citoplasma del &#x00F3;vulo. Aun as&#x00ED;, en pleno siglo XX antropol&#x00F3;gicamente esos prejuicios siguen sin haber sido superados y algunos tratados siguen manteniendo la supuesta pasividad femenina (Buytendijk, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1966</xref>).</p>

			<p>En tercer lugar, habr&#x00ED;a que nombrar la influencia del platonismo plotiniano, seg&#x00FA;n la cual la plenitud no es plural sino monol&#x00ED;tica, y de ella se deriva el ideal de la autosuficiencia en lugar de la riqueza de la cooperaci&#x00F3;n. En esta l&#x00ED;nea se considera que solo el uno es supremo, por lo que el dos necesariamente ha de estar subordinado. De esta manera, la alteridad no ha conseguido ser reconocida como tal, siendo reducida a <italic>una copia deformada</italic> de un &#x00FA;nico modelo. Durante muchos siglos la mujer ha sido considerada como la copia deficiente del hombre-var&#x00F3;n, que es quien encarna el prototipo humano. Tal visi&#x00F3;n, como puede advertirse, no hace justicia a la mujer <italic>ni al var&#x00F3;n que permanece prisionero de una soledad que excluye toda verdadera relaci&#x00F3;n rec&#x00ED;proca</italic>.</p>

			<p>En resumidas cuentas, la ex&#x00E9;gesis ha estado condicionada por los prejuicios, inherentes a la condici&#x00F3;n ca&#x00ED;da del hombre. Por esta raz&#x00F3;n, en las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas una de las principales tareas de la ciencia b&#x00ED;blica es discernir y separar el mensaje divino de los envoltorios culturales que le acompa&#x00F1;an.</p>
		</sec>


		
		<sec id="S2">
			<title>2. ITER DE LA INVESTIGACI&#x00D3;N SOBRE LA IMAGEN DE DIOS</title>

			<p>Haciendo un poco de historia, en la tradici&#x00F3;n jud&#x00ED;a se consider&#x00F3; que solo el var&#x00F3;n era imagen de Dios, mientras que la mujer era derivada. Esto ha justificado la situaci&#x00F3;n subordinada de la mujer en el mundo jud&#x00ED;o y musulm&#x00E1;n en los que (sobre todo en este &#x00FA;ltimo) a&#x00FA;n hoy se encuentra encerrada.</p>

			<p>Con la &#x00E9;poca cristiana se abre una nueva era al ser conscientes de la dignidad de la mujer recuperada por Jesucristo. Todo el mundo qued&#x00F3; sorprendido al ver c&#x00F3;mo trata el Mes&#x00ED;as a las mujeres, cuya dignidad ha tenido siempre como icono la figura de la Virgen, la criatura m&#x00E1;s perfecta. Tambi&#x00E9;n los textos apost&#x00F3;licos lo afirman con claridad: “Ya no hay jud&#x00ED;o ni griego, esclavo ni libre, var&#x00F3;n ni mujer, porque todos sois uno en Cristo”, afirma Pablo de Tarso en su carta a los G&#x00E1;latas (3, 28). <italic>“En relaci&#x00F3;n a lo “antiguo”, esto es evidentemente “nuevo”: es la novedad evang&#x00E9;lica”</italic>, afirma Juan Pablo II (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 24)</p>

			<p>Por su parte, los Padres de la Iglesia y los pensadores cristianos a partir de Clemente de Alejandr&#x00ED;a y de san Agust&#x00ED;n, que son los primeros en argumentar que la mujer es imagen de Dios, se esforzaron para desarrollar el contenido de la imagen de Dios, que se ampl&#x00ED;a para contener a ambos (var&#x00F3;n y mujer). Esto supone que el Cristianismo ha puesto la primera piedra miliar inamovible en la dilucidaci&#x00F3;n de esta cuesti&#x00F3;n, defendiendo de un modo indiscutible la igualdad entre ambos.</p>

			<p>Pero la cuesti&#x00F3;n no es tan f&#x00E1;cil porque junto con la igualdad es preciso articular la diferencia, cuesti&#x00F3;n que a&#x00FA;n permanece pendiente, debido en parte a que tampoco est&#x00E1; resuelta por las ciencias humanas. Siguiendo con el proceso de clarificaci&#x00F3;n –que siempre avanza rectificando errores-, dentro del pensamiento cristiano se dio un paso adelante con la tesis de que la imagen de Dios pertenece al alma y que esta es asexuada. Con respecto a la posici&#x00F3;n anterior este desarrollo supone un avance significativo, aunque no exento de obst&#x00E1;culos. Se&#x00F1;alemos algunos.</p>

			<p>El primer escollo se encuentra en los propios textos neotestamentarios pues algunos de ellos, adem&#x00E1;s de recoger con nitidez la novedad evang&#x00E9;lica, conservan restos de la interpretaci&#x00F3;n antigua.</p>

						<disp-quote><p>Encontramos diversos textos - se&#x00F1;ala Juan Pablo II-, en los cuales los escritos apost&#x00F3;licos expresan esta novedad, si bien en ellos se percibe a&#x00FA;n lo “antiguo”, es decir, lo que est&#x00E1; enraizado en la tradici&#x00F3;n religiosa de Israel, en su modo de comprender y de explicar los textos sagrados, como por ejemplo el del <italic>G&#x00E9;nesis</italic> (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 24, cita 49) .</p></disp-quote>

			<p>As&#x00ED;, por ejemplo, se puede recordar aqu&#x00E9;l de la <italic>Carta a los Corintios</italic> de san Pablo que afirma: “Quiero que sep&#x00E1;is que el var&#x00F3;n es imagen (eik&#x00F3;n) y gloria (d&#x00F3;xa) de Dios; la mujer, en cambio es gloria del var&#x00F3;n” (1 Cor 11, 3-16); por lo que la igualdad entre el var&#x00F3;n y la mujer no logra desprenderse de prejuicios seculares, y durante siglos muchos autores cristianos tratan de hacer compatible simult&#x00E1;neamente la igualdad y la subordinaci&#x00F3;n. Para esta especie de “cuadratura” del c&#x00ED;rculo, se opt&#x00F3; por afirmar que la igualdad se refiere a los bienes espirituales y la subordinaci&#x00F3;n persiste en cuanto a los asuntos temporales. Como es f&#x00E1;cil apreciar hoy, esta interpretaci&#x00F3;n contradice la doble misi&#x00F3;n com&#x00FA;n que Dios encomienda al var&#x00F3;n y a la mujer, al bendecirlos despu&#x00E9;s de la creaci&#x00F3;n (Gen. 1, 28: “Creced, multiplicaos, llenad la tierra y dominadla”).</p>

			<p>Analizando esta postura, la tesis de que la imagen est&#x00E1; en el alma y esta es asexuada, presenta dificultades y es susceptible de diversas corrupciones. En primer lugar, porque la sexualidad queda restringida exclusivamente a la corporeidad (de la que con frecuencia y por diversas influencias gn&#x00F3;sticas se ha tenido una concepci&#x00F3;n negativa), y su sentido y significado se limita a la reproducci&#x00F3;n y a la conservaci&#x00F3;n de la especie, como es el caso de la sexualidad animal. Por otra parte, el var&#x00F3;n en cuanto tal sigue conservando su condici&#x00F3;n de imagen de Dios, mientras que la mujer la tiene solo en cuanto que juntamente con el var&#x00F3;n forma parte de la naturaleza humana; de modo que el var&#x00F3;n solo es imagen de Dios, mientras que la mujer sola no. Ciertamente estas negaciones aparecen sobre todo en la argumentaci&#x00F3;n te&#x00F3;rica, en clara contradicci&#x00F3;n con la praxis de la Iglesia, en la que la mujer virgen ha tenido siempre su estatus y reconocimiento.</p>

			<p>A la altura del siglo XX se perfila un nuevo avance en la conceptualizaci&#x00F3;n de la imagen de Dios: var&#x00F3;n y mujer son, tanto juntos como por separado, imagen de Dios igualmente. En esta l&#x00ED;nea, cabe destacar los estudios sobre la imagen desarrollados por la noruega Kari E. B&#x00F8;rresen, en los que superando viejos prejuicios, desarrolla la convicci&#x00F3;n de que tanto el var&#x00F3;n como la mujer, en cuanto tales, son imagen de Dios. En esta l&#x00ED;nea avanzan los conocimientos antropol&#x00F3;gicos. Se ha se&#x00F1;alado ya la transcendencia del descubrimiento cient&#x00ED;fico de la fecundaci&#x00F3;n y del conocimiento de la fisiolog&#x00ED;a para barrer de cuajo la sombra de la supuesta pasividad femenina, que se cierne sobre la mujer desde tiempos inmemoriales.</p>

			<p>Por otra parte, se est&#x00E1; constatando que las diferencias no son solo biol&#x00F3;gicas o culturales, sino que tambi&#x00E9;n hay diversidades innatas en el plano psicol&#x00F3;gico. En este sentido el psiquiatra suizo Jung (<xref ref-type="bibr" rid="CIT27">1954/2009</xref>, pp. 49-68 y pp. 69-102), en su b&#x00FA;squeda de los arquetipos humanos y, en concreto, de los arquetipos femeninos del &#x00E1;nima y de la madre, constat&#x00F3; que la psique humana es sexuada (no asexuada como afirmaron los medievales); observando adem&#x00E1;s que los sexos no solo son complementarios entre ellos sino en el interior de cada uno, al advertir que los varones tienen dentro de su psique un “anima” que, en ocasiones, tarda en desarrollarse y que si no lo hace resultan personalidades extra&#x00F1;as y empobrecidas. Es decir, cada sexo tiende a desarrollar con m&#x00E1;s facilidad una vertiente de la naturaleza humana, pero tiene tambi&#x00E9;n una serie de actitudes, imprescindibles para humanizar la vida empezando por la propia, que solo puede desarrollar con la ayuda del otro sexo. Esta constataci&#x00F3;n es asequible a la experiencia humana ordinaria, seg&#x00FA;n la cual en los varones hay potencialidades que solo son capaces de sacar a la luz las mujeres de su vida, empezando por su madre. Y las mujeres tienen potencialidades (a las que Jung design&#x00F3; como “animus”), que solo se desarrollan si son potenciadas por los hombres de su vida, empezando por su padre. De ah&#x00ED; que, por ejemplo, de un var&#x00F3;n que sepa querer se pueda decir que “ama con coraz&#x00F3;n de padre y de madre”.</p>

			<p>En tercer lugar, y debido a la acci&#x00F3;n comprometida de muchas mujeres han ido cayendo prejuicios y al haberse incorporado estas a la educaci&#x00F3;n superior han evolucionado tambi&#x00E9;n las condiciones en los contextos laborales y sociol&#x00F3;gicos.</p>

			<p>Por su parte, desde el punto de visto te&#x00F3;rico, gracias a la antropolog&#x00ED;a centrada en la persona, se han abierto nuevas l&#x00ED;neas de avance, porque se ha acometido una antropolog&#x00ED;a tanto filos&#x00F3;fica como teol&#x00F3;gica partiendo del cuerpo. El cuerpo deja de ser un aspecto extr&#x00ED;nseco a la dignidad humana, para presentarse como la expresi&#x00F3;n de la singularidad personal. Desde esta perspectiva, la condici&#x00F3;n sexuada humana, presente en la corporeidad, se comienza a ver como una expresi&#x00F3;n de la intimidad humana pasando a ser <italic>“constitutiva de la persona” y no solo “atributo de la persona”</italic>, siendo su significado profundo la capacidad para reconocer a la persona y para expresar el amor. Estas propuestas est&#x00E1;n recogidas fundamentalmente en el pensamiento de Karol Wojtyla que, antes de acceder al pontificado, hab&#x00ED;a desarrollado una antropolog&#x00ED;a centrada en la persona, el amor y la familia que culmina en su obra sobre la <italic>Teolog&#x00ED;a del cuerpo</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2006</xref>). Su propuesta se sit&#x00FA;a m&#x00E1;s all&#x00E1; de los planteamientos anteriores, al afirmar que la plenitud de la imagen de Dios no se encuentra solo en la mujer y en el var&#x00F3;n considerados independientemente, sino que est&#x00E1; en la “unidad de los dos”, lo que viene a ser una imagen de la “unidad Trinitaria”. En opini&#x00F3;n de sus bi&#x00F3;grafos, su pensamiento en torno a esta cuesti&#x00F3;n es lo m&#x00E1;s original de sus escritos y lo que m&#x00E1;s huella dejar&#x00E1; en el pensamiento humano. Seg&#x00FA;n Weiger se trata de una bomba de relojer&#x00ED;a que se redescubrir&#x00E1; ya muy entrado el siglo XXI o quiz&#x00E1; m&#x00E1;s tarde (<xref ref-type="bibr" rid="CIT45">1999</xref>, pp. 451-466). Al ser el m&#x00E1;s novedoso, nos centraremos en el an&#x00E1;lisis de su planteamiento.</p>
		</sec>


		
		<sec id="S3">
			<title>3. DOS NUEVAS CLAVES INTERPRETATIVAS </title>

			<p>En el horizonte intelectual de Karol Wojtyla, guiado por la experiencia vital, emergi&#x00F3; con claridad la convicci&#x00F3;n de que el ser humano se realiza en la doble modalidad de var&#x00F3;n y mujer. Antes, en y despu&#x00E9;s de la Carta Apost&#x00F3;lica <italic>Mulieris Dignitatem</italic> repens&#x00F3; esta verdad con singular penetraci&#x00F3;n, sorteando prejuicios dif&#x00ED;ciles de desarraigar, reinterpretando pasajes b&#x00ED;blicos en los que la mentalidad “antigua” no deja aflorar con claridad la “novedad evang&#x00E9;lica” y reabriendo puertas -ya en germen en la Escritura y en la Patr&#x00ED;stica-, que han estado cerradas en la tradici&#x00F3;n posterior.</p>


		<sec id="S3.1">
			<title>3.1. Inseparabilidad entre cuerpo, sexo y persona</title>

			<p>El punto de partida de su antropolog&#x00ED;a es el cuerpo, cuesti&#x00F3;n que toma de Max Scheler, como dimensi&#x00F3;n humana visible e indiscutible. Y la clave interpretativa del resto de su desarrollo y de la originalidad de sus propuestas consiste en no separar ni el cuerpo ni el sexo de la persona ya que “<italic>el cuerpo es expresi&#x00F3;n de la persona</italic>” (Wojtyla, <xref ref-type="bibr" rid="CIT46">1982</xref>, p. 238). Siguiendo la tradici&#x00F3;n oriental advierte que lo m&#x00E1;s interior se expresa en lo visible. Lo que significa tambi&#x00E9;n que si se cambiara el cuerpo se dejar&#x00ED;a de ser el mismo, como tambi&#x00E9;n reconoce Habermas (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2002</xref>, p.115). Esta es la raz&#x00F3;n en la que basa su argumentaci&#x00F3;n para afirmar que el cuerpo tiene significado sacramental, al entender por tal que hace visible algo invisible.</p>

			<p>Si el cuerpo es expresi&#x00F3;n de la persona, las caracter&#x00ED;sticas propias de la misma (unicidad y apertura relacional) deber&#x00ED;an expresarse en la corporeidad. El ADN, el iris o las huellas dactilares expresan la irrepetibilidad y la apertura podr&#x00ED;a estar plasmada precisamente en la condici&#x00F3;n sexual. Esa podr&#x00ED;a ser la explicaci&#x00F3;n de su afirmaci&#x00F3;n de que “<italic>el sexo es constitutivo de persona</italic>” (Juan Pablo II, 2011, p. 78), que viene a decir que las manifestaciones sexuadas del cuerpo expresan algo m&#x00E1;s profundo que configura a la persona misma. Y cuando sostiene que el cuerpo tiene un “<italic>significado esponsal</italic>” (2011, p. 110) est&#x00E1; expresando que la llamada al amor de la persona se refleja en el cuerpo, que materialmente es capaz de expresar el amor de dos formas distintas.</p>

			<p>De la misma ra&#x00ED;z nace su consideraci&#x00F3;n de que el cuerpo y el sexo (la masculinidad y la feminidad frente a frente) formen parte de la <italic>imagen de Dios</italic> (Juan Pablo II, 2011, p. 97)<xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref>, porque cada cuerpo dice desde s&#x00ED; al otro expresando su llamada al amor y a la comuni&#x00F3;n (2011, p. 104). La condici&#x00F3;n sexuada del cuerpo es una manifestaci&#x00F3;n de algo interior, que es la apertura relacional en dos direcciones complementarias de la persona, que constituye el significado profundo de la sexualidad. Por ello el sexo es constitutivo de la persona y no solo atributo suyo, y la diferencia sexuada es una realidad originaria de la que no se puede prescindir, que participa del valor absoluto y de la dignidad que tiene la persona.</p>
		</sec>


		<sec id="S3.2">
			<title>3.2. Unidad y dualidad, centro de la teolog&#x00ED;a de la imagen</title>

			<p>Si su antropolog&#x00ED;a parte del cuerpo, su teolog&#x00ED;a de la imagen tiene tambi&#x00E9;n un novedoso punto de partida en la relectura de los textos del G&#x00E9;nesis, donde se pone de manifiesto que la creaci&#x00F3;n del ser humano fue especialmente pensada por Dios en su intimidad, en cuanto plural, es decir, es Dios Trino quien “piensa” al ser humano y a imagen de la Trinidad es creado el hombre. “Hagamos al hombre a nuestra imagen” -se afirma en el v. 26-. Parece un di&#x00E1;logo en la intimidad de las tres personas divinas que, como un acto libre y fecundo de su propio ser y felicidad, piensan y quieren que exista en el mundo visible una expresi&#x00F3;n de su propia vida, con su propio estilo. Y tras su obra ya realizada, el Creador se complace al contemplarla cuando afirma: “Y vio Dios que era muy bueno” (v. 31).</p>

			<p>En este sentido es significativo que en el vers&#x00ED;culo central de la creaci&#x00F3;n (“<italic>Y cre&#x00F3; Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo cre&#x00F3;, var&#x00F3;n y mujer los cre&#x00F3;”</italic>, G&#x00E9;n, 1, 27), se hable del hombre a la vez en singular y en plural. Dice primero, en singular, que Dios crea un hombre y luego utiliza el plural al referirse a la dualidad inicial de var&#x00F3;n y mujer. En esta breve precisi&#x00F3;n, se puede encontrar ya una imagen del Creador. En efecto, la Trinidad revelada en el Nuevo Testamento tiene sus vestigios en el Antiguo, que se descubren al leer este a la luz de aquel. As&#x00ED;, cuando Dios Uno dice: “Hagamos” es porque en su intimidad no es un ser solitario. En &#x00C9;l existen tres personas distintas en el mismo nivel ontol&#x00F3;gico. La Revelaci&#x00F3;n ha desvelado en el interior de la divinidad <italic>una diferencia que no altera la igualdad</italic>. En opini&#x00F3;n de Scola (<xref ref-type="bibr" rid="CIT41">2005</xref>, p. 135), solo el reconocimiento de una diferencia de esas caracter&#x00ED;sticas posibilita reconocer la originalidad de la diversidad de la condici&#x00F3;n sexuada del ser humano.</p>

			<p>Como se evidencia en el texto del <italic>G&#x00E9;nesis</italic>, en “un” hombre que a la vez es “dos” parece reflejarse el mismo misterio de Dios. Tanto el “uno” como el “dos” en el hombre es originario, indeducible, la “Unidad de los dos” o “unidualidad” -de la que habla Juan Pablo II- ser&#x00ED;a una imagen de la Triunidad divina. Seg&#x00FA;n esta perspectiva, la imagen divina en el ser humano acoge rasgos de la intimidad divina como la unidad y la pluralidad, la diferencia y la igualdad engarzadas entre ellas.</p>

			<p>Sin embargo, como ya se ha se&#x00F1;alado, la cuesti&#x00F3;n de la imagen de Dios, base inmutable de toda la antropolog&#x00ED;a cristiana, no ha logrado a&#x00FA;n ocupar el lugar central que le corresponde en la antropolog&#x00ED;a teol&#x00F3;gica (Ladaria, <xref ref-type="bibr" rid="CIT28">1993</xref>, pp. 68 ss.). Su conceptualizaci&#x00F3;n se ha ido abriendo paso lentamente y con dificultad en diversos contextos culturales. En este sentido es importante se&#x00F1;alar que Juan Pablo II renueva y ampl&#x00ED;a la teolog&#x00ED;a de la imagen al situarla en unas nuevas coordenadas<xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref>. La primera y fundamental consiste en descubrir, al leer el texto sagrado, que la <italic>imago Dei</italic> es una <italic>imago Trinitatis</italic>. El segundo eje es la <italic>antropolog&#x00ED;a personalista que parte de la corporeidad</italic>.</p>

			<p>La antropolog&#x00ED;a personalista y la imagen trinitaria est&#x00E1;n estrechamente relacionadas y a&#x00FA;n queda por calibrar el alcance que se deriva de su conjugaci&#x00F3;n, que empieza por transformar la misma noci&#x00F3;n de persona y la misma teolog&#x00ED;a de la imagen; lo que obliga a repensar la tradici&#x00F3;n y a ampliar los presupuestos filos&#x00F3;ficos y teol&#x00F3;gicos necesarios para su desarrollo.</p>
		</sec>
		</sec>


		<sec id="S4">
			<title>4. DIEZ PROPUESTAS </title>

			<p>Los estudios de Wojtyla se apoyan en algunos presupuestos que &#x00E9;l ya encontr&#x00F3; iniciados y prosigui&#x00F3;, de los que se van derivando diversas propuestas. Se&#x00F1;alemos algunas:</p>


		<sec id="S4.1">
			<title>4.1. Ampliaci&#x00F3;n de la noci&#x00F3;n de persona</title>

			<p>El primer presupuesto son los avances en torno a la noci&#x00F3;n de persona que han tenido lugar a lo largo del siglo XX. Con ella se describe en primer lugar la unicidad de cada cual, como magistralmente expone Arendt (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1958/1993</xref>, p. 200), que tiene algo de absoluto, le hace ser siempre fin y no medio, razones por las cuales debe ser amada por s&#x00ED; misma.</p>

			<p>Ciertamente la noci&#x00F3;n de persona, que no conocieron los griegos cl&#x00E1;sicos, es la aportaci&#x00F3;n del Cristianismo a la filosof&#x00ED;a y naci&#x00F3; en el intento de la inteligencia por penetrar en el misterio de la Trinidad y de la Encarnaci&#x00F3;n, se&#x00F1;alando con ella una realidad m&#x00E1;s profunda y distinta a la esencia, substancia o naturaleza que permit&#x00ED;a profundizar en el conocimiento del ser. La diferencia en Dios se conceptualiz&#x00F3; como persona y se describi&#x00F3; como “relaci&#x00F3;n subsistente” (Tom&#x00E1;s de Aquino, I, qq. 29-30). La relaci&#x00F3;n, un t&#x00E9;rmino de origen categorial, situado en otro contexto dilata su significado para expresar la diferencia personal en Dios, de un modo similar a como subsistencia no significa lo mismo que substancia. Sin embargo, el primer intento de aplicar la noci&#x00F3;n de persona al ser humano (la c&#x00E9;lebre y secularmente reiterada definici&#x00F3;n de Boecio, “Substancia individual de naturaleza racional”) se apart&#x00F3; de esa descripci&#x00F3;n en un doble sentido, pues dej&#x00F3; de hablar de subsistencia para recaer de nuevo en el t&#x00E9;rmino substancia y no recogi&#x00F3; el aspecto relacional. Han hecho falta muchos siglos para recuperar la dimensi&#x00F3;n transcendental de la persona, a&#x00FA;n poco divulgada, y la perspectiva de la <italic>imago trinitatis</italic> permite integrar el aspecto relacional mediante dos avances consecutivos.</p>

			<p>El primero ha fraguado por obra del personalismo contempor&#x00E1;neo que, apoy&#x00E1;ndose en la experiencia (una persona sola ser&#x00ED;a una desgracia, porque lo m&#x00E1;s propiamente humano, como el lenguaje o el amor, requieren un destinatario), ha incorporado, como constitutiva de la persona, la dimensi&#x00F3;n de apertura al otro. El progreso se recogi&#x00F3; en la c&#x00E9;lebre frase del Concilio Vaticano II en la <italic>Gaudium et Spes</italic>, n. 24, que Juan Pablo II no se cansa de repetir: “El hombre es el &#x00FA;nico ser en el universo al que Dios ha querido por s&#x00ED; mismo y no encuentra su plenitud m&#x00E1;s que en el don sincero de s&#x00ED; a los dem&#x00E1;s”. El p&#x00E1;rrafo se refiere, tanto al valor absoluto de cada persona, como al enclave relacional que desde s&#x00ED; misma posibilita su llamada a la comuni&#x00F3;n. La Carta <italic>Mulieris dignitatem</italic> es expl&#x00ED;cita al respecto: “ser persona a imagen y semejanza de Dios comporta tambi&#x00E9;n existir en relaci&#x00F3;n al otro “yo” (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 6). Posteriormente en otros documentos del Magisterio se habla de la humanidad como <italic>realidad relacional</italic> (Congregaci&#x00F3;n para la Doctrina de la fe, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2004</xref>, n. 6) y se describe a la persona como <italic>subjetividad relacional</italic> (en el Compendio de la Doctrina Social de la Iglesia, <xref ref-type="bibr" rid="CIT36">2005</xref>, n. 149). Esta primera dilataci&#x00F3;n de la noci&#x00F3;n de persona humana, incluyendo en ella el aspecto relacional, posibilita ya profundizar en la imagen de Dios pues “es preludio de la definitiva autorrevelaci&#x00F3;n de Dios Uno y Trino: unidad viviente en la comuni&#x00F3;n” (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 6).</p>
		</sec>


		<sec id="S4.2">
			<title>4.2. Ex&#x00E9;gesis de G&#x00E9;nesis 2 a la luz de G&#x00E9;nesis 1</title>

			<p>Otro presupuesto importante incorporado por Juan Pablo II es la superaci&#x00F3;n de la conocida y secular dificultad exeg&#x00E9;tica que han presentado los dos relatos de la Creaci&#x00F3;n: si se interpretaran ambos literalmente resultar&#x00ED;an contradictorios. La hermen&#x00E9;utica de Juan Pablo II, que asume la diversidad de g&#x00E9;neros literarios, propone interpretar el oscuro y arcaico texto de <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 2 a la luz de lo ya dicho en <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 1. Uno habla de la imagen, el otro -la met&#x00E1;fora yahvista de la costilla de Ad&#x00E1;n-, viene a ser una explicitaci&#x00F3;n de la misma. En el primero se advierte que var&#x00F3;n y mujer aparecen en la existencia juntos “desde el principio”, fruto de un &#x00FA;nico acto creador (Castilla de Cort&#x00E1;zar, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2005</xref>). La simultaneidad en el origen (ninguno es anterior al otro) viene a ser una lectura trinitaria, pues en Dios ninguna de las personas, co-eternas, es anterior o posterior, ni mayor ni menor que las otras (Denzinger-Sch&#x00F6;nmetzer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1963</xref>, 75/39).</p>

			<p>En consecuencia, el relato de <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 2 no est&#x00E1; exponiendo cronol&#x00F3;gicamente la creaci&#x00F3;n humana. Se trata de una par&#x00E1;bola b&#x00ED;blica para explicar de un modo inagotable lo m&#x00E1;s profundo de la imagen trinitaria. El lenguaje simb&#x00F3;lico, m&#x00ED;tico o po&#x00E9;tico se revela como el m&#x00E1;s apropiado para expresar lo que es dif&#x00ED;cil de objetivar, como es el caso de la estructura de la intimidad humana. El “Adam gen&#x00E9;rico” afirma no tanto su existencia real como los dos aspectos intr&#x00ED;nsecos de la persona: el autoconocimiento al reconocerse superior al mundo natural (primer significado de la soledad originaria) y la llamada a vivir para otro, en comuni&#x00F3;n; segunda dimensi&#x00F3;n de la persona, que solo puede formarse sobre la base de dos soledades. La par&#x00E1;bola explica tambi&#x00E9;n la raz&#x00F3;n por la cual fueron dos “desde el principio”, porque “no es bueno que el hombre est&#x00E9; solo” (2, 18). En este sentido afirma la <italic>Gaudium et Spes, n. 12</italic>: “Pero Dios no cre&#x00F3; al hombre dej&#x00E1;ndolo solo; desde el principio <italic>var&#x00F3;n y mujer los cre&#x00F3;</italic> (Gen 1, 27), y su uni&#x00F3;n constituye la primera forma de comuni&#x00F3;n de personas”. A lo que Juan Pablo II a&#x00F1;ade: “</p>

						<disp-quote><p>El ser humano no puede existir “solo”; s&#x00F3;lo puede existir como “unidad de los dos” y, por consiguiente, en relaci&#x00F3;n con otra persona... Ser imagen y semejanza de Dios conlleva, por tanto, tambi&#x00E9;n existir en relaci&#x00F3;n con el otro “yo” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 6).</p></disp-quote>

			<p>Una lectura conjunta de ambos pasajes supone el enorme acierto de introducir un sesgo sorprendentemente nuevo, que supera una milenaria interpretaci&#x00F3;n que ha dado lugar a reiterados errores y devenido obst&#x00E1;culos hasta hoy dif&#x00ED;cilmente salvables, a la hora de calibrar la diferencia var&#x00F3;n-mujer. La ex&#x00E9;gesis de Juan Pablo II, asumiendo los logros de la hermen&#x00E9;utica moderna, supone un cambio de rumbo que introduce en el discurso de la antropolog&#x00ED;a teol&#x00F3;gica un nuevo y luminoso punto de partida.</p>
			
		</sec>


		<sec id="S4.3">
			<title>4.3. Superaci&#x00F3;n del mito del andr&#x00F3;gino</title>

			<p>Desde esta nueva interpretaci&#x00F3;n del <italic>G&#x00E9;nesis</italic> se clarifican debates que han durado siglos. Entre ellos es importante el mito del andr&#x00F3;gino. La ex&#x00E9;gesis literal que la tradici&#x00F3;n de Israel hizo de <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 2 se uni&#x00F3; a la concepci&#x00F3;n del inicio del g&#x00E9;nero humano recogido por Plat&#x00F3;n en <italic>El Banquete</italic>, 189c-193d, y el Ad&#x00E1;n solitario se interpret&#x00F3; a la luz del andr&#x00F3;gino del mito de Arist&#x00F3;fanes. Este, originariamente uno, fue dividido por un castigo de la divinidad y cada parte sufriente busca su otra mitad para recuperar su identidad. Aunque en la Revelaci&#x00F3;n b&#x00ED;blica se pone de manifiesto que la diferencia sexual no tiene que ver ni con el pecado ni con el castigo, s&#x00ED; se ha concebido que, tras el sue&#x00F1;o del Ed&#x00E9;n, el primer “Adam” se convirti&#x00F3; en un var&#x00F3;n y una mujer (ambos incompletos), cada uno mitad de la humanidad. El planteamiento complica la concepci&#x00F3;n ya err&#x00F3;nea de la complementariedad que se derivaba de la lectura literal de <italic>G&#x00E9;nesis</italic> 2, en el que solo la mujer era complemento, hasta tal punto que esta categor&#x00ED;a sigue a&#x00FA;n hoy en tela de juicio<xref ref-type="fn" rid="NOTE3">3</xref>.</p>

			<p>Juan Pablo II, desde su visi&#x00F3;n personalista, hace un planteamiento diferente. La mujer aparece en la Creaci&#x00F3;n como “el otro <italic>yo</italic> en la humanidad com&#x00FA;n” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 6). Otro <italic>yo</italic> es un modo de decir “otra persona”. Y una persona es ya un “todo” con valor por s&#x00ED; mismo, due&#x00F1;o de s&#x00ED;, libre y responsable con independencia de los dem&#x00E1;s. Lo que aparece como com&#x00FA;n es la humanidad. Las dos personas, sin embargo, tienen una caracter&#x00ED;stica: est&#x00E1;n orientadas una a la otra, est&#x00E1;n llamadas a la unidad, a lo que responde la expresi&#x00F3;n “Unidad de los dos”, que no elimina la unicidad personal de cada uno sino que la presupone. Por tanto, en torno a una correcta antropolog&#x00ED;a habr&#x00ED;a que distinguir dos niveles de unidad: la personal (momento de la soledad, frente a Dios y frente al cosmos) y la “unidad de los dos” que trascendiendo las personas se sit&#x00FA;a en otro orden de unidad que acoge la diferencia y la pluralidad.</p>

			<p>Pues bien, la interpretaci&#x00F3;n del origen humano que se deriva de la “unidad de los dos” posibilita la superaci&#x00F3;n lisa y llana (definitiva) de la influencia del andr&#x00F3;gino. No solo es un planteamiento diferente al del andr&#x00F3;gino, sino justamente el contrario: <italic>no es uno que se divide en dos, sino dos que se hacen uno</italic>. Enfocando al rev&#x00E9;s el punto de partida, el horizonte abierto se despliega en un <italic>crescendo</italic> hasta alcanzar otra dimensi&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica. La unidad de los dos permite acceder a otro orden transcendental, insospechado e inalcanzable desde el planteamiento griego.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.4">
			<title>4.4. La imagen trinitaria y la misi&#x00F3;n com&#x00FA;n</title>

			<p>Para desentra&#x00F1;ar las implicaciones de la <italic>imagen trinitaria</italic> es imprescindible tambi&#x00E9;n recoger el contenido de <italic>G&#x00E9;nesi</italic>s 1, 28: “Y los bendijo Dios y les dijo: “Creced, multiplicaos y llenad la tierra y sometedla”. Se trata de la misi&#x00F3;n a realizar en com&#x00FA;n, que a su vez es doble: la familia, a trav&#x00E9;s de cuya fecundidad se llenar&#x00E1; la tierra, y el trabajo para cuidar y dominar el mundo y construir la cultura y la historia.</p>

			<p>La tarea encomendada adquiere un significado peculiar, porque una imagen trinitaria parece indicar que deber&#x00ED;a consistir en una unidad de tres. La pregunta surge inmediata ¿por qu&#x00E9; unidad de dos y no tres? La respuesta se va esclareciendo al considerar que la imagen no consiste en ser el modelo sino en reflejarlo. Que la criatura no es Dios se expresa en que no es TRES desde el principio. Sin embargo, la <italic>imago trinitatis se</italic> manifiesta en que la bendici&#x00F3;n abre el dos al TRES, a trav&#x00E9;s del dinamismo de la acci&#x00F3;n, que se funda en la donaci&#x00F3;n desinteresada de cada uno en el amor. La dualidad no se clausura en s&#x00ED; misma sino que trascendi&#x00E9;ndose de esa “unidad de los dos” brota una peculiar fecundidad.</p>

			<p>Misi&#x00F3;n com&#x00FA;n significa, por otra parte, que el tres no es resultado de la acci&#x00F3;n de uno o de otra por separado, sino de la unidad de los dos. En este aspecto s&#x00ED; se puede decir que cada uno aporta la mitad. Lo que resulta evidente en la transmisi&#x00F3;n de la vida es tambi&#x00E9;n necesario en el cuidado y transformaci&#x00F3;n de la tierra. De un modo similar a como, sin la aportaci&#x00F3;n diferencial de los dos en la familia no habr&#x00ED;a fecundidad, as&#x00ED; sin los recursos de la feminidad o de la masculinidad no ser&#x00ED;a posible un desarrollo sostenible en el &#x00E1;mbito social, econ&#x00F3;mico y cultural. Juan Pablo II lo constata:</p>

						<disp-quote><p>El texto de G&#x00E9;nesis 2, 18-25 indica que el matrimonio es la dimensi&#x00F3;n primera y en cierto sentido, fundamental de esta llamada (a <italic>existir rec&#x00ED;procamente</italic>). Pero no es &#x00FA;nica. Toda la historia del hombre sobre la tierra (...) se desarrolla en la integraci&#x00F3;n en la humanidad misma, <italic>de lo “masculino” y de lo “femenino”</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n.7).</p></disp-quote>

			<p>En la procreaci&#x00F3;n la estructura donal del var&#x00F3;n y de la mujer se transforma en paternidad y maternidad y en la familia aparece la tr&#x00ED;ada: padre-madre e hijo, que evidencia una imagen trinitaria. La unidad en la acci&#x00F3;n “no refleja una igualdad est&#x00E1;tica y uniforme, ni una diferencia abismal e inexorablemente conflictiva” sino una relaci&#x00F3;n vivenciada como “un don enriquecedor y responsabilizante” (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref>, n. 8). Y lo espec&#x00ED;fico de cada uno no consiste en la diversidad de funciones sino m&#x00E1;s bien <italic>en el modo</italic> de realizar una misma funci&#x00F3;n, en <italic>los matices</italic> que la condici&#x00F3;n de cada uno encuentra para la soluci&#x00F3;n de los problemas con los que se enfrenta, e incluso <italic>en el descubrimiento y en el planteamiento</italic> mismo de esos problemas (Escriv&#x00E1; de Balaguer, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1968/1998</xref>, p. 184).</p>

			<p>En definitiva, el TRES, que no est&#x00E1; dado desde el principio, se presenta como tarea. Sin embargo, como la acci&#x00F3;n en &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino hunde sus ra&#x00ED;ces en la ontolog&#x00ED;a personal, por ello, el tres humano sigue llevando el sello de la dualidad, lo que se manifiesta en la familia en que el hijo volver&#x00E1; a ser tambi&#x00E9;n o var&#x00F3;n o mujer. La diferencia tri&#x00E1;dica radical solo se da en la intimidad de Dios.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.5">
			<title>4.5. La “comuni&#x00F3;n de las personas”, plenitud de la imagen </title>

			<p>Una vez afirmada la “unidad de los dos” que se trasciende en el tres, seguimos preguntando por el contenido de la imagen. En la evoluci&#x00F3;n doctrinal de la <italic>imago Dei</italic> se puede constatar en una primera etapa que para los hebreos solo Ad&#x00E1;n era imagen, Eva era derivada. En la tradici&#x00F3;n cristiana para acoger a la mujer dentro de la imagen, cuaj&#x00F3; la interpretaci&#x00F3;n (en s&#x00ED; misma un avance), de que la imagen estaba en el alma y esta era asexuada. A la vez, el var&#x00F3;n segu&#x00ED;a siendo imagen, mientras que la mujer lo era &#x00FA;nicamente en tanto que unida al var&#x00F3;n, pero ella sola no. Finalmente, la mujer en cuanto tal es admitida tambi&#x00E9;n dentro de la imagen. Cabr&#x00ED;a destacar que es en la <italic>Mulieris dignitatem</italic>, cuando por primera vez en el Magisterio se afirma expl&#x00ED;citamente que la mujer en cuanto mujer es imagen de Dios<xref ref-type="fn" rid="NOTE4">4</xref>. Se trata de una afirmaci&#x00F3;n reiterada, como para reafirmar una verdad anteriormente ausente.</p>

			<p>En el progresivo desarrollo de la imagen, Juan Pablo II va desde la Persona a la Comuni&#x00F3;n.</p>
			
						<disp-quote><p><italic>El hombre se convierte en imagen de Dios</italic> -afirma-, <italic>no tanto en el momento de la soledad cuanto en el momento de la comuni&#x00F3;n</italic>. Efectivamente, &#x00E9;l es “desde el principio” no s&#x00F3;lo imagen en la que se refleja la soledad de una Persona que rige el mundo, sino tambi&#x00E9;n, y esencialmente, imagen de una inescrutable comuni&#x00F3;n divina de Personas (2011, pp. 73-74).</p></disp-quote>

			<p>Ciertamente cada persona es imagen en cuanto ser racional y libre, capaz de conocer y amar a Dios. Desde aqu&#x00ED; se ha desarrollado la teolog&#x00ED;a de la imagen en la tradici&#x00F3;n occidental. De la mano de San Agust&#x00ED;n, cuya influencia ha sido decisiva durante siglos, por medio de la llamada “analog&#x00ED;a psicol&#x00F3;gica”, la imagen trinitaria se refleja en cada persona a trav&#x00E9;s de las diferencias de sus potencias: memoria, entendimiento y voluntad. Esta ingeniosa analog&#x00ED;a tiene el inconveniente de que, si excluye otras, dejar&#x00ED;a fuera de la imagen las relaciones interpersonales lo que supone un recorte importante de la realidad humana como se&#x00F1;ala Ratzinger (<xref ref-type="bibr" rid="CIT37">1976</xref>, p. 173). De hecho, Agust&#x00ED;n de Hipona consider&#x00F3; una opini&#x00F3;n err&#x00F3;nea la analog&#x00ED;a familiar tal y como se formulaba en su tiempo, y tras &#x00E9;l la puerta qued&#x00F3; cerrada<xref ref-type="fn" rid="NOTE5">5</xref>.</p>

			<p>A la vuelta de los siglos, Juan Pablo II vuelve a constatar que la persona aislada no solo no agota la imagen trinitaria sino que no constituye su plenitud. La “unidad de los dos”, signo de la comuni&#x00F3;n interpersonal, es parte y parte importante de la <italic>imago Dei</italic>. Esta idea supone un significativo avance, para Scola una tesis clave, no explorada completamente por la Teolog&#x00ED;a, “en la que se puede entrever una de las aportaciones m&#x00E1;s significativas del Magisterio papal, cuyo alcance abarca todo el campo de la teolog&#x00ED;a dogm&#x00E1;tica” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT41">2005</xref>, pp. 134-135), que est&#x00E1; pidiendo una peculiar ontolog&#x00ED;a para la antropolog&#x00ED;a. Desentra&#x00F1;ar la riqueza antropol&#x00F3;gica que encierra requiere diversos &#x00E1;ngulos. A continuaci&#x00F3;n subrayaremos que la comuni&#x00F3;n fruto del amor se produce en reciprocidad.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.6">
			<title>4.6. La reciprocidad, requisito de la igualdad</title>

			<p>Si ser persona es vivir en relaci&#x00F3;n a otro, el vivir “para” de cada uno engendra reciprocidad que es, ante todo, una afirmaci&#x00F3;n de la persona y supone, tambi&#x00E9;n, un reconocimiento de la pertenencia de ambos al mismo nivel ontol&#x00F3;gico. Que el “Adam” del Para&#x00ED;so no encontrara compa&#x00F1;&#x00ED;a hasta que apareci&#x00F3; ante sus ojos alguien que era “carne de su carne y hueso de sus huesos” (G&#x00E9;n 2, 18) marca un nivel de igualdad, que nunca se puede perder de vista. En este sentido la <italic>Mulieris Dignitatem</italic> no deja lugar a la ambig&#x00FC;edad:</p>

						<disp-quote><p>S&#x00F3;lo la igualdad -resultante de la dignidad- de ambos como personas, puede dar a la relaci&#x00F3;n rec&#x00ED;proca el car&#x00E1;cter de una aut&#x00E9;ntica “comunio personarum” (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 10).</p></disp-quote>

			<p>En torno a esta cuesti&#x00F3;n lo m&#x00E1;s destacable es que algunos textos b&#x00ED;blicos parecieran expresar la sumisi&#x00F3;n unilateral de la mujer por lo que, una vez m&#x00E1;s, adquiere singular importancia la clarificaci&#x00F3;n de Juan Pablo II al respecto, donde constata que “encontramos diversos textos en los cuales los escritos apost&#x00F3;licos expresan esta novedad, si bien en ellos se percibe a&#x00FA;n lo “antiguo”, es decir, lo que est&#x00E1; enraizado en la tradici&#x00F3;n religiosa de Israel, en su modo de comprender y explicar los textos sagrados, como, por ejemplo, el del <italic>G&#x00E9;nesis</italic> cap&#x00ED;tulo 2”. Y concluye al hilo del an&#x00E1;lisis, la analog&#x00ED;a del amor esponsal Cristo-Iglesia de la carta a los Efesios, que “en relaci&#x00F3;n a lo “antiguo”, esto es evidentemente “nuevo”: es la novedad evang&#x00E9;lica. (…) <italic>El desaf&#x00ED;o del “ethos” de la redenci&#x00F3;n</italic> es claro y definitivo. Todas las razones en favor de la “sumisi&#x00F3;n” de la mujer al var&#x00F3;n en el matrimonio se deben interpretar en el sentido de una sumisi&#x00F3;n rec&#x00ED;proca de ambos” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 24).</p>

			<p>Llegados a este punto, es necesario repetir con Juan Pablo II que todas las interpretaciones que rompan la reciprocidad no pertenecen a la novedad evang&#x00E9;lica ni al mensaje b&#x00ED;blico, sino al lastre del envoltorio cultural que lo condiciona. Como acent&#x00FA;a el papa, esa novedad evang&#x00E9;lica ha de irse abriendo camino para cambiar las mentes y los corazones, erradicando una mentalidad que resulta m&#x00E1;s costosa y lenta de superar que la ardua carrera que supuso abolir la esclavitud.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.7">
			<title>4.7. La complementariedad ontol&#x00F3;gica, clave de la diferencia</title>

			<p>Tras asentar la reciprocidad en las relaciones sexuadas, paso primero y fundamental, es preciso seguir avanzando. Para ello voy a partir de la afirmaci&#x00F3;n de otro documento eclesial, la declaraci&#x00F3;n <italic>Inter insigniores</italic> (15-X-1976) en el que se sostiene que la diversidad sexuada <italic>“determina la identidad propia de la persona y esa distinci&#x00F3;n se ordena</italic> no solo a la generaci&#x00F3;n sino <italic>a la comuni&#x00F3;n de personas</italic>” (Congregaci&#x00F3;n para la Doctrina de la fe, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">1976/1978</xref>, p. 53). En ella se entrev&#x00E9; que la <italic>communio personarum</italic> intratrinitaria y la que se da entre var&#x00F3;n y mujer se asemejan en ser una comuni&#x00F3;n entre <italic>personas</italic> relacionalmente <italic>distintas</italic>.</p>

			<p>La categor&#x00ED;a para expresar la diferencia utilizada por Juan Pablo II no es otra que la de complementariedad. Con sus nuevas claves comienza hablando de <italic>complementariedad rec&#x00ED;proca</italic>, corrigiendo as&#x00ED; la interpretaci&#x00F3;n seg&#x00FA;n la cual solo la mujer era complemento y esa noci&#x00F3;n, despejados los inconvenientes precedentes, ampl&#x00ED;a su significado adquiriendo progresiva relevancia, hasta afirmar que “la complementariedad no solo es biol&#x00F3;gica y psicol&#x00F3;gica, sino tambi&#x00E9;n ontol&#x00F3;gica” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref>, n. 7). Refiri&#x00E9;ndose a la complementariedad ontol&#x00F3;gica explica que “cuando el G&#x00E9;nesis habla de <italic>ayuda</italic> no se refiere solamente al &#x00E1;mbito del <italic>obrar</italic>, sino tambi&#x00E9;n al del <italic>ser</italic>” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref>, n. 7). Nos encontramos en el nivel constitutivo, que viene a dar raz&#x00F3;n del orden operativo. Juan Pablo II explicita, adem&#x00E1;s, que el significado de la “unidad de los dos” consiste en una “unidualidad relacional” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref> n. 8). La relacionalidad, por tanto, aparece como la llave para explicar la unidad de iguales en la diferencia. Ahora bien, la cuesti&#x00F3;n estriba en saber c&#x00F3;mo descubrir la diferencia en las relaciones. Volviendo al pasaje de G&#x00E9;nesis 2, una vez asentada la simultaneidad en el origen, en Ad&#x00E1;n se descubre cierta raz&#x00F3;n de principio (origen) y en Eva cierta raz&#x00F3;n de fin y se podr&#x00ED;a concluir que el significado m&#x00E1;s profundo de la par&#x00E1;bola yahvista (Eva procediendo del costado de Ad&#x00E1;n), consistir&#x00ED;a en que est&#x00E1; revelando una relaci&#x00F3;n de procedencia en el origen, an&#x00E1;loga a las existentes en el seno de la Trinidad, que los configura como personas distintas.</p>

			<p>En el &#x00E1;mbito antropol&#x00F3;gico las relaciones se descubren en el obrar que permite llegar al ser. De esta manera, el modo de procrear presenta de una manera pl&#x00E1;stica la maternidad como relaci&#x00F3;n diferente de la paternidad. El var&#x00F3;n al darse sale de s&#x00ED; mismo y saliendo <italic>de &#x00E9;l</italic> se entrega a la mujer y su don se queda <italic>en ella</italic>. La mujer se da pero sin salir de ella, acogiendo <italic>en ella</italic>. Su distintos modos de darse uno al otro son complementarios, pues sin la mujer el var&#x00F3;n no tendr&#x00ED;a donde ir y, a su vez, sin &#x00E9;l ella no tendr&#x00ED;a a quien acoger. La diferencia entre estas dos relaciones consiste en estar orientadas una a la otra, lo que posibilita a la vez la “unidad de los dos”, pues si ambas estuvieran abiertas en la misma direcci&#x00F3;n correr&#x00ED;an paralelas pero sin encontrarse.</p>

			<p>Expresar ontol&#x00F3;gicamente esas diferencias est&#x00E1; reclamando una <italic>segunda ampliaci&#x00F3;n</italic> en la noci&#x00F3;n de persona para acoger la complementariedad que da lugar a la unidad dentro de la apertura relacional. Se trata de la <italic>estructura esponsal de la persona</italic>. Teniendo en cuenta que las relaciones no tienen nombre de naturaleza, los t&#x00E9;rminos gramaticales apropiados para expresarlas no son los sustantivos, ni tampoco los pronombres que se refieren a las personas, sino las <italic>preposiciones</italic>. Entre ellas, al var&#x00F3;n le corresponder&#x00ED;a la preposici&#x00F3;n <italic>desde</italic>, pues parte de s&#x00ED; para darse a los dem&#x00E1;s y a la mujer la preposici&#x00F3;n <italic>en</italic>, pues se abre dando acogida en s&#x00ED; misma. Integrada en la apertura relacional general, la persona var&#x00F3;n se podr&#x00ED;a describir, entonces, como “<italic>ser-con-desde” o “ser-para-desde”</italic>, y a la mujer como “<italic>ser-con-en” o “ser-para-en”</italic>. De este modo, el acto de ser humano, descrito de un modo general como “ser-con” o “ser-para”, acoger&#x00ED;a la <italic>d&#x00ED;ada</italic>. Observada desde la <italic>imago trinitatis</italic>, la estructura esponsal es una manifestaci&#x00F3;n de riqueza ontol&#x00F3;gica, pues constituye la base que explica por qu&#x00E9; la plenitud humana solo se encuentra en el don de s&#x00ED;.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.8">
			<title>4.8. La analog&#x00ED;a familiar</title>

			<p>Ya se ha se&#x00F1;alado que padre-madre-hijo, en cuanto relaci&#x00F3;n tri&#x00E1;dica, se convierte en una <italic>imago Trinitatis</italic>. Lo expresa Von Balthasar (<xref ref-type="bibr" rid="CIT44">1998</xref>, p. 162)<xref ref-type="fn" rid="NOTE6">6</xref> y lo afirmaron los Padres de la Iglesia anteriores a San Agust&#x00ED;n<xref ref-type="fn" rid="NOTE7">7</xref>. Juan Pablo II redescubre la analog&#x00ED;a familiar por otro camino. Pensando en la intimidad de Dios constata sus lazos familiares. Ya en <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">1979</xref> afirmaba:</p>

						<disp-quote><p>Dios en su misterio m&#x00E1;s &#x00ED;ntimo no es una soledad sino una familia, puesto que lleva en S&#x00ED; mismo paternidad, filiaci&#x00F3;n y la esencia de la familia que es el amor. Este Amor, en la familia divina, es el Esp&#x00ED;ritu Santo” (Homil&#x00ED;a, 28-I-1979).</p></disp-quote>

			<p>Y m&#x00E1;s adelante apoy&#x00E1;ndose en Ef 3, 14-15: “Del Padre toma nombre toda familia en el cielo y en la tierra” expone que “a la luz del Nuevo Testamento es posible descubrir que el <italic>modelo originario de la familia hay que buscarlo en Dios mismo</italic>, en el misterio trinitario de vida» (<xref ref-type="bibr" rid="CIT23">1994</xref>, n. 6).</p>

			<p>Volviendo a la consideraci&#x00F3;n de que el tres, al que est&#x00E1; abierta, tiene que estar de alg&#x00FA;n modo dentro de la d&#x00ED;ada como potencialidad, se plantea la pregunta acerca del descenso ontol&#x00F3;gico del tres al dos. En otras palabras, si padre-madre-hijo, en cuanto relaci&#x00F3;n tri&#x00E1;dica es una <italic>imago Trinitatis</italic> ¿de qu&#x00E9; modo paternidad, maternidad y filiaci&#x00F3;n se contraen en la dualidad var&#x00F3;n-mujer? La respuesta podr&#x00ED;a estar en que la filiaci&#x00F3;n, respecto a sus progenitores y a Dios, es una relaci&#x00F3;n constitutiva tanto en el var&#x00F3;n como en la mujer. En cuanto hijos no se diferencian sino m&#x00E1;s bien son id&#x00E9;nticos, por lo que se podr&#x00ED;a sostener que su diferencia radicar&#x00ED;a en la presencia en cada uno de la paternidad o de la maternidad (entendidas estas como potencialidades y modo de contribuir al bien de los dem&#x00E1;s). Ser persona var&#x00F3;n coimplicar&#x00ED;a a la vez filiaci&#x00F3;n y paternidad y ser mujer filiaci&#x00F3;n y maternidad. En conclusi&#x00F3;n, la apertura de la persona humana no ser&#x00ED;a simple como la de cada persona divina, sino la suma de dos relaciones constitutivas. Sea como fuere, se puede decir que tambi&#x00E9;n la estructura esponsal (var&#x00F3;n-mujer) tiene, en definitiva, un car&#x00E1;cter familiar.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.9">
			<title>4.9. El significado esponsal del cuerpo</title>

			<p>Juan Pablo II, descubre que el cuerpo, a la par de ser expresi&#x00F3;n de la persona y manifestaci&#x00F3;n visible de la intimidad personal, tiene un significado esponsal. Y por esponsal entiende que el cuerpo es precisamente lo que permite reconocer y afirmar al otro como persona, teniendo a la vez la capacidad para expresar el amor. En palabras de Wojtyla:</p>

						<disp-quote><p>El cuerpo humano, orientado interiormente por el “don sincero” de la persona, revela no s&#x00F3;lo su masculinidad o feminidad en el plano f&#x00ED;sico, sino que revela tambi&#x00E9;n este valor y esta belleza de sobrepasar la dimensi&#x00F3;n simplemente f&#x00ED;sica de la “sexualidad”. De este modo se completa, en cierto sentido, la conciencia del significado esponsal del cuerpo, vinculado a la masculinidad-feminidad del hombre. Por un lado, este significado indica una capacidad particular de expresar el amor, en el que el hombre se convierte en don; por otro, le corresponde la capacidad y la profunda disponibilidad para la “afirmaci&#x00F3;n de la persona” (2011, p. 110).</p></disp-quote>

			<p>Por ello, los modos de expresar el amor se despliegan en un amplio abanico, no solo la <italic>una caro</italic>; pues los gestos, la mirada, la sonrisa, las caricias pueden expresar y expresan el amor, a un esposo, a un hijo, a un amigo o a otra persona. La masculinidad y la feminidad presentes en la corporeidad permiten descubrir aspectos importantes de la imagen de Dios.</p>

						<disp-quote><p>En su reciprocidad esponsal y fecunda, (…) su relaci&#x00F3;n m&#x00E1;s natural, de acuerdo con el designio de Dios, es la “unidad de los dos”, o sea una “unidualidad” relacional, que viene a ser una imagen de la Unidad de los Tres (Juan Pablo II, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref>, n. 8).</p></disp-quote>

			<p>En este nuevo modo de plantear la cuesti&#x00F3;n, el cuerpo recupera su inclusi&#x00F3;n dentro de la imagen de Dios. Y no solo el cuerpo masculino, cuesti&#x00F3;n que nunca ha sido puesto en duda por cuanto que en la Encarnaci&#x00F3;n el Hijo de Dios asume una naturaleza de var&#x00F3;n, sino que tambi&#x00E9;n la mujer en cuanto tal es considerada como imagen de Dios, incluyendo su corporeidad.</p>
		</sec>


		<sec id="S4.10">
			<title>4.10. Transversalidad de la condici&#x00F3;n sexuada</title>

			<p>Centr&#x00E9;monos ahora en otras palabras de Karol Wojtyla: “la sexualidad es riqueza de toda la persona -cuerpo, sentimiento y esp&#x00ED;ritu-, que manifiesta su significado &#x00ED;ntimo al llevar a la persona hacia el don de s&#x00ED; misma en el amor” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1981</xref>, n. 37; <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1995</xref>, n. 97), para analizar una caracter&#x00ED;stica muy peculiar de la condici&#x00F3;n sexuada, su car&#x00E1;cter en cierto modo omniabarcante. Abarca todo el ser humano: cuerpo, sentimientos y esp&#x00ED;ritu y todos los aspectos de cada una de esas dimensiones. As&#x00ED; se puede comprobar respecto al cuerpo, en el que la diferencia sexual XX o XY, calculada por los genetistas en un 3%, tiene la caracter&#x00ED;stica de que se halla presente en cada c&#x00E9;lula del cuerpo; de modo que todo el cuerpo es sexuado, no solo unos &#x00F3;rganos con una funci&#x00F3;n concreta. Pero tambi&#x00E9;n son sexuadas las percepciones, emociones y pensamientos: esa diferencia ti&#x00F1;e toda la naturaleza humana, cuerpo y mente. Esta transversalidad ha presentado a los fil&#x00F3;sofos, y sigue haci&#x00E9;ndolo, muchas dificultades a la hora de establecer su estatuto ontol&#x00F3;gico, pues no es un accidente ni da lugar a una esencia distinta. Esa transversalidad, presente tambi&#x00E9;n en la acci&#x00F3;n, se resiste por tanto a ser clasificada tanto como forma accidental o substancial. ¿C&#x00F3;mo catalogarla, entonces, si no es forma ni “esencia”? Hay diversas tesis al respecto<xref ref-type="fn" rid="NOTE8">8</xref>.</p>

			<p>Ya se ha se&#x00F1;alado la tesis de Jung de que los sexos no solo son complementarios entre ellos, sino que lo son tambi&#x00E9;n dentro de ellos, al advertir que los varones tienen en su psique una dimensi&#x00F3;n femenina: “anima” y correlativamente las mujeres una masculina: “animus”. El profesor Polo la explicaba como una tipicidad o reparto de las potencialidades de la esencia humana (<xref ref-type="bibr" rid="CIT35">2011</xref>). Al considerar que la esencia humana tiene tanta riqueza de posibilidades que ning&#x00FA;n individuo concreto podr&#x00ED;a tenerlas todas, algunas diferencias y semejanzas entre personas se clasifican por temperamentos, profesiones o caracteres, que agrupan a seres humanos con las mismas o muy parecidas caracter&#x00ED;sticas. Se trata de los tipos humanos que vendr&#x00ED;an a ser como un reparto de las perfecciones de la naturaleza; de un modo similar a c&#x00F3;mo Gardner (<xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2011</xref>) habla de inteligencias m&#x00FA;ltiples, distinguiendo nueve tipos, y no todas las personas tienen los nueve. Pues bien, entre las diversas tipicidades, Polo se&#x00F1;ala que la principal, en cuanto reparto de la esencia, es la que se da entre var&#x00F3;n y mujer. A primera vista la propuesta resulta convincente, pues solamente si se tienen en cuenta masculinidad y feminidad conjuntamente se alcanza la humanidad completa. Pero si se repasa, por ejemplo, la caracterolog&#x00ED;a, ser apasionado, col&#x00E9;rico, flem&#x00E1;tico o melanc&#x00F3;lico no depende de la condici&#x00F3;n sexuada. Tampoco depende de ella tener inteligencia musical, emocional, creativa o naturalista, pues aparte de que los talentos son personales, en todos los tipos humanos hay varones o mujeres. De ah&#x00ED; que la transversalidad que observamos en la diferencia sexuada no parece que sea solo tipicidad.</p>

			<p>Otra tesis apunta a un reparto entre cualidades o virtudes femeninas o masculinas. No es infrecuente encontrar quien afirma que corresponde a las mujeres la ternura y a los varones la fortaleza. Pero si el asunto se contempla de cerca, los h&#x00E1;bitos y las virtudes pertenecen a la naturaleza y tanto el var&#x00F3;n como la mujer tienen una naturaleza humana en cierto modo completa, a cuya perfecci&#x00F3;n pertenece el cultivo de todas las virtudes que, como vasos comunicantes, se correlacionan entre ellas; por lo que tampoco resulta convincente esta explicaci&#x00F3;n.</p>

			<p>Por &#x00FA;ltimo, existe otra propuesta que, a partir de los datos gen&#x00E9;ticos, desarrolla la tesis de la modalizaci&#x00F3;n sexual seg&#x00FA;n la cual var&#x00F3;n y mujer son dos modos diversos de realizar la misma naturaleza. As&#x00ED;, las virtudes o los talentos cristalizar&#x00ED;an con matices diferentes en varones y en mujeres. Tener buena voz, por ejemplo, adem&#x00E1;s de ser un talento personal, se manifiesta en cuatro tonalidades, de las cuales, aunque haya dos comunes, solo los varones alcanzan la m&#x00E1;s baja y las mujeres, la m&#x00E1;s alta.</p>

			<p>La diferencia se presenta entonces, como un modo distinto de hacer lo mismo, dos modos distintos de solucionar problemas o incluso de ver y descubrir los problemas (hay cosas que ven los hombres y no tanto las mujeres, pero la inversa es completamente verdadera); por lo que el concurso de ambas perspectivas se torna indispensable cuando un asunto quiere resolverse atendiendo a todas sus dimensiones.</p>

			<p>Ante una diferencia tan escurridiza, filos&#x00F3;ficamente hablando ¿c&#x00F3;mo catalogar esa transversalidad que se hace presente en el resto de las diferencias humanas? ¿Es posible que el dimorfismo sexual humano no sea una forma sino que se trate de una diferencia de otro orden distinto que trasciende las esencias? Esto podr&#x00ED;a ser plausible si se tienen en cuenta los actuales avances en la conceptualizaci&#x00F3;n de la noci&#x00F3;n de persona, pero en concreto para conceptualizar esta transversalidad nos encontramos con una gran dificultad: la cosmovisi&#x00F3;n monol&#x00ED;tica de la realidad, a la que ahora me referir&#x00E9;.</p>
		</sec>
		</sec>


		<sec id="S5">
			<title>5. DOS TAREAS PENDIENTES</title>

			<p>Si hasta aqu&#x00ED; se han se&#x00F1;alado los avances y obst&#x00E1;culos ya removidos, llega el momento de se&#x00F1;alar los puntos oscuros, los escollos pendientes de remover; o mejor, las tareas pendientes, para que se puedan llevar hasta sus &#x00FA;ltimas consecuencias las coordenadas trazadas.</p>


		<sec id="S5.1">
			<title>5.1. Cosmovisi&#x00F3;n monol&#x00ED;tica de la realidad</title>

			<p>La filosof&#x00ED;a del UNO monol&#x00ED;tico, versi&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica de la estructura del Cosmos, es el principal escollo para pensar la diferencia de la condici&#x00F3;n sexuada entre var&#x00F3;n y mujer. En filosof&#x00ED;a nunca se ha reconocido una diferencia trenzada con la igualdad. Es ilustrativo advertir que cuando los hombres han pensado a las mujeres, o bien las han sublimado poni&#x00E9;ndolas m&#x00E1;s arriba, o las han subordinado poni&#x00E9;ndolas m&#x00E1;s abajo. Otras veces las han puesto detr&#x00E1;s o quiz&#x00E1; delante, pero nunca AL LADO. Y cuando las mujeres han querido afirmar su identidad, las alternativas ensayadas han sido: imitar al var&#x00F3;n, o bien competir con &#x00E9;l y suplantarlo; o bien trivializar o anular la diferencia. La causa de no encontrar una propuesta adecuada es la ausencia de una filosof&#x00ED;a que haga sitio al DOS diferente en el mismo nivel. En ese caso solo resta minusvalorar, imitar, rivalizar o negar a uno para poder afirmar al otro. Esta dificultad de fondo, que subyace en nuestra cultura ha sido puesta de relieve por mujeres fil&#x00F3;sofas y te&#x00F3;logas a la vez, como es el caso de Elisabeth Sch&#x00FC;ssler Fiorenza, que trabaja en Harvard.</p>

			<p>Lo cierto es que para proseguir profundizando en la novedad aportada por Juan Pablo II en el Magisterio, de que la “unidad de los dos” es una imagen de la “unidad de los tres” es necesario profundizar en la Unidad transcendental. Esta dificultad ha sido advertida por Leonardo Polo, quien en mi opini&#x00F3;n ha puesto las bases para resolverla, mediante su propuesta de ampliaci&#x00F3;n transcendental: la antropolog&#x00ED;a tiene un &#x00E1;mbito transcendental propio donde el ser personal es descrito como co-existencia. Afirma que dicha ampliaci&#x00F3;n afecta sobre todo al transcendental UNIDAD, no resuelto a&#x00FA;n por ninguna filosof&#x00ED;a (<xref ref-type="bibr" rid="CIT34">2008</xref>, pp. 20-29). En su opini&#x00F3;n, la Unidad no puede ser ni Monol&#x00ED;tica (soledad, individualismo), ni el Todo (pante&#x00ED;smo o colectivismo), sino que en su seno ha de acoger la DIFERENCIA, que haga posible explicar el amor interpersonal y la uni&#x00F3;n (CO-SER) que posibilita. Eso supone ampliar toda la cosmovisi&#x00F3;n en la que se han fundado hasta ahora las civilizaciones occidental y oriental. En este sentido considero interesante profundizar en propuestas como la antropolog&#x00ED;a transcendental del propio Polo (<xref ref-type="bibr" rid="CIT33">1999/2003</xref>), quien propone y desarrolla una ontolog&#x00ED;a propia y peculiar de la persona, diferente de la del Cosmos, ampliando la metaf&#x00ED;sica cl&#x00E1;sica y articulando simult&#x00E1;neamente la <italic>distinctio realis</italic> y la diferencia heideggeriana. Afirma que el Cosmos en su conjunto tiene un solo acto de ser y que la persona es irrepetible porque cada una tiene el suyo propio. La persona se distingue del Cosmos tanto en su acto de ser, que es libre, como en su esencia, que es capaz de h&#x00E1;bitos. De esta forma, de un modo similar a como la filosof&#x00ED;a cl&#x00E1;sica distingui&#x00F3; una serie de propiedades transcendentales del ser, el acto de ser personal tendr&#x00ED;a sus transcendentales propios: la libertad, la inteligencia, el amor. Adquiere singular relevancia su desarrollo de la libertad transcendental y parece necesario que elaboraciones te&#x00F3;ricas como esta que solidifican los descubrimientos personalistas, a&#x00FA;n poco divulgadas, se vayan abriendo camino.</p>

			<p>Sin embargo, Polo, aunque enfatiza la apertura personal y la importancia de la dualidad no desarrolla la dualidad dentro de la constituci&#x00F3;n personal, ni termina de desplegar la diferencia en el orden transcendental.</p>

			<p>En este sentido la ontolog&#x00ED;a peculiar de la “unidad de los dos” requiere el desarrollo de una <italic>filosof&#x00ED;a de la D&#x00CD;ADA</italic>. Distinguido el cambio de nivel ontol&#x00F3;gico y tras la inclusi&#x00F3;n de la apertura relacional en la descripci&#x00F3;n personal, la articulaci&#x00F3;n de una diferencia que no lesione la igualdad, est&#x00E1; pidiendo una segunda ampliaci&#x00F3;n de la noci&#x00F3;n de persona que d&#x00E9; cuenta de la estructura esponsal. Asentado el nivel de la unidad personal queda pendiente articular una ontolog&#x00ED;a que explique un orden de unidad que incluya la diferencia en el mismo nivel transcendental, una diferencia de car&#x00E1;cter relacional. Con una filosof&#x00ED;a de la D&#x00CD;ADA se podr&#x00ED;a llegar al &#x00FA;ltimo estrato de la estructura personal para poder focalizar la identidad masculina como diferente a la identidad femenina, como dos personas distintas. Este podr&#x00ED;a ser el nivel ontol&#x00F3;gico, peculiar de una antropolog&#x00ED;a que no se hiciera al margen de la diferencia sexuada que representa a la humanidad completa.</p>

			<p>En tercer lugar, una ampliaci&#x00F3;n de esta cuesti&#x00F3;n necesaria para explicar la familia ser&#x00ED;a un estudio, a&#x00FA;n no hecho, sobre las relaciones tri&#x00E1;dicas. Si bien un var&#x00F3;n y una mujer tienen capacidad para formar una “unidad de dos”, un “co-ser” por el que llegan a ser algo que no pueden ser cada uno por separado; sin embargo, dicha unidad da lugar a una fecundidad, no solo biol&#x00F3;gica sino cultural y de desarrollo humano, que est&#x00E1; abierto al tres. As&#x00ED; en la familia, las personas se convierten en “padre” y “madre” gracias a un “hijo”. De este modo; la familia est&#x00E1; intr&#x00ED;nsecamente constituida por una relaci&#x00F3;n tri&#x00E1;dica seg&#x00FA;n la cual solo se puede ser padre si hay hijo y madre, solo se es hijo si hay padre y madre, solo hay madre si hay padre e hijo. Se trata, pues, de una relaci&#x00F3;n de tres t&#x00E9;rminos en los que cada uno es determinado por dos extremos distintos a &#x00E9;l.</p>
		</sec>


		<sec id="S5.2">
			<title>5.2. Los l&#x00ED;mites de la analog&#x00ED;a esponsal</title>

			<p>Pasemos finalmente a detectar y comentar una segunda tarea pendiente de gran calado antropol&#x00F3;gico y teol&#x00F3;gico. Se ha comentado al inicio que, en la cuesti&#x00F3;n de la imagen de Dios, Wojtyla da un paso m&#x00E1;s respecto a los adelantos que ya se hab&#x00ED;an producido en su siglo. Sin embargo, Kari E. B&#x00F8;rresen ha escrito que la <italic>Mulieris dignitatem</italic> presenta una <italic>imago Dei</italic> actualizada y una tipolog&#x00ED;a anticuada (<xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1992</xref>, pp. 181-195). ¿A qu&#x00E9; puede deberse este juicio, teniendo en cuenta que avanza m&#x00E1;s que la autora? La te&#x00F3;loga noruega se est&#x00E1; refiriendo a una de las dificultades que presenta la hermen&#x00E9;utica de la simbolog&#x00ED;a b&#x00ED;blica para articular la diferencia antropol&#x00F3;gica. En ella se advierte que el Esposo y la esposa representan niveles ontol&#x00F3;gicos jerarquizados, pues el Esposo siempre es Dios o Cristo, y la esposa la humanidad; y de su lectura literal se deriva que ser esposa es sin&#x00F3;nimo de ser criatura, cuesti&#x00F3;n que es preciso superar. Si esta consecuencia, que aparece como inevitable, se reviste de la cosmovisi&#x00F3;n del prestigio del uno con la subordinaci&#x00F3;n subsiguiente, parece justificar que se haya hablado del principio (incluso del derecho) de la capitalidad del var&#x00F3;n como signo de preeminencia. La misma jerarquizaci&#x00F3;n se advierte en la elaboraci&#x00F3;n teol&#x00F3;gica de Mar&#x00ED;a como la nueva Eva, ante Cristo nuevo Ad&#x00E1;n. La primera limitaci&#x00F3;n de la dimensi&#x00F3;n simb&#x00F3;lica es, por tanto, que desdibuja la reciprocidad en igualdad.</p>

			<p>Pero esa no es la &#x00FA;nica ni la principal limitaci&#x00F3;n de esa analog&#x00ED;a. Hay otra de m&#x00E1;s calado y m&#x00E1;s dif&#x00ED;cil de superar: que en la esposa se incluyen tanto los varones como las mujeres, impidiendo distinguir una diferencia que se busca como radical. La tesis m&#x00ED;stica, especialmente presente en san Juan de la Cruz, seg&#x00FA;n la que el var&#x00F3;n se sit&#x00FA;a ante Dios como esposa tiene un sentido espiritual, que resulta forzado trasladar a la antropolog&#x00ED;a, pues Cristo, esposo, es ante todo el modelo de los varones, tambi&#x00E9;n en el modo de tratar a las mujeres. Sin embargo, en su discurso, Juan Pablo II, tal vez por el influjo de esa m&#x00ED;stica, no deslinda ambas afirmaciones, que antropol&#x00F3;gicamente resultan incompatibles al representar cada una un t&#x00E9;rmino opuesto de la misma relaci&#x00F3;n. No obstante, en su pensamiento s&#x00ED; encontramos la soluci&#x00F3;n para poder superar estas limitaciones, que no es otra que seguir utilizando la misma estrategia hermen&#x00E9;utica, usada al rehacer la ex&#x00E9;gesis de los pasajes del <italic>G&#x00E9;nesis</italic>, para reinterpretar la analog&#x00ED;a esponsal. Como se ha se&#x00F1;alado, Juan Pablo II emplea el <italic>nexus misteriorum</italic>, contemplando los dem&#x00E1;s a la luz del de la Trinidad.</p>

			<p>La propuesta est&#x00E1; incoada en Von Balthasar que, convencido de que la distinci&#x00F3;n var&#x00F3;n-mujer participa de la <italic>imagen de Dios</italic> se&#x00F1;ala que: “Si no fuera as&#x00ED;, Cristo no podr&#x00ED;a servirse de la relaci&#x00F3;n de los sexos para representar el misterio de la Iglesia” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT43">1994</xref>, p. 76).</p>

			<p>Partiendo de la <italic>imagen de Dios como imago Trinitatis</italic>, si ser mujer en cuanto tal es imagen de Dios, ser esposa (otro modo de decir mujer) no deber&#x00ED;a estar fuera de la imagen divina. Por otra parte, no faltan textos en la Sagrada Escritura en los que Dios, en la personificaci&#x00F3;n de la Sabidur&#x00ED;a, tambi&#x00E9;n se presenta como esposa y madre (Sb 8, 2; 8, 9; Sir 14, 26-27; 15,1-6; 24, 18-21; por todo lo cual ser&#x00ED;a leg&#x00ED;timo preguntar por el arquetipo divino a imagen de quien est&#x00E1; creada la mujer. Y en cuanto al var&#x00F3;n, se podr&#x00ED;a poner en relaci&#x00F3;n la ense&#x00F1;anza paulina de que <italic>Dios Padre es el principio de toda familia en los cielos y en la tierra</italic> (cfr. Ef 3, 14-16), con la raz&#x00F3;n de principio que en el texto yahvista se descubre en el var&#x00F3;n, recolocando as&#x00ED; todas las interpretaciones jer&#x00E1;rquicas en torno a su capitalidad; porque el que en Dios Padre tome principio la divinidad no implica que sea antes o que tenga mayor dignidad que las otras personas de la Trinidad.</p>

			<p>La <italic>Mulieris dignitatem</italic>, n. 29 insin&#x00FA;a una argumentaci&#x00F3;n en la l&#x00ED;nea trinitaria al hablar del “orden del amor”, en cierto modo paralelo al orden (<italic>taxis</italic>) de las personas en Dios, que no es temporal. El orden del amor -afirma- pertenece... a la vida trinitaria. En la vida &#x00ED;ntima de Dios el Esp&#x00ED;ritu Santo es la hip&#x00F3;stasis personal del amor. Mediante el Esp&#x00ED;ritu, Don increado, el amor se convierte en un don para las personas creadas». Juan Pablo II contin&#x00FA;a haciendo un paralelismo entre el Esp&#x00ED;ritu Santo y la mujer: «La llamada a la existencia de la mujer al lado del var&#x00F3;n (...) ofrece en el mundo visible condiciones particulares para que el amor de Dios se derrame en los seres creados a su imagen». Y, aunque no dice cu&#x00E1;les son esas condiciones particulares, el Pont&#x00ED;fice concluye distinguiendo entre el modo de amar del esposo y la esposa seg&#x00FA;n un orden: el esposo es el que ama para ser amado; y la esposa, la que recibe amor para amar a su vez (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1988</xref>, n. 29).</p>

			<p>Desde estas premisas cabr&#x00ED;a preguntarse si el misterio de Dios es un misterio de amor entre personas distintas, quiz&#x00E1; no todas ellas amen de la misma manera; porque adem&#x00E1;s, el orden del amor esponsal tampoco tiene car&#x00E1;cter temporal sino m&#x00E1;s bien relativo. Si el don del esposo es amar primero, el don de la esposa ser&#x00E1; su correlato. De todo lo cual se puede concluir que si ser esposa es imagen de Dios, el don de la esposa consistir&#x00E1; tambi&#x00E9;n y, sobre todo, en amar como ama Dios.</p>

			<p>Por su parte, desarrollar la eclesiolog&#x00ED;a desde la <italic>imago Trinitatis</italic> podr&#x00ED;a dar lugar a resultados sorprendentes, que acoger&#x00ED;an datos dispersos en la Patr&#x00ED;stica. Para San Metodio del costado abierto de Cristo sal&#x00ED;a no tanto la Iglesia sino el Esp&#x00ED;ritu que, fruto de la Cruz, formar&#x00ED;a la Iglesia<xref ref-type="fn" rid="NOTE9">9</xref>. La analog&#x00ED;a esponsal interpretada desde la reciprocidad completar&#x00ED;a a Cristo-cabeza con el Esp&#x00ED;ritu Santo-alma de la Iglesia y a nivel humano habr&#x00ED;a que profundizar en las dimensiones mariana y apost&#x00F3;lica-petrina para encontrar finalmente el paralelismo entre ambos niveles; pues no en vano, seg&#x00FA;n el Apocalipsis, la esposa y el Esp&#x00ED;ritu claman en la misma direcci&#x00F3;n (Ap. 22, 20).</p>

			<p>Actualmente es esperanzador el nuevo giro que aporta &#x00C1;ngelo Scola a la hermen&#x00E9;utica esponsal en vistas a explicar la familia, advirtiendo que el “misterio nupcial” encierra una experiencia antropol&#x00F3;gica originaria que todos conocemos, de la que todos sabemos aunque, como todo lo que tiene que ver con el fundamento, se resiste a ser objetivada. Dicha experiencia se estructura en tres momentos: diferencia sexual, donaci&#x00F3;n sincera de cada uno y fecundidad, donde el primer elemento adquiere su pleno sentido junto a los otros dos.</p>

			<p>En definitiva, la propuesta consiste en repensar la analog&#x00ED;a esponsal desde la imagen de Dios como <italic>imago Trinitatis</italic>, que incluir&#x00ED;a repensar la diferencia en Dios, a lo que ayudar&#x00ED;a la analog&#x00ED;a familiar, incorporando a la hermen&#x00E9;utica de <italic>G&#x00E9;nesi</italic>s 2 las intuiciones de la patr&#x00ED;stica anterior a San Agust&#x00ED;n y esclareciendo el arquetipo de la maternidad en Dios.</p>
		</sec>
		</sec>
		
	</body>
	
	
	<back>
		
		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>Recupera as&#x00ED; una tradici&#x00F3;n del siglo II. San Ireneo afirma que: “el hombre es imagen de Dios incluso en su corporalidad” (<italic>Adversus Haereses</italic>, V, 6, 1; V, 9, 1-2).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE2"><label>2</label>
					<p>El Concilio Vaticano II, con la Constituci&#x00F3;n <italic>Gaudium et Spes</italic> (12, 22) supuso un viraje se&#x00F1;alando el camino de la recuperaci&#x00F3;n de la teolog&#x00ED;a de la <italic>imago Dei</italic>, relacionando Antropolog&#x00ED;a y Cristolog&#x00ED;a, que enlaza con los primeros desarrollos patr&#x00ED;sticos. Juan Pablo II da un paso m&#x00E1;s relacionando la Antropolog&#x00ED;a con la Trinidad a trav&#x00E9;s del misterio de la Creaci&#x00F3;n, deslindando esta del pecado posterior.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE3"><label>3</label>
					<p>Scola omite este t&#x00E9;rmino para separarse del andr&#x00F3;gino y habla solo de “Reciprocidad asim&#x00E9;trica”, entendiendo por asimetr&#x00ED;a el abanico de relaciones diferentes, que surgen de la “unidad de los dos”, casi todas derivadas de los lazos familiares: esponsalidad, paternidad, maternidad, filiaci&#x00F3;n, fraternidad, amistad... (<xref ref-type="bibr" rid="CIT40">2001</xref>, pp. 136-138, entre otros lugares).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE4"><label>4</label>
					<p>Cfr. nn 6 (tres veces), 7 y 10, entre otros.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE5"><label>5</label>
					<p>Cfr. San Agust&#x00ED;n (<italic>De Trinitate</italic>, XII, 5,5; 7,9; 8,13); Tom&#x00E1;s de Aquino (I, q. 93, a. 6).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE6"><label>6</label>
					<p>Una traducci&#x00F3;n m&#x00E1;s conforme al original alem&#x00E1;n: “El amor creatural completo [la familia natural: padre-madre-hijo] es una aut&#x00E9;ntica <italic>imago Trinitatis”</italic>.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE7"><label>7</label>
					<p>El padre Orbe (<xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1964</xref>) encontr&#x00F3; una larga tradici&#x00F3;n en la patr&#x00ED;stica oriental.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE8"><label>8</label>
					<p>Un mayor desarrollo puede encontrarse en mi estudio: <italic>Cultura, naturaleza y persona: g&#x00E9;nero y estructura personal</italic> (Castilla de Cort&#x00E1;zar, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2011</xref>).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE9"><label>9</label>
					<p>San Metodio de Olimpo (<italic>El Banquete</italic>, III, c. 8, 72-73, SCH, n. 95, pp. 108-109), en las que denomina al Esp&#x00ED;ritu “Costa Verbi”, costilla del Verbo.</p>
				</fn>
			</fn-group>
		</sec>
				
		<ref-list>
			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
			
			<ref id="CIT01">
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			  <year>1958/1993</year>
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			  <publisher-loc>Chicago</publisher-loc>
			  <publisher-name>The University of Chicago Press</publisher-name>
			  <comment>[Trad. esp. La condici&#x00F3;n humana. Barcelona: Paid&#x00F3;s]</comment>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT02"> 
			<element-citation publication-type="book">
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			<ref id="CIT03">
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			  <article-title>Imago Dei, privil&#x00E8;ge masculin? Interpr&#x00E9;tation augustinienne et pseudo-augustinienne de Gen 1, 27 y 1 Cor 11, 7</article-title>
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			  <volume>25</volume>
			  <fpage>213</fpage>
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			  <chapter-title>Imagine di Dio e modelli di genere nella Tradizione cristiana</chapter-title>
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			  <chapter-title>Imagen actualizada, tipolog&#x00ED;a anticuada</chapter-title>
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			  <article-title>La Trinidad como Familia. Analog&#x00ED;a humana de las procesiones divinas</article-title>
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