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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2016.779n3011</article-id>
			<article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2016.779n3011</article-id>
			 
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				<subject>VARIA / VARIA</subject>
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				<article-title>La f&#x00E1;brica de la empat&#x00ED;a. Del determinismo gen&#x00E9;tico al origen social de la moral</article-title>
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					<trans-title>The empathy factory. From genetic determinism to social origin of morality</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">La f&#x00E1;brica de la empat&#x00ED;a. Del determinismo gen&#x00E9;tico al origen social de la moral</alt-title>
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					 <surname>Hern&#x00E1;ndez Castro</surname>
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				<aff id="U1">Universidad Nacional de Educaci&#x00F3;n a Distancia</aff>
				
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				<corresp id="cor1"><email xlink:href="davidhernandezcastro@gmail.com">davidhernandezcastro@gmail.com</email></corresp>
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			<pub-date pub-type="epub">
				<day>30</day>
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				<year>2016</year>
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			<year>2016</year>
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			<volume>192</volume>
			<issue>779</issue>
			
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia Creative Commons Attribution (CC BY) Espa&#x00F1;a 3.0.</license-p>
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				<title>RESUMEN</title>
				<p>Preston y De Waal han adoptado una idea te&#x00F3;rica, el Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n (MPA), que sugiere que la empat&#x00ED;a y la moral tienen ra&#x00ED;ces gen&#x00E9;ticas y evolutivas. En este art&#x00ED;culo analizamos cr&#x00ED;ticamente el MPA y proponemos una interpretaci&#x00F3;n alternativa, la f&#x00E1;brica de la empat&#x00ED;a, que reconsidera la “Hip&#x00F3;tesis de la Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n” y el descubrimiento de las neuronas espejo bajo la luz del concepto de performatividad de Judith Butler y la construcci&#x00F3;n social de las emociones. Frente al determinismo gen&#x00E9;tico, nuestra investigaci&#x00F3;n apunta a las relaciones sociales y el lenguaje.</p>
			</trans-abstract>
			
			<abstract xml:lang="en">
			<title>ABSTRACT</title>
				<p>Preston and De Waal have adopted a theoretical idea known as the “Perception-Action Model” (PAM), which suggests that empathy and morality have genetic and evolutionary roots. In this paper, the author proposes a critical reading of PAM and an alternative interpretation, “the empathy factory”, which reconsiders the “Perception-Action Hypothesis” and the discovery of mirror neurons in the light of Judith Butler’s concept of performativity and the social construction of emotions. The conclusion is that the origin of the moral impulse does not lie in genetic determinism but in social relationships, language and affective communication.</p>
			</abstract>
			

			<kwd-group xml:lang="es">							
				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Determinismo gen&#x00E9;tico</kwd>
				<kwd>Preston y De Waal</kwd>
				<kwd>Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n (MPA)</kwd>
				<kwd>psicolog&#x00ED;a evolucionista</kwd>
				<kwd>empat&#x00ED;a</kwd>
				<kwd>moral</kwd>
			</kwd-group>
			
						
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				<title>KEYWORDS</title> 			
				<kwd>Genetic determinism</kwd>	
				<kwd>Preston and De Waal</kwd>
				<kwd>Perception-Action Model (PAM)</kwd>
				<kwd>Evolutionary Psychology</kwd>
				<kwd>empathy</kwd>
				<kwd>morality</kwd>
			</kwd-group>
			
		
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	<body>	
			
		<sec id="S0">
		
				<p>Incluso hoy en d&#x00ED;a, si un grupo de hombres ve a un ni&#x00F1;o a punto de caerse en un pozo, sentir&#x00E1;n -sin excepci&#x00F3;n- un profundo sentimiento de angustia y alarma.</p>

					<p>Mencio</p>
					<p><italic>Libro de Mencio</italic>, II, 1, 6 (De Waal, 2007a, p. 79)</p>

				<p>Despu&#x00E9;s de un rato, llegaron unos camiones de basura cargados con ni&#x00F1;os. Hab&#x00ED;a como unos diez. Cuando entraron en el patio, uno de los oficiales dio una orden, los camiones comenzaron a recular hacia la hoguera y empezaron a arrojar a los ni&#x00F1;os al fuego. Los ni&#x00F1;os empezaron a gritar y algunos consiguieron escapar del hoyo del fuego; un oficial se acercaba con un bast&#x00F3;n y volv&#x00ED;a a echar al fuego a quienes hab&#x00ED;an logrado escapar. Hoess y Mengele estaban presentes dando &#x00F3;rdenes.</p>

					<p>Relato de un superviviente de Auschwitz</p>
					<p>(Posner y Ware, 2005, p. 101)</p>
		</sec>
		
		<sec id="S1">
			
			<title>1. INTRODUCCI&#x00D3;N: EL DETERMINISMO GEN&#x00C9;TICO Y EL ORIGEN DE LA MORAL</title>

			<p>A lo largo de su historia, la especie humana se ha mostrado convencida de encontrarse abocada a un destino mucho m&#x00E1;s elevado del que cabr&#x00ED;a suponerle por su condici&#x00F3;n animal. Para alcanzar este destino invirti&#x00F3; considerables dosis de esfuerzo y voluntad en la construcci&#x00F3;n de un edificio imponente: la moral. Pero el siglo XX sacudi&#x00F3; sus cimientos de una manera tal que muchos empezaron a preguntarse si en realidad no ser&#x00ED;an el resto de los animales los que se han elevado por encima de la especie humana. Si algo nos ha ense&#x00F1;ado Auschwitz es que la clase de refinamiento en la maldad que estuvo al alcance de Hoess y Mengele transciende cualquier expresi&#x00F3;n de brutalidad que podamos encontrar en el resto de la naturaleza. Para iniciarse en ella es necesario tener intenciones. Y muy pocos animales han demostrado ser due&#x00F1;os de algo parecido. Los simios, seg&#x00FA;n De Waal, estar&#x00ED;an entre ellos. Pero ni siquiera los simios han sido capaces de desarrollar el tipo de intencionalidad que supone la planificaci&#x00F3;n de algo tan vasto como Auschwitz. Esta capacidad pertenece en exclusiva al inventor de la moral, el animal humano.</p>

			<p>La perplejidad a la que conduce la conclusi&#x00F3;n anterior es la que se encuentra en el centro del debate en torno a los or&#x00ED;genes naturales de la moral. En los a&#x00F1;os sesenta, Robert Ardrey populariz&#x00F3; la idea de que el ser humano proviene de una especie de “simios asesinos” (Ardrey, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1961</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">1966</xref>). Con la historia de la Segunda Guerra Mundial todav&#x00ED;a reciente, la teor&#x00ED;a parec&#x00ED;a f&#x00E1;cil de aceptar. Pero pronto empezaron a surgir voces cr&#x00ED;ticas que cuestionaron el rigor cient&#x00ED;fico de sus investigaciones (Asheley Montagu y otros, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1970</xref>). Se trata de una cuesti&#x00F3;n vieja para la filosof&#x00ED;a: <italic>Homo homini lupus</italic> (“El hombre es un lobo para el hombre”), el antiguo proverbio romano que Thomas Hobbes reintrodujo en el debate pol&#x00ED;tico y que Frans de Waal coloc&#x00F3; en el frontispicio de lo que ha descrito como la “teor&#x00ED;a de la capa” (2007a, pp. 23-87). Seg&#x00FA;n esta interpretaci&#x00F3;n, los seres humanos no somos verdaderamente morales, sino que la moralidad es “un revestimiento cultural, una fina capa que oculta una naturaleza ego&#x00ED;sta y brutal” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 30). El fondo de la cuesti&#x00F3;n es el siguiente: ¿cu&#x00E1;l es la naturaleza del ser humano? ¿Es un animal esencialmente moral, o es la moralidad una p&#x00E1;tina cultural que nos protege de nuestros instintos m&#x00E1;s primarios? A esta pregunta, De Waal responde cuestionando las premisas. No es cierto que el acervo gen&#x00E9;tico del que somos portadores sea &#x00FA;nicamente testimonio de una historia evolutiva de lucha por la existencia, si entendemos esta lucha en los t&#x00E9;rminos del darwinismo social, con el equipaje completo de pasiones ego&#x00ED;stas, brutalidad y competencia descarnada. Estos impulsos forman parte de nuestra herencia evolutiva, pero se han desarrollado al mismo tiempo que otras tendencias genuinamente cooperativas y altruistas, cuyo papel ha sido determinante para la emergencia de la moral. “Tenemos la fortuna de poseer -dice De Waal- no uno, sino dos simios<xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref> interiores” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2007b</xref>, p. 249). Y m&#x00E1;s adelante a&#x00F1;ade: </p>

						<p>“La visi&#x00F3;n que nos retrata como ego&#x00ED;stas y mezquinos, con una moralidad irrisoria, debe revisarse. Si somos esencialmente antropoides, como yo argumentar&#x00ED;a, o al menos descendientes de antropoides, como arg&#x00FC;ir&#x00ED;a cualquier bi&#x00F3;logo, entonces nacemos con una gama de tendencias, desde las m&#x00E1;s b&#x00E1;sicas hasta las m&#x00E1;s nobles. Lejos de ser un producto de la imaginaci&#x00F3;n, nuestra moralidad es el resultado del mismo proceso de selecci&#x00F3;n que conform&#x00F3; nuestro lado competitivo y agresivo” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2007b</xref>, p. 250).</p>

			<p>De Waal es sin duda uno de los investigadores mejor cualificados para realizar una afirmaci&#x00F3;n como esta. Lo que hoy conocemos en el &#x00E1;mbito de la primatolog&#x00ED;a es en gran parte deudor de sus importantes proyectos de investigaci&#x00F3;n con bonobos, chimpanc&#x00E9;s y otros primates. Sus detallados relatos acerca de la presencia entre nuestros parientes m&#x00E1;s cercanos de actos concretos de cooperaci&#x00F3;n, consuelo y altruismo, han terminado de socavar la teor&#x00ED;a del “simio asesino”. Y sin embargo, a pesar de todo, hay algo que De Waal comparte con esta teor&#x00ED;a. Para poder apreciarlo, es necesario ampliar el encuadre de la escena. M&#x00E1;s all&#x00E1; del debate en torno a qu&#x00E9; clase de herencia evolutiva ha cristalizado en la naturaleza humana, si se trata de una herencia de impulsos brutales y ego&#x00ED;stas, o sociables y cooperativos, o de una presencia conflictiva de todos ellos, la cuesti&#x00F3;n a dilucidar es si los impulsos que constituyen la naturaleza humana pueden ser definidos en clave de herencia evolutiva. El empe&#x00F1;o de De Waal es demostrar que las “tendencias altruistas y compasivas” que caracterizan a (algunos) seres humanos son un producto de las mismas fuerzas evolutivas que promueven el inter&#x00E9;s propio (2007a, p. 38). Pero esto no significar&#x00ED;a que podamos establecer una relaci&#x00F3;n necesaria entre nuestro comportamiento moral y nuestra determinaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica. Los seres humanos, dice De Waal, no somos “actores ciegos que ejecutan programas gen&#x00E9;ticos”, sino “improvisadores que se adaptan con flexibilidad a otros improvisadores en liza” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 235). Sin embargo, desde la perspectiva del debate sobre las ra&#x00ED;ces biol&#x00F3;gicas de la moral, lo que deber&#x00ED;a interesarnos no es el margen de maniobra que tiene el ser humano respecto a sus instintos, sino la afirmaci&#x00F3;n de que “es innegable que tenemos predisposiciones innatas”, y que estas predisposiciones est&#x00E1;n codificadas gen&#x00E9;ticamente ofreciendo a la moral un arsenal de “pistas y sugerencias” que contribuyen a orientarla (2007a, p. 235). Para De Waal, en resumen, la moralidad es una “prolongaci&#x00F3;n directa de los instintos sociales que compartimos con otros animales” (2007a, p. 30). Hay aqu&#x00ED; un elemento que no deber&#x00ED;amos pasar por alto. De Waal, al se&#x00F1;alar que la moral es el resultado de instintos sociales, se ocupa de marcar sus diferencias con respecto a un autor como Dawkins, que se plantea la emergencia de la moral como una ruptura contra la carga evolutiva del ser humano (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, pp. 33-34). Esta es la raz&#x00F3;n por la que Dawkins dedic&#x00F3; todo un cap&#x00ED;tulo de su obra <italic>The extended phenotype</italic> a explicar por qu&#x00E9; no se considera un determinista gen&#x00E9;tico (<xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1982</xref>, pp. 9-29). Al igual que hemos visto sostener a De Waal que los seres humanos no somos “actores ciegos” que ejecutan programaciones gen&#x00E9;ticas, Dawkins afirma que el ser humano puede rebelarse “contra la tiran&#x00ED;a de los replicadores ego&#x00ED;stas” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1993</xref>, p. 232). Pero hay una diferencia entre considerar que la especie humana puede ser moral <italic>a pesar</italic> de sus determinaciones biol&#x00F3;gicas, y la afirmaci&#x00F3;n de que es solo gracias a ellas como puede convertirse en un ser moral. De Waal hace de esta diferencia el motivo de su distanciamiento de la “teor&#x00ED;a de la capa”, una idea que De Waal remonta a Huxley y que b&#x00E1;sicamente consistir&#x00ED;a en reducir la moralidad a “una fina corteza bajo la cual bullen pasiones antisociales, amorales y ego&#x00ED;stas” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 34). Para De Waal, por el contrario, la moralidad no es una rebeli&#x00F3;n contra una naturaleza ego&#x00ED;sta, sino la emergencia dentro de esta misma naturaleza de otro tipo de predisposiciones que tambi&#x00E9;n forman parte de ella.</p>

			<p>A pesar de los esfuerzos de De Waal y Dawkins por apartarse de las versiones m&#x00E1;s groseras del determinismo gen&#x00E9;tico, es muy dif&#x00ED;cil escapar del campo de gravedad de esta teor&#x00ED;a cuando se parte de la premisa de que los instintos o la conducta de los seres humanos pueden ser explicados como un resultado de la adaptaci&#x00F3;n evolutiva. Dawkins, dentro de esta perspectiva, es determinista no porque considere que los genes tengan la &#x00FA;ltima palabra de la conducta humana, o que todos los modelos de conducta puedan ser explicados por adaptaci&#x00F3;n natural, sino porque considera que la selecci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica tiene algo que decir en nuestra compresi&#x00F3;n de los modelos de conducta humana, sea solo parcialmente, y aunque desechemos todos “los mitos populares de la capacidad de determinaci&#x00F3;n calvinista de los genes” (Dawkins, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">1982</xref>, pp. 18-19, 29). As&#x00ED;, el determinismo biol&#x00F3;gico m&#x00E1;s estrecho ha sido desplazado por otros enfoques m&#x00E1;s receptivos con las influencias sobre el comportamiento social de las complejas interacciones entre biolog&#x00ED;a y medio ambiente. La psicolog&#x00ED;a evolucionista ocupa en este nuevo escenario un lugar destacado, a partir de su investigaci&#x00F3;n de la <italic>arquitectura</italic> que subyace a la mente de los primates, interpretada en clave de mecanismos funcionales o adaptaciones psicol&#x00F3;gicas desarrolladas mediante selecci&#x00F3;n natural. Steven Pinker, uno de sus defensores m&#x00E1;s conocidos, cita a Dawkins para explicar que la teor&#x00ED;a de la evoluci&#x00F3;n centrada en los genes no implica una motivaci&#x00F3;n consciente y ego&#x00ED;sta de las personas, sino que son los genes quienes de forma ego&#x00ED;sta “se propagan a s&#x00ED; mismos y lo hacen al construir nuestros cerebros” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">2000</xref>, p. 67). Y m&#x00E1;s adelante a&#x00F1;ade: “Nuestras metas son submetas de la meta &#x00FA;ltima que tienen los genes: replicarse a s&#x00ED; mismos. Pero las dos metas son diferentes” (Pinker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">2000</xref>, p. 68). Aunque Frans de Waal se distancia de Pinker y de la psicolog&#x00ED;a evolucionista en ciertos aspectos, como en su rechazo a la posibilidad de una irrupci&#x00F3;n discontinua del “m&#x00F3;dulo” del lenguaje (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 48), o la tendencia a asignar genes o “m&#x00F3;dulos cerebrales” para funciones espec&#x00ED;ficas (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2002</xref>, p. 189), asume la conexi&#x00F3;n entre la conducta social y la programaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica, y augura que, una vez liberada de ciertas etiquetas y y presuposiciones, la psicolog&#x00ED;a evolucionista terminar&#x00E1; consiguiendo que en todos los departamentos de psicolog&#x00ED;a del futuro cuelgue un retrato de Darwin (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2002</xref>, p. 190). Pero para De Waal esto no significa que la teor&#x00ED;a de los psic&#x00F3;logos evolucionistas, ni la suya propia, caiga dentro del determinismo gen&#x00E9;tico, porque aunque enfatiza la evoluci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica m&#x00E1;s de lo que los psic&#x00F3;logos han solido hacerlo, no lo hace excluyendo otras interpretaciones (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2002</xref>, p. 187). Si nos atenemos a las versiones m&#x00E1;s estrechas del determinismo gen&#x00E9;tico, obviamente debemos darle la raz&#x00F3;n. Pero De Waal afirma que la moralidad es el resultado de los instintos sociales, y utiliza para fundamentarlo una teor&#x00ED;a que al igual que los mecanismos psicol&#x00F3;gicos evolucionados de la psicolog&#x00ED;a evolucionista, atribuye las ra&#x00ED;ces de determinados comportamientos a predisposiciones innatas. Se trata del Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n (MPA), un modelo que De Waal present&#x00F3; junto a Preston en dos art&#x00ED;culos publicados el mismo a&#x00F1;o (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2002a</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2002b</xref>), y en el cual se daba cuenta del fen&#x00F3;meno del contagio emocional y la empat&#x00ED;a como el resultado de un proceso de adaptaci&#x00F3;n evolutiva. Por consiguiente, como ha se&#x00F1;alado Susan McKinnon, la verdadera diferencia entre la teor&#x00ED;a de la mente de la psicolog&#x00ED;a evolucionista y la que subscriben la mayor&#x00ED;a de los antrop&#x00F3;logos culturales, no es “si la vida mental tiene en parte una base org&#x00E1;nica o si es un desarrollo complejo y una relaci&#x00F3;n interactiva entre los organismos y su entorno”, sino m&#x00E1;s bien, continua McKinnon citando a Benson, si es posible establecer “cu&#x00E1;nta arquitectura heredada hay en la mente humana” y “si los procesos socioculturares se entienden como independientes o como reducibles a mecanismos psicol&#x00F3;gicos heredados”, siendo estos, a su vez, interpretables en t&#x00E9;rminos de maximizaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica (McKinnon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>, p. 20; Benton, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2000</xref>).</p>

			<p>Dedicaremos el pr&#x00F3;ximo apartado a explicar el funcionamiento del MPA, para pasar a continuaci&#x00F3;n al cuerpo central de este art&#x00ED;culo: una cr&#x00ED;tica a la postura de Preston y De Waal, as&#x00ED; como una propuesta alternativa de interpretaci&#x00F3;n de la hip&#x00F3;tesis de percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n que hemos llamado la f&#x00E1;brica de la empat&#x00ED;a. En nuestra opini&#x00F3;n, el MPA no satisface la pretensi&#x00F3;n de sus autores de fundamentar un n&#x00FA;cleo de predisposici&#x00F3;n innata a la empat&#x00ED;a. Por el contrario, los instintos y emociones que se manifiestan en los procesos de contagio emocional, pese a ser espont&#x00E1;neos y aparentemente “naturales”, est&#x00E1;n construidos socialmente.</p>

		</sec>
			
		<sec id="S2">
			<title>2. EL MECANISMO DE PERCEPCI&#x00D3;N-ACCI&#x00D3;N DE PRESTON Y DE WAAL</title>

			<p>Para De Waal, el comportamiento humano “es una combinaci&#x00F3;n de instinto e inteligencia”, y dentro de esta combinaci&#x00F3;n, por lo general, el papel de la inteligencia est&#x00E1; por encima de los instintos. “El comportamiento humano -se&#x00F1;ala- es en gran parte influenciable por la experiencia” (De Waal, 2007b, p. 235). El problema aqu&#x00ED; no es tanto el concepto de la combinaci&#x00F3;n de instinto e inteligencia, como el hecho de considerar que estas esferas del comportamiento pueden ser reducidas a un &#x00E1;mbito propio antes de la combinaci&#x00F3;n. De Waal, que se ha mostrado muy atento para prevenir a la psicolog&#x00ED;a evolucionista de la propensi&#x00F3;n al dualismo de la tradici&#x00F3;n filos&#x00F3;fica occidental, una tradici&#x00F3;n que separa el cuerpo de la mente, lo humano de lo animal, y la naturaleza de la cultura (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2002</xref>, p. 187), no ha sido capaz de liberarse de otra manifestaci&#x00F3;n de este dualismo: la que separa a los instintos de la inteligencia, como si la “combinaci&#x00F3;n” que nos encontramos al final del proceso tomara como punto de partida dos compartimentos estancos. Lo hemos se&#x00F1;alado anteriormente. Lo verdaderamente relevante para establecer el car&#x00E1;cter de la postura de De Waal, no es si ampl&#x00ED;a el margen de operatividad del ser humano en relaci&#x00F3;n a sus instintos, sino la presunci&#x00F3;n de que existe algo as&#x00ED; como unos “instintos” o “predisposiciones innatas”, y por tanto, previos a su determinaci&#x00F3;n social, que pueden ser asociados con inclinaciones morales y explicados a trav&#x00E9;s de la selecci&#x00F3;n natural. Preston y De Waal asumieron esta condici&#x00F3;n “innata” para las manifestaciones de contagio emocional que constituyen la primera fase de la respuesta emp&#x00E1;tica, despu&#x00E9;s de vincularla con el tipo de afecci&#x00F3;n emocional que los animales gregarios parecen sentir unos por otros (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2002b</xref>, pp. 6-7). </p>

			<p>Junto a esta consideraci&#x00F3;n, el Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n (MPA) parte de otro supuesto. Somos agentes morales racionales, pero las emociones constituyen un elemento fundamental en la toma de decisiones. “Las emociones triunfan sobre las reglas”, dice De Waal. “Por eso -a&#x00F1;ade-, al hablar de modelos de conducta moral, hablamos de nuestros corazones y no de nuestros cerebros” (De Waal, 2007b, p. 226). Las decisiones que tomamos est&#x00E1;n m&#x00E1;s influidas por lo que sentimos que por lo que pensamos. Las emociones act&#x00FA;an como una br&#x00FA;jula moral (De Waal, 2007b, p. 194). Nos ofrecen inhibiciones que orientan nuestra conducta. “A menudo las racionalizaciones vienen despu&#x00E9;s, cuando ya hemos llevado a cabo las reacciones prefijadas de nuestra especie” (De Waal, 2007b, p.195). Estas reacciones tienen que ver con determinadas “partes del cerebro que se remontan a la transici&#x00F3;n de los reptiles de sangre fr&#x00ED;a a los amables, cari&#x00F1;osos y sol&#x00ED;citos mam&#x00ED;feros que somos” (De Waal, 2007b, p. 195). Hay, por consiguiente, una conexi&#x00F3;n entre las actividades psicol&#x00F3;gicas que forman parte de la moral, y las actividades neurales que constituyen su soporte biol&#x00F3;gico. Esta conexi&#x00F3;n es lo que Preston y De Waal llamaron Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2002a</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2002b</xref>), que ellos ubican en el centro de la capacidad para sentir empat&#x00ED;a, y que consiste en un “mecanismo relativamente sencillo que permite al observador (el «sujeto») acceder al estado emocional del pr&#x00F3;jimo (el «objeto») a trav&#x00E9;s de las representaciones neurales y corporales del propio sujeto” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 64). El “contagio emocional” es el estado que traduce en el sujeto este impacto emocional autom&#x00E1;tico, “una equiparaci&#x00F3;n entre individuos inmediata y a menudo inconsciente de sus respectivos estados” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 66). </p>

			<p>En el caso de los humanos, Preston y De Waal (<xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2002a</xref>) tambi&#x00E9;n definen a este estado de contagio emocional como una “angustia personal” (<italic>personal distress</italic>), una condici&#x00F3;n que debemos distinguir de la empat&#x00ED;a propiamente dicha. La diferencia con el contagio emocional radica en que la empat&#x00ED;a mantiene una distinci&#x00F3;n subjetiva entre el s&#x00ED; mismo y el otro, de manera que el estado emocional permanece centrado en el objeto en lugar del sujeto. “Esto puede dar lugar o no a la prestaci&#x00F3;n de ayuda o acciones de apoyo para paliar la angustia del objeto”. La empat&#x00ED;a, a&#x00F1;aden Preston y De Waal, “es un fen&#x00F3;meno de estado-compartido, la definici&#x00F3;n generalmente implica cierto grado de coincidencia de estado” (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2002a</xref>, p. 286).</p>

			<p>La empat&#x00ED;a se representa entonces m&#x00E1;s como un proceso que como un resultado, y sustituye la imagen de la teor&#x00ED;a de la capa por el Modelo de la Mu&#x00F1;eca Rusa. En el n&#x00FA;cleo de este Modelo se encuentra el MPA, que est&#x00E1; programado gen&#x00E9;ticamente para producir el estado de contagio emocional que acaba de ser descrito. Y en los niveles m&#x00E1;s elevados se sit&#x00FA;a la empat&#x00ED;a cognitiva, que se ocupa, por ejemplo, de entender las razones del pr&#x00F3;jimo y la atribuci&#x00F3;n del estado mental, y en virtud de la cual se adopta plenamente la perspectiva ajena (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 66).</p>

			<p>Todo el mecanismo se sustenta sobre un supuesto te&#x00F3;rico, que es la idea de que la percepci&#x00F3;n y la acci&#x00F3;n comparten un c&#x00F3;digo com&#x00FA;n de representaci&#x00F3;n en el cerebro. Esta disposici&#x00F3;n es consecuencia de que el desarrollo de los sistemas de percepci&#x00F3;n habr&#x00ED;a estado condicionado por la necesidad de ofrecer informaci&#x00F3;n precisa sobre el medio ambiente, en orden a la planificaci&#x00F3;n adecuada y la orientaci&#x00F3;n de los movimientos. Estos c&#x00F3;digos comunes no est&#x00E1;n necesariamente restringidos al &#x00E1;mbito de los movimientos f&#x00ED;sicos, sino que incluyen tambi&#x00E9;n abstracciones y representaciones simb&#x00F3;licas. Por consiguiente, en el caso de las emociones, “las representaciones no solo necesitan reproducir posturas corporales y expresiones faciales directamente del agente al perceptor; sino que pueden reproducir los sentidos o los objetivos de las expresiones” (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">2002a</xref>, p. 301). Se trata, en definitiva, de que hay un v&#x00ED;nculo del sistema nervioso entre la acci&#x00F3;n y la percepci&#x00F3;n que nos ayuda a orientarnos por el entorno f&#x00ED;sico, y que este mismo v&#x00ED;nculo es el que nos permite orientarnos por el entorno social. Nos permite adquirir tanto las habilidades motoras b&#x00E1;sicas como las que regulan las interacciones sociales m&#x00E1;s simples. </p>

			<p>De Waal recurre a una amplia base de literatura cient&#x00ED;fica para respaldar su argumento sobre la conexi&#x00F3;n entre los procesos de percepci&#x00F3;n motora y emotiva: </p>

						<p>“Los datos sugieren que tanto la observaci&#x00F3;n como la experimentaci&#x00F3;n de las emociones implica una serie de sustratos psicol&#x00F3;gicos compartidos: <italic>ver</italic> el desagrado o el dolor del pr&#x00F3;jimo es muy parecido a <italic>sentirlo</italic>. La comunicaci&#x00F3;n afectiva tambi&#x00E9;n crea estados psicol&#x00F3;gicos parecidos en el sujeto y el objeto” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 65). </p>

			<p>El MPA queda as&#x00ED; constituido como el eslab&#x00F3;n que conecta la moralidad con la estructura biol&#x00F3;gica del ser humano. El primer eslab&#x00F3;n de la cadena son las emociones. La moralidad es un dominio que est&#x00E1; anclado en las emociones sociales, pero estas emociones tienen su centro en la empat&#x00ED;a, y la empat&#x00ED;a, en su n&#x00FA;cleo estructural, alberga al Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n. El mecanismo produce una “activaci&#x00F3;n” neural, autom&#x00E1;tica e inconsciente, que permite al individuo ponerse en la piel del otro, “compartiendo sus sentimientos y necesidades, lo cual promueve a su vez la simpat&#x00ED;a, la compasi&#x00F3;n y la capacidad de ayuda” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 64). </p>

						<p>“El Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n de la empat&#x00ED;a manifiesta concretamente que la percepci&#x00F3;n que acompa&#x00F1;a al estado del objeto autom&#x00E1;ticamente activa el estado, situaci&#x00F3;n y objeto de la representaci&#x00F3;n del sujeto, y que la activaci&#x00F3;n de esta representaci&#x00F3;n autom&#x00E1;ticamente prima o genera respuestas autom&#x00E1;ticas y som&#x00E1;ticas asociadas, a menos que sean inhibidas” (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2002b</xref>, p. 4).</p>

			<p>La idea te&#x00F3;rica que fundamenta este modelo es la “Hip&#x00F3;tesis de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n”, sostenida por otros investigadores antes que Preston y De Waal, y que establecer&#x00ED;a, como hemos indicado, que la percepci&#x00F3;n y la acci&#x00F3;n comparten un c&#x00F3;digo com&#x00FA;n de representaci&#x00F3;n en el cerebro (Preston y De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2002b</xref>, p. 9). Esta idea se habr&#x00ED;a visto confirmada tras el descubrimiento de las “neuronas espejo” por Di Pellegrino <italic>et al</italic>., (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1992</xref>), y podr&#x00ED;a ser asimilada a la hip&#x00F3;tesis del marcador som&#x00E1;tico de Dam&#x00E1;sio (<xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2011</xref>). Las “neuronas espejo” proveen de una evidencia celular concreta de las representaciones compartidas entre la percepci&#x00F3;n y la acci&#x00F3;n, ya que se activan tanto al realizar una acci&#x00F3;n como al observar que esta acci&#x00F3;n es realizada por otro. En cuanto a la hip&#x00F3;tesis de Dam&#x00E1;sio, tratar&#x00ED;amos con “un caso especial de sentimientos generados a partir de emociones secundarias”, que habr&#x00ED;an quedado vinculados, a trav&#x00E9;s de un proceso de aprendizaje, con los resultados futuros predecibles de determinados supuestos (Dam&#x00E1;sio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2011</xref>, pp. 243-244). Pero las palabras “emociones secundarias” y “proceso de aprendizaje” no deber&#x00ED;an inducirnos a error. Estas emociones secundarias necesitan a las primarias para expresarse (Dam&#x00E1;sio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2011</xref>, p. 197), y las primarias se caracterizan por su car&#x00E1;cter innato. Para Dam&#x00E1;sio, la mayor&#x00ED;a de las representaciones neurales que encarnan a la sabidur&#x00ED;a humana, tales como las normas &#x00E9;ticas o las convenciones sociales, pueden ser vinculadas con “procesos biol&#x00F3;gicos reguladores innatos”, esto es, con “impulsos e instintos”, “mecanismos autom&#x00E1;ticos” que contribuyen a la supervivencia (Dam&#x00E1;sio, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2011</xref>, pp. 182-183). </p>

		</sec>
			
		<sec id="S3">
			
			<title>3. LOS L&#x00CD;MITES DEL MECANISMO DE PERCEPCI&#x00D3;N-ACCI&#x00D3;N: LA INFLUENCIA DEL DETERMINISMO GEN&#x00C9;TICO.</title>
			
		<sec id="S3.1">
			
			<title>a) Cr&#x00ED;tica al innatismo</title>

			<p>Si buceamos en la tradici&#x00F3;n filos&#x00F3;fica, podemos encontrar en Adam Smith algunas ideas que muestran una cr&#x00ED;tica precursora del concepto de lo innato. En <italic>La teor&#x00ED;a de los sentimientos morales</italic>, leemos: “La simpat&#x00ED;a, en consecuencia, no emerge tanto de la observaci&#x00F3;n de la pasi&#x00F3;n como de la circunstancia que la promueve.” A veces, contin&#x00FA;a Smith, “sentimos hacia otro ser humano una pasi&#x00F3;n de la que &#x00E9;l mismo es completamente incapaz”. Algo que no casa muy bien con el pretendido car&#x00E1;cter “contagioso” de la respuesta emp&#x00E1;tica, una respuesta que no deja de darse incluso en la circunstancia emocional menos transmisible de todas: “Simpatizamos incluso con los muertos” (Smith, <xref ref-type="bibr" rid="CIT30">1997</xref>, pp. 54-55). Pero ni lo psic&#x00F3;logos evolucionistas, ni Preston y De Waal, ni tampoco Dam&#x00E1;sio, parecen seguidores en este punto de la teor&#x00ED;a moral de Adam Smith, a tenor de la forma en la que han convertido al concepto de lo innato en parte de su repertorio habitual. Por esta raz&#x00F3;n, conviene que nos detengamos en un importante art&#x00ED;culo que Matteo Mameli y Patrick Bateson dedicaron a cuestionar la aportaci&#x00F3;n para la ciencia que implica el uso de este concepto, un uso que no les convence en ninguna de sus aplicaciones (<xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, p. 156). Por ejemplo, si definimos un rasgo innato como una determinaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica, es decir, si y solo si los genes y nada m&#x00E1;s que los genes son necesarios para su desarrollo, nos encontramos con una idea demasiado simplista porque “no hay ning&#x00FA;n fenotipo tal que solo los genes sean necesarios para su desarrollo. Los genes por s&#x00ED; mismos no hacen nada. Ellos necesitan otros recursos para desarrollar la producci&#x00F3;n de fenotipo” (Mameli y Bateson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, p. 158). Pero si, de una forma m&#x00E1;s matizada, intentamos definir lo innato como una <italic>influencia</italic> gen&#x00E9;tica, es decir, considerando que todos los fenotipos est&#x00E1;n gen&#x00E9;ticamente influenciados porque los genes participan, de una manera u otra, en el desarrollo de todos ellos, entonces “esta propuesta es incapaz de proveer una distinci&#x00F3;n cient&#x00ED;ficamente &#x00FA;til que se adecue aproximadamente a la distinci&#x00F3;n popular entre los rasgos innatos y no innatos” (Mameli y Bateson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, p. 159). Algo parecido sucede cuando utilizamos la adaptaci&#x00F3;n darwiniana como piedra de toque, porque no todas las adaptaciones darwinianas tienen un origen gen&#x00E9;tico: un fenotipo puede caer dentro de la selecci&#x00F3;n natural sin que se trate de una variaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica. Pero incluso en el caso de que esto sea as&#x00ED;, es decir, que la adaptaci&#x00F3;n se produzca por el efecto de una mutaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica, precisamente por ello tendr&#x00ED;amos que reconocer que esta variaci&#x00F3;n no es innata (Mameli y Bateson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, p. 173). Lo importante, en cualquier caso, es que la variaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica acumulada por actitudes puede afectar a los rasgos aprendidos, de manera que estos rasgos pueden y suelen ser adaptaciones darwinianas est&#x00E1;ndar. Esto sucede cuando una mutaci&#x00F3;n interviene sobre una actitud que potencia un rasgo aprendido, como ser&#x00ED;a el caso de una especie de &#x00E1;guila pescadora cuya habilidad para pescar, producto de un largo y complicado proceso de aprendizaje, es potenciada por la aparici&#x00F3;n de una mutaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica (Mameli y Bateson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, p. 174). Mameli y Bateson denuncian el uso indiscriminado que algunos investigadores realizan de la etiqueta “innato”, convirti&#x00E9;ndola en un concepto “proteico” que les induce a confundir nociones que deber&#x00ED;an ser distinguidas unas de otras. En concreto, apuntan a la asunci&#x00F3;n, por parte de los psic&#x00F3;logos evolucionistas, de que si una estructura cognitiva humana es producto de una adaptaci&#x00F3;n darwiniana est&#x00E1;ndar, y por tanto, de un rasgo canalizado y desarrollado a trav&#x00E9;s de su relaci&#x00F3;n con el medio ambiente, se manifestar&#x00E1; con la misma fidelidad en un entorno ambiental completamente distinto. La psicolog&#x00ED;a evolucionista suele ubicar la aparici&#x00F3;n de lo que ellos llaman “pensamiento adaptativo” en el Pleistoceno, pero no hay ninguna raz&#x00F3;n para creer que los genes vayan a provocar hoy las mismas estructuras mentales que provocaban entonces. “El entorno de desarrollo de las estructuras cognitivas humanas ha cambiado de muchas importantes y evolutivamente impredecibles maneras” (Mameli y Bateson, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">2006</xref>, pp. 179-181). </p>

		</sec>
			
		<sec id="S3.2">
			
			<title>b) Los c&#x00ED;rculos de la moral</title>

			<p>Si toda la cadena de la moralidad se pone en marcha con un primer impulso que se <italic>activa</italic> de forma autom&#x00E1;tica e inconsciente, podemos darle la raz&#x00F3;n a Mencio en la frase que abre este art&#x00ED;culo. De Waal lo hace por partida doble. En <italic>El mono que llevamos dentro</italic>, las palabras de Mencio son tra&#x00ED;das a colaci&#x00F3;n de los “impulsos genuinamente cooperativos” y las “inhibiciones” que constituyen el n&#x00FA;cleo de la empat&#x00ED;a (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 196). Cuando vemos a un ni&#x00F1;o a punto de caer a un pozo, todos sentimos “sin excepci&#x00F3;n” un profundo sentimiento de angustia y alarma. Este sentimiento, contin&#x00FA;a Mencio, no obedece a ninguna clase de motivaci&#x00F3;n ego&#x00ED;sta. Es esencialmente humano. Algo con lo que De Waal manifiesta no poder estar m&#x00E1;s de acuerdo. Volver&#x00E1; a repetirlo en <italic>Primates y fil&#x00F3;sofos</italic>, donde vincular&#x00E1; el sentimiento de angustia descrito por Mencio con el MPA:</p>

						<p>“La idea central que subyace en las tres afirmaciones<xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref> es que la angustia que sentimos al contemplar el dolor ajeno es un impulso sobre el que no ejercemos pr&#x00E1;cticamente ning&#x00FA;n control: nos atrapa al instante, como un reflejo, sin tiempo para sopesar los pros y los contras. Las tres apuntan hacia la existencia de un proceso involuntario como mecanismo de percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n (MPA)” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 79). </p>

			<p>Pero al lado de las palabras de Mencio, tenemos la evidencia hist&#x00F3;rica del testimonio de Auschwitz. No solo no es cierto que todos los hombres, sin excepci&#x00F3;n, sientan un profundo sentimiento de angustia cuando ven a un ni&#x00F1;o a punto de caer a un pozo, sino que algunos ejemplares de la especie humana han demostrado ser capaces de un comportamiento tan horrible como el que supone cavar un pozo para arrojar a un ni&#x00F1;o dentro. De Waal tiene un argumento para responder a esto. Puesto que el origen evolutivo de los sentimientos que intervienen en los procesos morales tiene que ver con el reforzamiento de la cooperaci&#x00F3;n y la armon&#x00ED;a intracomunitarias, “los sistemas morales est&#x00E1;n irremediablemente predispuestos a favorecer la divisi&#x00F3;n intragrupal” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 204). “Llevamos en la sangre”, dice De Waal, una “distinci&#x00F3;n” entre la orientaci&#x00F3;n hacia nuestro propio grupo y la consideraci&#x00F3;n hacia el exterior del mismo (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 204). No se trata &#x00FA;nicamente, a&#x00F1;ade De Waal, “de que tengamos prejuicios a favor de los c&#x00ED;rculos situados m&#x00E1;s al interior (nosotros mismos, nuestra familia, nuestra comunidad, nuestra especie) sino que <italic>debemos</italic> tenerlos. La lealtad es una obligaci&#x00F3;n moral” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 205). Por supuesto, estos c&#x00ED;rculos pueden ampliarse, pero solo lo hacen si la salud y la supervivencia de los c&#x00ED;rculos inferiores est&#x00E1; asegurada. </p>

			<p>Aunque De Waal escribe esta frase en el contexto de su debate con Singer acerca de la ampliaci&#x00F3;n del c&#x00ED;rculo de la moralidad hacia los animales no humanos, no parece estar ajeno a la posibilidad de que este argumento pueda aplicarse al interior de la propia especie. De hecho, el autor incluye un gr&#x00E1;fico en su libro que muestra a las claras que la pir&#x00E1;mide de los c&#x00ED;rculos de la moralidad tiene en su pelda&#x00F1;o m&#x00E1;s alto al “yo”, en su m&#x00E1;s bajo, a “todas las formas de vida”, y en los tramos intermedios, empezando por arriba, a la “familia o el clan”, la “comunidad”, la “tribu o naci&#x00F3;n” y la “humanidad” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 206). De Waal no pasa por alto que el ejemplo hist&#x00F3;rico m&#x00E1;s sangrante de la aplicaci&#x00F3;n de estos c&#x00ED;rculos de la moralidad es la fabricaci&#x00F3;n ideol&#x00F3;gica de un grupo ajeno llevada a cabo por Adolf Hitler (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 142). La configuraci&#x00F3;n de estos c&#x00ED;rculos es una construcci&#x00F3;n social, pero la psicolog&#x00ED;a que determina esta construcci&#x00F3;n, es “incluso anterior a nuestra especie”. De Waal camina aqu&#x00ED; por la cuerda floja. Su descripci&#x00F3;n de los c&#x00ED;rculos de la moralidad como una configuraci&#x00F3;n de car&#x00E1;cter social le permite esquivar el terreno pantanoso que conduce a la comunidad de sangre y suelo (<italic>Blut und Boden</italic>). Pero al sostener que este tipo de construcciones reflejan una predisposici&#x00F3;n natural est&#x00E1; realizando una contribuci&#x00F3;n innecesaria a los argumentos de los que tratan la mera existencia de esta predisposici&#x00F3;n como una condici&#x00F3;n suficiente para justificar cualquier teor&#x00ED;a. Sin embargo, en un contexto diferente, De Waal advirti&#x00F3; de los riesgos que implica una interpretaci&#x00F3;n demasiado laxa de lo que son los procesos adaptativos. Podemos verlo en la cr&#x00ED;tica que realiz&#x00F3; a Thornhill y Palmer (<xref ref-type="bibr" rid="CIT31">2000</xref>) cuando estos argumentaron que la violaci&#x00F3;n hab&#x00ED;a sido favorecida por la selecci&#x00F3;n natural porque impulsaba la reproducci&#x00F3;n masculina. Pero la violaci&#x00F3;n se da, escribi&#x00F3; De Waal, “en la interconexi&#x00F3;n de sexo y poder, dos &#x00E1;reas ricas y complejas del comportamiento humano que est&#x00E1;n claramente interrelacionadas” (De Waal, 2002, p. 188). Y adem&#x00E1;s, a&#x00F1;adi&#x00F3;, si queremos considerarla una adaptaci&#x00F3;n, deber&#x00ED;amos ser capaces de delimitar su propia base gen&#x00E9;tica de la que formar&#x00ED;a parte de otras tendencias sexuales o rasgos de la personalidad, tales como la impulsividad o la agresividad (De Waal, 2002, p. 188). Llegados a este punto, no vemos por qu&#x00E9; no deber&#x00ED;amos aplicar este mismo razonamiento a los intentos de reducir la “divisi&#x00F3;n intragrupal” a un proceso adaptativo, asentado sobre los “prejuicios” que supuestamente “llevamos en la sangre”. Las fronteras comunitarias tambi&#x00E9;n son instituidas en la interrelaci&#x00F3;n de un entramado complejo donde intervienen las relaciones de poder y la pr&#x00E1;ctica del intercambio sexual, y su base gen&#x00E9;tica es tan dif&#x00ED;cil de delimitar como la que sustenta a la pretendida predisposici&#x00F3;n natural a la violaci&#x00F3;n. En ambos casos, adem&#x00E1;s, lo que est&#x00E1; en el fondo es la aplicaci&#x00F3;n de esa l&#x00F3;gica de maximizaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica que seg&#x00FA;n los psic&#x00F3;logos evolucionistas determina la orientaci&#x00F3;n de los individuos hacia los miembros de su mismo grupo. Pero Susan McKinnon, desde el punto de vista de la antropolog&#x00ED;a, y respaldada por multitud de pr&#x00E1;cticas sociales que contradicen la existencia de esta l&#x00F3;gica, ha se&#x00F1;alado que los agrupamientos de parentesco y los patrones de crianza, altruismo y asignaci&#x00F3;n de los recursos, se derivan de clasificaciones y comprensiones culturales que son los que realmente intervienen sobre el comportamiento. “En todas partes las categor&#x00ED;as de parentesco siguen l&#x00F3;gicas culturales espec&#x00ED;ficas que siempre exceden y rebasan los l&#x00ED;mites de cualquier presunto c&#x00E1;lculo universal de las relaciones gen&#x00E9;ticas” (McKinnon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>, pp. 61-68). Por consiguiente, si la divisi&#x00F3;n intragrupal puede ser explicada de forma satisfactoria a trav&#x00E9;s de un sistema simb&#x00F3;lico, mediado culturalmente, no tenemos ninguna raz&#x00F3;n para acudir a una mediaci&#x00F3;n natural, una explicaci&#x00F3;n mucho m&#x00E1;s insatisfactoria, y que por su contenido gen&#x00E9;rico, como dir&#x00ED;an Mameli y Bateson, no es capaz de ofrecer una distinci&#x00F3;n cient&#x00ED;ficamente &#x00FA;til. Su &#x00FA;nica raz&#x00F3;n de ser, en nuestra opini&#x00F3;n, es resolver la contradicci&#x00F3;n interna que aparece en una teor&#x00ED;a que postula el car&#x00E1;cter innato del mecanismo psicol&#x00F3;gico que produce el contagio emocional, y los hechos que demuestran que este contagio no se manifiesta universalmente. Como hemos visto, De Waal est&#x00E1; lejos de sostener que el ser humano sea esclavo de sus impulsos, o que estos no sean lo suficientemente variados como para permitirnos seleccionar entre ellos los m&#x00E1;s amables y ben&#x00E9;volos. Pero el riesgo de este tipo de explicaci&#x00F3;n es que las verdaderas causas de fen&#x00F3;menos tales como la xenofobia o el racismo queden solapadas bajo el manto de los instintos naturales, y que las supuestas determinaciones gen&#x00E9;ticas del comportamiento sean utilizadas por otros investigadores menos cautos que De Waal para justificar situaciones de dominaci&#x00F3;n o desigualdad social, como han denunciado cabalmente Lewontin, Rose y Kamin (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>), McKinnon (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>, pp. 147-156) y Mehta (<xref ref-type="bibr" rid="CIT23">2014</xref>), entre otros.</p>

		</sec>
			
		<sec id="S3.3">
			
			<title>c) La moral ante los imperativos de la “biolog&#x00ED;a mam&#x00ED;fera”</title>

			<p>En este sentido, por mencionar solo un ejemplo, podemos leer la afirmaci&#x00F3;n que hace De Waal de la existencia de una diferencia de g&#x00E9;nero en la empat&#x00ED;a humana, que estar&#x00ED;a sustentada en “una larga l&#x00ED;nea de madres que cuidaban, alimentaban, transportaban, confortaban y defend&#x00ED;an a sus hijos” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2007b</xref>, p. 18). Esto habr&#x00ED;a dado como resultado el que las mujeres tuvieran una capacidad “natural” m&#x00E1;s desarrollada que la de los hombres para apreciar la “necesidad de conexi&#x00F3;n” que produce la empat&#x00ED;a. No discutiremos, al menos para algunas sociedades hist&#x00F3;ricas, que las mujeres hayan mostrado una mayor capacidad para sentir empat&#x00ED;a que los hombres. Lo que nos parece m&#x00E1;s cuestionable es considerar que esta capacidad haya estado determinada gen&#x00E9;ticamente, en lugar de considerarla como un producto de las relaciones sociales y culturales. De Waal nos ofrece una muestra clara de hacia d&#x00F3;nde puede derivar esta estrategia argumentativa cuando mezcla en un solo p&#x00E1;rrafo la tendencia a favorecer a las mujeres en los casos de custodia de los hijos, con “la c&#x00E9;lebre «doble vara de medir» favorable a los hombres en el terreno de la infidelidad matrimonial” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 203). El trabajo de campo de los antrop&#x00F3;logos ha demostrado que “la incidencia de la promiscuidad en hombres y mujeres var&#x00ED;a transculturalmente” (McKinnon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2012</xref>, p. 93). Se trata, por tanto, de una actitud cultural, y lo mismo podr&#x00ED;a decirse de los principios que intervienen en los procesos de custodia de los hijos. De Waal concluye este p&#x00E1;rrafo con una advertencia:</p>

						<p>“De manera que aun cuando nos esforcemos por alcanzar un est&#x00E1;ndar moral que no tenga en cuenta las diferencias de g&#x00E9;nero, los juicios que realizamos en la vida real no son inmunes a la biolog&#x00ED;a mam&#x00ED;fera. Un sistema moral viable rara vez permite que sus normas se desvinculen de los imperativos biol&#x00F3;gicos de la supervivencia y la reproducci&#x00F3;n” (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 203). </p>

			<p>La apelaci&#x00F3;n a los imperativos de la “biolog&#x00ED;a mam&#x00ED;fera” era el resultado probable de algunas de las premisas que de De Waal termina por asumir en su intento de desentra&#x00F1;ar las ra&#x00ED;ces evolutivas de la moralidad humana. Estas premisas est&#x00E1;n estrechamente emparentadas con la psicolog&#x00ED;a evolucionista, pero en &#x00FA;ltima instancia comparten un suelo com&#x00FA;n con la sociobiolog&#x00ED;a, donde ya recibieron importantes cr&#x00ED;ticas por parte de autores como Stephen Jay Gould (Allen <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1975</xref>), Richard Lewontin, Steven Rose y Leon J. Kamin (<xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>). Tomaremos la obra conjunta de estos &#x00FA;ltimos para intentar condensar en tres apartados sus argumentos. En primer lugar, el hecho de que nos encontramos ante una descripci&#x00F3;n de la naturaleza humana que consiste “en una lista extensiva de caracter&#x00ED;sticas que se consideran universales en las sociedades humanas”, tales como la territorialidad, la xenofobia, la guerra o la actividad empresarial (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, pp. 335-336). En segundo lugar, la afirmaci&#x00F3;n de que estas caracter&#x00ED;sticas universales est&#x00E1;n codificadas en el genotipo humano. Y en &#x00FA;ltimo lugar, la pretensi&#x00F3;n de que estos “universales sociales humanos gen&#x00E9;ticamente determinados han sido establecidos por selecci&#x00F3;n natural en el curso de la evoluci&#x00F3;n biol&#x00F3;gica humana” (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 336). A lo largo de su exposici&#x00F3;n, Lewontin, Rose y Kamin ofrecen multitud de razones para considerar que estos tres supuestos deber&#x00ED;an ser desechados por la ciencia. Ser&#x00ED;a demasiado prolijo reproducir aqu&#x00ED; el hilo completo de su argumentaci&#x00F3;n, pero s&#x00ED; podemos se&#x00F1;alar algunos de sus jalones m&#x00E1;s importantes. </p>

		</sec>
			
		<sec id="S3.4">
			
			<title>d) Cr&#x00ED;tica a la sociobiolog&#x00ED;a y al determinismo gen&#x00E9;tico</title>

			<p>En primer lugar, Lewontin, Rose y Kamin consideran que es necesario poner en cuesti&#x00F3;n el tratamiento que la sociobiolog&#x00ED;a realiza de categor&#x00ED;as tales como la dominaci&#x00F3;n, la territorialidad o la agresi&#x00F3;n, como si fueran objetos naturales que poseyeran una realidad concreta, “en vez de darse cuenta de que son constructos ideol&#x00F3;gica e hist&#x00F3;ricamente condicionados” (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, 340). En segundo t&#x00E9;rmino, los autores afirman que todas las tentativas que se han realizado para relacionar cualquier aspecto del comportamiento social humano con un gen particular o un conjunto de genes han fracasado (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, 347). Esto, que vale para los intentos, siempre fallidos, de relacionar con la herencia los resultados (en s&#x00ED; mismos, problem&#x00E1;ticos), de los test de Cociente Intelectual (CI), y que vale tambi&#x00E9;n para poner en cuarentena cualquier intento de explicar los roles de g&#x00E9;nero en base a supuestos instintos naturales (recordemos los imperativos de la “biolog&#x00ED;a mam&#x00ED;fera” sugeridos por De Waal), es suficiente para hacernos sospechar de la capacidad del MPA para dar cuenta del car&#x00E1;cter innato de los impulsos que orientan la moralidad. El problema, sostienen los autores, radica en que “los rasgos manifiestos de un organismo -su fenotipo- no est&#x00E1;n en general determinados por genes aislados, sino que son una consecuencia de la interacci&#x00F3;n de los genes y el medio ambiente durante su desarrollo” (De Waal, 2009, p. 348). Esto produce unas condiciones tales de variabilidad en los portadores e indeterminaci&#x00F3;n en la naturaleza del efecto, que resulta imposible para cualquier genetista confirmar la existencia de los genes vinculados al comportamiento. </p>

			<p>Lewontin, Rose y Kamin critican el uso y el abuso que Wilson, el padre de la sociobiolog&#x00ED;a, hace de t&#x00E9;rminos como “tendencias”, “predisposiciones” o “propensiones”, para soslayar el comportamiento condicionado por las circunstancias, poniendo en su lugar la teor&#x00ED;a de que los genes dictan el comportamiento (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 350). Lo mismo podr&#x00ED;a decirse en el caso de De Waal. Hay un paso ileg&#x00ED;timo de la observaci&#x00F3;n a la explicaci&#x00F3;n. No se puede tomar la universalidad aparente de un car&#x00E1;cter como una evidencia de su determinaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica. El hecho de que la mayor&#x00ED;a de los finlandeses sean luteranos, no significa que deba haber un gen para ello. Esto, que parece evidente para los finlandeses, deber&#x00ED;a valer tambi&#x00E9;n para la relaci&#x00F3;n entre el comportamiento social humano y el de los primates. La supuesta homolog&#x00ED;a entre el comportamiento de unos y otros es una versi&#x00F3;n distinta del mismo argumento que confunde la observaci&#x00F3;n con la explicaci&#x00F3;n. La homolog&#x00ED;a considera que comportamientos similares entre especies distintas son derivados de un antepasado com&#x00FA;n. La analog&#x00ED;a, por el contrario, considera que han sido derivadas de forma independiente. De Waal mantiene que, dado que los simios y los humanos son “especies &#x00ED;ntimamente relacionadas”, es “enteramente imposible” que sus similitudes de comportamiento se deban a la analog&#x00ED;a (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 210). Pero Lewontin, Rose y Kamin recuerdan que “los humanos no tienen parientes vivos muy pr&#x00F3;ximos” (2009, p. 352). No existe ninguna otra especie que est&#x00E9; clasificada en el mismo orden gen&#x00E9;rico (<italic>Homo</italic>), el antepasado com&#x00FA;n m&#x00E1;s reciente debe remontarse por lo menos a hace dos millones de a&#x00F1;os, y adem&#x00E1;s, la conducta que podr&#x00ED;a ser gen&#x00E9;ticamente estereotipada en lo simios, podr&#x00ED;a haber sido aprendida tempranamente en los humanos (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, pp. 352-353). Los autores consideran oportuno volver a insistir en que no se ha realizado ning&#x00FA;n estudio que demuestre la heredabilidad de las caracter&#x00ED;sticas de la personalidad humana, que no cabe confundir con la familiaridad (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 353).</p>

			<p>Por &#x00FA;ltimo, en cuanto a la pretensi&#x00F3;n de la sociobiolog&#x00ED;a de que estos supuestos universales humanos gen&#x00E9;ticamente determinados hayan sido establecidos por selecci&#x00F3;n natural, Lewontin, Rose y Kamin critican la pr&#x00E1;ctica habitual entre los seguidores de esta teor&#x00ED;a de tomar a las caracter&#x00ED;sticas que son objeto de su estudio como las causas eficientes de su propia evoluci&#x00F3;n. Sin embargo, “hay un importante componente de ruido aleatorio en el desarrollo y la fisiolog&#x00ED;a” (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 364). Estos procesos, que se despliegan a nivel molecular y celular, intervienen tambi&#x00E9;n, junto al genotipo y el medio ambiente, en la producci&#x00F3;n del fenotipo. Pero la sociobiolog&#x00ED;a no tiene nunca en cuenta esta y otras fuerzas evolutivas que son claramente no adaptativas y que podr&#x00ED;an constituir explicaciones adecuadas para numerosos sucesos evolutivos concretos (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, pp. 362-364). Lewontin aborda con detalle este tipo de fuerzas en un trabajo anterior. Un ejemplo de ellas son las modificaciones al azar de las frecuencias gen&#x00E9;ticas que provoca el tama&#x00F1;o limitado de las poblaciones. En resumen, no siempre hace falta una explicaci&#x00F3;n adaptativa. Es in&#x00FA;til investigar por qu&#x00E9; para los rinocerontes es m&#x00E1;s favorable tener dos cuernos en &#x00C1;frica y un solo cuerno en la India (Lewontin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1981</xref>).</p>

		</sec>
			
		</sec>
			
		
		<sec id="S4">
			
			<title>4. LA F&#x00C1;BRICA DE LA EMPAT&#x00CD;A: UNA INTERPRETACI&#x00D3;N SOCIAL DE LA HIP&#x00D3;TESIS DE PERCEPCI&#x00D3;N-ACCI&#x00D3;N</title>

			<p>Desde nuestro punto de vista, el Mecanismo de Percepci&#x00F3;n-Acci&#x00F3;n desarrollado por Preston y De Waal fracasa en su pretensi&#x00F3;n de dar cuenta del car&#x00E1;cter innato de los impulsos e inhibiciones que se encuentran en el n&#x00FA;cleo de la empat&#x00ED;a. Sin embargo, la hip&#x00F3;tesis de la percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n s&#x00ED; podr&#x00ED;a sustentar la conexi&#x00F3;n entre la esfera de la actividad psicol&#x00F3;gica y la esfera de la actividad neural. La relaci&#x00F3;n entre ambos procesos no tiene por qu&#x00E9; depender de un n&#x00FA;cleo de programaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica, sino que, al contrario, los impulsos e inhibiciones que De Waal inscribe en esta programaci&#x00F3;n podr&#x00ED;an ser el resultado, y no la causa, de la actividad neural y psicol&#x00F3;gica. El hecho de que determinadas respuestas emocionales se <italic>activen</italic> de forma inconsciente y autom&#x00E1;tica no implica que estas respuestas est&#x00E9;n necesariamente codificadas en nuestro ADN. La b&#x00FA;squeda de fen&#x00F3;menos universales en el comportamiento humano conduce habitualmente al fracaso. No lo es el tab&#x00FA; del incesto, cuya incidencia, curiosamente, tampoco se reduce en las sociedades occidentales que tanto se han preocupado por legislar en su contra (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 187). Y no lo es, como hemos intentado explicar, la empat&#x00ED;a. En nuestra opini&#x00F3;n, para comprender este fen&#x00F3;meno resulta mucho m&#x00E1;s apropiado concentrar nuestra atenci&#x00F3;n en las influencias sociales y culturales que se despliegan alrededor suyo.</p>

			<p>A menudo, los defensores del determinismo gen&#x00E9;tico han recurrido al trabajo con ni&#x00F1;os para intentar localizar un comportamiento puro, no contaminado culturalmente, sobre el que poder aplicar la reducci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica. Preston y De Waal tambi&#x00E9;n intentaron algo parecido para fundamentar el MPA (De Waal, 2002b, pp. 7-9). Pero Lewontin, Rose y Kamin, ya dieron argumentos convincentes contra esta posibilidad. Los ni&#x00F1;os solo pueden desarrollarse en un entorno que incluya el factor social desde la fecha de su nacimiento (Lewontin <italic>et al</italic>., <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2009</xref>, p. 195). Son estas relaciones sociales las que intervienen en la producci&#x00F3;n de las emociones. La hip&#x00F3;tesis de la percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n da cuenta del proceso por el cual estas relaciones se inscriben en la actividad psicol&#x00F3;gica formando el n&#x00FA;cleo afectivo de la empat&#x00ED;a. Pero las relaciones sociales, en el ser humano, est&#x00E1;n siempre mediadas a trav&#x00E9;s del lenguaje, de manera que el lenguaje desempe&#x00F1;a un papel crucial en la construcci&#x00F3;n de las emociones. Hauser (<xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2008</xref>), a partir de ciertas ideas de Mikhail (Gross, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2011</xref>, 21 de diciembre), ha intentado enlazar te&#x00F3;ricamente la gram&#x00E1;tica ling&#x00FC;&#x00ED;stica universal postulada por Chomsky con una gram&#x00E1;tica moral universal. Pero esta relaci&#x00F3;n vuelve a conducirnos al escabroso dominio de los principios innatos. Y adem&#x00E1;s, supone la conclusi&#x00F3;n de que todos los animales que no participan de esta gram&#x00E1;tica ling&#x00FC;&#x00ED;stica son incapaces de experimentar emociones morales, como la culpa, la verg&#x00FC;enza o la empat&#x00ED;a (Hauser, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2002</xref>, p. 338). Sin embargo, nosotros pensamos que aqu&#x00ED; los esfuerzos que ha realizado De Waal para demostrar lo contrario son m&#x00E1;s convincentes que la postura de Hauser. Lo que hoy conocemos del comportamiento de los simios y otras especies animales hace que resulte cada vez m&#x00E1;s dif&#x00ED;cil sostener que el ser humano sea la &#x00FA;nica especie que tenga emociones y sea capaz de experimentar empat&#x00ED;a. Pero una vez abandonemos la premisa de los principios innatos podemos considerar que el proceso de construcci&#x00F3;n de las emociones del que da cuenta la hip&#x00F3;tesis de la percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n no se realiza solamente a trav&#x00E9;s de los actos de habla. El ser humano, al igual que los simios, utiliza para comunicarse un sistema amplio de signos corporales, incluyendo se&#x00F1;ales de &#x00ED;ndole visual, sonora y olfativa. Por consiguiente, la tesis que postulamos, seg&#x00FA;n la cual las emociones se inscriben a trav&#x00E9;s del lenguaje, debe considerarse en un sentido amplio que incluya los signos corporales y otros sistemas de comunicaci&#x00F3;n que compartimos con los simios y otras especies. </p>

			<p>La fabricaci&#x00F3;n de las emociones, en el caso del ser humano, lleva la impronta particular de los actos del habla. Esto les otorga un car&#x00E1;cter singular, diferente al que pueda experimentar cualquier otra especie. Pero esto no significa que otras especies, o los seres humanos antes de adquirir competencias ling&#x00FC;&#x00ED;sticas, no puedan producir emociones parecidas. Es evidente que determinadas emociones, como la acidia medieval, est&#x00E1;n demasiado vinculadas al contexto hist&#x00F3;rico o a la intervenci&#x00F3;n del habla como para que un simio o un delf&#x00ED;n puedan experimentarlas (en realidad, nadie siente ya acidia, tal y como la pudieron sentir nuestros antepasados [Belli, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2009</xref>, p. 33]). Pero tambi&#x00E9;n sucede lo mismo en sentido inverso. Es dif&#x00ED;cil que un ser humano pueda experimentar el tipo de emociones que siente un delf&#x00ED;n o un bonobo, cuando estas emociones est&#x00E1;n vinculadas a determinados comportamientos que son singulares de estas especies. Sin embargo, si estas emociones han sido construidas mediante un tipo de interacci&#x00F3;n social que reproduce unas condiciones similares de interacci&#x00F3;n entre los individuos de otra especie, pensamos que es leg&#x00ED;timo establecer un paralelismo entre ambas situaciones afectivas. La clave aqu&#x00ED; ser&#x00E1; precisar con rigor en cada caso cu&#x00E1;les son las condiciones que nos permiten establecer la comparaci&#x00F3;n. Pensamos que De Waal ha descrito muchas de estas situaciones en su trabajo de campo con bonobos y chimpanc&#x00E9;s. La diferencia con nuestro planteamiento es que lo que &#x00E9;l considera comportamientos hom&#x00F3;logos, es decir, derivados de un antepasado com&#x00FA;n, nosotros los considerar&#x00ED;amos an&#x00E1;logos, productos de una evoluci&#x00F3;n independiente. Pero estos t&#x00E9;rminos no terminan de ser apropiados, puesto que en &#x00FA;ltima instancia remiten a la evoluci&#x00F3;n, y no es en el campo de la evoluci&#x00F3;n donde nosotros pensamos que deban establecerse los t&#x00E9;rminos de la comparaci&#x00F3;n. En el caso de especies que presenten un alto grado de desarrollo social y cognitivo es necesario prestar atenci&#x00F3;n a la manera en la que las relaciones sociales podr&#x00ED;an estar interviniendo en la determinaci&#x00F3;n del comportamiento, as&#x00ED; como tambi&#x00E9;n en la producci&#x00F3;n social de las emociones. De Waal ha descrito c&#x00F3;mo la igualdad de g&#x00E9;neros entre los chimpanc&#x00E9;s es mucho m&#x00E1;s acusada en los zool&#x00F3;gicos que en libertad. La raz&#x00F3;n es que en situaci&#x00F3;n de libertad las hembras tienen que deambular solas con sus cr&#x00ED;os dependientes, buscando por separado las frutas y hojas con que se alimentan, y esto no les permite formar alianzas con otras hembras como las que se producen en la situaci&#x00F3;n de confinamiento, donde los gritos de una hembra atacada por un macho pueden suscitar la ayuda de las dem&#x00E1;s. Una coalici&#x00F3;n de hembras de chimpanc&#x00E9; es un asunto serio para un macho abus&#x00F3;n, que no tardar&#x00E1; en salir corriendo si no quiere recibir una brutal paliza (De Waal, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2007b</xref>, p. 71). Lo que determina el empoderamiento femenino de las hembras de chimpanc&#x00E9;, frente a la situaci&#x00F3;n que viven en libertad, no es un cambio en su biolog&#x00ED;a, sino en las relaciones sociales que hacen posible la formaci&#x00F3;n de coaliciones. De la misma manera, podemos aventurar que el tipo de emociones que sienten las hembras de chimpanc&#x00E9; que forman parte de una coalici&#x00F3;n, no debe ser el mismo que el que experimentan las que viven sometidas a un grado mayor de violencia masculina. Las semejanzas que estas emociones, y este comportamiento, puedan tener con otros parecidos que se den entre especies distintas, tienen m&#x00E1;s que ver con el paralelismo social que con la homolog&#x00ED;a o analog&#x00ED;a evolutiva.</p>

			<p>La interpretaci&#x00F3;n que estamos abordando aqu&#x00ED; de la hip&#x00F3;tesis de la percepci&#x00F3;n-acci&#x00F3;n puede conectarse con el concepto de performatividad de Judith Butler. Si sustituimos la determinaci&#x00F3;n biol&#x00F3;gica por una construcci&#x00F3;n cultural corremos el riesgo de reproducir, invirtiendo los t&#x00E9;rminos de la determinaci&#x00F3;n, el dualismo ontol&#x00F3;gico. Los cuerpos no pueden ser pensados como una mera superficie de inscripci&#x00F3;n de la cultura desde el momento en que su materializaci&#x00F3;n aparece indisociablemente unida a los efectos de la significaci&#x00F3;n cultural (Butler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2002</xref>, p. 19). El dualismo que De Waal trata de conjurar, vuelve a hacer acto de presencia cuando trata a los instintos y emociones que se encuentran en el n&#x00FA;cleo de la empat&#x00ED;a como si fueran predisposiciones innatas. Pero nuestra programaci&#x00F3;n gen&#x00E9;tica no tiene nada que ver con la aparici&#x00F3;n de instintos y emociones concretas, sino con la capacidad de tenerlos, tal y como el hecho de nacer con la capacidad de experimentar acidia, una emoci&#x00F3;n medieval, no implica en absoluto que una persona moderna vaya a tenerla en su vida. Los instintos, desde el principio, son producidos y reproducidos a trav&#x00E9;s de un proceso o actividad constante que conforma la materialidad del cuerpo, un proceso caracterizado por la reiteraci&#x00F3;n de normas, como el que determina la construcci&#x00F3;n del g&#x00E9;nero (Butler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2002</xref>, p. 29). Adem&#x00E1;s:</p>

						<p>“Dichos actos, gestos y realizaciones -por lo general interpretados- son <italic>performativos</italic> en el sentido de que la esencia o la identidad que pretenden afirmar son <italic>invenciones</italic> fabricadas y preservadas mediante signos corp&#x00F3;reos y otros medios discursivos” (Butler, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2007</xref>, p. 266).</p>

			<p>Lo interesante de este concepto de performatividad, como se&#x00F1;ala Simone Belli, es que considera a la emoci&#x00F3;n como una <italic>performance</italic> producida a trav&#x00E9;s de fabricaciones. Dado que “las emociones no existen antes de sus <italic>performances</italic>”, no son el producto de una predisposici&#x00F3;n innata, sino la expresi&#x00F3;n de unos actos o fabricaciones que pueden devenir normativos y ser vistos como naturales, a trav&#x00E9;s de su ejecuci&#x00F3;n repetida en el tiempo, “en un conjunto de m&#x00FA;ltiples interacciones sociales cotidianas” (Belli, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2009</xref>, p. 27). A la luz de esta interpretaci&#x00F3;n, quiz&#x00E1;s la evidencia que nos ofrecen las neuronas espejo no sea solo la de la existencia de un c&#x00F3;digo com&#x00FA;n de representaci&#x00F3;n entre la percepci&#x00F3;n y la acci&#x00F3;n, sino la de una actividad performativa, el reflejo a nivel celular del proceso de fabricaci&#x00F3;n de las emociones.</p>

			<p>La solidaridad, el altruismo, la cooperaci&#x00F3;n, no est&#x00E1;n determinados gen&#x00E9;ticamente. La moralidad es una disposici&#x00F3;n pr&#x00E1;ctica, y los impulsos que la determinan est&#x00E1;n producidos y reproducidos, a trav&#x00E9;s de una actividad siempre abierta, por la f&#x00E1;brica de las emociones. Intentar explicar la empat&#x00ED;a por la evoluci&#x00F3;n natural es como intentar explicar los frescos de la Capilla Sixtina por la evoluci&#x00F3;n natural de la mano de Miguel &#x00C1;ngel. La empat&#x00ED;a no puede aparecer si no se han dado antes una serie de condiciones materiales que son producto de la evoluci&#x00F3;n natural, pero estas condiciones no prefiguran la empat&#x00ED;a m&#x00E1;s de lo que el desarrollo del pulgar oponible prefigur&#x00F3; los frescos de la Capilla Sixtina. Somos animales sociales. Los simios tambi&#x00E9;n. Podemos considerarlos sujetos de derechos, como quiere Singer (<xref ref-type="bibr" rid="CIT28">2007</xref> y <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">2011</xref>), o beneficiarios de obligaciones humanas, como prefiere De Waal. Pero ninguna de ambas declaraciones har&#x00E1; brotar el sentimiento de la empat&#x00ED;a del oscuro esp&#x00ED;ritu del cazador. Muchas personas sienten empat&#x00ED;a ante el sufrimiento animal. Pero esta empat&#x00ED;a no es producto de una predisposici&#x00F3;n innata, sino de una manera determinada de relacionarse con los animales. Un granjero puede sentirse gravemente conmocionado ante la muerte del perro de la familia, pero no sentir ning&#x00FA;n sufrimiento ante el hacinamiento de los animales que constituye su forma de ganarse la vida. En &#x00FA;ltima instancia, puede incluso mostrar la misma falta de empat&#x00ED;a hacia otras personas. Y no hace falta que vivan en otro continente. Pueden ser vecinas suyas, o incluso miembros de su propia familia. La empat&#x00ED;a es una emoci&#x00F3;n maravillosa que parece brotar espont&#x00E1;neamente… cuando lo hace. Pero no es un misterio que podamos desentra&#x00F1;ar acudiendo a la gen&#x00E9;tica como si fuera el &#x00E1;rbol del bien y del mal. La respuesta no est&#x00E1; en lo genes, sino en la manera en la que el desprecio o el amor al pr&#x00F3;jimo se manifiestan tan arraigados en el coraz&#x00F3;n de algunas personas que parecen estar escritos en su ADN.</p>

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	</body>
		
		
	<back>
		
		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>La traducci&#x00F3;n espa&#x00F1;ola dice “mono”. “Simio”, sin embargo, se corresponde mejor con “ape”.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE2"><label>2</label>
					<p>La de Mencio y otras dos de Westermarck (¿Podemos evitar sentir compasi&#x00F3;n por nuestros amigos?) y Smith (Por muy ego&#x00ED;sta que supongamos al hombre…). Cf. De Waal (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2007a</xref>, p. 26 y p. 40).</p>
				</fn>
			</fn-group>
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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
					
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