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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2018.787n1007</article-id>
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				<subject>EL 68, MITO Y CR&#x00CD;TICA / MAY ’68, MYTH AND CRITIQUE</subject>
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				<article-title>Mayo del 68: d&#x00ED;as de J&#x00FA;piter</article-title>
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					<trans-title>May ‘68: Jupiter days</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Mayo del 68: d&#x00ED;as de J&#x00FA;piter</alt-title>
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					 <surname>Mar&#x00ED;n Pedre&#x00F1;o</surname>
					 <given-names>Higinio</given-names>
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			<aff id="U1">Universidad CEU-Cardenal Herrera</aff>
		
			<author-notes>
				<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="higiniom@uch.ceu.es">higiniom@uch.ceu.es</email>
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				<year>2018</year>
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			<year>2018</year>
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			<volume>194</volume>
			<issue>787</issue>
			
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia de uso y distribuci&#x00F3;n Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).</license-p>
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			<abstract xml:lang="es">
				<title>RESUMEN</title>
				<p>La comprensi&#x00F3;n antropol&#x00F3;gica de lo sucedido en mayo del 68, y en el contexto de los cambios epocales de la segunda mitad del siglo XX, requiere, por una parte, realizar una arqueolog&#x00ED;a subjetiva de un nuevo sujeto hist&#x00F3;rico y metaf&#x00ED;sico, la juventud, y por otra, el estudio de la formaci&#x00F3;n de una nueva morfolog&#x00ED;a de la autoconciencia, la jovialidad.</p>
			</abstract>
			
									
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>The anthropological understanding of the events that took place during May’68, in the context of the historical changes of the second half of the twentieth century, requires, on the one hand, an archaeological study of the emergence of a new historical and metaphysical subject, youth, and, on the other hand, a study of the appearance of a new morphology of the conscience, joviality.</p>
			</trans-abstract>
			
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				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Invenci&#x00F3;n</kwd>
				<kwd>nuevo sujeto</kwd>
				<kwd>juventud</kwd>
				<kwd>jovialidad</kwd>
				<kwd>postmortalidad</kwd>
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				<title>KEYWORDS</title> 			
				<kwd>Invention</kwd>	
				<kwd>new subject</kwd>
				<kwd>youth</kwd>
				<kwd>joviality</kwd>
				<kwd>postmortality</kwd>
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		<sec id="S1">
		<title></title>
			<p>Seg&#x00FA;n cuenta la tradici&#x00F3;n, cuando san Benito ascendi&#x00F3; el Monte Cassino encontr&#x00F3; all&#x00ED; erigido un altar a J&#x00FA;piter. Sus piedras se habr&#x00ED;an utilizado para edificar la c&#x00E9;lebre abad&#x00ED;a que se convirti&#x00F3; en la inspiraci&#x00F3;n del monacato occidental y la institucionalizaci&#x00F3;n de una cultura cristiana sobre las ruinas del mundo antiguo. Pues bien, en mayo del 68 se consum&#x00F3; eruptivamente la finalizaci&#x00F3;n de aquella &#x00E9;poca y la proclamaci&#x00F3;n de un tiempo y un sujeto de morfolog&#x00ED;a tardomoderna y postcristiana: la reposici&#x00F3;n mutante de un ‘paradigma ol&#x00ED;mpico’. El altar a J&#x00FA;piter hab&#x00ED;a sido reconstruido.</p>

		</sec>
		
		<sec id="S2">
			<title>EL PRINCIPIO: LA EXPLOSI&#x00D3;N AT&#x00D3;MICA Y LA DEMOGR&#x00C1;FICA</title>

			<p>El final de la segunda guerra mundial viene marcado por dos explosiones. Una, antecedente y de naturaleza f&#x00ED;sica, aunque desencadenada artificialmente: la bomba at&#x00F3;mica. La otra, de naturaleza social, aunque retardada en una cuenta atr&#x00E1;s embriol&#x00F3;gica: la explosi&#x00F3;n demogr&#x00E1;fica que pobl&#x00F3; desde finales de los a&#x00F1;os sesenta y durante los setenta del pasado siglo los pa&#x00ED;ses occidentales con una muchedumbre veintea&#x00F1;era.</p>

			<p>El descubrimiento a mitad del siglo XX de la energ&#x00ED;a at&#x00F3;mica y su manipulabilidad, supuso, para decirlo con palabras robadas a Marcuse, <italic>la transici&#x00F3;n a un nuevo estado de civilizaci&#x00F3;n</italic>. La creaci&#x00F3;n de los arsenales at&#x00F3;micos signific&#x00F3; que por primera vez desde que exist&#x00ED;a el <italic>homo sapiens</italic>, la autodestrucci&#x00F3;n y la del planeta a manos del hombre hab&#x00ED;a llegado a ser una posibilidad real. Desde ese punto de vista el descubrimiento de la energ&#x00ED;a at&#x00F3;mica supon&#x00ED;a un hito que diferenciaba aquellas sociedades de todas las precedentes, de manera que la historia humana se divid&#x00ED;a a esos efectos en dos periodos: el que preced&#x00ED;a y el que segu&#x00ED;a al descubrimiento de la energ&#x00ED;a at&#x00F3;mica. Adem&#x00E1;s no es cierto que, como Einstein asegur&#x00F3;, “las armas nucleares lo [hubieran] cambiado todo, excepto nuestros modos de pensar” (Glover, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1999/2013</xref>, p. 129), porque desde entonces, aunque tal vez lenta e imperceptiblemente, la humanidad supo que su supervivencia no depend&#x00ED;a solo de que pudi&#x00E9;ramos dominar las fuerzas de la naturaleza, sino de que, con expresi&#x00F3;n de Marcel, consigui&#x00E9;ramos dominar nuestro propio dominio. </p>

			<p>En esa tesitura el hombre alcanz&#x00F3; una visi&#x00F3;n de s&#x00ED; mismo nunca antes contemplada: el dominio del hombre sobre el mundo compromet&#x00ED;a la subsistencia misma de la humanidad como especie y la del planeta como ecosistema global. As&#x00ED; que aquella peripecia hist&#x00F3;rica serv&#x00ED;a, una vez m&#x00E1;s, de epifan&#x00ED;a de la esencia humana: el poder del hombre se cancelar&#x00ED;a y destruir&#x00ED;a a s&#x00ED; mismo si no deven&#x00ED;a cuidado. De modo que, como Heidegger hab&#x00ED;a apenas ense&#x00F1;ado, el cuidado se revelaba como el requerimiento interno del poder humano para seguir si&#x00E9;ndolo, y, por tanto, como su interno y originario designio; y se mostraba as&#x00ED; mediante la inevitable arqueolog&#x00ED;a de s&#x00ED; que le impon&#x00ED;a al hombre el futuro catastr&#x00F3;fico que &#x00E9;l mismo hab&#x00ED;a hecho posible. </p>

			<p>Como Nietzsche atribu&#x00ED;a a todo lo estrictamente nuevo, tambi&#x00E9;n en aquel tiempo vibraba “una fuerza de efectos retroactivos” que revelaba no solo la historia <italic>abscondita</italic>, sino facetas de la esencia <italic>abscondita</italic> de lo humano. Y de esa revelaci&#x00F3;n formaron parte destacada tanto el pacifismo como el ecologismo como ideolog&#x00ED;as nacientes y, sobre todo, como contenidos nuevos de la autoconciencia humana, sabedora de estar ingresando en una edad de s&#x00ED; desconocida.</p>

			<p>La conciencia ecol&#x00F3;gica supuso la certeza de que los actos humanos tienen efectos secundarios sobre el planeta y sobre el hombre mismo que en aquel tiempo ya hab&#x00ED;an dejado de ser secundarios. M&#x00E1;s todav&#x00ED;a: <italic>aquel tiempo</italic> se diferenciaba en buena medida y precisamente por la principalidad de lo que antes eran solo efectos residuales y despreciables de cuanto se hac&#x00ED;a, y por la ampliaci&#x00F3;n de la responsabilidad (Jonas, <xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2004</xref>, p. 17) sobre lo involuntariamente causado no ya como individuos, sino como especie. Tales certezas estaban ya dando forma a la singularidad de nuestra posici&#x00F3;n hist&#x00F3;rica y deslindaban la contemporaneidad: la conciencia de que el peligro para la supervivencia no surg&#x00ED;a solo de aquello que nos desbordaba y no pod&#x00ED;amos controlar -sino, parad&#x00F3;jicamente, de nuestro propio control que requer&#x00ED;a a su vez ser controlado- puso a la humanidad en presencia de s&#x00ED; misma como nunca antes hab&#x00ED;a sido posible; a saber, como una amenaza letal y planetaria, pero tambi&#x00E9;n como una comunidad que no surg&#x00ED;a solo de un inicio com&#x00FA;n, sino de la responsabilidad ante un previsible destino com&#x00FA;n al que hab&#x00ED;a sido incorporado el planeta.</p>

			<p>Se hab&#x00ED;a hecho visible que las razones por las que la suerte humana estaba asociada a la del planeta no resid&#x00ED;an solo en los avatares exteriores y c&#x00F3;smicos, como la dependencia del sol o la posibilidad de impactos de meteoritos en tr&#x00E1;nsito, o en episodios como las mutaciones v&#x00ED;ricas y sus potenciales devastaciones pand&#x00E9;micas. Sino que en el n&#x00FA;cleo mismo de la condici&#x00F3;n humana hab&#x00ED;a un v&#x00ED;nculo con el mundo en el que habitamos y del que este depende compartiendo nuestra suerte: la libertad hab&#x00ED;a ensanchado su poder hasta el punto de incluir al planeta en su propio destino. Y en el empe&#x00F1;o por evitar la cat&#x00E1;strofe que &#x00E9;l mismo pod&#x00ED;a causar, el hombre descubri&#x00F3; el destino de su se&#x00F1;or&#x00ED;o sobre el mundo: tomarlo a su cuidado. Se hab&#x00ED;a hecho visible, pues, que sobre la libertad humana se cern&#x00ED;a la preservaci&#x00F3;n del planeta y que de ella depend&#x00ED;a la preservaci&#x00F3;n de la humanidad frente al poder del hombre (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1913/2000</xref>, p. 134): los imperativos morales se hab&#x00ED;an convertido en imperativos de subsistencia para la especie. </p>

			<p>Es lo que Hans Jonas llam&#x00F3; la “heur&#x00ED;stica del temor”: del temor por la autodestrucci&#x00F3;n surg&#x00ED;a la evidencia sin precedentes de que las relaciones con las dem&#x00E1;s especies y con el medio natural se hab&#x00ED;an transformado en deberes morales y tareas pol&#x00ED;ticas. De manera que, si hab&#x00ED;a tenido sentido hablar de una Edad de Piedra, de Bronce o de Hierro, no hab&#x00ED;a menos razones para poder hablar de una <italic>edad at&#x00F3;mica</italic>. Un tiempo en el que invisible pero indeleblemente la libertad humana hab&#x00ED;a descubierto su cu&#x00F1;o sobre todo lo viviente y sobre el planeta mismo, pues si bien no eran obra suya, subsist&#x00ED;an en tanto el hombre los preservaba de su inextinguible locura cainita. Ahora resultaba claro que sin ser los autores de la vida sobre el planeta ni de su habitabilidad, particip&#x00E1;bamos de esa autor&#x00ED;a poni&#x00E9;ndolos a salvo de nuestro propio poder: la naturaleza entera hab&#x00ED;a devenido cultura. La conciencia ecol&#x00F3;gica obligaba al hombre a reconocerse como responsable potencial de su perdici&#x00F3;n y la amenaza catastr&#x00F3;fica del poder at&#x00F3;mico nos entregaba parad&#x00F3;jica pero indelegablemente al mundo como encomienda y misi&#x00F3;n.</p>

			<p>El poder at&#x00F3;mico transparent&#x00F3; la libertad humana como un acontecimiento en la historia natural de las especies a las que pod&#x00ED;a aniquilar, de la historia de la biosfera cuyas condiciones pod&#x00ED;a alterar definitivamente, y de la geolog&#x00ED;a de la corteza terrestre que pod&#x00ED;a modificar y contaminar por siglos y hasta milenios. La posici&#x00F3;n del hombre en el mundo se hab&#x00ED;a alterado esencialmente: la posibilidad de destruir el mundo implicaba la encomienda de su salvaci&#x00F3;n, al tiempo que asociaba –y en realidad limitaba– la salvaci&#x00F3;n del hombre al mundo.</p>

			<p>Pero en el abigarrado panorama de aquellos decenios esa “heur&#x00ED;stica del temor” era solo un bajo continuo, persistente y a veces dominante, pero cada vez m&#x00E1;s soterrado tras una melod&#x00ED;a m&#x00E1;s amable y que m&#x00E1;s bien requiere de una <italic>heur&#x00ED;stica de la dicha</italic>. En efecto, en la segunda mitad del siglo XX se estaban produciendo unas modificaciones en las condiciones materiales de la existencia que supon&#x00ED;an un hito y una transformaci&#x00F3;n tambi&#x00E9;n sin precedentes en la historia no ya de la cultura y las sociedades occidentales, sino de la humanidad como especie biol&#x00F3;gica. La explosi&#x00F3;n demogr&#x00E1;fica no fue un mero crecimiento cuantitativo.</p>

			<p>No hay exageraci&#x00F3;n alguna en decir que nunca hasta entonces el hombre hab&#x00ED;a vivido una situaci&#x00F3;n semejante: las sociedades desarrolladas de mediados del siglo XX estaban alcanzando un nivel de eficiencia en el aseguramiento de la satisfacci&#x00F3;n de las necesidades vitales y, en general, en la mejora de las condiciones de vida de sus ciudadanos como no se hab&#x00ED;a conocido. Jam&#x00E1;s antes el hombre hab&#x00ED;a logrado estar tan a salvo de las lacras del hambre, el fr&#x00ED;o, la enfermedad y la violencia como lo estaban los ciudadanos de aquellas pr&#x00F3;speras sociedades. Estar razonablemente a salvo de las guerras, las epidemias y las hambrunas era una situaci&#x00F3;n de la que no hab&#x00ED;an disfrutado –y todav&#x00ED;a no disfrutan– la inmensa mayor&#x00ED;a de los seres humanos, y habr&#x00ED;a bastado para colmar las enso&#x00F1;aciones pol&#x00ED;ticas e hist&#x00F3;ricas m&#x00E1;s ut&#x00F3;picas </p>

			<p>Por primera vez en la historia esos sue&#x00F1;os cobraban realidad: hab&#x00ED;a mucho bien objetivo en el hecho de que se pudiera hacer m&#x00E1;s que nunca antes por superar enfermedades, por eludir la amenaza del hambre, el fr&#x00ED;o, la ignorancia y la violencia; hab&#x00ED;a mucha dignidad humana lograda en semejante clase de sociedad, que era en s&#x00ED; misma una bienaventuranza sin m&#x00E1;s tacha que el distinto grado con el que amparaba a unos y otros. </p>

			<p>Adem&#x00E1;s, la ampliaci&#x00F3;n del horizonte temporal de la vida era de tales proporciones que hab&#x00ED;a hecho posible lo que podr&#x00ED;a describirse como la <italic>curvatura del tiempo de la vida</italic>, por la que al sujeto se le ocultaban los l&#x00ED;mites temporales de su existencia. Pero dicha ocultaci&#x00F3;n no era una mera ampliaci&#x00F3;n de la esperanza media de vida, que ciertamente crec&#x00ED;a asombrosamente ya en aquellos decenios. La ocultaci&#x00F3;n realmente significativa consist&#x00ED;a en una creciente, aunque siempre fr&#x00E1;gil, suspensi&#x00F3;n del “hiperpoder” (la expresi&#x00F3;n es de Freud) de la muerte para definir los contextos de significado para la vida, incluso para darle o quitarle sentido a esta en su conjunto. Y esa ocultaci&#x00F3;n o, si se quiere, su ocaso tras la nueva curvatura del tiempo de la vida en tanto que elemento estructural y naciente en aquellas sociedades, no se segu&#x00ED;a de un mero olvido psicol&#x00F3;gico y moral de nuestra condici&#x00F3;n mortal, sino de la efectiva y venturosa colonizaci&#x00F3;n humana del tiempo de la vida suficientemente a salvo del miedo a la muerte, cuya indefectible soberan&#x00ED;a ya no oprim&#x00ED;a tan entera y desp&#x00F3;ticamente.</p>

			<p>Y de ah&#x00ED; que se hiciera posible una postergaci&#x00F3;n cultural y existencial de la muerte en tanto que contenido hegem&#x00F3;nico de la autoconciencia como no hab&#x00ED;a tenido lugar antes. Esa derogaci&#x00F3;n fue, adem&#x00E1;s, de tal alcance y novedad que bien puede decirse que lo que se desvaneci&#x00F3; fue la <italic>mortalidad</italic> misma, tal vez por primera vez en la historia del hombre. Obviamente no se trataba de que los hombres hubieran dejado de ser mortales, sino de que la mortalidad hab&#x00ED;a dejado de ser el contenido definitorio de su autoconciencia. </p>

			<p>A imagen del descubrimiento de la curvatura del mundo f&#x00ED;sico, la experiencia de la curvatura del mundo de la vida presagiaba un <italic>descubrimiento</italic> metaf&#x00ED;sico con toda clase de cambios culturales. Mientras que en todos los sistemas sociales conocidos los ritos funerarios hab&#x00ED;an tenido una centralidad que expresaba su soberan&#x00ED;a<xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref>, en las sociedades del &#x00FA;ltimo tercio del siglo XX, y por primera vez en la historia de las culturas humanas, los ritos funerarios no solo tend&#x00ED;an a minimizarse, sino que empezaban a carecer de cualquier clase de centralidad cultural. La muerte estaba empezando a dejar de ser <italic>definitiva</italic>, si no en tanto que era el final, s&#x00ED; al menos en tanto que ya no ofrec&#x00ED;a la <italic>definici&#x00F3;n</italic> de lo humano ni informaba su autoconciencia estableci&#x00E9;ndola.</p>

			<p>Esa nueva curvatura del tiempo de la vida exig&#x00ED;a que esta se definiera desde un centro que ya no coincid&#x00ED;a con su condici&#x00F3;n mortal: el sentido de la vida no pod&#x00ED;a afincarse fuera de ella, exclusivamente m&#x00E1;s all&#x00E1; de una muerte que hab&#x00ED;a dejado de ser su foco estructurante. Y esa <italic>emancipaci&#x00F3;n</italic> –relativa pero relevante– de la vida respecto de la muerte no solo manifestaba las venturosas conquistas cient&#x00ED;ficas, tecnol&#x00F3;gicas e institucionales que empezaban a dar forma al mundo, sino que sacaba a la luz una intuici&#x00F3;n metaf&#x00ED;sica que, adem&#x00E1;s, defin&#x00ED;a aquella forma naciente de la autoconciencia de lo humano: la vida no se define ni se comprende tanto -ni principalmente- por la muerte, como desde y por s&#x00ED; misma. <italic>Vita viventibus est esse</italic>, dec&#x00ED;an los metaf&#x00ED;sicos antiguos, la vida es el ser para los vivientes: la vida se entiende m&#x00E1;s y mejor desde el incremento viviente al que tiende, que desde su colapso mortal. Se empezaba a hacer efectiva para la experiencia com&#x00FA;n, quiz&#x00E1; por primera vez, la excentricidad metaf&#x00ED;sica de la muerte por mucho que esta siguiera siendo el seguro y com&#x00FA;n destino humano. </p>

			<p>Pero en aquella afirmaci&#x00F3;n de la vida hab&#x00ED;a algo m&#x00E1;s que la mera sublimaci&#x00F3;n fugitiva de la angustia ante la muerte que, ciertamente, si bien no hab&#x00ED;a perdido su poder soberano, lo ejerc&#x00ED;a ya desde regiones menos centrales y m&#x00E1;s remotas del discurrir vital. No se vive para morir, y aunque ning&#x00FA;n viviente escape a ese destino mortal, se vive para vivir y en creciente plenitud, si eso fuera posible. Y esa certeza campaba entonces por primera vez entre multitudes nacidas tras la mayor hecatombe mundial conocida; unas multitudes que descubr&#x00ED;an que si bien la muerte es ineludiblemente el final de la vida, no era su fin propio. </p>

			<p>Probablemente nunca el hombre hab&#x00ED;a estado en condiciones culturales de afirmar esa divergencia como cuando su mundo le hab&#x00ED;a dejado ver la vida sin la fat&#x00ED;dica y soberana inminencia de la muerte. Se trataba de una suerte de <italic>epoj&#x00E9;</italic> hist&#x00F3;rico cultural, una manumisi&#x00F3;n “ontol&#x00F3;gica” modesta pero relevante, en el preciso sentido de que, si bien no cab&#x00ED;a eludir la muerte, se hab&#x00ED;a hecho posible decir y pensar el ser de la vida sin convertir su rasgadura mortal en su prevalente definici&#x00F3;n esencial. </p>

			<p>Esa exigua pero encomiable derrota de la muerte forma parte de la direcci&#x00F3;n dominante de todo progreso humano, cuyo impulso parece aspirar a recomponer las felices condiciones de aquel estado original que atraviesa nuestra memoria con el nombre de “para&#x00ED;so”. Aunque un siglo antes Baudelaire no lo viera, tambi&#x00E9;n el gas, el vapor y las plataformas de ferrocarril de su tiempo contribuyeron en su orden a “la reducci&#x00F3;n de los rastros del pecado original” en los que consist&#x00ED;a toda “verdadera civilizaci&#x00F3;n” (Baudelaire, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1952</xref>, p. 109). Un para&#x00ED;so que, ciertamente, les parec&#x00ED;a que quedaba al otro lado de la esquina, y cuya nostalgia secularizada cruza de parte a parte este <italic>nuevo estado civilizatorio</italic>.</p>

		</sec>
		
		<sec id="S3">
			<title>LA INVENCI&#x00D3;N DE LA JUVENTUD COMO SUJETO HIST&#x00D3;RICO</title>

			<p>Stefan Zweig rese&#x00F1;a en sus memorias la irrupci&#x00F3;n de la “juventud” como un cambio efectuado por la generaci&#x00F3;n de europeos sobrevivientes de la Primera Guerra Mundial: “La generaci&#x00F3;n entera decidi&#x00F3; hacerse m&#x00E1;s juvenil, todo el mundo, al contrario del mundo de mis padres, estaba orgulloso de ser joven”; y ese orgullo supon&#x00ED;a que toda aquella “generaci&#x00F3;n de j&#x00F3;venes [centroeuropeos] hab&#x00ED;a dejado de creer en los padres, en los pol&#x00ED;ticos y los maestros” (Zweig, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2002</xref>, p. 379). Todo el orden antiguo parec&#x00ED;a haber perdido la ra&#x00ED;z de su cr&#x00E9;dito con la guerra, de modo que “la generaci&#x00F3;n de posguerra se emancip&#x00F3; de golpe, brutalmente, de todo cuanto hab&#x00ED;a estado en vigor hasta entonces y volvi&#x00F3; la espalda a cualquier tradici&#x00F3;n, decidida a tomar es sus manos su propio destino, a alejarse de todos los pasados y marchar con &#x00ED;mpetu hacia el futuro. Con ella hab&#x00ED;a de comenzar un mundo completamente nuevo, un orden completamente diferente en todos los &#x00E1;mbitos de la vida” (Zweig, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2002</xref>, p. 379).</p>

			<p>Ciertamente, ese surgimiento de la juventud daba efectividad a la desautorizaci&#x00F3;n de las tradiciones y de sus sedes sociales, epist&#x00E9;micas y culturales que ya hab&#x00ED;a proclamado la Ilustraci&#x00F3;n europea y que, no obstante, todav&#x00ED;a no se hab&#x00ED;a encarnado en un sujeto capaz de realizarla en una etapa biol&#x00F3;gica y biogr&#x00E1;fica que se identificara con sus ideales. Ahora el repudio de la tradici&#x00F3;n y de lo viejo pod&#x00ED;a ya animar a una criatura concebida en su seno, <italic>ex novo</italic>, como lo hab&#x00ED;a sido tambi&#x00E9;n -aunque a la larga con peor fortuna- la raza nueva del proletariado.</p>

			<p>Este nuevo sujeto hist&#x00F3;rico ya no se configuraba por la carencia de patrimonio que caracterizaba a las muchedumbres proletarias, sino por la carencia de pasado que configura a los j&#x00F3;venes. Sin embargo, en la juventud esa carencia se transmutaba y convert&#x00ED;a en lo contrario, en riqueza y abundancia vital. As&#x00ED; que el pasado mismo dejaba de ser patrimonio para convertirse en carencia en tanto que necesariamente determinado y ya sin posibilidad alguna disponible. De modo que la falta de pasado que hab&#x00ED;a implicado la insignificancia social de los despose&#x00ED;dos y de los j&#x00F3;venes –lo adolescente–, ahora parad&#x00F3;jica y novedosamente significaba la plenitud que se segu&#x00ED;a de tener todo el futuro disponible; sin que importara que fuera solo posibilidad, porque precisamente la posibilidad se hab&#x00ED;a convertido en la forma m&#x00E1;s valiosa del ser del hombre: el joven “vive de posibilidades y en la dimensi&#x00F3;n de lo posible”, hab&#x00ED;a adelantado Ortega (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 403). </p>

			<p>Futuro, juventud y posibilidad se amalgamaron as&#x00ED; con el porvenir del mundo y de sus conquistas de un modo in&#x00E9;dito. <italic>Lo juvenil</italic>, que hab&#x00ED;a sido poco menos que mera adolescencia de la plena madurez, ahora acordaba su paso con la marcha del mundo y se afirmaba a s&#x00ED; mismo frente a lo venerable “con orgullo” (Zweig, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2002</xref>, p. 251), que se expresaba de mil formas, desde las apariencias m&#x00E1;s exteriores hasta los h&#x00E1;bitos de juicio y estima de lo real. “Por doquier la vejez corr&#x00ED;a azorada en pos de la &#x00FA;ltima moda; de repente no hab&#x00ED;a otra ambici&#x00F3;n que la de ser joven e inventar r&#x00E1;pidamente una tendencia m&#x00E1;s actual que ayer” (Zweig, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2002</xref>, p. 381).</p>

			<p>Pero no eran solo las modas. En 1930, en pleno apogeo de lo juvenil, Ortega va a elevar el nuevo paradigma de la juventud a categor&#x00ED;a de <italic>arj&#x00E9;</italic>, de principio y origen de lo social: tanto el gobierno de los ancianos –el Senado en sus mil variedades–, como el de las mujeres –las familias o sociedades consangu&#x00ED;neas– son, dice Ortega, formas derivadas y reactivas frente a las sociedades de guerreros juveniles, origen verdadero de las sociedades humanas. Lo primero fueron los “clubs juveniles” (Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 615) de ind&#x00F3;mitos guerreros; el rapto de Helena y el de las sabinas testificar&#x00ED;an desde la memoria m&#x00ED;tica que lo siguiente fue el robo de las j&#x00F3;venes mujeres y la exogamia que fund&#x00F3; la familia. La antigua visi&#x00F3;n de la <italic>polis</italic> como constituida por la holgura vital que no se ocupa de las utilidades satisfactoras de necesidades, sino en llevar a cabo acciones que se colman en s&#x00ED; mismas, se torna de la mano de Ortega en la idea misma de lo juvenil y primordial: “lo primero no consiste en salir al paso de una necesidad” (Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 609), m&#x00E1;s bien al contrario “lo m&#x00E1;s necesario es lo m&#x00E1;s superfluo” (Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 611), pues “en todo proceso vital, lo primario, el punto de partida, es una energ&#x00ED;a de sentido superfluo y lib&#x00E9;rrimo, lo mismo en la vida corporal que en la vida hist&#x00F3;rica” (Ortega, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 610). Y esa energ&#x00ED;a vital, primigenia, espont&#x00E1;nea, expansiva y todav&#x00ED;a no humillada ni domesticada por las utilidades requeridas por las necesidades, es la juventud que ya no es solo una plenitud psicof&#x00ED;sica sino ontohist&#x00F3;rica: en el principio fue –y sigue siendo– la juventud.</p>

			<p>En efecto, lo juvenil no fue un mero comienzo hist&#x00F3;rico, sino que su principalidad es tambi&#x00E9;n ontosocial porque “la actividad original y primera de la vida es siempre espont&#x00E1;nea, lujosa, de intenci&#x00F3;n superflua, es libre expansi&#x00F3;n de una energ&#x00ED;a preexistente”, dice Ortega (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1924/1987</xref>, p. 609). Y desde las ant&#x00ED;podas Baudrillard lo ratifica desde nuestros d&#x00ED;as: “lo vivo quiere sobre todo <italic>gastar su fuerza</italic>” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT04">2009</xref>, p. 32). As&#x00ED; la vida aparece como dispendio sin m&#x00E1;s fin y utilidad que su mismo brotar; la vida, cabr&#x00ED;a agregar, es juventud. Pero juventud asociada en un “instinto de coetaneidad” surgido de la sincr&#x00F3;nica y espont&#x00E1;nea pujanza del apetito vital y juvenil de realizaci&#x00F3;n. La vida misma es juventud y todo lo que se distancie de una se aleja irremisiblemente de la otra, porque en lo juvenil se opera aquella coincidencia de lo vital con su propio centro. </p>

			<p>Lo singular del caso es que esta metaf&#x00ED;sica de la juventud esclarecida entre otros por Ortega, se lleve a cabo en simultaneidad con la emergencia hist&#x00F3;rico-social de la juventud como sujeto y modalidad de la autoconciencia de lo humano. Esa elevaci&#x00F3;n de la propia situaci&#x00F3;n a categor&#x00ED;a de principio tan t&#x00ED;pica como ineludible del pensar filos&#x00F3;fico, constituye, no obstante, un signo delator de la constituci&#x00F3;n de la juventud como el naciente sujeto hist&#x00F3;rico del nuevo estado civilizatorio.</p>

			<p>Con notables diferencias, pero en la misma direcci&#x00F3;n encontramos a Freud cuando afirma que las alianzas fraternas de hijos despose&#x00ED;dos contra el padre dominante componen la horda primitiva. El vigor de la pulsi&#x00F3;n sexual y la exclusi&#x00F3;n de los j&#x00F3;venes por parte del var&#x00F3;n maduro y dominante, habr&#x00ED;a generado esas “juveniles bandas de hermanos” que con el parricidio original (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1913/2000</xref>, p. 145) y despu&#x00E9;s con la obediencia retardada, fundaron la cultura desde su conciencia de culpa y los sacrificios tot&#x00E9;micos. Ciertamente en ambos pensadores se refracta un biologicismo de ra&#x00ED;ces darwinistas, que se opon&#x00ED;a a la sociolog&#x00ED;a marxista de clases con la propuesta de categor&#x00ED;as y sujetos generacionales, de g&#x00E9;nero y hasta raciales tan t&#x00ED;picos de principios del siglo XX europeo (Cfr. Levi y Schmitt, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1996</xref>, p. 230). Pero en Freud, y pese al car&#x00E1;cter menesteroso del sujeto, opera la misma energ&#x00ED;a principial y fontanal galvanizada en las pulsiones desiderativas de la psique y cuya satisfacci&#x00F3;n es m&#x00E1;s bien una descarga o un dispendio.</p>

			<p>Tambi&#x00E9;n en la descripci&#x00F3;n que hace Zweig de la llegada de la juventud se adivinan los ecos de la arqueolog&#x00ED;a freudiana de la psique en la que la especie evoluciona desde “la horda paterna [que] es reemplazada por el clan de hermanos” Aunque para Ortega no es la necesidad –tampoco la sexual– la que rige al principio, pero para uno y otro lo humano se define y constituye por la oposici&#x00F3;n entre lo juvenil y lo maduro. De modo que, con o sin parricidio original, en Freud y en Ortega esa energ&#x00ED;a primordial es el principio protag&#x00F3;nico de la historia y de la cultura, e incluso de la vida misma.</p>

			<p>Ciertamente ya no se trata solo ni principalmente de una juventud biol&#x00F3;gica, ni siquiera de la juventud como sujeto social protag&#x00F3;nico, sino de lo joven como contenido esencial y forma de la autoconciencia de lo humano: la <italic>jovialidad</italic> como una suerte de energ&#x00ED;a vital primordial que se confirma en su lozana indeterminaci&#x00F3;n hecha de puras posibilidades, de puro futuro irreconciliablemente enfrentado al pasado y a lo paterno.</p>

			<p><italic>Juventud</italic> es, por tanto, un t&#x00E9;rmino polis&#x00E9;mico que significa al menos tres realidades de ordenes diversos pero entreverados. En primer lugar, cabe un sentido de ‘juventud’ que se corresponde con la etapa biops&#x00ED;quica que media entre la infancia y la madurez, caracterizada por la plenitud de las potencias vitales, en particular las f&#x00ED;sicas. Se trata, en efecto, de un periodo definido por sus l&#x00ED;mites: el tiempo en el que ya se ha abandonado la infancia pero todav&#x00ED;a no se ha alcanzado la madurez. Para el hombre, como para el resto de los mam&#x00ED;feros, el abandono de la infancia viene dado por la primera madurez org&#x00E1;nica, a saber, la madurez sexual. Pero no es tan claro qu&#x00E9; puede significar la plena <italic>madurez</italic> en t&#x00E9;rminos f&#x00ED;sicos, de modo que el abandono de la juventud viene dado m&#x00E1;s bien por criterios sociales y culturales. Y as&#x00ED; es como se deja ver la imbricaci&#x00F3;n de los distintos sentidos o niveles del t&#x00E9;rmino <italic>juventud</italic> y que no son tanto estratos o planos como momentos de un continuo. En la primera juventud se entra, pues, por alcanzar la capacidad reproductora seg&#x00FA;n la especie; y se sale tras el ejercicio de esa misma capacidad en t&#x00E9;rminos sociales, es decir, tras asumir la carga del sustento de una prole.</p>

			<p>De hecho, en t&#x00E9;rminos sociales, el surgimiento de la juventud como fen&#x00F3;meno epocal se deja ver en el contexto de las singularidades de los sistemas productivos y educativos de las sociedades desarrolladas de mediados del siglo XX. En las econom&#x00ED;as de subsistencia los procesos y los medios de producci&#x00F3;n de bienes econ&#x00F3;micos entra&#x00F1;an una escasa complejidad cognitiva al tiempo que muy baja eficacia productiva. La baja complejidad cognitiva reduce mucho el tiempo de aprendizaje requerido para que un sujeto sea econ&#x00F3;micamente productivo, si bien, como su eficacia productiva es muy baja, se hace precisa la multiplicaci&#x00F3;n de tales agentes productivos. Si lo dicho se proyecta al &#x00E1;mbito del agente econ&#x00F3;mico principal en estos sistemas, a saber, la organizaci&#x00F3;n familiar, se comprender&#x00E1; que una prole numerosa no solo multiplica los agentes productivos, sino que adem&#x00E1;s, como estos requieren muy poco tiempo de aprendizaje, la prole resulta ser un medio para la producci&#x00F3;n de bienes; un medio que en muchas circunstancias resulta casi impuesto por el r&#x00E9;gimen general de las econom&#x00ED;as de subsistencia.</p>

			<p>Al otro extremo del desarrollo econ&#x00F3;mico est&#x00E1;n las sociedades avanzadas desde el &#x00FA;ltimo tercio del siglo pasado. En tales sociedades la complejidad cognitiva de los procesos y medios de producci&#x00F3;n de bienes econ&#x00F3;micos es muy alta, lo que significa que el periodo de aprendizaje para que un sujeto se convierta en agente productor de bienes econ&#x00F3;micos es muy largo. Por consiguiente, el tiempo en que la prole supone un coste para la familia –desde el punto de vista econ&#x00F3;mico– es tambi&#x00E9;n muy prolongado, y hasta su emancipaci&#x00F3;n el hijo es, en t&#x00E9;rminos econ&#x00F3;micos, casi solo un puro gasto. Todo lo anterior contribuye a producir una sever&#x00ED;sima disminuci&#x00F3;n del &#x00ED;ndice de natalidad en las sociedades desarrolladas. Pero, adem&#x00E1;s, produce una demora en la asunci&#x00F3;n de responsabilidades laborales y, por a&#x00F1;adidura, familiares. </p>

			<p>Ese nuevo periodo creado para poblaciones masivas por la distensi&#x00F3;n del proceso educativo universalizado y que media entre la madurez reproductiva o salida fisiol&#x00F3;gica de la infancia y la asunci&#x00F3;n de responsabilidades profesionales (familiares y c&#x00ED;vicas), da forma a un tiempo biogr&#x00E1;fico nuevo, no disponible en sociedades con menores niveles de desarrollo, y apenas reconocible a lo largo de toda la historia de las sociedades y culturas humanas, salvo en fen&#x00F3;menos epis&#x00F3;dicos y de alcance muy restringido. </p>

			<p>En este sentido cabe hablar incluso de la juventud como un nuevo sujeto social con caracter&#x00ED;sticas propias y nuevas, con frecuencia y reveladoramente asimilado al de <italic>los estudiantes</italic>. De hecho, tal vez no implique ninguna exageraci&#x00F3;n decir que nunca a lo largo de la historia del <italic>sapiens</italic> hab&#x00ED;a sido posible tal fen&#x00F3;meno, y desde luego que no con su actual dimensi&#x00F3;n demogr&#x00E1;fica y morfolog&#x00ED;a subjetiva. Tal y como Zweig hab&#x00ED;a relatado y Bourdieu (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2002</xref>) afirma, “la juventud y la vejez no est&#x00E1;n dadas, sino que se construyen socialmente en la lucha entre j&#x00F3;venes y viejos” (p. 164), o al menos por llegar a pensarse como edades que no solo son distintas, sino que se definen por su oposici&#x00F3;n.</p>

			<p>Por &#x00FA;ltimo, y en tercer lugar, pero directamente imbricado con los anteriores, cabe hablar de la juventud como una categor&#x00ED;a o constelaci&#x00F3;n de categor&#x00ED;as culturales. En este sentido lo jovial goza de cierta autonom&#x00ED;a, y hasta puede darse en ausencia de la juventud en t&#x00E9;rminos f&#x00ED;sicos o sociol&#x00F3;gicos, si bien su origen remite a dichas dimensiones. En tanto que categor&#x00ED;a cultural la jovialidad admite muchas acepciones de alcance menor que van desde un estado de &#x00E1;nimo o temple emocional basal, a unas ciertas disposiciones positivas hacia las innovaciones y hasta un difuso optimismo actitudinal. Pero la jovialidad como modalidad de la autoconciencia no es un estado de &#x00E1;nimo y, por tanto, tampoco algo que se siga de una juventud psicof&#x00ED;sica, ni un mero derivado de la juventud sociol&#x00F3;gica como si esta fuera su sustrato real preconsciente. Si lo jovial deriva en su origen de esos dos sentidos precedentes, a su vez los configura al retornar sobre ellos formaliz&#x00E1;ndolos. De hecho, m&#x00E1;s bien es la jovialidad como autoconciencia la que suscita eso que llamamos <italic>juventud</italic><xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref>. Si la juventud se puede inventar es porque para que llegue a existir y ser reconocida como tal precisa de la jovialidad como autoconciencia, y ni siquiera como etapa biogr&#x00E1;fica existe la juventud en t&#x00E9;rminos individuales sin que exista antes la juventud como formalidad cultural de la autoconciencia<xref ref-type="fn" rid="NOTE3">3</xref>.</p>

			<p>A la juventud le ha ocurrido lo que Guy Debord vaticin&#x00F3; para el proletariado: que no podr&#x00ED;a suceder a la burgues&#x00ED;a sino convirti&#x00E9;ndose en la clase y el sujeto de la conciencia (Debord, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1967/1999</xref>, p. 86). Y eso es exactamente lo que ocurri&#x00F3; en las sociedades occidentales y desarrolladas en torno al 68: la constituci&#x00F3;n de un nuevo sujeto social e hist&#x00F3;rico que abr&#x00ED;a una &#x00E9;poca -la nuestra- caracterizada por la hegemon&#x00ED;a de lo jovial como paradigma cultural: d&#x00ED;as de J&#x00FA;piter, del lat&#x00ED;n <italic>Iovis</italic>, de donde proceden joven y jovial.</p>

			<p>La juventud, o si se quiere, lo jovial, aqu&#x00ED; no designa una etapa de la vida org&#x00E1;nica sino una modalidad de la existencia cuya autoconciencia la constituye. Y de ah&#x00ED; que la inmensa mayor&#x00ED;a de los hombres hayan existido sin haber sido nunca j&#x00F3;venes en ese sentido, sin que eso implique, obviamente, que no alcanzaran una determinada edad caracterizada por la plenitud de las potencias psicof&#x00ED;sicas. Ahora bien, sin las nociones sociales y culturales de juventud es poco probable que esa edad tuviera la visi&#x00F3;n de s&#x00ED; misma como la culminaci&#x00F3;n de lo humano en el orden de la conciencia. Y ambos aspectos son constitutivos de la juventud como tal, cuya gestaci&#x00F3;n social caracteriza hist&#x00F3;ricamente a nuestra &#x00E9;poca: la suscitaci&#x00F3;n de un sujeto social que sucede y en muy buena medida sustituye hist&#x00F3;ricamente a la burgues&#x00ED;a y el proletariado; y el desplazamiento cr&#x00ED;tico y estructural de la madurez como paradigma antropol&#x00F3;gico. </p>

			<p>Se trata, pues, de una invenci&#x00F3;n (del lat&#x00ED;n <italic>invenire</italic>, ‘encontrar’, ‘hallar’) en el exacto sentido etimol&#x00F3;gico de la expresi&#x00F3;n: un descubrimiento que requiri&#x00F3; poder nombrar y reconocer algo que en cierto sentido siempre estuvo ah&#x00ED;, pero ciertamente solo lleg&#x00F3; a estarlo con la forma de un avatar hist&#x00F3;rico singular. En ese sentido es cierto que, como afirma el t&#x00ED;tulo del estudio de Bourdieu, “la juventud no es m&#x00E1;s que una palabra” (Bourdieu, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2002</xref>, p. 1), si bien con todo lo que una palabra lleva consigo, a saber, la comprensi&#x00F3;n de una realidad nueva cuyo nombramiento saca a la luz. Dicha <italic>epoj&#x00E9;</italic> creativa es tambi&#x00E9;n un ep&#x00ED;tome, es decir, viene suscitada por el c&#x00FA;mulo de una serie nueva de condiciones sociales de la existencia que mudan la morfolog&#x00ED;a de la experiencia humana del mundo y de s&#x00ED;, e incoan mutaciones en su autocomprensi&#x00F3;n. Tales cambios han hecho posible un fen&#x00F3;meno antropol&#x00F3;gico hist&#x00F3;ricamente singular y exclusivo de las sociedades avanzadas contempor&#x00E1;neas.</p>

			<p>La invenci&#x00F3;n de la juventud opera simult&#x00E1;neamente un ep&#x00ED;tome hist&#x00F3;rico y una <italic>epoj&#x00E9;</italic> esencial de lo humano, del sujeto en el que el propio tiempo es elevado a concepto en la reflexi&#x00F3;n te&#x00F3;rica y a autoconciencia en la existencia. No se trata de negar que la juventud egipcia, o la griega en sus gimnasios (Salvador, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2009</xref>, p 90), y los colegios juveniles romanos (<italic>collegia iuvenum</italic>) o los <italic>college</italic> oxonienses, las castas ociosas y en general las microsociedades deportivas no supongan un precedente de las muchedumbres juveniles descargadas de responsabilidades laborales y familiares. Pero todas ellas son variantes de microsociedades aristocr&#x00E1;ticas (Veyne, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1988</xref>, p. 34), lo que limita su alcance categorial para dar raz&#x00F3;n de su propio tiempo y de los universos culturales de los que formaban parte. </p>

			<p>Por consiguiente, lo jovial no es solo ni principalmente el periodo que media entre la plena capacidad sexual y la asunci&#x00F3;n de responsabilidades laborales o familiares, ni siquiera seg&#x00FA;n su ins&#x00F3;lita distensi&#x00F3;n contempor&#x00E1;nea y su disponibilidad para la pr&#x00E1;ctica totalidad de la poblaci&#x00F3;n de las sociedades avanzadas; ni tampoco solo su configuraci&#x00F3;n como un sujeto social nuevo; sino todo lo anterior elevado a la condici&#x00F3;n de paradigma antropol&#x00F3;gico y de categor&#x00ED;a cultural axial con unos contenidos propios que se constituyen en la l&#x00ED;nea del horizonte de la autoconciencia del sujeto contempor&#x00E1;neo, y de los que nos hemos de ocupar. </p>

			<p>M&#x00E1;s exactamente: lo jovial es la modalidad de autoconciencia humana que -formalizada por la curvatura del mundo de la vida y la consiguiente postergaci&#x00F3;n de la mortalidad- sustituye a la mortalidad en tanto que contenido esencial de su definici&#x00F3;n. Lo jovial surge esencialmente de (y como) la manumisi&#x00F3;n metaf&#x00ED;sica del hiperpoder de la muerte en correlaci&#x00F3;n con las variables sociales, epist&#x00E9;micas e institucionales que lo hacen posible.</p>

			<p>Si la segunda mitad del siglo XX alumbr&#x00F3; un tiempo efectivamente nuevo, no fue solo por la manipulabilidad de la energ&#x00ED;a at&#x00F3;mica o por la transformaci&#x00F3;n de las condiciones materiales de la existencia, sino por la inauguraci&#x00F3;n de una modalidad in&#x00E9;dita de la autoconciencia humana. Ahora bien, la sustituci&#x00F3;n de la mortalidad por la jovialidad como forma epocal de la autoconciencia en la que las multitudes se descubrieron a s&#x00ED; mismas como j&#x00F3;venes en el 68, es ciertamente posible por la incomparecencia de la mortalidad que deriva a su vez de una forma de inexperiencia caracter&#x00ED;stica, aunque no exclusivamente contempor&#x00E1;nea.</p>

		</sec>
		
		<sec id="S4">
			<title>LA AUTOPSIA DE LA MORTALIDAD: LA INEXPERIENCIA DE LA NECESIDAD</title>

			<p>La morfolog&#x00ED;a fundamental del nuevo sujeto hist&#x00F3;rico que protagoniz&#x00F3; mayo del 68 surge de una experiencia de la conciencia suscitada como la forma subjetiva de una transformaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rico-social: desde mediados del siglo XX los ciudadanos de las sociedades desarrolladas han vivido bajo tal r&#x00E9;gimen de aseguramiento de la satisfacci&#x00F3;n de sus necesidades que desconocen el sentido genuino de tener o padecer <italic>necesidades</italic>. Enti&#x00E9;ndase que, obviamente, no se pretende que el ciudadano de tales sociedades no hubiera experimentado los estados psicof&#x00ED;sicos del hambre, de la sed o del fr&#x00ED;o, sino que tales estados carenciales no suponen por s&#x00ED; solos una <italic>experiencia de la necesidad</italic>. </p>

			<p>En sentido estricto, hay experiencia de la necesidad all&#x00ED; donde la dificultad para su satisfacci&#x00F3;n es tambi&#x00E9;n un compromiso para la subsistencia y donde, por tanto, los estados carenciales que se expresan en los deseos transparentan la propia condici&#x00F3;n mortal. Sin la mortalidad presentida en el miedo por la insatisfacci&#x00F3;n de una carencia no hay propiamente hablando experiencia de una necesidad, aunque esta lo sea en t&#x00E9;rminos fisiol&#x00F3;gicos (o incluso sociales). Propiamente la experiencia de la necesidad no es, por tanto, la de una mera privaci&#x00F3;n, sino que requiere la emergencia en la conciencia de la vulnerable dependencia mortal del sujeto de la satisfacci&#x00F3;n. Dicha emergencia tiene la forma pasional del miedo, de modo que la experiencia de la necesidad es tambi&#x00E9;n y simult&#x00E1;neamente una experiencia de la propia condici&#x00F3;n mortal. Mejor: la necesidad solo es experimentada como tal, y no solo como mero apetito o deseo, en tanto que autoconciencia mortal; as&#x00ED; que la inexperiencia de la necesidad implica tambi&#x00E9;n una peculiar incomparecencia de la mortalidad en el orden de la conciencia.</p>

			<p>Adem&#x00E1;s, y m&#x00E1;s all&#x00E1; de una mera experiencia, la necesidad puede constituirse en una circunstancia estable, un <italic>estado de necesidad</italic>, que se configura como un estado de la conciencia cuando el miedo y la presunci&#x00F3;n de lo mortal que este contiene pesa sobre el conjunto de la existencia. En estado de necesidad, la necesidad se padece incluso una vez satisfecha. Y cuando la necesidad se padece lo que padece es lo humano mismo del hombre que se deteriora sojuzgado por la dependencia que impone nuestra condici&#x00F3;n corp&#x00F3;rea. En estado de necesidad el <italic>pathos</italic> humano es el temor por la subsistencia, y de ah&#x00ED; que liberar a los hombres del estado de necesidad sea un logro hist&#x00F3;rico y social de proporciones morales. </p>

			<p>Por consiguiente, en el r&#x00E9;gimen de garant&#x00ED;as de las satisfacciones de la vida que dan lugar a la inexperiencia de la necesidad hay mucha humanidad o, si se quiere, hay una lograda proporcionalidad con la condici&#x00F3;n y dignidad de lo humano. Por el contrario, el estado de necesidad o miseria reduce lo humano en el hombre a preocupaci&#x00F3;n por las necesidades. Vencer la necesidad es, pues, hacer justicia al hombre y liberarlo de un sometimiento postrador; pero es tambi&#x00E9;n exponerlo a una singular forma de olvido.</p>

			<p>Como el estado de necesidad se expresa en la mortalidad como formalidad prevalente de la autoconciencia humana, la inexperiencia de la necesidad implica, por tanto, la venturosa incomparecencia de la mortalidad en y a trav&#x00E9;s del miedo y de unas necesidades que, por eso mismo, dejan de serlo en tanto que experiencia de la conciencia. La necesidad, aunque no deje de serlo en t&#x00E9;rminos fisiol&#x00F3;gicos, deja de serlo como experiencia de la conciencia all&#x00ED; donde no se transparenta la fragilidad mortal del sujeto a trav&#x00E9;s de tales desequilibrios carenciales. Por tanto, en su sentido m&#x00E1;s decisivo, los hombres de las sociedades avanzadas, quiz&#x00E1; por primera vez en la historia de forma masiva y como estado social, desconocen qu&#x00E9; es el hambre o el fr&#x00ED;o en tanto que experiencias de la conciencia. Incluso si accidentalmente se ha tenido una experiencia intensa de tales estados carenciales metab&#x00F3;licos o t&#x00E9;rmicos, rara vez estos habr&#x00E1;n compuesto un <italic>estado de necesidad</italic> y mucho menos un <italic>estado de conciencia</italic>, cuya inexperiencia forma parte decisiva de nuestro <italic>estado civilizatorio</italic>.	</p>

			<p>La mortalidad como autoconciencia estaba asegurada all&#x00ED; donde la abundancia o escasez de “las cosechas ritmaban los cortejos f&#x00FA;nebres” (Delumeau, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">2002</xref>, p. 253), pero vencido ese yugo, la mortalidad misma se transforma en tanto que contenido de la autoconciencia. La cuesti&#x00F3;n, por tanto, no es la obviedad acerca de si los hombres necesitan alimento y agua para subsistir. Es claro que la muerte acecha siempre bajo la imposibilidad de satisfacer nuestras necesidades, y a diario hemos de acudir a su cita para preservar nuestro organismo. Pero lo relevante ahora es si los hombres en las sociedades avanzadas de la segunda mitad del siglo XX comen y beben <italic>por necesidad</italic>, es decir, por la elusi&#x00F3;n de la muerte que acecha tras la insatisfacci&#x00F3;n. Y, por extravagante que parezca, la realidad que se impone es que el sujeto de las sociedades avanzadas hace tiempo que ya no come ni bebe por necesidad; al menos en tanto que la necesidad hace relaci&#x00F3;n a una mortalidad que ya no resulta aludida en la satisfacci&#x00F3;n de sus necesidades, que han sido –circunstancial pero establemente– derogadas como tales.</p>

			<p>Pues bien, dicha derogaci&#x00F3;n o inexperiencia de la necesidad como r&#x00E9;gimen regular de la existencia, por un lado, y la postergaci&#x00F3;n de la muerte, por el otro, componen lo c&#x00F3;ncavo y lo convexo de la curvatura del mundo de la vida que est&#x00E1; tomando forma en aquellos a&#x00F1;os, y que de manera singular encarnan aquellas generaciones ociosas desde el punto de vista de la producci&#x00F3;n. De ah&#x00ED; el desplazamiento de la mortalidad como centro y formalidad de la autoconciencia contempor&#x00E1;nea, y su sustituci&#x00F3;n por la centralidad de la vida que hemos caracterizado -todav&#x00ED;a incipientemente- como <italic>jovialidad</italic>. El miedo ya no es, a despecho de Hobbes, la pasi&#x00F3;n cardinal que formalizaba la existencia y su abdicaci&#x00F3;n como se&#x00F1;or constante de nuestra conciencia abre espacios in&#x00E9;ditos para la experiencia del mundo y de la propia condici&#x00F3;n.</p>

			<p>De ah&#x00ED; que desde entonces y todav&#x00ED;a entre nosotros, la muerte no solo ha cedido su primac&#x00ED;a, sino que parece desvanecerse para el hombre contempor&#x00E1;neo. Como dice de s&#x00ED; mismo Vargas Llosa, “lo ideal para m&#x00ED; es que la muerte llegue como un accidente, vivir como si fueras un inmortal y en un momento dado eso se interrumpa por un accidente”<xref ref-type="fn" rid="NOTE4">4</xref>. Esa reducci&#x00F3;n de la muerte a incidente, en la que habita no solo el olvido de que la derogaci&#x00F3;n de la necesidad es meramente circunstancial, sino de que la muerte es una dimensi&#x00F3;n liminar pero estructurante de la existencia humana, tiene entre nosotros la naturaleza de un fen&#x00F3;meno de magnitudes culturales y antropol&#x00F3;gicas que cabe llamar la <italic>postmortalidad</italic>: no somos inmortales pero vivimos despu&#x00E9;s de la mortalidad como forma de la autoconciencia.</p>

			<p>El car&#x00E1;cter incidental que nuestro tiempo otorga a la muerte se aprecia con claridad si consideramos las &#x00FA;nicas formas de comparecencia general de la mortalidad ante el sujeto contempor&#x00E1;neo en las sociedades desarrolladas: las enfermedades y los accidentes. En el orden de nuestra cultura unas y otros se han identificado: el hecho de que tras cada defunci&#x00F3;n podamos rastrear una serie etiol&#x00F3;gica de malfuncionamientos asistenciales u org&#x00E1;nicos, alienta la figuraci&#x00F3;n social de que toda muerte es de suyo evitable en la medida en que dicha relaci&#x00F3;n de impericias, azares o patolog&#x00ED;as sea superada. De donde se sigue que toda muerte tiene una naturaleza accidental y con frecuencia culposa, ya sea por negligencia activa o por falta de previsi&#x00F3;n. Parece, pues, como si detr&#x00E1;s de cada defunci&#x00F3;n hubiera un “fracaso t&#x00E9;cnico” (Fern&#x00E1;ndez del Riesgo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2007</xref>, p. 199). </p>

			<p>Dicho fracaso sustituye a la indigencia que hizo surgir a las religiones: “el primitivo se habr&#x00ED;a inclinado ante el hiperpoder de la muerte con el mismo gesto con que parece desmentirla” (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1913/2000</xref>, p. 96), a saber, las religiones que promet&#x00ED;an la salvaci&#x00F3;n en una vida inmortal. Ahora bien, si esa inclinaci&#x00F3;n resignada fue tambi&#x00E9;n “un primer reconocimiento de la (<italic>anank&#x00E9;</italic>) necesidad que hace frente al narcisismo humano” (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">1913/2000</xref>, p. 96), entonces la actual inexperiencia de la necesidad habr&#x00ED;a posibilitado el regreso de la conciencia a formas de narcisismo omnipotente. Es decir, mediante la dominaci&#x00F3;n de la <italic>anank&#x00E9;</italic> el hombre se habr&#x00ED;a erguido de nuevo frente a la muerte y no solo habr&#x00ED;a abandonado las ya innecesarias promesas salv&#x00ED;ficas de las religiones, sino que habr&#x00ED;a retomado la creencia narcisista en una program&#x00E1;tica omnipotencia humana materializada en el progreso tecno cient&#x00ED;fico y pol&#x00ED;tico.</p>

			<p>Ahora bien, la postmortalidad y el car&#x00E1;cter incidental de la muerte no derivan solo ni esencialmente del portentoso y eficaz sistema de satisfacci&#x00F3;n de necesidades, ni de la ins&#x00F3;lita eficacia de los sistemas de prevenci&#x00F3;n y asistencia. La incomparecencia real de la muerte consisti&#x00F3; propiamente en su reducci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica –es decir, la redefinici&#x00F3;n de su clase de realidad– a la categor&#x00ED;a de accidente. Si la autoconciencia humana dej&#x00F3; de comprenderse con la forma de la mortalidad y el hombre de entenderse bajo la condici&#x00F3;n de mortal es por el estatuto de incidente que devino sobre todo deceso, como si este fuera una excepci&#x00F3;n que, ciertamente, se cumple en todos los casos, si bien sin que de ah&#x00ED; se siga la refutaci&#x00F3;n de su car&#x00E1;cter incidental. </p>

			<p>Se trata de la constituci&#x00F3;n de una modalidad mortal de la inmortalidad: una eternidad hecha de duraci&#x00F3;n; un “eterno mientras dure” o “para siempre hasta que se acabe” que es la textura interna de la temporalidad postmortal. Una juventud finita pero perpetua y que requiere para serlo el ocaso de su ocaso, la curvatura de su mundo. Esta exaltaci&#x00F3;n de la juventud que no es meramente psicol&#x00F3;gica, tiene car&#x00E1;cter ontol&#x00F3;gico precisamente en tanto que requiere la reducci&#x00F3;n ontol&#x00F3;gica de la muerte al rango de incidente. Dicha reducci&#x00F3;n es, por consiguiente, correlativa a la configuraci&#x00F3;n de la existencia humana y de su temporalidad como si de una inmortalidad finita se tratara.</p>

			<p>Sobre esa curvatura de la existencia, es decir, sobre la inexperiencia de la necesidad y la postmortalidad, el sujeto jovial surfea –para utilizar la imagen de Baricco (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2008</xref>, p. 146)– el tiempo de una existencia. La condici&#x00F3;n del surfista puede sustituir al <italic>homo</italic> <italic>tipographicus</italic>, <italic>faber</italic> o <italic>viator</italic> para simbolizar la jovialidad como la modalidad de la autoconciencia que surge en el &#x00FA;ltimo tercio de siglo XX. En el surfista la curvatura del mundo se presenta como una gran ondulaci&#x00F3;n m&#x00F3;vil sobre la que el sujeto se desliza ajeno al apremio de las necesidades e inmerso en una temporalidad en bucle, sin m&#x00E1;s direcci&#x00F3;n que la de su reiteraci&#x00F3;n perpetua. As&#x00ED;, desapercibido, el surfista habr&#x00ED;a respondido positivamente a la pregunta sobre el eterno retorno con la que Nietzsche cre&#x00ED;a llevar la voluntad a su prueba m&#x00E1;s extrema y dram&#x00E1;tica: “¿Quieres repetir esto una vez m&#x00E1;s e innumerables veces m&#x00E1;s? […] ¡qu&#x00E9; feliz tendr&#x00ED;as que ser contigo mismo y con la vida, para no desear nada m&#x00E1;s que esta &#x00FA;ltima y eterna confirmaci&#x00F3;n y sanci&#x00F3;n!” (Nietzsche, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1882/2014</xref>, p. 857).</p>

		</sec>
		
		<sec id="S5">
			<title>EL SUPERVIVIENTE Y EL PARADIGMA OL&#x00CD;MPICO</title>

			<p>La inexperiencia de la necesidad tiene otro efecto de primera importancia para la morfolog&#x00ED;a interna de la subjetividad, y muy particularmente para la que tomaba forma en aquellos decenios y decidi&#x00F3; la suerte de los nuestros. En la medida en que parece garantizado el r&#x00E9;gimen de satisfacci&#x00F3;n de las necesidades y en que la experiencia de estas deja de transparentar la vulnerabilidad mortal del sujeto, los deseos que en el estado de necesidad casi se reducen a ser noticia ps&#x00ED;quica de las necesidades, dejan de ce&#x00F1;irse a estas y cobran una autonom&#x00ED;a y amplitud caracter&#x00ED;sticamente humana: el gusto.</p>

			<p>Como es sabido <italic>sapiens</italic> significa ‘el que degusta’ y procede del lat&#x00ED;n <italic>sapio</italic> (‘degustar’), como si al hombre le caracterizara la capacidad de demorarse en la satisfacci&#x00F3;n de sus necesidades dando lugar a una experiencia nueva del mundo. El <italic>homo sapiens</italic> ser&#x00ED;a, por tanto, el que degusta, y en su sentido m&#x00E1;s primario cabr&#x00ED;a decir que es el que se demora en masticar, el que retiene el mundo que le alimenta para apreciar en &#x00E9;l algo que no alimenta pero que le informa y le contenta: sabor. En el sabor el mundo ya no es mero alimento, y en ese ‘ser m&#x00E1;s que meramente’ el hombre se demora, hace morada y lo habita sabore&#x00E1;ndolo, sabi&#x00E9;ndolo.</p>

			<p>El <italic>sapiens</italic> saborea el mundo y en su boca –en su saborear– el mundo llega a ‘saberse’, a tener sabor por primera vez, porque nunca antes ning&#x00FA;n viviente se demor&#x00F3; tan perfectamente en el alimento de otra forma que como mero alimento. Y por eso ning&#x00FA;n otro invent&#x00F3; la gastronom&#x00ED;a, la er&#x00F3;tica, el vestido y la moda, la poes&#x00ED;a y la m&#x00FA;sica, la arquitectura y todas las artes. Todas ellas surgen en la demora del <italic>sapiens</italic> en la satisfacci&#x00F3;n de unas necesidades que han perdido en parte al menos el car&#x00E1;cter de emergencia vital.</p>

			<p>El gusto es, por tanto, la fuente amplificada del deseo respecto de la necesidad, y en el gusto el deseo alcanza una autonom&#x00ED;a l&#x00FA;dica que est&#x00E1; en la base de toda la cultura del <italic>sapiens</italic> y de la dignificaci&#x00F3;n de las satisfacciones. La conversi&#x00F3;n de la necesidad en ocasi&#x00F3;n para la degustaci&#x00F3;n significa la apertura del espacio de la vida en una amplitud m&#x00E1;s libre y dichosa que supone una humanizaci&#x00F3;n de la necesidad y del hombre mismo, potencialmente al menos. Por el contario, si el estado de necesidad es postrador, es porque ocluye esa amplitud del deseo humano y lo ci&#x00F1;e a la angostura de las necesidades padecidas como emergencias vitales. El bruto, dice con raz&#x00F3;n Rousseau, no tiene m&#x00E1;s deseos que los correspondientes a sus necesidades (Rousseau, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">1755/2005</xref>, p. 154). </p>

			<p>En el gusto las necesidades humanas comparecen culturalmente elaboradas y culturalmente satisfacibles. No es cierto, por tanto, que el gusto sea por s&#x00ED; mismo o en primera instancia una depravaci&#x00F3;n del sujeto, como Rousseau asegur&#x00F3;. Pero ciertamente es ocasi&#x00F3;n para una peculiar impostaci&#x00F3;n de lo humano: si de forma constante el gusto se encapsula y deja de referirse a la necesidad con la que ya no guarda proporcionalidad alguna -es decir, si deja de mediar entre satisfacciones y necesidades-, porque simplemente niega o ignora la necesidad, entonces la satisfacci&#x00F3;n se hace autorreferencial y nos ausenta de la com&#x00FA;n condici&#x00F3;n de seres precisados y necesitantes a la que pertenecemos con todos los dem&#x00E1;s hombres.</p>

			<p>As&#x00ED; es como la satisfacci&#x00F3;n suscita su propia insatisfacci&#x00F3;n y en su falta de medida respecto de la necesidad –en su opulencia– nos a&#x00ED;sla de las necesidades ajenas, o mejor, de la necesidad misma como car&#x00E1;cter de lo humano. El actual r&#x00E9;gimen de satisfacci&#x00F3;n de las necesidades logrado en las sociedades desarrolladas y la consiguiente inexperiencia de la necesidad y derogaci&#x00F3;n de la mortalidad, no se limita, por tanto, a habitar la mediaci&#x00F3;n cultural entre deseo y necesidad que implica el gusto, sino que ha encapsulado el deseo transformando su autonom&#x00ED;a l&#x00FA;dica en autorreferencial. Entre los nuevos ciudadanos de las sociedades del bienestar no es la necesidad ni su proporcionalidad libre lograda en la elaboraci&#x00F3;n cultural del gusto, sino una autonom&#x00ED;a l&#x00FA;dica y autorreferencial –narcisista– del deseo la que establece el r&#x00E9;gimen de las satisfacciones humanas. </p>

			<p>El 68 es ciertamente la expresi&#x00F3;n cr&#x00ED;tica de ese malestar y la denuncia de esa opulencia, pero el denunciante es el sujeto nacido de ese r&#x00E9;gimen de satisfacciones y con los rasgos inequ&#x00ED;vocos de la ilusi&#x00F3;n hist&#x00F3;rica que supone la sociedad burguesa que deplora. Como Debord advirti&#x00F3;, “el hecho de que la utilidad bajo su forma m&#x00E1;s pobre (comer, habitar) ya solo exista en cuanto encerrada en la riqueza ilusoria de <italic>la supervivencia ampliada</italic>, es la base real de la aceptaci&#x00F3;n de la ilusi&#x00F3;n generalizada que tiene lugar en el consumo de mercanc&#x00ED;as modernas. El consumidor real se transforma en consumidor de ilusiones” (Debord, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1967/1999</xref>, p. 58). </p>

			<p>Estamos, pues, ante un sujeto configurado por la inexperiencia de las necesidades que impulsa la reducci&#x00F3;n de la muerte al estatuto de incidente y la inauguraci&#x00F3;n de una existencia postmortal. Una existencia en la que la autoconciencia humana se ha desprendido de su milenaria condici&#x00F3;n, y ha adoptado la de una jovialidad correlativa con la invenci&#x00F3;n social de la juventud y su elevaci&#x00F3;n a categor&#x00ED;a epocal y antropol&#x00F3;gica. Pues bien, en conjunci&#x00F3;n con todo lo anterior la “supervivencia ampliada” de la que hablaba Debord, y que implica la inexperiencia de la necesidad como r&#x00E9;gimen basal de la existencia, da a luz a un super-viviente de cuya (super)vivencia se han desvanecido las referencias al trance mortal que entra&#x00F1;an las necesidades. Es decir, se trata de un <italic>superviviente</italic> que no lo es por prevalecer a una circunstancia o riesgo mortal, sino a la mortalidad misma; estamos, pues, ante una <italic>supervivencia</italic> como estado de la conciencia y estado civilizatorio: la jovialidad como apoteosis en la curvatura del mundo postmortal.</p>

			<p>Como es sabido, <italic>apotheosis</italic> significa divinizaci&#x00F3;n, con frecuencia de un h&#x00E9;roe vencedor. Pues bien, la <italic>supervivencia</italic> como morfolog&#x00ED;a de unos seres sin necesidades pero con deseos que sacian sin apremio mortal alguno, y cuyas existencias discurren en una suerte de juventud l&#x00FA;dica sin fin, no es nueva. Es la vida de los dioses del Olimpo, cuyos rasgos felices resurgen ahora mod&#x00E9;licos en la morfolog&#x00ED;a de la supervivencia jovial. </p>

			<p>Los felices dioses del Olimpo comen y beben por deleite, por un sabor que sacia, es decir, por saber: por el gusto de conocer y saborear. Y ah&#x00ED; revelan que su divinidad es un paradigma hiperb&#x00F3;lico del <italic>sapiens</italic>. Desde luego que Feuberbach acertaba al respecto: “los dioses son deseos realizados” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1846/2005</xref>, p. 105). O, dicho de otra forma, son la plenitud paradigm&#x00E1;tica de la super-vivencia humana; nada m&#x00E1;s (y nada menos) que una proyecci&#x00F3;n de los anhelos humanos. Y precisamente porque se trata de una apoteosis antropomorfa -tal vez la m&#x00E1;s humana de las hip&#x00E9;rboles: ser como dioses sin muerte ni necesidad-, en los supervivientes ol&#x00ED;mpicos cabe como en ninguna otra invenci&#x00F3;n humana una heur&#x00ED;stica de la dicha reveladora de la naturaleza y condici&#x00F3;n del hombre; y m&#x00E1;s en particular, del hombre contempor&#x00E1;neo seg&#x00FA;n su forma pionera, la de los j&#x00F3;venes del 68, porque ning&#x00FA;n otro se ha atrevido a derogar la muerte (ni la necesidad). </p>

			<p>He aqu&#x00ED;, pues, que la forma contempor&#x00E1;nea de la autoconciencia, la jovialidad, es la realizaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rica del paradigma ol&#x00ED;mpico en el superviviente postmortal. De hecho, si los deseos del hombre jovial se cumplieran, le pasar&#x00ED;a como a Dorian Gray y “jam&#x00E1;s ver&#x00ED;a marchitarse una sola flor de su hermosura. Jam&#x00E1;s sentir&#x00ED;a debilitarse en sus venas el pulso de la vida. Ser&#x00ED;a eternamente fuerte, alegre y dulce como los dioses griegos”. Y as&#x00ED; es en efecto, aunque se trate de una eternidad finita. He ah&#x00ED;, pues, el paradigma ol&#x00ED;mpico que, como si de una latencia arquet&#x00ED;pica se tratara, ha venido a resurgir remedado casi dos mil a&#x00F1;os despu&#x00E9;s de su ruina en el seno de nuestra tradici&#x00F3;n, y al que no solo no ha erradicado el desencantado cientificismo tecnol&#x00F3;gico, sino que m&#x00E1;s bien lo ha hecho inopinadamente posible. </p>

			<p>Ser como dioses hab&#x00ED;a sido un deseo tan imposible como t&#x00ED;picamente humano. Pero a despecho del viejo Arist&#x00F3;teles, el desarrollo tecnocient&#x00ED;fico y pol&#x00ED;tico estaba transformando lo que se pod&#x00ED;a desear, pero no elegir porque era imposible, en materia de elecci&#x00F3;n. Y no se trataba de meras posibilidades f&#x00ED;sicas abiertas por el progreso cient&#x00ED;fico-tecnol&#x00F3;gico. Sino de imposibilidades antropol&#x00F3;gicas, pues, como aseguraba Marcuse en 1964: “el hombre puede hacer hoy m&#x00E1;s que los h&#x00E9;roes y semidioses de la cultura; ha resuelto muchos problemas insolubles” (Marcuse, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">1964/1981</xref>, p. 89).</p>
		</sec>
		
	</body>
	
	
	<back>

		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>La centralidad de los ritos de duelo ha sido descrita y documentada por di Nola (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2006</xref>).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE2"><label>2</label>
					<p>En castellano (y en portugu&#x00E9;s) el t&#x00E9;rmino <italic>joven</italic> ni siquiera se utiliza apenas hasta finales del siglo XVI, y todav&#x00ED;a permanece como un cultismo en contraste con la voz m&#x00E1;s com&#x00FA;n <italic>mozo</italic>. Por ejemplo, en el <italic>Quijote</italic> la voz <italic>joven</italic> no aparece m&#x00E1;s que en una ocasi&#x00F3;n. M&#x00E1;s tard&#x00ED;a es la voz <italic>juventud</italic> (cfr. rominas. <italic>Diccionario etimol&#x00F3;gico</italic>. Madrid: Gredos).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE3"><label>3</label>
					<p>“La juventud como producto engendrado socialmente: en ning&#x00FA;n lugar ni periodo hist&#x00F3;rico cabr&#x00ED;a definir a la juventud mediante meros criterios biol&#x00F3;gicos o con arreglo a criterios jur&#x00ED;dicos” (Levi y Schmitt, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">1996</xref>, p. 14).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE4"><label>4</label>
					<p>En una entrevista publicada por el diario <italic>El Pa&#x00ED;s</italic> el 20 de julio de 2014.</p>
				</fn>
						
			</fn-group>
		</sec>
				
		<ref-list>
			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
				
			<ref id="CIT01">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Baricco</surname>
					  <given-names>A.</given-names>	  
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>2008</year>
			  <source>Los b&#x00E1;rbaros. Ensayo sobre la mutaci&#x00F3;n</source>
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Anagrama</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT02"> 
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Baudelaire</surname>
					  <given-names>Ch.</given-names>	  
				  </name>
			  </person-group>
			  <year>1952</year>
			  <chapter-title>Mon coeur mis &#x00E0; nu</chapter-title>
			  <source>Oeuvres Posthumes</source>
			  <volume>II</volume>
			  <publisher-loc>Par&#x00ED;s</publisher-loc>
			  <publisher-name>Louis Conard</publisher-name>
			</element-citation>
			</ref>

			<ref id="CIT03">
			<element-citation publication-type="book">
			  <person-group person-group-type="author">
				  <name>
					  <surname>Bourdieu</surname>
					  <given-names>P.</given-names>	  
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