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			<journal-id journal-id-type="publisher-id">Arbor</journal-id>
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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2018.790n4001</article-id>
			<article-id pub-id-type="doi">10.3989/arbor.2018.790n4001</article-id>
			 
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				<subject>HUMANIDADES Y PENSAMIENTO CIENT&#x00CD;FICO / HUMANITIES AND SCIENTIFIC THINKING</subject>
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				<article-title>Humanidades y ciencias: levantar la denegaci&#x00F3;n</article-title>
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					<trans-title>Humanities and sciences: removing the denial</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Humanidades y ciencias: levantar la denegaci&#x00F3;n</alt-title>
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					 <surname>Gonz&#x00E1;lez de &#x00C1;vila</surname>
					 <given-names>Manuel</given-names>
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			<aff id="U1">Universidad de Salamanca</aff>

			<author-notes>
				<corresp id="cor1">e-mail: <email xlink:href="deavila@usal.es">deavila@usal.es</email>
					ORCID iD: <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://orcid.org/0000-0002-2759-8108">https://orcid.org/0000-0002-2759-8108</ext-link>
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			<pub-date pub-type="epub">
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				<year>2018</year>
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			<year>2018</year>
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			<volume>194</volume>
			<issue>790</issue>
			
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					<year>2015</year>
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia de uso y distribuci&#x00F3;n Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).</license-p>
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			<abstract xml:lang="es">
				<title>RESUMEN</title>
				<p>Este art&#x00ED;culo presenta los contenidos del n&#x00FA;mero monogr&#x00E1;fico de <italic>Arbor</italic> insert&#x00E1;ndolos en las actuales condiciones epist&#x00E9;micas y epistemol&#x00F3;gicas para el ejercicio de las humanidades, y rastreando en la evoluci&#x00F3;n social los fen&#x00F3;menos que apuntan a la necesidad de que los saberes human&#x00ED;sticos colaboren con las ciencias sociales, naturales y formales.</p>
			</abstract>
			
									
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>This article presents the contents of the monographic issue of <italic>Arbor</italic>, inserting them in the current epistemic and epistemological conditions for the exercise of the humanities, and tracing in social evolution the phenomena that point to the need for humanistic knowledge to collaborate with the social, natural and formal sciences.</p>
			</trans-abstract>
			
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				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Humanidades</kwd>
				<kwd>ciencias</kwd>
				<kwd>racionalidad</kwd>
				<kwd>reflexividad</kwd>
				<kwd>episteme</kwd>
				<kwd>epistemolog&#x00ED;a</kwd>
			</kwd-group>
			
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				<title>KEYWORDS</title> 			
				<kwd>Humanities</kwd>	
				<kwd>sciences</kwd>
				<kwd>rationality</kwd>
				<kwd>reflexivity</kwd>
				<kwd>episteme</kwd>
				<kwd>epistemology</kwd>
			</kwd-group>
			
		
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		<sec id="S0">
			<title/>
						<p>Porque la ciencia pura y objetiva es una aspiraci&#x00F3;n a la belleza (…) Yo prefiero esta est&#x00E9;tica m&#x00E1;s profunda y m&#x00E1;s noble a todas las investigaciones est&#x00E9;ticas superficiales.</p>

						<p>L. Hjelmslev, <italic>Entrevista sobre la teor&#x00ED;a del lenguaje</italic>.</p>
		</sec>

		<sec id="S1">
			<title>TIEMPO HIST&#x00D3;RICO Y ESPACIO EPIST&#x00C9;MICO</title>

			<p>Uno de los rasgos que parecen definir nuestro presente es el de la inseguridad sobre lo humano. Ya no es f&#x00E1;cil trazar fronteras claras -suponiendo que alguna vez lo fuera- entre el hombre y el animal, entre el hombre y la m&#x00E1;quina; m&#x00E1;s all&#x00E1; de estos, entre la cultura y la naturaleza de la que proceden unos y otros, y ni siquiera entre lo vivo y lo inerte. Los difundidos t&#x00E9;rminos de “posthumanidad” o de “transhumanidad”, de los que aqu&#x00ED; no abusaremos, pretenden reflejar tal estado de cosas. Resulta comprensible, entonces, que se reclamen nuevas representaciones de lo humano, aunque no sea m&#x00E1;s que para hacer frente a dos fen&#x00F3;menos hist&#x00F3;ricos capitales: el papel protagonista de la ciencia como actor de una acelerada transformaci&#x00F3;n del hombre, y la indisputada hegemon&#x00ED;a de las tecnolog&#x00ED;as de la informaci&#x00F3;n y de la comunicaci&#x00F3;n sobre las formas de vida y sobre las pr&#x00E1;cticas colectivas. Claro est&#x00E1; que habr&#x00ED;a otros muchos factores a los que atender en el an&#x00E1;lisis de nuestro tiempo hist&#x00F3;rico, pero estos dos se cuentan entre los principales responsables de que se nos haya movido bajo los pies el suelo anta&#x00F1;o algo m&#x00E1;s firme de lo que cre&#x00ED;amos ser y saber. Y son, a defecto de poder considerarlos todos, los que nos conciernen en primera instancia. </p>

			<p>Si nos hallamos en curso de mutaci&#x00F3;n antropol&#x00F3;gica, si hemos perdido la constancia de en qu&#x00E9; pudiera consistir lo humano, dado que se anuncian ins&#x00F3;litas posibilidades tecnol&#x00F3;gicamente condicionadas para la humanidad, con mayor motivo las llamadas humanidades dudan sobre su contenido, su funci&#x00F3;n y su legitimidad. Convendr&#x00ED;a no enga&#x00F1;arse en un punto: las humanidades siempre han estado “en crisis”, y peri&#x00F3;dicamente han querido salir de ella present&#x00E1;ndose a s&#x00ED; mismas como “nuevas”. No se les ha concedido, en efecto, sentirse seguras de su estatuto cient&#x00ED;fico -ni siquiera de su mera consistencia intelectual-, y a&#x00FA;n menos del fundamento &#x00FA;ltimo del saber, filos&#x00F3;fico o cient&#x00ED;fico. Tampoco en esto ser&#x00ED;a beneficioso ceder ni al olvido de la historia ni a la propaganda institucional. Sin embargo, se dir&#x00ED;a que los estudios human&#x00ED;sticos tienen hoy una buena oportunidad para renovarse de hecho, y no solo bajo modo de autopromoci&#x00F3;n ret&#x00F3;rica. Justo porque a la inseguridad sobre lo humano le corresponde, l&#x00F3;gicamente, la incertidumbre en lo relativo al conocimiento -la cual ha impregnado la ciencia, por no hablar de una filosof&#x00ED;a en apariencia dimitida de sus funciones enciclop&#x00E9;dicas y cr&#x00ED;ticas-, las humanidades tal vez puedan consolidar sus bases y ampliar sus objetivos si dejan de denegar, casi en el sentido psicoanal&#x00ED;tico del t&#x00E9;rmino, los v&#x00ED;nculos que las unen a la laboriosa agencia cient&#x00ED;fica, y si pasan a trabajar en colaboraci&#x00F3;n con ella. </p>

			<p>Que tal oportunidad se ofrezca m&#x00E1;s franca que nunca a las humanidades lo reconocen no &#x00FA;nicamente los humanistas, primeros interesados en la renovaci&#x00F3;n, sino tambi&#x00E9;n los propios cient&#x00ED;ficos, muchos de ellos unidos por mil hilos visibles e invisibles con la filosof&#x00ED;a, el arte, la literatura, el cine y la m&#x00FA;sica de la contemporaneidad. Unos cient&#x00ED;ficos que, salvo excepciones, no subestiman las humanidades como s&#x00ED; parecen hacerlo ciertos humanistas, aquellos que solo reivindican para sus disciplinas el prestigio de la tradici&#x00F3;n o la nobleza del culto de la cultura cultivada, y que suelen fingir menosprecio por unas ciencias de las que con frecuencia lo ignoran casi todo. Por una parte, este arraigado anticientismo human&#x00ED;stico ya no es ni una marca de distinci&#x00F3;n intelectual ni una garant&#x00ED;a de inconformismo pol&#x00ED;tico. Por otra, las nuevas tecnolog&#x00ED;as de la informaci&#x00F3;n y de la comunicaci&#x00F3;n han contribuido a reducir la distancia entre disciplinas y a reagrupar los conocimientos, de suerte que ya resultar&#x00ED;a dif&#x00ED;cil confiar en un humanismo que se despreocupase completamente del saber y del saber-hacer cient&#x00ED;fico general. Adem&#x00E1;s, las instituciones de la investigaci&#x00F3;n se han extendido y sus contactos multiplicado, trenz&#x00E1;ndose entre ellas redes que vuelven incongruente el aislado iletrismo cient&#x00ED;fico de los humanistas. Todo apunta, por tanto, a que el erudito en cierto &#x00E1;mbito cultural, pero ajeno a las l&#x00F3;gicas trasversales de producci&#x00F3;n del conocimiento, pudiera ser una figura del pasado. </p>

			<p>Las relaciones entre las humanidades y las ciencias constituyen as&#x00ED; una problem&#x00E1;tica leg&#x00ED;tima desde hace tiempo, es decir que se inscriben en el dominio de lo pensable dentro de nuestro marco cognoscitivo, y de lo defendible en el seno de la infraestructura institucional de este, en las universidades, en los centros de investigaci&#x00F3;n, las fundaciones, las editoriales, etc. Ahora bien, quiz&#x00E1; fuera recomendable, si de trocar la denegaci&#x00F3;n en afirmaci&#x00F3;n de tales relaciones se trata, eludir dos riesgos. Uno residir&#x00ED;a en permitir que las vacilaciones identitarias de las humanidades se contagiasen en exceso a las ciencias formales y naturales: lo que sugerimos no es humanizar las ciencias, de entenderse por ello relativizarlas sin m&#x00E1;s, v&#x00ED;a su consideraci&#x00F3;n como mero discurso, sino hacer cient&#x00ED;ficas las humanidades, tomando por fin en serio, en la medida en que lo tolere nuestro susodicho marco cognoscitivo, las <italic>posibilidades epist&#x00E9;micas</italic> de sus objetos (las obras del pensamiento, del arte, de la literatura), y las <italic>posibilidades epistemol&#x00F3;gicas</italic> de las disciplinas que los estudian (la filosof&#x00ED;a, la teor&#x00ED;a y cr&#x00ED;tica del arte, la cultura visual, la teor&#x00ED;a literaria, etc.). El otro riesgo surgir&#x00ED;a de descuidar a las ciencias sociales, las cuales pudieran juzgarse menos relevantes para los “nuevos” trabajos human&#x00ED;sticos que las formales y naturales tan solo porque, en el fondo, siguen siendo el traumatismo reprimido de las humanidades, de las que nacieron a finales del siglo XIX para mejor ponerlas parad&#x00F3;jicamente en cuesti&#x00F3;n, socavando sus cimientos est&#x00E9;ticos y hermen&#x00E9;uticos al describir las condiciones sociales, intr&#x00ED;nsecamente acad&#x00E9;micas y escol&#x00E1;sticas, de su existencia. Ambos riesgos no son insuperables a poco que se tenga en cuenta que si, como hemos alegado, la identidad y la comprensi&#x00F3;n de lo humano est&#x00E1;n cambiando, en pareja situaci&#x00F3;n no se explicar&#x00ED;a que se prescindiese ni del rigor y del empirismo de las ciencias formales y naturales, ni del poder de objetivaci&#x00F3;n y de la capacidad reflexiva de las ciencias sociales. </p>

			<p>Esperamos que este n&#x00FA;mero monogr&#x00E1;fico de la revista <italic>Arbor</italic>, gestado en el seno del grupo oficial de investigaci&#x00F3;n <italic>ILICIA. Inscripciones Literarias de la Ciencia</italic><xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref>, invite a sopesar el inter&#x00E9;s vital que reviste la interacci&#x00F3;n de las humanidades y del pensamiento cient&#x00ED;fico. Los ensayos que lo componen, y que a continuaci&#x00F3;n rese&#x00F1;amos, se ordenan en torno a una serie de temas recurrentes (la paulatina indistinci&#x00F3;n de naturaleza y cultura en el modo de vida humano, la presencia del cuerpo en los lenguajes verbales y visuales, la forja de imaginarios sociales que al&#x00ED;an conocimiento y sensibilidad, etc.), y a la plasmaci&#x00F3;n de esos temas en nuestras pr&#x00E1;cticas simb&#x00F3;licas (en la filosof&#x00ED;a, la narrativa, la poes&#x00ED;a, la pintura, la divulgaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica, etc.). </p>

			</sec>
			
			<sec id="S2">
			<title>PASAJES DEL CONOCIMIENTO</title>

			<p>En una obra reciente, <italic>Ciencia, filosof&#x00ED;a y racionalidad</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2013</xref>), Jes&#x00FA;s Moster&#x00ED;n subrayaba, de forma muy oportuna, los l&#x00ED;mites del humanismo cl&#x00E1;sico, y en particular los que le imponen su indiferencia o su hostilidad ante la ciencia. Invirtiendo tan tradicional posici&#x00F3;n, Moster&#x00ED;n propugnaba en ella un humanismo remozado, ya no antag&#x00F3;nico del conocimiento cient&#x00ED;fico, sino conformado a la vez de ciencia y de sabidur&#x00ED;a, es decir un humanismo epistemol&#x00F3;gico con una marcada dimensi&#x00F3;n pr&#x00E1;ctica o moral. Matriz deseable para las proyectadas ciencias humanas o humanidades cient&#x00ED;ficas, este humanismo se caracterizar&#x00ED;a por algunos rasgos esenciales que merece la pena traer a colaci&#x00F3;n. Primero, por el repudio de <italic>la</italic> <italic>falacia antropoc&#x00E9;ntrica</italic>, de la creencia en que el ser humano sea el eje del universo, que se acompa&#x00F1;a de una filosof&#x00ED;a diferencialista respecto de los restantes seres y entes naturales, y en particular de los animales. Segundo, la tesis consecuente de que existe una naturaleza, y no solo una historia, humana, descrita con rigor suficiente por dos ciencias, la paleoantropolog&#x00ED;a y la gen&#x00E9;tica, y de que esa naturaleza nos identifica con el cosmos en su conjunto, del que solo somos una parte, aunque una parte dotada de autoconciencia. Tercero, la consideraci&#x00F3;n del conocimiento como un continuo, dentro del cual no puede darse separaci&#x00F3;n radical entre humanidades y ciencias, sino una interacci&#x00F3;n constante de sus distintos niveles cognitivos que queda probada, a lo largo de la historia de las ideas, por la doble actividad de pensadores como Arist&#x00F3;teles, Descartes o Leibniz -si bien la hiperespecializaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica contempor&#x00E1;nea vuelve m&#x00E1;s dif&#x00ED;cil la continuidad entre disciplinas-. Cuarto, la l&#x00F3;gica y rec&#x00ED;proca advertencia contra unas humanidades puramente especulativas, carentes de cualquier control metodol&#x00F3;gico y epistemol&#x00F3;gico, y encerradas en la autosatisfacci&#x00F3;n culturalista, y contra unas ciencias sin ambici&#x00F3;n intelectual ni significado moral y pol&#x00ED;tico, que se limitar&#x00ED;an a resolver problemas t&#x00E9;cnicos y renunciar&#x00ED;an a abordar las grandes cuestiones sobre la condici&#x00F3;n humana. Quinto y &#x00FA;ltimo, la asignaci&#x00F3;n a las humanidades de un objetivo primordial, el desarrollo de la mencionada autoconciencia del ser humano dentro de una percepci&#x00F3;n ecol&#x00F3;gica de su existencia, del encadenamiento de todas las formas de vida y de la identidad &#x00FA;ltima, material, entre el hombre y el cosmos. Hasta aqu&#x00ED; el fil&#x00F3;sofo. </p>

			<p>El naturalismo ilustrado de Moster&#x00ED;n, que podr&#x00ED;a tomarse como adecuado punto de partida para nuestro proyecto, encuentra en estas p&#x00E1;ginas prolongaci&#x00F3;n en la contribuci&#x00F3;n del genetista Andr&#x00E9;s Moya, quien alimenta el debate sobre la naturaleza del hombre, la autoconciencia de la especie (de la que las humanidades son manifestaci&#x00F3;n) y la complementariedad entre las ciencias y las artes. En cuanto a la primera, a la naturaleza humana, Moya expone la que denomina <italic>tesis de la transevoluci&#x00F3;n</italic>: los hombres ya estamos capacitados para intervenir en los genes de muchos animales, con los que formamos una cadena biol&#x00F3;gica, e incluso en los nuestros, lo cual nos permitir&#x00E1; modificar la naturaleza (ajena y propia) y, parad&#x00F3;jicamente, volver&#x00E1; obsoleto el mismo determinismo cientista de algunos genetistas. La transevoluci&#x00F3;n biotecnol&#x00F3;gica -Moya no emplea este &#x00FA;ltimo t&#x00E9;rmino, aunque es en la biotecnolog&#x00ED;a en lo que piensa- hace presagiar “sociedades, mundos y entes radicalmente nuevos”, y obliga a reintroducir en el debate las categor&#x00ED;as, anta&#x00F1;o contestadas desde ciertos sectores cient&#x00ED;ficos, de “perfecci&#x00F3;n” y de “progreso” crecientes. Sea de ello lo que sea, precisamente el mudable porvenir de la naturaleza convierte la cultura, la filosof&#x00ED;a, las artes y la literatura en imprescindibles para el hombre: la ciencia, por definici&#x00F3;n limitada y pragm&#x00E1;tica, quiz&#x00E1; confiera una enorme ventaja evolutiva a nuestra especie, pero no puede por s&#x00ED; sola atribuir un sentido, una orientaci&#x00F3;n y una finalidad a la existencia humana. En esa tarea, en el incremento de la autorreflexi&#x00F3;n y en la elaboraci&#x00F3;n de respuestas para las preguntas &#x00FA;ltimas que el hombre se hace a s&#x00ED; mismo, las ciencias deben recibir la ayuda de los fil&#x00F3;sofos, los artistas y los literatos. Las formas de conocimiento intuitivas y totalizadoras de estos logran aprehender, a su modo y seg&#x00FA;n su r&#x00E9;gimen propio, la verdadera esencia de la realidad, y son, no menos que las ciencias, una eficaz herramienta para, primero, “desocultar” el mundo humano, y para remodelarlo luego en sus dimensiones imaginarias y a la vez normativas. Ambos tipos de saber, el cient&#x00ED;fico y el human&#x00ED;stico, se apuntalan el uno al otro en el empe&#x00F1;o del hombre por reconstruir la realidad, y por garantizar as&#x00ED; la supervivencia de la especie. Si la concepci&#x00F3;n de la actividad cient&#x00ED;fica que despliega Moya es utilitarista, tambi&#x00E9;n lo parece su visi&#x00F3;n de las capacidades reflexivas y creativas del hombre: las artes y la filosof&#x00ED;a, sus principales resultados, han de poder manipular simb&#x00F3;licamente, seg&#x00FA;n sus valores propios, las manipulaciones materiales de la ciencia, constituy&#x00E9;ndose en uno de los ejes de la raz&#x00F3;n pr&#x00E1;ctica -algo que tambi&#x00E9;n defend&#x00ED;a en su libro citado Jes&#x00FA;s Moster&#x00ED;n-. De la deseable pluralidad de las formas de conocimiento, generales y espec&#x00ED;ficas, y de la interacci&#x00F3;n entre ciencias y humanidades, cabe esperar no solo un aumento del goce intelectual, sino tambi&#x00E9;n la mejora de la gesti&#x00F3;n de la vida y del gobierno del mundo. </p>

			<p>Sin embargo, el optimismo cient&#x00ED;fico-natural tiene sus peligros, y M&#x00E1;rcio Seligmann-Silva, en un bien documentado trabajo, apunta hacia uno de ellos. Movi&#x00E9;ndose entre la literatura, la filosof&#x00ED;a y la ciencia (en particular, la teor&#x00ED;a de la evoluci&#x00F3;n y el psicoan&#x00E1;lisis, si se acepta considerar ciencia este &#x00FA;ltimo), el investigador estudia <italic>la permanente reversibilidad entre lo humano</italic> <italic>y lo animal</italic> que apremia a nuestra cultura. Reversibilidad a la que podr&#x00ED;amos calificar de “regresiva” si somos antropoc&#x00E9;ntricos, o de “continuista” si preferimos el universalismo biol&#x00F3;gico -como en este n&#x00FA;mero lo hace A. Moya-. El papel que la literatura ha desempe&#x00F1;ado hist&#x00F3;ricamente en el fundamental debate sobre la animalidad del hombre y la humanidad del animal es el de servir de portavoz a una suerte de ecumenismo de la vida: para Seligmann-Silva, la literatura ser&#x00ED;a el lugar desde el que se habr&#x00ED;a hecho o&#x00ED;r la voz de nuestro ser animal durante todo el tiempo en que la conciencia del origen humano en la naturaleza estuvo sujeta a represi&#x00F3;n o a denegaci&#x00F3;n culturales, y en particular religiosas. Antes de que Darwin estableciera que el hombre es un animal evolucionado, y antes de que Freud precisase que la cultura como factor evolutivo sujeta y distancia justamente al animal en nosotros -es decir, en el fondo, al cuerpo-, la tragedia griega hab&#x00ED;a mantenido en primer plano la animalidad som&#x00E1;tica con su exhibici&#x00F3;n de dionis&#x00ED;acos placeres, dolores, miedos y ansiedades, y Rousseau hab&#x00ED;a invocado la piedad y la compasi&#x00F3;n como experiencias inmediatas, sentimientos espont&#x00E1;neos que vinculan entre s&#x00ED; a todos los seres vivos. La est&#x00E9;tica de lo abyecto, que surge durante la modernidad y en paralelo con los hallazgos cient&#x00ED;ficos y psicoanal&#x00ED;ticos, ilumina las vivencias sensoriales (en particular, los olores y sabores intensos, profundamente marcados por valencias arcaicas), una oscura masa animal cuya presi&#x00F3;n rompe las cadenas en que la est&#x00E9;tica cl&#x00E1;sica de lo bello desencarnado hab&#x00ED;a aprisionado al cuerpo. Un poco m&#x00E1;s tarde, Franz Kafka, heredero singular de la tradici&#x00F3;n de la f&#x00E1;bula, deshar&#x00E1; la oposici&#x00F3;n entre los cuerpos del hombre y del animal, creando personajes de naturaleza o de cultura indecidibles (perros cient&#x00ED;ficos, simios acad&#x00E9;micos, chacales-h&#x00E9;roes civilizadores, caballos que promulgan leyes; pero tambi&#x00E9;n seres humanos que se metamorfosean en insectos, o artistas del hambre encerrados en jaulas, etc.). Hoy mismo John M. Coetzee pone en escena, con su narrativa y sus ensayos, el cuerpo que devora cuerpos, en la cotidiana hecatombe alimentar&#x00ED;a de la que son v&#x00ED;ctimas los animales; y, al preguntarse por una &#x00E9;tica de la alimentaci&#x00F3;n, abre el campo literario a la reflexi&#x00F3;n filos&#x00F3;fica contempor&#x00E1;nea (Benjamin, Foucault, Agamben) sobre la gesti&#x00F3;n cultural (<italic>bios</italic>) de la vida natural (<italic>zo&#x00E9;</italic>), el mismo asunto tratado por Moya desde la perspectiva del genetista. S&#x00E9;ligman-Silva refiere c&#x00F3;mo la literatura intuye, anticipa o desarrolla los descubrimientos cient&#x00ED;ficos, al tiempo que profundiza en ellos aport&#x00E1;ndoles el valor imprescindible para proteger la humanidad (y la animalidad) del hombre. Al hacerlo as&#x00ED;, la literatura tiende a incluir en la esfera de la responsabilidad humana la totalidad de lo viviente (los animales y las plantas, adem&#x00E1;s de los cong&#x00E9;neres); lo cual, claro est&#x00E1;, resulta ambiguo, pues puede conducir al ejercicio puramente instrumental, pero a la vez bienpensante y paternalista, del poder y del control sobre la naturaleza. He ah&#x00ED; uno de los puntos oscuros del voluntarismo cient&#x00ED;fico del que hace gala en este mismo n&#x00FA;mero A. Moya y, en su libro, J. Moster&#x00ED;n (epist&#x00E9;mico y t&#x00E9;cnico el primero, m&#x00E1;s social el segundo). Se dir&#x00ED;a innecesario insistir sobre la oportunidad del debate que la literatura, por su misma existencia como voz del animal en nosotros, provoca a prop&#x00F3;sito de tal ambig&#x00FC;edad en un mundo cuyo futuro ser&#x00E1; probablemente decidido por la ciencia al servicio de la biopol&#x00ED;tica.</p>

			<p>Comoquiera que sea, cabe cruzar la frontera entre la naturaleza y la cultura, lo animal y lo humano, lo inerte y lo vivo por senderos menos abruptos que los de Moya, evitando as&#x00ED; en parte el riesgo de despe&#x00F1;amiento moral y pol&#x00ED;tico se&#x00F1;alado por Seligman-Silva. En una intervenci&#x00F3;n de destacable novedad para el mundo hispanohablante, Laurence Dahan-Gaida propone una esclarecedora meditaci&#x00F3;n sobre la morfogen&#x00E9;tica contempor&#x00E1;nea, la teor&#x00ED;a que hasta el momento tiende el m&#x00E1;s s&#x00F3;lido puente conocido entre la <italic>physis</italic> y la<italic> techn&#x00E9;</italic>, y por lo tanto entre las ciencias naturales y formales y las humanidades. Partiendo de la est&#x00E9;tica, y a trav&#x00E9;s de tres de sus figuras ejemplares (Leonardo da Vinci, Goethe y Val&#x00E9;ry), Dahan-Gaida desvela c&#x00F3;mo es posible explicar la sorprendente convergencia entre las formas en el arte y las formas en la naturaleza, sin reducir las primeras a ser solo una imitaci&#x00F3;n de las segundas. Si el arte fabrica estructuras, y si lo hace a semejanza de la materia, animada o inanimada, y de sus bellas arquitecturas (en las cristalizaciones de los minerales, en el flujo de las olas, en las nervaduras de una hoja, en las espiras de una concha marina, etc.), ello se debe a que en el mundo tiene lugar <italic>una com&#x00FA;n producci&#x00F3;n de orden y de regularidad</italic> sin causas ni finalidades claras; una producci&#x00F3;n que los artistas y literatos ejecutan asimismo con medios propios, y que la ciencia est&#x00E1; ahora en condiciones de comprender mejor desde los suyos gracias a sus &#x00FA;ltimos avances, y en particular a los de la f&#x00ED;sica y la biolog&#x00ED;a. Para estas disciplinas, en efecto, la clave de inteligibilidad del universal orden de las formas, naturales o culturales, reside en los conceptos de <italic>autopoiesis</italic> y de <italic>organizaci&#x00F3;n emergente</italic>, por los que se entiende un modo de estructuraci&#x00F3;n espont&#x00E1;nea del ser -<italic>el modo de ser del ser</italic>, podr&#x00ED;a decirse, que se manifiesta an&#x00E1;logamente en lo org&#x00E1;nico y en lo inorg&#x00E1;nico, en lo natural y en lo artificial, y da cuenta de “la coherencia subterr&#x00E1;nea que vincula entre s&#x00ED; la inagotable diversidad formal”. Dicha coherencia resulta ya modelizable mediante los instrumentos de las matem&#x00E1;ticas (de la topolog&#x00ED;a, la teor&#x00ED;a de las cat&#x00E1;strofes y de los fractales, la f&#x00ED;sica de las estructuras disipativas, etc.), los cuales se revelan tambi&#x00E9;n pertinentes en buena medida para analizar las formas de ciertos objetos de las humanidades (algunas pinturas, narraciones, partituras musicales, secuencias f&#x00ED;lmicas, etc.). Despunta entonces, tras la teor&#x00ED;a de la forma gestada en el campo cient&#x00ED;fico, una hip&#x00F3;tesis fisicalista capaz de aprehender unitariamente la organizaci&#x00F3;n de la materia, la articulaci&#x00F3;n con ella de la percepci&#x00F3;n y de la cognici&#x00F3;n, y la exteriorizaci&#x00F3;n de su concordancia en las creaciones del arte y de la literatura -es decir, un sue&#x00F1;o para los humanistas-. Leonardo, Goethe y Val&#x00E9;ry, situ&#x00E1;ndose en la intersecci&#x00F3;n de los saberes de su &#x00E9;poca, y trabajando a partir de ellos y contra ellos, intuyeron la subterr&#x00E1;nea identidad, la secreta armon&#x00ED;a entre el mundo y el hombre, entre el ser y el pensar, entre lo sensible y lo inteligible, y anticiparon, seg&#x00FA;n Dahan-Gaida, la actual epistemolog&#x00ED;a de la forma auto-organizada y sus iluminaciones cient&#x00ED;ficas. Moverse en esa intersecci&#x00F3;n, en ese espacio colindante, caracteriza al artista, y es tambi&#x00E9;n lo que acaso debieran hacer unas humanidades en di&#x00E1;logo cr&#x00ED;tico con las ciencias (formales, naturales o sociales) en cada periodo hist&#x00F3;rico, para all&#x00ED; contribuir a gestar, como sugerir&#x00E1;n m&#x00E1;s adelante Schwartz y Berti, conceptos y m&#x00E9;todos transdisciplinares. </p>

			<p>La reversibilidad, en algunos aspectos, entre lo natural y lo cultural, entre la espontaneidad y el artificio, es detectable todav&#x00ED;a m&#x00E1;s cerca de la experiencia inmediata, y eso hace Amelia Gamoneda en un art&#x00ED;culo que, si bien arranca de las reflexiones del poeta franc&#x00E9;s Bernard No&#x00EB;l sobre la fotograf&#x00ED;a, la pintura y la poes&#x00ED;a, aborda el proceso conducente desde la realidad al pensamiento y al lenguaje, y ofrece el esbozo de una teor&#x00ED;a general de la conducta simb&#x00F3;lica. En el n&#x00FA;cleo del proceso se encuentra el cuerpo, donde se efect&#x00FA;an las sutiles mediaciones, ya anticipadas por Dahan-Gaida, entre la percepci&#x00F3;n y la intelecci&#x00F3;n, entre lo vivido y lo concebido, mediaciones som&#x00E1;ticas que dejan su huella en las obras del arte y de la literatura. El cuerpo, tema medular para las humanidades y las ciencias sociales de las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas -ya hemos rese&#x00F1;ado las consideraciones al respecto de Seligman Silva-, es la bisagra que articula la experiencia vital del mundo con su experiencia cultural. Si de los sentidos nace la conciencia primaria, biol&#x00F3;gica y presubjetiva, de la reelaboraci&#x00F3;n de la informaci&#x00F3;n sensorial mediante el lenguaje y la memoria surge la conciencia secundaria o superior, fundamento de lo que llamamos el sujeto o la persona. El trayecto que, partiendo de la realidad, pasa por el sensorio, se organiza poco a poco en la percepci&#x00F3;n, se ordena sistem&#x00E1;ticamente en la cognici&#x00F3;n, y puede desembocar en los enunciados art&#x00ED;sticos y literarios, lo recorre ejemplarmente la poes&#x00ED;a, “conducta de riesgo” del lenguaje que siempre recuerda a las facultades m&#x00E1;s elevadas de la conciencia secundaria su anclaje org&#x00E1;nico, es decir la fisiolog&#x00ED;a en la que se sustentan. La poes&#x00ED;a transita de hecho en las dos direcciones, desde el cuerpo a la palabra y desde la palabra al cuerpo, para hacer justicia a la vez a la materia y al esp&#x00ED;ritu. Y las fulgurantes intuiciones po&#x00E9;ticas de la impronta carnal grabada en la impronta verbal, y viceversa, reciben hoy el refrendo de la neurocognici&#x00F3;n: esta ya ha empezado a explicar, desde su nivel de pertinencia propio, el <italic>modus operandi</italic> del cuerpo en su infatigable trabajo de reversi&#x00F3;n mutua entre lo f&#x00ED;sico y lo mental, entre el percepto y el concepto. Al proceder as&#x00ED;, al ocuparse de la cognici&#x00F3;n encarnada, las ciencias neurocognitivas devuelven -quiz&#x00E1; sin propon&#x00E9;rselo- a la <italic>poiesis</italic>, a la del escritor pero tambi&#x00E9;n a la del artista pl&#x00E1;stico, su estatuto de vivencia integral, de circuito de intercambio originario entre los s&#x00ED;mbolos y los gestos, entre el lenguaje y la acci&#x00F3;n. Y justifican tambi&#x00E9;n la centralidad de lo som&#x00E1;tico en otras disciplinas, tanto sociales como naturales, al igual que la necesaria colaboraci&#x00F3;n entre ellas si lo que se desea es aprehender la dual condici&#x00F3;n del hombre como animal simb&#x00F3;lico, es decir como cuerpo productor de significaciones. Aun cuando en estas p&#x00E1;ginas se reconozcan la relativa “p&#x00E9;rdida de realidad” y el gradual “agotamiento de la presencia” acarreados por el paso de lo f&#x00ED;sico a lo mental y por la producci&#x00F3;n de lenguaje desde el cuerpo, sus hip&#x00F3;tesis sobre la conducta del <italic>homo significans</italic> refuerzan el cuestionamiento de la ya aludida ant&#x00ED;tesis, de filiaci&#x00F3;n hermen&#x00E9;utica, entre la naturaleza y la cultura, responsable mayor de la condena de las humanidades a (no) ser (sino) “ciencias del esp&#x00ED;ritu” (W. Dilthey). </p>

			<p>G. Schwartz y E. Berti, un f&#x00ED;sico escritor y un escritor interesado por la f&#x00ED;sica, se suman al mismo af&#x00E1;n de combatir el aislamiento de las disciplinas, de reordenar los territorios del saber. Si bien comienzan con la divergencia paulatina, sobre todo social e institucional, entre las ciencias y las humanidades a partir del siglo XVIII, cuando se separan progresivamente las figuras del cient&#x00ED;fico, del fil&#x00F3;sofo, del artista y del literato, lo que importa a los autores es documentar que, m&#x00E1;s all&#x00E1; de la especializaci&#x00F3;n y de la autonomizaci&#x00F3;n de los campos cient&#x00ED;fico, intelectual, art&#x00ED;stico y literario, se ha dado un permanente intercambio, una constante transacci&#x00F3;n te&#x00F3;rica y pr&#x00E1;ctica entre todos ellos. La idea que gu&#x00ED;a su ensayo es la de que la cultura en sentido lato, dentro de la cual solemos englobar las ciencias (“cultura cient&#x00ED;fica”) y las artes, verbales o visuales (“cultura human&#x00ED;stica”), est&#x00E1; irrigada en profundidad por unas mismas fuentes de invenci&#x00F3;n, o con mayor exactitud por <italic>un imaginario colectivo</italic> de donde brotan todas las creaciones humanas, ya sean cient&#x00ED;ficas o art&#x00ED;stico-literarias. Dicho imaginario tiene condici&#x00F3;n metaf&#x00F3;rica: la met&#x00E1;fora es, como se sabe, la figura de una transferencia plausible, con valor epist&#x00E9;mico, entre distintas descripciones del mundo; por su parte, el imaginario colectivo, metaf&#x00F3;ricamente articulado, funciona en tanto escenario donde los temas y formas del arte y la literatura pueden dar expresi&#x00F3;n, con sus recursos propios, a los descubrimientos cient&#x00ED;ficos, y los descubrimientos cient&#x00ED;ficos objetivar y justificar los temas y formas art&#x00ED;stico-literarios. Fen&#x00F3;menos de concomitancia ciencias-humanidades como, entre otros, el epistemocentrismo de la novela polic&#x00ED;aca en la modernidad y su progresiva relativizaci&#x00F3;n posmoderna, la disoluci&#x00F3;n simult&#x00E1;nea de los sistemas de referencia absolutos en f&#x00ED;sica, de la narraci&#x00F3;n omnisciente y del argumento cerrado en literatura, de la perspectiva unificada en pintura y del tono fundamental y de la armon&#x00ED;a en m&#x00FA;sica, o la aparici&#x00F3;n convergente del psicoan&#x00E1;lisis y del mon&#x00F3;logo interior en la narrativa, y de las l&#x00F3;gicas distintas de la aristot&#x00E9;lica y de la est&#x00E9;tica fragmentaria y aleatoria de las vanguardias, confirman, seg&#x00FA;n los autores, que artistas, cient&#x00ED;ficos, literatos y fil&#x00F3;sofos adoptan en cada corte temporal una misma disposici&#x00F3;n ante el mundo. A esa general manera de encarar la realidad cabe aproximarse, siquiera sea someramente, gracias al citado concepto antropol&#x00F3;gico de imaginario colectivo, y al epistemol&#x00F3;gico de “paradigma de conocimiento”, a los que tambi&#x00E9;n podr&#x00ED;an sumarse -a&#x00F1;adimos nosotros- los filos&#x00F3;ficos de “configuraci&#x00F3;n epist&#x00E9;mica” y de “configuraci&#x00F3;n est&#x00E9;sica”. Sobre tal constataci&#x00F3;n Schwartz y Berti asientan una propuesta inseparablemente te&#x00F3;rica y metodol&#x00F3;gica: puesto que hay una patente interrelaci&#x00F3;n hist&#x00F3;rica, tem&#x00E1;tica y formal entre las ciencias y las humanidades, necesitamos reconocer la intr&#x00ED;nseca complejidad de la mayor&#x00ED;a de nuestros objetos de conocimiento, remodelar su investigaci&#x00F3;n elaborando un metalenguaje compartido o suficientemente com&#x00FA;n entre las distintas disciplinas que se ocupan de ellos, y adoptar un enfoque transversal que combine en su tratamiento la precisi&#x00F3;n anal&#x00ED;tica con la visi&#x00F3;n global. Si adem&#x00E1;s, en este proceso de reunificaci&#x00F3;n potencial del mundo y del saber sobre el mundo, las humanidades consiguieran reforzar el rigor de las ciencias mediante la exigencia cr&#x00ED;tica y la audacia intelectual que tradicionalmente se les presupone, pero esta vez epistemol&#x00F3;gicamente armadas, el di&#x00E1;logo entre humanistas y cient&#x00ED;ficos habr&#x00ED;a dado sus mejores resultados. </p>

			<p>Sobre el imaginario com&#x00FA;n que subyace a la producci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica y a la literaria versa justamente el art&#x00ED;culo de Francisco Gonz&#x00E1;lez Fern&#x00E1;ndez, en el que, estudiando las repercusiones que la invenci&#x00F3;n de la anestesia tuvo sobre la literatura, se describe el modo cultural -en sentido amplio- de vivir y representar el dolor. La ciencia es aqu&#x00ED; la que sirve como est&#x00ED;mulo: los procedimientos anest&#x00E9;sicos facilitaron separar el dolor del cuerpo y objetivarlo, como si se tratase de un antagonista exterior al propio enfermo, en pugna con &#x00E9;l y al que pudiera derrotarse. La literatura advirti&#x00F3; casi de inmediato las implicaciones existenciales de tan capital avance cient&#x00ED;fico, encontrando para ellas una soberbia expresi&#x00F3;n, apenas aleg&#x00F3;rica, en la figura del doble oscuro y maligno, emanaci&#x00F3;n que se desprende del individuo y que desde fuera se convierte en su peor pesadilla, en su enemigo &#x00ED;ntimo (D. Jeckyll y Mister Hyde, Y. Petr&#x00F3;vich Goliadkin, etc.), justo como lo hace el dolor con quien lo padece. La t&#x00E9;cnica de la anestesia no engendr&#x00F3;, claro est&#x00E1;, el motivo del doble, que data de mucho antes, pero tal motivo solo se eleva a categor&#x00ED;a de mito literario, impregnador y recurrente, cuando los escritores lo adaptan para hacerle significar la despersonalizaci&#x00F3;n y la lucha contra s&#x00ED; mismo impuestas por la experiencia del da&#x00F1;o f&#x00ED;sico. Merece la pena detenerse un instante en ello. Pensado el dolor hasta entonces sobre todo en el &#x00E1;mbito de la religi&#x00F3;n, donde se le confer&#x00ED;a sentido y valor, la asombrosa posibilidad de localizarlo y de neutralizarlo cient&#x00ED;ficamente, que elimina su alcance religioso, tiene que ser aprehendida y asimilada por la sociedad. La literatura interviene y media en el conflicto entre religi&#x00F3;n y ciencia, <italic>traduci&#x00E9;ndolo a su lenguaje</italic>: a trav&#x00E9;s de la cuasi-alegor&#x00ED;a del doble mal&#x00E9;volo, la literatura retira al dolor sus &#x00FA;ltimas connotaciones trascendentes, y pasa a juzgarlo como un mal profano que ha de erradicarse sin miramientos. As&#x00ED; pues, bajo la proliferaci&#x00F3;n, a partir del Romanticismo, de las reencarnaciones del doble, late algo m&#x00E1;s que una moda narrativa: la sociedad, que necesitaba entender el cambio antropol&#x00F3;gico entra&#x00F1;ado por la eventual supresi&#x00F3;n del dolor, delega en la literatura para que lo represente, es decir para que remodele la percepci&#x00F3;n colectiva del sufrimiento corporal. Si este caso de historia de la literatura resulta tan esclarecedor no se debe, como podr&#x00ED;a presumirse, a que muestre la dependencia de la imaginaci&#x00F3;n literaria respecto de los avances cient&#x00ED;ficos, es decir la inferior jerarqu&#x00ED;a de la literatura ante la ciencia, sino a que apunta hacia una suerte de co-evoluci&#x00F3;n entre ambas. Un desarrollo conjunto en el que lo cient&#x00ED;fico va asumiendo un papel preponderante a medida que nos acercamos a la contemporaneidad, y en el que la literatura act&#x00FA;a como dep&#x00F3;sito de temas y formas susceptibles de integrar las innovaciones cient&#x00ED;ficas en el cuerpo social -nunca mejor dicho- y en su imaginario, como manten&#x00ED;an Schwartz y Berti, e incluso de anticiparse en ocasiones a ellas. </p>

			<p>Ahora bien, las disciplinas sociales y las humanidades deber&#x00ED;an esquivar la trampa de un acr&#x00ED;tico encantamiento cientista que considerar&#x00ED;a las ciencias formales y naturales como las &#x00FA;nicas ciencias de verdad “cient&#x00ED;ficas”, y en consecuencia como el modelo a seguir ciegamente. Para poner de relieve los riesgos de tal prejuicio J. A. Gonz&#x00E1;lez Alcantud lleva a cabo una revisi&#x00F3;n del llamado asunto Sokal, y de sus implicaciones a la vez epistemol&#x00F3;gicas, sociales y pol&#x00ED;ticas. Epistemol&#x00F3;gicas, porque los cient&#x00ED;ficos formales y naturales no pueden reclamar derechos de propiedad exclusivos sobre la positividad y la objetividad, ni pretender que sus descripciones y an&#x00E1;lisis son plenamente evidentes y transparentes. Implicaciones sociales, ya que la pr&#x00E1;ctica cient&#x00ED;fica est&#x00E1; profundamente condicionada por el contexto en el que se desenvuelve, y del que forma parte no menos que las humanidades, a las que es m&#x00E1;s habitual reprochar sus sesgos ideol&#x00F3;gicos o sus determinaciones hist&#x00F3;ricas. E implicaciones pol&#x00ED;ticas, puesto que el progresismo no siempre se halla incontestablemente del lado de la raz&#x00F3;n pura y sin mezcla, del esquematismo cient&#x00ED;fico, tal y como a veces dan la impresi&#x00F3;n de creer Sokal y Bricmont en sus escritos sobre lo que denominan “la impostura intelectual” en las humanidades. Un oportuno escrutinio de la obra del qu&#x00ED;mico, epistem&#x00F3;logo y te&#x00F3;rico de la literatura Gaston Bachelard sirve a Gonz&#x00E1;lez Alcantud para caracterizar, a continuaci&#x00F3;n, lo que ser&#x00ED;a una ciencia que evitase el cientismo y el solipsismo en el que acaso incurren Sokal y Bricmont: una ciencia sostenida por <italic>un racionalismo no reduccionista</italic>, rigurosa pero igualmente abierta, plural e interpretativa, atenta al ya mentado imaginario y a sus manifestaciones art&#x00ED;sticas y literarias, y que comprenda la relevancia antropol&#x00F3;gica de la ficci&#x00F3;n y del ensue&#x00F1;o. Bachelard pide que se reserve un lugar no solo en las humanidades, sino tambi&#x00E9;n en las ciencias, para el azar, como lo hacen actualmente algunas disciplinas, entre ellas la f&#x00ED;sica o la biolog&#x00ED;a -recu&#x00E9;rdese lo observado por Schwartz y Berti-; y asimismo que se conceda voz al casi inefable encanto po&#x00E9;tico del mundo, a las met&#x00E1;foras y a los ritmos de la vida, aunque sin incurrir en sublimaciones culturales ni en un espiritualismo trivial. Retornando despu&#x00E9;s, armado de la epistemolog&#x00ED;a bachelardiana, sobre las cr&#x00ED;ticas de Sokal y Bricmont a los supuestos fraudes cient&#x00ED;ficos en el ensayismo contempor&#x00E1;neo, Alcantud las percibe te&#x00F1;idas de un tradicionalismo -J. M. Catal&#x00E0; dir&#x00E1; un poco m&#x00E1;s adelante que son fruto del repliegue de las ciencias sobre s&#x00ED; mismas-, de un positivismo y de un causalismo excesivos que exigir&#x00ED;an, de acatarse, el abandono por parte de los cient&#x00ED;ficos de todo di&#x00E1;logo con unas humanidades soberanamente menospreciadas. Y ese menosprecio resultar&#x00ED;a tanto m&#x00E1;s grave, seg&#x00FA;n Alcantud, cuanto que los autores tienden a compensarlo y a legitimarlo mediante la aludida apelaci&#x00F3;n sistem&#x00E1;tica al progresismo pol&#x00ED;tico, insuficiente por s&#x00ED; solo para refrendar sus tajantes afirmaciones epistemol&#x00F3;gicas: el progreso social, en efecto, no proviene siempre ni &#x00FA;nicamente del ejercicio de la raz&#x00F3;n cient&#x00ED;fica. En el curso de este debate, Gonz&#x00E1;lez Alcantud a&#x00FA;n tiene tiempo para entrar en detalles sobre el modo de proceder de las ciencias sociales y de las humanidades, para repasar algunas conocidas conjeturas transdisciplinares de L&#x00E9;vi-Strauss, de Monod o de Hacking, y para examinar ciertas influyentes hip&#x00F3;tesis sobre los fractales o sobre la teor&#x00ED;a de las cat&#x00E1;strofes. Todo ello lo autoriza a cerrar su participaci&#x00F3;n con un apropiado desagravio, concordante con el de otros colaboradores de este proyecto, de la met&#x00E1;fora y de su valor heur&#x00ED;stico como eficaz veh&#x00ED;culo epist&#x00E9;mico a la hora de transitar por la frontera entre las ciencias y las humanidades. Y con una prudente advertencia simult&#x00E1;nea contra su uso inmoderado. </p>

			<p>Desde un deseo semejante de ponderar el peso espec&#x00ED;fico de la ciencia en los estudios de literatura, y sobre todo de distinguir con claridad las cosas, si bien esta vez no ya entre ciencia y cientismo, sino entre ciencia y simulaci&#x00F3;n de cientificidad primero, y entre ciencia y hermen&#x00E9;utica despu&#x00E9;s, escribe el conocido ling&#x00FC;ista Dominique Maingueneau. En su art&#x00ED;culo retraza la g&#x00E9;nesis del an&#x00E1;lisis del discurso -de la que &#x00E9;l ha sido uno de los m&#x00E1;s destacados agentes- en la intersecci&#x00F3;n entre las ciencias sociales y las humanidades, y su enfrentamiento con ese “extra&#x00F1;o e imposible saber” que es el de las especialidades literarias. Las &#x00FA;ltimas suelen estar dominadas, salvo excepciones, por dos principios nada cient&#x00ED;ficos: el de la autonom&#x00ED;a y singularidad absolutas de su objeto, el texto literario, que se concibe como sagrado, y el del v&#x00ED;nculo privilegiado, fundado sobre el amor y el carisma, que el investigador sostiene con &#x00E9;l. A esa doble creencia subyacente en la relaci&#x00F3;n hermen&#x00E9;utica con la literatura Maingueneau opone la actitud del analista del discurso, para el cual los textos literarios son menos epifan&#x00ED;as de la conciencia creadora que <italic>inscripciones tangibles de la discursividad social</italic>, una discursividad m&#x00FA;ltiple y heterog&#x00E9;nea (pol&#x00ED;tica, jur&#x00ED;dica, religiosa, est&#x00E9;tica, etc.), que se fabrica a trav&#x00E9;s de instituciones y pr&#x00E1;cticas de lenguaje, y en tiempos y lugares concretos. La comprensi&#x00F3;n del interdiscurso grabado en las obras de literatura, y de las propias obras como discursos, precisa por tanto de las ciencias sociales, &#x00FA;nicas capaces de objetivar tales variables: el an&#x00E1;lisis del discurso literario es, como se ve, una disciplina de clara vocaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica. Sin embargo, no por ello debe olvidarse que la manera hermen&#x00E9;utica de abordar los textos, emotiva y enf&#x00E1;tica, nunca desaparecer&#x00E1;, porque responde a una necesidad social, la de preservar y transmitir el patrimonio de los valores literarios, y porque adem&#x00E1;s se parece mucho al trato espont&#x00E1;neo que con aquellos establece el lector ordinario. El an&#x00E1;lisis del discurso no aspira a impugnar la hermen&#x00E9;utica de la literatura, pero s&#x00ED; a distinguirla de una genuina ciencia del hecho literario, a la que no puede bastarle, como hacen muchos estudiosos convencionales, con imitar algunas normas de las ciencias sociales o formales, o con proyectar sobre los textos ciertos conceptos cient&#x00ED;ficos prestigiosos a fin de legitimar y de ennoblecer su interpretaci&#x00F3;n subjetiva. Lo deseable, m&#x00E1;s bien, es leer la literatura integrando en la lectura los m&#x00E9;todos y controles epistemol&#x00F3;gicos de las ciencias sociales, sin limitarse a jugar con la ambig&#x00FC;edad del <italic>como si</italic> se hiciera ciencia, a pesar de que a la vez se rechace, pues as&#x00ED; lo exige la posici&#x00F3;n hermen&#x00E9;utica, que las ciencias est&#x00E9;n en condiciones de dar cuenta suficiente, racional y exhaustiva, de los valiosos textos literarios. Al concluir el ensayo de D. Maingueneau, y no es esta la menor de sus cualidades, el lector cobra conciencia de que ambas aproximaciones a la literatura, la propia del paradigma hermen&#x00E9;utico y la que define al paradigma discursivo -traducible como “cient&#x00ED;fico-social”-, no son excluyentes; de que la segunda, la cient&#x00ED;fica, siempre ser&#x00E1; socialmente hablando una empresa menos apoyada y difundida que la primera; y de que aun as&#x00ED; nos hallamos ante una las m&#x00E1;s f&#x00E9;rtiles aventuras intelectuales de las &#x00FA;ltimas d&#x00E9;cadas, y de las que m&#x00E1;s ha ayudado a combatir el aislamiento secular de las humanidades. </p>

			<p>Ning&#x00FA;n estudio de conjunto de las relaciones entre las humanidades y el pensamiento cient&#x00ED;fico podr&#x00ED;a hoy dejar de lado la llamada cultura visual, ni ignorar los problemas espec&#x00ED;ficos que presenta para disciplinas como la semi&#x00F3;tica o la teor&#x00ED;a del arte <italic>la constante interacci&#x00F3;n contempor&#x00E1;nea entre el ver y el saber</italic>, entre las im&#x00E1;genes y los conocimientos producidos por las ciencias. Josep Maria Catal&#x00E0; Dom&#x00E8;nech asume el reto y analiza dicha interacci&#x00F3;n, pregunt&#x00E1;ndose en particular si la conversi&#x00F3;n de la realidad en im&#x00E1;genes epistemol&#x00F3;gicas, cient&#x00ED;ficas, es factible, c&#x00F3;mo y a qu&#x00E9; precio. El autor procede a explorar las diferencias entre las im&#x00E1;genes cient&#x00ED;ficas y las art&#x00ED;sticas: mientras que las im&#x00E1;genes art&#x00ED;sticas tienen condici&#x00F3;n <italic>metaf&#x00F3;rica</italic>, porque se asemejan a la realidad sin ser su calco literal, las de la ciencia resultan <italic>aleg&#x00F3;ricas</italic> en la medida en que, aunque vinculadas a la realidad, representan ante todo el conocimiento que tenemos de ella, es decir nuestra forma de pensarla mediante ideas o conceptos. Con el paso de los siglos la imagen cient&#x00ED;fica, fuertemente auxiliada por la tecnolog&#x00ED;a, se ha hecho cada vez m&#x00E1;s aleg&#x00F3;rica, esto es m&#x00E1;s abstracta, intelectual y cargada de teor&#x00ED;a, como sucede por ejemplo en las visualizaciones de la f&#x00ED;sica o de la qu&#x00ED;mica. Y se ha convertido as&#x00ED; en una especie de inh&#x00F3;spito no-lugar, perdiendo la calidez est&#x00E9;tica y narrativa que tuvo en la bot&#x00E1;nica y en la zoolog&#x00ED;a del siglo XVII, disciplinas cuyas ilustraciones se las arreglaban para ser no menos cient&#x00ED;ficas que art&#x00ED;sticas, y para transportar un relato cultural, una did&#x00E1;ctica mitolog&#x00ED;a sobre una realidad humanizada. Con todo, seg&#x00FA;n el autor, a&#x00FA;n cabe recuperar un humanismo de la imagen cient&#x00ED;fica. De modo semejante a como Gaston Bachelard se propuso -antes nos lo record&#x00F3; Gonz&#x00E1;lez Alcantud- abrir el significado de los s&#x00ED;mbolos (del mito, de la poes&#x00ED;a, etc.) sin renunciar al saber cient&#x00ED;fico sobre ellos, Catal&#x00E0; sugiere que la actual confluencia de la ciencia, de la divulgaci&#x00F3;n y de la ficci&#x00F3;n, por ejemplo en los manuales de ense&#x00F1;anza o en el cine de anticipaci&#x00F3;n, consigue difuminar los l&#x00ED;mites entre la ciencia y el arte, asociando sus distintos niveles epistemol&#x00F3;gicos y fundiendo el conocimiento y la imaginaci&#x00F3;n. En las im&#x00E1;genes divulgativas el saber disciplinar se vuelve por fin comprensible y elocuente, y ese es acaso el camino hacia una “tercera cultura” efectiva que cruce las mentalidades humanista (fundamentalmente metaf&#x00F3;rica) y cient&#x00ED;fica (principalmente aleg&#x00F3;rica), y que invente un discurso visual capaz de percibir la realidad con ojo est&#x00E9;tico y de interpretarla sin renunciar a describir su esencia. Una tercera cultura, muy alejada de la caricatura que de ella hicieran Sokal y Bricmont -quienes salen decididamente malparados en estas p&#x00E1;ginas- al invitar a las ciencias a replegarse sobre s&#x00ED; mismas y a declinar la comunicaci&#x00F3;n con las humanidades. Dentro de ese nuevo modelo de relaci&#x00F3;n entre los s&#x00ED;mbolos, la realidad y el conocimiento, adem&#x00E1;s de trabajar con las aleg&#x00F3;ricas teor&#x00ED;as cient&#x00ED;ficas se movilizar&#x00ED;a la dimensi&#x00F3;n metaf&#x00F3;rica, narrativa y est&#x00E9;tica propia de la vida cultural, con el objetivo de forjar una ciencia rigurosamente cient&#x00ED;fica a la par que incondicionalmente humana, la cual alimentar&#x00ED;a tambi&#x00E9;n un saber no especializado, justo aquel que, para J. M. Catal&#x00E0;, “da significado al mundo”. No parece menos, en efecto, lo exigible del enorme desarrollo de las habilidades cient&#x00ED;ficas, tecnol&#x00F3;gicas y art&#x00ED;sticas de la especie humana. </p>

			<p>Ahora bien, la interacci&#x00F3;n ciencia-arte en la imagen defendida por Catal&#x00E0; no es asunto neutro, ni queda al margen de la siempre vigente pol&#x00E9;mica sobre los potenciales usos sesgados de la cultura cient&#x00ED;fica por la comunicaci&#x00F3;n social, el &#x00E1;mbito donde m&#x00E1;s se propicia el encuentro del conocimiento con las im&#x00E1;genes. Seg&#x00FA;n el autor de esta introducci&#x00F3;n, las competencias de la imagen cient&#x00ED;fica para pensar la realidad, para extender -sobre todo gracias a las nuevas tecnolog&#x00ED;as- el saber que se tiene de ella, y para modificarla, est&#x00E1;n fuera de duda. No obstante, la atenci&#x00F3;n mutua que se prestan investigadores y artistas parece haber conducido antes que nada a saturar la dimensi&#x00F3;n est&#x00E9;tica de muchas im&#x00E1;genes cient&#x00ED;ficas, a ahogarlas bajo el lujo visual. Y al ser confusa la l&#x00ED;nea que separa, en nuestras sociedades del conocimiento que lo son por igual del espect&#x00E1;culo, la ciencia de la paraciencia, la divulgaci&#x00F3;n del adoctrinamiento y la informaci&#x00F3;n de la manipulaci&#x00F3;n, la opulencia perceptiva de las im&#x00E1;genes cient&#x00ED;ficas puede ejercer poco transparentes funciones ret&#x00F3;ricas dentro de unos medios de masas proclives a trasmitir tambi&#x00E9;n dudosas, cuando no alienantes, representaciones del mundo y de la vida. Por ejemplo, en las perturbadoras hipervisualizaciones del cuerpo humano del artista y vulgarizador m&#x00E9;dico Alexander Tsiaras, ampliamente difundidas en prensa, televisi&#x00F3;n e internet, se revela con qu&#x00E9; facilidad cabe poner la convergencia del arte, la ciencia y la tecnolog&#x00ED;a al servicio de la normalizaci&#x00F3;n de algunas discutibles obsesiones biopol&#x00ED;ticas del presente, antes que al de la irradiaci&#x00F3;n desinteresada del saber, o tanto como a esta. Y torcer as&#x00ED;, seg&#x00FA;n una maliciosa dial&#x00E9;ctica del conocimiento, el <italic>uso epist&#x00E9;mico</italic> de las im&#x00E1;genes cient&#x00ED;ficas hacia su <italic>abuso ideol&#x00F3;gico</italic>. </p>

			</sec>
			
			<sec id="S3">
			<title>PARA NO CONCLUIR</title>

			<p>El lector se habr&#x00E1; formado ya una idea sobre la complementariedad y la ocasional divergencia entre las tesis desplegadas por nuestros colaboradores. Ser&#x00ED;a aconsejable huir de la tentaci&#x00F3;n de cerrar lo que no tiene cierre, pues la investigaci&#x00F3;n, actividad esencialmente problem&#x00E1;tica, o m&#x00E1;s bien problematol&#x00F3;gica, suele ampliar a un tiempo el dominio de lo conocido y de lo desconocido. Content&#x00E9;monos pues con resumir primero, como en un ejercicio de epistemolog&#x00ED;a negativa, aquello de lo que no se trata al impulsar las relaciones de las humanidades y de las ciencias formales, naturales y sociales; y con sostener despu&#x00E9;s una &#x00FA;nica y moderada propuesta, aunque no carente de consecuencias, en lo que hace a la renovaci&#x00F3;n de los estudios human&#x00ED;sticos. </p>

			<p>De entrada, no se trata de aspirar a resolver definitivamente las grandes cuestiones sobre la realidad, el conocimiento y la verdad, cuestiones que se modificar&#x00E1;n al mismo ritmo en que lo haga la historia universal, ni de practicar un enciclopedismo presuntuoso, ni de reinventar una reencarnaci&#x00F3;n del intelectual total, esta vez m&#x00E1;s epist&#x00E9;mica que pol&#x00ED;ticamente orientado. No se trata de reducir unas ciencias a otras, y menos a&#x00FA;n las humanidades y las ciencias de la sociedad a ciencias formales y naturales, persiguiendo invariablemente un fisicalismo desentendido de la autonom&#x00ED;a parcial que lo simb&#x00F3;lico puede llegar a adquirir en su existencia cultural. No se trata de combatir la paulatina diferenciaci&#x00F3;n de los campos sociales, y entre ellos de los dominios del conocimiento, ya que, como consta, la especializaci&#x00F3;n es fuente de progreso. Y no se trata tampoco, o no deber&#x00ED;a tratarse, de relegitimar unas humanidades titubeantes produciendo meros efectos de cientificidad al frotarlas con las disciplinas m&#x00E1;s acreditadas del momento (con la gen&#x00E9;tica, la neurolog&#x00ED;a, las matem&#x00E1;ticas, etc.), ni a la inversa de ablandar las ciencias calificadas de “duras” mediante una dosis suficiente de humanismo ret&#x00F3;rico. Hasta aqu&#x00ED; algunas de las negaciones que son condici&#x00F3;n de posibilidad del levantamiento de una denegaci&#x00F3;n mucho m&#x00E1;s perjudicial, la de los v&#x00ED;nculos hist&#x00F3;ricos, estructurales y funcionales existentes entre el pensamiento human&#x00ED;stico y el pensamiento cient&#x00ED;fico. </p>

			<p>De lo que s&#x00ED; se tratar&#x00ED;a, en cambio, es de evitar que las humanidades sigan viviendo casi exclusivamente de la contestaci&#x00F3;n imaginaria de las ciencias, en lugar de colaborar con ellas all&#x00ED; donde es posible y deseable hacerlo; de defender, entonces, la necesidad de construir <italic>una misma racionalidad, cr&#x00ED;tica y reflexiva</italic>, para lo human&#x00ED;stico y para lo cient&#x00ED;fico, por ejemplo promocionando en todas las disciplinas el esfuerzo de objetivaci&#x00F3;n y el respeto de criterios metacognitivos contrastados como los de coherencia, empirismo o exhaustividad; de apuntalar los valores fundamentales que comparten a la vez los investigadores y los intelectuales, y de conseguir que dichos valores transciendan de los campos cient&#x00ED;fico e intelectual hacia la sociedad en su conjunto, contribuyendo as&#x00ED; a fortalecer los debates p&#x00FA;blicos seg&#x00FA;n el modelo de rigor y de revisabilidad que distingue el proceder de la ciencia. Y se tratar&#x00ED;a por fin, para terminar sin concluir, de recordar que si las preguntas capitales m&#x00E1;s arriba mencionadas sobre la realidad y el conocimiento no pueden recibir respuestas definitivas, porque el mundo se transforma con el saber que sobre &#x00E9;l se elabora, la b&#x00FA;squeda cooperativa e inacabable de la verdad como ideal regulativo, vieja ambici&#x00F3;n de un pragmatismo reformador, constituir&#x00ED;a un proyecto digno de ser retomado de com&#x00FA;n acuerdo por las ciencias y por las humanidades en tiempos de fracturas pol&#x00ED;ticas, desigualdades econ&#x00F3;micas y antagonismos religiosos.</p>
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		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
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				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>La edici&#x00F3;n del monogr&#x00E1;fico se enmarca en el proyecto I+D <italic>Inscripciones literarias de la ciencia: cognici&#x00F3;n, epistemolog&#x00ED;a y epistemocr&#x00ED;tica (ILICIA)</italic>, Ministerio de Econom&#x00ED;a y Competitividad, FFI2017-83932-P.</p>
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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
				
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			<element-citation publication-type="book">
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				  <name>
					  <surname>Moster&#x00ED;n</surname>
					  <given-names>J.</given-names>	  
				  </name>
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			  <year>2013</year>
			  <source>Ciencia, filosof&#x00ED;a y racionalidad</source>
			  <publisher-loc>Barcelona</publisher-loc>
			  <publisher-name>Gedisa</publisher-name>
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