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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
				<abbrev-journal-title>Arbor</abbrev-journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2018.790n4003</article-id>
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				<subject>HUMANIDADES Y PENSAMIENTO CIENT&#x00CD;FICO / HUMANITIES AND SCIENTIFIC THINKING</subject>
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				<article-title>Literatura, cuerpo y animalidad</article-title>
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					<trans-title>Literature, body and animality</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Literatura, cuerpo y animalidad</alt-title>
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					 <surname>Seligmann-Silva</surname>
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			<aff id="U1">Universidad Estatal de Campinas</aff>
	
			<author-notes>
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					ORCID iD: <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://orcid.org/0000-0001-9832-8415">https://orcid.org/0000-0001-9832-8415</ext-link>
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				<day>31</day>
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				<year>2018</year>
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			<year>2018</year>
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			<volume>194</volume>
			<issue>790</issue>
			
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia de uso y distribuci&#x00F3;n Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).</license-p>
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			<abstract xml:lang="es">
				<title>RESUMEN</title>
				<p>En la primera parte de este texto, se exploran los or&#x00ED;genes del <italic>topos</italic> de la animalidad en nuestra cultura moderna; para ello se recuperan temas tratados desde la creaci&#x00F3;n de la est&#x00E9;tica, y se arroja luz sobre el encuentro de la reflexi&#x00F3;n est&#x00E9;tica con la ciencia (en especial con Darwin y su teor&#x00ED;a del origen de las especies). En la segunda, el autor asume la identidad de Rotpeter, el personaje de Kafka, y presenta el tratamiento de los animales en el escritor de Praga. En el ep&#x00ED;grafe final se retoma el debate en torno a la cuesti&#x00F3;n animal y a la “naturaleza” en el contexto de una biopol&#x00ED;tica de la compasi&#x00F3;n; aqu&#x00ED; el autor apoya la discusi&#x00F3;n en dos obras de J. M. Coetzee, con el objetivo de mostrar hasta qu&#x00E9; punto la compasi&#x00F3;n y la beneficencia pueden hallarse en el origen de una simple tutela autoritaria ejercida hacia el “otro”.</p>
			</abstract>
			
									
			<trans-abstract xml:lang="en">
				<title>ABSTRACT</title>
				<p>This text has three parts. In the first part, there is a discussion about the origins of the <italic>topos</italic> of animality in contemporary culture. The author does this by retrieving topics that first emerged at the creation of Aesthetics, and also presents the meeting points of aesthetics and science (specially the theorem of the origin of the species by Darwin). In the second part, the author assumes the identity of the character created by Kafka, Rotpeter, and writes about the question of animality in the works of this writer from Prague. In the conclusion, the text shows how this debate about animal and “nature” themes can be considered in in the context of the biopolitical issue of compassion. At this point, the author bases his discussion on two books by J. M. Coetzee, and shows how compassion and charity can be at the origin of an authoritarian tutelage of the “other”.</p>
			</trans-abstract>
			
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				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Animalidad</kwd>
				<kwd>compasi&#x00F3;n</kwd>
				<kwd>abyecci&#x00F3;n</kwd>
			</kwd-group>
			
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				<title>KEYWORDS</title> 			
				<kwd>Animality</kwd>	
				<kwd>compassion</kwd>
				<kwd>abjection</kwd>
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	<body>	
			
		<sec id="S1">
			<title>INTRODUCCI&#x00D3;N</title>

			<p>Desde el siglo XVIII, es decir desde la Ilustraci&#x00F3;n y su deseo de explicar el mundo por medio de la raz&#x00F3;n cient&#x00ED;fica, una fuente privilegiada para pensar el hombre es su confrontaci&#x00F3;n con el animal. En la definici&#x00F3;n del ser humano, el animal sirve en tanto espejo, en el que unas veces se percibe la diferencia, y otras la semejanza con nosotros. El hombre surge como una continuidad o como una ruptura con respecto a la naturaleza. En ese proceso la objetivaci&#x00F3;n de la naturaleza conduce, <italic>more</italic> dial&#x00E9;ctico, al intento de rescatarla, ya sea proponiendo un retorno hacia ella -cuya manifestaci&#x00F3;n m&#x00E1;s reciente es el <italic>ambientalismo</italic> moderno-, ya defendiendo nuestro ser animal. Es oportuno recordar aqu&#x00ED; la obra de Jean-Jacques Rousseau, conocido como el abuelo del ambientalismo. Para el fil&#x00F3;sofo, la piedad es el principio <italic>par excellence</italic> de una moral <italic>natural</italic>, en cuanto se trata de un sentimiento inmediato, anterior a la reflexi&#x00F3;n. Gracias a la piedad, podemos ponernos<italic> en el lugar de quien sufre</italic> e <italic>identificarnos</italic> con &#x00E9;l. En un sentido transparentemente cristiano, leemos en el autor que la piedad es la primera pasi&#x00F3;n relacional; el piadoso lleva en s&#x00ED; mismo “le triste tableau de l’humanit&#x00E9;”, ya que toda la humanidad sufre. En su <italic>Discours sur les origines de l’in&#x00E9;galit&#x00E9; parmi les hommes</italic>, Rousseau elabora el concepto de piedad y fundamenta en &#x00E9;l el derecho natural (<xref ref-type="bibr" rid="CIT25">1976</xref>, p. 43):</p>

						<disp-quote><p>No juzgo tener que temer ninguna contradicci&#x00F3;n al conceder al hombre la &#x00FA;nica virtud natural que hasta el m&#x00E1;s feroz detractor de las virtudes humanas le hubo de reconocer. Hablo de la piedad, disposici&#x00F3;n que conviene a seres tan d&#x00E9;biles y sujetos a tantos males como somos nosotros; virtud tanto m&#x00E1;s universal y &#x00FA;til al hombre cuanto que es anterior al uso de cualquier reflexi&#x00F3;n, y tan natural que los propios animales dan se&#x00F1;ales sensibles de ella algunas veces<xref ref-type="fn" rid="NOTE1">1</xref>.</p></disp-quote>

			<p>Como prueba de la naturalidad de la piedad y de su precedencia a toda reflexi&#x00F3;n, Rousseau recuerda que en los espect&#x00E1;culos se enternecen y lloran aun aquellos que, si fueran tiranos, no dudar&#x00ED;an en someter a tormento a sus enemigos; una idea que Diderot tambi&#x00E9;n expondr&#x00ED;a en su <italic>Paradoja sobre el comediante</italic> (<italic>circa</italic> 1773), aunque con la casi contraria intenci&#x00F3;n de probar la ausencia de efecto moral virtuoso en el teatro. Rousseau se sirve de ella, en cambio, para acreditar nuestra piedad natural. Todas las virtudes sociales se derivan de la piedad, y el hombre equipado solamente con la raz&#x00F3;n y sin piedad ser&#x00ED;a un monstruo. Entre los frutos de la piedad, el ginebrino menciona la amistad, la misericordia y la generosidad. La conmiseraci&#x00F3;n ser&#x00ED;a “un sentimiento que nos pone en el lugar de aquel que sufre”, pero que se habr&#x00ED;a debilitado en el hombre civil. La base de la conmiseraci&#x00F3;n, como la de la piedad, es la identificaci&#x00F3;n: “La conmiseraci&#x00F3;n ser&#x00E1; tanto m&#x00E1;s fuerte cuanto m&#x00E1;s &#x00ED;ntimamente se identifique el animal espectador con el animal que sufre” (“La commiseration sera d’autant plus &#x00E9;nergique que l’animal spectateur s’identifiera plus intimement avec l’animal souffrant”, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1964</xref>, p. 155). Resulta interesante que, justo en este fragmento, Rousseau escriba dos veces el t&#x00E9;rmino <italic>animal</italic>: el fil&#x00F3;sofo est&#x00E1; elaborando una teor&#x00ED;a de la piedad natural. La raz&#x00F3;n, al engendrar el amor propio, permite, gracias al fortalecimiento de la reflexi&#x00F3;n, que dejemos de identificarnos con la persona que sufre. Como resumi&#x00F3; Hannah Arendt, seg&#x00FA;n Rousseau “donde terminaba la pasi&#x00F3;n -la capacidad de sufrimiento- y la compasi&#x00F3;n -la capacidad de sufrir con los dem&#x00E1;s- comenzaba el vicio” (Arendt, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1988</xref>, p. 64). Para &#x00E9;l, a diferencia de lo que pensaban los te&#x00F3;ricos de lo tr&#x00E1;gico y de lo sublime, pero en armon&#x00ED;a con ciertos autores cristianos, la compasi&#x00F3;n estar&#x00ED;a vinculada a una extendida repugnancia por la muerte y por el sufrimiento. Tambi&#x00E9;n la teor&#x00ED;a moral del siglo XVIII (al contrario que Burke) suele referirse al malestar provocado por la contemplaci&#x00F3;n del sufrimiento ajeno. Se nota en Rousseau una relectura piadosa de la historia: para impedir que termine en debilidad, aquel afirma que la piedad debe ser generalizada y ampliada al g&#x00E9;nero humano; teniendo piedad de la especie, la piedad se convierte en fuente de justicia.</p>

			<p>Recordamos aqu&#x00ED; estas palabras e hip&#x00F3;tesis de Rousseau para analizar la relaci&#x00F3;n entre la teor&#x00ED;a de la animalidad humana y la teor&#x00ED;a de la compasi&#x00F3;n. En este trabajo intentaremos profundizar en dicha relaci&#x00F3;n mediante tres incursiones en tan amplio asunto. En su primera parte, asumiremos la identidad del personaje Rotpeter, de Kafka, y estudiaremos el tratamiento de los animales en el escritor de Praga; as&#x00ED; abordaremos el tema de la construcci&#x00F3;n de lo humano desde sus v&#x00ED;nculos con su ser animal. Kafka es un autor fundamental, en cuya obra se advierte en qu&#x00E9; medida nuestra autoimagen procede de una identificaci&#x00F3;n con el mundo animal. En la segunda parte, rastrearemos los or&#x00ED;genes del problema de la animalidad en nuestra cultura moderna. Para ello, se recuperar&#x00E1;n ciertos temas frecuentados por la est&#x00E9;tica desde su fundaci&#x00F3;n, as&#x00ED; como se arrojar&#x00E1; luz sobre el encuentro entre la reflexi&#x00F3;n est&#x00E9;tica y la ciencia (poniendo el &#x00E9;nfasis en Darwin y en su teor&#x00ED;a del origen de las especies). En la conclusi&#x00F3;n, retomaremos el debate en torno a la cuesti&#x00F3;n animal y a la naturaleza en el contexto de una biopol&#x00ED;tica de la compasi&#x00F3;n; exploraremos entonces dos obras de J. M. Coetzee para mostrar en qu&#x00E9; medida la compasi&#x00F3;n y la caridad pueden conducir a un ambivalente ejercicio de cierta tutela autoritaria sobre el “otro”.</p>

			</sec>
			
			<sec id="S2">
			<title>ACTO I. INVESTIGACIONES DE UN SIMIO O NOSOTROS LOS ANIMALES EN KAFKA</title>

			<p>Estimados compa&#x00F1;eros de la academia, no se imaginan c&#x00F3;mo me lleg&#x00F3; esta invitaci&#x00F3;n a escribir sobre los animales en la obra de mi amigo Franz Kafka, y cu&#x00E1;nto me emocion&#x00E9; con ella. S&#x00ED;, mi amigo. Muchos de ustedes no est&#x00E1;n enterados, pero lo conoc&#x00ED; poco despu&#x00E9;s de haber &#x00E9;l publicado -para mi furor, sin mi permiso- ese texto que pronto se hizo famoso; me refiero, por supuesto, a <italic>Ein Bericht f&#x00FC;r eine Akademie</italic> (<italic>Un informe para una academia</italic>). En aquella &#x00E9;poca, yo todav&#x00ED;a era joven y no hab&#x00ED;a accedido a la academia, donde se aprende todo tipo de maniobras y de enga&#x00F1;os. Por entonces, a&#x00FA;n era inocente y puro. Sin embargo, me hace especialmente feliz esta invitaci&#x00F3;n porque el escribir sobre tal tema me permite no solo releer las p&#x00E1;ginas ya amarillentas de aquella obra &#x00FA;nica del (a pesar de todo) gran escritor de Praga -dicho sea aparte: ¡qu&#x00E9; bella ciudad!-, sino tambi&#x00E9;n recordar a compa&#x00F1;eros que viven al otro lado del Ecuador, en el pa&#x00ED;s tropical en el que yo mismo viv&#x00ED; hasta la edad de cinco a&#x00F1;os. Ya est&#x00E1;n al corriente de que desde aquel tiempo resido en Hamburgo, encantadora ciudad portuaria alemana. Pero ¡basta de pre&#x00E1;mbulos! Dispongo de poco espacio, tengo casi cien a&#x00F1;os y dependo adem&#x00E1;s de mi secretaria, Frau B&#x00FC;ndschen, que necesita regresar pronto a su casa para cuidar de su hijo reci&#x00E9;n nacido.</p>

			<p>Empecemos por el comienzo: ¿por qu&#x00E9; Kafka concedi&#x00F3; tanto espacio a los animales en sus textos? Para m&#x00ED;, eso es se&#x00F1;al de inteligencia: as&#x00ED; consigui&#x00F3; pensar mejor el propio animal-humano. Como simio que soy, y primo de ustedes, puedo decir con sinceridad que el se&#x00F1;or Kafka debe de haber sido uno de los que supieron bucear m&#x00E1;s profundamente en el hombre del siglo XX, esto es en alguien que no se siente en casa ni siquiera en su propio cuerpo. De hecho, &#x00E9;l no entend&#x00ED;a nada de animales. Le gust&#x00F3; mi informe porque all&#x00ED; expongo c&#x00F3;mo el ser humano est&#x00E1; muy cerca del ser animal. Yo cruc&#x00E9; galopando el proceso evolutivo que a ustedes les llev&#x00F3; cientos de miles de a&#x00F1;os recorrer. Como ustedes, yo tambi&#x00E9;n me humanic&#x00E9; pecando, es decir fabricando suciedad y ri&#x00E9;ndome: ¡escupiendo, bebiendo y fumando! Empec&#x00E9; por el <italic>Schnaps</italic> y acab&#x00E9; en el vino tinto: me encantan las delicadas uvas de las monta&#x00F1;as de la regi&#x00F3;n de Chirouble (¡Ya saben qu&#x00E9; regalarme!). Fui reconocido como ser humano el d&#x00ED;a en que solt&#x00E9; un “hola” justo despu&#x00E9;s de terminar una botella de <italic>eau de vie</italic>. De ah&#x00ED; en adelante, todo fue cuesti&#x00F3;n de imitaci&#x00F3;n. Yo, como buen simio, soy un excelente imitador. De simio a animal humanizado, y de animal humanizado a profesor, bastaron unos pocos pasos. El secreto consiste en imitar bien, como ya sab&#x00ED;a el gran Arist&#x00F3;teles. A Kafka le fascin&#x00F3; esta idea. Tal vez ello tenga que ver con la situaci&#x00F3;n de los jud&#x00ED;os en Europa, que en poco tiempo salieron de la marginalidad y de los <italic>shtetls</italic> -sus asentamientos del este europeo- para llegar a las grandes universidades. Pero la anterior es solo una divertida hip&#x00F3;tesis. No se olviden de que, a pesar de sus iron&#x00ED;as sobre &#x00E9;l, Kafka era un admirador de Darwin -el &#x00FA;nico cient&#x00ED;fico al que yo realmente respeto-, y aun de Freud -quien a su vez admiraba al cient&#x00ED;fico ingl&#x00E9;s-. Despu&#x00E9;s de todo, lo que Franz ve como mi proceso de humanizaci&#x00F3;n, Freud tambi&#x00E9;n lo describe en sus obras <italic>T&#x00F3;tem y tab&#x00FA;</italic> (que aquel pudo haber le&#x00ED;do) y <italic>El malestar en la cultura</italic> (s&#x00ED;, “en la cultura”, no “en la civilizaci&#x00F3;n”). Freud no era Rousseau, aquel fil&#x00F3;sofo suizo a quien, como escribi&#x00F3; Voltaire, le gustar&#x00ED;a haber vuelto a caminar a cuatro patas, y regresado al bosque. Rousseau era cr&#x00ED;tico con la civilizaci&#x00F3;n; Freud lleg&#x00F3; m&#x00E1;s al fondo y comprendi&#x00F3; que el hombre est&#x00E1; condenado a vivir en el malestar, <italic>Unbehagen</italic>, viva donde viva. Es decir, que est&#x00E1; condenado a sentirse desamparado. Yo tambi&#x00E9;n me siento as&#x00ED; desde el momento en que pronunci&#x00E9; aquel fat&#x00ED;dico “hola”.</p>

			<p>En el mismo volumen en que Kafka public&#x00F3; mi texto podemos leer tambi&#x00E9;n otros que me parecen relevantes para este tema. Uno de ellos es <italic>Chacales y &#x00E1;rabes</italic>. Se trata de un breve escrito sobre la relaci&#x00F3;n de los c&#x00E1;nidos del desierto con estos &#x00FA;ltimos. Aunque la historia es narrada por un “europeo del norte”, el inter&#x00E9;s reside en el protagonista, l&#x00ED;der de los chacales. All&#x00ED; asistimos a uno de los toques de genialidad de Kafka. Debemos recordar que el praguense construy&#x00F3; gran parte de su obra como una prolongaci&#x00F3;n de sus diarios (que eran, en verdad, “nocturnarios”, textos escritos por la noche y repletos de sue&#x00F1;os). Su escritura nac&#x00ED;a como parte de su vida. Constru&#x00ED;a personajes en sus textos de tal modo que los lectores se sintieran empujados a identificarlos con el autor, es decir con &#x00E9;l mismo. Con su pluma, supo interiorizar y diseminar como pocos el gesto auto-bio-gr&#x00E1;fico, central en la literatura desde entonces. Incluso en m&#x00ED; se crey&#x00F3; reconocer un trasunto del escritor praguense. En el caso concreto del relato sobre los chacales, confieso que es fuerte la tentaci&#x00F3;n de ver en ellos una tribu de jud&#x00ED;os que lucha sangrientamente con los &#x00E1;rabes desde hace siglos. “Necesitamos paz con ellos”, clama el chacal, quien sue&#x00F1;a con un desierto purificado de las sucias y b&#x00E1;rbaras costumbres de sus enemigos; sue&#x00F1;a, por ejemplo, con que los animales que los &#x00E1;rabes necesitan comer son sacrificados en el respeto ritual y sin crueldad. Como corroboraci&#x00F3;n de esta lectura judaizante, es fundamental recordar que Kafka public&#x00F3; su cuento sobre chacales, y el m&#x00ED;o propio, en la conocida revista editada por Martin Buber <italic>Der Jude</italic>, en 1917. Sin embargo, para m&#x00ED; lo decisivo no est&#x00E1; en el punto de vista &#x00E9;tnico, sino en la mirada sobre el animal humano que Kafka proyecta desde su texto. El animal es limpio; los hombres son sucios. El autor juega a la rayuela en la tortuosa ruta de la “evoluci&#x00F3;n”, calificada de “humana”; o quiz&#x00E1; tambi&#x00E9;n juega al <italic>Lego</italic> con las piezas de la creaci&#x00F3;n.</p>

			<p>Otro relato del mismo volumen, <italic>Un m&#x00E9;dico rural</italic> (a prop&#x00F3;sito, aparecido en 1920), pinta una peque&#x00F1;a ciudad que es significativamente invadida por los “n&#x00F3;madas del norte”; y en el titulado <italic>Una hoja vieja</italic> asistimos de nuevo a la operaci&#x00F3;n de animalizar a los hombres, o de despojar a esos animales avergonzados que son los hombres de su tenue vestimenta humana. Tales b&#x00E1;rbaros humanos comen carne cruda -como tambi&#x00E9;n lo hacen sus caballos-; a menudo, hombres y caballos comparten un mismo pedazo de carne que devoran juntos. Y si les cae una vaca, enloquecen y la desgarran al un&#x00ED;sono con sus afilados dientes, de un modo como solo Eur&#x00ED;pides fue capaz de describir en sus <italic>Bacantes</italic>, refiri&#x00E9;ndose al frenes&#x00ED; de las tebanas hechizadas por Dionisio. En ese relato kafkiano se cuenta la disoluci&#x00F3;n de la ciudad causada por una inoculaci&#x00F3;n (por cierto, igualmente dionis&#x00ED;aca) de lo “animal”. Pero hay m&#x00E1;s. Kafka presenta al rey, impotente en palacio, en tanto encarnaci&#x00F3;n de la crisis del poder soberano que, a su vez, necesita domar la “vida natural” (<italic>zoe</italic>), la “vida desnuda”, como escribi&#x00F3; otro famoso contempor&#x00E1;neo de Kafka, Walter Benjamin. Al examinar la vida animal, Kafka toca la crisis de la soberan&#x00ED;a y de nuestra autoimagen. Estas dos crisis aparecen como paralelas. Kafka apunta al animal en nosotros, como lo hicieran Freud y, antes de &#x00E9;l, Darwin; muestra un poder amorfo, te&#x00F3;ricamente monopolizador de la violencia, en su intento de administrar la vida desnuda que se le escapa -y a la cual Penteu y Cadmo, abuelo de Dionisio, tambi&#x00E9;n sucumbieron por no saber adorar y sacrificar a los dioses-.</p>

			<p>Sin embargo, Kafka solo trabaja con extremos para mejor deconstruirlos. Ese es el encanto de su narrativa. Lo que queda claro otra vez en el breve texto <italic>El nuevo abogado</italic>, que abre el mismo volumen y retrata a Buc&#x00E9;falo, el caballo de Alejandro Magno, como a un eminente jurista. Buc&#x00E9;falo estudia la ley y la representa. El animal, que fue reprimido en nosotros y sobre cuyo sacrificio construimos la cultura, es quien porta la insignia de jefe de polic&#x00ED;a, y quien representa a nuestro <italic>supery&#x00F3;</italic>. Y la literatura es esa “investigaci&#x00F3;n” sobre el ser humano que se realiza mediante una inmersi&#x00F3;n en nuestro ser animal.</p>

			<p>Algo semejante sucede en el maravilloso escrito de Franz sobre el expolio, publicado por nuestro amigo Max Brod justamente con el t&#x00ED;tulo de <italic>Investigaciones de un perro</italic>. Entre todos sus relatos de animales, es en este en el que m&#x00E1;s se nota la b&#x00FA;squeda de un punto de vista espec&#x00ED;ficamente animal (digo esto con conocimiento de causa, aun cuando la infancia animal se me haya perdido entre las profundas brumas de mi alma). Nuevamente, nos asalta la tentaci&#x00F3;n de leer el texto como un ensayo sobre la condici&#x00F3;n del jud&#x00ED;o sin patria, sin lugar y sin cuerpo. La narraci&#x00F3;n en primera persona obra prodigios: nos sentimos a cuatro patas, y yo mismo, al leerla, si no me contengo repito el antiguo gesto de rascarme las orejas con los pies. Por lo dem&#x00E1;s, el perro investigador, que se somete a un riguroso ayuno, acaba siendo obligado a comer por la fuerza. Imposible no pensar en el anor&#x00E9;xico Kafka y en la atracci&#x00F3;n que sent&#x00ED;a por quienes, como su “artista del hambre”, se autodestruyen a trav&#x00E9;s de la inanici&#x00F3;n. Pero dejemos de lado tal tentaci&#x00F3;n. El animal, en medio de una crisis vital y de una investigaci&#x00F3;n a la que ve como su tabla de salvaci&#x00F3;n, estudia precisamente el asunto del hambre, protofen&#x00F3;meno de nuestra (e incluyo en el “nuestra” a todos los animales) existencia. Ese perro es el primer gran investigador moderno de la vida desnuda, y en ello se revela precursor de Benjamin y de Agamben. Como el propio narrador canino asevera: “Todo el conocimiento, el conjunto de todas las preguntas y de todas las respuestas, est&#x00E1; contenido en los perros”. La figura perruna tiene grabada en su memoria animal una imagen que la atormenta. Se trata de lo que Freud denomin&#x00F3; una <italic>Urszene</italic>, una proto-escena, un espect&#x00E1;culo traum&#x00E1;tico de gran intensidad y de fuerte carga sexual. La escena, a la que nuestro amigo canino asisti&#x00F3; cuando era peque&#x00F1;o, estaba compuesta por un grupo de siete perros (“perros como t&#x00FA; y como yo”, escribe el narrador) que caminaban en fila, uno detr&#x00E1;s de otro, mientras mostraban p&#x00FA;blicamente sus partes &#x00ED;ntimas y produc&#x00ED;an una m&#x00FA;sica fascinante, atrayente y angustiosa. Mucho se podr&#x00ED;a escribir sobre pareja m&#x00FA;sica, pero no tenemos aqu&#x00ED; espacio. Qued&#x00E9;monos con la imagen del cuadr&#x00FA;pedo que expone su sexo sin sentir verg&#x00FC;enza. Freud explic&#x00F3; en <italic>El malestar en la cultura</italic> que el hombre, al volverse b&#x00ED;pedo, tuvo que reprimir sus instintos -incluso los sexuales, fuertemente vinculados al sentido del olfato-. La libido as&#x00ED; reprimida pudo canalizarse en la cultura. El hombre abandona su animalidad al pasar a avergonzarse de sus &#x00F3;rganos sexuales, ahora expuestos por la posici&#x00F3;n erguida. Los perros que traumatizan a nuestro narrador exhiben su sexo sin pudor (yo mismo, como ustedes pueden leer en mi informe, solo le ense&#x00F1;o mi sexo a mi compa&#x00F1;era simia entre cuatro paredes. Soy un ser cultural: <italic>Kulturmensch</italic>). Freud tambi&#x00E9;n escribir&#x00ED;a posteriormente bellas palabras sobre la sexualidad de los canes y sobre la relaci&#x00F3;n de esos animales con sus excrementos, una relaci&#x00F3;n que a nosotros nos escandaliza, a pesar de que a ellos los consideremos como nuestros mejores amigos.</p>

			<p>Mucho m&#x00E1;s se podr&#x00ED;a a&#x00F1;adir sobre la animalidad en la tradici&#x00F3;n de la f&#x00E1;bula, de Esopo a Perrault y a Orwell, y asimismo sobre otros animales kafkianos. La obra de Kafka <italic>Josefina la cantora o El pueblo de los ratones</italic> es tambi&#x00E9;n primorosa a este respecto. Otra vez m&#x00FA;sica, judeidad y sexualidad se mezclan en ella de manera muy original. Ya el conocid&#x00ED;simo relato <italic>La metamorfosis</italic> empieza con una frase que resume gran parte de la historia de la primera mitad del siglo XX: “Als Gregor Samsa eines Morgens aus <italic>un</italic>ruhigen Tr&#x00E4;umen erwachte, fand er sich in seinem Bett zu einem <italic>un</italic>geheueren <italic>Un</italic>geziefer verwandelt” (“Cuando Gregor Samsa despert&#x00F3; una ma&#x00F1;ana de sus sue&#x00F1;os intranquilos, se encontr&#x00F3; en su cama metamorfoseado en un insecto monstruoso”). En este fragmento, el prefijo negativo <italic>un</italic> es la marca de ese nuevo hombre que se descubre sin protecci&#x00F3;n (arrojado al malestar, <italic>Unbehagen</italic>), inmerso en culpa y en verg&#x00FC;enza, y con una casa -con una familia- en ruinas. ¿D&#x00F3;nde est&#x00E1; la familia en Kafka? Justamente en torno al gran insecto, y solamente all&#x00ED;. El insecto es lo siniestro, <italic>Unheimlich</italic>, la aparici&#x00F3;n de lo que “deber&#x00ED;a permanecer <italic>secreto</italic>, escondido, y que sin embargo se manifiesta”. El prefijo <italic>un</italic>, reiterado en semejantes t&#x00E9;rminos (“<italic>Unbehagen</italic>”, “<italic>Ungeheuer</italic>”, “<italic>Unheimlich</italic>”, “<italic>Unbewußten</italic>”: malestar, monstruoso, siniestro, inconsciente), se encuentra tambi&#x00E9;n en el centro de una est&#x00E9;tica que busca presentar “lo puramente humano”. Kafka fue uno de los grandes de tal tradici&#x00F3;n est&#x00E9;tica, y supo remodelarla a su manera.</p>

			<p>Como escribi&#x00F3; el perro investigador al que cito por &#x00FA;ltima vez, “no hay nada aqu&#x00ED; que comprender, son cosas obvias y naturales”. </p>

			<p>Estimados compa&#x00F1;eros, espero que no se ofendan si un viejo simio cojo se dirige a ustedes como si fuera su igual. Lo hago porque me emociona y me entusiasma verme honrado con la oportunidad de decirles estas palabras. </p>

			</sec>
			
			<sec id="S3">
			<title>ACTO II. LAS MATRICES DE LO ABYECTO: EL HOMBRE SIMIO. ESTACIONES DE UN TEMA</title>

			<p>Edmund Burke, en el par&#x00E1;grafo de su tratado de 1757 sobre lo bello y lo sublime dedicado al “Olfato y paladar, amargores y mal olor”, observa que “ning&#x00FA;n olor o sabor puede producir un sentimiento de admiraci&#x00F3;n [<italic>a grand sensation</italic>], excepto los amargores muy destacados y los olores insoportables” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1990</xref>, p. 78). Cuando son extremadamente fuertes y est&#x00E1;n “directamente apoyados en lo sensorial [<italic>lean directly upon the sensory</italic>]”, olores y sabores causan solamente dolor, sin deleite (<italic>delight</italic>). Sin embargo, si esas sensaciones son “moderadas, como en una descripci&#x00F3;n o narraci&#x00F3;n, se convierten en fuentes tan naturales de lo sublime como cualquier otra, y se basan en el mismo principio que el de un dolor moderado” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1990</xref>, p. 78). En otras palabras, la participaci&#x00F3;n o no del olfato (de olores intolerables) y del paladar (de amargores destacados) en la sensaci&#x00F3;n de lo sublime depende de un delicado juego de equilibrios: debe ser intensa, pero nunca tan intensa que est&#x00E9; a punto de trocarse en nada m&#x00E1;s que dolor, sin dejar espacio para el deleite. El modo de mitigar su efecto -y toda teor&#x00ED;a de lo sublime depende de un an&#x00E1;lisis del efecto- es su conversi&#x00F3;n narrativa, es decir su tr&#x00E1;nsito por el camino racional de la verbalizaci&#x00F3;n. Solo as&#x00ED;, respetando la dosis correcta de amargor y de mal olor, se puede -para Burke- tratar el asunto “con dignidad”, o sea mantenerlo dentro de la esfera de lo sublime. Seg&#x00FA;n el autor irland&#x00E9;s, cabe recordar que “la idea de lo sublime pertenece al instinto de conservaci&#x00F3;n”, y que “su afecci&#x00F3;n m&#x00E1;s fuerte es el sufrimiento” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1990</xref>, p. 79). La tirada sobre el olor y el paladar termina aludiendo a la posibilidad de incurrir, en estos puntos, en el <italic>vitium</italic> de la exageraci&#x00F3;n. Sus ejemplos proceden del mundo animal, y son esenciales para lo que sigue: “Las cosas terribles [<italic>Things which are terrible</italic>] son siempre grandiosas [<italic>great</italic>]; sin embargo, cuando tienen cualidades desagradables, as&#x00ED; como cuando poseen realmente alg&#x00FA;n grado de peligrosidad, aunque de un tipo f&#x00E1;cilmente superable, son apenas <italic>odiosas</italic> [<italic>odious</italic>], como por ejemplo sapos y ara&#x00F1;as” (Burke, <xref ref-type="bibr" rid="CIT10">1990</xref>, p. 79). Al establecer este l&#x00ED;mite, Burke levanta tambi&#x00E9;n una frontera entre lo sublime y lo que pas&#x00F3; a conocerse como “abyecto” a finales del siglo XX. Lo sublime todav&#x00ED;a era pensado por &#x00E9;l y por sus sucesores (Mendelssohn, Kant, Schiller) en clave de decoro ret&#x00F3;rico. Aquello que Burke denomina “odioso” debe ser aproximado a lo abyecto. Ambos conceptos implican una recusaci&#x00F3;n, una negaci&#x00F3;n. Recordemos que lo abyecto, tal como lo define el diccionario Houaiss, es lo “despreciable, bajo, innoble”, derivado del lat&#x00ED;n <italic>abjectus</italic>, “tirado por tierra, derribado, despreciable, vil [...] bajo, abatido”; el participio pasado del verbo <italic>abjecere</italic> que significa “lanzar, tirar, derribar, echar abajo, despreciar, rechazar”. El caso es que Burke y los te&#x00F3;ricos de lo sublime mantienen lo <italic>odious</italic>/detestable, y lo que Mendelssohn y Kant denominaron <italic>Ekelhaft</italic>, asqueroso, fuera del campo de las representaciones art&#x00ED;sticas (Seligmann-Silva, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2005</xref>, pp. 31-56).</p>

			<p>Quisiera proponer un paralelismo veros&#x00ED;mil entre, por un lado, la construcci&#x00F3;n en el campo est&#x00E9;tico (tanto en las obras como en la teor&#x00ED;a) del concepto de lo abyecto (en su parentesco con lo sublime, lo <italic>odious</italic> y lo asqueroso) y, por otro, los descubrimientos cient&#x00ED;ficos que se produjeron a lo largo del siglo XIX. Importa se&#x00F1;alar la simultaneidad de lo que puede describirse como el nacimiento del eje subterr&#x00E1;neo de lo abyecto, que pas&#x00F3; a manifestarse cada vez m&#x00E1;s en las obras de arte y, a su vez, el radical cambio en la visi&#x00F3;n del hombre impulsado por la teor&#x00ED;a darwiniana de la evoluci&#x00F3;n de las especies. Mi hip&#x00F3;tesis es que hay una relaci&#x00F3;n m&#x00E1;s que meramente hist&#x00F3;rica entre el hecho de que Darwin y la ciencia hayan revelado el ser animal en nuestro origen al mismo tiempo que la est&#x00E9;tica cl&#x00E1;sica se derrumb&#x00F3; bajo el peso de las presentaciones abyectas.</p>

			<p>Lo abyecto -aquello que se rechaza, se expulsa, se vomita- es, para Kristeva, un “objeto” primero; es el “<italic>refoulement originaire</italic>”, la “represi&#x00F3;n originaria”. Lo abyecto nos coloca, escribi&#x00F3; en su libro de 1980, frente a “esos estados fr&#x00E1;giles en los cuales el hombre vaga por los territorios del <italic>animal</italic>” (Kristeva, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">1980</xref>, p. 20). Si lo sublime proviene totalmente del instinto de conservaci&#x00F3;n, lo abyecto ilumina nuestro ser fragmentado: tambi&#x00E9;n ello es originario, y tambi&#x00E9;n de ello nace nuestra vida, aunque el foco ahora se dirige hacia “el otro borde”, es decir, hacia el difuso margen del “sujeto” pre-subjetivo, el sujeto en un mundo que todav&#x00ED;a no era mundo. Si en lo sublime hay deleite, en lo abyecto hay goce, <italic>jouissance</italic>, un placer ambiguo nacido de una <italic>catarsis</italic> del Otro que levanta al mismo tiempo la catastr&#x00F3;fica topograf&#x00ED;a de nuestro ser (Kristeva, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">1980</xref>, p. 16). En otras palabras, lo abyecto es pensado a partir de Kristeva como algo que nos remite al momento ritual de nuestra cultura, que obliga a lo simb&#x00F3;lico a un acto regresivo para protegerse a s&#x00ED; mismo, ya que el mundo est&#x00E1; desde siempre amenazado de ruptura bajo la fuerza de una masa abyecta primigenia que insiste en abrirse paso hasta la superficie.</p>

			<p>En tal sentido, antes de volver a la cuesti&#x00F3;n animal vale la pena recordar algunos otros componentes de la constelaci&#x00F3;n conceptual que hoy en d&#x00ED;a tiene en lo abyecto a su estrella m&#x00E1;s visible. En esta constelaci&#x00F3;n se percibe tambi&#x00E9;n claramente -y en aparente proximidad con la ambigua luminosidad de lo abyecto- la presencia de “lo informe” seg&#x00FA;n Bataille. Rosalind Krauss (re)lanz&#x00F3; con gran pompa dicho concepto competidor de la abyecci&#x00F3;n en la exposici&#x00F3;n de 1996 <italic>L’informe. Mode d’emploi</italic>, celebrada en el Centre Georges Pompidou, y en su cat&#x00E1;logo editado junto con Yve Alain Bois<xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref>. Cabe decir que los dos conceptos anteriores han intervenido a partes iguales en el debate te&#x00F3;rico y pr&#x00E1;ctico sobre lo sublime contempor&#x00E1;neo. Las contribuciones de Bataille a la revista <italic>Documents</italic> del a&#x00F1;o 1929 y siguientes constituyen un campo de batalla contra los modelos de belleza cl&#x00E1;sicos y contra la idealizaci&#x00F3;n del arte (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 485 y ss.). El art&#x00ED;culo <italic>Bouche</italic>, por ejemplo, muestra en una foto una enorme boca abierta: un verdadero ataque directo contra Lessing, quien en su <italic>Laocoonte</italic> de 1766 hab&#x00ED;a reivindicado, como uno de los pilares de las artes pl&#x00E1;sticas, una est&#x00E9;tica de la contenci&#x00F3;n y de la ocultaci&#x00F3;n de los orificios del cuerpo. La anatom&#x00ED;a c&#x00F3;mica de los simios entra tambi&#x00E9;n en escena en esta campa&#x00F1;a art&#x00ED;stica. En lugar del modelo solar apol&#x00ED;neo, que llevaba en su centro una visualidad ideal, Bataille propone en 1927 <italic>L’anus solaire</italic>, como si estuviera revelando el elemento abyecto de la imagen solar, o transformando el culto de lo bello en culto escatol&#x00F3;gico. Semejante programa est&#x00E9;tico se abre asimismo a la sexualidad violenta, y desemboca en una interpretaci&#x00F3;n sacrificial del arte. “Como Nietzsche, Bataille diagnostica en los contempor&#x00E1;neos un asco de s&#x00ED; mismos, de los instintos del animal de rapi&#x00F1;a, que tiene su origen en la debilidad” (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 489). Seg&#x00FA;n el ensayista franc&#x00E9;s, estamos perdiendo nuestra “crueldad inocente”: deber&#x00ED;amos liberar al animal encadenado dentro de nosotros. Despu&#x00E9;s de Sade, Baudelaire hab&#x00ED;a asociado tortura y voluptuosidad. En <italic>Mon coeur mis &#x00E0; nu</italic> este &#x00FA;ltimo escribi&#x00F3;: “Crueldad y lujuria, sensaciones id&#x00E9;nticas, como el extremo calor y el extremo fr&#x00ED;o” (Baudelaire, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1975</xref>, p. 683). Y en <italic>Les Paradis artificiels</italic> hace observar: “Pues as&#x00ED; como de una droga terrible, el ser humano disfruta del privilegio de poder extraer nuevos y sutiles placeres del dolor, de la cat&#x00E1;strofe y de la fatalidad” (Baudelaire, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1975</xref>, p. 400). Con Bataille, el movimiento de entrega a la crueldad y a una est&#x00E9;tica de la sangre y del dolor se radicaliza: de este modo, se actualiza nuevamente la tragedia con sus elementos dionis&#x00ED;acos y con su capacidad para encontrar satisfacci&#x00F3;n en el miedo. Lo bello solo encuentra lugar aqu&#x00ED; como algo que debe ser sacrificado: como un espacio para la desacralizaci&#x00F3;n y una fuente de goce a trav&#x00E9;s de su desfiguraci&#x00F3;n y de su “desfloraci&#x00F3;n”. En la estructura de lo sagrado, Bataille ve inserta, siguiendo a E. Durkheim y a M. Mauss, la propia necesidad del sacrilegio. Sin embargo, aunque Bataille haya escrito <italic>L’abjection et les formes mis&#x00E9;rables</italic>, no podemos confundir su antiest&#x00E9;tica con el concepto de abyecci&#x00F3;n de Kristeva. En Bataille no hay, como observ&#x00F3; Menninghaus, una teor&#x00ED;a de la econom&#x00ED;a pulsional de la abyecci&#x00F3;n, ni una investigaci&#x00F3;n sobre sus dimensiones psico-hist&#x00F3;ricas y no objetales, ni una hip&#x00F3;tesis sobre la abyecci&#x00F3;n originaria de la madre, centrales en Kristeva (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 523). Adem&#x00E1;s, el erotismo en Bataille se basa en el deseo masculino, mientras que Kristeva habla de la “econom&#x00ED;a biopulsional” de un cuerpo materno pre-objetal, y de un subsiguiente “tornarse objeto”.</p>
			<p>En tal sentido, antes de volver a la cuesti&#x00F3;n animal vale la pena recordar algunos otros componentes de la constelaci&#x00F3;n conceptual que hoy en d&#x00ED;a tiene en lo abyecto a su estrella m&#x00E1;s visible. En esta constelaci&#x00F3;n se percibe tambi&#x00E9;n claramente -y en aparente proximidad con la ambigua luminosidad de lo abyecto- la presencia de “lo informe” seg&#x00FA;n Bataille. Rosalind Krauss (re)lanz&#x00F3; con gran pompa dicho concepto competidor de la abyecci&#x00F3;n en la exposici&#x00F3;n de 1996 <italic>L’informe. Mode d’emploi</italic>, celebrada en el Centre Georges Pompidou, y en su cat&#x00E1;logo editado junto con Yve Alain Bois<xref ref-type="fn" rid="NOTE2">2</xref>. Cabe decir que los dos conceptos anteriores han intervenido a partes iguales en el debate te&#x00F3;rico y pr&#x00E1;ctico sobre lo sublime contempor&#x00E1;neo. Las contribuciones de Bataille a la revista <italic>Documents</italic> del a&#x00F1;o 1929 y siguientes constituyen un campo de batalla contra los modelos de belleza cl&#x00E1;sicos y contra la idealizaci&#x00F3;n del arte (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 485 y ss.). El art&#x00ED;culo <italic>Bouche</italic>, por ejemplo, muestra en una foto una enorme boca abierta: un verdadero ataque directo contra Lessing, quien en su <italic>Laocoonte</italic> de 1766 hab&#x00ED;a reivindicado, como uno de los pilares de las artes pl&#x00E1;sticas, una est&#x00E9;tica de la contenci&#x00F3;n y de la ocultaci&#x00F3;n de los orificios del cuerpo. La anatom&#x00ED;a c&#x00F3;mica de los simios entra tambi&#x00E9;n en escena en esta campa&#x00F1;a art&#x00ED;stica. En lugar del modelo solar apol&#x00ED;neo, que llevaba en su centro una visualidad ideal, Bataille propone en 1927 <italic>L’anus solaire</italic>, como si estuviera revelando el elemento abyecto de la imagen solar, o transformando el culto de lo bello en culto escatol&#x00F3;gico. Semejante programa est&#x00E9;tico se abre asimismo a la sexualidad violenta, y desemboca en una interpretaci&#x00F3;n sacrificial del arte. “Como Nietzsche, Bataille diagnostica en los contempor&#x00E1;neos un asco de s&#x00ED; mismos, de los instintos del animal de rapi&#x00F1;a, que tiene su origen en la debilidad” (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 489). Seg&#x00FA;n el ensayista franc&#x00E9;s, estamos perdiendo nuestra “crueldad inocente”: deber&#x00ED;amos liberar al animal encadenado dentro de nosotros. Despu&#x00E9;s de Sade, ya Baudelaire hab&#x00ED;a asociado tortura y voluptuosidad. En <italic>Mon coeur mis &#x00E0; nu</italic> este &#x00FA;ltimo escribi&#x00F3;: “Crueldad y lujuria, sensaciones id&#x00E9;nticas, como el extremo calor y el extremo fr&#x00ED;o” (Baudelaire, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1975</xref>, p. 683). Y en <italic>Les Paradis artificiels</italic> hace observar: “Pues as&#x00ED; como de una droga terrible, el ser humano disfruta del privilegio de poder extraer nuevos y sutiles placeres del dolor, de la cat&#x00E1;strofe y de la fatalidad” (Baudelaire, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1975</xref>, p. 400). Con Bataille, el movimiento de entrega a la crueldad y a una est&#x00E9;tica de la sangre y del dolor se radicaliza: de este modo, se actualiza nuevamente la tragedia con sus elementos dionis&#x00ED;acos y con su capacidad para encontrar satisfacci&#x00F3;n en el miedo. Lo bello solo encuentra lugar aqu&#x00ED; como algo que debe ser sacrificado: como un espacio para la desacralizaci&#x00F3;n y una fuente de goce a trav&#x00E9;s de su desfiguraci&#x00F3;n y de su “desfloraci&#x00F3;n”. En la estructura de lo sagrado, Bataille ve inserta, siguiendo a E. Durkheim y a M. Mauss, la propia necesidad del sacrilegio. Sin embargo, aunque Bataille haya escrito <italic>L’abjection et les formes mis&#x00E9;rables</italic>, no podemos confundir su antiest&#x00E9;tica con el concepto de abyecci&#x00F3;n de Kristeva. En Bataille no hay, como observ&#x00F3; Menninghaus, una teor&#x00ED;a de la econom&#x00ED;a pulsional de la abyecci&#x00F3;n, ni una investigaci&#x00F3;n sobre sus dimensiones psico-hist&#x00F3;ricas y no objetales, ni una hip&#x00F3;tesis sobre la abyecci&#x00F3;n originaria de la madre, centrales en Kristeva (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 523). Adem&#x00E1;s, el erotismo en Bataille se basa en el deseo masculino, mientras que Kristeva habla de la “econom&#x00ED;a biopulsional” de un cuerpo materno pre-objetal, y de un subsiguiente “tornarse objeto”.</p>

			<p>Bataille es relevante como figura central de la revuelta contra el modelo cl&#x00E1;sico y como continuador de la reestructuraci&#x00F3;n de lo est&#x00E9;tico a partir de lo que Adorno defini&#x00F3; en t&#x00E9;rminos de un “desencadenamiento de lo elemental”. Tal proceso -contin&#x00FA;a Adorno- estar&#x00ED;a vinculado con la “autoconciencia” de nuestro “ser natural” (Adorno, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1970</xref>, p. 29; Adorno, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">1982</xref>, p. 222). Para el fil&#x00F3;sofo el arte, sobre todo desde el romanticismo, pas&#x00F3; a estar dirigido por una dial&#x00E9;ctica entre lo “espiritual” y lo “elemental” (o lo “repelente”, lo “desagradable”: en una palabra, nuestro “ser naturaleza” siempre reprimido, o nuestro ser “apenas un animal”, que Schiller hab&#x00ED;a intentado descartar de la literatura).</p>

			<p>Este pasaje entre la forma humana y la animal era un lugar antiguo, ya conocido mucho antes de los descubrimientos de Darwin. A lo largo del siglo XVIII se dio un conflicto entre los adeptos de la teor&#x00ED;a de la “gran cadena de los seres”, quienes cre&#x00ED;an que exist&#x00ED;a una continuidad entre los mundos mineral, vegetal y animal, entre las especies m&#x00E1;s simples y las m&#x00E1;s complejas, y aquellos que se esforzaban por distinguir con claridad al hombre del resto de la creaci&#x00F3;n. La &#x00FA;ltima postura resultaba, como es evidente, mucho m&#x00E1;s compatible con los dogmas de la Iglesia, que autores como Herder y Kant todav&#x00ED;a hab&#x00ED;an intentado proteger durante sus incursiones en la antropolog&#x00ED;a. Pero la teor&#x00ED;a de la gran cadena de los seres permit&#x00ED;a, por ejemplo, la aproximaci&#x00F3;n de los negros a los animales, sobre todo a los simios. En Daniel Defoe encontramos un retrato del salvajismo marcado por la ambig&#x00FC;edad: los salvajes oscilar&#x00ED;an entre los polos de la docilidad (Viernes) y de la ferocidad (los dem&#x00E1;s integrantes de la tribu de Viernes, can&#x00ED;bales). De esta suerte, el autor asimila los “salvajes” a los animales, que son algunas veces mansos (o sea, domesticables) y otras pertenecen a una naturaleza descontrolada, externa a la civilizaci&#x00F3;n. Tambi&#x00E9;n el fil&#x00F3;sofo David Hume, y Edward Long, que lo sigue en este punto, aproximan los negros a los animales, pensando en la gran cadena de los seres. Long, en su <italic>History of Jamaica</italic>, fue uno de los mayores impulsores de la tesis sobre la animalidad de los negros, y de ella hizo derivar la justificaci&#x00F3;n de la esclavitud. Long afirmaba que en &#x00C1;frica los negros manten&#x00ED;an relaciones sexuales con simios. Contra la concepci&#x00F3;n cristiana de la monog&#x00E9;nesis, propuso la polig&#x00E9;nesis, ya que para &#x00E9;l blancos y negros constitu&#x00ED;an dos especies distintas. Junto con Hume, ve&#x00ED;a a los negros desprovistos de genio, de ciencia y de capacidad para el progreso (Cf. Bindman, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2002</xref>, p. 152). Buffon, antes de &#x00E9;l, al relacionar las distintas razas con los climas y su influencia ya hab&#x00ED;a adelantado ideas cercanas a las de Long. Es capital observar que todas estas teor&#x00ED;as ten&#x00ED;an un fuerte contenido est&#x00E9;tico y euroc&#x00E9;ntrico. Buffon condena la “fealdad” de los tipos no europeos y los estigmatiza como degenerados. Describiendo el aspecto exterior de los lapones, por ejemplo, sentencia: “Son todos igualmente groseros, supersticiosos, est&#x00FA;pidos [...] en su mayor parte, id&#x00F3;latras, [...] m&#x00E1;s groseros que los salvajes, sin coraje, sin respeto por s&#x00ED; mismos, sin pudor; este pueblo abyecto [<italic>abject</italic>] no tiene h&#x00E1;bitos que no merezcan desprecio” (<italic>Vari&#x00E9;t&#x00E9;s dans l’esp&#x00E8;ce humaine</italic>, citado en Bindman <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2002</xref>, p. 234). Aunque en Buffon, a diferencia de lo que afirma Long, no haya lugar para la hip&#x00F3;tesis de la polig&#x00E9;nesis, la concepci&#x00F3;n “cient&#x00ED;fica” de que puede existir un “pueblo abyecto” no deja de ser esclarecedora; y ha hecho, como se sabe, una triste carrera hasta nuestros d&#x00ED;as.</p>

			<p>La teor&#x00ED;a de evoluci&#x00F3;n de las especies hab&#x00ED;a entronizado la idea de que el hombre es parte de la cadena animal. Con sus an&#x00E1;lisis emp&#x00ED;ricos, Darwin desacredit&#x00F3; -o por lo menos lo intent&#x00F3;- a los pros&#x00E9;litos de las especulaciones pre-cient&#x00ED;ficas creacionistas. Es oportuno recordar alguno de ellos, sobre todo el que el autor despliega en su libro de 1872 <italic>La expresi&#x00F3;n de las emociones en el hombre y en los animales</italic>, pieza fundamental en la divulgaci&#x00F3;n de la teor&#x00ED;a de la evoluci&#x00F3;n de las especies y de la selecci&#x00F3;n natural. En esta obra, Darwin lleva a cabo un trabajo de comparaci&#x00F3;n entre las manifestaciones de la emocionalidad en el hombre y en diversos animales. El naturalista brit&#x00E1;nico hab&#x00ED;a movilizado un impresionante ej&#x00E9;rcito de corresponsales, ubicados por todo el mundo, para que le enviaran una descripci&#x00F3;n detallada de las reacciones y expresiones (faciales, pero tambi&#x00E9;n gestuales y corporales) de las poblaciones aut&#x00F3;ctonas. El objetivo era comprobar la unidad de la especie humana, en la misma medida en que la especie humana estaba vinculada a los otros animales. Con el fin de captar as&#x00ED; la “esencia” de la humanidad (del hombre, sin importar su educaci&#x00F3;n), dato fundamental para la teor&#x00ED;a que quer&#x00ED;a defender, Darwin recurre al examen de la conducta expresiva de “locos” y de ni&#x00F1;os, a las famosas fotograf&#x00ED;as de rostros con m&#x00FA;sculos galvanizados de Duchenne, a obras de arte y, por &#x00FA;ltimo, ya se ha mencionado, a la comparaci&#x00F3;n de “distintas razas humanas” (Darwin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>, p. 24). He aqu&#x00ED; un p&#x00E1;rrafo oportuno:</p>

						<disp-quote><p>En los humanos, algunas expresiones, como el erizar del cabello bajo la influencia del terror extremo, o ense&#x00F1;ar los dientes cuando se est&#x00E1; muy furioso, dif&#x00ED;cilmente pueden ser comprendidas sin la creencia de que el hombre existi&#x00F3; un d&#x00ED;a en una forma inferior y animalesca. El hecho de compartir ciertas expresiones entre especies distintas, aunque cercanas, como la contracci&#x00F3;n de los mismos m&#x00FA;sculos faciales durante la risa por el hombre y por varios grupos de simios, se torna m&#x00E1;s inteligible si creemos que ambos son descendientes de un ancestro com&#x00FA;n. Aquel que admita que, en general, la estructura y los h&#x00E1;bitos de todos los animales evolucionaron de forma gradual, abordar&#x00E1; el entero asunto de la expresi&#x00F3;n a partir de una perspectiva novedosa e interesante (Darwin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>, p. 22).</p></disp-quote>

			<p>Encontramos por tanto en Darwin la proposici&#x00F3;n expl&#x00ED;cita de que existe algo as&#x00ED; como “el animal dentro de nosotros”. Adem&#x00E1;s, al indagar las reacciones y expresiones humanas y animales, el padre de la teor&#x00ED;a de la evoluci&#x00F3;n encara el problema de lo abyecto de forma muy similar a la de Burke. En la parte dedicada a la expresi&#x00F3;n del <italic>disgust</italic>, del asco, Darwin afirma: “Este t&#x00E9;rmino, en su sentido m&#x00E1;s simple, significa algo desagradable al paladar” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2000</xref>, p. 241). Un nativo de Tierra del Fuego, contin&#x00FA;a, al tocar la carne fr&#x00ED;a que el cient&#x00ED;fico com&#x00ED;a, mostr&#x00F3; “enorme asco por su consistencia blanda”. Y a&#x00F1;ade: “A mi vez yo sent&#x00ED; un profundo asco de ver mi comida tocada por un nativo desnudo, aunque sus manos no parec&#x00ED;an sucias”. Darwin no analiza por qu&#x00E9; tuvo asco de ese hombre, pero para &#x00E9;l deber&#x00ED;a ser natural experimentarlo ante el contacto, aun indirecto, con “un nativo desnudo”, incluso con uno de manos limpias. No se trataba de un prurito de higiene: el asco es aqu&#x00ED; indicativo de la abyecci&#x00F3;n del “otro”, del aborigen, de la desnudez. Por otra parte, su reflexi&#x00F3;n sobre la repugnancia que nos producen los restos de comida en la barba de un hombre no deja de proceder de un <italic>insight</italic> de sutileza casi psicoanal&#x00ED;tica: siempre que vemos comida, surge en nosotros “la idea de comerla”. Aunque lamentablemente Darwin no se explica sobre este punto, sin duda la figuraci&#x00F3;n de aproximar nuestra boca a la barba del <italic>hombre</italic> ser&#x00ED;a lo que provoca el asco. Como se percibe, aqu&#x00ED; la abyecci&#x00F3;n transita tambi&#x00E9;n por las fronteras entre los g&#x00E9;neros y entre los deseos <italic>de-negados</italic>. M&#x00E1;s en general, la expresi&#x00F3;n del asco se derivar&#x00ED;a, para el naturalista, de los actos de escupir y vomitar. Darwin sostiene que nuestros antepasados deb&#x00ED;an tener la capacidad de regurgitar voluntariamente una comida que no les sentara bien, capacidad que compartir&#x00ED;an con los simios. Y as&#x00ED; el c&#x00ED;rculo se cierra: de lo abyecto del otro a lo abyecto del simio que siente lo mismo, la abyecci&#x00F3;n se convierte en una prueba, como volveremos a ver en Kafka, a la vez de nuestra animalidad y de la “humanidad” del simio.</p>

			<p>Obras como el <italic>Frankenstein</italic>, publicado en 1817 por Mary Shelley, y los cuentos de Hoffman, con sus personajes aut&#x00F3;matas, exploraban igualmente los l&#x00ED;mites de lo humano y buscaban dar forma a una nueva sensibilidad. El relato de Robert Louis Stevenson<italic> Dr. Jeckyll and Mr. Hyde</italic>, de 1886, fue escrito despu&#x00E9;s de que Darwin diera a la imprenta sus estudios. En esa literatura, ya no se trata de lo c&#x00F3;mico (como en Hogarth), ni del an&#x00E1;lisis del car&#x00E1;cter tras las fisonom&#x00ED;as (como en Lavater), sino m&#x00E1;s bien de incorporar el elemento terror&#x00ED;fico -el <italic>Unheimlich</italic>, dir&#x00ED;a Freud- de nuestro “origen”, ya sea interpretado seg&#x00FA;n la teor&#x00ED;a freudiana de la represi&#x00F3;n o seg&#x00FA;n la hip&#x00F3;tesis de lo abyecto como constitutivo y negador a la par de lo simb&#x00F3;lico.</p>

			<p>Si deseamos aquilatar el sentimiento de asco manifestado por ejemplo por Ottilie -el personaje de Goethe- respecto de las “afinidades electivas” con nuestros parientes primates, cabe recordar las palabras de Freud en su texto <italic>Die Verneinung</italic> (<italic>La negaci&#x00F3;n</italic>, 1925) sobre el origen de la capacidad de juicio. Hemos de tener presente que la negaci&#x00F3;n es un camino abierto para nuestro di&#x00E1;logo con lo reprimido. Freud hace emanar la facultad de juicio de un “c&#x00F3;digo elemental del Yo-Placer que consiste en la diferenciaci&#x00F3;n binaria entre ‘introducir en m&#x00ED;’ y ‘eliminar de s&#x00ED;’” (Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 519). Y escribe que tal diferenciaci&#x00F3;n se expresa “en el lenguaje de las pulsiones [<italic>Triebregungen</italic>] orales m&#x00E1;s antiguas: quiero comer esto o quiero escupir; y, traduci&#x00E9;ndolo de modo abierto [<italic>in weitergehender &#x00DC;bertragung</italic>]: quiero introducir esto en m&#x00ED; y expulsar aquello de m&#x00ED;. Es decir: debe estar en m&#x00ED; o fuera de m&#x00ED;. El Yo-Placer originario quiere [...] introyectar todo lo bueno y expulsar todo lo malo” (citado en Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 519). No hace falta dar un gran salto para pasar de esta idea a la noci&#x00F3;n de lo abyecto, aunque el concepto de Kristeva y tal teor&#x00ED;a del juicio tampoco sean estrictamente paralelos. Y eso sin contar con que, para Freud, el asco justamente despierta sentimientos reprimidos y regresivos de tipo polimorfo-perverso. Seg&#x00FA;n el fundador del psicoan&#x00E1;lisis, encontrar placer en los excrementos ser&#x00ED;a una herencia arcaica y “una pr&#x00E1;ctica infantil evidente; solo en el campo de la represi&#x00F3;n cultural y de los l&#x00ED;mites del asco la fijaci&#x00F3;n extempor&#x00E1;nea en ello tiende hacia el precipicio de las perversiones” (<italic>apud</italic> Menninghaus, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">1999</xref>, p. 533). No podemos olvidar que, en Freud, el proceso de aculturaci&#x00F3;n se confunde con el de hominizaci&#x00F3;n y pasa por la represi&#x00F3;n de los instintos y predilecciones animales, que son recluidos en las profundidades de nuestro ser. Como leemos en <italic>El malestar en la cultura</italic>, el tr&#x00E1;nsito del modo de caminar cuadr&#x00FA;pedo al b&#x00ED;pedo determin&#x00F3;, por un lado, una serie de represiones del olfato y de su papel en la excitaci&#x00F3;n y en las relaciones humanas; y, por otro, el aumento del papel de la visualidad. “Un factor social est&#x00E1; tambi&#x00E9;n inequ&#x00ED;vocamente presente en la tendencia cultural a la limpieza, la cual recibi&#x00F3;, <italic>ex post facto</italic>, justificaci&#x00F3;n en consideraciones higi&#x00E9;nicas, aunque se haya manifestado antes del descubrimiento de las &#x00FA;ltimas. El incentivo de la limpieza se origina en el impulso de deshacerse de las excreciones, que se tornaron desagradables a la percepci&#x00F3;n de los sentidos. Sabemos que, en la habitaci&#x00F3;n de los ni&#x00F1;os, las cosas son distintas”, escribe Freud. Y a&#x00F1;ade que si utilizamos el nombre de nuestro mejor amigo, el perro, como injuria es precisamente porque este tiene el olfato por sentido dominante, porque no le repugnan sus excrementos ni experimenta verg&#x00FC;enza ante sus funciones sexuales (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2010</xref>, p. 54).</p>

			<p>No es casualidad que el episodio central de <italic>Un informe para una Academia</italic> narre el d&#x00ED;a en que su humanizado mono protagonista aprende a escupir, pivote de su aventura de aculturaci&#x00F3;n. El sabio simio fue capturado tras recibir dos disparos: uno le habr&#x00ED;a alcanzado en un p&#x00F3;mulo -literalmente, en la “manzana de su cara” (p&#x00F3;mulo): cu&#x00E1;ntas manzanas en el proceso cultural, y en nuestras ca&#x00ED;das-; el otro le hiri&#x00F3; en las nalgas, que deb&#x00ED;an estar demasiado expuestas. Nuestro amigo orador ironiza en su informe sobre la idea de libertad: al igual que Freud, sabe que solo nos humanizamos gracias a nuestra capacidad para acostumbrar el cuerpo a los barrotes de una prisi&#x00F3;n, como hizo &#x00E9;l mismo tras ser capturado. Adem&#x00E1;s, el mono se volvi&#x00F3; hombre, como no pod&#x00ED;a ser menos, del mismo modo que todos nosotros: imitando a otros hombres. Su primer acto humano, por lo tanto, fue escupir: al lanzar su saliva, el mono dio a entender que era inteligente. Parafraseando a Borges, podemos afirmar que Darwin fue un gran lector de Kafka. Luego vino la pipa y, tras ella, el aguardiente. Despu&#x00E9;s de todo, Ad&#x00E1;n y Eva comenzaron con un peque&#x00F1;o pecado. En Hamburgo, la naturaleza del simio huy&#x00F3; r&#x00E1;pidamente de &#x00E9;l; a la inversa, su “primer profesor casi se convirti&#x00F3; &#x00E9;l mismo en un simio” (Kafka, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1999</xref>, p. 70). En esta narraci&#x00F3;n, nuestro ser animal abyecto toma la palabra y reclama la literatura como su reino propio. El simio-hombre, o el hombre-simio, presta su voz al animal que qued&#x00F3; aprisionado dentro de nosotros, y que nos remite a nuestro origen filo y ontog&#x00E9;nico con una iron&#x00ED;a que solo Kafka pudo dominar completamente.</p>

			</sec>
			
			<sec id="S4">
			<title>BAJANDO EL TEL&#x00D3;N</title>

			<p>Ser&#x00ED;a conveniente resituar la cuesti&#x00F3;n de nuestra animalidad en el contexto de las investigaciones sobre las tensiones entre la <italic>zoe</italic> y la <italic>bios</italic>, es decir entre la vida animal y la vida organizada. Como Arendt, Foucault y, m&#x00E1;s recientemente, Agamben han mostrado, la cultura occidental se inclin&#x00F3; por una politizaci&#x00F3;n de la <italic>zoe</italic>. Seg&#x00FA;n Freud deja patente en su ya citado <italic>El malestar en la cultura</italic>, la aculturaci&#x00F3;n es un largo proceso de alejamiento, represi&#x00F3;n y despedida del cuerpo. Nuestra “vida” se transforma en algo que ha de afrontarse y administrarse mediante t&#x00E9;cnicas destinadas a reimplantar el principio de placer all&#x00ED; donde la sociedad quiere, cueste lo que cueste, imponer la existencia en com&#x00FA;n y la renuncia a la felicidad en beneficio de la comuni&#x00F3;n<xref ref-type="fn" rid="NOTE3">3</xref>. Podemos hablar de una “dial&#x00E9;ctica de la compasi&#x00F3;n” en la medida en que la sociedad ampl&#x00ED;a cada vez m&#x00E1;s el c&#x00ED;rculo no solo de culturas, etnias y poblaciones humanas, sino tambi&#x00E9;n de animales y vegetales que deben ser incluidos y concertados en este gran plan de construcci&#x00F3;n de una unidad de la vida. Aqu&#x00ED;, la protecci&#x00F3;n no se deja distinguir del control.</p>

			<p>Por terminar con otra referencia literaria, J. M. Coetzee es uno de los escritores actuales que m&#x00E1;s y mejor aborda tales asuntos. Lo que Agamben denomina “biopol&#x00ED;tica” surge en la obra de Coetzee de la reflexi&#x00F3;n sobre la gesti&#x00F3;n de la vida y la muerte de los excluidos como “resto” de la sociedad, y tambi&#x00E9;n de sus incursiones literario-filos&#x00F3;ficas en el estudio de las fronteras entre el ser humano y el animal. En <italic>Vida y &#x00E9;poca de Michael K</italic>., (1983) por ejemplo, Coetzee narra la historia de un negro que se encuentra sin lugar en la sociedad de Sud&#x00E1;frica, mientras el <italic>apartheid</italic> se desmorona. Pero Michael K. no encarna solamente al negro sudafricano; en &#x00E9;l puede verse asimismo a un representante de los marginados que dependen del asistencialismo, con su doble cara de caridad y de control. Hacia el final del libro, definitivamente privado de espacio social, Michael K. piensa: “Me convert&#x00ED; en un objeto de caridad [...] Tal vez la verdad sea que basta estar fuera de los campos, fuera de todos los campos al mismo tiempo. Quiz&#x00E1;s ya eso represente una conquista por ahora. ¿Cu&#x00E1;nta gente queda que no est&#x00E1; ni presa ni montando guardia en la puerta? Escap&#x00E9; de los campos; tal vez, si me quedo en mi casa, escape tambi&#x00E9;n de la caridad” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2003</xref>, p. 208). ¿Qu&#x00E9; significa semejante “escapar de la caridad”? Coetzee, como intelectual blanco sudafricano, considera con dureza, en el anterior pasaje, la ambig&#x00FC;edad de los llamados “derechos humanos”, una exitosa doctrina biopol&#x00ED;tica que permite sin duda imponer el control en clave “caritativa” y bienintencionada. Los derechos humanos, iluminados de un modo cr&#x00ED;tico, fueron tambi&#x00E9;n tema central en su novela <italic>Disgrace</italic> (1999). Como Elisabeth Anker escribi&#x00F3; con respecto a esa obra, “the law remains an object of passionate ambivalence throughout the novel”, siendo as&#x00ED; que el autor apunta a los muchos peligros que acompa&#x00F1;an a los derechos humanos cuando se aplican como medio para alcanzar la justicia social (Anker, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2008</xref>, pp. 234-235). Coetzee cuestiona la universalizaci&#x00F3;n de ciertos <italic>a prioris</italic> caracter&#x00ED;sticos de los derechos humanos, gestados en Occidente y dentro de su horizonte legal y cultural. Derek Wright, en una rese&#x00F1;a tard&#x00ED;a de <italic>Michael K</italic>. (<xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1992</xref>), ya destacaba “the unspoken wish of the white authorities in the novel is for the blacks to vanish from the face of the earth and, preferably, into it” (Wright, <xref ref-type="bibr" rid="CIT29">1992</xref>, p. 437). Y en el libro K. desaparece literalmente sin dejar rastro, destaca Wright, derruyendo las fronteras entre &#x00E9;l y los animales e insectos de los que se alimenta. Al asumir ese reproche contra unos derechos humanos implantados como doctrina de los colonizadores, Coetzee ya apuntaba hacia una posici&#x00F3;n que los <italic>social studies</italic> y la cr&#x00ED;tica del derecho internacional consolidar&#x00ED;an en los a&#x00F1;os siguientes a su novela. Makua Wa Matua, exponente de los estudios de derechos humanos pensados a partir de la lucha de descolonizaci&#x00F3;n africana, afirm&#x00F3; por ejemplo en 1994 que “for Africa, the anti-colonial struggle was a human rights movement, different and separate from the modern human rights movements” (Matua, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1994</xref>, p. 30). La resistencia contra los colonialismos, y los movimientos de independencia, no fueron integrados hasta entonces; y, en verdad, solo lo han sido hoy parcialmente, en el modo en que pensamos y traducimos en acciones los derechos humanos<xref ref-type="fn" rid="NOTE4">4</xref>.</p>

			<p>En <italic>La vida de los animales</italic> Coetzee, por medio de su <italic>alter ego</italic> Elisabeth Costello -una exitosa escritora australiana, vegana y militante contra el maltrato animal- hab&#x00ED;a incorporado diversos fragmentos sobre la compasi&#x00F3;n y la simpat&#x00ED;a. Para Costello, contrariamente a Buffon<xref ref-type="fn" rid="NOTE5">5</xref>, y mucho m&#x00E1;s en sinton&#x00ED;a con lo que pensaba Bentham<xref ref-type="fn" rid="NOTE6">6</xref>, podemos identificarnos incluso con una ostra: “No hay l&#x00ED;mites para nuestra capacidad de percibir por el pensamiento el dolor de los dem&#x00E1;s. No hay l&#x00ED;mites para la imaginaci&#x00F3;n simpatizante” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2002</xref>, p. 43). El personaje compara el asesinato cotidiano de millones de animales con un holocausto sin fin. En su opini&#x00F3;n, existir&#x00ED;a un estado de excepci&#x00F3;n en nuestra relaci&#x00F3;n con los animales, una situaci&#x00F3;n de guerra en la cual “no hay ley” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2002</xref>, p. 70). Costello cree que la compasi&#x00F3;n por los animales es reciente y, sobre todo, anglosajona; que, en otras palabras, puede ser tambi&#x00E9;n comprendida como una etapa m&#x00E1;s del colonialismo cong&#x00E9;nito de la Ilustraci&#x00F3;n. Es imposible reproducir aqu&#x00ED; las sutilezas de este texto polif&#x00F3;nico de Coetzee donde, a la vez que se enuncian y defienden con s&#x00F3;lidos argumentos las tesis veganas, tambi&#x00E9;n se ironiza sobre ellas y se las critica. Sin embargo, el objetivo del autor es justamente mostrar las apor&#x00ED;as con las que nos enfrentamos cuando se pasa a pensar la pol&#x00ED;tica desde el punto de vista de la alimentaci&#x00F3;n y de la compasi&#x00F3;n. El gran &#x00E9;xito de la literatura (y del ensayismo serio) consiste en no plegarse a soluciones f&#x00E1;ciles y simplistas.</p>

			<p>Aqu&#x00ED; acaba esta modesta exposici&#x00F3;n: “A ustedes, eminentes miembros de la Academia, solo les he presentado un informe” (Kafka, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">1999</xref>, p. 72).</p>
		</sec>
		
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	<back>
	

		
		<sec id="notas">
			<title>NOTAS</title>
		
			<fn-group>
				<fn id="NOTE1"><label>1</label>
					<p>Sobre la importancia de la piedad para la formaci&#x00F3;n de la sociedad, cf. tambi&#x00E9;n el prefacio al <italic>Discours</italic> (Rousseau, <xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1964</xref>, p. 125). No obstante, en su <italic>Essai sur l’origine des langues</italic> Rousseau se muestra m&#x00E1;s cercano a las ideas de Hobbes. All&#x00ED; argumenta que la piedad requiere un movimiento de reflexi&#x00F3;n inexistente en el estado de naturaleza. Aun as&#x00ED;, todav&#x00ED;a insiste en su naturalidad: “La piedad, aunque natural en el coraz&#x00F3;n del hombre, permanecer&#x00ED;a eternamente inactiva sin la imaginaci&#x00F3;n que la moviliza. ¿C&#x00F3;mo nos dejamos vencer por la piedad? Transport&#x00E1;ndonos hacia fuera de nosotros mismos, identific&#x00E1;ndonos con quien sufre. Solamente sufrimos en la medida en que juzgamos que aquel sufre; no es en nosotros, es en &#x00E9;l en quien sufrimos. Pensemos cu&#x00E1;nto conocimiento adquirido supone dicha manifestaci&#x00F3;n [...]. El que nunca reflexion&#x00F3; no puede ser clemente, ni justo, ni compasivo; tampoco puede ser malo y vengativo” (Rousseau, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1998</xref>, p. 139). Sobre la parad&#x00F3;jica unidad de la doctrina de la piedad en estas dos obras de Rousseau, cf. Derrida (<xref ref-type="bibr" rid="CIT14">1967</xref>, pp. 243-272).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE2"><label>2</label>
					<p>Esta exposici&#x00F3;n parisina ten&#x00ED;a cuatro puntos cardinales: materialismo de base, horizontalidad, “<italic>pulse</italic>” y entrop&#x00ED;a (Nelson y Shiff, <xref ref-type="bibr" rid="CIT23">2003</xref>, p. 291), y sirvi&#x00F3; de contrapunto a la exposici&#x00F3;n de 1993 sobre el <italic>Abject Art</italic> organizada por el Whitney Museum of Modern Art.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE3"><label>3</label>
					<p>“En el proceso de desarrollo del individuo, el objetivo principal es el programa del principio del placer, el cual consiste en obtener satisfacciones que proporcionen felicidad [...] Es distinto en el caso del proceso cultural; en este, el objetivo principal es, en gran medida, la producci&#x00F3;n de una unidad compuesta por individuos humanos; seguramente, el objetivo de tornarse feliz existe todav&#x00ED;a, pero queda en segundo plano, y casi siempre se tiene la sensaci&#x00F3;n de que la creaci&#x00F3;n de una gran comunidad humana ser&#x00ED;a m&#x00E1;s exitosa si no fuera necesario preocuparse por la felicidad del individuo” (Freud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT15">2010</xref>, p. 174).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE4"><label>4</label>
					<p>“To have local legitimacy and be a part of the push for a globalization from below, human rights need to abandon their claim to universality and should be replaced by a multicultural understanding of rights” (Barreto, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">2014</xref>, p. 418).</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE5"><label>5</label>
					<p>Buffon deja claro el modo de funcionamiento de la compasi&#x00F3;n, que para el naturalista era m&#x00E1;s corp&#x00F3;reo y “animal” que cultural. “Existe, por lo tanto, una especie de insensibilidad cruel en sacrificar sin necesidad sobre todo aquellos animales que son m&#x00E1;s cercanos a nosotros, que viven con nosotros y cuyo sentimiento se refleja en nosotros, destac&#x00E1;ndose por los signos del dolor; ya que aquellos cuya naturaleza es distinta de la nuestra pr&#x00E1;cticamente no pueden afectarnos. La piedad natural se funda en las relaciones que sostenemos con el objeto que sufre; es mucho m&#x00E1;s viva cuanto mayores sean la semejanza y la conformidad natural; sufrimos al ver sufrir a nuestro igual” [“La piti&#x00E9; naturelle est fond&#x00E9;e sur les rapports que nous avons avec l’objet qui souffre; elle est d’autant plus vive que la ressemblance, la conformit&#x00E9; de nature est plus grande; on souffre en voyant souffrir son semblable”]. “<italic>Compasi&#x00F3;n</italic>: esta palabra expresa suficientemente que se trata de un sufrimiento, de una pasi&#x00F3;n que compartimos; sin embargo, es menos el hombre quien sufre que su propia naturaleza la que padece, la que se rebela mec&#x00E1;nicamente y se coloca ella misma al un&#x00ED;sono con el dolor. El alma tiene menos que ver que el cuerpo con este sentimiento de piedad natural, y los animales son tambi&#x00E9;n susceptibles de &#x00E9;l; el grito de dolor los conmueve, corren para socorrer, retroceden frente a la visi&#x00F3;n de un cad&#x00E1;ver de su especie. As&#x00ED;, el horror y la piedad son menos pasiones del alma que afecciones naturales [“des affections naturelles”], dependientes de la sensibilidad del cuerpo y de la similitud de conformaci&#x00F3;n; este sentimiento debe, por lo tanto, disminuir en la medida en que las naturalezas se distancian. Un perro que golpeamos y una oveja que degollamos nos causan alguna piedad; un &#x00E1;rbol que cortamos y una ostra que mordemos no provocan ninguna piedad” (Buffon, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2007</xref>, p. 748). La historia de la Ilustraci&#x00F3;n es tambi&#x00E9;n la de la ampliaci&#x00F3;n de tal c&#x00ED;rculo de empat&#x00ED;a -ampliaci&#x00F3;n paralela, y no opuesta, a la expansi&#x00F3;n de la violencia-.</p>
				</fn>
				
				<fn id="NOTE6"><label>6</label>
					<p>“Llegar&#x00E1; un d&#x00ED;a en que la humanidad extender&#x00E1; su manto sobre todo lo que respira. [“Il viendra un temps o&#x00F9; l’humanit&#x00E9; &#x00E9;tendra son manteau sur tout ce qui respire.”] Empezamos a conmovernos con la suerte de los esclavos: terminaremos endulzando la suerte de los animales que sirven a nuestros trabajos y a nuestras necesidades.”(Bentham, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">1802/1864</xref>, p. 428).</p>
				</fn>

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			<title>BIBLIOGRAF&#x00CD;A</title>
				
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