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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
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			<issn pub-type="epub">0210-1963</issn>
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				<publisher-name>Consejo Superior de Investigaciones Cient&#x00ED;ficas</publisher-name>
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			<article-id pub-id-type="publisher-id">arbor.2018.790n4007</article-id>
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				<subject>HUMANIDADES Y PENSAMIENTO CIENT&#x00CD;FICO / HUMANITIES AND SCIENTIFIC THINKING</subject>
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				<article-title>Desdoblado de dolor: est&#x00E9;tica de la anestesia</article-title>
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					<trans-title>Unfolded with pain: the aesthetics of anesthesia</trans-title>
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				<alt-title alt-title-type="running-head">Desdoblado de dolor: est&#x00E9;tica de la anestesia</alt-title>
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					 <surname>Gonz&#x00E1;lez Fern&#x00E1;ndez</surname>
					 <given-names>Francisco</given-names>
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			<aff id="U1">Universidad de Oviedo</aff>
			
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					ORCID iD: <ext-link ext-link-type="uri" xlink:href="https://orcid.org/0000-0002-1391-6646">https://orcid.org/0000-0002-1391-6646</ext-link>
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				<year>2018</year>
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			<year>2018</year>
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			<volume>194</volume>
			<issue>790</issue>
			
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					<license-p>Este es un art&#x00ED;culo de acceso abierto distribuido bajo los t&#x00E9;rminos de la licencia de uso y distribuci&#x00F3;n Creative Commons Reconocimiento 4.0 Internacional (CC BY 4.0).</license-p>
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				<title>RESUMEN</title>
				<p>A lo largo del siglo XIX el tema literario del doble experimenta un cambio notable, tanto por el &#x00ED;ns&#x00F3;lito incremento del n&#x00FA;mero de relatos dedicados a este personaje como por la naturaleza siniestra que adquiere entonces. Entre los m&#x00FA;ltiples factores que favorecieron la aparici&#x00F3;n de este <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic> destacan los avances y descubrimientos que se produjeron en esos a&#x00F1;os en el campo de la medicina, especialmente en lo concerniente al dolor y a su posible supresi&#x00F3;n. La manifestaci&#x00F3;n del sufrimiento produce en el paciente una sensaci&#x00F3;n de despersonalizaci&#x00F3;n y disociaci&#x00F3;n que lo lleva a identificar su sufrimiento con un “ello”, como si fuera un antagonista, como si del dolor emergiera un doble. El descubrimiento de la anestesia hacia 1850 trajo consigo la reevaluaci&#x00F3;n de la experiencia del dolor, que dej&#x00F3; de ser entonces considerado como inseparable de la vida. La capacidad para eliminar el sufrimiento propici&#x00F3; su objetivaci&#x00F3;n, y numerosos poetas y novelistas convirtieron la antigua y legendaria figura del doble en el recept&#x00E1;culo donde hicieron cristalizar sus efectos disociativos.</p>
			</abstract>
			
									
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				<title>ABSTRACT</title>
				<p>Throughout the 19th century, the literary theme of the “double” underwent a significant change, due both to the remarkable increase in the number of narratives devoted to this theme, and to the sinister nature it adopted at that time. Amongst the multiple factors which favored the advent of this <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic> we highlight the advances and discoveries that were made in the field of medicine during those years, especially concerning pain and the possibility of suppressing it. Suffering provokes in the patient a feeling of depersonalization and dissociation which makes him associate his suffering with an “it”, a sort of antagonist, as if a double emerges from the experience of pain itself. The discovery of anesthesia around 1850 brought about a reassessment of the experience of pain, which ceased to be regarded as inseparable from life. The capacity to suppress suffering facilitated its objectivization, and several poets and novelists turned the old and legendary figure of the double into a receptacle where its dissociative effects crystalized.</p>
			</trans-abstract>
			
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				<title>PALABRAS CLAVE</title>
				<kwd>Dolor</kwd>
				<kwd>doble</kwd>
				<kwd>doppelg&#x00E4;nger</kwd>
				<kwd>anestesia</kwd>
				<kwd>fantasmagor&#x00ED;a</kwd>
				<kwd>experimento</kwd>
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				<title>KEYWORDS</title> 			
				<kwd>Pain</kwd>	
				<kwd>double</kwd>
				<kwd>doppelg&#x00E4;nger</kwd>
				<kwd>anesthesia</kwd>
				<kwd>phantasmagory</kwd>
				<kwd>experiment</kwd>
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			<title/>
			
			<p>El doble es una sombra descosida. El doble acompa&#x00F1;a al hombre desde la noche de los tiempos, custodia al individuo desde su nacimiento. Aunque su presencia recorre toda la historia de la literatura hay que esperar sin embargo a la &#x00E9;poca moderna para que llegue a constituirse en un aut&#x00E9;ntico tema literario. El siglo XIX supuso a este respecto un verdadero punto de inflexi&#x00F3;n, no solo por la inusitada proliferaci&#x00F3;n de novelas, cuentos y relatos fant&#x00E1;sticos protagonizados por un doble, sino sobre todo por la transformaci&#x00F3;n que sufre entonces esta figura, que pasa de ser una sombra protectora o un personaje jocoso a convertirse en una aparici&#x00F3;n inquietante y a menudo siniestra. Teor&#x00ED;as cl&#x00E1;sicas del doble que descansan sobre el temor a la muerte o a lo reprimido como la de Otto Rank o la de Sigmund Freud aportaron sin duda valiosas explicaciones de car&#x00E1;cter general, pero no ayudaron demasiado a entender la fascinaci&#x00F3;n que este tema hab&#x00ED;a ejercido sobre los escritores modernos. El doble es sin duda una figura universal; no obstante, su enfermiza propagaci&#x00F3;n en la literatura decimon&#x00F3;nica parece haber respondido a una nueva visi&#x00F3;n de la realidad, a una nueva sensibilidad.</p>

			<p>A partir de la revoluci&#x00F3;n francesa se produjo una mutaci&#x00F3;n radical en la naturaleza del individuo al dejar de ser el &#x00E1;rbol geneal&#x00F3;gico el vector de la identidad (<italic>cf</italic>. Arnaud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT01">2006</xref>, p. 30), pero pronto se hizo evidente que este nuevo Yo desarraigado era tan escurridizo como la propia sombra. Simult&#x00E1;neamente, la concepci&#x00F3;n rom&#x00E1;ntica del hombre, constantemente dividido entre la finitud de su Yo y la atracci&#x00F3;n hacia lo absoluto, no hizo m&#x00E1;s que encerrar al individuo en un laberinto de apor&#x00ED;as en cuyo centro aguardaba la figura siniestra del <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic>. Ahora bien, ni la creciente autarqu&#x00ED;a del individuo moderno ni la extrema atenci&#x00F3;n que prestaron al Yo los rom&#x00E1;nticos permiten explicar por s&#x00ED; solos el &#x00E9;xito que alcanzar&#x00ED;a el doble a lo largo del siglo XIX. Para poder entender el surgimiento de este tema literario es preciso asimismo considerar los avances y descubrimientos que fructificaron por esos a&#x00F1;os en el campo de la medicina y que ejercieron sobre la nueva configuraci&#x00F3;n de la identidad una poderosa influencia. Como indica Yves P&#x00E9;licier (<xref ref-type="bibr" rid="CIT23">1995</xref>, p. 124), el Romanticismo y el resto de los movimientos decimon&#x00F3;nicos encontraron una importante provisi&#x00F3;n de temas literarios emparentados con el <italic>Doppelg&#x00E4;nger</italic> en el mesmerismo, en el magnetismo animal, en el sonambulismo provocado, en la hipnosis y en la histeria cuyo estudio precisamente planteaba a todas luces el problema de la unidad del ser. El dolor, que se convierte entonces en el medio mediante el cual la medicina cl&#x00ED;nica investiga los sentidos y la sensibilidad, ser&#x00E1; otro de los factores determinantes, como se ver&#x00E1;, que explican el advenimiento, proliferaci&#x00F3;n y mutaci&#x00F3;n del doble en la imaginaci&#x00F3;n literaria de esta &#x00E9;poca. El doble siniestro emerge tambi&#x00E9;n de los sue&#x00F1;os de la medicina, de sus intentos de suprimir el dolor y el sufrimiento. Porque el doble se desprende del dolor, como si cobrara forma a trav&#x00E9;s de su objetivaci&#x00F3;n, como si fuera su propia imagen.</p>

			<p>La manifestaci&#x00F3;n del dolor comparte con el doble un rasgo esencial en el que no suele repararse a la hora de abordar este tema literario. El sufrimiento es sin duda la experiencia humana m&#x00E1;s individual e incomunicable. Salvo imperfectas e infructuosas met&#x00E1;foras (cuchillo, martillo, mordisco, garras, etc.), no hay palabras que puedan realmente transmitir lo que se siente al padecer un dolor f&#x00ED;sico. Confrontado a un acontecimiento indecible y radicalmente personal, el individuo doliente no solo permanece aislado de los dem&#x00E1;s, sino tambi&#x00E9;n de s&#x00ED; mismo, pues el dolor confiere al propio cuerpo una extra&#x00F1;eza absoluta y se convierte en una temible amenaza para la identidad del sujeto. David Le Breton recuerda a este respecto que al intentar expresar su dolor, numerosos pacientes acostumbran evocar la imagen de una entidad extra&#x00F1;a que los desmantela desde dentro: “El dolor es un momento de la existencia en que se sella para el individuo la impresi&#x00F3;n de que su cuerpo es distinto de &#x00E9;l. Una dualidad insuperable e intolerable lo encierra en una carne rebelde que lo constri&#x00F1;e a un sufrimiento del que &#x00E9;l mismo es el propio crisol” (Le Breton, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2006</xref>, p. 24). El dolor intenso provoca en quien lo sufre una sensaci&#x00F3;n de despersonalizaci&#x00F3;n y de disociaci&#x00F3;n: “El individuo se vive a s&#x00ED; mismo como una casa embrujada por la enfermedad o el dolor. De pronto no puede reconocer que forman cuerpo con &#x00E9;l, que son suyos, los quiere del Otro, externos, como si hacer entrar el mal en s&#x00ED; fuera el signo de una abdicaci&#x00F3;n ante la alteridad. Imagen ejemplar de la irrupci&#x00F3;n del <italic>ello</italic>, el dolor despersonaliza.” (Le Breton, <xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2006</xref>, p. 25). De ah&#x00ED; que la experiencia del dolor sea vivida desde tiempos inmemoriales como una posesi&#x00F3;n diab&#x00F3;lica, y que todav&#x00ED;a a finales del siglo XVIII y comienzos del XIX caricaturistas como Gillray, Bunbury, Gruikshank, Grandville o Daumier expresaran la migra&#x00F1;a, los dolores de gota o los provocados por c&#x00E1;lculos renales representando en sus vi&#x00F1;etas a diablillos y peque&#x00F1;os monstruos afanados en torturar al paciente.</p>

			<p>Quien sufre tiende a percibir el dolor como si fuera un “ello”. Explica a este respecto David Bakan que, si bien en circunstancias ordinarias el l&#x00ED;mite del yo coincide aproximadamente con el del cuerpo, siendo cuerpo y yo fenomenalmente una unidad en contraste con el medio ambiente, que es “otro”, la presencia del dolor provoca un movimiento descentralizador que lo identifica con algo externo al cuerpo pero que a la vez sigue siendo interno al yo; en una palabra, un “ello”. El dolor “no es parte del yo consciente, sino su antagonista: como algo que <italic>le</italic> ocurriese” (Bakan, <xref ref-type="bibr" rid="CIT02">1979</xref>, p. 84). En el caso de los pacientes cr&#x00F3;nicos se han estudiado en detalle las cualidades perceptivas y conceptuales del mundo en el que estos viven su dolor. El universo del dolor cr&#x00F3;nico estar&#x00ED;a caracterizado, seg&#x00FA;n Michael Houseman (<xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>), por tres rasgos principales. El primero es un desarreglo de la percepci&#x00F3;n del tiempo y del espacio: si por un lado el paciente ve que no logra aprehender el tiempo, por otro en su estado de hipersensibilidad las fronteras del individuo se vuelven borrosas, produci&#x00E9;ndose una confusi&#x00F3;n entre la parte y el todo del cuerpo. El segundo rasgo es la separaci&#x00F3;n radical entre el que sufre y los dem&#x00E1;s, incrementada por la inadecuaci&#x00F3;n del lenguaje frente al dolor. Por &#x00FA;ltimo, el mundo del dolor cr&#x00F3;nico reclama una explicaci&#x00F3;n urgente, exige identificar las causas y motivos del sufrimiento. La confluencia de estos tres rasgos desembocar&#x00ED;a para Houseman “en lo que representa tal vez la primera caracter&#x00ED;stica de la experiencia del dolor cr&#x00F3;nico, a saber una tendencia al desdoblamiento” (Houseman, <xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>, p. 83). Una disociaci&#x00F3;n que opera en varios registros: entre el yo y su existencia corporal, entre un yo dolorido y un yo sin dolor, entre un yo inconsciente y el yo consciente condenado a sufrir las penas. Por este motivo las personas que padecen dolor cr&#x00F3;nico ponen todo su empe&#x00F1;o en entender las causas de su mal, tratan por todos los medios “de precisar la naturaleza de esta relaci&#x00F3;n mal&#x00E9;fica que los agobia: la que existe entre yo y este ‘X’ que est&#x00E1; en el origen del sufrimiento”, de modo que a menudo “el dolor mismo se encuentra dotado de intencionalidad, convirti&#x00E9;ndose si no en un hom&#x00FA;nculo s&#x00ED; al menos en un interlocutor eventual -un ‘&#x00E9;l’ o un ‘esto’- al que el individuo se somete o no, con el que lucha o negocia, etc.” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>, p. 85). El dolor cr&#x00F3;nico se caracteriza as&#x00ED; por una configuraci&#x00F3;n relacional que es a la vez m&#x00E1;s que una simple unidad y menos que una aut&#x00E9;ntica dualidad, est&#x00E1; marcado “por un desdoblamiento inacabado e intr&#x00ED;nsecamente inestable” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT14">2005</xref>, p. 86). La persona que padece un dolor cr&#x00F3;nico se encuentra en una situaci&#x00F3;n que recuerda singularmente al extra&#x00F1;o caso que sufri&#x00F3; el Dr. Jekyll: no es ni uno, ni dual.</p>

			<p>As&#x00ED; pues, el dolor sume al paciente en un estado de desdoblamiento del ser: es algo propio (me duele a m&#x00ED; y solo a m&#x00ED;) y a la vez es percibido como algo ajeno que se ha adherido a uno (eso no es m&#x00ED;o). Es uno y es otro a un tiempo, como un doble. Al relatar recientemente sus <italic>Cr&#x00F3;nicas del dolor</italic>, Melanie Thernstrom no se sirve ya de la imagen decimon&#x00F3;nica de unos diablillos para exponer sus s&#x00ED;ntomas sino de la de un acompa&#x00F1;ante que no se separa de uno mismo: “El dolor no era como un intruso violento que se abre paso a golpes, hace estragos y despu&#x00E9;s se marcha. Se parec&#x00ED;a m&#x00E1;s a un compa&#x00F1;ero de piso desagradable: un amigo &#x00ED;ntimo y feo; una presencia amenazadora, sucia, que te distrae de tus asuntos y que, adem&#x00E1;s, se niega a marcharse.” (Thernstrom, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2012</xref>, p. 58). El dolor es ahora un <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic>, ese otro que camina a nuestro lado y que no nos abandona. De los min&#x00FA;sculos monstruos malvados revoloteando alrededor del paciente a este compa&#x00F1;ero indeseable que no quiere apartarse de uno, se evidencia un cambio significativo en la representaci&#x00F3;n del dolor al que contribuyeron los avances m&#x00E9;dicos de la &#x00E9;poca moderna. Es preciso se&#x00F1;alar a este respecto que si la disociaci&#x00F3;n ocasionada en el individuo por el dolor puede haber cristalizado en la mente de numerosos artistas llev&#x00E1;ndolos a imaginar la figura moderna del doble, alg&#x00FA;n hecho determinante vinculado al padecimiento tuvo que atraer la atenci&#x00F3;n de los poetas y los narradores decimon&#x00F3;nicos para que fueran precisamente ellos, y no sus antecesores, quienes convirtieran al <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic> en un mito. Y ese acontecimiento decisivo no fue otro que la posibilidad de anular o suprimir temporalmente el dolor que la ciencia hab&#x00ED;a brindado a la humanidad en esos mismos a&#x00F1;os. </p>

			<p>En una &#x00E9;poca en la que abundaron los conflictos sangrientos, en que en medio de la contienda los propios cirujanos tuvieron que librar sus propias cruentas batallas, operando y amputando en vivo a incontables soldados malheridos con la mayor prontitud, el descubrimiento de un procedimiento qu&#x00ED;mico que permitiera suprimir la sensaci&#x00F3;n de dolor durante las intervenciones fue saludado como una aut&#x00E9;ntica victoria de la humanidad sobre la naturaleza. La era de la cirug&#x00ED;a moderna naci&#x00F3; realmente cuando hacia 1850 la anestesia por &#x00E9;ter o cloroformo fue reconocida como una forma efectiva de anular o bloquear el dolor del paciente. Este descubrimiento supuso para los hombres un cambio de tal magnitud que en la actualidad los estudiosos de la cultura del dolor no dudan en dividir la historia de la humanidad en dos periodos radicalmente distintos a partir de este hito (Cf. Morris, <xref ref-type="bibr" rid="CIT21">1993</xref>, p. 70). Por primera vez el paciente no estaba ya confrontado al dilema de aguantar un sufrimiento insoportable o someterse a una operaci&#x00F3;n a&#x00FA;n m&#x00E1;s dolorosa para intentar librarse de su mal.</p>

			<p>Como toda revoluci&#x00F3;n, el descubrimiento de la narcosis fue el resultado de una compleja y conflictiva gestaci&#x00F3;n que dur&#x00F3; m&#x00E1;s de cincuenta a&#x00F1;os. La historia del nacimiento de la anestesia es bien conocida y puede leerse en detalle en el monumental estudio de Thomas Dormandy: <italic>El peor de los males</italic> (<xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2010</xref>) o en la fascinante <italic>Historia cultural del dolor</italic> de Javier Moscoso (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2011</xref>). Aqu&#x00ED; bastar&#x00E1; recordar que a finales del siglo XVIII el inter&#x00E9;s por los gases atmosf&#x00E9;ricos condujo a los qu&#x00ED;micos a experimentar con &#x00E9;ter, &#x00F3;xido nitroso y cloroformo, y aunque casualmente se observ&#x00F3; que estos gases provocaban mareos, sobrexcitaci&#x00F3;n y por &#x00FA;ltimo un profundo letargo, no se repar&#x00F3; en sus posibilidades para combatir el dolor. Como apunta Olivier Faure (<xref ref-type="bibr" rid="CIT10">2005</xref>, pp. 29-30), las investigaciones sobre el uso del &#x00E9;ter no se dieron en las esferas m&#x00E9;dicas sino qu&#x00ED;micas, y los primeros experimentos se hicieron en Estados Unidos en el marco de espect&#x00E1;culos circenses extendi&#x00E9;ndose desde aqu&#x00ED; a las profesiones param&#x00E9;dicas, en particular a los dentistas que fueron los primeros en emplearlo para suprimir el proverbial dolor de muelas. Precisamente dos dentistas norteamericanos, H. Wells y W. G. Morton, as&#x00ED; como un cient&#x00ED;fico, Ch. Jackson, comparten la gloria de haber derrotado al dolor al demostrarse en 1846 la eficacia de los vapores del &#x00E9;ter en una mesa de operaciones. En pocos meses, el m&#x00E9;todo para dejar insensibles al dolor a los pacientes mediante un gas -bautizado por el cirujano Holmes con el nombre de <italic>anestesia</italic> (del prefijo privativo griego <italic>an</italic> y <italic>aiesthesis</italic>, sensaci&#x00F3;n)- se extendi&#x00F3; como la p&#x00F3;lvora al continente europeo y fue recibido con entusiasmo por el cuerpo m&#x00E9;dico que al fin pod&#x00ED;a paliar el sufrimiento de los pacientes y dejar de o&#x00ED;r sus gritos en la mesa de operaciones.</p>

			<p>Pasada la exaltaci&#x00F3;n inicial, advierte Javier Moscoso (<xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2011</xref>, p. 166), la aparici&#x00F3;n de la anestesia tuvo no obstante que abrirse camino entre numerosas resistencias y cr&#x00ED;ticas de orden corporativo, pero tambi&#x00E9;n religioso-moral. Un m&#x00E9;dico como James Young Simpson, el famoso cirujano escoc&#x00E9;s que en 1847 hab&#x00ED;a descubierto las propiedades anest&#x00E9;sicas del cloroformo y las hab&#x00ED;a aprovechado para evitar a las mujeres los dolores del parto, tuvo que justificar su actuaci&#x00F3;n recurriendo a la interpretaci&#x00F3;n del G&#x00E9;nesis. La aparici&#x00F3;n y aceptaci&#x00F3;n de la anestesia solo fue posible cuando el espect&#x00E1;culo del sufrimiento se volvi&#x00F3; intolerable y las masacres p&#x00FA;blicas fueron sustituidas por pr&#x00E1;cticas m&#x00E1;s “higi&#x00E9;nicas” como la guillotina, cuando el individuo adquiri&#x00F3; verdaderos derechos y empez&#x00F3; a disfrutar de una comodidad que le permit&#x00ED;a prestar mayor atenci&#x00F3;n a su cuerpo; cuando, en fin, dej&#x00F3; de contemplar la vida como un valle de l&#x00E1;grimas y fue reemplazando la idea cristiana del sacrificio por una felicidad de origen rom&#x00E1;ntico que parec&#x00ED;a estar cada vez m&#x00E1;s al alcance de la mano gracias a la prosperidad que acompa&#x00F1;aba al progreso industrial (<italic>Cf</italic>. Corbin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT07">2005</xref>, p. 279). Este cambio de mentalidad hizo que el individuo moderno comenzara a exigir que se aliviaran sus sufrimientos y contribuy&#x00F3; al &#x00E9;xito de los innovadores m&#x00E9;todos para aliviar el dolor (<italic>Cf</italic>. Thernstrom, <xref ref-type="bibr" rid="CIT27">2012</xref>, p. 125). A su vez el triunfo de la anestesia trajo consigo una transformaci&#x00F3;n total de la existencia.</p>

			<p>Si el dolor f&#x00ED;sico siempre hab&#x00ED;a parecido consubstancial a la vida, acompa&#x00F1;ando al ser humano de la cuna a la tumba, a mediados del siglo XIX dej&#x00F3; de ser una necesidad absoluta y pudo concebirse como algo evitable. La irrupci&#x00F3;n de la anestesia en la pr&#x00E1;ctica m&#x00E9;dica, se&#x00F1;ala en este sentido Le Breton (<xref ref-type="bibr" rid="CIT19">2006</xref>, p. 163), marca “las premisas de un cambio de mentalidades colectivas frente a un dolor menos asociado a lo ineluctable. Sufrir ser&#x00E1; percibido cada vez menos como un destino por v&#x00ED;ctimas convencidas con raz&#x00F3;n o sin ella de que la medicina tiene una respuesta ant&#x00E1;lgica a sus males.” Ahora bien, si resulta posible eludir algo como el dolor ello significa en primer lugar que existe de forma objetiva. En este sentido, Thomas Dormandy aseguraba que “el hecho de que el dolor se pudiera suprimir era una prueba que demostraba su existencia” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2010</xref>, p. 413). Liberado parcialmente de sus antiguas representaciones teol&#x00F3;gicas, el dolor se convirti&#x00F3; a lo largo del siglo XIX en una funci&#x00F3;n biol&#x00F3;gica que exist&#x00ED;a por derecho propio y pod&#x00ED;a ser controlada por los hombres. La capacidad para eliminar el dolor propici&#x00F3; parad&#x00F3;jicamente su objetivaci&#x00F3;n. Antes de la anestesia el sufrimiento se confund&#x00ED;a con la vida, no se reparaba en &#x00E9;l de forma espec&#x00ED;fica, era como una intensificaci&#x00F3;n de otras sensaciones, pero desde el momento en que se pudo bloquear o anular, el dolor adquiri&#x00F3; otra entidad, otra densidad, cobr&#x00F3; cuerpo, aunque fuera un cuerpo fantasmag&#x00F3;rico. Es entonces, una vez que la aparici&#x00F3;n de la anestesia completa el proceso de objetivaci&#x00F3;n del dolor, ya iniciado con las intervenciones quir&#x00FA;rgicas bajo hipnosis o con el uso analg&#x00E9;sico de opi&#x00E1;ceos desde principios de siglo, cuando los artistas fijan una atenci&#x00F3;n particular en el sufrimiento y desarrollan una sensibilidad manifiesta hacia &#x00E9;l. El escritor decimon&#x00F3;nico asume plenamente y lleva hasta sus &#x00FA;ltimas consecuencias la ideolog&#x00ED;a rom&#x00E1;ntica del sufrimiento art&#x00ED;stico, no solo profundizando en esta est&#x00E9;tica del dolor y convirtiendo el acto de escritura en un parto, en una tortura e incluso, en el caso de un Flaubert, en un martirio, sino tambi&#x00E9;n expresando en la figura del doble la peculiar disociaci&#x00F3;n que crea el dolor en el individuo.</p>

			<p>Al igual que a finales del siglo XX los avances en gen&#x00E9;tica, popularizados con la clonaci&#x00F3;n de la oveja Dolly, dar&#x00ED;an lugar a numerosas pel&#x00ED;culas protagonizadas por dobles, el descubrimiento de la anestesia en el siglo anterior otorg&#x00F3; entidad y visibilidad a la singular naturaleza del dolor, propiciando de este modo que no pocos escritores convirtieran la antigua y legendaria figura del doble en el recept&#x00E1;culo donde hicieron cristalizar sus efectos disociativos. Nada de esto deber&#x00ED;a resultar sorprendente, pues durante ese siglo el dolor cobr&#x00F3; m&#x00E1;s protagonismo en el &#x00E1;mbito social, pol&#x00ED;tico, cient&#x00ED;fico y cultural del que hab&#x00ED;a tenido jam&#x00E1;s. La introducci&#x00F3;n de la t&#x00E9;cnica anest&#x00E9;sica trajo consigo una reevaluaci&#x00F3;n de la experiencia del dolor que pronto se propag&#x00F3; a los m&#x00E1;s diversos &#x00E1;mbitos de la sociedad. Antes de que la terapia de electrochoque se convirtiera en met&#x00E1;fora y procedimiento de la doctrina neoliberal (<italic>cf</italic>. Naomi Klein, <xref ref-type="bibr" rid="CIT17">2007</xref>), la anestesia ya era una imagen muy extendida, hoy banal, de una sociedad indolora cuya conciencia permanece adormecida ante la insufrible realidad.</p>

			<p>Susan Buck-Morss, analizando la modernidad como experiencia neurol&#x00F3;gica, ha mostrado de forma convincente que el uso de los anest&#x00E9;sicos, descubierto en fiestas donde se inhalaba “gas de la risa” que produc&#x00ED;a sensaciones y visiones fascinantes antes de provocar sopor, surge precisamente en el mismo periodo en que la tecnolog&#x00ED;a transforma la realidad en un narc&#x00F3;tico, en una fantasmagor&#x00ED;a. A la vez que la anestesia se generalizaba en los quir&#x00F3;fanos, en las ciudades aparec&#x00ED;an incesantemente nuevas formas fantasmag&#x00F3;ricas como las galer&#x00ED;as con sus novedosos escaparates, con sus panoramas y sus dioramas, se inauguraban exposiciones universales y se abr&#x00ED;an grandes almacenes que ten&#x00ED;an todos ellos “el efecto de anestesiar el organismo, no a trav&#x00E9;s del adormecimiento, sino a trav&#x00E9;s de una inundaci&#x00F3;n de los sentidos” (Buck-Morss, <xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2005</xref>, p. 197); unos espect&#x00E1;culos de incipiente tecnolog&#x00ED;a experimentados de forma colectiva, haciendo que todo el mundo percibiera el mismo m&#x00E1;gico ambiente. Para Susan Buck-Morss la pr&#x00E1;ctica anest&#x00E9;sica documenta “una transformaci&#x00F3;n en la percepci&#x00F3;n cuyas consecuencias sobrepasaron largamente la experiencia quir&#x00FA;rgica” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2005</xref>, p. 204): as&#x00ED; como durante la operaci&#x00F3;n el cirujano ya no ten&#x00ED;a necesidad de reprimir su identificaci&#x00F3;n con los dolores de su paciente, convertido ahora este en una masa inerte perfectamente manejable, la tecnolog&#x00ED;a, la especializaci&#x00F3;n laboral y la moderna racionalizaci&#x00F3;n produjeron un tecnocuerpo de la sociedad que parec&#x00ED;a “tan insensible al dolor como el cuerpo individual bajo los efectos de la anestesia general, de tal modo que pod&#x00ED;a ejecutarse cualquier n&#x00FA;mero de operaciones sobre el cuerpo social sin necesidad de preocuparse de que el paciente -la sociedad misma- profiriera gritos lastimosos y lamentos” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT03">2005</xref>, p. 207).</p>

			<p>En esta misma l&#x00ED;nea, Terry Eagleton, en un cap&#x00ED;tulo de <italic>La est&#x00E9;tica como ideolog&#x00ED;a</italic> dedicado a la concepci&#x00F3;n est&#x00E9;tica de Marx, ha puesto de manifiesto que en los <italic>Manuscritos de econom&#x00ED;a y filosof&#x00ED;a</italic>, redactados en 1844, es decir cuando el descubrimiento de la anestesia ya estaba en el aire, el joven fil&#x00F3;sofo alem&#x00E1;n hab&#x00ED;a tratado de reconsiderar y reconstruir la &#x00E9;tica, la historia, la pol&#x00ED;tica y la racionalidad partiendo del cuerpo y haciendo que la sensibilidad fuera la base de toda ciencia. Al quedar ce&#x00F1;ido el trabajador a sus necesidades m&#x00E1;s estrictas e instintivas, al reemplazar el capitalista sus propios sentidos f&#x00ED;sicos e intelectuales por el sentido &#x00FA;nico de tener, uno y otro, si bien por motivos bien distintos, se vieron condenados seg&#x00FA;n Marx a una vida sensible alienada. Y es que bajo el capitalismo la plenitud corporal de los individuos se convierte en una simple parodia del cuerpo verdaderamente sensible. Si despoja al trabajador de sus sentidos al condenarlo a la miseria, el capitalista vive a su vez una sensualidad extra&#x00F1;ada al forzar que sea el dinero el que haga aquello que &#x00E9;l es incapaz de realizar, apropi&#x00E1;ndose del arte, de las curiosidades hist&#x00F3;ricas, del poder pol&#x00ED;tico, etc. Su cuerpo permanece como anestesiado, carente de aut&#x00E9;ntica sensibilidad, dejando que sea el capital el que haga todas las cosas en su lugar, como si las realizara un doble, a semejanza de lo que le suceder&#x00ED;a a Goliadkin, el desdichado protagonista de <italic>El doble</italic> de Dostoyevski. No es casual que sea precisamente esta la imagen que emplea Terry Eagleton para referir la forma vicaria de sensibilidad que proporciona el capital seg&#x00FA;n el joven Marx:</p>

						<disp-quote><p>El capital es un cuerpo fantasmal, un monstruoso <italic>Doppelg&#x00E4;nger</italic> que acecha fuera mientras su se&#x00F1;or duerme, y que consume mec&#x00E1;nicamente los placeres a los que austeramente este &#x00FA;ltimo renuncia. Cuanto m&#x00E1;s abjura el capitalista de su propio placer, y, en lugar de esto, dedica sus esfuerzos a modelar esta especie de zombi <italic>alter ego</italic>, m&#x00E1;s satisfacciones de segunda mano es capaz de cosechar. Tanto el capitalista como el capital son im&#x00E1;genes de muertos vivientes, el uno animado aunque anestesiado, el otro inanimado aunque activo. (Eagleton, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2006</xref>, p. 270)</p></disp-quote>

			<p>A este doble fantasmag&#x00F3;rico que recorre el mundo mientras el cuerpo yace anestesiado, sin sentido(s), antepone Marx una concepci&#x00F3;n art&#x00ED;stica que pueda devolver a la vida su aut&#x00E9;ntica sensualidad. El significado que otorga a lo est&#x00E9;tico (del lat&#x00ED;n <italic>aesthetica</italic>, sensaci&#x00F3;n) se aparta en este caso abiertamente del que pose&#x00ED;a entre los fil&#x00F3;sofos desde Kant y que podr&#x00ED;a “describirse m&#x00E1;s exactamente como anest&#x00E9;sico (<italic>anaesthetic</italic>)” (Eagleton, <xref ref-type="bibr" rid="CIT09">2006</xref>, p. 265). Escindida entre un materialismo grosero y un idealismo caprichoso, la sociedad de clases parece haber anestesiado el cuerpo despoj&#x00E1;ndolo de sus sentidos. Ant&#x00ED;tesis del fetichismo de la mercanc&#x00ED;a, la obra de arte es para Marx un fin en s&#x00ED; misma y su realizaci&#x00F3;n posee la virtud de restablecer una verdadera relaci&#x00F3;n humana entre la cosa y el hombre. En este sentido solo se podr&#x00E1; vivir est&#x00E9;ticamente cuando la necesidad material deje de constre&#x00F1;ir los impulsos corporales, cuando desaparezca el monstruoso <italic>doppelg&#x00E4;nger</italic> y recobre el cuerpo sus sensaciones. Para ello ser&#x00ED;a preciso abolir la propiedad privada y esto significar&#x00ED;a “la <italic>emancipaci&#x00F3;n</italic> plena de todos los sentidos y cualidades humanos” (Marx, <xref ref-type="bibr" rid="CIT20">2013</xref>, p. 180). Los artistas m&#x00E1;s visionarios no tardar&#x00E1;n asimismo en denunciar en sus obras el malestar que despierta en ellos una literatura que hace abstracci&#x00F3;n del cuerpo. Desde &#x00F3;pticas y po&#x00E9;ticas muy distintas, autores como Lautr&#x00E9;amont o Walt Whitman buscar&#x00E1;n devolver al arte el nervio que hab&#x00ED;a perdido, los sentidos y sensaciones que le hab&#x00ED;an sido arrebatados por una est&#x00E9;tica excesivamente racional. Y, seg&#x00FA;n sus propias palabras, sorprendentemente similares a las de Marx, Rimbaud trabajar&#x00E1; por su parte para “alcanzar lo desconocido mediante el desarreglo de <italic>todos los sentidos</italic>” (Rimbaud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1999</xref>, p. 84). Una empresa estrechamente vinculada a la objetivaci&#x00F3;n del dolor.</p>

			<p>El siglo XIX, que ya avanzaba peligrosamente hacia su fin, llevaba decenios enredado en la oscura selva rom&#x00E1;ntica de la subjetividad cuando Rimbaud, arropado tal vez por la osad&#x00ED;a que concede la adolescencia, desbroz&#x00F3; de un golpe este enmara&#x00F1;ado y espinoso terreno con su acerado verbo. Tantas excrecencias hab&#x00ED;an surgido en torno al Yo que ya no parec&#x00ED;a posible determinar su verdadera naturaleza. Y entonces, en 1871, el joven poeta acert&#x00F3; a expresar, con precisi&#x00F3;n de cirujano, el extra&#x00F1;amiento de este Yo moderno en una sentencia que con el tiempo se har&#x00ED;a justamente c&#x00E9;lebre: “Yo es otro” (<italic>Je est un autre</italic>). A pesar de tener cierta afinidad con ellas, esta novedosa f&#x00F3;rmula difer&#x00ED;a sustancialmente de otras como aquella que G&#x00E9;rard de Nerval hab&#x00ED;a escrito a&#x00F1;os antes al pie de uno de sus retratos, acaso para expresar la realidad oculta tras una litograf&#x00ED;a y descubrir a ese doble espectral que atormentaba sus noches y sus relatos: “Yo soy el otro” (<italic>Je suis l’autre</italic>). En el caso de Rimbaud, la escisi&#x00F3;n del sujeto no se manifiesta ya en la discordancia entre una imagen y el texto escrito a mano que la acompa&#x00F1;a, sino en el tejido mismo del lenguaje. A simple vista su bistur&#x00ED; parece haber errado en su ejecuci&#x00F3;n, cuando en realidad el Otro solo pod&#x00ED;a ser extra&#x00ED;do del sujeto unitario operando un corte en la carnalidad del lenguaje, cometiendo una falta gramatical que hiciera visible en toda su crudeza la herida abierta que hab&#x00ED;a que resta&#x00F1;ar. Victor Hugo se vanagloriaba de haber “puesto un gorro rojo al viejo diccionario” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT15">1858</xref>, p. 32), un gorro frigio, revolucionario, que liberara al vocabulario de sus grilletes acad&#x00E9;micos; m&#x00E1;s radical a&#x00FA;n que el viejo maestro, Rimbaud, simpatizante de la Comuna, se dispon&#x00ED;a a abrir la gram&#x00E1;tica y la propia poes&#x00ED;a en canal. Un corte limpio y certero dejaba a la vista la falta de concordancia entre el sujeto y el verbo, entre el ser y el lenguaje, para que el sentido pudiera as&#x00ED; derramarse en abundante hemorragia. </p>

			<p>El dolor y sus efectos son el centro neur&#x00E1;lgico de las dos famosas <italic>Cartas del Vidente</italic> donde en mayo de 1871 enunci&#x00F3; Rimbaud su programa existencial y po&#x00E9;tico. En la primera, verdadero embri&#x00F3;n de las ideas que desarrollar&#x00ED;a en la segunda, empezaba aclar&#x00E1;ndole a su antiguo profesor Georges Izambard que si en aquel momento llevaba una vida disoluta no era por placer sino para cumplir con el destino que le correspond&#x00ED;a en la sociedad. La nueva vida de Arthur Rimbaud, que entristec&#x00ED;a tanto a su rigurosa madre, era un sacrificio que ten&#x00ED;a que realizar para traer la buena nueva po&#x00E9;tica al mundo. De ah&#x00ED; la alusi&#x00F3;n fragmentaria, par&#x00F3;dica y blasfema que hac&#x00ED;a en esta misma carta al <italic>Stabat Mater</italic>, al pasaje del himno de la liturgia cat&#x00F3;lica donde se canta el sufrimiento de la Virgen Mar&#x00ED;a cuando contempla a su hijo clavado en la cruz. “<italic>Stat mater dolorosa, dum pendet filius</italic>”, escrib&#x00ED;a con iron&#x00ED;a Rimbaud (<xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1999</xref>, p. 83). Al igual que Cristo que, en palabras de Roberto Calasso, hab&#x00ED;a representado el esc&#x00E1;ndalo de “ser sacerdote y v&#x00ED;ctima al mismo tiempo” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1989</xref>, p. 149), haciendo visible de este modo el fundamento del sacrificio, a saber que “cada uno de nosotros es dos, y no uno” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1989</xref>, p. 137), Rimbaud, enganchado a sus actividades escandalosas, se sacrificaba a s&#x00ED; mismo en aras de la nueva poes&#x00ED;a:</p>

						<disp-quote><p>Por el momento, me encanallo lo m&#x00E1;s posible. ¿Por qu&#x00E9;? Quiero ser poeta, y me esfuerzo en hacerme <italic>vidente</italic>: no lo entender&#x00E1; usted en absoluto, y casi no sabr&#x00ED;a explicarle. Se trata de llegar a lo desconocido por el desarreglo de <italic>todos los sentidos</italic>. Los sufrimientos son enormes, pero hay que ser fuerte, haber nacido poeta, y me he reconocido poeta. No es en absoluto culpa m&#x00ED;a. Es falso decir: Pienso [<italic>Je pense</italic>]. Habr&#x00ED;a que decir: Me piensan [<italic>On me pense</italic>]. Perd&#x00F3;n por el juego de palabras.</p>

						<p>YO es otro. ¡Tanto peor para la madera que se descubre viol&#x00ED;n, y se burla de los inconscientes que ergotizan sobre aquello que ignoran por completo! (Rimbaud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1999</xref>, p. 84).</p></disp-quote>

			<p>Al famoso <italic>Cogito ergo sum</italic> de Descartes parece Rimbaud anteponer una f&#x00F3;rmula que disocia el supuesto origen de la identidad. Para este poeta que aspira a ser vidente, solo puede alcanzarse ese Yo desconocido, disociado, a costa de provocarse a s&#x00ED; mismo enormes sufrimientos. Aqu&#x00ED; cuerpo y lenguaje se confunden, pues “el desarreglo de <italic>todos los sentidos</italic>” que debe sufrir el poeta ha de entenderse -valga la redundancia- en un doble sentido, como un trastorno voluntario de las m&#x00E1;s diversas sensaciones resultante de someter el cuerpo y la mente a variados experimentos, pero tambi&#x00E9;n, dada la acepci&#x00F3;n que ten&#x00ED;a entonces la palabra <italic>d&#x00E9;r&#x00E8;glement</italic>, como el conjunto de infracciones a las reglas de la po&#x00E9;tica que el escritor infligir&#x00E1; a su propia obra: por ejemplo, “Yo es otro” en lugar de “Yo soy otro”. As&#x00ED; sucede en el resto de la carta, plagada de dobles sentidos que el propio Rimbaud se encarga de subrayar pidi&#x00E9;ndole maliciosamente disculpas a Izambard por el juego de palabras. Pero ¿a qu&#x00E9; juego de palabras se refiere el joven poeta?</p>

			<p><italic>Penser</italic> (pensar) y <italic>panser</italic> (curar, vendar) se pronuncian exactamente de la misma forma en franc&#x00E9;s. De hecho, en <italic>El hombre que r&#x00ED;e</italic>, una novela de Victor Hugo publicada dos a&#x00F1;os antes y que, como se ver&#x00E1;, Rimbaud ten&#x00ED;a en mente, el locuaz saltimbanqui Ursus juega con estos t&#x00E9;rminos al presentarse ante su p&#x00FA;blico como fil&#x00F3;sofo y m&#x00E9;dico: “En cuanto a m&#x00ED;, raciocinio y medicamento. Pienso [<italic>Je pense</italic>] y curo [<italic>je panse</italic>]. <italic>Chirurgus sum</italic>.” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2002</xref>, p. 449). As&#x00ED; pues, cuando Rimbaud afirma que se deber&#x00ED;a decir <italic>On me pense</italic> (me piensan) al mismo tiempo est&#x00E1; diciendo <italic>On me panse</italic> (me curan, me vendan una herida). Una aut&#x00E9;ntica <italic>alquimia del verbo</italic>. All&#x00ED; donde me piensan, donde piensan en mi lugar, se oye el sonido reconfortante del ap&#x00F3;sito que aplican cuidadosamente a mis heridas para curarlas. Siguiendo a Ambroise Par&#x00E9;, Jean-Pierre Peter se&#x00F1;alaba que “el uso de telas de dolor restaura, frente a la enfermedad y los sufrimientos, un orden del mundo en cuyo seno el hombre encuentra de nuevo la unidad de todas las cosas, y puede pues esperar el regreso de la suya y la promesa de eternidad” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT24">1989</xref>, p. 81). En este sentido el pensamiento po&#x00E9;tico era asimismo para Rimbaud un vendaje capaz de reparar el da&#x00F1;o, de reunir el Yo con el Ello, de aliviar y tal vez suprimir ese dolor que disocia al ser. La palabra po&#x00E9;tica, ambivalente y precisa a un tiempo, vendr&#x00ED;a a ser como una segunda piel, un tejido provisional que cubre y contribuye a que se regeneren los nuevos tejidos: un verdadero texto.</p>

			<p>Todas estas ideas sobre la naturaleza de la poes&#x00ED;a ser&#x00ED;an precisadas en la segunda carta. De nuevo afirma Rimbaud que “Yo es otro” y anuncia adem&#x00E1;s que asiste a la eclosi&#x00F3;n de su propio pensamiento. Pero su concepci&#x00F3;n del vidente (<italic>voyant</italic>) est&#x00E1; ahora bajo los auspicios de Prometeo, el Previsor (<italic>Pr&#x00E9;voyant</italic>, en franc&#x00E9;s), pues, como le dice a Paul Demeny, “el poeta es verdaderamente ladr&#x00F3;n de fuego”, “<italic>un multiplicador de progreso</italic>” (Rimbaud, <xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1999</xref>, pp. 91-92). Maestro en el arte de la adivinaci&#x00F3;n, Prometeo ense&#x00F1;&#x00F3; a los hombres a leer en las llamas los signos premonitorios hasta entonces insondables, rob&#x00F3; el fuego sagrado a los dioses e invent&#x00F3; para ellos todos los saberes, las ciencias y las t&#x00E9;cnicas. El dolor inhumano que le causaba el &#x00E1;guila al devorarle cada d&#x00ED;a el h&#x00ED;gado es el precio que tuvo que pagar por ofrecer el progreso y la ciencia a la humanidad. Por ello, adem&#x00E1;s de encarnar la rebeld&#x00ED;a rom&#x00E1;ntica, este promotor del progreso ha simbolizado tantas veces las penas y peligros que acarrea estar encadenado a la investigaci&#x00F3;n. Rimbaud hace del poeta un vidente que acepta parad&#x00F3;jicamente los enormes sufrimientos que entra&#x00F1;a la experimentaci&#x00F3;n cient&#x00ED;fica. Es este un dolor que nada tiene de metaf&#x00F3;rico, pues el objeto sobre el que debe experimentar el poeta es su propia persona. El desarreglo de <italic>todos los sentidos</italic> es ahora “inmenso y razonado”, una empresa que consiste en administrarse a s&#x00ED; mismo todas las formas de amor, de sufrimiento y de locura, “todos los venenos, para conservar de ellos &#x00FA;nicamente las quintaesencias. Inefable tortura para la que necesita toda la fe, toda la fuerza sobrehumana, en la que entre todos se convierte en enfermo grave, gran criminal, gran maldito -¡y supremo cient&#x00ED;fico!-, pues llega a lo <italic>desconocido</italic>” (1999, pp. 88-89). </p>

			<p>Enfermo y m&#x00E9;dico a la vez, el poeta de Rimbaud debe en primer lugar estudiarse a s&#x00ED; mismo, buscar su esp&#x00ED;ritu, inspeccionarlo y cultivarlo, es decir tratar “de hacer que el alma sea monstruosa: ¡a la manera de los comprachicos, vaya! Imagine un hombre implant&#x00E1;ndose verrugas en el rostro.” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT26">1999</xref>, p. 88). El pensamiento encuentra aqu&#x00ED; su origen en el otro; no pienso, me piensan, porque el sentido de mis palabras emana del discurso ajeno. En efecto, los comprachicos a los que alude Rimbaud son los delincuentes que robaban ni&#x00F1;os para mutilarlos y hacer de ellos monstruos de feria que Victor Hugo hab&#x00ED;a recreado en <italic>El hombre que r&#x00ED;e</italic>. El protagonista de esta novela, Gwinplaine, quien terminar&#x00E1; convirti&#x00E9;ndose expl&#x00ED;citamente en el Prometeo que se sacrifica por el pueblo, hab&#x00ED;a sido sometido de ni&#x00F1;o a una operaci&#x00F3;n quir&#x00FA;rgica que le hab&#x00ED;a dejado en el rostro una risa permanente. Victor Hugo dedica abundantes p&#x00E1;ginas a describir esta “ciencia ingeniosa, probablemente oculta, que era a la cirug&#x00ED;a lo que la alquimia es a la qu&#x00ED;mica” (Hugo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2002</xref>, p. 372), un arte siniestro que, con la ayuda de “los medios para dormir al paciente y suprimir el sufrimiento” a los que “hoy se les llama anestesia” (Hugo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2002</xref>, 377), buscaba “esculpir en plena carne humana” (Hugo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2002</xref>, p. 71) hasta lograr crear sobre el rostro original una m&#x00E1;scara carnal. Gwinplaine no pod&#x00ED;a saber cu&#x00E1;l era su verdadero rostro: “Hab&#x00ED;an puesto sobre &#x00E9;l un falso s&#x00ED; mismo. Ten&#x00ED;a por rostro una desaparici&#x00F3;n” (Hugo, <xref ref-type="bibr" rid="CIT16">2002</xref>, p. 380). Nadie sab&#x00ED;a mejor que &#x00E9;l que “Yo es otro”. El poeta que imagina Rimbaud es asimismo un hombre que r&#x00ED;e pero que ha optado por esculpir &#x00E9;l mismo su sonrisa. Ya no es solo v&#x00ED;ctima, ejerce tambi&#x00E9;n de oficiante de un rito cient&#x00ED;fico. Es sujeto y objeto de su investigaci&#x00F3;n, como un hombre de ciencia que experimenta con su propia persona, como un artista contempor&#x00E1;neo que utiliza su cuerpo a modo de lienzo o de materia moldeable. El experimento, que es “un sacrificio del cual ha sido eliminada la culpa” (Calasso, <xref ref-type="bibr" rid="CIT04">1989</xref>, p. 139), es el medio del que se vale para alcanzar la sabidur&#x00ED;a y hacerse vidente. Pero, como se&#x00F1;ala Amelia Gamoneda en un art&#x00ED;culo esencial sobre Rimbaud, esta sabidur&#x00ED;a “se cultiva en un laboratorio digno de Mister Hyde, donde se desvela la cara oculta y ‘otra’ del sujeto.” (<xref ref-type="bibr" rid="CIT11">2008</xref>, p. 51). Rimbaud, al igual que unos a&#x00F1;os m&#x00E1;s tarde el doctor Jekyll, se sacrifica a s&#x00ED; mismo administr&#x00E1;ndose unos f&#x00E1;rmacos peligrosos que trastornan sus sentidos y le permiten observar la otra naturaleza de su alma.</p>

			<p>La anestesia tard&#x00F3; mucho tiempo en librarse de su halo siniestro. Una de las razones frecuentemente aducidas entonces para oponerse al uso del cloroformo era que resultaba repugnante e incluso indecente operar a alguien que estuviera inconsciente. En efecto, a la vez que eliminaba el dolor, la anestesia anulaba los sentidos y suprim&#x00ED;a la consciencia del paciente, y se tem&#x00ED;a, especialmente en el caso de las mujeres, que desapareciera asimismo su moralidad. Por ello, James Young Simpson insist&#x00ED;a en que jam&#x00E1;s hab&#x00ED;a presenciado ninguna palabra o acci&#x00F3;n indecentes en una paciente anestesiada con cloroformo (Cf. Moscoso, <xref ref-type="bibr" rid="CIT22">2011</xref>, pp. 148-151). Lo que motivaba unas reticencias que hoy parecer&#x00ED;an absurdas era en realidad el miedo del individuo a perder la unidad de su ser, un temor que quedaba patente en tantas obras literarias de la &#x00E9;poca.</p>

			<p>Ya en los poemas en los que se ensalzaban las bondades del progreso, como en <italic>Los cantos modernos</italic> de Maxime du Camp, pod&#x00ED;a observarse el poder de abducci&#x00F3;n que se atribu&#x00ED;a a la anestesia: “¡Escuchad! Es el cloroformo / Que dice: “¡He matado el dolor; / Mientras el instrumento deforme / Corta las carnes con lentitud, / yo tomo el esp&#x00ED;ritu y lo traslado / Lejos de todo contacto doloroso, / Y me lo llevo como un sue&#x00F1;o / Al pa&#x00ED;s de los azules ensue&#x00F1;os!” (du Camp, <xref ref-type="bibr" rid="CIT05">1855</xref>, p. 267). No siempre tal rapto del esp&#x00ED;ritu resultaba sin embargo tan encantador. En efecto, poco tiempo despu&#x00E9;s, el protagonista de <italic>Los cantos de Maldoror</italic> dar&#x00ED;a a este invento un uso mucho menos angelical al aprovechar la inconsciencia de una joven para cortarle un brazo “durante la noche, gracias al cloroformo” (Lautr&#x00E9;amont, <xref ref-type="bibr" rid="CIT18">2009</xref>, p. 100). Maldoror, ese monstruo que se encuentra bello al contemplar en un espejo la dualidad de la que est&#x00E1; compuesto (2009, p. 238) y que maneja el escalpelo con la habilidad de un cirujano y el sadismo de un psic&#x00F3;pata (<italic>Cf</italic>. Gonz&#x00E1;lez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT13">2014</xref>), advierte con su acci&#x00F3;n que la anestesia puede suponer la amputaci&#x00F3;n de una parte de s&#x00ED; mismo, del cuerpo o del alma. As&#x00ED; lo entend&#x00ED;a tambi&#x00E9;n Balzac, seg&#x00FA;n el testimonio de Jules Claretie, cuando dec&#x00ED;a que “aunque me cortasen una pierna, jam&#x00E1;s me dejar&#x00ED;a cloroformar. No quisiera nunca abdicar de mi yo.” (Claretie, <xref ref-type="bibr" rid="CIT06">1881</xref>, p. 381). Al suprimir la consciencia, el cloroformo parece atentar contra la unidad y la moralidad del invididuo. Stevenson es el novelista que con m&#x00E1;s clarividencia acabar&#x00ED;a de materializar en el doble estos efectos disociativos del cloroformo que tanto inquietaban al resto de escritores.</p>

			<p>Bajo el influjo de los elixires del diablo el monstruo que habita nuestro inconsciente suplanta al hombre virtuoso que cre&#x00ED;amos ser. Ni siquiera un m&#x00E9;dico puede entonces evitar que emerja de las profundidades su otra naturaleza siniestra. Robert Louis Stevenson expres&#x00F3; a la perfecci&#x00F3;n en <italic>El extra&#x00F1;o caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde</italic> los temores que ocasionaba el uso de la anestesia (<italic>Cf</italic>. Gonz&#x00E1;lez, <xref ref-type="bibr" rid="CIT12">2006</xref>). Nadie estaba en realidad mejor situado que &#x00E9;l para conocer sus efectos sobre las personas pues, como recuerda Nicholas Rankin, los Stevenson viv&#x00ED;an en Edimburgo, en Queen Street Gardens, justo enfrente de la casa de James Young Simpson, “y hab&#x00ED;a amistad entre ambas familias. Robert Louis Stevenson hab&#x00ED;a conocido a Sir James antes de que muriera en 1870, y hasta 1876, el hijo y heredero del m&#x00E9;dico, Sir Walter Simpson, Bart, fue su compa&#x00F1;ero de viaje” (Rankin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">2010</xref>, p. 89). El novelista conoc&#x00ED;a de primera mano el relato del descubrimiento del cloroformo, aquel famoso episodio de la historia de la ciencia en el que durante una velada Simpson y dos de sus colegas hab&#x00ED;an probado este nuevo producto, sufriendo en el acto una verdadera metamorfosis en su comportamiento habitual antes de caer en un profundo sopor (Cf. Dormandy, <xref ref-type="bibr" rid="CIT08">2010</xref>, p. 339). Esta experiencia de Simpson fue de hecho “la fuente de inspiraci&#x00F3;n del doctor Henry Jekyll, tristemente famoso por experimentar con su propio cuerpo.” (Rankin, <xref ref-type="bibr" rid="CIT25">2010</xref>, p. 89). En el misterioso f&#x00E1;rmaco del Dr. Jekyll todav&#x00ED;a pod&#x00ED;a reconocerse el aroma del cloroformo al que durante a&#x00F1;os se hab&#x00ED;a atribuido la propiedad de disociar el alma del cuerpo. Porque no pienso, sino que me piensan, me curan las heridas gracias a esos vapores analg&#x00E9;sicos de donde emana y cobra forma ese otro que hay en m&#x00ED;.</p>
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