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				<journal-title>ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura</journal-title>
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					<subject>Rese&#xf1;as</subject>
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				<article-title>RESE&#xd1;AS DE LIBROS</article-title>
				<subtitle>Nuevas lecturas de Edward Gibbon</subtitle>
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			<p>El conocimiento de la antig&#xfc;edad es nuestro verdadero comentario.</p>				
			<p><italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>.</p>
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		<p> En un gesto inapreciable de ilustraci&#xf3;n, que corresponde al modo habitual de proceder de Edward Gibbon, como &#xe9;l mismo escribe, &#xab;a cualquier luz&#xbb;, Antonio Lastra, fiel a una l&#xed;nea de trabajo ininterrumpida en decenas de ediciones escrupulosamente seleccionadas y preparadas durante m&#xe1;s de un cuarto de siglo, ha renovado y actualizado con dos publicaciones recientes de Gibbon, el <italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, in&#xe9;dito en espa&#xf1;ol, y las <italic>Memorias de mi vida</italic>, por primera vez de manera integral, la lectura y comprensi&#xf3;n de la obra del historiador ingl&#xe9;s. La orientaci&#xf3;n que asumen esas dos nuevas ediciones, as&#xed; como sus introducciones correspondientes -que, caracter&#xed;sticamente, convergen en la visi&#xf3;n subyacente de la filosof&#xed;a como una proped&#xe9;utica o como un m&#xe9;todo de interpretaci&#xf3;n que est&#xe1; presente en la escritura de la ecd&#xf3;tica, y que sirve de contenedor adecuado para exponer un pensamiento central que a su vez est&#xe1; determinado por la &#xe9;tica de la literatura o por la pregunta esencial por el arte de leer de acuerdo con el tratamiento de la filosof&#xed;a por parte del profesor Lastra-, resulta completamente novedosa y valiente. Consiste fundamentalmente en una apolog&#xed;a de Gibbon como fil&#xf3;sofo o, en los t&#xe9;rminos precisos de Gibbon, como &#xab;historiador fil&#xf3;sofo&#xbb;. &#xab;Aunque los fil&#xf3;sofos no sean siempre historiadores -dice Gibbon-, ser&#xed;a deseable al menos que los historiadores fueran fil&#xf3;sofos&#xbb; (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 96). De hecho, Gibbon comenta que, cuando la filosof&#xed;a es desplegada en toda su magnitud, la humanidad sale ganando (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 80). Lo que significa, en otras palabras, el fin de la rivalidad, o el nacionalismo, y la realizaci&#xf3;n de la confraternidad humana, o la paz, el &#xfa;ltimo de los emblemas ilustrados franceses, que hablaban la lengua en la que Gibbon escribi&#xf3; originalmente su <italic>Ensayo</italic> y en la que pensaba. (Refiri&#xe9;ndose al <italic>Ensayo</italic>, Gibbon explica: &#xab;el motivo de la vanidad no influy&#xf3; en mi elecci&#xf3;n: escrib&#xed; como pensaba en el idioma m&#xe1;s familiar&#xbb; (<italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 270)). Por lo que la composici&#xf3;n historiogr&#xe1;fica de Gibbon no es una cuesti&#xf3;n de gusto -si se entiende por <italic>gusto</italic> la falta de criterio moral que es guiada por el principio de placer- o, si lo es en cierto modo, al menos es de un gusto escrupulosamente exquisito que permite diferenciar lo principal de lo accesorio a simple vista. Tal vez no ser&#xed;a desacertado deducir como pauta de escritura de la obra de Gibbon que el propio Gibbon ha hecho el trabajo del lector adem&#xe1;s de un modo insuperable. El gran enlace con la antig&#xfc;edad, Gibbon ha establecido m&#xe1;s all&#xe1; de la modernidad un nivel de comprensi&#xf3;n de la historia, as&#xed; como de la historia de la filosof&#xed;a, que contribuye pr&#xe1;cticamente a inaugurar una ilustraci&#xf3;n nueva, hasta el momento, al menos en nuestra lengua, inadvertida. Ambas ediciones al cuidado de Antonio Lastra acreditan ese m&#xe9;rito extraordinario.</p>
		<p>Precisamente la distinci&#xf3;n que Gibbon lleva a cabo entre el &#xab;esp&#xed;ritu filos&#xf3;fico&#xbb; (adscrito a ninguna tradici&#xf3;n) y el &#xab;siglo&#xbb; (de Voltarie, de Luis XIV) -en referencia a la consideraci&#xf3;n del <italic>philosophe</italic> de moda, la figura filos&#xf3;fica que la gran historia ilustrada de Gibbon, por decirlo as&#xed;, pone en tela de juicio de manera permanente ante la reivindicaci&#xf3;n del <italic>l&#x2019;homme de lettres-</italic> har&#xed;a justicia -salvando la distancia con el imperio (activo y pasivo al mismo tiempo en tanto que est&#xe1; dominado por una din&#xe1;mica obsesiva compulsiva y constituye para Gibbon la forma de corrupci&#xf3;n por antonomasia), como nos muestra la lectura que el profesor Lastra hace de la <italic>Historia de la declinaci&#xf3;n y ca&#xed;da del Imperio romano-</italic> al reconocimiento institucional del profesor como una consecuencia y como una valiosa ense&#xf1;anza de la academia plat&#xf3;nica, situada en el origen de la corriente de la filosof&#xed;a de la historia, o la lectura cr&#xed;tica de la historia, que empieza por reconocer la crisis de la historia y la historiograf&#xed;a, siendo la cr&#xed;tica el &#xab;arte de juzgar escritos y a escritores&#xbb; realizando un &#xab;examen libre y atento&#xbb; que alcanzar&#xed;a en Gibbon su apogeo. En ese sentido, en paralelo a la cr&#xed;tica literaria del <italic>Ensayo</italic>, la existencia de una filosof&#xed;a de la historia en la escritura inmensa y omnipresente de Gibbon, fijada por la cita del historiador republicano J. G. A. Pocock que suscribe el profesor Lastra, revelar&#xed;a que el rasgo constitutivo del denominado &#xab;historiador fil&#xf3;sofo&#xbb; -no el historiador de la filosof&#xed;a, que no es mencionado nunca- consiste en rechazar la autoridad del conocimiento a fin de afirmar el car&#xe1;cter rec&#xed;proco del conocimiento que ense&#xf1;a la transmisi&#xf3;n del conocimiento mismo, y que apela de manera indirecta a la traducci&#xf3;n como veh&#xed;culo id&#xf3;neo de expresi&#xf3;n o como puente natural entre los cl&#xe1;sicos grecolatinos y el lector moderno. As&#xed; es como Gibbon -algo que el profesor Lastra corrobora al identificar una escritura constitucional en Gibbon con la Declaraci&#xf3;n de Independencia de los Estados Unidos cuyo car&#xe1;cter fundacional, tanto en sentido filos&#xf3;fico como pol&#xed;tico (lo que tal vez requiere leer emulando al <italic>american escolar</italic> de Emerson sin olvidar que Gibbon ha dicho que &#xab;el ejemplo de los grandes hombres no prueba nada&#xbb;, en <italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 46)- constituye el punto comparativo con la originalidad de la escritura de la <italic>Historia</italic> (de la que el <italic>Ensayo</italic> ser&#xed;a solo un esbozo y una preparaci&#xf3;n), situada debidamente al margen de la consolidaci&#xf3;n del nuevo vocabulario filos&#xf3;fico que proporcionaba la publicaci&#xf3;n contempor&#xe1;nea de la <italic>Cr&#xed;tica de la raz&#xf3;n pura</italic> de Kant, ha puesto de relieve la importancia de realizar una &#xab;lectura infinita&#xbb; a prop&#xf3;sito de un tiempo finito que siempre transcurre con ligereza a nuestro pesar. Pero el estudio de la antig&#xfc;edad, dice Gibbon, se sostiene sobre todo, aunque no solo, por la &#xab;admiraci&#xf3;n&#xbb; a la antig&#xfc;edad. Se trata, en &#xfa;ltima instancia, de &#xab;retener los hechos&#xbb;. El hecho, casi inevitable, de que la filosof&#xed;a (que es la confirmaci&#xf3;n y la m&#xe1;xima expresi&#xf3;n, la &#xab;dignidad&#xbb; y la &#xab;felicidad&#xbb; que definen at&#xed;picamente &#xab;nuestra presente naturaleza&#xbb;, <italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 80) fuera la encargada de salvaguardar los hechos que han configurado la historia -convirtiendo la historia en una suerte de reflexi&#xf3;n filos&#xf3;fica sobre las condiciones de posibilidad de la historia misma, no solo por la necesidad de realizar una &#xab;lectura entre l&#xed;neas&#xbb; de la Ilustraci&#xf3;n, el periodo hist&#xf3;rico que significa el final de la antig&#xfc;edad y el comienzo de la modernidad para Gibbon, que por lo general trata de descubrir lo m&#xe1;s valioso que hay en la cultura- tiene que ver precisamente con aprender, a trav&#xe9;s de la lectura de los cl&#xe1;sicos, a sobreponernos al esp&#xed;ritu de la &#xe9;poca o al siglo, como enfatizaba Gibbon, sin dejar de estudiarlo. Por tanto, el per&#xed;odo hist&#xf3;rico que es conocido como <italic>Ilustraci&#xf3;n</italic> no ser&#xed;a tanto el resultado de la filosof&#xed;a de la &#xe9;poca supuestamente conocida como el del esp&#xed;ritu de la &#xe9;poca f&#xe1;cilmente reconocible. Mientras que la vigencia de una escritura constitucional caracter&#xed;stica de la obra de Gibbon, espec&#xed;ficamente la <italic>Historia</italic>, supera de ese modo el desfase caracter&#xed;stico de la hermen&#xe9;utica contempor&#xe1;nea desde Kant, desde el principio, que ha se&#xf1;alado sin reservas el profesor Lastra.</p>
		<p>La cr&#xed;tica historiogr&#xe1;fica y filos&#xf3;fica de Gibbon resulta memorable en un sentido doble: digna en s&#xed;, su escritura funda la memoria y, al hacerlo as&#xed;, fija la atenci&#xf3;n del lector. La verdad es que de pocos autores puede decirse lo mismo. (As&#xed; es precisamente como emerge la cr&#xed;tica que se aprecia, seg&#xfa;n Gibbon, en la justeza de esp&#xed;ritu, la finura y la penetraci&#xf3;n). No solo se trata de recordar (el erudito), sino de iluminar el recuerdo (el historiador fil&#xf3;sofo) a trav&#xe9;s de la reflexi&#xf3;n (el fil&#xf3;sofo que a veces enmudece como &#xab;v&#xed;ctima&#xbb; ante el erudito, salvo por una palabra de admiraci&#xf3;n, &#xab;la m&#xe1;s fr&#xed;a de las pasiones&#xbb; no obstante). En ese sentido, la cr&#xed;tica, que opera cada vez un nuevo comienzo, media entre el literato y el erudito, efecto de la combinaci&#xf3;n de la raz&#xf3;n y de la experiencia, a fin de conservar lo que se ha estipulado como lo verdadero. (Basta observar que la verdad del historiador es estrictamente la historia en su exigencia misma de interpretaci&#xf3;n). Precisamente la comparativa &#xab;l&#xf3;gica de la verdad&#xbb; de la cr&#xed;tica aspira a mantener el equilibrio, o la coherencia, entre los &#xab;distintos grados de verosimilitud&#xbb; o, mejor, nos exhorta a los lectores a que &#xab;equilibremos verosimilitudes cr&#xed;ticas&#xbb; (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 68) a partir del &#xab;testimonio&#xbb; del pasado. No por casualidad, despu&#xe9;s de hablar de Virgilio como el modelo o representante de la antig&#xfc;edad y, sorprendentemente, en lugar de S&#xf3;crates, que no dej&#xf3; nada escrito, de Arist&#xf3;teles, como el padre o fundador de la cr&#xed;tica, mostrando su desconfianza hacia los &#xab;sistemas m&#xe1;s deslumbrantes&#xbb;, Gibbon (que consideraba a Hume un &#xab;maestro&#xbb;, <italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 81), al distinguir el testimonio de la opini&#xf3;n, funda el car&#xe1;cter de lo que &#xe9;l mismo llama &#xab;lo verdadero hist&#xf3;rico&#xbb;. No subordinada a ciencia alguna, la cr&#xed;tica contrasta un trabajo de gran elaboraci&#xf3;n te&#xf3;rica conceptual, lo que implica tanto el an&#xe1;lisis escrupuloso que exhibe elementos de exactitud y objetividad como la unidad de la s&#xed;ntesis que refleja la coherencia, el consenso y la conformidad, que consiste en ir superando todas las capas de interpretaci&#xf3;n de la lectura hasta profundizar en el significado de la realidad que se deja entrever en la adecuaci&#xf3;n de las palabras.</p>
		<p>En la escritura de Gibbon el lector encuentra consuelo (&#xab;bendici&#xf3;n&#xbb; en sus propias palabras) en el estudio que suple la ausencia de libertad concreta: &#xab;un hombre cuyas horas son insuficientes para los inagotables placeres del estudio no conoce nunca -escribe Gibbon- las miserias de una vida vacante&#xbb; (pp. 241-242). La &#xab;vida vacante&#xbb; -que en las <italic>Memorias</italic> de Gibbon puede interpretarse, con otra magn&#xed;fica expresi&#xf3;n del fil&#xf3;sofo o del historiador fil&#xf3;sofo, como la &#xab;raz&#xf3;n cautiva&#xbb;- es lo que hace que nuestra dependencia, &#xab;ciega y absoluta&#xbb;, sea necesaria pero no &#xab;deleitosa&#xbb;: &#xab;La libertad (Gibbon puede permitirse hacer referencia a la &#xab;libertad de mis escritos&#xbb;, en <italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 331) es la primera bendici&#xf3;n de nuestra naturaleza y, a menos que nos vinculemos a nosotros mismos con las cadenas voluntarias del inter&#xe9;s o la pasi&#xf3;n, avanzamos en libertad conforme avanzamos en a&#xf1;os&#xbb; (<italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 382). El inter&#xe9;s o la pasi&#xf3;n, por contraposici&#xf3;n a la edad y a la experiencia, constituyen la fuente de la libertad en la medida en que, aunque no est&#xe1;n a salvo de la superficialidad de la sensibilidad, reflejan la espontaneidad y la autenticidad, esa paradoja de la existencia de unas &#xab;cadenas voluntarias&#xbb;, tanto del lector como del escritor que se enfrenta al examen de s&#xed; mismo al tratar con el <italic>estudio</italic> de la historia. Gibbon ha elevado el paradigma de una presunta ilustraci&#xf3;n (europea) a la autocr&#xed;tica -&#xab;el autor mismo es el mejor juez de su propia ejecuci&#xf3;n&#x2026; nadie est&#xe1; tan sinceramente interesado en el acontecimiento&#xbb;, alejado de la &#xab;reflexi&#xf3;n&#xbb; que define a los modernos, como un efecto de la escritura, o el propio &#xab;estilo&#xbb; que refleja el &#xab;car&#xe1;cter&#xbb;, o la &#xab;imagen de la mente&#xbb; del historiador (<italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 295)- en relaci&#xf3;n con la <italic>meditaci&#xf3;n</italic> cl&#xe1;sica, a la que la escritura de la historia y el ensayo de la literatura, ambas indistinguibles para el historiador fil&#xf3;sofo, estimula de manera deliberada y perenne. (Se dir&#xed;a, incluso, que Gibbon se anticipa a la filosof&#xed;a del acontecimiento francesa, ahora de moda no por casualidad).</p>
		<p>&#xbf;Puede decirse, entonces, que Gibbon es el primer moderno genuino, saludablemente moderno, si el sintagma es plausible, por una cuesti&#xf3;n de m&#xe9;rito y esfuerzo, respecto a su fiel v&#xed;nculo con el pasado, a lo largo de una demostraci&#xf3;n de autenticidad y de un despliegue de moderaci&#xf3;n (<italic>vir modestia praeditus</italic>, que dir&#xed;a T&#xe1;cito) que resultan inconcebibles en los t&#xe9;rminos de la modernidad (tard&#xed;a o no)?</p>
		<p>Para Gibbon no se trata de entender a los antiguos mejor de lo que ellos se entienden a s&#xed; mismos, sino de &#xab;situarnos en el mismo punto de vista&#xbb;, teniendo en cuenta que un &#xab;conocimiento detallado de su siglo es el &#xfa;nico medio que puede llevarnos all&#xed;&#xbb; (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 53). Mientras que en el caso de Gibbon la filosof&#xed;a y la historia corren parejas, una filosof&#xed;a de la historia extra&#xed;da del inmenso fondo de erudici&#xf3;n de su obra no podr&#xed;a dar cuenta de la escritura concreta y espec&#xed;fica del historiador. Al fin y al cabo, el hecho de familiarizarse con los cl&#xe1;sicos nos llevar&#xed;a a preguntarnos, por ejemplo, si el progreso (moderno), en lugar de referir la bondad absoluta de algunos individuos, ha resultado en la insensibilidad total que se oculta tras la b&#xfa;squeda de la eficacia, de la inmediatez. Si &#xab;las costumbres de los antiguos eran m&#xe1;s favorables a la poes&#xed;a que las nuestras&#xbb; es para Gibbon porque el perfeccionamiento del arte ha simplificado nuestras costumbres y, sin embargo, los antiguos &#xab;conoc&#xed;an sus ventajas y las empleaban con &#xe9;xito&#xbb; (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 50). Fiel al esp&#xed;ritu cl&#xe1;sico de la antig&#xfc;edad, Gibbon admite con raz&#xf3;n que &#xab;el que escribe para todos los hombres no debe tomar sino de las fuentes comunes a todos los hombres, de su coraz&#xf3;n y del espect&#xe1;culo de la naturaleza&#xbb;, ya que &#xab;solo el orgullo puede comprometerlo a pasar esos l&#xed;mites&#xbb; (<italic>Ensayo sobre el estudio de la literatura</italic>, p. 54). Gibbon no habla del orgullo de lo sublime, sino que se refiere de manera impl&#xed;cita a la vanagloria y al af&#xe1;n de grandeza -la &#xab;grandeza de la rep&#xfa;blica&#xbb; que, a diferencia del imperio, se mide por una noci&#xf3;n ampl&#xed;a de ciudadan&#xed;a y se lee en sentido cl&#xe1;sico como el expediente de la rep&#xfa;blica de las letras o, con Gibbon, <italic>les belles lettres</italic>)- que no sirven para establecer pautas de la &#xe9;tica de la literatura. De hecho, la reivindicaci&#xf3;n de lo com&#xfa;n tiene que ver con el centro de la humanidad desde el que extraer el significado, el coraz&#xf3;n mismo de la interioridad en que se encuentran los recursos necesarios para vivir en armon&#xed;a con el mundo. M&#xe1;s bien lo que Gibbon llama el <italic>orgullo</italic> (que deplora abiertamente) contradice la autoconservaci&#xf3;n de la vida y rechaza el significado espec&#xed;fico de una escritura valiosa que aspira a la ilustraci&#xf3;n del mundo entero de lectores. Esta es la raz&#xf3;n de que Gibbon haya destacado que el car&#xe1;cter literario de la obra resulta tan determinante para la conducta de la vida del escritor como su personalidad. Existe, por as&#xed; decirlo, una especie de autodeterminaci&#xf3;n en el mecanismo de la &#xe9;tica de la literatura que anticipa el car&#xe1;cter prospectivo de la escritura, lo que significa que la vida misma est&#xe1; condicionada por el arte de escribir en la medida en que se trata de la escritura de la vida, no de meramente existir. El &#xab;departamento de la cr&#xed;tica&#xbb;, en una iron&#xed;a de Gibbon, no ha encontrado a&#xfa;n su lugar.</p>
		<p> En la magn&#xe1;nima y elocuente obra de Gibbon pervive de modo natural la influencia de la filosof&#xed;a o &#xe9;tica de la literatura (&#xab;siempre he asociado los estudios de la filosof&#xed;a con los de la literatura&#xbb;, escribi&#xf3; Gibbon en <italic>Memorias de mi vida</italic>, p. 202) sobre el an&#xe1;lisis te&#xf3;ricamente elaborado y contrastado del historiador como cr&#xed;tico, por contraposici&#xf3;n a la figura cl&#xe1;sica del cr&#xed;tico como artista, fundamentada literariamente por Oscar Wilde. (Aunque Gibbon y Wilde no coincidieron, ambos fueron escolares del Colegio de la Magdalena en la Universidad de Oxford). La novedad de la historia entendida como cr&#xed;tica (no solo del pasado), o del cr&#xed;tico considerado caracter&#xed;sticamente como historiador, consist&#xed;a precisamente en asumir el prisma del pasado a fin de juzgar el presente. En mi opini&#xf3;n, su gran afinidad con el esp&#xed;ritu protestante en tanto que muestra del libre albedr&#xed;o, ajeno a la exhaustiva jerarqu&#xed;a cat&#xf3;lica predominante, ofrece en Gibbon una teor&#xed;a de la cr&#xed;tica moderna fundada en la libertad de interpretaci&#xf3;n (un &#xab;examen libre y atento&#xbb;) que depende del conocimiento de los autores cl&#xe1;sicos, a saber: la educaci&#xf3;n liberal del escritor potencial de la historia. Gibbon se ha hecho a s&#xed; mismo acreedor al t&#xed;tulo de humanista, en la l&#xed;nea de Erasmo, cuyo republicanismo y cuyo platonismo, como ha indicado el profesor Lastra, requieren una fijaci&#xf3;n conceptual urgente que, parafraseando al propio Gibbon, debe reconocer en la rep&#xfa;blica la reacci&#xf3;n natural al imperio, sin&#xf3;nimo de corrupci&#xf3;n, pese a que compartan un origen com&#xfa;n que Gibbon no desvela nunca en su <italic>Ensayo</italic>, y que posiblemente tiene que ver de alg&#xfa;n modo con el anhelo de poder. Por tanto, que el lector de historia, y de la <italic>Historia</italic>, sea capaz de escribir como piensa resulta un atenuante, en cierto modo previsible, de la &#xe9;tica de la literatura que trasciende la propia escritura. En ese sentido, puede decirse sin temor que las p&#xe1;ginas que Gibbon ha dedicado a la literatura, no solo a la <italic>Historia</italic>, ha consolidado el arte de escribir como un aire de familia o un pensamiento familiar que convierte sabiamente la <italic>vanidad</italic>, de la que la escritura de ensayo de Gibbon ejemplificada en la <italic>Historia</italic> es su contrapunto oportuno y conveniente, en el motivo central de la est&#xe9;tica por antonomasia. Al contrario que la subjetividad primordial de la est&#xe9;tica, la &#xe9;tica de la literatura no evita la elecci&#xf3;n del estilo. Sin pretenderlo, Gibbon se ha postulado con raz&#xf3;n como representante de la antig&#xfc;edad cuya capacidad para interpretar constituye, de acuerdo con la lectura moderada y familiar que hace el historiador -&#xab;en toda situaci&#xf3;n se da, nos recuerda Gibbon, un equilibro del bien y del mal&#xbb; (<italic>Memorias de mi vida</italic>, pp. 164-165)-, la pauta misma de la escritura que sirve a los textos cl&#xe1;sicos. Por ejemplo, ante la nueva perspectiva de la Academia Francesa de privilegiar las &#xab;facultades m&#xe1;s nobles de la imaginaci&#xf3;n y el juicio&#xbb; por contraposici&#xf3;n al &#xab;ejercicio de la memoria&#xbb;, Gibbon mantiene que &#xab;el estudio de la literatura antigua ejerce y desarrolla todas las facultades de la mente&#xbb; (<italic>Memorias de mi vida</italic>, pp. 142-143). Pero el desarrollo de las facultades de la mente no es, sin embargo, el privilegio de la raz&#xf3;n.</p>
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